viernes, 8 de mayo de 2015

Capítulo V. El coche de línea.- 5.1. Para unas prisas sirve



   El noviazgo de Rafael y Pepita está sufriendo muchos altibajos. Al principio, a Rafa la niña de los Arnau le pareció tonta de remate y se lo sigue pareciendo, pero ha surgido un nuevo factor que ha supuesto un aliciente en la relación: el sexo. Pepita no sabía prácticamente nada sobre sexualidad, solamente las cuatro ideas estereotipadas y frecuentemente irreales que se transmiten unas a otras las mozas del pueblo y en las que se mezclan a partes iguales la ignorancia y la banalidad. Por no saber, Rafael ha descubierto con cierto asombro que ni siquiera sabe besar. ¿Qué mierda de noviazgo tuvo esta niña con el estreñido de la cooperativa?, se ha preguntado alguna vez. Fuera lo que fuese, la mocita está más verde que la hiedra. Y eso a Rafael le enardece. Lo de enseñar a las mujeres a excitarse, a darse placer y a ofrecerlo le ponen como una moto. Esa y no otra es la causa principal de que aguante, también está lo de dar gusto a sus padres, al menos una temporada, hasta que se les pase el monumental enfado que se cogieron con lo de la preñez de Esperanza. Mientras tanto, a desasnar a la paletilla que, como solía repetir su amigo Santi, para unas prisas sirve.
   Pepita no tiene las mismas sensaciones que su novio, más bien la contraria. Desde el primer día le impresionó Rafael, lo encuentra guapísimo, simpático y, además, sabe cómo tratar a las mujeres, todo lo contrario que el sieso de José Vicente que ni besar sabía. Porque otro de los atractivos del joven que ha cautivado a la hija de los Arnau es su atrevimiento y las manos tan largas que tiene. ¡Y cómo besa!, la deja sin aire. Le ha enseñado como es un beso con lengua, lo único latoso es que le obliga a mascar chicles de menta antes de estar con él. La cosa no queda ahí. De los besos Rafa ha pasado a la lección de las caricias manuales, luego a las orales y finalmente a las integrales. Pepita, casi sin enterarse, se ha convertido en mujer.
   Los novios lo tienen fácil para sus encuentros íntimos. Desde que Rafael habló con el tío Braulio para que el noviazgo adquiriera carta de naturaleza, los Arnau les dieron un amplio margen de libertad, cosa poco frecuente en el pueblo donde las novias están generalmente sometidas a una discreta vigilancia de padres, hermanos y demás parentela. Con la fútil excusa de que en la primera planta de la casa están más cómodos, la pareja permanece en ella cuando Rafa va a visitar a su novia. Y hay noches que aquello se convierte en una orgía a dos. Rafael se lo pasa en grande teniendo a su disposición una alumna que, si no excesivamente aplicada, si es dócil en grado sumo. Aunque, fiel a su naturaleza donjuanesca, una vez catada y recatada la moza cada día le resulta menos excitante puesto que no tiene la más mínima dosis de fantasía, se limita a repetir mecánicamente lo que le ha enseñado. En contraposición recuerda el volcán pasional, el impetuoso torrente que era Lolita. Una, tanto, y otra, tan poco, que mal repartido está el mundo, se dice. Está pensando en deshacerse de Pepita en cuanto tenga la menor oportunidad, catar diariamente el mismo menú termina siendo aburrido y más para un paladar exigente como el suyo. Algo ha debido de olerse la niña de los Arnau, que tampoco es tan lerda como piensa el joven, puesto que últimamente insiste una y otra vez en que deberían ir pensando en fijar la fecha de la boda.
- Tranquila, mi reina. Claro que nos casaremos, pero sin prisas. Somos muy jóvenes y tenemos mucho tiempo por delante. Lo que hemos de hacer ahora es divertirnos cuanto podamos, que ya vendrán los días en que no tendremos oportunidad de hacerlo.
