martes, 21 de julio de 2015

6.8. Tenemos mucho que aprender



   Gimeno, al conocer los planes de Vives sobre la construcción de un puerto en la Marina, decide antes que nada consultárselo a su esposa: 
 - Lola, me ha soplado Severino que Paco Vives ha resuelto solicitar al Ministerio la construcción de un puerto en la Marina y eso no es todo, también parece que va a tratar de convencer a los Arbós para que se pongan a su lado y muevan sus influencias a ver si así consigue que su plan triunfe.
- ¡Vaya, sí que es una sorpresa! Eso quiere decir que Vives ha echado el órdago. Esto puede ser uno de sus últimos cartuchos, si no es el del fin de su andadura política.
- ¿Cuál crees que debería de ser nuestra réplica?
- Lo primero que tendríamos que hacer es desactivar el presunto acercamiento entre Vives y los Arbós. Si se unen y forman un frente común puede resultar letal para nosotros. En algún momento tendremos que deshacernos del clan, pero no ha llegado el momento, todavía los necesitamos.
- Mañana mismo, cariño, voy a ver al patriarca – Así suele el matrimonio denominar a Benjamín Arbós.
- No deberías esperar a mañana. Como se te adelante Vives y convenza al patriarca la hemos hecho buena. Vete ahora mismo a hablar con Benjamín, y más que su opinión sobre la hipotética construcción de un puerto lo que nos interesa es saber si estaría dispuesto a coaligarse con Vives y para qué.
   Benjamín recibe a Gimeno con su acostumbrada amabilidad:
- Hombre, José Vicente, qué agradable sorpresa. Siéntate, por favor ¿Te apetece una cerveza fresquita? Enriqueta, que la muchacha traiga un par de cervezas y algo para picar.
   Los dos hombres charlan durante varios minutos de generalidades. Benjamín sabe que la visita de Gimeno no es casual, conoce lo suficiente al joven político para saber que no da puntada sin hilo, pero como viejo zorro que es no se le ocurre ser el primero en preguntar. Cuando Gimeno estima que ha llegado el momento plantea a su interlocutor el motivo real de su visita:
- No sé si ha oído hablar, Benjamín, del último dislate que se le ha ocurrido a nuestro peculiar alcalde.
- Pues no sé de qué va la historia – Benjamín está al cabo de la calle de lo del puerto, pero le interesa conocer la versión de su apadrinado.
- Como sabe, hace más o menos un año, el Ayuntamiento solicitó al Ministerio de Obras Públicas la construcción en la Marina de un puerto o, en su defecto, de un refugio pesquero o, como última solución, una escollera. Naturalmente, los del ministerio ni se molestaron en contestar. Como Vives es tan bruto como tozudo quiere volver a insistir en la petición pero concretándola, ahora va a pedir que construyan un puerto. Como si construir una obra de esa envergadura costara cuatro duros y el ministerio fuera por ahí regalando desembarcaderos al primer cantamañanas que se le ocurra solicitarlos.
- ¿Y…? – Benjamín no quiere emitir ninguna opinión hasta no conocer el verdadero alcance de las intenciones de Gimeno.
- Que con toda probabilidad volverá a tener el mismo resultado: la callada por respuesta.
- Bueno, ya sabes lo que se dice: el que no llora no mama.
- Por supuesto, pero un alcalde tiene que ser sensato y no pretender la luna de Valencia, y más cuando sabe que no se la van a dar. Porque si en Madrid consideran que el Ayuntamiento de Senillar está formado por un hatajo de insensatos que piden por pedir, puede ocurrir que cuando se realice la solicitud de una obra, que verdaderamente sea imprescindible para el municipio, la denieguen al entender que éste es un pueblo poco serio y que sus autoridades tampoco lo son.
- Vistas así las cosas tienes razón. Aunque si sonara la flauta…, imagínate lo que supondría para el pueblo la construcción de una obra de ese calado.
