viernes, 7 de noviembre de 2014

1.5. Haríamos un pan como unas hostias


   La situación política en Senillar se precipita cuando, cuarenta y ocho horas después de la charla del patriarca de los Arbós con Gimeno, sus fuentes confirman a Benjamín que lo de Vives como alcalde está hecho y que, aproximadamente, en una semana se producirá el cese del actual regidor y el nombramiento del nuevo mandamás municipal. Si hay que hacer algo para, al menos, retener la jefatura local hay que hacerlo ya. Tras comentarlo con sus hermanos, Benjamín cita a José Vicente a su casa. En la reunión también están presentes Rodrigo y Leoncio. Tras unos minutos de juegos florales para distender el ambiente, el líder de los Arbós entra de lleno en el verdadero motivo de la cita:
- José Vicente, voy a ir al grano. Te hemos llamado porque queremos proponerte algo. 
- Usted dirá, señor Benjamín.
- Tanto Leoncio como Rodrigo me habían hablado muy bien de ti y el otro día, cuando estuvimos charlando, saqué la conclusión de que eres un hombre de valía. Creo que tienes un gran futuro y que puedes hacer muchas cosas, no sólo por la cooperativa, sino por el pueblo y por ti mismo... - Benjamín hace una pausa para dar pie a alguna respuesta por parte de Gimeno, pero éste, cauto, calla y sigue mirándole con una mezcla de respeto y prevención -. Verás, estamos convencidos, y hablo no sólo en mi nombre sino en el de mi hermano y mi sobrino, de que tienes capacidad más que suficiente para sacar adelante la secretaría y cualquier otra tarea que te encarguen… - vuelve a hacer otra pausa.
   Las últimas palabras le suenan a Gimeno a campanas de gloria. Me van a proponer otro trabajo, piensa, pero no se me alcanza qué puede ser, desde luego en la cooperativa no será, ahí ya he tocado techo. Lo que a continuación oye le deja descolocado.
- Como te digo – prosigue Benjamín -, estamos seguros de que tienes arrestos y maneras para llevar la secretaría y más cosas. De ahí, la propuesta que queremos hacerte. Según me dicen eres del partido, ¿no es así? Por ahí van los tiros. Rodrigo que, como sabes, es el jefe local no anda últimamente muy católico de salud y no va a tener más remedio que dimitir porque los cargos están para trabajarlos y mi hermano, desgraciadamente, no tiene fuerzas para ello. Hay que proponer a algún afiliado para sustituirle y… hemos pensado en ti.
   Gimeno no puede reprimir que el asombro se refleje en su rostro. Esperaba cualquier propuesta menos ésta. Su mente trabaja a toda velocidad. Está claro que esperan una respuesta de su parte, pero ¿qué decir? Cuando le citaron se había planteado cual podría ser el motivo de la reunión, había pensado en distintas posibilidades, pero nunca pudo imaginar el derrotero que tomaría aquella entrevista. Como no sabe qué contestar, trata de ganar tiempo y prefiere ser sincero:
- Si he de decirle la verdad, señor Benjamín, su…, esa propuesta no me la esperaba. Y sinceramente, no sé qué decirles. Jamás me había planteado algo así. No me he metido nunca en política y… - no se le ocurre qué añadir -. No sé si saben que en la guerra estuve en el ejército rojo, no fui voluntario por supuesto. Tuve la suerte de que me destinaran a intendencia y no disparé un tiro. Cuando acabó la Cruzada, como no tenía las manos manchadas de sangre, contaba con buenos avales y era hijo de viuda me licenciaron pronto…
   Benjamín le corta:
- Todo eso ya no importa. Eres afecto a la Causa, ¿no?, porque de no ser así no te hubiesen dado el carné del partido.
- Naturalmente, señor Benjamín. Soy del partido y en ese sentido pueden contar conmigo para lo que quieran, pero entiendo que una cosa es ser afiliado de base, como es mi caso, y otra muy distinta ser un dirigente. A fuer de honesto les diré que no sé cómo funciona la Falange ni cómo se lleva una jefatura.
   Por un momento está tentado de contarles que lo de la Falange se la trae al fresco y que sí se afilió fue para que le dieran el puesto. Hasta la fecha de alta que figura en su carné es más falsa que Judas, porque es de un año antes de cuando hizo la solicitud. Se la tramitó el secretario de la jefatura de Las Alquerías que fue amigo de su padre.

   Benjamín se ha dado cuenta de que la propuesta ha sido una sorpresa para el joven y también ha intuido que no parece estar por la labor de aceptar el cargo. Ha llegado el momento, piensa, de apretarle las tuercas.
- Verás, José Vicente. Los de la jefatura provincial, que al fin y a la postre son los que, en su caso te nombrarían, mantienen como norma que todo falangista debe de estar siempre dispuesto a aceptar los encargos o los puestos que el partido quiera echar sobre sus hombros. ¿Con qué cara les diría Rodrigo que un afiliado no acepta ser propuesto para jefe local, cuándo ese mismo individuo desempeña un puesto como el de la secretaría de una cooperativa, cargo que es de designación discrecional? Les resultaría muy difícil entenderlo, la verdad.
   La nada sutil amenaza produce el efecto que Benjamín esperaba.
- Perdone, señor Arbós, no me expresé bien. Ya dije antes que pueden contar conmigo para lo que quieran. Si he manifestado alguna reserva es, más que nada, porque pienso que puedo defraudar la confianza que están depositando en mi persona.
- Tranquilo, José Vicente. Sabemos que no nos vas a defraudar. Al igual que no lo has hecho en la secretaría de la cooperativa, estamos convencidos de que tampoco lo harás en la jefatura, si es que te nombran, claro. Rodrigo lo único que hará será mencionar tu nombre y tu historial a sus amigos de Valencia, ni siquiera estamos hablando de una propuesta formal.
- Tal y como dice mi hermano – añade Rodrigo -, yo me encargo de que tu nombre llegue dónde debe. Y a lo que él ha dicho añado que, si te nombran, un cargo así no hará más que reportarte beneficios, si no materiales pero sí en el campo de las amistades y las influencias. Conocerás a personas tan importantes como el Gobernador Civil, los delegados de los ministerios, los gerifaltes de sindicatos,…; en fin, a una serie de personalidades que te pueden servir muy mucho en el futuro.
- Y no sólo a ti, sino también a la cooperativa – añade Leoncio en su primera y única intervención en la charla.
- Como entiendo que acabas de aceptar nuestro ofrecimiento, te doy las gracias por tu voluntad de ayudarnos, no a nosotros sino al pueblo de Senillar – Benjamín cree que ha llegado el momento de dejar sentada la premisa más importante -. Dado que espero que te nombren, como jefe local tendrás que ocuparte de los vecinos en general y de los afiliados en particular, pero sin olvidarte nunca de quiénes te han llevado al puesto y que además serán los que tendrás siempre apoyándote si en algún momento las cosas vienen mal dadas. No creas que te hacemos un favor, aceptando el puesto nos lo haces a nosotros y al pueblo.
   Cuando los Arbós se quedan solos, Rodrigo plantea a su hermano:
- Entonces, ¿ya puedo presentar mi dimisión y dar el nombre de Gimeno cómo posible sustituto?
- Nada de presentar dimisiones. Primero vamos a esperar a ver si nombran a Vives. No sea que si la jefatura está vacante, también le designen jefe. Últimamente se está consolidando la política de que la alcaldía y la jefatura las ocupe la misma persona. Entonces sí que haríamos un pan como unas hostias. 
   
