martes, 10 de febrero de 2015

3.4. Buscando a Pigmalión



   Haber formalizado su vínculo solo ha supuesto pequeños cambios en la relación de Pepita y José Vicente. Si hay una variación destacada: todas las noches el joven acude a casa de los Arnau para hablar con la muchacha, sentados ambos en sendas sillitas de enea en la entrada de la casa. A Gimeno le parecía que el sitio natural para estar con su novia debería de ser el saloncito de recibir, pero enseguida descubre que el hogar de sus futuros suegros está formado en realidad por dos módulos diferenciados: hay una parte de la vivienda, la que da a la entrada principal, que está siempre impoluta, completamente decorada y amueblada, y que solo utilizan para enseñarla a las visitas. Dónde verdaderamente los Arnau hacen la vida es en la parte de atrás de la casa, que es más vieja, bastante sucia, está pobremente amueblada y su decoración, por así calificarla, es más bien espartana. Bueno, piensa, esa será una de las muchas cosas que habrá que cambiar en esta casa el día que pase a formar parte de la familia.

   A medida que han ido pasando los días, José Vicente ha ido descubriendo cómo son sus futuros suegros y su hija. Como percibió el primer día, el tío Braulio es buena persona, cazurro, trabajador, austero, parco en palabras, pero poco más que un cero a la izquierda en lo que concierne al estatus familiar. Quien decide todo lo que hay hacer es Águeda, que es taimada, retorcida, hipócrita e interesada, y su hija es la niña de sus ojos por lo que, a la postre, es Pepita la que impone sus deseos y caprichos. Toda esa combinación ha propiciado lo que es ahora la muchacha: una joven caprichosa y marimandona, convencida de que es una belleza, sabedora de que heredará una gran fortuna, y que con todo eso poco más necesita. El hombre que pretenda desposarla va a ser afortunado por tenerla como pareja.
   En realidad, la joven tiene múltiples carencias como Gimeno pronto descubre: sus modales dejan mucho que desear, sus habilidades sociales brillan por su ausencia, sus limitaciones culturales son patentes y, lo que peor lleva el joven político, su higiene personal es bastante deficiente. Hasta la petición apenas si la había tocado, pero después del permiso paterno, la muchacha le ha dejado que la acaricie. La primera vez que la besó estuvo a punto de darle un mareo, le olía la boca y no precisamente a rosas. Le da la impresión de que apenas si debe de lavarse los dientes y siempre atufa a un perfume intenso, que sospecha debe de servir para enmascarar otros olores menos gratos. José Vicente decide que ese estado de cosas no puede seguir así e idea un plan para eliminar o al menos pulir las carencias de la muchacha. Solo es cuestión de encontrar la persona que pueda y quiera hacer de Pigmalión. Sabe que no será fácil hallarla porque la tarea será complicada de llevar a cabo dada la autosuficiencia que, paradójicamente, tiene Pepita. En las que primero piensa para realizar su plan es en las maestras del pueblo, pero no tiene confianza suficiente para pedirles algo tan personal y además tampoco cree que la muchacha se deje instruir por ellas. Teme que tendrá que desistir de su idea por falta de una persona adecuada que ayude a su novia y le dé un curso acelerado de buenos modales e higiene personal. En esas reflexiones está cuando aparece Lolita en el quicio del despacho de jefatura.
- Jefe, te dejo el estadillo de altas y bajas del pasado mes. Por cierto, una de las altas es de tu novia. Enhorabuena. Podéis quedar de lo más propio si os casáis vistiendo la camisa azul – las palabras de Lolita están cargadas de suave ironía.
- Gracias, Lolita. Tendré muy en cuenta tu propuesta – contesta Gimeno con tono parecido. Es frecuente que en sus contactos, siempre por tareas del partido, ambos utilicen una dialéctica cargada de ironía, pero sin llegar a hacer sangre. Da la impresión como si hubiesen llegado a un pacto no verbalizado de lanzarse pequeños dardos, pero sin excesiva virulencia.
   Apenas la delegada ha cerrado la puerta, cuando Gimeno se da una palmada en la frente. ¡Lolita, cómo no se le ocurrió antes! Es la persona idónea para su plan. Es educada, tiene modales, una cultura que ya quisiera para su prometida, sabe estar y comportarse. Cuanto más lo piensa más se afianza en su primera impresión: ha encontrado la instructora ideal. Encima, como convenció a Pepita de que se inscribiese en la Sección Femenina, tiene la excusa perfecta para que la muchacha no desconfíe de todo cuanto pueda enseñarle la que es su delegada. El único pero existente es que probablemente Lolita le dirá que no. Ha de urdir alguna estratagema para ganarse su confianza.

