martes, 18 de marzo de 2014

3.11. Prisma rectangular de barro cocido

   Sergio ha estado reflexionando sobre la última recomendación que le hizo Dimas, cuando le pidió que le aconsejara sobre cómo actuar mejor en su nuevo puesto de capataz. Llega a la conclusión de que nunca se ha detenido a analizar cuanto  sucede alrededor del mundo del ladrillo. Le queda claro que lo primero que precisa es información: ¿por qué se edifica en Senillar ahora y no se hizo antes?, ¿por qué el ritmo de la construcción es tan acelerado?, ¿por qué los precios de los apartamentos se disparan día tras día?, ¿por qué…? Ahora tiene la oportunidad de encontrar respuestas a sus interrogantes. El Ayuntamiento patrocina un ciclo de conferencias, bajo el título de “Senillar, presente y futuro”, que se impartirán los domingos por la mañana y cuya asistencia es gratuita. Su teórica finalidad es explicar, de manera sencilla y al alcance de todos, el fenómeno urbanístico en el que está inmerso el pueblo. El objetivo oculto, al que aspiran las autoridades locales, es extender entre sus convecinos la idea de que la urbanización de la zona costera es lo mejor que le ha ocurrido al pueblo. La encubierta finalidad del gobierno municipal pincha en hueso pues se han equivocado de medio a medio al elegir el conferenciante.

   Pascual Tormo es la persona menos indicada para conseguir el objetivo al que aspira el Ayuntamiento. Es un ecologista moderado y contrario al desarrollismo salvaje que ha invadido su pueblo, pero en estos momentos se debate entre sentimientos encontrados. Es consciente de que es uno de los contados senillarenses con capacidad y prestigio para encabezar un movimiento ciudadano de protesta ante los desmanes que se están produciendo, pero también sabe que hay muchos intereses creados y habrá una parte de del pueblo que, al estar involucrada en los mismos, los defenderá con uñas y dientes. Su propia familia es una de las que está interesada en el proyecto ya que es propietaria de una finca que los constructores han intentado comprarles en varias ocasiones. Además, como suele ocurrir en las pequeñas comunidades, están los lazos de parentesco, su madre es prima de Javier Blasco, el alcalde. Ninguno de esos argumentos logra calmar su desasosiego por no adoptar una actitud más valiente en contra del urbanismo desbocado que se está viviendo.

   Un conocido le ha comentado a Sergio que Tormo es un tío brillante y que tiene gran claridad expositiva. Sergio no lo duda y se inscribe. No sabe si va a encontrar las respuestas que busca, pero decide asistir a un par de charlas y en función del resultado optará por continuar o no. Como comienza a conocer bien las reacciones de Lorena y presume que no entenderá su verdadera motivación le da otras razones sobre su inscripción.
- Estas majara, ¿a quién se le ocurre ir un domingo a escuchar no sé qué rollos? Estarías mejor descansando que falta te hace y echándome un polvo mañanero que siempre sabe a gloria.
- No creas que me apetece ni tanto así, pero me lo ha sugerido el señor Francisco – prefiere citar a su patrón y no a Dimas - y no puedo desairarle. Le debo mucho.
- No le debes nada – salta como una tigresa Lorena -, lo que se dice nada de nada. Lo que te paga te lo ganas y bien ganado. Lo que tendría que hacer el Francisco es cotizar mejor las horas extras y no chupar la sangre a pipiolos como tú.