- Naturalmente que sería importante, pero Vives tiene tantas posibilidades de que acepten su demanda como yo de llegar a cardenal. Porque solo le he contado una parte de la historia, la otra es que todo ese tinglado de la petición del puerto lo está llevando a cabo sin decir ni media palabra al Gobernador. Ya puede imaginarse como le va a sentar al poncio cuando se entere de que en este pueblo se le puentea una y otra vez. Se va a poner como una hiena. Y sabe, mejor que yo, que sin contar con la anuencia del Gobierno Civil, Madrid no autorizará ninguna obra. Y no solo eso, si con esas tretas pueblerinas nos ganamos la animadversión de los que mandan en Valencia, aquí no se inaugura una obra en los próximos veinte años. Lo que, de ocurrir, quemará políticamente no solo a Vives sino a todos los que le apoyen.
- La verdad es que no había pensado en las consecuencias, pero ahora que lo dices... – da la impresión de que los argumentos de Gimeno están causando mella en Benjamín, especialmente el último ha hecho pensar al patriarca.
   Puesto que su ladino mentor no se pronuncia sobre su posición respecto a la cuestión del puerto, Gimeno intenta, al menos, saber si existe alguna posibilidad de que Benjamín termine aliándose con Vives. Puesto que no le parece prudente preguntarlo de forma directa, da mil y un rodeos para dar pie al viejo cacique de que diga algo al respecto, pero cosecha un nuevo fracaso. El patriarca de los Arbós tampoco se moja sobre esa hipotética alianza pero, más por lo que calla que por lo que dice, José Vicente saca la impresión de que coaligarse con el alcalde no entra en los planes del viejo político.
   Gimeno le cuenta a su esposa la charla mantenida con el jefe del clan de los Arbós:
- Y como de costumbre el patriarca no ha querido manifestarse ni en un sentido ni en otro, pero por cómo ha ido la conversación me da la impresión de que no piensa apoyar a Vives.
- Tenemos mucho que aprender de Benjamín, José Vicente. La cautela y saber medir lo que se dice son dos de las mayores virtudes que puede tener un político. Ahora bien, por lo que cuentas, estoy de acuerdo contigo en que tampoco va a secundar a Vives. Por lo pronto ese frente está desactivado, afortunadamente porque podría ser letal para nosotros. El siguiente paso es decidir qué hacemos respecto a la solicitud enviada a Madrid.
- Ya he pensado en ello, cariño. Puesto que ya hice llegar en su día al Gobernador la información de la primera petición a Madrid de obras en la Marina, no me parece aconsejable volver a repetir la jugada. Creo que lo más prudente sería esperar, digamos un par de meses o tres, para dar tiempo al ministerio a contestar. Si en ese intervalo no hay respuesta, entonces decidiríamos si envío el expediente a la Jefatura Provincial.
- ¿Te pasó una copia Severino?
- Sí, la tengo en la cartera de mano. ¿Quieres verla?
- No hace falta. Tampoco iba a entender gran cosa. Uno de los muchos aspectos en qué me das cien vueltas es tu dominio en todo lo referente a la burocracia. El otro día alguien, no recuerdo quién, me lo comentó: tu marido es muy bueno con el papeleo. 
- Aunque me están llamando burócrata, cuando recuerdes quien te lo dijo le das las gracias de mi parte.
   A pesar de que el final de la charla ha sido más bien banal, la mujer percibe como su marido se esponja de satisfacción ante el halago. Los hombres, piensa, son como niños. Basta con que les des unas palmaditas en la espalda y les digas lo bien que hacen esto o aquello para que se sientan satisfechos como críos. Y eso que José Vicente no es de los más vanidosos, pero su amor propio no deja de ser uno de sus puntos débiles. Bueno, si he de ser sincera, he de reconocer que también es uno de los motores que le mueven. Si le tocan su orgullo responde como un muelle. De todas formas es un buen hombre. Creo que hice bien casándome, aunque… no sé si llegaré a enamorarme de él algún día.  

