lunes, 22 de junio de 2015

5.14. El gallego no se va ni echándole aceite hirviendo



   Los senillenses que se han desplazado desde Valencia, para asistir al acto que tendrá lugar en Madrid como desagravio al Caudillo de las Españas, se levantan por la mañana del nueve de diciembre de mil novecientos cuarenta y seis medio adormilados, con el estómago vacío y doliéndoles el cuerpo al haber pasado la noche en las incómodas butacas de los autobuses. Lo más perentorio es llenar la andorga con algo caliente. Como los coches están aparcados en el Parque del Oeste, en un chiringuito del Puente de los Franceses se toman una magra pitanza. Al cabo de un rato, dirigidos por Gimeno, son conducidos a la madrileña Plaza de Oriente donde poco a poco se van congregando los manifestantes. Durante el recorrido los levantinos no hacen más que mirar a ver si encuentran algún comercio abierto donde comprar un recuerdo para la familia, pero todas las tiendas y almacenes han echado los cierres, solo están abiertos bares, cafeterías y restaurantes. Pese al frío y al cansancio, el ambiente es casi festivo, la gente acude al acto como quien que va a una romería y no es raro ver grupos, al parecer con más experiencia que el grupo de Gimeno, que llevan consigo viandas y hasta botas que circulan alegremente de mano en mano.
   A dos de los asistentes del pueblo les ha tocado ser portadores de una pancarta que les han dado en Valencia y en la que en grandes letras se lee: Franco, sí. Comunismo, no. Hay otros muchos carteles con los textos más variados y en los que prima la sal gorda: Con pan o sin pan ¡Franco!, ¡Si ellos tienen ONU, nosotros tenemos dos!, Aquí manda Franco porque nos da la gana, Hijos de la Gran Bretaña: a los chiqueros, Bombas atómicas fabricadas en Ocaña… Hasta hay una en la que Gimeno lee unos ripios que dicen: El dólar y la esterlina/ quieren hacer la puñeta/ a nuestra humilde peseta/ negándonos gasolina/ ante conducta tan porcina/ grito a los anglosajones:/ meteros en los cojones/ vuestros putos carburantes..., un movimiento de la multitud imprime un giro a la pancarta y no puede terminar de leerla.
- ¿Qué pasa?, ¿por qué grita la gente? – pregunta alguien.
   La respuesta la da el rugido del gentío que, de forma sincopada y cada vez más fuerte, comienza a gritar: ¡Fran-co!, ¡Fran-co!, ¡Fran-co!... Casi de manera mecánica, el grupo de valencianos se une a las aclamaciones que terminan convirtiendo la plaza en una olla a presión. El griterío, como si de un estimulante se tratara, provoca en la muchedumbre una suerte de histeria colectiva. Hasta los senillenses, que hasta ese momento mantenían una actitud más bien contemplativa, se contagian del fervor colectivo en que parecen haberse sumido los manifestantes. La plaza se ha convertido en un pandemónium donde es imposible escuchar otra cosa que no sean los gritos aclamando al Generalísimo. A lo lejos, en uno de los balcones de lo que les han dicho que es el Palacio Real, se ven las siluetas de una serie de personajes que, a través de la lejanía, es imposible identificar. Uno de los manifestantes, más previsor o más avezado a estos actos, se ha traído unos prismáticos que solo presta a los levantinos después de insistentes ruegos. Así, a lo lejos y como si fuera un fotograma, es como Gimeno ve, por primera vez en su vida, al Caudillo de España por la gracia de Dios, como reza la leyenda de las monedas españolas.
   Tras insistentes llamadas al silencio, que se repiten por los altavoces distribuidos por toda la plaza, y los gritos conminatorios de los encargados de los grupos pidiendo a la gente que se calle, al final pueden oírse las palabras del Generalísimo amplificadas por la megafonía:
- Combatientes, ex cautivos y españoles todos, necesitaríamos el solar de toda España para esta inmensa manifestación de entusiasmo, de unidad y de firmeza que da la más expresiva y rotunda respuesta a quienes en el exterior especulan torpemente con nuestra lealtad y con nuestra paz interna...
