martes, 10 de marzo de 2015

3.12. No se hacen tortillas sin cascar huevos



   El último proyecto que ha puesto en marcha el emprendedor alcalde de Senillar es pavimentar las principales calles del pueblo. En el pueblo, a excepción del recorrido que hace por el interior de la villa la carretera de Cádiz a Barcelona, calles de San Antonio y San Jaime más la Plaza Mayor, el resto de viales son de tierra. Cuando llueve las calles se embarran y en épocas de sequía se convierten en una fuente inagotable de polvo. Paco Vives ha decidido que ha llegado el momento de terminar con ese estado de cosas. Hay que modernizar el pueblo. El problema es, como casi siempre, la financiación, ¿quién pagará la obra? Vives intenta conseguir que la costeen las instituciones provinciales, pero en Gobierno Civil le informan que no hay ninguna inversión prevista para obras de esa clase y le remiten a la Diputación, cuyo vicepresidente le da a Paco una respuesta parecida. Se las tendrán que arreglar con financiación local y, como el Ayuntamiento también tiene las arcas vacías, la única solución factible es que los vecinos paguen la obra a escote, porque si solicitan un crédito bancario, al precio que están los intereses, la pavimentación puede costar un pico.

   Cuando el alcalde hizo circular la noticia de que se iban a arreglar las calles a todo el mundo le pareció una gran idea, ya era hora de que el pueblo tuviera calles asfaltadas como en la capital, pero cuando anuncian a los vecinos que la obra la tendrán que costear ellos, en función de los metros de fachada que tengan sus viviendas, el clamor es general: no hay derecho, no se les puede exigir que paguen una obra que no han pedido y que Dios sabe para qué va a servir. Además, ¿para qué pagan impuestos, qué se hace con los dineros de las contribuciones? Los vecinos de las calles afectadas, que habían presumido de lo bien que iban a quedar sus viales, tienen ahora que sufrir las burlas de aquéllos cuyas calles no van a ser remodeladas. Las quejas contra la decisión del alcalde son unánimes, pero no van más allá de ser proferidas en las tertulias de los cafés y tabernas o en los corros que hacen las mujeres en el lavadero municipal. Los comentarios que se oyen en la calle, interesados o no, son de toda laya.
- Ya me dirás para qué sirve tener calles asfaltadas. Toda la vida de Dios las calles han sido de tierra y así deberían seguir. Es una obra arbitraria, inútil y carísima.
- Pues a mí no me parece mal. Yo creo que a la larga nos beneficiará a todos, pero lo que no es de recibo es que la tengamos que pagar los vecinos. Las obras municipales las ha de costear el Ayuntamiento.
- Pero si el Ayuntamiento no tiene fondos, alguien las tendrá que pagar.
- Para eso está el gobierno y los muchos impuestos que nos sangran el bolsillo.
- La culpa de todo la tiene Paco Vives que se ha empeñado en querer cambiar el pueblo, pero con el dinero de los demás. Si lo tuviera que apoquinar de su bolsillo ya veríais como esa obra no se haría.
- Te recuerdo que Paco vive en el Rabal y también tendrá que rascarse el bolsillo en la parte que le toque.
- Sí, pero él se lo puede permitir. Yo, no.
- La madre del cordero es saber quién se va a beneficiar de esta obra.
- Yo te lo diré, se van a beneficiar los de siempre, los ricos. Porque, vamos a ver, ¿a quiénes les interesa que las calles estén asfaltadas? Pues a los que tienen coche. ¿Y quiénes tienen automóvil? Tú mismo.
- La de tonterías que hay que oír, si aquí no tienen coche ni los médicos.