- Sí, pero mi madre dice que sería bueno que fijásemos fecha para la boda, aunque fuera para el año que viene. Me está preparando un ajuar de categoría y necesita saber para cuando pensamos casarnos por si debe de meterles prisa a las clarisas de Oliva que están bordando las sábanas y las mantelerías. No te puedes imaginar lo preciosas que están quedando.
   La jovencita se embarca en describir con todo lujo de detalles el fastuoso contenido de su ajuar, que es como no se ha visto nunca en el pueblo.
- Vale, vale, no te enrolles con lo de los trapos que eso me aburre cantidad. Ven para aquí y hazme un trabajito fino, de los que sabes que me gustan – al menos, se dice Rafael, tendrá la boca ocupada y se callará de una vez.
   Porque otro de los impensables cambios experimentados por Pepita es que se ha vuelto parlanchina. La chica callada que trató Gimeno ha devenido en una mujer que habla sin parar aunque, eso sí, solo de sus temas y preocupaciones que ahora son su compromiso, la boda en ciernes y todo lo referente a la misma: el ajuar, el vestido de novia que su madre le va a comprar en Valencia, a quiénes invitarán, el traje a medida que estrenará su padre que será el padrino, adónde irán de luna de miel, a ella le gustaría ir a un sitio lejano, y que se tenga que ir en avión, nunca se ha montado en uno y se muere de ganas de hacerlo...
   Otro de los temas de sus monólogos es como piensa decorar la habitación de matrimonio en la casa de sus padres, que es donde vivirán. A Rafael el asunto le resbala, pero un día hablando con su madre lo menciona de pasada. La reacción de Maruja es fulminante.
- ¿Cómo que vais a vivir en casa de tus suegros?
- Bueno, eso son los planes que hace Pepita. Yo no he dicho una palabra sobre el asunto.
- Pues conviene que la vayas diciendo. De vivir con los Arnau, nada de nada. Debes de tener tu propio hogar, en caso contrario nunca serás el señor de la casa, solo una especie de realquilado de lujo.
- ¡Que cosas dices, mamá! Ya te dije que ni me lo he planteado. Si ni siquiera pienso en la boda, como para hacerlo de donde vaya a vivir. Estas son algunas de las muchas bobadas que dice Pepita cuando se pone a cotorrear, que es que no para. Dice que no va a dejar a sus padres solos, que así su madre le ayudará en las faenas de la casa y no tendrá que preocuparse ni de hacer la comida.
- Pues cuando vuelva a sacar el tema le dices que nanay. Que de vivir en casa de sus padres, nada. Que si tú vas a dejar a los tuyos, ella también puede hacerlo con los suyos. Y que el casado, casa quiere. Y déjale caer que solo será una señora cuando esté al frente de su hogar, mientras viva en casa de sus padres, la señora solo será su madre. Verás como la  convencerás

   Águeda está un tanto mosca. No recuerda que su hija haya puesto en el cesto de la ropa sucia los pañitos higiénicos que usa para los días que tiene la regla. No tiene la certeza de si el pasado mes los echó en falta, pero éste seguro que no los ha usado. Y la niña es como un reloj suizo, igual de regular. De ahí su extrañeza.
- Pepita, ¿dónde echaste los pañitos de este mes que no los encuentro por ninguna parte?
- Todavía no me ha venido la regla.
- ¿No te tocaba hace dos semanas?
- Pues no me acuerdo.
- ¿El pasado mes la tuviste, verdad? – el tono de alarma de la voz de Águeda es patente.
- Supongo que sí, pero lo no recuerdo.
