viernes, 14 de noviembre de 2014

1.7. Cuidado con este pájaro


   Lolita es consciente de que cuanto dice su amiga Fina de que Rafa sigue estando muy enamorado puede que sea cierto, pero nadie le va a quitar de la cabeza que hay algo más. Una mujer enamorada intuye cuando su amado comienza a alejarse. Hay pequeños y sutiles cambios en la relación que uno a uno pueden parecer irrelevantes, pero que si se valoran en conjunto son significativos. Eso es lo que le explica a su amiga y que provoca que Fina cambie de opinión.
- Si las cosas están como cuentas, quizá tengas razón. ¡Quién lo diría! Un chico que si estaba un par de horas sin verte parecía que le iba a dar un soponcio y ahora te escribe de Pascuas a Ramos. Algo tendrás que hacer.
- Ya lo sé, Fina. El problema es que sigo estando loca por él.
- Bien, pero por mucho que le quieras no puedes consentir que juegue con tus sentimientos. Porque te está dando un malvivir que va a convertirte en una amargada. Tienes veintiún años y llevas una vida como si tuvieras cuarenta. No vas al baile, no sales a pasear, solo vas al cine de vez en cuando… Lo único que haces es leer y leer. ¿Qué clase de vida es esa? Desde luego, no la quiero para mí.
- En mi lugar, ¿tú qué harías?
- No es fácil… Lo primero, hacer lo que me has dicho antes: hablar claro a Rafa y ponerle en su sitio, o dentro o fuera y...
   Fina duda, no quiere decir lo que realmente piensa por temor a herir a su amiga o, lo que es peor, equivocarse, pero dado como están las cosas quizá la mejor prueba de amistad que pueda ofrecerle sea hablar con total crudeza aunque pueda parecer dura:
- Mira. Nadie te asegura que si esperas a que Rafa termine la carrera vayas a terminar casándote con él. Eres muy guapa y tienes un tipazo, pero ¿cómo estarás dentro de seis o siete años? Seguro que seguirás tan preciosa, pero ya no serás tan joven, no tendrás la frescura y el atractivo de ahora, el tiempo nunca pasa en balde. Eso para empezar. En segundo lugar, si por lo que sea Rafa no termina llevándote al altar, habrás consumido tu juventud para nada y no te será fácil encontrar otro novio. En Senillar hay pocos partidos para chicas como tú. ¿Te ves casada con un labrador por muchas fincas que tenga?, ¿te ves con unas sayas y un sombrero de paja yendo al campo la mitad de los días? o ¿quieres terminar siendo una solterona viendo pasar la vida detrás de los visillos?
   Lolita calla, pero su gesto de preocupación es bien elocuente, lo que está oyendo es lo que ha pensado tantas y tantas veces en la soledad de su alcoba. Fina remata su argumentación:
- … ¿Qué haría yo? Apretarle las tuercas y hablar de boda. Nada de esperar tantos años. Pondría un plazo mucho más corto y si no, aire. Si las cosas terminan mal, todavía te quedarán unos cuantos años para encontrar un buen partido, poder casarte y tener hijos. Eso es lo que haría, atar corto a Rafa, que Dios sabe qué clase de vida lleva en Barcelona por lo que cuentas.
                                                                           *
   Ajeno está Rafael Blanquer del diálogo entre Lolita y su amiga. Acaba de abrir la puerta de su habitación a la dueña de la pensión en la que vive. La casera siempre le recuerda a un gorrión, quizá por lo menuda y vivaracha. Ahora que la tiene delante, con un sobre en la mano, vuelve a recordarle al pájaro.
- Señor Blanquer, tiene correo.
- Gracias, señorita Montse.
   Este gorrioncillo, que debe tener más años que Matusalén, piensa Rafael, sigue pretendiendo que se la llame señorita. Claro que es soltera, igual hasta tiene el virgo intacto. Carta de Lolita. Esta niña es un omega, dos a la semana, haga frío o calor. Tendré que contestarle. La verdad es que empieza a ser un poco coñazo tanta carta, ya no sé qué diablos contarle. Otro gallo me cantara si estuviera aquí. Porque cada vez está más rica y… ¡joder! ¿Ya estás otra vez en posición, bonita?, pues tendrás que aguantarte, hasta el viernes no toca limpieza de desagüe.
   La puerta de la habitación se abre bruscamente y un joven robusto como un roble, con unos libros bajo el brazo, se queda mirando a Rafael al tiempo que su rostro se distiende en una sonrisa burlona.
- Rafa… ¿otra vez dándole al manubrio? ¡Leche, eres peor que los monos del Parque de La Ciudadela!
- Alberto, ya podías llamar antes de entrar, cacho cabrón.
- Te recuerdo que también es mi habitación y yo fui su primer ocupante. O sea, que lo de llamar queda para otros. Tendrías que hacerte menos pajas y follar más.
- Hasta el sábado no voy de putas, ya me dirás que hago mientras tanto.
- Santi nos va a presentar unas chavalas, ¿por qué no vienes con nosotros? A lo mejor ligas y hasta puedes mojar.
- ¿Son plan?
- Pse, cualquiera sabe, no las conozco, pero todo es cuestión de probarlo. Supongo que será mejor intentar camelarse a una buena jaca que no darle al molinillo, para eso siempre estás a tiempo. Si quieres ir para donjuán tendrás que aplicarte.

   Rafael lleva dos cursos en Barcelona estudiando para ingeniero industrial. Aprobó el ingreso en la escuela de ingeniería a la primera, lo que llenó de orgullo a su familia que lo pregonó a los cuatro vientos, pero desde entonces no le ha dado un palo al agua. La carrera es dura, los profesores exigentes y tiene pocas ganas de empollar; el resultado de todo ello es que está repitiendo primero porque entre junio y septiembre solo aprobó una asignatura y las llamadas marías: religión, educación física y formación del espíritu nacional. Y las pocas ganas no se refieren solo a los estudios, también atañen a Lolita. La sigue queriendo, pero ya no es aquel amor romántico de los primeros años ni tampoco aquel deseo insaciable, aquella permanente excitación que le provocaba el mero contacto. Le sigue gustando y la sigue deseando, más todavía desde que la hizo suya, pero comienza a pensar que existen más mujeres y por qué tener que limitarse a una.
   Desde la calle Lauria esquina Valencia, donde está la pensión, Rafael va andando  hasta la Escuela de Ingenieros Industriales en la calle Urgel, así se ahorra el tranvía. Por el camino va pensando en el día anterior. Santi cumplió su promesa de presentarles unas jóvenes, operadoras de la Telefónica de Plaza de Cataluña, y estuvieron paseando con ellas por Las Ramblas. La presentación que Santi hizo de él no le gustó nada a Rafa, pero sabe que así son las inocentes bromas que gastan sus amigos.
- … y aquí, Rafael, Rafa para los amiguetes. Tened cuidado con este pájaro, a pesar de que parece un mosquita muerta es un donjuán de mucho cuidado.
   Rafael se emparejó con una chica bastante mona y realmente simpática, aunque rápidamente intuyó que de aquel pozo no sacaría agua. De todas formas, piensa, puede que Alberto tenga razón y mejor que hacerse pajas será ver lo que pueda sacar de la próxima chavala que ligue. Si Lolita llegara a enterarse de que no le guardo la ausencia…