   Con tantas y tan inesperadas novedades a José Vicente se le ha pasado la hora de volver a ver y, con algo de suerte, cruzar unas palabras con la atractiva dependiente de la Moda de París. De manera casual ha descubierto que hay un paraje al que la joven, tras cerrar la tienda por las tardes, acude casi diariamente: el montículo del Calvario. Allí, entre los viejos y nudosos cipreses que jalonan el camino del Viacrucis, Lolita acostumbra a pasear un rato, unas veces sola y otras en compañía de alguna amiga. Si no la acompaña nadie suele sentarse en uno de los ribazos y abrir el libro que siempre lleva consigo. Se ha hecho el encontradizo y ha intentado entablar conversación con ella, pero aparte de algunos monosílabos y alguna que otra sonrisa de cortesía no ha conseguido nada más. No va a ser fácil cazar esta pieza, se dice. Y no es que lo de la joven haya sido un flechazo. No está enamorado de ella, ni mucho menos, solo le atrae… y le excita. Lo último es lo que le produce más desazón, él que es más bien un hombre desapasionado y cerebral se pasa de revoluciones solo con contemplar a la dependiente de un tenducho que vende prendas pasadas de moda y que pueden ser de cualquier parte menos de París. Eso, seguro, tan seguro como que no consigue quitársela de la cabeza.  

martes, 4 de noviembre de 2014

1.4. Es listo y parece ambicioso


   Días después de la conversación entre el patriarca de los Arbós y su sobrino Leoncio, el panorama político local cambia por completo. Los amigos de Benjamín de los tiempos de la CEDA, que suelen estar bien informados, le pasan la confidencia de que es inminente el cese del actual alcalde, Buenaventura Cucala; algo totalmente imprevisto. Y añaden que todos los indicios apuntan que Gobierno Civil piensa nombrar como sucesor a un tal Francisco Vives. La noticia le sienta a Arbós como un tiro en la barriga. Con lo tranquilo que se había quedado el patio tras la marcha del jefe de Falange anterior a su hermano Rodrigo y ahora pueden tener de primer edil al tocahuevos de Vives. Llama a rebato al clan. Todos sus hermanos acuden como un solo hombre: allí están Rodrigo, Gonzalo y Antonino que es el mayor, aunque el jefe de la familia sea Benjamín, no en balde es el más inteligente y político del clan.
- ¿Y es seguro que van a nombrar a Vives? – pregunta Gonzalo.
- Seguro no hay nada hasta que no aparezca el nombramiento en el Boletín Oficial, pero las fuentes que me lo han contado son de toda confianza.
   El tono de Benjamín es de honda preocupación. Sus hermanos están al cabo de la calle del porqué de la inquietud del líder de la familia. Francisco Vives, Paco para sus amigos, es un viejo conocido de los Arbós. Es el comerciante que más se ha enriquecido con el negocio del boniato, aunque comercializa cualquier producto en el que haya una peseta a ganar. Los intereses mercantiles son los que le han enfrentado en alguna ocasión a los Arbós y se las ha tenido muy tiesas, no es de los que se deje amedrentar fácilmente. Pasa por ser listo, enérgico y tener iniciativa. Eso es lo que pone a Benjamín de los nervios: la iniciativa, la capacidad de pensar y actuar por su cuenta; aunque la formación de Vives no vaya más allá de la escuela primaria. Nunca ha estado metido en política, pero Benjamín sabe que es ambicioso y supone que si le nombran alcalde será porque ya lo deben de haber tanteado y habrá considerado que el cargo ofrece posibilidades para su negocio y Dios sabe para qué más. No, Vives no va a ser fácil de manejar.
- Pues si le hacen alcalde, Paco se comerá crudo al bueno de Leoncio – comenta como para sí Antonino.
- Por eso os he llamado, nuestro sobrino valía para jefe siendo alcalde Cucala que es de los nuestros, pero si ponen a Vives necesitaremos a alguien con más agallas y que sea capaz de plantarle cara. ¿Qué nombres se os ocurren?
   Pues sí, nombres hay, pero hombres no tantos. Comienzan a enumerar a posibles candidatos dentro del círculo familiar y del de sus amigos, pero por unos u otros motivos van excluyéndolos. Parecen estar en un callejón sin salida. Hasta que Rodrigo, con tono un tanto vacilante, dice en voz alta lo que está pensando:
- Hace unos días vino a verme Leoncio y me estuvo contando una milonga: que si sería bueno que el nuevo jefe no fuera de la familia, que eso la gente lo vería con buenos ojos y que sí patatín y patatán. Y hasta dejó caer el nombre de una persona que, según nuestro sobrino, podría hacerlo a las mil maravillas y que, por supuesto, sería un hombre nuestro...
- El tal Gimeno, el secretario de San Isidro – le interrumpe Benjamín.
- ¿Cómo lo sabes? – se sorprende Rodrigo.
- Porque ya me había venido con la misma historia. Es una estupidez más del papanatas de nuestro sobrino. Cuando me lo presentó no me pareció ningún genio.
- Pues os digo una cosa – apunta Gonzalo -, no será un genio, pero ese chico cae bien al personal y la gente que lo ha tratado dice que es más listo que el hambre y que las caza al vuelo.
- ¿Y vosotros creéis que podemos fiarnos de un forastero que lleva cuatro días en el pueblo y que no sabemos de qué pie cojea? – pregunta un tanto irritado Benjamín.
- Yo algo le conozco – puntualiza Rodrigo -. Me lo recomendó Joaquín Cardona cuando buscábamos un nuevo secretario. He charlado con él varias veces y estoy de acuerdo con lo que dice Gonzalo: es listo y parece ambicioso. También me da la impresión de que tiene las suficientes agallas para enfrentarse a Vives o a quien sea. Y en cuanto a fiarse de él, Leoncio dice algo que es cierto: lo tiene cogido por los huevos. Si no colaborara con nosotros podría perder el empleo. Ese es un seguro que no tendremos con ningún otro.
- Es posible que tengáis razón, pero no acabo de fiarme. Un forastero siempre es un forastero. 
- ¿Por qué no hacemos una cosa? – propone Gonzalo y, dirigiéndose a Benjamín, completa la frase -. Habla con él y te haces una idea de cómo es y cómo respira. Y después de eso decides.
- Si os parece, yo me pondré en contacto con Cardona y le pediré más datos sobre Gimeno – sugiere a su vez Rodrigo.
- Sigo sin verlo claro, pero… bueno, dile a Leoncio que me lo envíe y veré que tal pieza es.

   Antes de que se produzca la entrevista entre Benjamín y José Vicente, Rodrigo le cuenta a su hermano las nuevas referencias del joven que Cardona le ha facilitado:
- Su padre era empleado municipal en Las Alquerías del Niño Perdido, murió joven, y el chico tuvo que dejar los estudios y ponerse a trabajar para ayudar a su madre a sacar adelante la familia. Se colocó en un almacén de naranjas y por la noche siguió estudiando, completó el bachillerato y en la Escuela de Comercio cursó por libre el peritaje mercantil. Asegura que es muy despabilado, que sabe cómo tratar al personal y que, aunque pueda dar la impresión de tener poca garra, tiene más genio del que aparenta. En cuanto a sí podemos fiarnos de él, cree que sí pero sin asegurarlo, aunque añadió que como necesita el trabajo por ahí siempre lo tendremos cogido. 
- Bien. ¿Y no te ha dicho nada de por dónde respira políticamente? No nos vaya a salir de la cáscara amarga.
- Sobre eso está el dato que cuando Leoncio le comentó que para nombrarle secretario era necesario que se hiciera del partido no puso ninguna pega. Eso lo interpreto cómo que para él es más importante el trabajo que cualquier otra cosa. Y por eso estoy de acuerdo con Cardona, por ahí lo tendremos atrapado. 
   Con toda la información que le han proporcionado, Benjamín ya tiene un retrato de Gimeno bastante preciso. Ha llegado el momento de charlar con el joven. En vez de que venga a verle, piensa que es mejor conocerle en su propio terreno, al encontrarse más cómodo es posible que también se manifieste con menos reservas. Una tarde se deja caer por la cooperativa y se presenta:
- Soy Benjamín Arbós, ¿te acuerdas de mí?
- Por supuesto, señor Benjamín, ¿cómo no iba  acordarme de una persona de su importancia? ¿En qué puedo servirle?
- Venía a por los vales del guano.
- Se los extiendo ahora mismo.
   Una vez sentada la excusa de su visita, Benjamín lleva la conversación por otros derroteros y, durante cerca de una hora, se dedica a tirar de la lengua al secretario con la maestría que proporciona haber representado la misma escena en infinidad de ocasiones. Al final, la impresión que Gimeno le produce no se aleja mucho de lo que le han contado: evidentemente el joven es listo y parece ambicioso. Aunque debajo de su oficiosa amabilidad ha creído detectar un carácter más duro y con más aristas de las que aparenta.

