domingo, 17 de mayo de 2015

*** 5000



La pasada semana el blog rebasó holgadamente la cifra de las 5000 páginas vistas. Digo lo de siempre: ya sé que no es una cifra espectacular, pero para un blog que solo es soporte de una novela por entregas, de un casi octogenario y desconocido autor, tiene su pequeño mérito. Como lo tiene el que el blog ha sido abierto desde 42 países.
Larga y feliz vida a todos los internautas que lo leen.

viernes, 15 de mayo de 2015

5.3. ¡Viva los novios!



   Águeda y Maruja no acaban de ponerse de acuerdo en los detalles sobre la inminente boda de sus hijos Pepita y Rafael. Águeda es partidaria de realizar el banquete en plan casero, en cambio Maruja opta por encargar la comida a algún restaurante. Ante la  insistencia de Maruja en su opción, Águeda saca a relucir su talante cicatero:
- ¿Pero estás loca? Eso nos costaría una fortuna. Bastantes gastos tenemos como para tirar el dinero trayendo gente de fuera y que vaya usted a saber cómo servirán el convite. En cambio, lo de celebrarlo en el almacén no me parece mal. Y sobre la comida ya estuve pensando en ello, creo que podíamos encargar unos langostinos de Vinaroz y luego jamón serrano del bueno, de Teruel, con eso y unas croquetas muy ricas que va a preparar mi cuñada Catalina ya teníamos unos entremeses muy apañados. Y como plato fuerte, encargarle a la Torrafabes que nos prepare unas paellas y luego chuletas de lechal que Rita, la de la carnicería de la plaza, ya me ha dicho que nos las pondrá a buen precio. Y de postre fruta, que esa no necesitamos comprarla, y pastelitos de boniato y almendraos que mi sobrina Anabel los hace muy buenos. La tarta se la encargaremos a Martínez, el de la panadería de la calle Loreto. Y para rematar café del de verdad y licores. Ah, se me olvidaba, y puros, que esos corren a cargo del Braulio, ya le encargó al estanquero unos puritos canarios que se ve que son cosa fina. Un banquetazo de categoría, vamos.
- Vaya, veo que lo tienes todo muy pensado, pero hasta ahora no me habías dicho ni media palabra – Maruja no puede ocultar su despecho.
- Es que del convite es la primera vez que hablamos. Tú tampoco me comentaste lo del restaurante de Gandía. Estamos empatadas, pero estarás de acuerdo conmigo que mi plan nos va a salir mucho más económico que el tuyo.
- ¿Y quién va a servir las mesas?
- ¡Qué pregunta! Para eso está la parentela. Tus hermanas, mis cuñadas, nuestras sobrinas, las amigas. No va a faltar quien nos ayude, no te preocupes.
- Todo lo que cuentas me parece bien – Maruja esgrime su diplomacia de andar por casa, pero no cede -. Lo tienes muy pensado, ¿pero no crees que sería mucho más cómodo que encargáramos la comida a unos profesionales y que nos despreocupásemos del asunto? Costaría más, de acuerdo, pero las dos tenemos un solo hijo y no volveremos a tener que preparar otra boda. Si no nos gastamos los cuartos ahora, ¿cuándo vamos a hacerlo?
- Mira, Maruja, estamos de gastos hasta las cejas. Si vosotros no os hubieseis emperrado en que la pareja debía de tener su propia casa, ahora estaríamos en disposición de poder afrontar el desembolso que podría suponer encargar el banquete a ese restaurante del que hablas, pero después de lo que nos ha costado montarles la casa y el negocio ya no podemos malgastar ni un duro más. Por lo tanto, tendremos que conformarnos con lo que hay. Además, ¿tú sabes cómo nos iban a criticar si encargáramos la comida a gente de fuera? Quita, quita, que bastante estamos dando que hablar con una boda tan precipitada – contraataca Águeda.
   A Maruja no le queda otra que ceder. Hablar del convite lleva de la mano a referirse a la lista de invitados y en ese punto las consuegras vuelven a trabarse de cuernos. Paradójicamente se da el caso contrario: Águeda quiere invitar a medio pueblo, mientras Maruja opta por un número de invitados mucho más reducido. No se ponen de acuerdo y, como ninguna cede, al final llegan a una solución de compromiso: cada familia hará su particular lista y pagará el gasto de sus invitados.