   En la tertulia del café de El Porvenir también hay comentarios para todos los gustos.
-¿Qué pasa con las obras de pavimentación de las calles que casi todo el mundo echa pestes de ellas? – quiere saber Grau que al ser forastero no acaba de entender la revolera que se ha montado.
   Como nadie parece darse por aludido, es Lapuerta quien contesta:
- Es propio de la mentalidad pueblerina, con excepciones naturalmente. Quieren modernizarse, pero siempre que pague otro.
- No lo entiendo, Manolo. La obra será beneficiosa para todos los vecinos, para los actuales y hasta para los que no han nacido. Todas las ciudades y pueblos que quieren progresar tienen las calles asfaltadas desde hace tropecientos años. Si la pavimentación beneficiara únicamente a algunas personas, a los que piensan así o asá, entendería las protestas, pero es una obra para todos, ricos o pobres, azules o rojos. No entiendo por qué se quejan.
- Así es este pueblo, Alfonso. Quieren que se hagan cosas, pero con el dinero de los demás. En cuanto les rascas el bolsillo se acabó la fiesta. ¿Sabes cuál será el resultado de la obra? Que el pueblo tendrá unas preciosas calles pavimentadas y Vives perderá el favor de muchos de sus convecinos. No es la mejor receta para mantenerse de alcalde muchos años.
- Y según usted, ¿cuál es la receta adecuada? – quiere saber Ballesta.
- No hacer nada. Mantener el statu quo, es decir que se queden las cosas como estaban.
- Eso es muy triste. Si no se hace nada, si se mantienen las cosas como están los pueblos no prosperan – insiste Grau.
- Totalmente de acuerdo, de ahí lo que decía antes. En muchos pueblos, y éste no es la excepción, ocurre que si uno quiere mantener muchos años la alcaldía, la fórmula consiste en molestar al vecindario lo menos posible, y una forma muy eficaz es no hacer nada y entonces no has de pedir dinero a la gente. Ah, se me olvidaba, y organizar muchas fiestas. En cambio, el alcalde que se mete en obras, lo recordarán con nostalgia dentro de años, pero en el presente concitará contra sí la mala leche de buena parte de sus convecinos.
- Perdona, Manolo, pero no estoy de acuerdo con tu teoría. La considero muy negativa. Todo el mundo quiere progresar – afirma Grau de manera rotunda.
- Sí, pero muchos quieren progresar tirando con pólvora del rey que, en principio, es gratis, pero que a la postre sale muy cara porque al final hay que pagarla con intereses.

   Las obras de pavimentación siguen. Las murmuraciones también, casi al mismo ritmo que los trabajos. Y algo nunca visto en el pueblo: se forma una comisión de tenderos de algunas de las calles que se están asfaltando. Los comisionados han ido a hablar con el alcalde para manifestarle sus quejas y su preocupación por que las obras se están demorando mucho y las ventas se están resintiendo. Los comerciantes alegan que hay muchos clientes que han dejado de acudir a sus tiendas para no tener que sortear calles levantadas, evitar apestosas calderas para calentar el alquitrán y un sin fin de ruidos y molestias. Vives, que ya ha tenido que soportar muchas críticas, explota:
- Es totalmente falso que las obras vayan con retraso. Todo lo contrario. El contratista me ha asegurado que posiblemente terminarán unos quince días antes de lo que estaba programado. Si todas las reclamaciones que traéis están tan fundamentadas como ésta os tengo que decir que os habéis columpiado de mala manera.
- Lo importante no es si terminan antes o después, sino que las calles están hechas una porquería, casi parecen más un frente de batalla que otra cosa. Y por ese motivo los clientes vienen menos a las tiendas. ¿Quién nos compensará las ventas que no efectuemos?
- No se hace una tortilla sin cascar huevos. Al principio, cuando se habló de pavimentar las calles a muchos de los que estáis aquí la obra os pareció de perlas – al ver los gestos negativos de algunos tenderos, Paco añade con su tono más duro - , y no me tiréis de la lengua que comienzo a dar nombres. ¿De qué os quejáis ahora?

   Gimeno está encantado con las protestas contra las obras de pavimentación patrocinadas por la alcaldía, protestas de las que, bajo cuerda, él ha sido uno de los principales impulsores. No es que la remodelación de las calles le parezca mal, lo que realmente le interesa es que se incremente el número de vecinos descontentos con la gestión de Paco Vives. Está maniobrando a medio y largo plazo. En todo este tinglado, algo que le ha sorprendido es que Lolita no estuviera entre los dueños de establecimientos que fueron a protestar; es más, sabe que se lo pidieron y se negó a participar. Se dice que tendrá que preguntarle el por qué.

