viernes, 26 de junio de 2015

Capítulo VI De como Lolita se convierte en Lola 6.1. ¿Acaso se lo has preguntado?



   El invierno del cuarenta y siete está siendo realmente duro, y a lo largo de enero el Mediterráneo, contradiciendo su supuesta fama de mar apacible, registra fuertes temporales. En uno de ellos, de brutal violencia, gigantescas olas superan el cinturón de gravas y cantos rodados del litoral y terminan estrellándose contra las humildes casitas de la costa de la Marina de Senillar. Los bajos de las viviendas se ven invadidos por las aguas que alcanzan tal nivel que llegan a amenazar la vida de los habitantes. Se da la voz de alarma y el Ayuntamiento organiza una expedición para socorrer a los pocos marineros que siguen residiendo en el poblado, se les sube al pueblo provisionalmente hasta que pase la tormenta. Cuando el temporal amaina el paisaje que deja tras sí es desolador: las barcas de pesca han sido arrastradas tierra adentro y han quedado varadas en los lugares más impensables y, lo que es peor, muchas destrozadas; la mayoría de las casas han sufrido importantes desperfectos, en algunos casos estructurales, y el mobiliario y los enseres han quedado inservibles. Es la ruina total. Las escasas familias que, contra viento y marea, seguían viviendo en el poblado marítimo dan la guerra por perdida y, como hicieron anteriormente la mayor parte de sus convecinos, deciden emigrar hacia otras poblaciones mejor resguardadas de los embates marinos y que cuentan con puerto donde amarrar las embarcaciones. En apenas unas semanas la casi totalidad de las familias que restan salen del poblado en dirección, la mayoría, al Grao de Valencia y a Denia. La Marina, salvo media docena de familias que resisten numantinamente, queda convertida en una población fantasma donde solo gorriones y vencejos pasean por los tejados y cornisas de las abandonadas viviendas.
   La tempestad provoca el enésimo enfrentamiento entre el alcalde y el jefe local. Vives es partidario de pedir a las autoridades que construyan un puerto, un refugio pesquero o, al menos, una escollera para que el mar no vuelva a invadir el poblado. Gimeno opina que, dadas las características del litoral, plano y sin relieves, y el añadido del contiguo territorio de las turberas del humedal y de la marjalería, hacen poco menos que inviable la construcción de un puerto que, además, no podría sostenerse económicamente dada la inexistencia de embarcaciones. Resultaría más barato para el gobierno, dice, edificar un chalé a cada marinero que construir una dársena. Una vez más, es el alcalde quien toma la iniciativa y la petición de construir algún tipo de defensa para salvar la Marina sale directamente desde el Ayuntamiento hacia el Ministerio de Obras Públicas. Vives, en una jugada que considera astuta, ha preferido nuevamente eludir la intervención de las autoridades provinciales porque teme que, en ese ámbito, Gimeno y sus aliados puedan torpedear el proyecto, en cambio en Madrid el plan no corre tantos riesgos porque lo más seguro es que sus rivales políticos no conozcan allí a nadie.
   Gimeno lo ha convertido ya en hábito y le cuenta la resolución del alcalde a la que, cariñosamente, denomina su consejera áulica quién, como ya pasó otras veces, tiene una opinión distinta de la suya.
- No estaría mal que se hiciese algo para salvar el poblado de la Marina y la propia playa – opina Lolita ante la desilusión de José Vicente.
- Por supuesto, Lolita, pero me gustaría ser yo el salvador y no Vives.
- Entonces lo que debes de hacer es adelantarte a las iniciativas de Paco. Tu problema es que siempre vas a rebufo.
- Poco me ayudas hoy.
- Sí es que me da rabia que muestres tan poca determinación porque eso nos obliga – Vuelve a emplear el plural de primera persona involucrándose en la controversia - a jugar a la contra.