   En cuanto se marcha el patriarca del clan, José Vicente cierra el despacho un poco antes de la hora oficial de cierre, para eso es el jefe, y se dirige con paso decidido a la Moda de París, será la única forma de ver a la joven dependiente que tanto le impactó. Ha tratado de localizarla en los lugares donde se reúne la gente joven del pueblo: el paseo del Rabal, los cines, en el baile de los domingos, pero no la ha visto en ninguna parte. La campanilla que suena al abrir la puerta hace que Lolita deje el libro que estaba leyendo. Aquí tenemos, se dice, al rijoso de las corbatas, el que me desnudaba con la vista. A ver qué tripa se le ha roto hoy. Eso es lo que piensa, pero lo que aparece en su rostro es la estereotipada sonrisa de la vendedora.
- Señor Gimeno, usted por aquí. ¿En qué puedo servirle?
- Buenas tardes. Vengo a decirte que tenías razón. El otro día tendría que haberme llevado alguna corbata más – el hombre no ha encontrado otra excusa más plausible.
   La joven sonríe levemente lo que le da pie a José Vicente a darse cuenta de algo que le pasó desapercibido la vez anterior y es que tiene unos dientes blancos y parejos preciosos. Esta no es una dependiente corriente, piensa el hombre, alguien se preocupó de niña por su boca.
- El pasado día ya me dio usted – la joven sigue sin acceder al tuteo - la impresión de que era un hombre con carácter. Ahora me lo confirma. Solo los que tienen una gran personalidad son capaces de rectificar – y tras la interesada coba aparece la vendedora -. Entonces, ¿le enseño más corbatas? 

viernes, 31 de octubre de 2014

1.3. Elegir corbata no es tan fácil

          
   Lo que menos puede figurarse el joven secretario de San Isidro es ser el motivo de cháchara de un grupito de comadres mientras repasan la colada en el lavadero municipal, lugar donde se airea todo bulo, rumor, chisme o noticia cierta que circula por el pueblo. Han hablado de lo de siempre: del mucho trabajo que tienen en casa, de lo comodones que son sus maridos, de la guerra que dan los hijos, de lo flojas que vienen las cosechas y de los últimos cotilleos que corren por el pueblo. Hoy parece que hay una novedad: el estado civil del nuevo secretario de la cooperativa.
- ¿Estás segura que es soltero?
- Segurísima. Lo sé de buena tinta. Me lo ha dicho Rosarito la Maicalles.
- Si lo dice Rosarito será verdad. Lo que no sepa esa…
- Lo que seguro que tiene es novia porque joven, con buena facha y un sueldo fijo es un momio. Alguna lista ya ha debido de echarle el anzuelo.
- Pues yo sé de buena fuente que tuvo novia, pero lo dejaron – precisa otra comadre.
- ¡Qué imaginación tiene la gente! ¿Y cómo saben que no la tiene?
- La mujer del cartero ha comentado que no recibe correspondencia. Si tuviera novia recibiría cartas. Por otra parte, lleva más de un mes en el pueblo y se ha quedado casi todos los fines de semana, salvo alguno en que ha ido a Las Alquerías a ver su madre.
- Pues si está sin compromiso más de una que yo me sé va a echarle los tejos.
- Y más de dos. Dicen que si las Guillamón le han invitado a un baile que van a organizar en su casa.
- ¡Las Guillamón, tenían qué ser ellas! En cuanto llega un forastero al pueblo se ponen en celo.
- Sí, pero, ahí las tienes, solteritas y sin compromiso.

   Mientras las vecinas siguen cotilleando sobre lo que creen saber de Gimeno y especulando de cuanto desconocen, el aludido se encuentra en el modesto taller de uno de los sastres del pueblo que está haciéndole la segunda prueba del traje que le está cosiendo. Su vestuario deja mucho que desear y ahora que lo han ratificado en el trabajo tendrá que vestir el cargo. Hubiese preferido comprarse el traje en Valencia, pero le han dicho que Magín es muy barato y que no cose mal.
- Magín, necesitaré una corbata que combine con el traje.
- Por supuesto, pero ese artículo no lo trabajo.
- ¿Y hay alguna tienda dónde comprarla?
- Sí, en el Rabal. Una tienda que se llama Moda de París. Le atenderá una joven, María Dolores Sales pero todos la conocen como Lolita. Dígale que va de mi parte. Le voy a dar un retal para que le elija una corbata a juego.
- No será una aprovechada de esas que te larga el primer bodrio que tenga a mano.
- Tranquilo, señor Gimeno. Puede fiarse y más yendo de mi parte. Además, Lolita es una persona de buen gusto y seguro que encuentra una corbata que combine con el color del traje.

   Vaya, piensa José Vicente, lo que no me había dicho el sastre es que la moza estaba tan rica. Mientras la mira encandilado la joven, que no parece haberse dado cuenta de la insolente manera con la que el hombre la está observando, va comparando corbatas con el retal hasta que aparta tres. Con su mejor sonrisa de vendedora se dirige al cliente a la par que extiende las corbatas en el mostrador:
- Creo que cualquiera de estas tres combina perfectamente con el color y la textura de la tela del traje que le está confeccionando Magín.
   Gimeno mira las corbatas y vuelve a admirar a la joven. En lo primero que se ha fijado es que tiene un tipo rotundo, con las curvas donde debe tenerlas una real hembra. Su mirada se detiene más de lo que debiera en el contorno de los pechos que hacen de la blusa una suerte de montaña rusa. Tiene una cara que, sin ser de una belleza espectacular, es de esas que se te graban en la retina y que no es fácil olvidarlas; en esa cara que le fascina lo que más destaca son unos ojos castaños preciosos. ¡Y sabe sostener la mirada!, no es de las que enseguida baja la cabeza. ¡Y qué boca!, debe de ser una gozada besarla. ¡Y qué piel!, por un momento se ve acariciándola lentamente. ¡Y qué… Interrumpe su mental monólogo la voz de la joven:
- ¿Qué opina?, ¿cuál le gusta más?
- Ah… - Gimeno aparta sus pensamientos y vuelve a centrarse en las corbatas -. Pues Magín tenía razón, me aseguró que tenías muy buen gusto y veo que no se equivocó. Lo cierto es que me gustan todas.
- ¿Entonces se queda con las tres? – la joven no entra en el juego del tuteo.
- ¿Y qué voy a hacer con tantas corbatas? Sólo necesito una.
- Si me permite, le sugiero una solución intermedia. Repetir la misma corbata no es muy chic. Le aconsejo que se lleve, al menos, dos. Una más sería para el trabajo y otra más desenfadada para los momentos de diversión.
- Me parece una buena solución, pero las tendrás que elegir tú, yo no sé distinguir una corbata seria de otra que no lo es. Ya veo que elegir corbata no es tan fácil.