   Por el entreabierto escote del camisón, la señora Águeda vislumbra la turgencia de los pechos de su hija y el corazón le da un vuelco. Al día siguiente, madre e hija cogen el coche de línea y se marchan a Alicante a visitar a un doctor de pago; cuando van de médicos suelen ir a Valencia, pero han elegido la ciudad alicantina porque allí es menos probable que se encuentren con algún conocido. Tras reconocer a la jovencita, el dictamen del tocólogo es terminante: la paciente está embarazada de unas seis semanas y tanto el feto como la gestante están en perfecto estado. Pepita no sale de su asombro, no tenía ni idea sobre su estado y no sabe si alegrarse o entristecerse, ahora se tendrá que casar, esa es la parte agradable, pero se va a poner gorda como un tonel y no le van a valer los vestidos nuevos, esa es la desagradable. Su madre, pasado el sofocón, no pierde demasiado tiempo en reprenderla, hay cosas más urgentes que resolver. Lo único que exige a su hija es silencio total sobre su estado. Águeda todavía tiene la sangre fría, antes de volver al pueblo, de visitar a las monjitas de Oliva para pedirles que adelanten el ajuar de la niña.

martes, 5 de mayo de 2015

4.14. Por eso va dando palos de ciego



   Una de las frases que dejó caer Lolita en una de sus últimas conversaciones con Gimeno le está dando mucho qué pensar, la ha recordado y analizado frecuentemente en los últimos días. La frase en cuestión era la de que en el pueblo hay Pepitas, pero también hay mujeres estupendas capaces de hacer feliz al más exigente. No duda de que la afirmación pueda ser real. Entonces, se dice, será cuestión de encontrar a uno de esos mirlos blancos y para ello vuelve a dejarse invitar a meriendas, guateques y reuniones; en definitiva, retoma la vida social que apartó a un lado a raíz de su ruptura con Pepita. Y descubre, con no poca satisfacción, que sigue siendo un soltero cotizado. Piensa que no debe de limitarse a buscar una chica con buena dote, más importante que eso es encontrar una mujer que sea capaz de llenar el vacío que hay en su vida.
   Da la impresión de que la propia Lolita también ha pensado lo mismo pues no deja de presentarle no solo a las afiliadas de la Sección Femenina sino también a otras muchachas que asisten a los variados cursos y encuentros que organiza.
- José Vicente, ¿conoces a Merceditas? ¿No? Creí que te la había presentado. Mercedes Chaler, Merceditas para los amigos. 
- Encantada – dice la joven con timidez estrechando la mano que le tiende Gimeno.
- El placer es mío. Lolita, ¿dónde tenías escondida a esta beldad?
   La muchacha sonríe turbada para disimular el rubor que ha coloreado sus sonrosadas mejillas. Es muy joven, apenas debe de tener dieciocho años, pelo negro y unos ojazos como el carbón que a veces contrae como si fuera algo miope. A José Vicente le atrae desde el primer momento: no solo es francamente guapa, sino que además parece discreta, amable, simpática y una vez pasado el inicial azoramiento ha mantenido una conversación fluida y llena de sentido común. Posteriormente, su amigo Guillermo le facilita más datos: la jovencita es hija única de Genaro Chaler, el estanquero del pueblo, por eso también se la conoce como Merceditas la Estanquera, tiene fama de ser una buena muchacha, no tiene novio ni se le conocen amoríos.
- Lo que me extraña es que no la hayas conocido antes, suele estar casi todas las tardes en el estanco donde ayuda a su padre – comenta Guillermo.
- Ten en cuenta que no fumo y apenas si he pisado el estanco.
- Ah, claro, se me olvidaba que eres de los que no tienes vicios.
- Sí tengo, pero son inconfesables – contesta Gimeno de buen humor -. De todo lo que me has contado hay un dato que me inquieta: lo de que no tiene hermanos. Mi experiencia con hijas únicas no ha podido ser más lamentable.
- Verás, José Vicente, solo la he tratado superficialmente, de atenderme en el estanco, pero estoy casi seguro de que se parece tanto a Pepita como un huevo a un higo chumbo. Para empezar trabaja y tiene unos padres muy diferentes a los de tu exnovia. El padre de Merceditas, el tío Genaro, es un hombre serio y cabal y la ha educado bien. A su madre, la tía Benigna, la chica también le echa una mano en las tareas de la casa. Si hacen que Merceditas les ayude es porque no entienden que alguien esté mano sobre mano, no porque lo necesiten. El Genaro gana sus buenos cuartos con el estanco, especialmente revendiendo los cupones del racionamiento de tabaco.