   Rafael se mira en el pequeño espejo, vuelve a atusarse el pelo y se arregla el  nudo de la corbata. La imagen que refleja el cristal muestra un rostro agradable aunque algo blando, en el que destaca una boca sensual y unos rasgados ojos negros. Su porte es atractivo y, al mismo tiempo, desprende un vago aire de vulnerabilidad. La suma de todo ello provoca un curioso sentimiento en algunas mujeres: la de protegerlo, cuidarlo, mimarlo… y él se deja.
   Ha de estar como un pincel, que diría su madre, porque la chica a la que va a llevar a bailar, con eso de que trabaja en la sección de complementos de caballero de los Almacenes Jorba, es más detallista que la leche. El primer día que los presentaron ya dejó caer alguna frase despectiva sobre su indumentaria:
- Tú de encajar los colores vas justito, eh.
- ¿Qué pasa? ¿No te gusta la corbata que llevo?
- No se trata de la corbata, sino que llevas un traje azul marino y unos zapatones marrones que no pegan ni con cola.
- Pues no eres tiquismiquis ni nada. El próximo día que quedemos, antes de salir de la pensión te voy a llamar para que me digas que he de ponerme – sugiere con sorna.
- No me parece mala idea – responde la joven con humor -. Por ejemplo: hoy te hubiera dicho lo de los zapatos y que no te pusieras unos calcetines blancos de tenis como los que llevas, que más horteras no pueden ser.
   Pese a las puyas sobre su indumentaria, la chica resultó muy salada y le da el pálpito de que no debe de ser demasiado estrecha. Es solo una corazonada, pero a medida que va tratando a más mujeres empieza a comprenderlas mejor. Al principio, cuando comenzó a salir con otras chicas las trataba igual que a Lolita, pero rápidamente se dio cuenta de que era un error y que tenía que cambiar de registro si quería camelárselas. Ha tenido algún que otro sonoro fracaso, pero está en camino de convertirse en un donjuán. Ya aprendió a soltar embustes con pasmosa tranquilidad, a decirle a cada muchacha lo que está deseando oír y a atacarlas por su lado débil, cuando lo descubre, porque no todas se muestran tal cual son, también muchas de ellas son maestras en el arte del disimulo. 

martes, 11 de noviembre de 2014

1.6. Guardar la ausencia

  Tal y como habían soplado a Benjamín, unas fechas después se produce el tan esperado nombramiento de Francisco Vives como alcalde-presidente del ilustrísimo Ayuntamiento de Senillar, precedido del cese del anterior munícipe a quien se le agradecen los servicios prestados. Días después del relevo en la alcaldía, Rodrigo Arbós presenta su dimisión, por motivos de salud, como jefe local del Movimiento, al tiempo que sugiere a sus amigos de la Jefatura Provincial una terna de nombres como posibles sustitutos. Ya se ha encargado de que en la terna sólo haya un candidato que merezca tal nombre: el de José Vicente Gimeno. Al mismo tiempo, Benjamín mueve discretamente los hilos para que la propuesta sea bien vista por quién tiene la potestad de la designación: el Gobernador Civil y Jefe Provincial del Movimiento. Casi un mes más tarde se publica el nombramiento del nuevo jefe local de Falange en Senillar.

   Los tertulianos del café de El Porvenir son de los primeros en enterarse. Ya tienen motivo de cháchara.
- ¿Conocéis la campanada? ¿A qué no os imagináis a quién han nombrado jefe de Falange? – Esteller, el peluquero, se recrea en la expectación que ha causado su pregunta.
- Ah, pero ¿es que ya no es Rodrigo? – pregunta el despistado de turno.
- Presentó la dimisión hace más de un mes. Parece que anda algo achuchado de salud.
- Pues en concreto no sé a quién, pero estoy seguro de que su primer o su segundo apellido es Arbós – afirma Clavé el telegrafista que no traga al clan del cacique.
- Te equivocas de medio a medio – replica el fígaro.
- ¡Coño, eso sí que es noticia! Que se nombre a alguien para un cargo y que no sea un Arbós. Nunca creí que viviría para ver semejante cosa – se asombra Clavé.
- Será algún paniaguado de la familia – asegura otro.
- Tampoco van por ahí los tiros – contesta risueño Esteller al constatar la absoluta sorpresa de sus contertulios -. Acaban de nombrar a José Vicente Gimeno, el secretario de San Isidro.
- ¡No fastidies! ¿A un forastero? No es posible.
- Pero ese chico es un lameculos de los Arbós, ¿o no? – cuestiona otro de los contertulios.
- Igual es que han perdido influencia - apunta alguien.
- A lo mejor lo ha propuesto Vives – sugiere otro.
- Lo dudo. Yo creo que si Paco le conoce es muy por encima – rebate el barbero.
- Creo que os olvidáis de algo – interviene Sanchís el farmacéutico -. No sé si será de la camarilla de los Arbós, pero trabaja en la cooperativa.
- ¿Y eso qué quiere decir? – pregunta Bonet.
- Que le tienen bien cogido por las pelotas – concluye tajante el boticario.
   Celestino Bonet, al que las cuestiones referidas a la Falange le ponen de mala leche, cambia de asunto, eso sí, bajando el tono:
- Para pelotas las que han demostrado los rusos. Le han dado la vuelta a la tortilla en Stalingrado y han cercado al ejército alemán. Es la primera vez que a los nazis les dan en toda la cresta.
- Será la segunda – le corrige Sanchís – porque los ingleses ya les dieron jarabe de palo hace poco más de un mes en El Alamein – al ver la expresión de ignorancia de más de un contertulio aclara -. Eso está en el norte de África – y volviéndose a Celestino, pregunta curioso -. Esa noticia de Stalingrado no la trae Las Provincias, ¿de dónde la has sacado?
- Me la ha contado un compañero de Valencia – Bonet no está dispuesto a correr riesgos y descubrir la mejorada radio de galena que guarda en casa. Nunca se sabe quién puede ser un chivato.
- Dejaos de guerras que nos pillan muy lejos y contarnos más cosas sobre lo del secretario de la cooperativa – pide uno llamado Bosch, ya que el asunto local es lo verdaderamente interesante y más para los que son labradores como él -. ¿Por qué creéis que han nombrado a uno de fuera?
   No se ponen de acuerdo sobre los porqués. Realmente les falta información, sólo pueden especular. Que si a lo mejor Gimeno tiene buenas agarraderas en la capital. Que así la jefatura provincial controlará mejor la cooperativa y el monto de las cosechas. Que ha podido ser una jugada de Vives. Que si es un hombre de paja de los Arbós...
                                                                              *
   Los avatares de la política local, que tanto suscitan el interés de los asiduos de El Porvenir, le importan un comino a Lolita Sales, la atractiva encargada de la Moda de París, sus problemas son otros. El más acuciante es que su novio, Rafael Blanquer, ya no es el que era. No sólo le escribe con menos frecuencia, lo peor es que sus cartas ya no tienen el fuego y la pasión de antes. Ha sopesado los posibles motivos de ese cambio de actitud, pero no tiene posibilidad de verificar cuales pueden ser las causas reales de la frialdad que percibe en su correspondencia. Y no sólo son los problemas con Rafael, ya es toda una mujer, acaba de cumplir los veintiuno, y no sabe muy bien qué hacer con su vida; mejor dicho, sí lo sabía hasta hace unos meses: esperaría a que su novio terminase la carrera, se casarían, tendrían hijos… serían felices. Ahora ese proyecto de vida da la impresión de que se está yendo al garete. Ha ido dejando sus otras actividades para centrarse en un papel casi exclusivo: ser la novia de Rafa. Hace tiempo que dejó de colaborar con Auxilio Social, cuyas acciones en el pueblo han terminado siendo residuales en la posguerra. Su principal ocupación es atender la tienda, al principio ayudaba a su madre, a medida que ésta se ha hecho mayor su papel ha cambiado, de colaboradora ha pasado a ser la que dirige el negocio en el que ha demostrado tener buen gusto y saber tratar a la clientela. El único pero es que una tienda de modas en un pueblo como Senillar no cuenta con demasiadas clientes y el tiempo se le hace eterno.
   En ese panorama de negros tintes por todas partes hay, al menos, un problema que ha sido capaz de resolver: echa desesperadamente de menos las caricias de su novio, más desde que se le entregó. Cada vez que evoca sus apasionados encuentros su cuerpo se pone tenso como las cuerdas de una guitarra. Cuando comenzó a tocarse para calmar los momentos en que se excitaba enardecidamente el hecho le producía una gran vergüenza, hasta que lo ha convertido en un acto habitual. Por las noches, en la soledad de su alcoba, saca una foto de Rafa y su mano diestra se pierde bajo el camisón hasta que llega al clímax. No se lo ha contado ni a la más íntima de sus amigas. Es su más recóndito secreto. Aunque pese a todo, sigue añorando que unas manos varoniles acaricien su cuerpo y que unos labios ardientes se la coman a besos.