   Al tiempo que Gimeno está de compras, Leoncio le cuenta a su mujer lo que se le ha ocurrido: sugerirle al tío Benjamín que un buen jefe de Falange podría ser el secretario de la cooperativa. Le explica detalladamente los rasgos que concurren en el empleado y que, en su opinión, le hacen un estupendo candidato para el cargo.
- ¿Qué te parece?
- Lo de menos es lo que me parezca a mí. Lo que vale es lo que le parezca a tu tío.
- Eso ya lo sé, pero tú ¿cómo lo ves? Sólo pido tu opinión, mujer.
- Si es tal y como cuentas no parece mala elección. Sólo tengo una duda, mejor dicho dos: si querrá ser y, si lo nombráis, que luego se deje pastorear. La gente suele cambiar cuando le dan un puesto. Acuérdate de lo que dicen: si quieres conocer a fulanito dale un carguito.
- Esas dos dudas, que están bien traídas, las tengo resueltas de antemano. Primero le dejaré entrever que si quiere continuar de secretario será a condición de que acepte lo de Falange. Y lo segundo, más de lo mismo, si no se deja aconsejar pues se le acabó el momio de la cooperativa. Y como ser jefe de Falange no tiene paga, al menos directa, pues ya me dirás que solución le va a quedar.
- ¿Así qué ese puesto no tiene paga? Eso el otro día no lo sabías seguro. Si es como dices, me parece muy bien que le pases el muerto a otro.
- Lo único que me preocupa es que no sé cómo entrarle al tío Benjamín para que lo acepte como candidato. Casi no lo conoce y ya sabes que cuando se le mete una idea entre ceja y ceja...
- Yo creo, Leoncio, que tienes una buena excusa – ante el gesto de ignorancia de su marido la mujer prosigue su argumentación -. La gente critica que los Arbós acaparáis la mayor parte de los cargos. Delante de vosotros no se atreven a decir nada, pero por detrás os crucifican. Si ahora el puesto de jefe de Falange también va a parar a uno de la familia vamos a estar en las mismas. Volverán a repetir que los Arbós son unos acaparadores, todo para ellos. En cambio, si nombraseis a uno que no sea de vuestra sangre, y encima siendo forastero, eso estaría bien visto. Quedaríais de rechupete y al mismo tiempo seguiríais llevando el mulo por el ronzal.
- A veces, Felisa, me pregunto qué haría sin ti.

   La propuesta de su sobrino no le ha hecho ni pizca de gracia a Benjamín. Ni siquiera el argumento que le ha soltado de que la gente les critica porque lo acaparan todo. La gente puede decir misa en arameo, se dice, pero con las cosas de comer no se juega. Si la familia quiere seguir mandando, todos los resortes del poder han de estar en sus manos. Es el primero en saber que su sobrino Leoncio es más bien poquita cosa y que si tuviera enfrente a oponentes de talla se lo merendarían en un plis-plas, pero en un escenario tan pacífico como el de la localidad cualquier tonto vale para el puesto, lo importante es que sea alguien de quien poder fiarse. Mejor que sea uno de la propia sangre.
- No quiero oír más historias, Leoncio. Ve haciéndote a la idea, el próximo jefe de Falange vas a ser tú. ¿O es que tampoco quieres ser presidente de San Isidro?
   Ante la nada velada amenaza, Leoncio repliega velas y agacha la cabeza.
- Haré lo que usted mande, tío.

martes, 28 de octubre de 2014

1.2. ¿Dónde encontrar un mirlo blanco?


   La pregunta que Benjamín Arbós ha formulado a su sobrino Leoncio deja a éste atónito. El desconcierto del hombre es patente. Nunca se le pasó por la imaginación ocupar un cargo político como el de jefe de Falange, ser presidente de la Cooperativa Agrícola de San Isidro ha colmado todas sus ambiciones personales. No sabe cómo decirle que no a su tío, al fin y al cabo lo que es se lo debe a él, pero algo tiene que responder:
- Tío, yo haré lo que usted diga, como siempre, pero ¿cree que serviré para ese cargo? No sé casi nada de la Falange y lo de hablar en público se me da fatal, me pongo muy nervioso y no doy una a derechas.
- Por eso no te preocupes. Aquí de la Falange casi nadie sabe nada. Y en cuanto a dar discursos no tienes por qué hacerlo.
- En la jefatura – interviene Rodrigo – hay algunos libros sobre Falange. Te los lees, que ahí debe de venir todo lo que necesitarás saber.
- Vuelvo a decirles, tíos, que haré lo que manden, pero de verdad que no me veo de jefe. Tengo mucho trabajo con la presidencia de la cooperativa y ahora eso. No sé si voy a tener fuerzas ni tiempo para dos cargos tan peliagudos.
   Benjamín piensa que su sobrino es un flojo, por eso ha creído que podría ser un buen candidato, los blandos siempre son manejables. Lo que no sospechaba era que lo fuese hasta el extremo que se desprende de sus vacilantes protestas. Él sería capaz de llevar no dos cargos sino media docena si fuera necesario. En cambio esta gente joven enseguida entrega la cuchara.
- Ve haciéndote a la idea, Leoncio. Y de esto ni media palabra a nadie, incluida tu mujer.

    En cuanto Leoncio llega a casa, y pese a la recomendación de su tío, le falta tiempo para contar a su esposa la propuesta de Benjamín:
- … y ahora quiere que sea el jefe de Falange. ¿Qué te parece?
   La mujer se interesa primero por los dineros:
- ¿Cuánto te pagarán?
- Me da la impresión de que ese cargo debe ser de los que no tienen sueldo, al menos de manera directa.
- Entonces ya sabes: para ser puta y no ganar na más vale ser mujer honrá.
- Pues ya me dirás como le digo que no al tío. Igual se enfada y me quita lo de la cooperativa.
- ¡Qué corto eres, marido! Lo que tienes que hacer es buscar para el puesto a alguien que creas que le pueda petar… Ya sé, tu primo Gervasio.
- Gervasio no vale. No está apuntado a Falange.
- Bueno, lo apuntas y en paz. ¿No es eso lo que hizo contigo tu tío Rodrigo antes de que te nombraran presidente de la cooperativa? Pues haces lo mismo con tu primo.
- Que te digo que no vale, mujer. Gervasio tiene mucho desparpajo, pero no sabe hacer la o ni con un canuto. ¿Cómo va a ser el jefe de Falange? Si voy con ese nombre al tío me puede correr a gorrazos. Habría que buscar a alguien que no fuera un lerdo y que, claro, sea de nuestra cuerda.
- ¿Pues a ver dónde encuentras un mirlo blanco que le pete a tu tío?