viernes, 17 de julio de 2015

6.7. De cómo Lolita pasa a ser Lola



   Lolita terminó haciendo caso a su madre y a su amiga Fina, que no a sus sentimientos, y le dijo que sí a José Vicente, que sería su novia y, pasado un tiempo prudencial y si todo iba bien, se convertiría en su esposa. Muchos cambios han ocurrido en su vida desde ese momento. Uno de ellos, hasta cierto punto anecdótico pero que marca la transformación sufrida, es su mudanza de nombre: ahora se llama Lola. Recuerda como fue lo de la desaparición del diminutivo. Estuvo dudando mucho si debía de contarle o no su pasado. Ella no era lo que se entiende por una mujer de pasado, salvo algunos episodios con Rafael que no le gustaba recordar pero que habían sucedido. Tras muchas vacilaciones resolvió que debía de contárselo todo. No se podía iniciar una relación como aquella, abocada a un emparejamiento para toda la vida, con mentiras o sin desvelar toda la verdad por desagradable que fuese. Una tarde en que ambos habían estado especialmente cariñosos, derivó la conversación hacia el tiempo transcurrido antes de conocerse y lo qué habían hecho o dejado de hacer. Gimeno le contó que había salido con varias chicas, pero salvo una novia que tuvo en Las Alquerías, cuando era poco más que un adolescente, ninguna relación tuvo un tinte muy serio, hasta llegar a Senillar dónde tuvo la segunda novia, Pepita Arnau, pero esa historia Lolita ya la conocía. En cuanto a lo de Merceditas la Estanquera fue una relación que realmente murió antes de nacer. Ella, a su vez, le contó que solo tuvo un novio, Rafael Blanquer, y que también comenzaron a salir cuando los dos eran unos críos. Luego él se marchó fuera a estudiar y ya fue un noviazgo más por correspondencia que otra cosa, aun así tuvo tiempo suficiente para portarse mal y hacer cosas que una mujer…
- Lolita, perdóname que te interrumpa – le corta José Vicente -. Mira, no tengo ningún interés en saber qué hiciste o dejaste de hacer antes de conocerte. Lo que sí me interesa, y mucho, es saber lo que vas a hacer a partir de ahora. Para mí eres una mujer absolutamente nueva. Solo va a contar el pasado desde que te conocí. Es decir – esboza una sonrisa para quitarle dramatismo a su declaración -, desde el famoso día de las corbatas. Por eso voy a pedirte algo: si no te importa a partir de ahora no voy a seguir llamándote Lolita. Ese nombre pertenece a tu pasado de niña y de adolescente, a quiénes yo no conocí. De quien me enamoré es de toda una mujer y prefiero llamarte por un nombre de mujer, no de jovencita. Me he dado cuenta de que tu madre te suele llamar María Dolores, también he notado que no te gusta demasiado que te llamen así. Por todo eso, y si no tienes inconveniente, desde hoy para mí dejas de ser Lolita y te voy a llamar Lola.
- ¡Por fin, ya me hice mayor! – exclama Lolita por toda respuesta.
- ¿Qué significa eso, no te gusta que te llame Lola? – inquiere un tanto sorprendido José Vicente.
- Al contrario, me encanta. Te voy a contar uno de mis secretos mejor guardados. Desde que dejé de ser una adolescente, me reventaba que siguieran llamándome Lolita, pero es complicado modificar las costumbres. A una abuela mía la llamaron Carmencita hasta que murió con más de ochenta años. Yo me veía igual que mi abuela, hecha un carcamal y todavía teniendo que responder por el diminutivo familiar. El que tú me llames Lola espero que sirva para que el resto de la gente se olvide de lo de Lolita. Ah, y te felicito, has atinado: me gusta lo de Lola, lo prefiero a María Dolores, resulta como más llano y natural.
   Luego, en los meses que ya llevan de pareja, resulta que cuando están solos la suele llamar más veces cariño, cielo y vida mía que Lola. A ella le sigue costando llamarle de otra forma que no sea por su nombre. Los apelativos cariñosos no le salen con naturalidad. Curiosamente, el hecho de que José Vicente haya empezado a llamarla Lola ha sido el detonante de que el apelativo sea compartido por la mayoría de la gente. Solo algunas personas mayores que la siguen viendo como la niña que fue siguen diciéndole Lolita, salvo su madre que continúa llamándola María Dolores.
