martes, 17 de febrero de 2015

3.6. Tendrás que buscarte novia

   Enrique Guerrero, hijo de la única hermana de don José Sanchís, una vez terminada la carrera de farmacia ha ido a Senillar donde su tío lo prepara para que le suceda cuando decida jubilarse. Tiene treinta y dos años, pero aparenta más. Su cruz es la clásica calvicie de herradura que vanamente intenta disimular dejándose crecer el pelo lateral y aplastándolo en la parte superior a base de fijapelo y mucha paciencia. Su carácter no hace honor a su primer apellido: es más bien tímido, pero cuando se emperra en algo tiene la terquedad de los apocados. Se fijó en Lolita desde la primera vez que estuvo en el pueblo. Sabe bastantes cosas de la joven, se ha ocupado de indagar. Todas las referencias que ha conseguido saber de ella son inmejorables. Lo único que no le ha hecho ninguna gracia es que estuvo de novia con un chico de la localidad, un tal Rafael Blanquer, que está estudiando en Barcelona. La hubiese preferido sin ninguna clase de pasado sentimental, pero es algo que habrá que asumir. También le ha pedido opinión a su tío sobre la joven que, como viejo solterón, le ha dado una retahíla de consejos que no vienen al caso. Está someramente enterado de las costumbres y usos locales en lo que atañe a las relaciones entre jóvenes, pero la muchacha no parece que se ajuste a dichas pautas: no pasea por el Rabal, no va al baile y cuantas veces la ha visto en el cine siempre está con alguna amiga de su edad.

   El primer amigo que Guerrero ha hecho ha sido Alfonso Grau. No podía ser de otro modo, son los dos únicos universitarios solteros que hay en el pueblo. Ambos también han intimado rápidamente con Manuel Lapuerta. Pese a la diferencia de edad han encontrado en el médico alguien con quien charlar de algo más que de fútbol o de toros. En las comunidades agrarias las personas con cultura son escasas, y que sigan teniendo inquietudes intelectuales, después de acabada la carrera, sobran dedos en la mano para contarlas. Y es a Lapuerta y a Grau a quienes Guerrero pregunta sobre la jovencita que tan buena impresión le ha causado.
- Manolo, esa joven de la Moda de París, ¿cómo es que no la veo nunca paseando por el Rabal al igual que otras?
- ¡Vaya! ¿Te interesa la niña de la señora Leo?
- Hombre, tanto como interesarme..., pero reconozco que tiene algo distinto a la mayoría de las demás chicas.
- Admito que es una joven francamente guapa y todo un tipazo. Aunque quizá donde resida la diferencia con las demás debe de estar en que viste mejor que la media, no en balde regenta la tienda de modas de su madre, pero sobre todo creo que lo que más la distingue es que tiene una amplia cultura, estuvo unos años en un colegio de monjas y es una lectora insaciable.
- Y además es una potranca de recia y curvilínea estampa – afirma Grau guiñando pícaramente el ojo a Lapuerta.
   Guerrero hace oídos sordos a la afirmación del veterinario que considera una ordinariez y vuelve a dirigirse al médico:
- Lo que sigues sin explicarme, Manolo, es por qué no se la ve nunca paseando por el Rabal.
- Ah, esa ausencia viene marcada por las costumbres locales. Esa jovencita debe de tener…, no lo sé a ciencia exacta, pero como unos veintidós o veintitrés años. Pues bien, para los parámetros locales una mujer de esa edad es, prácticamente, una solterona y éstas como ya no están en oferta no tienen por qué exhibir sus encantos en el zoco del Rabal.
- ¡Caramba, Manolo!, lo cuentas como si estuvieras haciendo la descripción de un mercado de esclavos o más bien una feria de ganado – dice Grau medio en broma.
- ¡Qué forma de irse por la tangente!, pero sigo sin saber a qué se dedica esa muchacha salvo que lleva la tienda de modas – se lamenta el boticario.
   Lapuerta queda un momento en silencio. Piensa que el sobrino de Sanchís no es tan inteligente como su tío y tiene escaso sentido del humor. Tendrá que cambiar de registro para explicarle las costumbres locales.
- Hasta donde sé, María Dolores; bueno, todo el mundo la llama Lolita, se centra en el trabajo de la tienda y en los últimos tiempos también dirige la delegación local de la Sección Femenina y no es muy dada a exhibirse por ahí.
- O sea, que es una falangista de tomo y lomo – precisa Grau que sigue en su tono de graciosillo.
- No diría tanto. Para mí que lo de la Sección Femenina lo hace para no aburrirse – responde Lapuerta.