   Encontrar una persona que sea cualificada para el puesto y que pueda gustarle a su tío Benjamín se ha convertido en la obsesión de Leoncio. A medida que ha ido dándole vueltas al asunto ha terminado por concretar el perfil del que podría ser el candidato ideal: que hubiese completado la escuela, mejor aún si fuese titulado, que tuviera mano izquierda, que supiese hablar en público o, al menos, que no le diera miedo hacerlo, naturalmente que estuviese afiliado al partido y, por descontado, que fuese persona que se dejase mangonear. ¿Dónde encontrar ese mirlo blanco al que se refería su mujer? Sigue pensando en ello mientras hojea unos papeles en su despacho de la cooperativa. No es más que un destartalado cubículo lleno de archivadores y de carpetas repletas de documentos y que también se usa de sala de reuniones de la junta directiva. Se abre la puerta.
- Eh…, buenas tardes, Leoncio. ¿Querías verme?
- Hola, José Vicente. Pasa. Siéntate. ¿Qué tal va el trabajo? ¿Necesitas algo?
- Todo va sobre ruedas y no necesito nada, aunque... me vendría de perlas tener una calculadora nueva porque la que hay está hecha una cafetera.
- El próximo día que vayas a Valencia compra una. ¿Estás contento con el trabajo?
- Mucho. Es parecido al del almacén de Las Alquerías, sólo que allí trabajábamos únicamente con naranja y aquí hay muchos más géneros, pero en el fondo no hay tantas diferencias.
- ¿Y qué tal llevas lo de ser el jefe?
- Hombre, eh... Leoncio – da la impresión de que todavía no tiene demasiado claro qué tratamiento debe dar al que es su inmediato superior; su único jefe realmente porque el resto de miembros de la directiva son meros comparsas –, aquí el jefe eres tú, yo sólo soy quien lleva la secretaría, pero siempre siguiendo tus indicaciones.
- Quería decirte que el otro día, después de acabar la reunión de la junta, y cuando ya te habías marchado, se habló mucho y bien de ti: de lo trabajador que eres, de la amabilidad con la que tratas al personal y de que encuentras soluciones a la mayoría de problemas.
- Muchas gracias, Leoncio. Procuro esforzarme para que todo el mundo esté contento con mi trabajo.
- Por lo que he oído entre los socios parece que lo estás consiguiendo, tan es así que quiero que sepas, y lo que te voy a decir no lo comentes con nadie, que en la próxima reunión de la junta directiva vamos a dar por firme tu nombramiento.
- Qué alegría me das. No sé cómo agradecerte cuánto estás haciendo por mí.
- Bueno, bueno - le interrumpe Leoncio -. No tienes que agradecerme nada. El nombramiento te lo has ganado a pulso. Espero que estés muchos años con nosotros y que te sientas a gusto en el pueblo.

   Horas después, comentando Leoncio con su mujer la conversación mantenida con el flamante secretario, recuerda un dato que atañe al empleado de la cooperativa: uno de los requisitos que se le exigía para el cargo era que tenía que estar afiliado a Falange. El joven no puso ningún inconveniente y a los pocos días llevó el carné de miembro del partido. Recordar eso y comenzar a mirar al secretario con nuevos ojos es todo lo mismo. Repasa algunos de sus datos personales: se llama José Vicente Gimeno, nacido en 1919 en las Alquerías del Niño Perdido. Cumple con casi todas las condiciones que considera necesarias para ser candidato a la jefatura: tiene un título, algo infrecuente en el pueblo, es un tipo listo, habla bien, sabe tratar a la gente y, como su puesto depende de la presidencia de la cooperativa, no sería complicado tirarle del ronzal si la situación lo requiriese. El único inconveniente que tiene es ser forastero, pero en el mismo caso estaba Castaño que fue el segundo jefe de Falange del pueblo tras la liberación. Por un momento piensa hablarle de lo de la jefatura, pero enseguida lo reconsidera. Antes de meterse en camisa de once varas mejor será pensarlo detenidamente y discutirlo con su mujer, a  veces tiene buenas ocurrencias. Y también comentárselo a su tío Benjamín, no sea que pueda sentarle mal que haya dado un paso de ese calibre sin consultarle.

   Gimeno, tras haberse despedido del presidente, se ha vuelto al modesto despachito que, junto con un antedespacho más chico todavía y la cochambrosa sala en la que han estado hablando, constituyen todas las instalaciones administrativas de la entidad. Se sienta en un viejo sillón y mira en derredor. Piensa que no es gran cosa, más bien una oficina miserable para un puesto de tres al cuarto, pero peor era su trabajo en el almacén de naranjas de Las Alquerías, ganaba menos y lo más inaguantable era que tenía que soportar el mal humor permanente de su jefe, que le trataba como si fuera una zapatilla vieja. Sabía que en el fondo le tenía celos pues temía que algún día trataría de arrebatarle su puesto ya que no tenía sus conocimientos, ni siquiera un título académico como el que había conseguido estudiando por la noche y con mucho esfuerzo. Lo de ser realmente el jefe – sigue pensando – es lo mejor de este cargo de mierda, eso no se paga con dinero. ¿Y qué si me siento a gusto en el pueblo? Mucho, tanto que en cuanto encuentre un trabajo mejor retribuido voy a largarme corriendo y sin mirar atrás. Estos palurdos creen que esto debe de ser París. Leoncio, tranquilo, que aquí no me voy a hacer viejo. 

viernes, 24 de octubre de 2014

CAPÍTULO I. Dos gallos para un gallinero 1.1. No digas republicanos, di rojos


   Ha transcurrido más de un año del fin de la guerra civil y, aunque las heridas siguen  abiertas, la realidad impone su cotidiano pragmatismo. Es muy difícil vivir mirando siempre el pasado y más aún si fue doloroso. El flujo de la cainita y sangrienta contienda que durante cerca de treinta y dos meses anegó España comienza a remitir. En la ciudad y en el campo, en las zonas que antaño fueron republicanas o nacionales se inicia una tímida y fragmentaria recuperación. Uno de los primeros efectos de ese reflujo es la migración de familias enteras, de unas a otras regiones, en busca de trabajo para tratar de superar una coyuntura en la que la penuria de alimentos, cuando no el hambre pura y dura, se ha convertido en algo endémico.

   A Senillar también llegan los efectos del éxodo interno. De los que se fueron, algunos no podrán volver nunca, otros no quieren, unos pocos prueban fortuna. Entre estos últimos se cuenta la familia Bonet. El padre, Celestino, fue depurado por la compañía de ferrocarriles donde trabajaba como factor de circulación y trasladado a Arévalo. Después de varios años en las frías tierras abulenses, solicitó una plaza en el pueblo y han aprobado su solicitud. Vuelve al mismo destino que tenía antes de la guerra, con alguna que otra diferencia: antes trabajaba para la Compañía de los Ferrocarriles del Norte de España y ahora lo hará para la recién creada Red Nacional de Ferrocarriles Españoles, más conocida por la sigla de RENFE, antes los trenes llegaban con bastante puntualidad y ahora arriban cuando pueden, antes un ferroviario ganaba lo suficiente para que su familia llevara una vida digna y ahora las pasa negras para terminar el mes, antes tenía amigos que ahora ya no están, aunque algunos quedan.

