martes, 27 de enero de 2015

2.13. El regreso de un exiliado



   Otra historia que está a punto de recomenzar se inicia cuando al llegar a casa, después de una tediosa guardia nocturna en la estación de Albalat, su mujer le dice a Celestino Bonet que el patriarca de los Arbós le ha enviado recado de que vaya a verle cuando pueda.
- Pasa, Celestino. Siéntate, ¿qué tal?, ¿cómo están Maricruz y los niños?
- Bien, gracias, señor Benjamín. ¿Ustedes bien?
- Muy bien. Te he llamado porque tengo una noticia que sé que te va a alegrar…, va a volver Manuel Lapuerta.
- ¿De verdad va a volver don Manuel? – pregunta Bonet cuya alegría es patente.
- Como te digo. Ya sabes que siempre le tuve mucha ley. Tiene un ojo clínico que vale un Potosí. En los últimos meses, la señora Enriqueta no estuvo muy católica y ni aquí ni en Valencia fueron capaces de darnos un diagnóstico claro: que si la vesícula, que si un pinzamiento, al final nada en claro. Total, me cansé, hablé con Lapuerta y un buen día me la llevé para que la reconociera. Fue mano de santo, en poco menos de un mes la puso redonda. Entre visita y visita, hablamos de muchas cosas y alguna vez dejó caer que a Angustias el frío no le sentaba bien. A partir de ahí todo vino rodado. Le comenté que por qué no volvían al pueblo ahora que el segundo médico se iba a marchar, y que sí la Delegación de Sanidad ponía algún pero por su pasado rojillo ya me encargaba yo de solucionarlo puesto que sigo teniendo algunas influencias en Valencia y podía mover los hilos necesarios. Para no extenderme más: anteayer me confirmaron que lo del traslado es cosa hecha. En unos quince días tendremos a Manuel con nosotros. Te cuento todo esto porque sé la buena amistad que os une y, además, el propio Lapuerta me pidió que te lo dijera.
- Señor Benjamín, es una gran noticia. Y gracias por la información.
- Ah, si quieres se lo cuentas a tu mujer, pero a nadie más. Prefiero no dar tres cuartos al pregonero hasta que todo esté bien atado.
- Pase cuidado, señor Benjamín, sabe que puede confiar en mí.
   Bonet lleva la discreción más allá de lo que prometió a Arbós porque ni siquiera se lo cuenta a su mujer. De ahí su sorpresa cuando un par de días después es su propia esposa la que le da la misma noticia:
- Te vas a llevar un alegrón, marido. ¿A qué no sabes quién va a volver al pueblo? – ante la mueca de ignorancia de Celestino, prosigue -. Quien menos podías figurarte… - hace una pausa recreándose en la incertidumbre de su esposo - ¡Don Manuel!
- ¿Quién te lo dijo? – Bonet vacila entre mostrar sorpresa y soltar lo de que ya lo sabía.
- Maruja la de Blanquer. Me lo ha dicho muy en secreto, dice que en el pueblo no lo sabe casi nadie, pero que a ti te lo podía contar.                                                            