   Lo que aconsejaron a Lolita, primero su madre y luego sus amigas, de guardar la ausencia lo cumple escrupulosamente. Como todas las jóvenes, cuyos novios están ausentes, no acude a ningún lugar de diversión y se deja ver en público lo menos posible. Tal como ha comentado con sus más cercanas amigas es como si hiciera vida de novicia, pero así lo impone la regla no escrita de guardar la ausencia. Tiene poderosos motivos para ello. Sigue queriendo con locura a su novio y en un pueblo todo se sabe; si en algún momento paseara o tonteara con otro chico, Rafael no tardaría ni veinticuatro horas en enterarse. No le quedan más distracciones que ir al cine, pasear con sus amigas y poco más. Mata las horas leyendo cuanto cae en sus manos. Se sacó el carné de lector de la biblioteca de la Diputación Provincial y quincenalmente renueva un préstamo de libros que devora con fruición, en algo ha de distraerse. Pese a todo ello se aburre miserablemente. A veces se dice que esa es la vida que le espera hasta que Rafa termine la carrera y se coloque o haga una oposición y, cuando piensa en eso, todavía se pone más triste porque según las cuentas que echa su novio van a ser siete u ocho años en el mejor de los casos. Para entonces va a tener veintiocho o veintinueve, casi una vieja. ¿Qué va a hacer si Rafa la deja? La sola idea le pone los ojos acuosos y el corazón parece ralentizar sus latidos. No sabe por qué le viene a la mente la jaculatoria que su madre le hacía rezar de pequeña y que vuelve a repetir con toda su alma: Ave María, sin pecado concebida, rogad por nos que recurrimos a vos. Y añade: Virgen Santa, que Rafael me siga queriendo, porque si deja de hacerlo no sé qué será de mí.

   Fina, la mejor de sus amigas, que ha ido a verla como habitualmente hace, le pregunta por su novio:
- Qué sabes de Rafa?
- Esta semana todavía no he recibido carta.
- Debe de tener exámenes - apunta Fina en un intento de mitigar la situación.
- El problema no son los exámenes, algo le pasa. Al principio me escribía todos los días, luego día si día no, después una vez a a semana... Este año si recibo dos cartas al mes puedo darme por satisfecha. Estoy muy preocupada, para que voy a decirte otra cosa.
- No te preocupes, Lolita. Seguro que Rafa sigue tan enamorado como el primer día. Lo que pasa es que cuando una pareja lleva tantos años como vosotros supongo que ya se lo han dicho todo.
- No es eso, Fina. So quieres a una persona siempre tienes cosas que decirle. Los sentimientos pueden expresarse de un millón de maneras distintas. Ni es exceso de trabajo ni falta de temas que contar, me temo que pueda ser algo diferente.
   Este es el momento, piensa fina, de cambiar de tema puesto que se ha dado cuenta de que a su amiga le duele lo que está contando, pero puede más la curiosidad e inquiere:
- ¿Qué sospechas?
- Una de dos: o ya no me quiere cómo antes o ha conocido a alguien.
- ¡Por Dios, Lolita! ¿Cómo se te ocurren esas cosas? Te habré dicho un millón de veces que Rafa es el hombre más enamorado que conozco.
- Sí, muy enamorado, pero te aseguro que no es el mismo. En estos dos años que lleva fuera ha cambiado un montón.
- Yo sigo viéndole como siempre, quizá lo encuentro más desenvuelto y con mayor aplomo, pero eso es natural, en algo se le ha de notar que tiene veintidós tacos y que está en segundo de ingeniero. No puedes esperar que sea el mismo que se ponía como un flan cada vez que te sacaba a bailar.

viernes, 7 de noviembre de 2014

1.5. Haríamos un pan como unas hostias


   La situación política en Senillar se precipita cuando, cuarenta y ocho horas después de la charla del patriarca de los Arbós con Gimeno, sus fuentes confirman a Benjamín que lo de Vives como alcalde está hecho y que, aproximadamente, en una semana se producirá el cese del actual regidor y el nombramiento del nuevo mandamás municipal. Si hay que hacer algo para, al menos, retener la jefatura local hay que hacerlo ya. Tras comentarlo con sus hermanos, Benjamín cita a José Vicente a su casa. En la reunión también están presentes Rodrigo y Leoncio. Tras unos minutos de juegos florales para distender el ambiente, el líder de los Arbós entra de lleno en el verdadero motivo de la cita:
- José Vicente, voy a ir al grano. Te hemos llamado porque queremos proponerte algo. 
- Usted dirá, señor Benjamín.
- Tanto Leoncio como Rodrigo me habían hablado muy bien de ti y el otro día, cuando estuvimos charlando, saqué la conclusión de que eres un hombre de valía. Creo que tienes un gran futuro y que puedes hacer muchas cosas, no sólo por la cooperativa, sino por el pueblo y por ti mismo... - Benjamín hace una pausa para dar pie a alguna respuesta por parte de Gimeno, pero éste, cauto, calla y sigue mirándole con una mezcla de respeto y prevención -. Verás, estamos convencidos, y hablo no sólo en mi nombre sino en el de mi hermano y mi sobrino, de que tienes capacidad más que suficiente para sacar adelante la secretaría y cualquier otra tarea que te encarguen… - vuelve a hacer otra pausa.
   Las últimas palabras le suenan a Gimeno a campanas de gloria. Me van a proponer otro trabajo, piensa, pero no se me alcanza qué puede ser, desde luego en la cooperativa no será, ahí ya he tocado techo. Lo que a continuación oye le deja descolocado.
- Como te digo – prosigue Benjamín -, estamos seguros de que tienes arrestos y maneras para llevar la secretaría y más cosas. De ahí, la propuesta que queremos hacerte. Según me dicen eres del partido, ¿no es así? Por ahí van los tiros. Rodrigo que, como sabes, es el jefe local no anda últimamente muy católico de salud y no va a tener más remedio que dimitir porque los cargos están para trabajarlos y mi hermano, desgraciadamente, no tiene fuerzas para ello. Hay que proponer a algún afiliado para sustituirle y… hemos pensado en ti.
   Gimeno no puede reprimir que el asombro se refleje en su rostro. Esperaba cualquier propuesta menos ésta. Su mente trabaja a toda velocidad. Está claro que esperan una respuesta de su parte, pero ¿qué decir? Cuando le citaron se había planteado cual podría ser el motivo de la reunión, había pensado en distintas posibilidades, pero nunca pudo imaginar el derrotero que tomaría aquella entrevista. Como no sabe qué contestar, trata de ganar tiempo y prefiere ser sincero:
- Si he de decirle la verdad, señor Benjamín, su…, esa propuesta no me la esperaba. Y sinceramente, no sé qué decirles. Jamás me había planteado algo así. No me he metido nunca en política y… - no se le ocurre qué añadir -. No sé si saben que en la guerra estuve en el ejército rojo, no fui voluntario por supuesto. Tuve la suerte de que me destinaran a intendencia y no disparé un tiro. Cuando acabó la Cruzada, como no tenía las manos manchadas de sangre, contaba con buenos avales y era hijo de viuda me licenciaron pronto…
   Benjamín le corta:
- Todo eso ya no importa. Eres afecto a la Causa, ¿no?, porque de no ser así no te hubiesen dado el carné del partido.
- Naturalmente, señor Benjamín. Soy del partido y en ese sentido pueden contar conmigo para lo que quieran, pero entiendo que una cosa es ser afiliado de base, como es mi caso, y otra muy distinta ser un dirigente. A fuer de honesto les diré que no sé cómo funciona la Falange ni cómo se lleva una jefatura.
   Por un momento está tentado de contarles que lo de la Falange se la trae al fresco y que sí se afilió fue para que le dieran el puesto. Hasta la fecha de alta que figura en su carné es más falsa que Judas, porque es de un año antes de cuando hizo la solicitud. Se la tramitó el secretario de la jefatura de Las Alquerías que fue amigo de su padre.