   Celestino se ha llevado una grata sorpresa: uno de sus antiguos amigos en el pueblo y también ferroviario, Antonio Blanquer, se ha salvado de la depuración. Los nuevos mandamases de la nacionalizada empresa de ferrocarriles han respetado su empleo de jefe de estación. Ahora está poniendo a Bonet al día de las vicisitudes que han sufrido muchos de sus viejos conocidos:
- De los compañeros de antes faltan algunos, la mayoría depurados. A unos les echaron de la compañía, a otros les destinaron fuera y hay quiénes están todavía en prisión. Y luego los que fallecieron, entre otros Facundo el fogonero, Agustín el capataz, Filiberto el guardagujas; Vicente el que trabajaba en el depósito… La mayoría, como Agustín y Filiberto, de muerte natural, los demás bajas de guerra – relata Blanquer.
- ¿Qué ha sido de Zoilo? – inquiere Bonet.
- Es uno de los que está en chirona. Le echaron diez años y un día.
- ¿Y por qué lo enchironaron?
- Por ser un activista del sindicato de ferroviarios, por desafecto al Régimen y por no sé cuántas cosas más.
- ¿Y el pobre Agustín de qué murió?
- Dijeron que de una angina de pecho. Desde el día en que bombardearon el convoy que trataban de trasladar al apeadero de Benialcaide no volvió a ser el mismo. Se quejaba de que le dolía el pecho. Una mañana no se levantó.
- ¿Y de su yerno, de Aurelio?, sé que no le fusilaron, me lo dijo un compañero.
- Bueno, lo de Aurelio parece de película. Verás...
   Blanquer le resume la odisea del tal Aurelio. Tras ser condenado a muerte, en los estertores de la guerra, por un tribunal militar como autor de un delito consumado de auxilio a la rebelión entró en capilla esperando ser pasado por las armas. Su familia y  amigos removieron cielo y tierra para lograr que le conmutaran la pena sin conseguirlo. Setenta y dos horas antes de que se cumpliera la sentencia, una hermana monja, de la que no sabían nada desde el inicio de la guerra, se puso en contacto con sus padres y le contaron lo que estaba ocurriendo. La religiosa, que estaba en un convento de Burgos, conocía a una prima del general Yagüe. Movió los hilos precisos y consiguió que el propio Caudillo lo indultara y le conmutaran la pena de muerte por la de cadena perpetua. Y corre el rumor por el pueblo de que podrían reducirle la condena todavía más.
- Como ves, un auténtico milagro. Se salvó del piquete de ejecución por los pelos – remata Antonio su narración.
- En el fondo, Aurelio es un tío con suerte. Con los republicanos…
   Blanquer le interrumpe:
- Celestino, si no quieres tener problemas, has de ir acostumbrándote a llamarles rojos.
- Bueno, pues con los rojos también estuvo a punto de palmarla y gracias a la intervención del médico y de aquel maestro repu…, digo rojo que recaló en el pueblo se pudo salvar. ¿Y qué sabes de su mujer y del resto de la familia?
- Su mujer ya no vive en el pueblo. Como Aurelio está en el penal de Nanclares de Oca, se marchó a Álava con los críos para estar más cerca. Por medio de mosén Amancio consiguió un trabajo en una casa rica de Vitoria. Desde entonces no ha vuelto. Los padres se fueron a Sagunto. Aquí sólo queda su hermana Marina, se casó con Damián, el hijo mayor de los Armenteros.
- Antes me referí a don Manuel Lapuerta, ¿qué es de él, está todavía de médico en Ayora? – se interesa Celestino.
- Allí sigue. Hace menos de un mes me lo encontré en Valencia. Me preguntó por ti.
- Si vuelves a verle, dale recuerdos. Y de mis compañeros de tertulia, ¿qué se hizo de ellos?
- Pues mira, está la partida casi al completo, con don Abelardo el veterinario, Clavé el telegrafista, don José Sanchís el boticario, Esteller el barbero y algunos de los labradores que ocasionalmente venían, como Bosch, Ribes y alguno más que no recuerdo. Por cierto, se me olvidaba, tengo un paquete para ti. Me lo dejó la mujer de Aurelio, antes de marcharse. Dijo que te lo diera de parte de su marido.
- ¿Qué es? – pregunta Bonet al ver el paquete envuelto en papel de periódico y atado con un bramante.
- No lo sé. No me pareció apropiado abrirlo. Te lo entrego tal y como me lo dio Amparo.
   Celestino se emociona cuando, tras desenvolver el paquete, ve su contenido: es la artesanal radio de galena alrededor de la cual tantas horas pasaron durante la guerra escuchando las noticias de la marcha del conflicto. Ahora podrá enterarse de lo que realmente pasa en España, porque de los periódicos sabe que no puede fiarse, sólo publican lo que les permite la censura. Y lo que ésta les faculta es a informar sobre las bondades del Movimiento, pero no les autoriza a insertar una sola noticia que pueda poder en entredicho al Régimen; un ejemplo de ello es que ahora que Franco acaba de cambiar su gobierno no han publicado una sola línea acerca de las luchas soterradas que han mantenido las diversas familias del Régimen: falangistas, tradicionalistas, monárquicos y católicos, aunque el núcleo duro del nuevo gobierno siguen siendo los militares, los únicos de los que realmente se fía el dictador.  
                                                                             *                                                             
   Posiblemente, no tenga nada que ver con los relevos que se están produciendo en el ámbito nacional, pero en Senillar también soplan vientos de cambio. Por ello, el cacique local, Benjamín Arbós, ha convocado una reunión del núcleo duro del sanedrín familiar; están presentes sus hermanos Antonino, Rodrigo, Gonzalo y su sobrino Leoncio Gasulla. Este último es la primera vez que asiste a un cónclave de los patriarcas del clan de su familia materna. Se muestra expectante y orgulloso, es el único de los sobrinos que está presente. Benjamín no pierde el tiempo y entra directamente a tratar el asunto por el que les ha convocado:
- Me han soplado de buena fuente que en la Jefatura Provincial del Movimiento están preocupados por el escaso interés que muestra Rodrigo por el partido – ante el conato de protesta de su hermano, le corta tajante -. Déjate de vainas, te lo he dicho mil veces, no se puede estar en un cargo sólo para figurar. Hasta ahora te he salvado de la quema, pero ya no me quedan cartuchos que gastar. Cualquier día de estos te van a cesar. Y no me preocupa que te echen, te lo has ganado a pulso. Lo que me inquieta es a quién pueden nombrar. No me gustaría que hicieran jefe a alguien que no se dejara aconsejar o, lo que es peor, que le tuviéramos enfrentado.
- ¿En qué estás pensando? – pregunta Antonino.
- En que hemos de adelantarnos a los acontecimientos. Quizá sea la única manera de poder salvar los muebles. Vamos a hacer lo siguiente. Tú – dirigiéndose a Rodrigo – debes dimitir al tiempo que propones a un sustituto. Yo me encargo de mover los hilos en Valencia para que la propuesta llegue a buen puerto.
- ¿Qué propuesta? – vuelve a preguntar Antonino.
- Vaya pregunta. Necesitamos un nuevo jefe que sea de los nuestros – y volviendo la vista a su callado sobrino le espeta -. Y tú, Leoncio, ¿te gustaría ser el nuevo jefe de Falange?

martes, 21 de octubre de 2014

*** Clave VI. La economía



AVISO: el próximo viernes, día 24, se publicará la primera entrega del capítulo inicial de La Pertinaz Sequía.



   En anteriores claves ya dijimos que Senillar era una comunidad volcada en la agricultura, ésta era el principal motor económico del pueblo. Se trataba de una agricultura de regadío y por tanto muy competitiva en una España asolada por la pertinaz sequía y en la que no se podían importar alimentos del exterior. El agro senillense se vio muy favorecido por esa escasez alimentaria y la consecuente aparición del estraperlo o mercado negro. El alza de los precios de los productos agrarios fue espectacular y ello repercutió en el nivel de vida de los labradores, aunque fueran los que menos se lucraron de la situación, la parte de león de las ganancias se la llevaba la interminable cadena de intermediarios que proliferaban entre el campesinado y los mercados.