- Cuéntame que es eso de la reventa de los cupones – inquiere Gimeno curioso.
- Ya sabes que todos los hombres tenemos una cartilla de fumador. ¡Claro que lo sabes, cómo que me prestas la tuya! Bueno, pues aquéllos que no fuman, y no son tan desprendidos como tú, suelen vender los cupones del tabaco o cambiarlos por otros productos. Genaro se los compra, luego los revende a los fumadores impenitentes y se gana unas pesetillas extras. Volviendo a la moza. Si me permites te daré un consejo: es una chica formal y sus padres son gente seria. No es alguien para pasar el tiempo. Es de las de dentro o fuera como decimos aquí.
- Gracias por el consejo, Guillermo, pero tampoco tengo edad ni posición para andar chicoleando. Y necesito encontrar a mi media naranja.
- Pues, chico, ya sabes lo que se dice: el que busca halla. Conque tú mismo.
   A Gimeno le ha encantado la Estanquera y cavila como tener un encuentro con ella. Sabe dónde encontrarla: paseando por el Rabal al atardecer, pero no se ve en el papel de un adolescente tramando mil y una estrategias para lograr que la muchacha se ponga en un extremo del grupo de amigas que pasean cuchicheando y riéndose de todo calle arriba, calle abajo. También sabe quién le puede facilitar el acceso a la joven: la persona que se la presentó, Lolita, pero le chincha pedirle esa clase de favores, posiblemente se prestara a ayudarle, al menos a mantener un primer encuentro con la jovencita, pero está convencido de que, aunque no lo demostrase, en su interior se estaría cachondeando de él. Y eso no sería capaz de soportarlo. O sea, que Lolita descartada.
   Indagando más sobre Merceditas descubre que es pariente de Camila Tena, a cuya casa acude un par de tardes a la semana para que le enseñe a bordar a máquina. Por ahí puedo tener el portillo de acceso, se dice. Se plantea dos opciones: una es ir a visitar, como por casualidad, a Camila alguno de los días en que esté la muchacha; la otra es confesarle paladinamente a su correligionaria que está interesado por la joven y que le gustaría poder charlar con ella sin necesidad de hacerlo en el cotidiano paseo por el Rabal. Tras sopesar ambas opciones, se decide por la segunda, debe portarse caballerosamente con Camila y no engañarla. Tomada la decisión visita a la exdelegada.
- José Vicente, cuanto tiempo sin verte. ¿Qué es de tu vida?
   Tras los floreos iniciales que impone la cortesía al uso, Gimeno entra en el meollo de la cuestión que le ha llevado allí:
- Necesito que me hagas un pequeño favor, Camila. Verás, hace unos días Lolita me presentó a una muchacha que me causó una excelente impresión. Se trata de Merceditas Chaler.
- Vaya, que bien, no sé si sabes que somos parientes, su madre es prima mía.
- Lo sé, y por eso estoy aquí. Me gustaría poder hablar con ella, pero de manera tranquila y discreta. Eso descarta que me acerque a ella en el Rabal, allí es imposible la tranquilidad y la discreción. Por eso, me atrevo a pedirte que sea en tu casa y, por supuesto, en tu presencia donde pueda hablar distendidamente con Merceditas y empecemos a conocernos y a iniciar una relación que, Dios sabe, a dónde nos puede llevar. Todo ello, insisto, dentro de la mayor corrección.
   Camila que, como tantas mujeres, tiene una oculta inclinación al papel de casamentera acepta encantada. La única condición que pone es que al primer indicio o manifestación de Merceditas de que no está a gusto con la presencia allí de Gimeno, éste dejará inmediatamente de volver a la casa.