   Por muchas vueltas que le da, Gimeno no encuentra el medio para que la petición a Lolita de que sea la Pigmalión de su novia no suene a excesiva prepotencia por su parte y, al mismo tiempo, que el procedimiento tenga la suficiente fuerza como para inducir a su amiga a aceptar su invitación. Inesperadamente, el calendario le brinda la oportunidad que busca. La sección local de coros y danzas, una de las creaciones de su colaboradora, quedó en primer lugar en el festival provincial, por eso ha sido invitada a participar en la exhibición folklórica regional que se llevará a cabo en el recién construido estadio Castalia de Castellón con ocasión del uno de abril, Día de la Victoria, a imitación de las exhibiciones que se realizan en el ámbito nacional en el estadio Chamartín de Madrid. Para ello se necesita un vestuario nuevo y eso supone un gasto que las magras finanzas de la jefatura local no pueden permitirse. La joven delegada viene insistiéndole desde hace tiempo en que no pueden ir a la capital con los viejos trajes que tienen las jóvenes de la sección, habría que contar con nuevo guardarropa, pero Gimeno se ha negado hasta el momento. Ahora piensa que, como Lolita está muy ilusionada con el proyecto, si da luz verde al mismo estará en posición de pedirle algo a cambio. La caja de jefatura se va a quedar más tiesa que una mojama pero, parafraseando a aquel rey francés: si Paris bien vale una misa, la formación de Pepita bien vale que se quede el presupuesto a cero.
- Lolita, tengo una gran noticia que darte. Sé que te vas a alegrar mucho y, aunque no lo creas, para mí también ha supuesto una satisfacción… – hace una pausa para dar mayor efectismo a la información -. Conseguí financiación para que podáis ir a Castellón el próximo uno de abril vestidas de dulce.
- ¿De verdad, en serio? – Lolita ríe y palmotea como una niña pequeña a la que acaban de regalar una muñeca. En un gesto impulsivo le planta un par de besos en las mejillas.
   ¡Huele solo a agua y jabón, pero que aroma tan rico!, piensa Gimeno. Y cuando se ríe se transforma, parece mucho más joven y pierde ese aire entre borde y ceñudo que adopta casi siempre. Qué lástima que no ría más a menudo. Este es el momento de plantearle la propuesta:
- Por cierto, tengo que pedirte un favor personal.
- Después de la noticia que acabas de darme, lo que quieras.
- Verás... – José Vicente busca las palabras para que su petición suene lo menos exigente posible -, Pepita es encantadora en muchos sentidos, pero le falta bastante mundología. Me da la impresión de que su madre no le ha enseñado muchas de las cosas que una señorita debe de saber. ¿Me entiendes?
   Lolita mira a Gimeno y trata de permanecer lo más circunspecta posible. Claro que le entiende y supone a qué se refiere. Conoce perfectamente a Pepita y a sus padres y puede imaginarse la cantidad de hábitos, conductas y conocimientos de los que la muchacha está en ayunas. Disimula.
- No acabo de entenderte, jefe. Si no hablas más claro...
- Es que no sé cómo decirlo – confiesa -, para que no parezca una actitud demasiado prepotente por mi parte. Me gustaría que cogieses a Pepita por tu cuenta y, con la excusa de enseñarle lo que una afiliada a la Sección Femenina debería saber, le dieses unas... – no encuentra la palabra justa – charlas sobre lo que una chica, que mañana será la esposa de un cargo político, debería conocer. 
- Lo siento, jefe. Ni soy docente ni estoy preparada para enseñar. Eso lo haría mucho mejor cualquiera de las maestras del pueblo.
- Esa posibilidad ya me la planteé y tuve que descartarla. Sondeé a Pepita y guarda un pésimo recuerdo de la escuela y de sus maestras. No quiere saber nada de ellas.
- Entonces, ¿ya hablaste con ella de esa preparación?
- De forma explícita, no. Se lo insinué, pero no se lo he planteado claramente. Me dio miedo de que lo rechazara.
- ¿Y pretendes que le enseñe cómo comportarse con la excusa de que es algo propio de la Sección Femenina? Seamos serios, Pepita puede ser ignorante, pero no tonta. 
- Soy consciente de que es un plan bastante descabellado, pero es que no encuentro otra forma. Y créeme que me quita el sueño. Necesito que la mujer que lleve al lado sea capaz de no desentonar y Pepita no está preparada para ello. Solo tú puedes ayudarme, por eso me atrevo a pedirte este favor. Ya sé que es algo muy personal y que no tiene nada que ver con tu trabajo en la delegación, pero, ya te digo, estoy muy preocupado y la única esperanza que tengo es que quieras ayudarme.
                                                                                                            