   Hubo en aquellos años un producto que para los agricultores senillenses fue como descubrir petróleo: el boniato. Este tubérculo, también conocido como batata o camote, se cultiva en gran parte del mundo por su raíz comestible. Es un alimento reconocido como eficaz en la lucha contra la desnutrición debido a sus características nutritivas, facilidad de cultivo y productividad. En Senillar se cultivaba tradicionalmente en los marjales y se utilizaba, sobre todo, como pienso para el ganado doméstico y para elaborar unos pastelillos muy típicos de la localidad, el dulce de boniato. Con la hambruna instalada en las ciudades españolas, de pronto el humilde tubérculo se convirtió en una fuente de nutrientes muy barata y por tanto asequible al bolsillo de la mayoría de ciudadanos. Debido a su enorme productividad este cultivo hizo ricos a los siempre empobrecidos campesinos. Hasta que remitió la pertinaz sequía y se normalizaron los mercados, Senillar conoció un boom económico como nunca. Tuvo que pasar más de medio siglo para conocer otra época tan próspera: la del boom inmobiliario. Durante unos años pareció que un nuevo cultivo, el arroz, podría ser el sucesor del boniato como motor económico, fue cuando se roturó parte del humedal y se convirtió en arrozal, pero resultó ser un espejismo, la salinización del agua debida a la sobreexplotación tornó imposible el cultivo.
   Además del boniato, había otros productos agrícolas que igualmente se cotizaban bien en el mercado. Entre ellos cabe destacar dos, cuyas cosechas solían ser espléndidas. Uno eran los guisantes, otro las almendras. En los primeros años de los cuarenta también ayudó a la economía senillense la humilde algarroba cuyo árbol era abundante en los campos de secano del pueblo donde se usaba para alimentar a las bestias de carga. En la escasez de aquellas décadas la algarroba también pasó a ser utilizada por los humanos al ser un alimento energético, con alto contenido en azúcares, así como en diversos minerales. Incluso llegó a consumirse como sucedáneo del chocolate y del cacao.

   En noviembre de 1950 las Naciones Unidas, bajo la presión de Estados Unidos, revocaron el boicot diplomático a España lo que permitió que el país, pese a continuar siendo una dictadura, fuera admitido en varios organismos internacionales. El hecho de abrirse las fronteras, de que los mercados fueran regularizándose y de que se atenuara la pertinaz sequía fue un golpe brutal para el estraperlo y por ende para la economía senillense. El boniato dejó de cotizarse como si fuera un manjar de lujo, el precio de guisantes y almendras se normalizó y la algarroba volvió a su origen como alimento para mulos y caballos. El producto agrario que, en cierto modo, tomó el relevo de los anteriores como propulsor económico fue la naranja, pero los resultados de la venta de cítricos nunca llegaron a alcanzar el esplendor del modesto boniato.

   Aunque la comercialización de los recursos agrícolas se canalizaba fundamentalmente a través de diversos comerciantes locales, la entidad que manejaba los mayores recursos relativos al agro senillense era la Cooperativa Agrícola de San Isidro. La cooperativa estaba conectada con la Hermandad de Labradores y Ganaderos, encuadrada en la organización sindical. Teóricamente la cooperativa era una entidad privada constituida de forma voluntaria por sus asociados para realizar una tarea económico-social; en cambio las hermandades tenían un carácter público y estaban sujetas a la disciplina del Movimiento. Ambas estructuras eran fundamentales para que el sindicalismo franquista pudiera mantener el control del agro español. En un pueblo agrícola como Senillar dirigir la cooperativa o la hermandad suponía una considerable fuente de poder.

    Dada la abundante producción agrícola, hubiera sido posible la creación de industrias que procesaran algunos de los productos del campo senillense, no fue el caso, lo máximo que se hizo en esa línea fue la instalación de un par de locales donde se descascaraba almendra. Aparte de la agricultura, el resto de sectores productivos de Senillar tenían escaso peso en la economía de la localidad. Existían varios rebaños de ovejas, un par de granjas de cerdos y tres ganaderías de toros cerriles que eran los que se toreaban en las tientas de las fiestas populares. Un sector ganadero escasamente competitivo. La pesca de bajura que practicaban los marineros del barrio marítimo les permitía poco más que subsistir, patroneando embarcaciones equipadas con velas latinas tampoco les permitía adentrarse demasiado en el mar. La industria era, prácticamente, inexistente, lo más parecido a la actividad industrial era un par de obradores alfareros en los que se producían artesanalmente cacharros para el hogar (cántaros, botijos, cazuelas, ollas, jarras, tinajas…) más tejas y ladrillos; estos  obradores antes desaparecieron que evolucionaron hacía la producción cerámica. En cuanto al comercio era irrelevante, se reducía a tres o cuatro almacenes que comercializaban los productos agrarios y poco más.

   Posiblemente, las empresas que empleaban más trabajadores eran los dos paradores que se construyeron en las afueras del pueblo junto a la carretera nacional Cádiz-Barcelona. A partir de los años cincuenta la fuerte demanda europea de productos hortofrutícolas españoles hizo que los agricultores de todo el arco mediterráneo espabilasen y comerciantes y cooperativas se lanzaron a la aventura de la exportación. La red de ferrocarriles aún no se había repuesto de los destrozos de la guerra y, por otra parte, haciendo bueno el lema que años después popularizaría la propaganda turística de “Spain is different”, la red ferroviaria española tenía una singularidad: un ancho de vía diferente al de la Europa occidental, lo que hacía inviable el transporte por tren más allá de los Pirineos. En consecuencia la mentada carretera se convirtió en la gran vía de salida de las cosechas de los enclaves semitropicales de la costa granadina, de los invernaderos almerienses y de la huerta de Murcia y Valencia. La carretera se convirtió en fuente de riqueza para el pueblo.

   Todo lo descrito no bastaba para que la economía de Senillar fuese boyante y, sobre todo, regular. La agricultura suele tener unas expectativas inciertas. Cuando se planta cualquier cultivo nunca se sabe cómo será la cosecha, si excelente o mísera. También se desconoce qué aceptación tendrá en el mercado, si los precios resarcirán al campesino de los gastos efectuados. Más aún, en ocasiones, y eso ocurría con la naranja, se vendía la cosecha del año fiándose de la palabra del comprador y éste desaparecía sin que el confiado labrador viese una sola peseta. Aparte de los senillenses que trabajaban por cuenta ajena y, por consiguiente, tenían el salario asegurado, el resto de la población solo recibía unos ingresos periódicos e inciertos. Todo ello convergía para que la economía local fuese imprevisible y, en cualquier caso, de corto recorrido. Únicamente, empleados aparte, existían unos ingresos regulares que provenían del sector que menos podía esperarse: los jubilados. El Subsidio de Vejez cubría a los trabajadores asalariados y proporcionaba una magra pensión de 3 pesetas diarias. Para tener derecho a la prestación era necesario haber cumplido los 65 años, haber cubierto un cierto número de días de cotizaciones y no realizar ningún tipo de trabajo. Pese a lo modesto de su cuantía, la llamada popularmente “paga de los viejos” se convirtió en el input más destacado para la sostenibilidad de la economía local.

   Como vemos, la economía de Senillar, con la excepción de los años del boom del boniato, se caracterizaba por sus planos resultados, suficientes para asegurar el sustento de los habitantes pero para poco más. Otras de sus características las constituían el ser cíclica e imprevisible. Por eso la estabilidad laboral y económica (un trabajo seguro, unos ingresos fijos…) era uno de los rasgos más valorados en la sociedad senillense.



AVISO: el próximo viernes, día 24, se publicará la primera entrega del capítulo inicial de La Pertinaz Sequía.



viernes, 17 de octubre de 2014

***Clave V. El ambiente social

    En Senillar la vida cultural era pobre y sin demasiados alicientes. El principal foco de cultura se reducía a las escuelas nacionales de enseñanza primaria. Si alguna familia aspiraba a que sus retoños hiciesen el bachillerato, estos tenían que desplazarse a Albalat o a Gandía donde estaban los institutos de enseñanza media más cercanos. Por supuesto ocurría lo mismo para cursar estudios universitarios, había que salir fuera de la localidad.

   Al pueblo llegaba diariamente prensa para una docena de suscriptores y algunos organismos oficiales, la mayoría de diarios eran de Valencia, destacando Las Provincias y Levante, medio que formaba parte de la red de periódicos del Movimiento; también desde Madrid llegaba el ABC. Curiosamente, en el vetusto kiosco de madera existente en el centro del pueblo no se podían encontrar diarios, pero si se vendían revistas, novelas, tebeos y cuentos para la gente menuda. No había biblioteca, pero en cambio abundaban los cafés, bares, tabernas y también había una pensión de mala muerte.