   Lola recuerda a menudo la etapa de su noviazgo con José Vicente, las imágenes se le han quedado impresas en la mente como si se tratara de una película en blanco y negro. Tras vencer el plazo que él dio para pronunciarse, ella le dijo que sí, que aceptaba ser su novia, pero quiso jugar limpio: le repitió que no le amaba, pero que desde ese mismo momento tenía todo su respeto, amistad, cariño y lealtad. Era lo mejor que podía ofrecerle sin estar enamorada. Recuerda que él se emocionó y le juró que nunca se arrepentiría de la decisión tomada. Acordaron que el noviazgo durara lo imprescindible para que se publicaran las amonestaciones sin excesivas prisas y poder tomar las previsiones que una boda comporta. Todo transcurrió con relativa normalidad. Eso sí, tuvo que soportar la felicitación de medio pueblo por su próximo matrimonio, y le contaron que en los lavaderos públicos y en los corrillos de las comadres hubo el natural chismorreo sobre su compromiso y, especialmente, del porqué de un noviazgo tan corto. Ambos novios resolvieron no dar pábulo a los cotilleos e hicieron oídos sordos a cuantos dimes y diretes circularon aquellos días por los mentideros.
   El día de la boda fue emocionante, quizá más para las personas del entorno de la pareja que para los propios contrayentes. Por fin, su madre pudo verla vestida de blanco y cogida del brazo de su tío Ricardo que fue el padrino. La madrina fue la madre de José Vicente que, con el resto de su familia, vinieron de Las Alquerías del Niño Perdido para no perderse el acontecimiento. Todos los miembros de su futura familia política rivalizaron en amabilidad y simpatía. Le causaron una excelente impresión, incluida quién iba a ser su suegra. La que más emocionada y nerviosa estaba era la señora Leo. Se cumplía uno de sus sueños: ver a su hija camino del altar y salir del templo convertida en una respetable esposa. Fue también quien más lloró, algo tendrían que ver también las lágrimas con el hecho de que a la madre le molestó profundamente que decidieran no vivir con ella. Realmente el decirlo en plural era inexacto, puesto que la determinación la tomó Lola, su marido no se pronunció. Tuvo que recordarle a su madre el dicho que tantas veces le había oído, siempre referido a otras parejas: que el casado casa quiere. Piensa que el enfado se le terminará pasando.
   Tras la boda una de las mayores sorpresas que se ha llevado Lola ha sido la pasión y el deseo que provoca en su marido. Sorpresa que en su fuero más íntimo, donde anidan los sentimientos más indelebles, la conmueve y… le gusta. Lo último ha tardado en admitirlo, pero al final se ha rendido. Su marido muestra tal grado de pasión que, ante su sorpresa inicial, su cuerpo la devuelve en la misma medida. Quizá haya sido en las relaciones íntimas dónde mayor impacto le ha causado José Vicente. Nunca imaginó que conjugase una virilidad tan recia con una inagotable capacidad para la ternura y la delicadeza. Es una de las facetas de su personalidad para la que no estaba preparada y que tuvo que descubrir la misma noche de bodas, porque antes de la misma, su novio por aquel entonces, solo se atrevió a besarla, eso sí con una pasión que le recordó otros tiempos y otros besos. Y eso que ella estuvo dispuesta a entregársele durante el noviazgo, pero él no hizo jamás el menor asomo de buscar algo más que sus besos y alguna que otra caricia furtiva. Rememorando lo que habían sido sus anteriores experiencias amorosas, llegó a la noche de bodas con una enorme incertidumbre sobre lo que podía esperar en la cama. De ahí su estupor y, al tiempo, su agradabilísima sorpresa. Incluso hay días en que ha de ser ella quien refrene las caricias de su esposo para no terminar en la cama. Pero, con todo, está orgullosa del varonil ímpetu que muestra su marido. Así se lo trasluce a Fina cuando su amiga pregunta:
- ¿Qué tal tu pariente?, ¿se porta como Dios manda o es un carámbano como aparenta?
   Lola sonríe y por toda respuesta se quita el fular que lleva en el cuello, las huellas de unos mordiscos recientes son más elocuentes que mil palabras. Fina tampoco dice nada, pero su boca se distiende con una maliciosa sonrisa.