viernes, 6 de febrero de 2015

3.3. Una pedida de mano insólita



   A José Vicente solo le falta un último paso para que su relación con Pepita tenga todas las bendiciones sociales: hablar con el padre de la joven. Decide dar el paso. Una tarde pide a la jovencita que le diga a su padre que esa noche irá a hablar con él. Le recibe el tío Braulio en una especie de saloncito de estar que parece sacado de una revista de interiorismo: todo está impecable, impoluto, hasta se diría que el mobiliario está recién sacado de la fábrica. Águeda y Pepita no pierden ripio de la entrevista tras una de las puertas. Pese a su autodominio, Gimeno está francamente nervioso. No todos los días se da un paso semejante.
- Verá usted, señor Braulio, Pepita y yo llevamos hablando un tiempo y…, bueno, parece que hemos congeniado. Como soy un hombre serio y sé perfectamente que usted también lo es, antes de dar ningún paso he querido hablar con usted y pedirle su permiso para poder entrar en esta casa como novio de su hija.
   Se produce un silencio. El tío Braulio no dice nada y José Vicente no sabe si debería proseguir o qué. Como el dueño de la casa sigue sin arrancarse, el joven prosigue con su explicación:
- Yo, como usted sabe, tengo un empleo fijo y gano lo suficiente para poder mantener dignamente una casa – Gimeno no está muy seguro de que su afirmación sea tan cierta -. Y como también soy jefe local del Movimiento, tengo posibilidades de lograr mejores empleos todavía. Por eso – vuelve a repetirse – le pido su permiso para poder entrar en casa y hablar con su hija.
   Sigue el silencio. Gimeno comienza a ponerse nervioso. Casi está por gritar: ¡pero, hombre de Dios, quiere de una puñetera vez decir algo! El tío Braulio le mira de soslayo con sus ojillos cazurros de un marrón desvaído y se pasa la lengua por los labios, pero sigue callando. José Vicente vuelve a tomar la palabra porque el silencio le está poniendo de los nervios:
- Debe saber que respeto mucho a su hija y, por supuesto, también a ustedes. Sé que son una familia cabal. Nunca me hubiese atrevido a hablar con usted si mis intenciones no fuesen honestas. Pepita y yo hemos hablado mucho de lo nuestro y estamos de acuerdo en llevarlo adelante. Nos queremos, pero… no vamos a dar un paso más si no es contando con su permiso para hacerlo. Yo sé que los padres siempre quieren lo mejor para sus hijos – no sabe qué decir más y habla por hablar – y usted no va a ser menos. No sé si soy el mejor partido para Pepita, pero como le he dicho tengo una paga segura y conmigo su hija llevará una vida de señora y… por eso he venido a preguntarle si me concede su permiso para poder entrar en casa y…
   Como el tío Braulio no parece que vaya a decir nada, Gimeno, agotada su paciencia, decide conminarle:
- ¿Me da permiso para cortejar a su hija? Usted dirá – casi lo ha dicho gritando.
   El tío Braulio carraspea, vuelve a mojarse los labios, y al fin se arranca:
- Eh… Bueno… Lo que está bien, está bien… Somos una familia honrada… Pepita es nuestra única hija y todo va a ser para ella… Espero que la respetes y que vengas con buenas intenciones – una parrafada tan amplia parece haber agotado las posibilidades verbales del buen hombre que vuelve a callarse. Sale del saloncito y regresa al momento acompañado de su mujer y su hija.