   Pascual Tormo, además de impartir lengua española y literatura en el CEU valenciano, dedica unas horas algunos fines de semana a dictar pequeñas charlas para elevar el horizonte cultural de sus convecinos. Lo hace de forma voluntaria y gratuita. Cuando el Ayuntamiento le propuso el tema del ciclo se sorprendió de que hubiesen pensado en él. Suponía que era de dominio público su apoyo a los movimientos ecológicos. No sabe si la invitación es porque los integrantes del gobierno municipal desconocen su faceta de conservacionista o porque buscan una voz crítica que compense, de alguna manera, el laissez faire, laissez passer de los políticos locales en cuanto atañe al urbanismo.
   Tormo, dejando a un lado sus prejuicios, decide que explicará a sus escasamente letrados alumnos lo que es el boom inmobiliario y todo lo que supone para el pueblo, la región y el país, tanto en sus aspectos positivos como negativos. Como acostumbra, en la primera charla inicia la exposición lanzando un anzuelo para concitar la atención de sus oyentes:
- Os propongo un acertijo, a ver si lo acertáis. ¿Sabéis qué es un prisma rectangular de barro cocido cuyas dimensiones permiten que se pueda manejar con una sola mano?
   Generalmente no hay respuestas a sus preguntas, sin embargo, y ante su sorpresa, un chico, a quien no conoce e inusitadamente joven en contraste con sus alumnos habituales, levanta la mano.
- Creo que es la definición del ladrillo.
- En efecto, el ladrillo. De él trata, en buena medida, el contenido del ciclo. Otra pregunta, ésta mucho más difícil. La palabra boom, que a muchos os sonará, es de origen inglés, ¿qué traducción tendría en español?
- Auge, también podría traducirse por expansión – responde el mismo joven de antes.

   Tormo esperaba que nadie supiera lo que significaba el anglicismo, el que al menos uno de los asistentes lo sepa le hace pensar que la media cultural del alumnado está creciendo.
- Acertada traducción. Bien, las palabras sobre las que he preguntado no son más que un mero pretexto introductorio a nuestro tema: el auge inmobiliario y su impacto en la sociedad civil. Como de costumbre, podéis interrumpirme en cuanto tengáis una pregunta que formular. ¿Alguna duda?
   Ante el silencio del auditorio, Tormo prosigue su explicación:
- Primero, una somera introducción. España siempre fue un país más bien pobre, con un paro muchos puntos por encima de la media europea y con escasa capacidad competitiva. A finales de los sesenta, la economía autárquica… –  hace una pausa, piensa que no debe utilizar vocablos que con toda seguridad no conoce su alumnado, por ello se apresura a rectificar – o, mejor dicho, la economía del tipo de Juan Palomo, yo me lo guiso yo me lo como, que había primado durante el franquismo se fue diluyendo en la medida que el país se fue abriendo al extranjero y el capital foráneo comenzó a invertir en nuestra nación. Fue con la llegada de la democracia cuando comenzó a fraguarse lo que ha venido a llamarse el milagro español, que no es otro que el espectacular crecimiento económico que se está produciendo. El país, que retraté antes en cuatro brochazos, está cambiando a ritmo vertiginoso. El dinero fácil, consecuencia del crédito barato, genera un auténtico derroche consumista. La amplia demanda de todo género de productos exige una intensa actividad industrial y comercial, lo que provoca una abundante oferta de puestos de trabajo. Y, sobre todo, el espectacular crecimiento inmobiliario se ha convertido en el principal motor de la nueva economía. Ese rosario de causas y efectos convergen en conseguir el logro de ese llamado milagro…
   La mayoría de los asistentes se aburren, son contados los que entienden todo cuanto el universitario les está explicando, Sergio es uno de esos pocos.