martes, 14 de julio de 2015

6.6. La respuesta de Lolita



   La controversia local sobre la necesidad de la construcción de algún tipo de obra costera que resguarde el poblado de la Marina ante futuros temporales genera opiniones para todos los gustos. Uno de los hombres con más prestigio en el pueblo, Manuel Lapuerta, opina que en la controversia suscitada será Gimeno quien le gane por la mano a Vives, opinión que no es compartida por todos. Son muchos los que apuestan a favor del alcalde. Paco, que es inculto pero no tonto, no está tan seguro de ganar el envite. Es el primero en darse cuenta de que su estrella política va declinando y que si no echa un órdago la partida la va a terminar ganando su oponente. Uno de los pocos proyectos que le quedan en cartera para llevar el agua a su molino es la petición de la construcción de un puerto o, en su defecto, un refugio pesquero o una escollera en la Marina. La correspondiente solicitud ya fue enviada a Madrid hace casi un año, pero hasta el momento no se ha recibido ninguna noticia sobre la misma. Vives decide convocar una reunión de sus amigos políticos para tomar la decisión sobre qué resolver con la petición de las obras en el barrio marítimo.
- ... y tenemos que hacer algo porque de Madrid no dicen ni pío.
- Ya se sabe, las cosas de palacio van despacio.
- Cuando quieren no es así. Mismamente el Ministerio de Obras Públicas acaba de aprobar la construcción de un nuevo espigón para el puerto de Denia, y me han dicho que esa solicitud fue posterior a la nuestra – se lamenta Vives.
- Es que yo creo que no concretamos lo que queríamos. Si mal no recuerdo pedíamos la construcción de un puerto, un refugio pesquero o una escollera. Igual en Madrid se han armado un lío y no saben muy bien lo que queremos, porque no me negaréis que no es lo mismo construir un puerto que una escollera. Yo no soy ingeniero y no entiendo de construcciones, pero se me alcanza que entre esas obras las diferencias han ser grandes – apunta uno de los asistentes.
- A mí me parece que has dado en el blanco. No tendríamos que haber pedido tres cosas sino una sola. Si lo hubiésemos hecho, a lo mejor a estas horas ya nos habrían dicho que sí – remacha otro.
   Los reunidos se enzarzan en una estéril discusión sobre qué debían de haber solicitado a la administración central, hasta que Vives da un puñetazo en la mesa y trata de encauzar el debate.
- Así no vamos a ninguna parte. Lo que está hecho, hecho está. Ahora lo que tenemos que decidir es qué vamos a hacer ante la callada por respuesta que nos están dando. Lo he pensado bien y creo que tenéis razón los que opináis que deberíamos haber hecho una sola petición. La madre del cordero es saber cuál de las tres obras que solicitamos tendría que ser la que deberíamos volver a pedir. Yo tengo hecha mi composición de lugar, pero me gustaría escuchar que opináis los demás.
   Se produce una pausa en la discusión. Da la impresión de que nadie quiere recoger el guante que ha lanzado el alcalde, hasta que uno de los asistentes, un tal Nicolás, después de carraspear, toma la palabra:
- Como nadie dice ni mu, voy a deciros lo que pienso. Yo soy partidario de que deberíamos de solicitar la obra más barata de las tres, que supongo que debe de ser la escollera. Me imagino que, como se ha dicho, entre construir un puerto y una especie de muro para resguardar las casas de los temporales tiene que haber una gran diferencia de presupuesto. Aunque construyeran un puerto no creo que los pescadores que se fueron al Grao de Valencia vayan a volver y hacer una obra de ese calado tiene que costar un riñón. En cambio, si construyen un espigón o algún tipo de defensa salvaremos la Marina y esa obra puede costar, tirando por alto, unos cientos de miles de duros. Y además, si lo conseguimos, cosa que veo posible, le habremos ganado por la mano a Gimeno y Paco se habrá apuntado un tanto.
   El resto de contertulios, que habían estado silentes hasta el momento, se muestran de acuerdo con la propuesta de Nicolás, les parece una buena idea que puede salir adelante por su bajo coste.
- Pues yo no estoy de acuerdo con esa propuesta – rebate de manera tajante Vives -. Os voy a explicar por qué. Si pedimos la escollera, en Madrid se van a preguntar ¿y para qué quiere esa gente un rompeolas?, ¿para salvar un centenar de casuchas que todas juntas no valen un real? En eso le doy la razón a Gimeno, sería más barato construir casas nuevas para los marineros que un dique costero. Creo que en esto no podemos ir de pobres y lo de la escollera es solo una solución para ir tirando, pero en el fondo no arregla nada. Hay que ir, como en el guiñote, a por las cuarenta y las diez de últimas.