   Gimeno está gratamente sorprendido. De acuerdo con Camila, la primera visita a su casa la han planteado como algo casual. Merceditas ha aceptado de buen grado la situación y han estado hablando de mil y un temas. La jovencita no se ha mostrado cohibida por la presencia del secretario de la cooperativa y ha hecho buena la primera impresión que causó a Gimeno: es efectivamente discreta, atenta y simpática. Además, cuando interviene en la conversación, que José Vicente y Camila acaparan, sus opiniones y pareceres están trufados de sensatez y sentido común, es en ese terreno donde da la impresión de ser mucho más madura de lo que se podría esperar por sus pocos años. Camila ha ideado una pequeña treta para que la joven permanezca un poco más en su domicilio: después de la clase de bordado juegan una o dos partidas al parchís, al que la muchacha es muy aficionada. A través del juego, Gimeno descubre otras facetas del carácter de la muchacha: no le agrada perder, aunque cuando ello ocurre no es de las que se pone grosera o antipática, pero algo si se enfurruña al igual que podría hacer una niña; en cambio, cuando gana se alboroza y ríe como una adolescente. Gimeno piensa que, una vez más, se encuentra ante una mujer con una personalidad con muchas facetas. Puede ser una adulta cuando opina, una niña cuando pierde y una adolescente cuando gana. Tres en uno. ¡Qué complicadas son las mujeres!, piensa Gimeno, aunque viviera un millón de años jamás las entendería del todo.
   En un pueblo pequeño nada pasa desapercibido y pronto salta al palenque del cotilleo local la noticia de que el secretario de la cooperativa pasa un par de tardes a la semana jugando al parchís con Camila y Merceditas. En la trastienda de la Moda de París, como no podía ser de otro modo, también se chismorrea sobre la curiosa afición de Gimeno a un juego al que en el pueblo únicamente suelen jugar las mujeres y los niños.
-  Me jugaría el ajuar de mi suegra que el Gimeno no va a casa de Camila por el parchís precisamente. Lo digo porque podrá ser cualquier cosa, pero desde luego un chiquilicuatre no es – afirma Fina.
- Casi seguro que va a por Merceditas – explica Lolita -. Se la presenté y me pareció que le hacía tilín.
- Primero Pepita y ahora la Estanquera, más diferentes no pueden ser. ¿Qué demonios estará buscando ese hombre? – se pregunta Consuelo.
- De hombre no sé lo que tendrá, me han dicho que no es más que un pelotillero de los Arbós – asegura Beatriz, la primera y única chica del pueblo que estudia magisterio.
- Te equivocas, Bea – rebate Lolita -, al menos en parte. Es posible que sea un palmero de los Arbós, al fin y al cabo trabaja en la cooperativa y depende de ellos. Pero eso no es obstáculo para que personalmente sea un hombre en toda la extensión de la palabra. Es amable y sabe pensar por su cuenta. No es mala persona, no. Ahora bien, en cuestión de mujeres da toda la impresión de que no sabe bien lo que quiere, a las pruebas me remito: ayer Pepita, hoy Merceditas, mañana… cualquiera sabe.
- Entonces, ¿no crees que cuajará con Merceditas? – inquiere Consuelo.
- No lo creo y no precisamente por ella. Merceditas es una chica maja de verdad y tiene virtudes más que suficientes para hacer feliz a cualquier hombre, pero no a un tipo tan complicado y con más conchas que un galápago como José Vicente que, además, en el terreno sentimental no sabe lo que quiere. Y, como dice don Manuel, cuando uno no sabe dónde va termina donde no quiere. Por eso en cuestión de mujeres va dando palos de ciego.

viernes, 1 de mayo de 2015

4.13. ¿Y si no sabes lo que quieres ser?





   En su búsqueda de solares para instalaciones industriales, el alcalde no encuentra quien venda ni un palmo de tierra en los alrededores del pueblo. Tras múltiples gestiones e innumerables reuniones y contactos, Vives solo consigue encontrar un terreno lo suficientemente grande junto al mar, pero está demasiado lejos y no tiene ninguna de las condiciones requeridas. Otro proyecto más para modernizar Senillar que se va al garete.