   El cura termina de echar las bendiciones a los contrayentes y, tras darles la mano para que se la besen, se retira a la sacristía acompañado por los monaguillos. Pepita y Rafael ya son marido y mujer. Civilmente lo eran desde el día anterior, cuando fueron al juzgado municipal donde el secretario les hizo firmar los prescriptivos documentos y les entregó el correspondiente Libro de Familia. Los desposados salen de la iglesia en cuya puerta les esperan los invitados y, algo más apartados, los inevitables corrillos de curiosos formados en su mayoría por mujeres. Las comadres no quieren perderse un solo detalle de cómo van vestidos los recién casados, especialmente la novia, lo que dará tema de conversación durante varios días.
   La recién desposada luce un vestido recargado de bordados y puntillas que le han confeccionado en Valencia, con una cola considerable que se lleva todo el polvo que hay entre su casa y la iglesia pues la costumbre del pueblo es que ambos novios vayan a pie de su casa al templo. El novio lleva un traje como nunca se había visto allí: una chaqueta de esmoquin conjuntada con unos pantalones a rayas negras y una flor blanca en el ojal. El padrino es el tío Braulio que va embutido en un flamante terno que parece tener dos tallas menos de las que necesitaría porque se le ve muy incómodo. La madrina es Maruja que luce un floreado traje de seda y una añeja mantilla que casi le llega al borde la falda. De los cuatro protagonistas del casorio da la impresión de que es la que más lo está disfrutando, ¡lleva tantos años anhelando ese momento!
   La boda es por todo lo alto. Hacía años que en el pueblo no se veía un dispendio como el que los padres de los contrayentes han derrochado. En el banquete no ha faltado de nada, y después del café y los licores el tío Braulio ha pasado con una caja de puros canarios repartiéndolos entre los hombres. Luego los novios han ido de mesa en mesa departiendo con familiares y amigos. Cada vez que se acercan a un grupo suenan los gritos de rigor: ¡viva los novios!, ¡que se besen, qué se besen! Los recién casados no llegan al final del convite, tienen que coger el correo de Barcelona donde estarán unos días y de allí volarán a Palma de Mallorca donde completarán su luna de miel. Antes de su partida, la madre de la novia hace un aparte con su flamante yerno y, con muchos remilgos y frases plenas de doble sentido, le pide que tenga cuidado en las relaciones con su hija, que procure hacer las cosas que los maridos hacen a sus mujeres con la mayor ternura posible porque como su chica está en estado un proceder brusco podría hacerle daño. No le pide que no la toque, que eso ni quiere ni puede decirlo porque ahora es su mujer y le pertenece, lo que le ruega es que lo haga con paciencia y cuidado. Y nada más. Seguro que van a ser muy felices porque se lleva la mejor hija del mundo y una mujer de su casa.
   Terminado el banquete, las madres de los contrayentes invitan a los comensales a ver el hogar de los recién casados. La mayor parte de los hombres no hacen caso de la invitación y siguen bebiendo, charlando y fumando, pero en cambio las mujeres van casi todas en pos de Águeda y Maruja, que les van enseñando las distintas dependencias de la casa de la pareja, el ajuar de la novia y los muchos regalos que familiares y amigos les han hecho. No les va a faltar de nada insiste la madre de la novia. Más de una invitada piensa que como se nota que tanto Pepita como Rafael son hijos únicos y que sus padres han tirado la casa por la ventana.            
   Cuando Lolita ve pasar la comitiva de la boda, de vuelta de la iglesia, y como bromean los novios con los desocupados y curiosos que desde las aceras les dan la enhorabuena, termina derrumbándose. Se encierra en su habitación, abre la gaveta del secreter, la única que tiene cerradura, y desparrama encima de la cama un puñado de fotos de cuando su noviazgo con Rafa, el único que ha tenido y que quizás tenga. Las mira una a una en silencio mientras las va reduciendo a pedacitos. Sus ojos se llenan de lágrimas que lenta y calladamente van resbalando por las mejillas, hasta que da rienda suelta a la pena que la corroe y prorrumpe en un amargo llanto. No hay dolor más hondo que el que provoca la muerte de la esperanza. Ha de echar mano de todo su coraje para no derrumbarse. Y como terapia más eficaz para no recordar y no dar vueltas como un molino a lo que ya no tiene remedio se sumerge en el trabajo.