   Nada más llegar Manuel Lapuerta, uno de tantos exiliados por motivos políticos, quiere ponerse al día sobre lo que ha pasado en Senillar durante su ausencia. Su primer interlocutor es Martín Esteller, una de las fuentes más fiables para conocer los entresijos de la sociedad local porque en la piel de toro la gente suele hablar con el barbero con la confianza que en otros meridianos lo hacen con el psicoanalista.
- Una de las cosas que me ha sorprendido es que Castaño ya no sea el jefe de Falange – comenta Lapuerta cuando repasan la vida política del pueblo.
- Sí, señor. No solo ha dejado de serlo, sino que ahora vive en Castellón – confirma Esteller.
- ¿Y cómo fue eso de irse? Siempre aposté a que terminaría de cacique del pueblo, de ahí mi sorpresa.
- No es tan raro, don Manuel. Ya conoce el refrán de que tiran más dos tetas que dos carretas. Castaño conoció a una maestrita de Castellón, se enamoraron y se casaron. Desde que tuvieron el primer crío parece que ella no paró de pincharle de que aquí los hijos no podrían estudiar y que sí esto y que sí lo otro. Total, que echó mano de influencias y consiguió que lo colocaran en una escuela de patronato de la ciudad. Y ahí sigue. Al principio, todavía venía al pueblo algún que otro fin de semana, pero ya hace tiempo que no aparece por aquí, solo en verano.
- Y entonces, ¿quién es el jefe de Falange?
- A Castaño le sucedió Rodrigo Arbós, pero desde hace unos meses el jefe es un forastero. Un tal José Vicente Gimeno.
- ¿Un forastero, y de dónde lo sacaron?
- Estaba de chupatintas en un almacén de naranjas de las Alquerías del Niño Perdido. Creo que es de allí. Aquí vino para ser secretario de San Isidro.
- ¿Y cómo fue traer a alguien de fuera?
- Porque cada vez la cooperativa tiene más trabajo y necesitaban alguien que supiera de todo lo que allí se maneja ahora: plagas, tratamientos, abonos, envases... y todo lo demás. Al parecer, Gimeno sabe bastante de todo eso.
- ¿Y por qué cesaron de alcalde a Cucala? No parece que lo hiciera mal.
- Desde luego la gente estaba contenta y tenía muchos proyetos, pero de seguro no se sabe porque lo echaron. Unos dicen que si los Arbós se lo cargaron, otros que si se cansó. Yo tengo una teoría teórica: Cucala fue nombrado alcalde en las boqueadas de la guerra. Pues si se compara el número de alcaldes desinados por aquellas fechas con los que hoy siguen, se ve que quedan muy pocos. Yo creo que tras casi cuatro años del fin del conflito el mando decidió hacer limpia general. Y sin comerlo ni beberlo le tocó a Cucala.
- ¿Y Vives, qué tal lo hace?
- Pues esa es otra sorpresa, francamente bien. Ha llevado al Ayuntamiento las ganas de trabajar y el empuje que tiene para los negocios. Después de una obra empieza seguido otra. Se han hecho más cosas en los cuatro días que lleva de alcalde que en los últimos veinte años.
- Y tanta actividad, ¿cómo la llevan los Arbós?
- Pues que quiere que le diga – contesta, evasivo, Martín. Sabe que Lapuerta es amigo de Benjamín y Rodrigo y no quiere tener problemas -. Quien parece que no lo lleva demasiado bien es Gimeno, el que ahora es jefe de Falange. Anda todo el día a la greña con Vives. Basta que uno diga blanco para que el otro se apunte al negro. Ya tendrá ocasión de comprobarlo.
- ¿Y el mosén no interviene en la pelea?
- ¡Quía! Mosén Amancio no es el mismo. Aflojó mucho. Ya no se mete en los asuntos que no son de la Iglesia. El fin del conflito parece que le ha limado los espolones y ya no es tan guerrero. Eso sí, sus sermones siguen siendo más largos que un día sin pan y capaces de aburrir hasta las ovejas.
    Esteller continúa contando a Lapuerta cuanto sabe de las personas con las que más se relacionaba el médico. Ahora le toca el turno a la gente de carrera. Sigue de médico titular don Jorge, tan atildado como siempre. De secretario del Ayuntamiento don Nicanor, pero el que ya no trabaja de oficial mayor es Ernesto que se jubiló, su puesto lo ocupa Severino Borrás, quien por cierto se casó con Camila Tena. Los boticarios, los de siempre: don Wenceslao y don José, que pudo volver de Francia por los pelos, si se descuida unas semanas se hubiese encontrado con la frontera cerrada por la Guerra Mundial. En cambio hay un nuevo y joven veterinario, se llama Alfonso. ¿Los maestros? Ahí si ha habido cambios: de los antiguos solo quedan doña Eduvigis, doña Julia y don Francisco. Hay tres nuevos: don Ricardo, que es de Cuenca, y una pareja de Soria, los Villangómez. ¿Vicario? No, no ha vuelto a haber vicario desde el pobre mosén Gregorio. Y Martín sigue repasando nombres y desgranando relatos.