   Mientras tanto, Gimeno acaba por enterarse de lo que se trató en casa de Benjamín Arbós cuando los terratenientes de la localidad decidieron boicotear los planes de Vives. Poco tiene que ver con la versión que le dio el jefe del clan. La verdad es que él no ha hecho prácticamente nada para oponerse al proyecto, pero tampoco lo apoyó. Lo que más le molesta es que lo hayan manipulado. Aunque no está tan seguro de que pueda hablarse de verdadera manipulación. Ya tenía sus recelos sobre la interesada versión que le contó Benjamín, pero cuando éste agitó el espantajo de la posible ruina de la cooperativa y con ello la desaparición de su puesto de trabajo, a lo que habría que sumar la previsible hegemonía política de Vives si no le paraban los pies, se tragó el anzuelo sin pestañear. Si hubo manipulación fue, de alguna manera, con su consentimiento. Y esa idea le hace sentirse mal. En momentos así es cuando más echa de menos a alguien con quien poder compartir los anhelos, los temores y, como le ocurre ahora, una cierta vergüenza.
   Una de aquellas tardes, sin saber cómo, se encuentra contándole a Lolita el episodio del nonato proyecto de incipiente industrialización. La joven le escucha atenta y pacientemente porque José Vicente se explica con muchos rodeos, no sabe cómo disfrazar el lamentable papel que ha jugado en la trama. Lolita intuye que su amigo, más que hacerle partícipe de una historia un tanto turbia, está intentando que alguien le diga que no fue suya la culpa, que a él también le engañaron. Y si busca consuelo, ¿por qué no dárselo?
- Lo que me estás contando, José Vicente, no me extraña nada. Un maestro que tuve decía que las sociedades rurales son el mejor caldo de cultivo para el caciquismo. La gente es de mucho vocear y echar pestes a espaldas de quien manda, pero por delante la mayoría solo sabe decir amén.
- Es posible que sea como dices, pero sigo sintiéndome incómodo.
- Eso dice mucho a tu favor, es señal de que eres un hombre que todavía tiene sentido de la integridad. Por otro lado, estabas en una situación verdaderamente comprometida, te encontrabas en medio del fuego cruzado entre un viejo que intenta por todos los medios conservar parte del poder que tuvo y un ambicioso que aspira a convertirse en el cacique del futuro.
   A Gimeno el argumento de la joven le llega. Esta mujer, piensa, no dejará nunca de sorprenderme. Tiene la cabeza bien amueblada. Merecería ser hombre. La joven prosigue:
- Lo que en tu lugar haría sería no lamentarme más por lo que pasó, eso ya es historia,  deberías pensar en que si volviese a pasar otra situación similar cómo la afrontarías.
- Y si ocurriera, ¿tú cómo le harías frente? – Gimeno piensa que la conversación ha dado un curioso vuelco: el político pregunta y quien responde es la encargada de la tienda de modas del pueblo. No le importa. Le encanta escuchar a Lolita cuando se pone en plan de cerebrito.
- No creo que haya una sola receta. Depende de lo que pretendas ser mañana. De lo que quieras hacer con tu vida. De tus ambiciones y proyectos.
- ¿Y si todo eso, el futuro, lo que quieres ser, no lo tienes claro?
- Entonces no harás más que dar palos de ciego.
   El eco de sus propias palabras provoca que florezca una melancólica sonrisa en la boca de Lolita. Allí está dando consejos y hablando de tener claro el futuro como si fuese la Sibila, cuando ella no es capaz de saber qué hará con su vida. A Rafael lo ha perdido para siempre. No puede dejar de quererle, pero ha de sepultar sus sentimientos bajo un alud de realismo. Lo de convertirse en una solterona le pone enferma.