   Benjamín se ha dado cuenta de que la propuesta ha sido una sorpresa para el joven y también ha intuido que no parece estar por la labor de aceptar el cargo. Ha llegado el momento, piensa, de apretarle las tuercas.
- Verás, José Vicente. Los de la jefatura provincial, que al fin y a la postre son los que, en su caso te nombrarían, mantienen como norma que todo falangista debe de estar siempre dispuesto a aceptar los encargos o los puestos que el partido quiera echar sobre sus hombros. ¿Con qué cara les diría Rodrigo que un afiliado no acepta ser propuesto para jefe local, cuándo ese mismo individuo desempeña un puesto como el de la secretaría de una cooperativa, cargo que es de designación discrecional? Les resultaría muy difícil entenderlo, la verdad.
   La nada sutil amenaza produce el efecto que Benjamín esperaba.
- Perdone, señor Arbós, no me expresé bien. Ya dije antes que pueden contar conmigo para lo que quieran. Si he manifestado alguna reserva es, más que nada, porque pienso que puedo defraudar la confianza que están depositando en mi persona.
- Tranquilo, José Vicente. Sabemos que no nos vas a defraudar. Al igual que no lo has hecho en la secretaría de la cooperativa, estamos convencidos de que tampoco lo harás en la jefatura, si es que te nombran, claro. Rodrigo lo único que hará será mencionar tu nombre y tu historial a sus amigos de Valencia, ni siquiera estamos hablando de una propuesta formal.
- Tal y como dice mi hermano – añade Rodrigo -, yo me encargo de que tu nombre llegue dónde debe. Y a lo que él ha dicho añado que, si te nombran, un cargo así no hará más que reportarte beneficios, si no materiales pero sí en el campo de las amistades y las influencias. Conocerás a personas tan importantes como el Gobernador Civil, los delegados de los ministerios, los gerifaltes de sindicatos,…; en fin, a una serie de personalidades que te pueden servir muy mucho en el futuro.
- Y no sólo a ti, sino también a la cooperativa – añade Leoncio en su primera y única intervención en la charla.
- Como entiendo que acabas de aceptar nuestro ofrecimiento, te doy las gracias por tu voluntad de ayudarnos, no a nosotros sino al pueblo de Senillar – Benjamín cree que ha llegado el momento de dejar sentada la premisa más importante -. Dado que espero que te nombren, como jefe local tendrás que ocuparte de los vecinos en general y de los afiliados en particular, pero sin olvidarte nunca de quiénes te han llevado al puesto y que además serán los que tendrás siempre apoyándote si en algún momento las cosas vienen mal dadas. No creas que te hacemos un favor, aceptando el puesto nos lo haces a nosotros y al pueblo.
   Cuando los Arbós se quedan solos, Rodrigo plantea a su hermano:
- Entonces, ¿ya puedo presentar mi dimisión y dar el nombre de Gimeno cómo posible sustituto?
- Nada de presentar dimisiones. Primero vamos a esperar a ver si nombran a Vives. No sea que si la jefatura está vacante, también le designen jefe. Últimamente se está consolidando la política de que la alcaldía y la jefatura las ocupe la misma persona. Entonces sí que haríamos un pan como unas hostias. 
   
   Con tantas y tan inesperadas novedades a José Vicente se le ha pasado la hora de volver a ver y, con algo de suerte, cruzar unas palabras con la atractiva dependiente de la Moda de París. De manera casual ha descubierto que hay un paraje al que la joven, tras cerrar la tienda por las tardes, acude casi diariamente: el montículo del Calvario. Allí, entre los viejos y nudosos cipreses que jalonan el camino del Viacrucis, Lolita acostumbra a pasear un rato, unas veces sola y otras en compañía de alguna amiga. Si no la acompaña nadie suele sentarse en uno de los ribazos y abrir el libro que siempre lleva consigo. Se ha hecho el encontradizo y ha intentado entablar conversación con ella, pero aparte de algunos monosílabos y alguna que otra sonrisa de cortesía no ha conseguido nada más. No va a ser fácil cazar esta pieza, se dice. Y no es que lo de la joven haya sido un flechazo. No está enamorado de ella, ni mucho menos, solo le atrae… y le excita. Lo último es lo que le produce más desazón, él que es más bien un hombre desapasionado y cerebral se pasa de revoluciones solo con contemplar a la dependiente de un tenducho que vende prendas pasadas de moda y que pueden ser de cualquier parte menos de París. Eso, seguro, tan seguro como que no consigue quitársela de la cabeza.  

martes, 4 de noviembre de 2014

1.4. Es listo y parece ambicioso


   Días después de la conversación entre el patriarca de los Arbós y su sobrino Leoncio, el panorama político local cambia por completo. Los amigos de Benjamín de los tiempos de la CEDA, que suelen estar bien informados, le pasan la confidencia de que es inminente el cese del actual alcalde, Buenaventura Cucala; algo totalmente imprevisto. Y añaden que todos los indicios apuntan que Gobierno Civil piensa nombrar como sucesor a un tal Francisco Vives. La noticia le sienta a Arbós como un tiro en la barriga. Con lo tranquilo que se había quedado el patio tras la marcha del jefe de Falange anterior a su hermano Rodrigo y ahora pueden tener de primer edil al tocahuevos de Vives. Llama a rebato al clan. Todos sus hermanos acuden como un solo hombre: allí están Rodrigo, Gonzalo y Antonino que es el mayor, aunque el jefe de la familia sea Benjamín, no en balde es el más inteligente y político del clan.
- ¿Y es seguro que van a nombrar a Vives? – pregunta Gonzalo.
- Seguro no hay nada hasta que no aparezca el nombramiento en el Boletín Oficial, pero las fuentes que me lo han contado son de toda confianza.
   El tono de Benjamín es de honda preocupación. Sus hermanos están al cabo de la calle del porqué de la inquietud del líder de la familia. Francisco Vives, Paco para sus amigos, es un viejo conocido de los Arbós. Es el comerciante que más se ha enriquecido con el negocio del boniato, aunque comercializa cualquier producto en el que haya una peseta a ganar. Los intereses mercantiles son los que le han enfrentado en alguna ocasión a los Arbós y se las ha tenido muy tiesas, no es de los que se deje amedrentar fácilmente. Pasa por ser listo, enérgico y tener iniciativa. Eso es lo que pone a Benjamín de los nervios: la iniciativa, la capacidad de pensar y actuar por su cuenta; aunque la formación de Vives no vaya más allá de la escuela primaria. Nunca ha estado metido en política, pero Benjamín sabe que es ambicioso y supone que si le nombran alcalde será porque ya lo deben de haber tanteado y habrá considerado que el cargo ofrece posibilidades para su negocio y Dios sabe para qué más. No, Vives no va a ser fácil de manejar.
- Pues si le hacen alcalde, Paco se comerá crudo al bueno de Leoncio – comenta como para sí Antonino.
- Por eso os he llamado, nuestro sobrino valía para jefe siendo alcalde Cucala que es de los nuestros, pero si ponen a Vives necesitaremos a alguien con más agallas y que sea capaz de plantarle cara. ¿Qué nombres se os ocurren?
   Pues sí, nombres hay, pero hombres no tantos. Comienzan a enumerar a posibles candidatos dentro del círculo familiar y del de sus amigos, pero por unos u otros motivos van excluyéndolos. Parecen estar en un callejón sin salida. Hasta que Rodrigo, con tono un tanto vacilante, dice en voz alta lo que está pensando:
- Hace unos días vino a verme Leoncio y me estuvo contando una milonga: que si sería bueno que el nuevo jefe no fuera de la familia, que eso la gente lo vería con buenos ojos y que sí patatín y patatán. Y hasta dejó caer el nombre de una persona que, según nuestro sobrino, podría hacerlo a las mil maravillas y que, por supuesto, sería un hombre nuestro...
- El tal Gimeno, el secretario de San Isidro – le interrumpe Benjamín.
- ¿Cómo lo sabes? – se sorprende Rodrigo.
- Porque ya me había venido con la misma historia. Es una estupidez más del papanatas de nuestro sobrino. Cuando me lo presentó no me pareció ningún genio.
- Pues os digo una cosa – apunta Gonzalo -, no será un genio, pero ese chico cae bien al personal y la gente que lo ha tratado dice que es más listo que el hambre y que las caza al vuelo.
- ¿Y vosotros creéis que podemos fiarnos de un forastero que lleva cuatro días en el pueblo y que no sabemos de qué pie cojea? – pregunta un tanto irritado Benjamín.
- Yo algo le conozco – puntualiza Rodrigo -. Me lo recomendó Joaquín Cardona cuando buscábamos un nuevo secretario. He charlado con él varias veces y estoy de acuerdo con lo que dice Gonzalo: es listo y parece ambicioso. También me da la impresión de que tiene las suficientes agallas para enfrentarse a Vives o a quien sea. Y en cuanto a fiarse de él, Leoncio dice algo que es cierto: lo tiene cogido por los huevos. Si no colaborara con nosotros podría perder el empleo. Ese es un seguro que no tendremos con ningún otro.
- Es posible que tengáis razón, pero no acabo de fiarme. Un forastero siempre es un forastero. 
- ¿Por qué no hacemos una cosa? – propone Gonzalo y, dirigiéndose a Benjamín, completa la frase -. Habla con él y te haces una idea de cómo es y cómo respira. Y después de eso decides.
- Si os parece, yo me pondré en contacto con Cardona y le pediré más datos sobre Gimeno – sugiere a su vez Rodrigo.
- Sigo sin verlo claro, pero… bueno, dile a Leoncio que me lo envíe y veré que tal pieza es.