   La vuelta de Lapuerta puede suponer para Bonet la ayuda que necesitaba para enterarse de lo que pasa por el mundo y por España, porque de lo que cuentan Las Provincias y El Levante, que son los periódicos que suele hojear, ya ha descubierto que hay que creerse la mitad de la mitad. La primera vez que lo constató fue cuando los diarios nada dijeron de la derrota de los alemanes en Stalingrado, que en cambio fue profusamente comentada por la radio Pirenaica. Tampoco mencionaron la dimisión de Mussolini tras la invasión de Italia por los aliados. Celestino nunca recuperó la Telefunken que le decomisaron los del comité antifascista durante los primeros meses de guerra, por lo que sigue  utilizando la radio de galena que le regaló la mujer de Aurelio. Cuando esa noche apaga el receptor, que ha estado oyendo con Ballesta, Bonet comenta que ahora que don Manuel ha llegado al pueblo le va a invitar para que se una a ellos. Lo que daría por tenerle aquí ahora para que les explicara la noticia que hoy destacan todas las emisoras y que ninguno de ambos ha sido capaz de desentrañar. Como los vientos de la guerra parece que comienzan a rolar a favor de los aliados, el Gobierno, en una pirueta tan timorata como ventajista, anuncia que España abandona la no beligerancia y vuelve a la neutralidad.
- Oye, Celestino, ¿y qué diferencia hay entre la no beligerancia y la neutralidad? – pregunta Ballesta. 
- Vete a saber. Eso más que una noticia parece un acertijo. Cosas del gallego, seguro.

viernes, 23 de enero de 2015

2.12. Eso sería todo un braguetazo



   Tras el patinazo con Lolita en el que la joven le dejó claro que ni se le ocurriera el menor atisbo de flirtear con ella, Gimeno piensa que ha llegado la hora de dejar de mariposear y de soñar con r   elaciones que quizá fueran excitantes, pero que no conducen  a nada. Después de no pocas vacilaciones y de pensárselo detenidamente, el joven político se decide: se va a echar novia, pero en plan serio, para casarse. Vuelve a pasar revista a las mejores opciones que tiene en el ámbito local y, como ya hizo anteriormente, su mirada se posa en las futuras herederas de las familias con mayor poderío económico. Se dice que para alguien que quiera hacer carrera política el dinero es un poderoso aliado.
   Como si se tratara de adquirir algún bien material: selecciona, compara, descarta y al final opta. La joven elegida, aunque ella todavía no lo sabe, es Pepita Arnau. Tiene dieciocho años, es bien parecida, tiene buen tipillo y parece simpática. Su amigo Guillermo le ha informado de que no tiene novio pese a que no le faltan pretendientes. Aunque las cualidades de la chica que Gimeno valora más son dos: que es hija de una prima carnal de los Arbós, con lo cual los nexos con el poderoso clan se convertirían en lazos de sangre; la otra cualidad, no menos importante, es que sus padres cuentan con una saneada fortuna, tienen muchos bienes raíces y, se comenta, que muchos duros en el banco; dado que la elegida es hija única algún día será la heredera de un montón de dinero. Dentro de lo que ofrece el panorama local es una de las mejores opciones que ha encontrado. Ahora es cuestión de pasar a la acción, aunque le da en la nariz de que no va a tener grandes problemas para conquistar a Pepita. Solo habló con ella una vez, un día que acompañó a su padre para que les explicara el contenido de una derrama que la cooperativa había hecho para comprar un tractor. El padre de su elegida, prácticamente semianalfabeto, no había entendido nada del contenido del recibo. Luego le contaron que en el pueblo se le conoce como el tío Braulio el del duro, le apodan así porque siempre repite que si trabaja tanto es para poder ganar un duro. Por lo que constató en la visita, Pepita tampoco es una lumbrera, cursó la enseñanza primaria en la escuela del pueblo y mal que bien se defiende con las letras, siempre y cuando no se le exija demasiado. Uno de sus contados amigos íntimos, Guillermo Bruñó, que por trabajar en la sucursal de la Caja de Ahorros de Valencia en el pueblo conoce bien la verdadera dimensión de la fortuna familiar de los Arnau-Gasulla, le resume en una castiza frase lo que supondría cazar a la niña de los Arnau:
- Si te ligas a la chica del tío Braulio el del duro eso sería todo un braguetazo.