viernes, 6 de marzo de 2015

3.11. Corazón cobarde no conquista mujer bonita


   Como tantas veces ocurre, cuanto más rechaza Lolita los intentos de aproximación de Enrique Guerrero más se empeña él en su afán por doblegar la renuencia de la joven. El joven farmacéutico no tiene muy claro hasta qué punto le gusta la muchacha. De lo que no tiene tantas dudas es de que la muchacha no parece tener ningún interés por él; más borde, seca y cortante no puede estar, lo que contrasta con la opinión de la mayoría de personas con las que habló de Lolita que coinciden en resaltar su simpatía y amabilidad. De todas formas, se dice, habrá que insistir. Recuerda la máxima que solía repetir su abuelo paterno: corazón cobarde no conquista mujer bonita. 

   La puerta de la Moda de París se abre, pero no se trata de una cliente, es Enrique Guerrero.
- ¿Se puede? Buenas tardes.
- ¿Usted por aquí? - la sorpresa de Lolita es auténtica. Desde la merienda donde las Beltranas no habia vuelto a ver al farmacéutico, en verdad si siquiera había pensado en él. 
- Verá, María Dolores, anteayer estuve en Valencia y recordando nuestra charla de hace días me he permitido comprarle un ejemplar de esta edición de "La venganza de don Mendo". Espero que no lo tome como un atrevimiento por mi parte y lo acepte - se explica Guerrero al tiempo que entrega a la joven el libro.
- Bien... - se nota claramente que la joven ha quedado descolocada y no sabe qué responder.- No debería de haberlo hecho porque... - sigue vacilando - yo no podré corresponderle - sabe que lo que ha dicho es una patochada, pero no se le ocurre nada mejor.
- ¿Por Dios, María Dolores!, si no es nada. Fíjese que edición tan modesta, ni siquiera tiene cubiertas de tapa dura. Y además fue algo casual, pasaba por la calle y lo vi en el escaparate de una librería. Entonces me acordé de nuestra agradable conversación y me dije voy a comprárselo. Como dicen aquí: fue pensado y hecho.
    Enrique miente como un bellaco: el libro no lo compró en Valencia, lo encargó por correo y se lo han enviado contra reembolso desde Barcelona. Está aprendiendo a ir con exquisito cuidado en su relación con la joven. Ha de dar pasos muy pequeños, como haga cualquier movimiento brusco la pieza puede espantarse. El boticario ha variado sus iniciales planteamientos sobre la muchacha pues se ha dado cuenta de varias cosas: que no es una mujer fácil, que puede ser muy dura, que es bastante culta para lo que se lleva en el pueblo y que si quiere conseguir algo tendrá que ir por derecho. Lo que más le confunde es la mezcla de rechazo y desprecio con que la joven le trata. Se ha dado cuenta, hasta un cegato lo percibiría, de que las jóvenes casaderas del pueblo se deshacen en mieles con él, con la excepción de Lolita. Esto es lo que termina encorajinándole y hace que redoble sus intentos de aproximación a la joven, pero todos sus esfuerzos resultan vanos.

   Como Guerrero solo se explaya con Grau y Lapuerta, es a ellos a quienes cuenta lo que le está pasando con Lolita; bueno, con María Dolores como él la llama:
- … y realmente no es que esté enamorado de ella, al menos eso creo porque como no lo estuve nunca no tengo muy claro cuáles son los síntomas del enamoramiento, pero he de confesaros que la muchacha me gusta. Aparte de sus encantos físicos, que saltan a la vista, es amena, sabe mantener una conversación, tiene inquietudes y puede ser muy simpática cuando se lo propone.  
- ¿Y dónde está el problema? - pregunta Grau.
- El problema está en que me da la impresión de que no le caigo demasiado bien. En la mayoría de ocasiones que hemos charlado suele ponerse borde y antipática e intuyo que en más de una ocasión ha tenido que contenerse para no mandarme a freír espárragos.
- Vaya, es una faceta de la hija de la señora Leo que desconocía. La recuerdo como una muchacha dulce, amable, encantadora y que reía con gran facilidad - rememora Lapuerta -. Claro que de eso han pasado unos años, aquella muchacha se ha convertido en mujer y a veces ese tránsito cuesta su 
peaje.
- Alguien me contó que la ruptura con el novio que tenía parece que la dejó muy tocada . comenta Guerrero.
- Te refieres a Rafael Blanquer. Los dos eran los alumnos predilectos del pobre don Domingo, un maestro que estuvo refugiado en el pueblo cuando la guerra. Rafael es un chaval majo; bueno, ya es un hombre, también es muy simpático, pero como no haya cambiado mucho supongo que seguirá siendo un viva la virgen y un tarambana. Lolita vale mucho más y también la considero más inteligente. Todo eso me lleva a diagnosticar que la ruptura con Rafael no ha debido de marcarla demasiado - pontifica Lapuerta quien desconoce lo errado de su diagnóstico.