   Antes de que se produzca la entrevista entre Benjamín y José Vicente, Rodrigo le cuenta a su hermano las nuevas referencias del joven que Cardona le ha facilitado:
- Su padre era empleado municipal en Las Alquerías del Niño Perdido, murió joven, y el chico tuvo que dejar los estudios y ponerse a trabajar para ayudar a su madre a sacar adelante la familia. Se colocó en un almacén de naranjas y por la noche siguió estudiando, completó el bachillerato y en la Escuela de Comercio cursó por libre el peritaje mercantil. Asegura que es muy despabilado, que sabe cómo tratar al personal y que, aunque pueda dar la impresión de tener poca garra, tiene más genio del que aparenta. En cuanto a sí podemos fiarnos de él, cree que sí pero sin asegurarlo, aunque añadió que como necesita el trabajo por ahí siempre lo tendremos cogido. 
- Bien. ¿Y no te ha dicho nada de por dónde respira políticamente? No nos vaya a salir de la cáscara amarga.
- Sobre eso está el dato que cuando Leoncio le comentó que para nombrarle secretario era necesario que se hiciera del partido no puso ninguna pega. Eso lo interpreto cómo que para él es más importante el trabajo que cualquier otra cosa. Y por eso estoy de acuerdo con Cardona, por ahí lo tendremos atrapado. 
   Con toda la información que le han proporcionado, Benjamín ya tiene un retrato de Gimeno bastante preciso. Ha llegado el momento de charlar con el joven. En vez de que venga a verle, piensa que es mejor conocerle en su propio terreno, al encontrarse más cómodo es posible que también se manifieste con menos reservas. Una tarde se deja caer por la cooperativa y se presenta:
- Soy Benjamín Arbós, ¿te acuerdas de mí?
- Por supuesto, señor Benjamín, ¿cómo no iba  acordarme de una persona de su importancia? ¿En qué puedo servirle?
- Venía a por los vales del guano.
- Se los extiendo ahora mismo.
   Una vez sentada la excusa de su visita, Benjamín lleva la conversación por otros derroteros y, durante cerca de una hora, se dedica a tirar de la lengua al secretario con la maestría que proporciona haber representado la misma escena en infinidad de ocasiones. Al final, la impresión que Gimeno le produce no se aleja mucho de lo que le han contado: evidentemente el joven es listo y parece ambicioso. Aunque debajo de su oficiosa amabilidad ha creído detectar un carácter más duro y con más aristas de las que aparenta.

   En cuanto se marcha el patriarca del clan, José Vicente cierra el despacho un poco antes de la hora oficial de cierre, para eso es el jefe, y se dirige con paso decidido a la Moda de París, será la única forma de ver a la joven dependiente que tanto le impactó. Ha tratado de localizarla en los lugares donde se reúne la gente joven del pueblo: el paseo del Rabal, los cines, en el baile de los domingos, pero no la ha visto en ninguna parte. La campanilla que suena al abrir la puerta hace que Lolita deje el libro que estaba leyendo. Aquí tenemos, se dice, al rijoso de las corbatas, el que me desnudaba con la vista. A ver qué tripa se le ha roto hoy. Eso es lo que piensa, pero lo que aparece en su rostro es la estereotipada sonrisa de la vendedora.
- Señor Gimeno, usted por aquí. ¿En qué puedo servirle?
- Buenas tardes. Vengo a decirte que tenías razón. El otro día tendría que haberme llevado alguna corbata más – el hombre no ha encontrado otra excusa más plausible.
   La joven sonríe levemente lo que le da pie a José Vicente a darse cuenta de algo que le pasó desapercibido la vez anterior y es que tiene unos dientes blancos y parejos preciosos. Esta no es una dependiente corriente, piensa el hombre, alguien se preocupó de niña por su boca.
- El pasado día ya me dio usted – la joven sigue sin acceder al tuteo - la impresión de que era un hombre con carácter. Ahora me lo confirma. Solo los que tienen una gran personalidad son capaces de rectificar – y tras la interesada coba aparece la vendedora -. Entonces, ¿le enseño más corbatas? 

viernes, 31 de octubre de 2014

1.3. Elegir corbata no es tan fácil

          
   Lo que menos puede figurarse el joven secretario de San Isidro es ser el motivo de cháchara de un grupito de comadres mientras repasan la colada en el lavadero municipal, lugar donde se airea todo bulo, rumor, chisme o noticia cierta que circula por el pueblo. Han hablado de lo de siempre: del mucho trabajo que tienen en casa, de lo comodones que son sus maridos, de la guerra que dan los hijos, de lo flojas que vienen las cosechas y de los últimos cotilleos que corren por el pueblo. Hoy parece que hay una novedad: el estado civil del nuevo secretario de la cooperativa.
- ¿Estás segura que es soltero?
- Segurísima. Lo sé de buena tinta. Me lo ha dicho Rosarito la Maicalles.
- Si lo dice Rosarito será verdad. Lo que no sepa esa…
- Lo que seguro que tiene es novia porque joven, con buena facha y un sueldo fijo es un momio. Alguna lista ya ha debido de echarle el anzuelo.
- Pues yo sé de buena fuente que tuvo novia, pero lo dejaron – precisa otra comadre.
- ¡Qué imaginación tiene la gente! ¿Y cómo saben que no la tiene?
- La mujer del cartero ha comentado que no recibe correspondencia. Si tuviera novia recibiría cartas. Por otra parte, lleva más de un mes en el pueblo y se ha quedado casi todos los fines de semana, salvo alguno en que ha ido a Las Alquerías a ver su madre.
- Pues si está sin compromiso más de una que yo me sé va a echarle los tejos.
- Y más de dos. Dicen que si las Guillamón le han invitado a un baile que van a organizar en su casa.
- ¡Las Guillamón, tenían qué ser ellas! En cuanto llega un forastero al pueblo se ponen en celo.
- Sí, pero, ahí las tienes, solteritas y sin compromiso.