   José Vicente saluda por primera vez a la tía Águeda quien le da la mano y solo falta que le haga una reverencia. Pepita le sonríe sin decir nada. Se la ve más que feliz, radiante. El tío Braulio ha vuelto a callarse. Gimeno desconoce cuál es el protocolo a seguir en estos casos. Decide continuar hablando. El silencio le resulta cada vez más insoportable.
- Señora Águeda, mucho gusto en conocerla y saludarla. Pepita me habla mucho de usted… En fin, para mí es una satisfacción y una gran alegría que me permitan hablar con su hija.
- No te preocupes, José Vicente. Podemos tutearte, ¿verdad? No gastes cumplidos. Como si estuvieras en familia. Esta noche cenarás con nosotros. Mientras Pepita y yo ponemos la mesa, Braulio te enseñará la casa.
   El tío Braulio, con paso cansino, le muestra la casa, reconstruida de arriba abajo hace un par de años, y que está verdaderamente impecable. Todo aparece limpio y reluciente, no hay ningún objeto o mueble que no esté en su sitio. El anfitrión le enseña, con evidente orgullo, un cuarto de baño impoluto, hasta tiene bañera y todo, adminículo del que deben de haber muy pocos en el pueblo.
- Y aquí tenemos el cuarto de baño que, a Dios gracias, hasta la fecha no hemos tenido que usarlo.
- Ah – Gimeno, un tanto desconcertado por la explicación, no es capaz de añadir más.
   Es el tío Braulio quien desvela el sentido de la explicación:
- Afortunadamente, toda la familia tiene muy buena salud y nunca hemos tenido que bañarnos.
   En un ángulo del comedor, en el que madre e hija andan azacaneadas poniendo la vajilla y los cubiertos, hay una enorme nevera y al señalarla el tío Braulio presume que día sí, día no, compran un duro de hielo para tenerlo todo fresco.
- ¿Es moderna, verdad? La nevera.
- Muy moderna. ¿No cabe en la cocina?
- Que va – contesta la señora Águeda que no pierde ripio de cuanto dicen -. La tenemos aquí porque así luce más. Es la nevera más grande que había en la tienda. Bueno, pues ya podemos sentarnos a la mesa. José Vicente, tú siéntate ahí, así estarás al lado de la niña. No va a ser una cena de postín como a las que debes de estar acostumbrado. Solo unas cosillas para picotear y poco más.

   El piscolabis resulta ser una cena pantagruélica que, según la madre de la recién pedida, porque el padre no ha vuelto a despegar los labios, ha sido elaborada por Pepita pues es muy buena ama de casa y sabe guisar estupendamente. José Vicente termina atiborrado como un oso. Suspira cuando se ve en la calle. Ha sido una velada insólita y un tanto desconcertante. Prácticamente solo ha hablado él. Los tres miembros de la familia Arnau-Gasulla apenas han abierto la boca, eso sí, han sido unos oyentes muy atentos. La que más ha intervenido ha sido Águeda y se ha limitado a repetir lo maja y lo buena hija que es Pepita y que por eso también será una buena esposa. Y en su parrafada más larga ha hecho mención a las fincas que algún día serán de la niña y de quién sea su marido. Mientras se dirige a la pensión en la que vive, Gimeno va pensando: esta gente nada de invitaciones ni de preguntarme si quiero o no cenar con ellos, nada. Te quedas a cenar y en paz. Y el Braulio de las narices tampoco me ha contestado si me concede la mano de la hija. Por lo de la cena supongo que sí, pero en concreto no ha dicho nada. ¡Vaya Castelar! Ahora ya sé a quién ha salido la niña: tiene la misma facilidad de palabra que el padre.

   Formalizada la relación, José Vicente vuelve a recibir un alud de felicitaciones por su noviazgo, ahora ya oficial. Todos coinciden en que ha dado un buen paso y que va a hacer una gran boda. Hasta Benjamín Arbós, que es poco dado a las efusiones, le felicita calurosamente un día que se cruzan en la cooperativa.
- Enhorabuena, José Vicente. Me han dicho que vamos a emparentar. Mi sobrina es una buena chica y se merece lo mejor.
   También Lolita le vuelve a felicitar, aunque con evidente sorna:
- Bueno, jefe, parece que vas a sentar la cabeza. Felicidades. Es una chica que no está mal. Algo corta, pero eso puede llegar a ser una virtud.
- ¿Qué quieres decir con eso? – inquiere Gimeno, un tanto mosqueado.
- Lo que he dicho, jefe, que es una chica que no está nada mal.
- No me refiero a eso, sino a que es corta, ¿eso qué significa? 
- Realmente no significa nada, es una forma de hablar – y tratando de enmendar su metedura de pata, añade -. No solo es una chavala muy mona, sino que tengo entendido que es muy simpática y agradable. O sea, que reitero mi enhorabuena.