   Consuelo, al igual que Fina, sigue empeñada en tirar de la lengua a su amiga:
- ¿Qué pasa con el boticario? Dicen por ahí que si te está rondando.
- ¿El Peloplancha? Es lo más plasta, cursi y aburrido que he visto en mi vida. Primero me meto monja de clausura que dejar que esas babosa repugnante me ponga una mano encima - es la bronca respuesta de Lolita.
- Mujer, no es que sea un guaperas, pero tampoco una babosa y menos repugnante. Digamos que es corrientito. Y por otra parte, es un partidazo. Más de cuatro, que digo cuatro, la mayoría de las chicas del pueblo quisieran estar en tu pellejo. ¡Anda y que no es buen partido el mozo! - reitera Consuelo.
- Te lo regalo enterito y encima le pondré un lazo al paquete. ¿Tú sabes lo que debe ser levantarse teniendo al lado a ese gusano? A buen seguro que los pelos, que se pone como ensaimada, le deben de llegar al ombligo - se burla Lolita.
- Hija, que mal café tienes hoy. Babosa, repugnante, gusano..., no sé cuantas lindezas más le puedes llamar al pobre chico. Ya te digo, no es que sea Clark Gable o Cary Grant, pero tampoco es tan feo. Es verdad que se le ve un poco fofo, pero los hay mucho peores. Te admito que lo del pelo le sienta fatal. Ahora, hablando en serio, ¿has llegado a pensar cómo cambiaría tu vida si llegaras a casarte con él?
- Has puesto el dedo en la llaga, Consuelo. ¿Acaso crees que boquituerto ese me ronda para algo serio? Te diré lo que le pasa: ese tonto de picaporte se aburre como un muermo porque el trabajo de la farmacia no es que sea agotador. Como parece que tampoco es aficionado a las tertulias o a jugar una partida de lo que sea, los días se le deben hacer interminables. Entonces se fijó en mí, como podría haber puesto los ojos en otra, y se dijo: mira, ya tengo con quien entretenerme, voy a decirles cuatro cositas a esta palurda a ver si me la llevo a la cama. Eso es lo que pretende el Peloplancha, pero a otro perro con ese hueso.
- ¡Crees de verdad que solo pretende pasar el rato?
 
   Sea por el tan manido instinto femenino o por algunos detalles que ha percibido Lolita en el comportamiento de Enrique, su intuición sobre las auténticas intenciones del farmacéutico no anda muy desencaminada. Al joven le gusta mucho la chica, más cada día, pero sus metas en principio no iban mucho más allá de tener compañía femenina; llevar al lado una cara bonita siempre es agradable, escuchar una risa cantarina, sentir el roce de una piel nacarada… Enrique no sabe demasiado de mujeres. Nunca pudo alardear de conquistas femeninas y su carácter, más bien apocado, no le ha facilitado el éxito con el sexo débil. En su época de universitario frecuentó algún que otro burdel, pero esas visitas siempre le dejaron un regusto agridulce. Decididamente, el amor mercenario no es lo suyo. Sabe que en algún momento debería casarse, no quiere terminar sus días convertido en un solterón lleno de manías y fobias como su tío. Y antes de llegar al matrimonio sueña con tener alguna aventurilla con una chica decente, María Dolores le pareció una excelente candidata, pero parece que pinchó en hueso. Está hecho un lío. No sabe si quiere a la joven como para convertirla en su esposa o le gusta únicamente para pasar el rato. Se dice que lo primero será definir sus propios sentimientos.