   El médico da más explicaciones a sus nuevos amigos sobre algunos de los usos y tradiciones locales en lo referente al emparejamiento de los jóvenes:
- Tened en cuenta que en los pueblos agrícolas los jóvenes suelen comenzar a trabajar nada más terminar la escuela, suponiendo que finalicen la primaria. Sostengo la tesis de que el hecho de que se incorporen tan pronto al mercado laboral los hace madurar rápidamente, y en todos los sentidos. Empiezan a trabajar pronto, se emparejan cuando son casi unos adolescentes, se casan jóvenes, tienen hijos enseguida y envejecen también mucho antes que en las ciudades. Digamos que su ciclo vital se inicia antes que en otros lugares donde la incorporación de la juventud al mercado del trabajo se efectúa con más retraso.
- Perdona, Manolo, pero toda esa disertación sociológica sigue sin dar respuesta a lo que pregunta Enrique – Grau sale en apoyo de Guerrero.
- Vamos a ver. Aquí cuando una muchacha llega a los veintitantos y no se ha casado, sea por las causas que fueren, digamos que pasa a un segundo plano. Si os fijáis en las chiquillas que pasean por la calle veréis que son poco más que adolescentes, y esas mismas os las encontraréis en el baile. Son las que, para los usos locales, están en el mercado del emparejamiento; es decir, en situación de encontrar novio, primero, y marido, después. No pasa solo con el gremio femenino, a ellos les ocurre lo mismo. En cambio, los jóvenes que pasan a ese segundo plano, que citaba antes, no es que se retiren de la vida social, pero digamos que lo hacen por otros circuitos. Tampoco es que renuncien a emparejarse, pero cuando lo hacen es por medios más…, no sé cómo decirlo…, más institucionales.
- ¿Y cuáles son esos otros circuitos? – se interesa Grau.
- Pues os los podéis encontrar paseando por el Calvario, por el camino de la estación…, tienen reuniones en casas particulares, hasta tengo entendido que organizan algún guateque en el que hace de orquesta una gramola o algún programa radiofónico de música de baile. Por supuesto, van al cine y poco más. Ah, y no es infrecuente que cambien de estado en un matrimonio que hayan concertado los padres. Aquí las oportunidades de vida social son más bien escasas. 
- De eso ya me he dado cuenta – admite Guerrero -. Fuera de los momentos que charlo contigo o con Alfonso, la verdad es que me aburro más que una lapa. Con decirte que cuando llegan los domingos estoy deseando que pasen cuanto antes porque al menos el resto de la semana me entretengo en la farmacia.
- Tendrías que hacer como tu tío o como yo. Aficionarte a jugar al dominó o a las cartas o, mejor aún, al ajedrez.
- Los juegos de mesa nunca me gustaron – afirma Guerrero.
- Pues si no te gusta jugar, lo tienes crudo… Tendrás que hacer como Alfonso, buscarte novia.
- No creas que no lo pensé – admite Guerrero.
- Lo de buscarse novia, ¿tiene que ser de aquí o también valen las de fuera? – inquiere Grau muy serio, aunque en los ojos le baila un destello de guasa.
- Alfonso, no sé cuando hablas en serio y cuando nos tomas el pelo. Lo de buscarse una novia lo decía de coña. Aquí, un hombre de vuestra edad y posición si va con una mujer tiene que ser en plan serio, para terminar pasando por la vicaría. Y eso es algo que hay que meditarlo detenidamente. Casi es preferible, querido Enrique, que sigas aburriéndote. Te saldrá menos caro y, sobre todo, con muchos menos problemas para tu homeostasis emocional.
- Oyéndote hablar así cualquiera diría que eres más un psiquiatra que un galeno de medicina general. Volviendo a la chica de la tienda de modas. No sé quién me comentó que sigue suspirando por un exnovio que ahora estudia en Barcelona – Guerrero, al final, ha verbalizado lo que no le gusta del pasado de la encargada de la Moda de París.
- Supongo que se referirán a Rafael Blanquer. Fueron novios, pero me da la impresión de que más bien fue el típico amor adolescente. No creo que quede ningún rescoldo de aquello – afirma tajante el médico.
- A todo ello añado que es bueno y saludable cambiar de pareja, es la única manera de comparar y tener más probabilidades de acertar. Al menos, es lo que creo – concluye Grau.                            