- Te prometo que no volverá a pasar, pero es que la resolución la tomó Vives sobre la marcha. No dio tiempo a nada. Por eso el único movimiento factible que veo es poner a la gente de Valencia en contra de la petición arguyendo que les ha puenteado, algo que es cierto y que les va a sentar a cuerno quemado.
- Eso está bien pensado, José Vicente, aunque sigo opinando que la Marina merece ser salvada.
- Estoy de acuerdo en proteger el poblado, pero de lo que se trata es que Paco no se apunte el tanto, luego haremos lo que sea.
   Gimeno vuelve poner a las autoridades de Valencia en contra del alcalde.
- …y explícale al jefe, Germán, que clase de fulano es Vives. El problema no es la petición en sí ni que no me haya tenido en cuenta, eso importa poco, lo peor es que al jefe también le ha puenteado. Fíjate si es patán que envía la solicitud directamente a Madrid, como si en el ministerio fueran a tomar alguna resolución sin contar con los pertinentes informes provinciales. Es un tipo de cuidado este personaje, decidido e ignorante que es una combinación de lo más peligrosa.
- Pierde cuidado, José Vicente, en el primer despacho que tenga con el jefe le pondré sobre aviso.
   En verdad a Gimeno, en estos momentos, más que su enfrentamiento con Vives lo que le preocupa es otra cuestión: sus recién descubiertos sentimientos. Lo que siente por Lolita se ha convertido en una especie de círculo vicioso: cuanto más piensa en ella más convencido está de que es la mujer de su vida, cuanto más se reafirma en sus sentimientos más insoportable le resulta continuar viviendo como si no los tuviese. No puede seguir así. Va a terminar desquiciado. Duerme mal, está inapetente y cumple penosamente con su trabajo. Cada vez que ve a Lolita su existencia se convierte en un sinvivir, de tal modo que la relación con la joven se ha convertido en una especie de suplicio de Tántalo, tener al alcance de la mano lo que más desea y no poder conseguirlo. Y se siente más solo que nunca, no tiene a nadie con quien desahogarse, alguien a quien contar sus obsesiones, sus angustias… Un buen día termina sincerándose con su amigo Guillermo Bruñó. 
- … y eso es lo que me pasa. Te juro que estoy desconcertado. Creo que por primera vez en mi vida no sé qué camino tomar ni qué diablos hacer.
- Ahora me explico tu conducta de los últimos meses. Me daba en la nariz que te pasaba algo, pero nunca pude imaginar que fuera una cosa así. Chico, parece que te dio fuerte y comprendo cómo te sientes. Lo que no acabo de entender es la actitud tan negativa que tienes. Tu comportamiento no es propio de alguien como tú que filtra todas las acciones a través del tamiz de la razón.  
- Ahí reside el principal problema, que no estoy hablando de razonamientos sino de sentimientos. Si experimentaras lo que siento, me comprenderías mejor. Y si conocieras a Lolita tan bien como yo entenderías perfectamente el porqué de mi amargura. Me acepta como compañero, hasta como amigo, pero no quiere saber nada de mí como hombre.
- Vamos a ver, José Vicente. Hay algo que no me cuadra. Dices que no quiere saber nada de ti, pero estáis juntos la mitad de los días y no te cansas de decir que es tu mejor colaboradora. ¿Cómo se compadece todo eso con lo de que no quiere saber nada de ti? No lo entiendo, la verdad.
- La explicación es bastante simple, Guillermo. Todo lo que acabas de decir es cierto, pasamos juntos mucho tiempo y es mi mejor asesora. La cuestión es que he descubierto que quiero algo más de ella y ahí es donde reside el quid de la cuestión. No tiene inconveniente alguno en que seamos amigos, pero no quiere oír hablar de que demos un paso más allá de la amistad.
- ¿Y cómo puedes estar seguro de ello, acaso se lo has preguntado?