   José Vicente ha tratado de seguir el discurso del Jefe del Estado, pero casi sin darse cuenta ha dejado de atender la arenga, porque entre la voz de falsete de Franco y el acoplamiento que a veces se produce en el sistema de altavoces, la audición deja mucho que desear.
- ... Lo que ocurre en la ONU no puede a los españoles extrañarnos, cuando una ola de terror comunista asola Europa, y las violaciones, los crímenes y las persecuciones..., no debe extrañarnos que los hijos de Giral y de la Pasionaria...
   Como el discurso le aburre, Gimeno se entretiene recordando lo que sabe de los nombres que va citando el Caudillo cuya voz llena todos los recovecos de la plaza.
- ... La situación del mundo y sus vergüenzas llenan una vez más de contenido a nuestra gloriosa Cruzada... Prueba de nuestro resurgimiento es llevar el mundo colgado de los pies. Señal inequívoca de que en España empieza a amanecer...
   La soflama que sale de los altavoces parece enardecer la pasión de la multitud que corea a grito pelado las últimas proclamas del discurso del Generalísimo. El acto termina con los gritos rituales de España, una, grande y libre, y arriba España, a lo que uno de los jerarcas del balcón añade: viva Franco.
   Concluido el acto, Gimeno se desgañita para que sus paisanos no se dispersen cuando el gentío comienza a desalojar la plaza. Hay varios grupos de exaltados que hablan de ir a manifestarse frente a ciertas embajadas, especialmente contra la inglesa. José Vicente les insta que hay que volver a reunirse en la confluencia de la Plaza de España con la calle de la Princesa, que es donde han quedado en concentrarse los de la provincia que van en su autobús. Todo eso es lo que el grupo de senillenses llega a ver de Madrid: el Palacio Real a lo lejos, la Plaza de España donde se han manifestado, la calle Princesa llena de gente que deambula por el centro de la calzada pues han cortado la circulación de vehículos, y un trozo del Parque del Oeste, que es donde está aparcado el autobús.
   Unas noches después, escuchando la BBC en casa de Lapuerta, el médico cuenta a Ballesta y Bonet que la Asamblea de Naciones Unidas ha condenado, en una declaración formal, al régimen español, ha hecho un llamamiento a la retirada de embajadores de los países miembros y ha cerrado las puertas de la organización de Naciones Unidas y de todos los organismos relacionados con ella al gobierno de Franco. Solo algunos países hispanoamericanos, como Argentina y Costa Rica, se han opuesto a dichas medidas y algunos otros han optado por la abstención.
- Pues me han contado – les informa a su vez Bonet – que el otro día los de la radio Pirenaica daban como seguro que los Aliados nos invadirán, se cargarán a Franco y su Régimen e instaurarán una democracia. Si es así, y parece que los tiros apuntan en esa dirección, al gallego y sus mariachis les quedan cuatro días.
- No estoy tan seguro si van a ser cuatro días o cuatro décadas – apostilla escéptico Lapuerta.
- Don Manuel, este régimen no puede durar. Todos los países europeos son democráticos, la única dictadura que queda es la franquista – protesta Bonet.
- Desgraciadamente, eso no es del todo cierto. Te olvidas de la Unión Soviética, y los países del este que han caído bajo la influencia rusa, y que tampoco parece que vayan a ir por sendas muy democráticas. Ah, y no olvidemos a nuestros amigos portugueses que la presidencia de Salazar tampoco tiene ni medio pase – puntualiza Lapuerta.
- Pues la ONU no ha dicho nada sobre ninguna de esas naciones – insiste tercamente el ferroviario.
- Ni creo que lo diga. Rusia es uno de los países ganadores de la guerra y por su extensión y población se va a configurar como una de las potencias más importantes de la posguerra.
- ¿Saben lo que les digo? – Ballesta, que hasta el momento ha permanecido callado, añade tajante -, que por lo que me han contado de lo de la Plaza de Oriente más bien pienso todo lo contrario que Celestino. El gallego no se va ni echándole aceite hirviendo.