martes, 3 de febrero de 2015

3.2. Te vas a llevar una alhaja



   José Vicente, en su premeditado plan de encontrar novia, trata de conquistar a Pepita Arnau, y no tiene que hacer demasiados esfuerzos para conseguirlo. La jovencita ha aceptado que le haga la corte tras salvar las primeras e hipócritas reservas que imponen los pueblerinos usos sociales. Gimeno ha procurado enterarse de más datos de la vida de la muchacha, pero parece que tiene todavía poca historia y no le han contado muchas más cosas de las que sabía, que tiene fama de estar muy mimada que para eso es hija única y detalles por el estilo.
   Pepita tiene sus motivos para aceptar a José Vicente. El chico no tiene mala planta, es de trato agradable, un gran conversador, puede ser simpático si se lo propone y valora especialmente que si se casa con él no tendrá que ir al campo a ayudar en las faenas agrícolas como le ocurre a su madre. Además, se aburre miserablemente, en casa no hace nada, todas las tareas domésticas las efectúa su progenitora. Mata el tiempo hojeando revistas, leyendo alguna barata novelita de amor, paseando, yendo al cine y al baile con sus amigas o escuchando mucho la radio, le encantan los seriales radiofónicos. Piensa que tener novio puede suponer un giro divertido en su vida y si llega a casarse el cambio podría ser todavía más radical. Se convertiría en la señora de Gimeno, nadie se atrevería ya a llamarla Pepita la del duro en alusión al mote de su padre. Y si José Vicente sigue siendo el jefe de Falange pasaría a ser una de las casadas más distinguidas del pueblo. Ese pensamiento le pone porque Pepita, aunque no es muy inteligente sí es astuta y desconfiada como su madre, y tiene muy claro lo que quiere.

   Gimeno no ha tenido que pasar por el ritual acostumbrado en el pueblo en los primeros escarceos entre una joven pareja. Rápidamente sus medidos galanteos han sido acogidos favorablemente por la muchacha. José Vicente se pregunta si tan pronta aceptación será por su labia, sus buenas maneras o porque los padres le hayan podido dar algún consejo al respecto. Pasean juntos o van al cine y alguna que otra vez han ido al baile, que es el único momento en el que la pareja tiene algún tipo de roce físico, pero siempre acompañados por las amigas, siendo la más asidua de todas Encarnita Giner. Esa situación le obliga a buscar a alguien que le sirva de escudero y que acompañe y entretenga a las otras amigas para poder hablar más libremente con Pepita. Como tampoco tiene tantos amigos, Guillermo Bruñó ha sido su primera y única opción.
- Guillermo te voy a pedir que me eches una mano. Necesito que vengas conmigo para entretener a las amigas de Pepita, porque una cosa es hacerle la corte a una mujer y otra a toda una pandilla. La que más suele acompañarla es Encarnita, ¿te importa llevártela aparte cuándo vayamos los cuatro? Así me sentiré más cómodo y podremos hablar con más libertad.
- Dalo por hecho. Ojalá todos los favores que me pidas sean de ese calibre. Porque la Encarnita está francamente rica y además es muy divertida.
   Pepita y José Vicente lo que más hacen es hablar y quien lleva la voz cantante es Gimeno porque, como ha descubierto enseguida, Pepita es de pocas palabras. No sabe si es que la corta, que es tímida o, simplemente, que tiene poco que contar. Compensa los silencios con sus risas, ríe mucho y por cualquier motivo. Mejor así, piensa el joven, que no que ponga cara de palo. Lo malo es que la risa le produce a la muchacha una especie de tic en un ojo que se le queda por momentos ligeramente estrábico, aunque luego recobra su estado normal. Todos los días, antes de las diez de la noche cumple con la inveterada costumbre de dejarla en casa sin pasar adentro, ya que como suelen repetir las madres a sus hijas, tanto a las niñas como las que están en edad de merecer, a las diez en tu casa estés. Y así lo hacen. Ahora Pepita suele salir únicamente con Encarnita, pareja a la que se unen José Vicente y Guillermo. De ese modo, se cumple la tradicional costumbre de que una jovencita de buena fama no debe quedarse a solas con su pretendiente. Suelen pasear a lo largo del Rabal y cuando la calle termina lo habitual es que Encarnita y Guillermo se adelanten o se atrasen dejando a la pareja de novios libre.