lunes, 22 de junio de 2015

5.14. El gallego no se va ni echándole aceite hirviendo



   Los senillenses que se han desplazado desde Valencia, para asistir al acto que tendrá lugar en Madrid como desagravio al Caudillo de las Españas, se levantan por la mañana del nueve de diciembre de mil novecientos cuarenta y seis medio adormilados, con el estómago vacío y doliéndoles el cuerpo al haber pasado la noche en las incómodas butacas de los autobuses. Lo más perentorio es llenar la andorga con algo caliente. Como los coches están aparcados en el Parque del Oeste, en un chiringuito del Puente de los Franceses se toman una magra pitanza. Al cabo de un rato, dirigidos por Gimeno, son conducidos a la madrileña Plaza de Oriente donde poco a poco se van congregando los manifestantes. Durante el recorrido los levantinos no hacen más que mirar a ver si encuentran algún comercio abierto donde comprar un recuerdo para la familia, pero todas las tiendas y almacenes han echado los cierres, solo están abiertos bares, cafeterías y restaurantes. Pese al frío y al cansancio, el ambiente es casi festivo, la gente acude al acto como quien que va a una romería y no es raro ver grupos, al parecer con más experiencia que el grupo de Gimeno, que llevan consigo viandas y hasta botas que circulan alegremente de mano en mano.
   A dos de los asistentes del pueblo les ha tocado ser portadores de una pancarta que les han dado en Valencia y en la que en grandes letras se lee: Franco, sí. Comunismo, no. Hay otros muchos carteles con los textos más variados y en los que prima la sal gorda: Con pan o sin pan ¡Franco!, ¡Si ellos tienen ONU, nosotros tenemos dos!, Aquí manda Franco porque nos da la gana, Hijos de la Gran Bretaña: a los chiqueros, Bombas atómicas fabricadas en Ocaña… Hasta hay una en la que Gimeno lee unos ripios que dicen: El dólar y la esterlina/ quieren hacer la puñeta/ a nuestra humilde peseta/ negándonos gasolina/ ante conducta tan porcina/ grito a los anglosajones:/ meteros en los cojones/ vuestros putos carburantes..., un movimiento de la multitud imprime un giro a la pancarta y no puede terminar de leerla.
- ¿Qué pasa?, ¿por qué grita la gente? – pregunta alguien.
   La respuesta la da el rugido del gentío que, de forma sincopada y cada vez más fuerte, comienza a gritar: ¡Fran-co!, ¡Fran-co!, ¡Fran-co!... Casi de manera mecánica, el grupo de valencianos se une a las aclamaciones que terminan convirtiendo la plaza en una olla a presión. El griterío, como si de un estimulante se tratara, provoca en la muchedumbre una suerte de histeria colectiva. Hasta los senillenses, que hasta ese momento mantenían una actitud más bien contemplativa, se contagian del fervor colectivo en que parecen haberse sumido los manifestantes. La plaza se ha convertido en un pandemónium donde es imposible escuchar otra cosa que no sean los gritos aclamando al Generalísimo. A lo lejos, en uno de los balcones de lo que les han dicho que es el Palacio Real, se ven las siluetas de una serie de personajes que, a través de la lejanía, es imposible identificar. Uno de los manifestantes, más previsor o más avezado a estos actos, se ha traído unos prismáticos que solo presta a los levantinos después de insistentes ruegos. Así, a lo lejos y como si fuera un fotograma, es como Gimeno ve, por primera vez en su vida, al Caudillo de España por la gracia de Dios, como reza la leyenda de las monedas españolas.
   Tras insistentes llamadas al silencio, que se repiten por los altavoces distribuidos por toda la plaza, y los gritos conminatorios de los encargados de los grupos pidiendo a la gente que se calle, al final pueden oírse las palabras del Generalísimo amplificadas por la megafonía:
- Combatientes, ex cautivos y españoles todos, necesitaríamos el solar de toda España para esta inmensa manifestación de entusiasmo, de unidad y de firmeza que da la más expresiva y rotunda respuesta a quienes en el exterior especulan torpemente con nuestra lealtad y con nuestra paz interna...
   José Vicente ha tratado de seguir el discurso del Jefe del Estado, pero casi sin darse cuenta ha dejado de atender la arenga, porque entre la voz de falsete de Franco y el acoplamiento que a veces se produce en el sistema de altavoces, la audición deja mucho que desear.
- ... Lo que ocurre en la ONU no puede a los españoles extrañarnos, cuando una ola de terror comunista asola Europa, y las violaciones, los crímenes y las persecuciones..., no debe extrañarnos que los hijos de Giral y de la Pasionaria...