- Entonces, ¿qué propones?
- Que nos olvidemos de la escollera, del refugio costero y de todas esas gaitas, hay que ir por el premio gordo, a por el puerto. Si conseguimos que lo construyan, imaginaos lo que puede ser para el pueblo. Dice Nicolás que los que se han ido al Grao no volverán, eso habría que verlo, pero si no vuelven esos vendrán otros porque esta zona tiene los mejores caladeros del golfo de Valencia, la prueba es que muchas de las barcas del Grao, de Gandía y de Denia vienen a pescar aquí. Si la Marina sube también prosperará Senillar, porque si hay muchas capturas podrían montarse fábricas de conservas, de harina de pescado, y que sé yo..., de otras muchas cosas que ahora no se me ocurren. Y si lo conseguimos, y todo es ponerse a ello, no es que le ganaremos a Gimeno, es que de una jodida vez nos lo cargaremos, a él y a todos los Arbós que son el verdadero peligro. Aunque a estos últimos pienso pasarles la mano por el lomo a ver cómo respiran.
   Los que unos minutos antes habían apoyado la propuesta de Nicolás se decantan ahora por la de Vives. Volverán a rehacer la documentación de la solicitud enviada al Ministerio y pedirán la construcción de un puerto.
   Cuanto se ha referido en la reunión se lo cuenta Severino Borrás a Gimeno con pelos y señales. El conocimiento inmediato de los planes del antagonista le permiten al jefe local ir siempre unos pasos por delante. En este caso, la jugada que piensa ejecutar es informar nuevamente al Gobernador Civil del proyecto del primer edil. Al poncio provincial no tiene que gustarle nada que un alcalde de tres al cuarto se permita puentearlo reiteradamente. Otro de los movimientos que también le sopla su chivato es que Paco, en una jugada tan audaz como peligrosa, piensa invitar a los Arbós a que se unan a su causa. Como esa acción puede producirse en cualquier momento, José Vicente decide anticiparse, pero antes piensa que debería consultarlo y… ¡a quién mejor que a la que pronto será su esposa! Porque ese es el hecho que ha conmocionado su presente: el que Lolita, tras muchas cábalas y vacilaciones, le haya respondido. Y en su respuesta no ha podido ser más franca.
- Quiero ser muy sincera contigo, José Vicente. Le he dado mil y una vueltas a tu proposición. Verás: me pareces una bellísima persona, encantador, ocurrente y alguien de quien una se puede fiar; vamos, lo que se dice un tío majo de verdad. Siento por ti respeto, simpatía y hasta admiración, pero hay un pero, un pero capital: no estoy enamorada de ti. Y eso es lo que me ha hecho dudar tanto. Si sabiendo esto mantienes tu propuesta, te voy a responder que sí, que acepto ser tu novia y, si tras el noviazgo todo va bien, también estoy dispuesta a ser tu esposa. Y al igual que te digo que no estoy enamorada, también quiero que sepas que, llegado el momento, seré una buena esposa, solícita, respetuosa y que siempre, siempre, te seré fiel.
   Desde los primeros días del noviazgo Gimeno intuye que no conquistará a Lolita poniéndose romántico ni siquiera siendo detallista. Lo único que a Lolita le pone y le atrae, de una manera irresistible, es la controversia política. Cuando debaten algún tema político en el que hay que posicionarse, la mujer piensa, razona, discute y casi siempre suele terminar emitiendo una opinión plena de sensatez, unas veces, de originalidad, otras, y siempre es una opinión trufada de astucia y sutileza. Piensa que, al menos, en ese plano la hace feliz. Algo es algo, porque en el terreno de los sentimientos sigue sin estar muy convencido que los de Lolita sean tan apasionados como los suyos. Bueno, se dice Gimeno, como suelen repetir los campesinos de secano: el que en julio no trilla, en agosto no agavilla. Vamos, que lo que peor le puede ocurrir es lo de otro refrán: verdes las han segado. No se ha de precipitar. Si Lolita todavía no está madura para quererle como él la quiere, habrá que tener paciencia y seguir tratándola con mucho mimo y cuidado. Ya llegará el día en que pueda segar, trillar y agavillar de una tacada. Por el momento tendrá que conformarse con verla como se excita al debatir sobre política.