   Guillermo, a veces, le toma el pelo a José Vicente por su noviazgo, al tiempo que aprovecha para darle algún consejo sobre las costumbres locales en lo referente a dicho estado:
- Bueno, ya veo que la conquista va viento en popa ¿Cuándo piensas hablarle al tío Braulio?
- Todavía no me lo he planteado. Estamos dándonos un poco de tiempo para conocernos mejor.
- Si me permites un consejo, no lo alargues mucho. Pepita no es chica como para hacerla perder el tiempo. Y su familia menos, ¡pues buena es la tía Águeda!, ten en cuenta que es una Arbós.
- Ya pude comprobar que en esa casa quién lleva los pantalones es la madre. Pepita siempre se refiere a ella. Apenas sí le he oído mencionar a su padre.
- Es que es así. Ahí quien corta el bacalao es la mujer. Será porque es medio Arbós y a esos les gusta mandar más que un regaliz a un niño. El tío Braulio es buena persona, muy trabajador, pero poco más. Aunque las malas lenguas aseguran que en esa casa la que de verdad marca el paso es Pepita.
- No me digas. Por cierto, al señor Braulio nunca se le ve, ni en el café ni en las tabernas ni siquiera por la calle. ¿Dónde se mete ese buen hombre cuándo no trabaja?
- En su casa. No debe de haber ido al café desde los tiempos de Carolo. Tu futuro suegro pertenece a la cofradía de la Virgen del Puño, es más agarrao que un chotis. Por eso tienen la pasta que tienen, porque no la gastan. En esa casa, peseta que entra, peseta que no vuelve a ver el sol. ¿De dónde crees que viene su apodo de Braulio el del duro?

   Aunque el noviazgo no se ha oficializado, son muchas las personas que felicitan a Gimeno.
- Enhorabuena, José Vicente. Te vas a llevar una alhaja.
- Has tenido buen ojo. Es una chica muy maja y de buena casa.
- Gimeno, vas a hacer buena boda. Ahí hay duros para parar un tren.
- Felicidades. Es una chavala estupenda y muy mona.
   Otro de los que le felicita calurosamente es Rodrigo Arbós:
- Me han dicho que estás saliendo con mi sobrina Pepita. Enhorabuena. Espero que todo termine bien. Esa relación, a buen seguro, te aportará más cosas positivas que negativas. La familia está contenta.
   La bisoña relación también es motivo de toda clase de dimes y diretes en los mentideros del pueblo, incluida la trastienda de la Moda de París.
- ¿Sabes que tu jefe está saliendo con Pepita Arnau? – pregunta Consuelo dirigiéndose a Lolita.
- Vivo en este pueblo, ¿cómo no iba a saberlo?
- ¿Le has felicitado? – quiere saber Fina.
- Lo he intentado un par de veces, pero no he llegado a hacerlo porque temía que se me notara demasiado la guasa – y ante la mirada interrogativa de Fina, añade Lolita -. Porque ya me dirás si no es para tomarse a cachondeo a esa pareja. Ella es tonta de capirote y él ha mostrado su verdadera cara: un pobre hombre que solo busca el dinero de los Arnau. Una tonta y un pesetero, ¡menuda pareja!
   Pese a todo, Lolita hace un esfuerzo y termina dando la enhorabuena a Gimeno, aunque por su tono podría ser una felicitación con retranca:
- Enhorabuena, jefe – desde que trabajan juntos siempre le suele llamar así, aunque Gimeno cree percibir un ligero tonillo sarcástico en el tratamiento -. Parece que vas a dejar de ser uno de los solteros de oro del pueblo. Has tenido buen ojo. Te deseo lo mejor.

  Todas las opiniones sobre su incipiente relación llevan a Gimeno a despejar sus dudas. Porque sigue sin tenerlo tan claro como parece que lo tienen los demás. No llega a sentirse plenamente identificado con la jovencita, le parece una buena muchacha, físicamente no está mal, pero se pregunta: ¿es eso suficiente para unirse a una mujer para toda la vida?, ¿no será necesario algo más?, ¿qué pasa con el amor? Sabe que no está enamorado, que ni siquiera siente nada especial cuando le dice estereotipadas frases galantes y la mozuela le mira con ojos encandilados. Porque esa es otra: le da la impresión de que Pepita, si no enamorada, sí se siente atraída por él. Tras muchas cavilaciones se dice que no puede estar en duda permanente, que así no va a ninguna parte, y decide dar el siguiente paso: declararse formalmente, porque hasta el momento no le ha dicho explícitamente a la jovencita que la quiere ni tampoco le habló de noviazgo. La declaración, pese a haberla ensayado previamente, resulta chapucera, ramplona y hasta un punto cómica. Al propio José Vicente le suena su parlamento como algo hueco y, sobre todo, carente de pasión y romanticismo, pero a la jovencita parece emocionarla y no duda un momento en responderle que ella también le quiere.