   La radio era el principal medio de información de lo que pasaba por el mundo. En algunas de las casas en las que había un aparato muchas noches se reunían  amigos y vecinos, sobre todo para escuchar a las cupletistas de moda, alguna zarzuela o seguir los primeros seriales radiofónicos y, si se ponía a tiro, oír el “parte”, así se seguía denominando a los informativos; dicho apelativo era una secuela más de la reciente guerra civil. Algunos afortunados que poseían un aparato con onda corta se atrevían a sintonizar la emisora clandestina Radio España Independiente, más conocida como La Pirenaica, cuya audición estaba rigurosamente prohibida puesto que era una vía de información y propaganda del proscrito partido comunista. Otra fuente informativa era el NODO, el noticiario oficial que todas las salas de cine estaban obligadas a proyectar antes de la película de turno y en la que una de las informaciones más repetidas eran aquellas en las que aparecía el Caudillo inaugurando un pantano. Por eso los malintencionados le motejaban, siempre mirando antes quien estaba cerca, como Paco el Ranas.

   La distracción más popular y barata que tenían los jóvenes era pasear al atardecer por la calle mayor cuya denominación oficial era San Antonio, pero que todos conocían como el Rabal. Otro lugar de esparcimiento relevante eran los cines, había dos, cada uno de los cuales contaba con sendos locales: uno cerrado para invierno y otro al aire libre para verano. El local cerrado era un simple salón con el patio de butacas ocupado por hileras de sillas de enea y con un piso superior en el que había unos bancos corridos de listones de madera. Se proyectaban películas los jueves y sábados por la noche, los domingos había una sesión vespertina y otra nocturna. Si alguna película tenía mucho éxito solían reponerla los lunes, algo que no era frecuente.
   Los locales de los cines de verano también se utilizaban como pistas de baile los domingos por la tarde y durante las fiestas. La pista era de cemento y a su alrededor se colocaban unas sillas donde se sentaba el público. En la primera fila solían estar las jovencitas en edad de merecer, en la última la gente mayor. En un lado de la pista había un tablado de madera en el que tocaba la orquesta integrada por músicos  de la banda municipal. En otro lateral estaba instalado un largo mostrador, al que pomposamente llamaban barra americana, y que era donde se servían las bebidas. Los chicos solían quedarse de pie entre pieza y pieza en el centro de la pista o tomando copas. No era costumbre que un joven bailase más de una vez seguida con una moza, eso solo lo hacían las parejas ya prometidas.
   El entretenimiento más esperado por los senillenses, especialmente por los jóvenes, era las fiestas patronales de San Bartolomé que se celebraban a partir del veinticuatro de agosto y cuya duración estaba en función del presupuesto municipal. Los dos primeros días eran los llamados de iglesia, luego venían las jornadas dedicadas a las tientas de toros en el coso de carros que se construía en la plaza Mayor, al bailoteo y a algún que otro acto festivo como la presencia de modestas compañías de zarzuela o de variedades. También había fiestas en enero, por San Antonio, eran festejos que cada año los celebraba una calle aunque participase todo el pueblo.

   El deporte era escaso, únicamente se jugaba al trinquete, la versión valenciana del frontón, y al fútbol que era el deporte rey. Al trinquete se jugaba a mano y curiosamente era un juego al que solo acudían hombres. El fútbol se practicaba en un campo de tierra sin una mala brizna de hierba y en las que las líneas reglamentarias se pintaban con cal el mismo día en que se jugaba un partido que solía ser los domingos. Cuando al equipo local, que pertenecía a la última categoría regional, le tocaba jugar en campo ajeno para el desplazamiento se utilizaba uno de los camiones que hacían diariamente de recaderos entre el pueblo y Valencia.

   Las relaciones entre los jóvenes estaban, aparentemente, muy controladas por la familia, especialmente por las madres en el caso de las jovencitas, los chicos tenían algo más de libertad. Cuando un mozo pretendía a una chica primero tenía que abordarla en el Rabal. La primera señal de que a la mocita le parecía bien el pretendiente era que se ponía en un extremo del grupo de amigas que paseaban por la calle, así se le podía acercar el aspirante, si la jovencita se quedaba en el centro mal asunto. Luego ya paseaban acompañados por alguna amiga de ella o por otra pareja. En el baile de los domingos el joven solo bailaba con su chica y ella, por supuesto, únicamente lo hacía con él. Finalmente, cuando la cosa iba realmente en serio, el chico tenía que ir a casa de su enamorada a “hablar con el padre”, a pedir su permiso para poder “hablar” con la hija y a confirmarle que sus intenciones eran serias. Una especie de pedida de mano a lo rural. Dado el consentimiento paterno, todas las noches el joven iba a casa de la que ya era su novia a charlar con ella y, si la vigilancia materna se descuidaba, a dar algún que otro achuchón a la moza. De vez en cuando más de una pareja se propasaba en sus arrumacos nocturnos y la cosa acababa teniendo que celebrarse la boda antes de tiempo. Lo que en expresión cursilona y púdica de la época se denominaba “casarse de penalti”.

   No era tan infrecuente el hecho de que las parejas se formasen tras la intervención de ambas familias, lo que se llamaba un “arreglo”.  En estos casos contaba mucho lo que cada uno de los jóvenes aportaba al matrimonio. Se contabilizaban las fincas y propiedades de todo tipo que cada uno iba a llevar al nuevo hogar. Por eso estaban tan valorados los hijos únicos, puesto que no tendrían que repartir nada al heredar.
   Generalmente la gente se casaba joven, si la pareja provenía de familia labradora tenía la vida resuelta: seguirían trabajando en los campos familiares junto a sus padres. Si no se dedicaban al campo tampoco tenían mucho qué esperar: tenderos, funcionarios, empleados, gente de los oficios, todos se ganaban más o menos bien la vida. Era muy corriente que una mayoría de parejas celebrasen sus esponsales al volver el chico del ejército o  mili, puesto que el servicio militar era obligatorio.
   Precisamente, la estancia en el ejército era una de las etapas más trascendente para la mayoría de los varones pues solía ser la primera vez que viajaban más allá de alguna localidad cercana a su pueblo natal, y que además cambiaban de quehaceres y de amigos. Se llamaba quintos a los jóvenes que al cumplir la mayoría de edad se iban a hacer el servicio militar y quinta era el conjunto de mozos que habían nacido en el mismo año. Un ejemplo de lo mucho que la etapa militar les marcaba era que cuando a un hombre se le preguntaba la edad no se decía ¿en qué año naciste?, sino ¿de qué quinta eres? A la mayoría los recuerdos de la mili les acompañaban toda su vida y contarlos era uno de los motivos de conversación más manido entre los varones.

   En cuanto a la religiosidad era la propia del llamado nacionalcatolicismo, uno de los ingredientes esenciales de la España franquista. La asistencia a los actos religiosos era poco menos que obligatoria para aquellas personas que eran alguien en el pueblo o que quisieran serlo. Era una religiosidad más superficial que sentida, se trataba de que te vieran. En las escuelas había una jornada dedicada a estudiar el evangelio que se leería el domingo en la iglesia. Todos los niños acudían al denominado “rebañito”, que era la preparación religiosa para tomar la primera comunión. La moralidad ligada a esa manera de practicar la religión era rígida, sobre todo en lo tocante al sexto mandamiento y ciertamente hipócrita.

   Tal y como hemos descrito, a la vida social de Senillar solo se la podía calificar como plana y hasta aburrida y en ella era tan o más importante aparentar que ser.