viernes, 13 de febrero de 2015

3.5. Aquí los buenos modales no cotizan, las fincas sí



   Gimeno trata de convencer a Lolita de que le enseñe buenos modales a su novia. La joven escucha y calla. Nunca pudo imaginarse que toda la suficiencia que aparenta José Vicente se tambaleara como un castillo de naipes por causa de una mocosa que no ha cumplido los veinte y que aparte de ser mona tiene pocos más atributos. Este va por las fincas de los Arnau, piensa, pues las tendrás, pero te van a salir caras. Pese a todo se ha ablandado, le da pena la imagen de perro apaleado que muestra el hombre y lo desamparado que parece. Hará la buena obra del día, le ayudará.
- Bien, jefe. Te echaré una mano, pero no soy nada optimista de que el plan funcione.
- Estás más que preparada para enseñarle todo cuanto necesita saber.
- El pesimismo no es por mi preparación para enseñar, sino por el interés que pueda tener Pepita en aprender. Un maestro que tuve cuando la guerra nos repetía que la educación solo se da cuando se produce la comunicación entre quien tiene la voluntad de enseñar y quien la tiene de aprender, y sospecho que Pepita no debe de estar por la labor, pero te prometo que por mí no va a quedar.

   Lolita intenta ganarse a la joven novia de su jefe para que la muchacha se le confíe, le cuente sus inquietudes y anhelos, le abra la puerta de sus vivencias íntimas. Y en cierta medida lo está consiguiendo. Pepita admira a su delegada, la considera una mujer con clase y estilo, pero, al mismo tiempo se cree superior: ella es rica, la otra no. La jovencita deja entrever algunos de sus deseos e ilusiones, pero es profundamente desconfiada y nunca se abre totalmente. Lolita comienza por enseñarle, como al desgaire, algunas de las habilidades que sabe que encantan a todas las mujeres: le enseña a maquillarse, a combinar los colores de los vestidos, a elegir los zapatos adecuados, a usar el abanico..., pero cuando un día intenta explicarle cómo organizar una reunión en su futuro hogar, la muchacha echa los pies por delante.
- Eso es una bobada, Lolita. No sé para qué necesito saberlo. A todos los que invito a mi casa los conozco y no tengo que andar con remilgos ni ringorrangos con ellos.
- Esto te servirá para el día de mañana. Piensa que José Vicente conoce a mucha gente y que más de una vez querrá quedar bien con determinadas personas. Y te pedirá que organices una cena o una merienda o que invites a las mujeres de sus amigos a tomar el café o el té. Y todo ese montaje es fácil si sabes hacerlo, pero si no se conocen las reglas de urbanidad y de los buenos modales se puede meter la pata fácilmente y hacerle un flaco favor a tu marido.
- Ya le diré a José Vicente que de reuniones en casa ni una. Que si quiere juntarse con sus amigotes que se busque otro sitio. La casa es para la familia, no para los forasteros por muy importantes que sean.
   Por mucho que Lolita intenta persuadirla de que lo que pretende enseñarle es muy fácil y se aprende en un abrir y cerrar de ojos, Pepita no cede y se niega a continuar la conversación. Es terca como una mula, se dice Lolita, ha salido tan obstinada como su padre.
   Días después encauza la charla para tratar sobre cómo se debe de montar una mesa para una comida de compromiso. La muchacha vuelve a negarse.
- Esas tonterías no necesito saberlas.
- Ahora no lo necesitas, pero piensa en el futuro. Cuando te cases con José Vicente vas a tener que celebrar más de una comida en tu casa con invitados de postín y tendrás que montar una mesa debidamente.
- Cuando me case tendré criada y ya se encargará ella de todo eso.
- ¿Y si la sirviente no sabe hacerlo?
- Pues que aprenda que para eso se le paga.