   José Vicente quiere saber más detalles de la vida y milagros de la jovencita, en la que ha puesto sus ojos como futura señora de Gimeno, e insiste a su amigo Guillermo para que le cuente cuanto sabe.
- ¿Pepita Arnau? Ya te lo he dicho, todo un braguetazo. El tío que se la calce se llevará un porrón de millones solamente en fincas. No te digo más – asegura tajante Guillermo.
- ¿Y dices que no hay nadie que la esté rondando?
- No me extrañaría que más de uno lo tenga en mente, es una fruta apetitosa y encima con el riñón bien cubierto, pero de momento es una plaza sin dueño. Solo has de fijarte en una cosa: cuando pasea con sus amigas por el Rabal es de las que siempre va por la parte de dentro. Muy interesado te veo por la moza. No me digas que te ha hecho tilín.
- Hombre, Guillermo, no te voy a mentir. No es que se trate de un flechazo, pero sí que es cierto que la chavala parece maja y también es guapina, como diría un amigo asturiano.
- La verdad es que resulta bastante mona, aunque no está ni la mitad de rica que tu jefa de la Sección Femenina. A esa sí que le haría yo un favor y un millón si hiciera falta…
   A Gimeno le molesta el calor que pone Bruñó cuando habla de Lolita y le interrumpe para reconducir el diálogo:
- Bueno, pero ahora no estamos hablando del cardo borriquero de Lolita, sino de la niña de los Arnau. ¿Qué más me cuentas de ella?
- Pues poco más de lo que te he contado, que es un buen partido, uno de los mejores del pueblo. ¿Ya le has dicho algo?
- Precisamente por eso mismo no me he atrevido a decirle nada. No vaya a haber mal pensados que crean que si me acerco es por interés.
- No tienes que hacer ni puñetero caso de lo que diga la gente. Hagas lo que hagas o dejes de hacerlo igual murmurarán. Por lo tanto, si la chavala te gusta lo que debes de hacer es abordarla sin que te importe el qué dirán.
- ¿Y tú crees que si me acerco me pondrá buena cara?
- Coño, José Vicente, ¡pues no me vas a salir ahora tímido!
- No es eso, Guillermo, pero me da corte pensar que me pueda acercar y la chica me rechace. ¿Te imaginas lo bien que se lo iban a pasar Vives y sus amigos? Pues no se iban a cachondear ni nada. Podría quedar desprestigiado. Ten en cuenta que para bien o para mal ya no solo soy uno de los solteros del pueblo, soy algo más.
- En eso llevas razón. Y puestas así las cosas, te puedo hacer un favor: ¿quieres que averigüe si a los padres de la moza les pareces bien?
- ¿Y cómo vas a lograr que al final no se enteren todos? Si los padres dicen que no, el cachondeo será general y mi prestigio por los suelos.
- Hombre, seguro al cien por cien de que alguien no se vaya de la lengua nadie puede estarlo, pero los Arnau son bastante discretos. Si no les parece bien que te acerques a su hija estoy convencido de que no irán por ahí soltando el cuento. Y chico, al final ya sabes: el que no se moja no pasa el río.
- ¿Y qué piensas hacer, hablar con los padres?
- ¿Estás loco? No sé si me harían ni caso. Si todo sale bien ya te diré quién va a hacer de embajador. Es alguien que está muy acostumbrado a guardar secretos y a trabajarse esta clase de encargos, por tanto es persona de toda confianza sea cual fuere el resultado final.
   Los argumentos de Guillermo acaban convenciendo a José Vicente. Tampoco tiene otras vías para explorar sus posibilidades de éxito.

   La embajada montada por Bruñó es tan rápida como fructífera. Los padres de la joven han dicho al casamentero que si Gimeno va en plan formal y no para pasar el rato ellos no tienen nada que objetar, pero que la última palabra la tendrá su hija. Será lo que ella decida.
- ¿Qué te parece mi gestión? – se pavonea Guillermo cuando termina de contarle el resultado de la misma.
- Pues que has estado sembrado. ¿Y qué más te comentaron?
- A mí, nada. Ya te expliqué que no iba a ser yo quien hablase con ellos.
- Entonces, ¿quién ha hecho de embajador?
- Quien menos puedes figurarte... mosén Amancio.
- No fastidies, ¿de verdad? ¿Has tenido la cara de meter al párroco en este fregado?
- ¿Y por qué no? Si a él le encanta hacer de casamentero, como a casi todos los curas. Y así está garantizado el secreto de la gestión, independientemente de que al final la historia salga bien o mal.
- Oye, pero si han dicho que la última palabra la tendrá la moza, ¿cómo voy a saber si está o no dispuesta a que la ronde? – inquiere, un tanto inquieto, Gimeno.
   Bruñó, como oriundo senillense, le da la clave:
- Lo que vas a hacer es lo siguiente: espera unos días, digamos una semana, y luego te fijas si cuando la niña Arnau pasea con sus amigas por el Rabal va en el centro: entonces no hay nada que hacer. En cambio, si se sitúa en uno de los extremos es que está dispuesta a charlar contigo.
- ¿Solo a charlar? 
- ¡Macho!, no esperarás que te lo den todo hecho.