martes, 12 de mayo de 2015

5.2. Ni un cuarto al pregonero



   Águeda y Pepita vuelven de Alicante con sensaciones muy distintas tras la confirmación de que la niña está encinta. La madre con un cabreo monumental. La hija hecha un lío e irritada con su madre a la que nunca había visto tan enfadada. Cuando llegan al pueblo lo primero que hace Águeda es contar a su marido lo que pasa, luego visita a la madre de Rafael, el más que presunto padre de su futuro nieto.
   A Maruja se le cae el mundo encima, otra vez su hijo la hizo buena, pero de ésta no se va a salvar. Una cosa es que preñe a una criada a cuya familia ni conocían y otra muy distinta es que deje embarazada a la niña de los Arnau. Las dos consuegras concluyen que la única salida que tiene el problema creado por sus hijos es el matrimonio y que hay que adelantar todos los trámites para que la boda se efectúe en el plazo más breve posible.
- Tendrían que casarse antes de veinte o treinta días a lo sumo – apunta Águeda.
- Eso es muy precipitado, la gente va a murmurar.
- Más murmurarán si se casan más tarde y mi hija llega al altar con un bombo incapaz de disimularlo. Entonces sí que saltará el escándalo. En cambio, ahora podemos acallarlo, al menos de momento, si la boda es en el plazo que te he dicho. En ese caso parirá a un sietemesino. En la familia ya hubo otros.
- En eso no había caído, Águeda. La noticia me ha dejado tan para el arrastre que ni de pensar soy capaz. Este hijo mío no tiene solución, es un balarrasa.
- Pues tendrá que cambiar ahora que va a tener obligaciones. Y me vas a perdonar, pero tengo mucho que hacer. Mañana volveremos a vernos y trataremos los detalles que faltan. Tú y Antonio os encargáis de explicar a vuestro chico cómo están las cosas. Y no hace falta decirlo, pero de todo esto ni un cuarto al pregonero.
   Quien se queda tocado con la noticia de su próxima paternidad es Rafael. Intenta, como siempre, echar la culpa al empedrado, pero su madre es inflexible: esta vez no hay escapatoria, ni siquiera existe la posibilidad de arreglar el desaguisado sobornando a la familia de la embarazada, como hicieron cuando el lío de la Esperanza, los Arnau tienen más dinero que ellos. Y luego está el escándalo que se organizaría si no hubiese boda. La familia quedaría marcada para siempre. Tendrían que marcharse del pueblo, ni ella ni Antonio serían capaces de soportar una situación tan escandalosa.
- Te guste o no tendrás que casarte.
- ¿Cómo me va a gustar tener que casarme con una tontorrona como esa?
- Será tontorrona, pero parece que no te lo pasabas tan mal con ella. A lo hecho, pecho, hijo. Solo te resta portarte como un hombre y cumplir.
- Pues como no me lleven a la iglesia con una escopeta en los riñones no pienso casarme.
- Tú verás lo qué haces, pero toma la decisión antes de que llegue tu padre. Cuando le cuente lo que ocurre y le diga que no piensas casarte no respondo de lo que pueda pasarle. Ya sabes que está delicado del corazón, solo faltaría que fueras la causa de un ataque cardíaco que podía llevar a papá al cementerio. Y después de lo que les has hecho a los Arnau no quiero pensar lo que pueda hacerte el Braulio, con lo bruto que es. Lo que has dicho de la escopeta tampoco lo descartes. Todo es posible con ese hombre. Y cualquier cosa que te hiciera, la gente lo comprendería. Has deshonrado a su hija, les has faltado al respeto y has traicionado la confianza que habían depositado en ti. Hijo, piénsalo bien. No tienes más que una salida honorable y es convertir en honrada a una mujer a la que has deshonrado y darle tu apellido a su hijo que también es el tuyo.
   Por mucho que reniegue, por jodido que esté y lo está, Rafael sabe que aquello no tiene solución, está perdido. No va a tener más remedio que cargar con la bobalicona de Pepita. La hizo buena. Es un imbécil. Ya podía haber preñado a Lolita en vez de a la palurda. Pero como dice su madre: a lo hecho, pecho.
   La referencia de la inminente boda de la hija de los Arnau y del chico de los Blanquer, puesta en circulación por las propias madres de los futuros contrayentes, es la noticia del día en todos los corrillos. 
- Pues sí, se casan, Pepita la del tío Braulio y Rafael, el chico de Antonio, el que es jefe de estación.
- ¿Lo sabes de buena tinta?
- De primera mano. Me lo ha dicho Lidón, la hermana de la Maruja.
- ¿Y para cuándo será?
- En unas tres semanas.
- Huy, eso me huele a barriga.
- No te digo que no, pero ya sabes que el chico entraba en casa de los Arnau desde hace tiempo y llevaban meses hablando de boda.
- Ese chico tiene fama de ser flojo de bragueta.
- Habrá que oír a la Águeda, con el genio que se gasta.
- Si no les han dicho ni las amonestaciones.
- Empiezan mañana mismo.
- Tantas prisas... Lo que te digo, me huele a preñez.
   La noticia ha dejado grogui a Lolita, como un boxeador al que han dado un crochet en plena mandíbula. ¡Rafa se casa! Guardaba como un tesoro la tenue esperanza de que, pese a todo, volvería a tenerle entre sus brazos. No va a ser así. Se acabaron las falsas ilusiones, se acabó la historia de un amor que ha resultado imposible, de un amor que la ha llevado a convertirse en algo que detesta: una solterona. En la soledad de su habitación, cuando se mira al espejo, la imagen que le devuelve el cristal dista mucho de la jovencita de antaño. Se le está formando un asomo de ojeras y los ojos ya no le brillan como solían. Unas diminutas arrugas comienzan a asomar en las comisuras de los labios y en la frente se le marca un pliegue cada vez más acentuado. Se está haciendo mayor; mucho peor, se siente vieja, tiene veinticuatro años y sus sensaciones son como si tuviera el doble. Si podía quedar algún mínimo vestigio de la utópica esperanza a la que se aferraba Lolita de que Rafa volviese con ella, queda reducido a polvo cuando a mediados de marzo se anuncian los esponsales de Pepita Arnau y Rafael Blanquer.