martes, 3 de marzo de 2015

3.10. Es más cursi que un repollo con lazo



   Tras el violento estallido de rabia que ha tenido Lolita porque su madre le ha dicho al joven boticario que los pañuelos que le han regalado se los bordó su hija, la joven se marcha de la sala dando un portazo al salir.
   La señora Leo piensa que peor no hubiera podido salir el encuentro. Porque María Dolores se está convirtiendo en una resentida. Por mucho que quiera a su hija tiene que reconocerlo. De todas formas, sigue pensando, no está todo perdido, porque o mucho se equivoca o ha creído ver en el farmacéutico un cierto interés por su hija. Habrá que darle tiempo al tiempo y quizá María Dolores termine cambiando de comportamiento.  

   Para olvidarse del berrinche que acaba de pasar, Lolita se va a ver a Fina que está llevando lo mejor que puede su tercer embarazo. Pasa con mimo la mano por encima del prominente viente de su amiga. 
- ¿Cómo estás?                                                                                                                   
- Como voy a estar, fatal. Casi de siete meses y encima los dos críos, el trabajo de casa y hasta hace cuatro días ayudando a Herminio en el campo. Esto no es vida. Cada vez me das más envidia. 
- ¿Envidia?, no sé de qué. Tienes dos hijos preciosos, un marido que es un buen mozo... ¿Y yo qué tengo, me lo quieres decir? Nada, no tengo nada.
- Porque no quieres, que a más de un pretendiente lo largaste con viento fresco. Y sí, es verdad, tengo dos hijos preciosos y a los que quiero más que a mi vida, pero que dan mucha guerra. Y un marido que tiene muy buena planta, pero que va a su aire. Y olvidaste que además tengo una suegra que también tiene lo suyo. Po tener no me puedo quejar, pero algo de eso te lo paso cuando quieras.

   La joven piensa cuanto ha cambiado Fina desde que se casó. ¿Dónde está aquella jovencita que estallaba de gozo porque era la envidia de todas las amigas?, ¿qué se hizo de aquella muchacha henchida de felicidad porque iba a casarse con un chico que había peleado lo indecible para que sus padres la aceptaran? Aunque era consciente de que su amiga cometió un error: aceptar quedarse a vivir con los padres de su marido, pues con eso de que era hijo único no les iba a dejar solos. Como en una casa solo puede haber una señora, Fina ha terminado convirtiéndose en una especie de criada de su suegra, que le repite continuamente que cuando falten todo será para ellos, pero mientras tanto... Puesto que los Folch, así se apellida la familia, de contratar braceros solo los precisos, los padres y Herminio salen diariamente a trabajar al campo y Fina tiene que bregar con una casa inmensa, dar de comer a los animales domésticos, cuidar de los críos…, no para. Y así le luce y por eso se queja, la verdad es que con bastante razón.
- Por cierto, te voy a contar un cotilleo que igual no conoces. ¿Sabes quiénes van detrás del sobrino de don José a ver si lo cazan? - pregunta Fina con una sonrisa picaresca.
- Lo que le pueda pasar al botarate ese ni me importa ni me interesa - es la desabrida respuesta de Lolita.
- O sea, que no lo sabes. Pues las hermanas Guillamón. Me lo contó Rosarito la Maicalles. Ya organizaron dos guateques en su casa con merendola incluída y al boticarito se lo rifan. Lo más divertido de todo es que, según la Maicalles, las tres hermanas han acordado que la que más pueda que se lo lleve y que es todo un espectáculo verlas como se deshacen en mieles. Lo chusco del caso es que parece que al marmacéutico ninguna le hace tilín y así andan de desesperadas las pobres.
- Me gustaría verlo por un agujero, las Guillamón tratando de conquistar al Peloplancha con lo sosaina que es, que parece un huevo sin sal.
- Pues tengo otro cotilleo más sabroso todavía - suelta Fina en plan misterioso.
- Hay que ver, Fina, lo cotilla que te has vuelto. Antes no eras así - le critica Lolita.
- ¿Y qué le voy a hacer? Cotillear es una de las pocas diversiones que me quedan. Como te iba diciendo, la última que me ha contado la Maicalles es que, visto el poco éxito de las Guillamón, las Beltranas van a organizar una merienda la próxima semana en su finca del camino de la estación y el invitado principal será el boticario. También han invitado al veterinario que, como tiene novia, les ha dicho que no cuenten con él. Tú siempre has sido muy amiga de la menor de las Beltranas, ¿no te ha
invitado?
- No me ha dicho nada, pero si me invita ten por seguro que no pienso ir.
  