   Mientras las vecinas siguen cotilleando sobre lo que creen saber de Gimeno y especulando de cuanto desconocen, el aludido se encuentra en el modesto taller de uno de los sastres del pueblo que está haciéndole la segunda prueba del traje que le está cosiendo. Su vestuario deja mucho que desear y ahora que lo han ratificado en el trabajo tendrá que vestir el cargo. Hubiese preferido comprarse el traje en Valencia, pero le han dicho que Magín es muy barato y que no cose mal.
- Magín, necesitaré una corbata que combine con el traje.
- Por supuesto, pero ese artículo no lo trabajo.
- ¿Y hay alguna tienda dónde comprarla?
- Sí, en el Rabal. Una tienda que se llama Moda de París. Le atenderá una joven, María Dolores Sales pero todos la conocen como Lolita. Dígale que va de mi parte. Le voy a dar un retal para que le elija una corbata a juego.
- No será una aprovechada de esas que te larga el primer bodrio que tenga a mano.
- Tranquilo, señor Gimeno. Puede fiarse y más yendo de mi parte. Además, Lolita es una persona de buen gusto y seguro que encuentra una corbata que combine con el color del traje.

   Vaya, piensa José Vicente, lo que no me había dicho el sastre es que la moza estaba tan rica. Mientras la mira encandilado la joven, que no parece haberse dado cuenta de la insolente manera con la que el hombre la está observando, va comparando corbatas con el retal hasta que aparta tres. Con su mejor sonrisa de vendedora se dirige al cliente a la par que extiende las corbatas en el mostrador:
- Creo que cualquiera de estas tres combina perfectamente con el color y la textura de la tela del traje que le está confeccionando Magín.
   Gimeno mira las corbatas y vuelve a admirar a la joven. En lo primero que se ha fijado es que tiene un tipo rotundo, con las curvas donde debe tenerlas una real hembra. Su mirada se detiene más de lo que debiera en el contorno de los pechos que hacen de la blusa una suerte de montaña rusa. Tiene una cara que, sin ser de una belleza espectacular, es de esas que se te graban en la retina y que no es fácil olvidarlas; en esa cara que le fascina lo que más destaca son unos ojos castaños preciosos. ¡Y sabe sostener la mirada!, no es de las que enseguida baja la cabeza. ¡Y qué boca!, debe de ser una gozada besarla. ¡Y qué piel!, por un momento se ve acariciándola lentamente. ¡Y qué… Interrumpe su mental monólogo la voz de la joven:
- ¿Qué opina?, ¿cuál le gusta más?
- Ah… - Gimeno aparta sus pensamientos y vuelve a centrarse en las corbatas -. Pues Magín tenía razón, me aseguró que tenías muy buen gusto y veo que no se equivocó. Lo cierto es que me gustan todas.
- ¿Entonces se queda con las tres? – la joven no entra en el juego del tuteo.
- ¿Y qué voy a hacer con tantas corbatas? Sólo necesito una.
- Si me permite, le sugiero una solución intermedia. Repetir la misma corbata no es muy chic. Le aconsejo que se lleve, al menos, dos. Una más sería para el trabajo y otra más desenfadada para los momentos de diversión.
- Me parece una buena solución, pero las tendrás que elegir tú, yo no sé distinguir una corbata seria de otra que no lo es. Ya veo que elegir corbata no es tan fácil.

   Al tiempo que Gimeno está de compras, Leoncio le cuenta a su mujer lo que se le ha ocurrido: sugerirle al tío Benjamín que un buen jefe de Falange podría ser el secretario de la cooperativa. Le explica detalladamente los rasgos que concurren en el empleado y que, en su opinión, le hacen un estupendo candidato para el cargo.
- ¿Qué te parece?
- Lo de menos es lo que me parezca a mí. Lo que vale es lo que le parezca a tu tío.
- Eso ya lo sé, pero tú ¿cómo lo ves? Sólo pido tu opinión, mujer.
- Si es tal y como cuentas no parece mala elección. Sólo tengo una duda, mejor dicho dos: si querrá ser y, si lo nombráis, que luego se deje pastorear. La gente suele cambiar cuando le dan un puesto. Acuérdate de lo que dicen: si quieres conocer a fulanito dale un carguito.
- Esas dos dudas, que están bien traídas, las tengo resueltas de antemano. Primero le dejaré entrever que si quiere continuar de secretario será a condición de que acepte lo de Falange. Y lo segundo, más de lo mismo, si no se deja aconsejar pues se le acabó el momio de la cooperativa. Y como ser jefe de Falange no tiene paga, al menos directa, pues ya me dirás que solución le va a quedar.
- ¿Así qué ese puesto no tiene paga? Eso el otro día no lo sabías seguro. Si es como dices, me parece muy bien que le pases el muerto a otro.
- Lo único que me preocupa es que no sé cómo entrarle al tío Benjamín para que lo acepte como candidato. Casi no lo conoce y ya sabes que cuando se le mete una idea entre ceja y ceja...
- Yo creo, Leoncio, que tienes una buena excusa – ante el gesto de ignorancia de su marido la mujer prosigue su argumentación -. La gente critica que los Arbós acaparáis la mayor parte de los cargos. Delante de vosotros no se atreven a decir nada, pero por detrás os crucifican. Si ahora el puesto de jefe de Falange también va a parar a uno de la familia vamos a estar en las mismas. Volverán a repetir que los Arbós son unos acaparadores, todo para ellos. En cambio, si nombraseis a uno que no sea de vuestra sangre, y encima siendo forastero, eso estaría bien visto. Quedaríais de rechupete y al mismo tiempo seguiríais llevando el mulo por el ronzal.
- A veces, Felisa, me pregunto qué haría sin ti.

   La propuesta de su sobrino no le ha hecho ni pizca de gracia a Benjamín. Ni siquiera el argumento que le ha soltado de que la gente les critica porque lo acaparan todo. La gente puede decir misa en arameo, se dice, pero con las cosas de comer no se juega. Si la familia quiere seguir mandando, todos los resortes del poder han de estar en sus manos. Es el primero en saber que su sobrino Leoncio es más bien poquita cosa y que si tuviera enfrente a oponentes de talla se lo merendarían en un plis-plas, pero en un escenario tan pacífico como el de la localidad cualquier tonto vale para el puesto, lo importante es que sea alguien de quien poder fiarse. Mejor que sea uno de la propia sangre.
- No quiero oír más historias, Leoncio. Ve haciéndote a la idea, el próximo jefe de Falange vas a ser tú. ¿O es que tampoco quieres ser presidente de San Isidro?
   Ante la nada velada amenaza, Leoncio repliega velas y agacha la cabeza.
- Haré lo que usted mande, tío.

martes, 28 de octubre de 2014

1.2. ¿Dónde encontrar un mirlo blanco?


   La pregunta que Benjamín Arbós ha formulado a su sobrino Leoncio deja a éste atónito. El desconcierto del hombre es patente. Nunca se le pasó por la imaginación ocupar un cargo político como el de jefe de Falange, ser presidente de la Cooperativa Agrícola de San Isidro ha colmado todas sus ambiciones personales. No sabe cómo decirle que no a su tío, al fin y al cabo lo que es se lo debe a él, pero algo tiene que responder:
- Tío, yo haré lo que usted diga, como siempre, pero ¿cree que serviré para ese cargo? No sé casi nada de la Falange y lo de hablar en público se me da fatal, me pongo muy nervioso y no doy una a derechas.
- Por eso no te preocupes. Aquí de la Falange casi nadie sabe nada. Y en cuanto a dar discursos no tienes por qué hacerlo.
- En la jefatura – interviene Rodrigo – hay algunos libros sobre Falange. Te los lees, que ahí debe de venir todo lo que necesitarás saber.
- Vuelvo a decirles, tíos, que haré lo que manden, pero de verdad que no me veo de jefe. Tengo mucho trabajo con la presidencia de la cooperativa y ahora eso. No sé si voy a tener fuerzas ni tiempo para dos cargos tan peliagudos.
   Benjamín piensa que su sobrino es un flojo, por eso ha creído que podría ser un buen candidato, los blandos siempre son manejables. Lo que no sospechaba era que lo fuese hasta el extremo que se desprende de sus vacilantes protestas. Él sería capaz de llevar no dos cargos sino media docena si fuera necesario. En cambio esta gente joven enseguida entrega la cuchara.
- Ve haciéndote a la idea, Leoncio. Y de esto ni media palabra a nadie, incluida tu mujer.