domingo, 21 de junio de 2015

*** Verano 2015




   Hoy, a las 18,38, comienza el solsticio de verano en el hemisferio norte. El clima de la ciudad en la que vivo, Madrid, se reparte anualmente en dos ciclos: nueve meses de invierno y tres de infierno, al menos eso dicen los castizos. O sea, que hoy empieza el infierno madrileño. Para escapar del mismo, como hago todos los años, me marcho a mi particular Senillar. Allí espero que la influencia del Mediterráneo haga más llevadera la canícula.
   Con ese motivo, y dado que estaré sin ordenador un par de días, la entrega de mi blog que habitualmente hago los martes la adelanto al lunes.
   Mis mejores deseos para que los lectores pasen un feliz verano y para los del hemisferio sur que el invierno les sea leve y grato.

viernes, 19 de junio de 2015

5.13. ¿Te gustaría ir a Madrid?



   La Jefatura Provincial del Movimiento ha convocado a todos los jefes locales del partido para explicarles un acto que tendrá lugar en la capital de España en unas semanas. Se trata de manifestarse contra la campaña de desprestigio y los ataques que sufren el Caudillo y su Régimen en los países democráticos y, al tiempo, arropar al Generalísimo Franco como indiscutible líder de todos los españoles. Tras el final de la II Guerra Mundial y la derrota de los países totalitarios, Alemania, Japón e Italia, solo resta España como la única nación europea en la que gobierna un dictador. Esto es una verdad a medias, hay muchas más dictaduras: la URSS y las naciones satélites que viven bajo su yugo, el vecino Portugal, así como otros muchos países sudamericanos y asiáticos, pero por muy distintas causas las democracias se ceban con el régimen franquista en el que, ciertamente, quien manda no responde ante el pueblo soberano sino únicamente ante Dios y ante la historia, tal y como repiten los voceros oficialistas.
   La información que la Jefatura Provincial traslada a sus jefes locales y que estos han de transmitir a sus afiliados y a la ciudadanía en general es que la ONU, presionada por los países comunistas y los gobernados por masones y judíos, va a condenar a España y estrangularla económicamente, más de lo que ya está. Es una muestra más de la conspiración judeomasónica contra España, otra de las frases predilectas del Caudillo. Para protestar por semejante infamia y que se entere el mundo de que los españoles no van a amedrentarse fácilmente, los sindicatos, las cooperativas, las empresas, los municipios y la gente de bien están organizando una concentración en Madrid para decir alto y claro a los extranjeros que no se metan donde nadie les llama. Los asuntos de España, afirman, hemos de solucionarlos los españoles y no necesitamos que venga nadie de fuera a decirnos como tenemos que hacer las cosas. Nosotros no vamos por ahí diciéndoles a los gabachos, a los yanquis o a los hijos de la pérfida Albión como se las tienen que arreglar, pues ellos que hagan lo mismo y que nos dejen en paz. ¿Qué es eso de decir qué Franco no representa a los españoles?, ¿quién ganó la guerra?, ¿quién nos libró de las garras comunistas?, ¿quién terminó con los masones, los liberales y los separatistas? Pues el hombre que ha hecho todo eso, y más, es don Francisco Franco Bahamonde y los españoles nunca le agradeceremos lo mucho que ha hecho por la nación.
   Cada jefe recibe el encargo de reclutar a un grupito de  gente de su confianza para que le acompañen en ese viaje a Madrid. José Vicente pone todo su empeño en la encomienda, también es una manera de atemperar el desasosiego que le embarga desde que descubrió sus sentimientos hacia Lolita. Y, sin embargo, en una muestra más del desconcierto que le atenaza es a Lolita con quien primero comenta el cometido que le han encomendado.
- ¿A ti que te parece?
- Pues qué quieres que te diga – responde Lolita con una frase que no dice nada.
- Pero algo opinarás, ¿no? – insiste José Vicente.
- Bueno, si insistes. Creo que es un montaje para consumo interno. Dudo mucho que al resto del mundo le impresione que se reúnan en Madrid cien mil personas o un millón.
- ¿No te gustaría ir?
- ¿A hacer de palmera durante unas horas? Vamos, José Vicente, seamos serios.