   En su papel de Pigmalión la joven delegada todavía efectúa una última intentona: enseñar a la jovencita algunas nociones elementales de higiene personal. No ha querido tratarlo antes porque es consciente de lo delicado del tema y de lo complicado que puede resultar que la jovencita lo asuma. Conoce bien a las Pepitas del pueblo, las trata a diario en su tienda, y sabe que sus hábitos y conocimientos al respecto se cimientan en un conjunto de trasnochadas creencias transmitidas de madres a hijas, trufadas de prejuicios y tópicos de lo más primitivo. La muchacha le deja hablar, pero cuando le oye decir que una señorita debe de lavarse diariamente los dientes, y mejor si lo hace después de cada comida, ya no puede contenerse más y salta como una gata montesa.
- Lolita, esas cosas son para las señoritingas de la capital. Madre dice que como no tienen nada que hacer se entretienen en tonterías de esa clase. Si un ama de casa tuviera que lavarse tantas veces como dices no le quedaría tiempo para atender sus tareas. 
- Ten en cuenta que lavarse los dientes no solo es una cuestión de higiene sino también de estética. Una mujer es mucho más atractiva si tiene una boca cuidada y unos dientes blancos. A buen seguro que José Vicente te querría aún más.
- Si mi novio me tiene que querer porque me lave más o menos será una prueba de que no me quiere por mí misma. ¡Pues estamos apañaos!
   Llegado a ese punto, Lolita lanza la toalla. Presumía que la empresa no iba a ser fácil, pero ha mostrado ser imposible.
- Lo siento, jefe, pero resultó como temía. No se puede enseñar a quien no quiere aprender. Y tu novia es de esas. Créeme que lo he intentado de la mejor manera que sabía, pero fracasé. Me hubiese encantado poder hacerte el favor.
- ¿Cómo que no quiere aprender? ¿Si todo cuánto ibas a enseñarle iba a ser bueno para ella, independientemente de que se case o no conmigo? ¿Qué razones te ha dado para no querer aprender? A lo mejor puedo rebatirlas.
- Opino que no se trata de razones personales, son de otro tipo – explica Lolita -. En el pueblo los buenos modales no cotizan, las fincas sí. Y como Pepita va a heredar un montón está persuadida de que no necesita nada más.

   Lolita ha ido a la farmacia de Sanchís a por un preparado para su madre. Antes de que tenga tiempo de pedir el fármaco al viejo boticario, un joven se adelanta:
- La atiendo yo, tío. ¿En qué puedo servirla, señorita?
   Al salir de la botica, Lolita se topa con su amiga Consuelo y como le ha picado la curiosidad le pregunta:
- ¿Quién es el nuevo dependiente de la farmacia de don José? 
- No es un dependiente, es un sobrino suyo que también es boticario. Se llama Enrique Guerrero y, según cuentan, cuando don José se jubile se quedará con la farmacia. Ah, y otra cosa muy interesante para todas las que no tenéis novio: es soltero y sin compromiso - Consuelo no pierde oportunidad para restregarla a Lolita su condición de soltería. La joven no se da por aludida y se limita a decir:
- Pues será todo eso que cuentas, pero me ha parecido un sosaina de cuidado.
- Lolita, hija, ¿crees qué despachar aspirinas o bicarbonato es para estar cómo unas castañuelas?
- No digas bobadas, Consuelo. Lo que quiero decir es que me atendió como si hubiese sido…, que sé yo, mi madre. Tan pomposo y anticuado. Hasta me llamó señorita. 
- Es lo que eres, ¿no? – la afirmación ha sonado con cierto retintín.