   Los preparativos de la boda, como es costumbre en el pueblo, han corrido a cargo de ambas consuegras. Han tenido roces por distintos motivos, pero especialmente uno les llevó a tener un enfrentamiento a cara de perro: el convite y la correspondiente lista de invitados.
- Y en cuanto al banquete ya sé que, como es costumbre, debería de hacerse en nuestra casa, pero con tantos invitados me lo van a desbaratar todo – se lamenta Águeda.
   Claro, piensa Maruja, si tuvieras una casa para vivir y no para enseñarla a las visitas no tendrías ese problema. Pero en vez de soltarle la pulla, se decanta por facilitarle la salida:
- Te comprendo, Águeda. Con lo bien puesta y lo mona que la tienes no es cuestión de que te lo pongan todo manga por hombro. Yo había pensado...
- Perdona, Maruja – le corta Águeda -, pero no he terminado. Pues como te decía, ya que mi casa no está para acoger al personal, he pensado que  hiciéramos el banquete en la tuya. Vosotros tenéis una casa muy grande y no habrá problema para acomodar a todos los invitados.
- A mí se me había ocurrido algo diferente. Que hiciéramos como en la capital, organizar el convite en un sitio distinto de nuestras casas. Hace unas semanas, Antonio y yo, estuvimos en una boda en Gandía y el banquete tuvo lugar en el mejor restaurante de la ciudad. Servido por camareros, todos con su uniforme, y con un menú de categoría. Como aquí no hay restaurantes de esa clase, se me ha ocurrido que podíamos organizarlo en nuestro almacén o en el vuestro, eso me da igual, al que naturalmente habría que lavarle la cara y ponerlo en condiciones para que la gente se encontrase a gusto. Ese restaurante de Gandía del que te he hablado nos puede mandar cocineros, camareros y todo el personal que haga falta. Así, ni tú ni yo tendríamos que preocuparnos de nada y podríamos dedicarnos a atender a los invitados como Dios manda.
- ¡Vaya idea, qué forma de tirar el dinero, cómo si nos sobrara!