     La negativa opinión de Lolita no hace demasiada mella en Gimeno quien se afana en encontrar compañeros para el viaje a la capital. De ninguna manera quiere que en la Jefatura Provincial crean que no es capaz de reunir a un grupo de personas. Lo de menos es que sean afiliados o simpatizantes, lo que importa es completar la cuota de viajeros que le han asignado. En cuanto se corre la voz de la campaña de Gimeno para lo del viaje las opiniones para todos los gustos vuelan en las tertulias del café.
- ¿Y eso va a servir para algo?
- Quien sabe, a lo mejor se abarata la gasolina y aumenta el cupo del racionamiento.
- Eso no lo verán tus ojos, pardillo.
- Bueno, si lo montan será por algo, ¿no?
- Don Manuel, ¿usted piensa ir? – pregunta un contertulio al médico.
- No, no voy a ir. Por una parte, Gimeno no me ha invitado y, por otra, lo de ir a hacer bulto para aclamar al Caudillo, porque de eso se trata, no me atrae excesivamente.
- Pues a mí, como el Gimeno me lo proponga le voy a decir que sí. Sería una buena ocasión de conocer la capital.
- Supongo que para ir habrá que estar apuntado a la Falange.
- Es posible, pero que yo sepa en el pueblo no debe haber apuntados más de una docena. También tendrán que echar mano de los que no lo son.
- Yo tampoco conozco Madrid y si por aplaudir un rato a Franco me ofrecen esa oportunidad no me importaría viajar.
- ¿Y os vais a gastar una pasta para eso?
- He oído decir que si el viaje va a ser gratis.
- ¡Y encima gratis, vaya chollo! Voy a buscar al Gimeno a ver si me apunta.
   Mientras los corrillos siguen discutiendo, Gimeno prosigue en su afán de conseguir compañeros de viaje.
- ¿Te gustaría ir a Madrid? – es la pregunta que espeta a bocajarro.
- ¿A Madrid? Pues claro. No he estado nunca, pero cuéntame, ¿de qué va eso?
   Gimeno se explaya sobre el viaje tratando de convencer a quienes está invitando al mismo. De todas las provincias irán representaciones, para que el mundo sepa lo que pensamos y lo que sentimos, también de Valencia partirán varios autobuses hacia Madrid y en uno de ellos irá un grupo de gente del pueblo.
- Tú puedes ser uno de ellos – concluye.
- Pero el viaje a Madrid cuesta un dinero y no te digo si hay que hacer noche.
- Ni un duro. No tienes que gastarte nada. Es todo gratis. Hasta nos van a dar unos bocadillos para el viaje. Va a ser un viaje de ida y vuelta, y dormiremos en el autobús.
   Algunos de los invitados, los menos, excusan su asistencia. A otros lo del viaje no les parece mal. Al final, Gimeno convence a nueve personas, la cuota de participación que le han marcado. Salvo Juanito, el gasolinero que, como excombatiente de la División Azul es un falangista convencido y agradecido pues le adjudicaron la gestión del poste de gasolina del pueblo, los demás viajan más por conocer Madrid que por otra cosa. Ya dado el consentimiento hay quien está al borde de desdecirse cuando, en la reunión que se celebra en la jefatura local para informarles de los detalles del viaje, Gimeno les indica que sería conveniente que lleven camisa falangista.
- Perdona José Vicente, pero no tengo una camisa de esas.
- Tendrás alguna camisa azul, ¿no?
- Creo que sí, pero no la de falangista.
- ¿Y quién se va a enterar? Con el frío que hace en Madrid habrá que llevar ropa de abrigo, con que se te vea algo azul debajo del jersey o del suéter será suficiente.
   El ocho de diciembre, los nueve vecinos de Senillar, bajo la batuta de Gimeno, se concentran en Valencia para sumarse a los que van a marchar a Madrid. La representación provincial sale en varios autobuses hacia la capital de la nación. El viaje, por la maltrecha carretera nacional Valencia-Madrid, es largo y tedioso. Entre el pésimo estado de conservación de la vía y la escasa velocidad de los baqueteados vehículos el trayecto se hace interminable. Por si faltaba algo, en el puerto de Contreras, la única dificultad reseñable del itinerario, el motor del autobús en el que viajan los senillenses se recalienta y del radiador empieza a salir vapor como si fuera una locomotora. Han de detenerse y esperar un par de horas hasta que la máquina se enfría, reponer el agua perdida y retomar el viaje. Antes de llegar a Motilla del Palancar, donde paran a repostar gasolina y a echar una meada, la mayoría ya se ha zampado los tres bocadillos que la organización les ha facilitado. Cuando llegan a la ciudad, ya bien entrada la noche, solo piensan dónde encontrar algo sólido que llevarse a la boca y calentar el cuerpo porque, como les habían avisado, Madrid les recibe con un serrano y cortante airecillo escasamente acogedor.