   La invitación de las Beltranas llega puntual a casa de la señora Leo y a Lolita no le queda otra que aceptar. Su madre se ha puesto pesadísima en que sería un feo espantoso no aceptar el ofrecimiento de una familia a la que le une una antigua amistad. Hay otro motivo aunque la muchacha no se atreve a reconocerlo, siente verdadera curiosidad por ver cómo se comporta el boticario con las chicas revoloteando a su alrededor, puede ser todo un espectáculo.
- Lolita, creo que ya conoces a don Enrique - Anamari, la mayor de las Beltranas hace las veces de infroductora de embajadores.
-Sí, ya nos conocemos.
- ¿Qué tal María Dolores, cómo sigue su señora madre?
- Mucho mejor don Enrique, la pomada le ha eliminado la mayor parte del eccema.  
   Pocas palabras más han cruzado la joven y el farmacéutico que es objeto de toda clase de atenciones por las otras muchachas que no cesan de parlotear con él. Lolita se ha apartado un poco del grupo que, después de merendar, está jugando a las prendas. Las muchachas sueltan risitas nerviosas cada vez que a una le toca pagar prenda, las risas suben de tono cuando es al boticario a quien le toca. Míralas, piensa la joven: ahí están todas como si tuvieran doce años, pasándoselo bomba con un juego tan ñoño e infantil. Y el floripondio ese haciendo el papel de reina madre. Que cosa más sosa de hombre, Dios mío. Mientras va monologando se queda mirando un rosal trepador que cubre buena parte de un lateral de la casa y trata de alcanzar una rosa temprana a la que no llega ni poniéndose de puntillas.
- ¿Me permite?

   A su lado, sin que le haya oído llegar, aparece Guerrero que alcanza la flor y se la ofrece. Lolita no se había dado cuenta, hasta ese momento, de que el joven es bastante más alto de lo que recordaba y ha alcanzado la rosa sin apenas despegar los pies del suelo.
- Muchas gracias.
- Las que usted tiene, señorita - es la cursilona respuesta de Guerrero.
   La muchacha no puede evitar una sonrisa irónica. Este hombre parece sacado de las páginas de La Codorniz, de algo de lo que escribe Mihura, piensa. Hay que ver las cosas que dice. Es más cursi que un repollo con lazo. 
- ¿Qué le ha hecho gracia? - quiere saber el boticario al ver la sonrisa que ha distendido el rostro de la joven.
- Nada en concreto... Bueno, lo cierto es que su frase me ha recordado un diálogo de una comedia de Mihura.
- No sabía qué le gustaba el teatro - se sorprende Guerrero.
- Me gusta mucho, pero desgraciadamente veo muy poco, me de conformar con leerlo o escucharlo a través de Radio Madrid o Radio Nacional.
- A mí también me encanta, pero he de confesarle que Mihura no es uno de mis autores preferidos. Hace unos meses vi en Madrid su obra "Ni pobre ni rico sino todo lo contrario" y a fuer de sincero me pareció un puro disparate. Me quedo con Bevavente y con Muñoz Seca.
- Yo vi hace años "La venganza de don Mendo" y cuando lo recuerdo todavía me río. He querido comprarla, pero me dijeron que la obra estaba agotada, que algún día publicarán una nueva edición.
     Ambos jóvenes departen durante un buen rato sobre teatro. Después descubren que son muy aficionados al cine aunque, como ocurre con el arte de Talía, sus gustos son bastante dispares: a Lolita le gustan las películas americanas, las comedias románticas y los dramas amorosos; Enrique, en cambio, prefiere las películas del oeste, las cómicas y el cine español. Cuando más enfrascados están en la charla les llaman para tomar una horchata que las anfitrionas han preparado con genuinas chufas de Alboraya.
   En lo que resta de tarde, el boticario vuelve a convertirse en el centro de la atención de las demás jovencitas y ya no tiene ocasión de volver a dialogar con Lolita.