    En cuanto Leoncio llega a casa, y pese a la recomendación de su tío, le falta tiempo para contar a su esposa la propuesta de Benjamín:
- … y ahora quiere que sea el jefe de Falange. ¿Qué te parece?
   La mujer se interesa primero por los dineros:
- ¿Cuánto te pagarán?
- Me da la impresión de que ese cargo debe ser de los que no tienen sueldo, al menos de manera directa.
- Entonces ya sabes: para ser puta y no ganar na más vale ser mujer honrá.
- Pues ya me dirás como le digo que no al tío. Igual se enfada y me quita lo de la cooperativa.
- ¡Qué corto eres, marido! Lo que tienes que hacer es buscar para el puesto a alguien que creas que le pueda petar… Ya sé, tu primo Gervasio.
- Gervasio no vale. No está apuntado a Falange.
- Bueno, lo apuntas y en paz. ¿No es eso lo que hizo contigo tu tío Rodrigo antes de que te nombraran presidente de la cooperativa? Pues haces lo mismo con tu primo.
- Que te digo que no vale, mujer. Gervasio tiene mucho desparpajo, pero no sabe hacer la o ni con un canuto. ¿Cómo va a ser el jefe de Falange? Si voy con ese nombre al tío me puede correr a gorrazos. Habría que buscar a alguien que no fuera un lerdo y que, claro, sea de nuestra cuerda.
- ¿Pues a ver dónde encuentras un mirlo blanco que le pete a tu tío?

   Encontrar una persona que sea cualificada para el puesto y que pueda gustarle a su tío Benjamín se ha convertido en la obsesión de Leoncio. A medida que ha ido dándole vueltas al asunto ha terminado por concretar el perfil del que podría ser el candidato ideal: que hubiese completado la escuela, mejor aún si fuese titulado, que tuviera mano izquierda, que supiese hablar en público o, al menos, que no le diera miedo hacerlo, naturalmente que estuviese afiliado al partido y, por descontado, que fuese persona que se dejase mangonear. ¿Dónde encontrar ese mirlo blanco al que se refería su mujer? Sigue pensando en ello mientras hojea unos papeles en su despacho de la cooperativa. No es más que un destartalado cubículo lleno de archivadores y de carpetas repletas de documentos y que también se usa de sala de reuniones de la junta directiva. Se abre la puerta.
- Eh…, buenas tardes, Leoncio. ¿Querías verme?
- Hola, José Vicente. Pasa. Siéntate. ¿Qué tal va el trabajo? ¿Necesitas algo?
- Todo va sobre ruedas y no necesito nada, aunque... me vendría de perlas tener una calculadora nueva porque la que hay está hecha una cafetera.
- El próximo día que vayas a Valencia compra una. ¿Estás contento con el trabajo?
- Mucho. Es parecido al del almacén de Las Alquerías, sólo que allí trabajábamos únicamente con naranja y aquí hay muchos más géneros, pero en el fondo no hay tantas diferencias.
- ¿Y qué tal llevas lo de ser el jefe?
- Hombre, eh... Leoncio – da la impresión de que todavía no tiene demasiado claro qué tratamiento debe dar al que es su inmediato superior; su único jefe realmente porque el resto de miembros de la directiva son meros comparsas –, aquí el jefe eres tú, yo sólo soy quien lleva la secretaría, pero siempre siguiendo tus indicaciones.
- Quería decirte que el otro día, después de acabar la reunión de la junta, y cuando ya te habías marchado, se habló mucho y bien de ti: de lo trabajador que eres, de la amabilidad con la que tratas al personal y de que encuentras soluciones a la mayoría de problemas.
- Muchas gracias, Leoncio. Procuro esforzarme para que todo el mundo esté contento con mi trabajo.
- Por lo que he oído entre los socios parece que lo estás consiguiendo, tan es así que quiero que sepas, y lo que te voy a decir no lo comentes con nadie, que en la próxima reunión de la junta directiva vamos a dar por firme tu nombramiento.
- Qué alegría me das. No sé cómo agradecerte cuánto estás haciendo por mí.
- Bueno, bueno - le interrumpe Leoncio -. No tienes que agradecerme nada. El nombramiento te lo has ganado a pulso. Espero que estés muchos años con nosotros y que te sientas a gusto en el pueblo.

   Horas después, comentando Leoncio con su mujer la conversación mantenida con el flamante secretario, recuerda un dato que atañe al empleado de la cooperativa: uno de los requisitos que se le exigía para el cargo era que tenía que estar afiliado a Falange. El joven no puso ningún inconveniente y a los pocos días llevó el carné de miembro del partido. Recordar eso y comenzar a mirar al secretario con nuevos ojos es todo lo mismo. Repasa algunos de sus datos personales: se llama José Vicente Gimeno, nacido en 1919 en las Alquerías del Niño Perdido. Cumple con casi todas las condiciones que considera necesarias para ser candidato a la jefatura: tiene un título, algo infrecuente en el pueblo, es un tipo listo, habla bien, sabe tratar a la gente y, como su puesto depende de la presidencia de la cooperativa, no sería complicado tirarle del ronzal si la situación lo requiriese. El único inconveniente que tiene es ser forastero, pero en el mismo caso estaba Castaño que fue el segundo jefe de Falange del pueblo tras la liberación. Por un momento piensa hablarle de lo de la jefatura, pero enseguida lo reconsidera. Antes de meterse en camisa de once varas mejor será pensarlo detenidamente y discutirlo con su mujer, a  veces tiene buenas ocurrencias. Y también comentárselo a su tío Benjamín, no sea que pueda sentarle mal que haya dado un paso de ese calibre sin consultarle.

   Gimeno, tras haberse despedido del presidente, se ha vuelto al modesto despachito que, junto con un antedespacho más chico todavía y la cochambrosa sala en la que han estado hablando, constituyen todas las instalaciones administrativas de la entidad. Se sienta en un viejo sillón y mira en derredor. Piensa que no es gran cosa, más bien una oficina miserable para un puesto de tres al cuarto, pero peor era su trabajo en el almacén de naranjas de Las Alquerías, ganaba menos y lo más inaguantable era que tenía que soportar el mal humor permanente de su jefe, que le trataba como si fuera una zapatilla vieja. Sabía que en el fondo le tenía celos pues temía que algún día trataría de arrebatarle su puesto ya que no tenía sus conocimientos, ni siquiera un título académico como el que había conseguido estudiando por la noche y con mucho esfuerzo. Lo de ser realmente el jefe – sigue pensando – es lo mejor de este cargo de mierda, eso no se paga con dinero. ¿Y qué si me siento a gusto en el pueblo? Mucho, tanto que en cuanto encuentre un trabajo mejor retribuido voy a largarme corriendo y sin mirar atrás. Estos palurdos creen que esto debe de ser París. Leoncio, tranquilo, que aquí no me voy a hacer viejo. 

viernes, 24 de octubre de 2014

CAPÍTULO I. Dos gallos para un gallinero 1.1. No digas republicanos, di rojos


   Ha transcurrido más de un año del fin de la guerra civil y, aunque las heridas siguen  abiertas, la realidad impone su cotidiano pragmatismo. Es muy difícil vivir mirando siempre el pasado y más aún si fue doloroso. El flujo de la cainita y sangrienta contienda que durante cerca de treinta y dos meses anegó España comienza a remitir. En la ciudad y en el campo, en las zonas que antaño fueron republicanas o nacionales se inicia una tímida y fragmentaria recuperación. Uno de los primeros efectos de ese reflujo es la migración de familias enteras, de unas a otras regiones, en busca de trabajo para tratar de superar una coyuntura en la que la penuria de alimentos, cuando no el hambre pura y dura, se ha convertido en algo endémico.