   En la soledad de su dormitorio, Lolita sigue pensando en su más que posible soltería y decide agarrarse a la oportunidad que tiene más a mano para que ello no ocurra: Enrique Guerrero. El joven farmacéutico es el salvavidas que le permitirá no hundirse en el mar del celibato. Tendrá que ponerle buena cara cuando vuelva de Madrid. Lo mismo en el trato más íntimo no es tan plasta y tan sosaina como parece a simple vista. Una de sus amigas, Consuelo, se encarga de sacarla de sus ensoñaciones con una noticia que termina de sepultarla en el negro pozo de la desolación.
- ¿Sabes el notición?
- No, pero sospecho que me lo vas a contar.
- Ya no tendrás por qué preocuparte de quitarte al Peloplancha de encima. Se ha echado novia en Madrid y, según cuentan, parece que la cosa va en serio.
   La joven trata de controlar su reacción al escuchar la noticia. Solo faltaría que Consuelo notara cuanto le ha afectado.
- Me gustaría saber cómo es capaz de enterarse la gente de cosas que ocurren a cuatrocientos kilómetros de aquí.
- La Carletina se lo escuchó al viejo Sanchís cuando se lo estaba contando al médico. Como ves, la fuente no puede ser más directa.
- Bueno, igual no es más que una relación de esas que duran un suspiro.
- No parece, porque Sanchís le ha dicho a la Carletina que le tenga preparado el traje de respeto pues el próximo mes se va a Asturias a la pedida de mano de la moza que se ha buscado el sobrino.
- Pero no decías que se echó novia en Madrid, ¿para qué ha de ir a Asturias? No lo entiendo.
- Es que parece que se conocieron en Madrid, pero la chica es asturiana. Don José está muy contento con el noviazgo, según dice su sobrino hará muy buena boda porque la moza también es boticaria.

   Otra puerta que se cierra, otra posibilidad que se esfuma. Está a punto de derrumbarse, pero su fuerte carácter le empuja a seguir adelante. No puede dejarse llevar por la amargura, por las sensaciones negativas, no puede perder la esperanza. Puesto que se malogró el amor de su vida, y duda mucho de volver a enamorarse, trata de olvidarse de los sentimientos y enfoca su situación con una visión puramente racional. Sigue teniendo muy claro que no quiere, bajo ningún concepto, ser una solterona. Eso significa que necesita un marido y en el pueblo las opciones de encontrar un hombre que le ofrezca poder seguir llevando la clase de vida que ha tenido hasta ahora son mínimas. No es que pida excesivas cosas, se contenta con poco, pero a lo que se niega es a terminar como su amiga Fina: cargada de críos y de trabajo a cambio de una hipotética felicidad más dudosa que otra cosa. Por ese motivo no quiso nunca alentar las tímidas insinuaciones de Manolo Pitarch, un chico que está chiflado por ella desde siempre y que tiene muchas fincas, pero con el que le esperaría la clase de existencia que llevan casi todas sus amigas: una vida arrastrada llena de esfuerzos, de trabajo y con escasas satisfacciones.
   Lolita repasa los posibles candidatos locales que podrían ofrecerle un futuro como al que aspira, no los hay; mejor dicho, hay dos hombres que tienen el perfil del marido que desearía, pero uno está fuera de su alcance y el otro no lo quiere ni regalado. El primero es Alfonso Grau, el veterinario; queda descartado, tiene novia y se comenta que no tardará demasiado en casarse. El otro es… Gimeno; en este momento no tiene compromiso, pero por ella como si lo tuviera. No puede imaginarse de ninguna manera pasar toda la vida al lado de José Vicente. No sabe por qué, pero hay algo en él que le repele. Tendrá que seguir buscando. Quizá la mejor solución sería marcharse a Valencia, pero eso tampoco le garantiza nada.  A lo mejor, quedarse soltera tampoco es tan mala cosa. Ahí está, por ejemplo, doña Eduvigis, modelo de solterona y que parece satisfecha con su condición. Tendrá que replanteárselo.