   Como el discurso le aburre, Gimeno se entretiene recordando lo que sabe de los nombres que va citando el Caudillo cuya voz llena todos los recovecos de la plaza.
- ... La situación del mundo y sus vergüenzas llenan una vez más de contenido a nuestra gloriosa Cruzada... Prueba de nuestro resurgimiento es llevar el mundo colgado de los pies. Señal inequívoca de que en España empieza a amanecer...
   La soflama que sale de los altavoces parece enardecer la pasión de la multitud que corea a grito pelado las últimas proclamas del discurso del Generalísimo. El acto termina con los gritos rituales de España, una, grande y libre, y arriba España, a lo que uno de los jerarcas del balcón añade: viva Franco.
   Concluido el acto, Gimeno se desgañita para que sus paisanos no se dispersen cuando el gentío comienza a desalojar la plaza. Hay varios grupos de exaltados que hablan de ir a manifestarse frente a ciertas embajadas, especialmente contra la inglesa. José Vicente les insta que hay que volver a reunirse en la confluencia de la Plaza de España con la calle de la Princesa, que es donde han quedado en concentrarse los de la provincia que van en su autobús. Todo eso es lo que el grupo de senillenses llega a ver de Madrid: el Palacio Real a lo lejos, la Plaza de España donde se han manifestado, la calle Princesa llena de gente que deambula por el centro de la calzada pues han cortado la circulación de vehículos, y un trozo del Parque del Oeste, que es donde está aparcado el autobús.
   Unas noches después, escuchando la BBC en casa de Lapuerta, el médico cuenta a Ballesta y Bonet que la Asamblea de Naciones Unidas ha condenado, en una declaración formal, al régimen español, ha hecho un llamamiento a la retirada de embajadores de los países miembros y ha cerrado las puertas de la organización de Naciones Unidas y de todos los organismos relacionados con ella al gobierno de Franco. Solo algunos países hispanoamericanos, como Argentina y Costa Rica, se han opuesto a dichas medidas y algunos otros han optado por la abstención.
- Pues me han contado – les informa a su vez Bonet – que el otro día los de la radio Pirenaica daban como seguro que los Aliados nos invadirán, se cargarán a Franco y su Régimen e instaurarán una democracia. Si es así, y parece que los tiros apuntan en esa dirección, al gallego y sus mariachis les quedan cuatro días.
- No estoy tan seguro si van a ser cuatro días o cuatro décadas – apostilla escéptico Lapuerta.
- Don Manuel, este régimen no puede durar. Todos los países europeos son democráticos, la única dictadura que queda es la franquista – protesta Bonet.
- Desgraciadamente, eso no es del todo cierto. Te olvidas de la Unión Soviética, y los países del este que han caído bajo la influencia rusa, y que tampoco parece que vayan a ir por sendas muy democráticas. Ah, y no olvidemos a nuestros amigos portugueses que la presidencia de Salazar tampoco tiene ni medio pase – puntualiza Lapuerta.
- Pues la ONU no ha dicho nada sobre ninguna de esas naciones – insiste tercamente el ferroviario.
- Ni creo que lo diga. Rusia es uno de los países ganadores de la guerra y por su extensión y población se va a configurar como una de las potencias más importantes de la posguerra.
- ¿Saben lo que les digo? – Ballesta, que hasta el momento ha permanecido callado, añade tajante -, que por lo que me han contado de lo de la Plaza de Oriente más bien pienso todo lo contrario que Celestino. El gallego no se va ni echándole aceite hirviendo.

domingo, 21 de junio de 2015

*** Verano 2015




   Hoy, a las 18,38, comienza el solsticio de verano en el hemisferio norte. El clima de la ciudad en la que vivo, Madrid, se reparte anualmente en dos ciclos: nueve meses de invierno y tres de infierno, al menos eso dicen los castizos. O sea, que hoy empieza el infierno madrileño. Para escapar del mismo, como hago todos los años, me marcho a mi particular Senillar. Allí espero que la influencia del Mediterráneo haga más llevadera la canícula.
   Con ese motivo, y dado que estaré sin ordenador un par de días, la entrega de mi blog que habitualmente hago los martes la adelanto al lunes.
   Mis mejores deseos para que los lectores pasen un feliz verano y para los del hemisferio sur que el invierno les sea leve y grato.