   A Senillar también llegan los efectos del éxodo interno. De los que se fueron, algunos no podrán volver nunca, otros no quieren, unos pocos prueban fortuna. Entre estos últimos se cuenta la familia Bonet. El padre, Celestino, fue depurado por la compañía de ferrocarriles donde trabajaba como factor de circulación y trasladado a Arévalo. Después de varios años en las frías tierras abulenses, solicitó una plaza en el pueblo y han aprobado su solicitud. Vuelve al mismo destino que tenía antes de la guerra, con alguna que otra diferencia: antes trabajaba para la Compañía de los Ferrocarriles del Norte de España y ahora lo hará para la recién creada Red Nacional de Ferrocarriles Españoles, más conocida por la sigla de RENFE, antes los trenes llegaban con bastante puntualidad y ahora arriban cuando pueden, antes un ferroviario ganaba lo suficiente para que su familia llevara una vida digna y ahora las pasa negras para terminar el mes, antes tenía amigos que ahora ya no están, aunque algunos quedan.

   Celestino se ha llevado una grata sorpresa: uno de sus antiguos amigos en el pueblo y también ferroviario, Antonio Blanquer, se ha salvado de la depuración. Los nuevos mandamases de la nacionalizada empresa de ferrocarriles han respetado su empleo de jefe de estación. Ahora está poniendo a Bonet al día de las vicisitudes que han sufrido muchos de sus viejos conocidos:
- De los compañeros de antes faltan algunos, la mayoría depurados. A unos les echaron de la compañía, a otros les destinaron fuera y hay quiénes están todavía en prisión. Y luego los que fallecieron, entre otros Facundo el fogonero, Agustín el capataz, Filiberto el guardagujas; Vicente el que trabajaba en el depósito… La mayoría, como Agustín y Filiberto, de muerte natural, los demás bajas de guerra – relata Blanquer.
- ¿Qué ha sido de Zoilo? – inquiere Bonet.
- Es uno de los que está en chirona. Le echaron diez años y un día.
- ¿Y por qué lo enchironaron?
- Por ser un activista del sindicato de ferroviarios, por desafecto al Régimen y por no sé cuántas cosas más.
- ¿Y el pobre Agustín de qué murió?
- Dijeron que de una angina de pecho. Desde el día en que bombardearon el convoy que trataban de trasladar al apeadero de Benialcaide no volvió a ser el mismo. Se quejaba de que le dolía el pecho. Una mañana no se levantó.
- ¿Y de su yerno, de Aurelio?, sé que no le fusilaron, me lo dijo un compañero.
- Bueno, lo de Aurelio parece de película. Verás...
   Blanquer le resume la odisea del tal Aurelio. Tras ser condenado a muerte, en los estertores de la guerra, por un tribunal militar como autor de un delito consumado de auxilio a la rebelión entró en capilla esperando ser pasado por las armas. Su familia y  amigos removieron cielo y tierra para lograr que le conmutaran la pena sin conseguirlo. Setenta y dos horas antes de que se cumpliera la sentencia, una hermana monja, de la que no sabían nada desde el inicio de la guerra, se puso en contacto con sus padres y le contaron lo que estaba ocurriendo. La religiosa, que estaba en un convento de Burgos, conocía a una prima del general Yagüe. Movió los hilos precisos y consiguió que el propio Caudillo lo indultara y le conmutaran la pena de muerte por la de cadena perpetua. Y corre el rumor por el pueblo de que podrían reducirle la condena todavía más.
- Como ves, un auténtico milagro. Se salvó del piquete de ejecución por los pelos – remata Antonio su narración.
- En el fondo, Aurelio es un tío con suerte. Con los republicanos…
   Blanquer le interrumpe:
- Celestino, si no quieres tener problemas, has de ir acostumbrándote a llamarles rojos.
- Bueno, pues con los rojos también estuvo a punto de palmarla y gracias a la intervención del médico y de aquel maestro repu…, digo rojo que recaló en el pueblo se pudo salvar. ¿Y qué sabes de su mujer y del resto de la familia?
- Su mujer ya no vive en el pueblo. Como Aurelio está en el penal de Nanclares de Oca, se marchó a Álava con los críos para estar más cerca. Por medio de mosén Amancio consiguió un trabajo en una casa rica de Vitoria. Desde entonces no ha vuelto. Los padres se fueron a Sagunto. Aquí sólo queda su hermana Marina, se casó con Damián, el hijo mayor de los Armenteros.
- Antes me referí a don Manuel Lapuerta, ¿qué es de él, está todavía de médico en Ayora? – se interesa Celestino.
- Allí sigue. Hace menos de un mes me lo encontré en Valencia. Me preguntó por ti.
- Si vuelves a verle, dale recuerdos. Y de mis compañeros de tertulia, ¿qué se hizo de ellos?
- Pues mira, está la partida casi al completo, con don Abelardo el veterinario, Clavé el telegrafista, don José Sanchís el boticario, Esteller el barbero y algunos de los labradores que ocasionalmente venían, como Bosch, Ribes y alguno más que no recuerdo. Por cierto, se me olvidaba, tengo un paquete para ti. Me lo dejó la mujer de Aurelio, antes de marcharse. Dijo que te lo diera de parte de su marido.
- ¿Qué es? – pregunta Bonet al ver el paquete envuelto en papel de periódico y atado con un bramante.
- No lo sé. No me pareció apropiado abrirlo. Te lo entrego tal y como me lo dio Amparo.
   Celestino se emociona cuando, tras desenvolver el paquete, ve su contenido: es la artesanal radio de galena alrededor de la cual tantas horas pasaron durante la guerra escuchando las noticias de la marcha del conflicto. Ahora podrá enterarse de lo que realmente pasa en España, porque de los periódicos sabe que no puede fiarse, sólo publican lo que les permite la censura. Y lo que ésta les faculta es a informar sobre las bondades del Movimiento, pero no les autoriza a insertar una sola noticia que pueda poder en entredicho al Régimen; un ejemplo de ello es que ahora que Franco acaba de cambiar su gobierno no han publicado una sola línea acerca de las luchas soterradas que han mantenido las diversas familias del Régimen: falangistas, tradicionalistas, monárquicos y católicos, aunque el núcleo duro del nuevo gobierno siguen siendo los militares, los únicos de los que realmente se fía el dictador.  
                                                                             *                                                             
   Posiblemente, no tenga nada que ver con los relevos que se están produciendo en el ámbito nacional, pero en Senillar también soplan vientos de cambio. Por ello, el cacique local, Benjamín Arbós, ha convocado una reunión del núcleo duro del sanedrín familiar; están presentes sus hermanos Antonino, Rodrigo, Gonzalo y su sobrino Leoncio Gasulla. Este último es la primera vez que asiste a un cónclave de los patriarcas del clan de su familia materna. Se muestra expectante y orgulloso, es el único de los sobrinos que está presente. Benjamín no pierde el tiempo y entra directamente a tratar el asunto por el que les ha convocado:
- Me han soplado de buena fuente que en la Jefatura Provincial del Movimiento están preocupados por el escaso interés que muestra Rodrigo por el partido – ante el conato de protesta de su hermano, le corta tajante -. Déjate de vainas, te lo he dicho mil veces, no se puede estar en un cargo sólo para figurar. Hasta ahora te he salvado de la quema, pero ya no me quedan cartuchos que gastar. Cualquier día de estos te van a cesar. Y no me preocupa que te echen, te lo has ganado a pulso. Lo que me inquieta es a quién pueden nombrar. No me gustaría que hicieran jefe a alguien que no se dejara aconsejar o, lo que es peor, que le tuviéramos enfrentado.
- ¿En qué estás pensando? – pregunta Antonino.
- En que hemos de adelantarnos a los acontecimientos. Quizá sea la única manera de poder salvar los muebles. Vamos a hacer lo siguiente. Tú – dirigiéndose a Rodrigo – debes dimitir al tiempo que propones a un sustituto. Yo me encargo de mover los hilos en Valencia para que la propuesta llegue a buen puerto.
- ¿Qué propuesta? – vuelve a preguntar Antonino.
- Vaya pregunta. Necesitamos un nuevo jefe que sea de los nuestros – y volviendo la vista a su callado sobrino le espeta -. Y tú, Leoncio, ¿te gustaría ser el nuevo jefe de Falange?