viernes, 14 de marzo de 2014

3.10. Sergio promociona

   El señor Francisco, subcontratista para el que trabaja Sergio, le ha mandado llamar. Lo recibe en el cuartucho al que socarronamente llama su despacho.
- Pasa Sergio, siéntate. ¿Un cigarro o prefieres un purito canario de los que yo gasto que son cosa fina?
- Gracias, señor Francisco, con los puros todavía no me atrevo.
- Vamos al grano que el tiempo es oro. Te he llamado porque quiero decirte dos cosas. La primera es que estoy muy satisfecho contigo. Según me cuenta Dimas en este año y pico que llevas con nosotros te has portado con mucha profesionalidad. Has demostrado ser un tipo serio, responsable y con redaños.  
- Muchas gracias otra vez, señor Francisco. No sabe cuánto significan para mí sus palabras. La verdad es que el trabajo nunca me asustó y procuro arrimar el hombro todo lo que haga falta.
- Sí, señor. Eso es lo que asegura Dimas que, además, añade que eres el mejor de su equipo. De ahí la segunda cosa que quiero decirte. Me he quedado con la subcontrata de la instalación de los nuevos bloques de la última promoción de BACHSA. Y, por tanto, necesito montar otra cuadrilla de instaladores. Voy a contratar a unos rumanos que dicen que trabajaban de electricistas allá en su tierra, pero no me fío mucho de esos extranjeros, casi todos se dan muchos humos de que si han hecho esto o lo otro, pero luego en cuanto les pones al tajo resulta que para montar una simple caja de conexiones se hacen la picha un lío. Además, está el problema del idioma. Según ellos aprenden pronto el español porque dicen que su lengua tiene el mismo origen que el castellano, pero de momento solo se enteran de una de cada cuatro cosas que les dices. Te cuento todo esto porque Dimas asegura que, de todo el personal, tú eres el mejor preparado para entenderte con los dichosos rumanos. Por eso, y por todo lo demás, he resuelto nombrarte capataz del nuevo equipo. Tendrás más obligaciones, pero también ganarás más billetes, no tanto como los otros capataces, pero todo se andará.

   A Sergio la propuesta le deja sin aliento. Capataz y con solo veintiún años. Un sentimiento de orgullo le baila por todo el cuerpo. No sabe cómo reaccionar.
- Señor Francisco, esto no me lo esperaba. No sé qué decirle.
- No hay nada que decir. Esta noche te pasas por aquí y te presentaré a los  rumanos. Tendrás que fijarte bien en si valen o no. Y el que no dé el nivel a la puta calle, aunque debes de ir con tiento y tener paciencia antes de largarlos porque encontrar buenos operarios se está convirtiendo en un problema de tres pares de cojones. La chica de administración te dará luego la relación con sus nombres.
- Señor Francisco, ¿usted cree que sabré hacerlo bien? – pregunta el joven que todavía no acaba de asimilar su ascenso laboral -. Y encima con extranjeros.
- Claro que sí. Dimas tiene buen ojo para calibrar al personal y si te ha señalado con el dedo por algo será. Y ya que citas a los extranjeros. Ninguno de esos rumanos tiene los papeles en regla, por tanto tendrás que andarte con mucho ojo por si vienen los hurones de la inspección de trabajo. En cuanto veas a alguien trajeado, que no conozcas, acercarse al tajo los largas o los camuflas a toda pastilla. Que ya me abrieron un expediente el año pasado y todavía está el abogado presentando recursos en lo del laboral, que me traen frito con tanta documentación como piden. Y con una vez que te coja el toro hay más que suficiente.

   En cuanto Sergio llega a casa se apresura a darle la buena nueva a Lorena.
- Mi amor, siéntate porque tengo una sorpresa que darte que te puedes caer de culo.
- Yo también tengo otra – es la respuesta de la joven -, y como eres tan galante y siempre dices que las señoras primero me toca dártela la primera. Por tanto, el que se tiene que sentar eres tú.
   Lorena entra en la cocina y sale con una bandejita de plástico, de esas que venden en los bazares chinos de todo a cien, encima de la cual hay dos vasos, copas todavía no tienen, y una modesta botella de cava de Utiel-Requena. La abre, llena los dos vasos del espumoso y brinda:
- Por el capataz más guapo, más joven y más guay de España.
- ¿Ya lo sabes? – se sorprende Sergio -, ¿cómo es posible? Si me lo acaba de decir el señor Francisco.
- Hace veinticuatro horas que lo sé. Me lo dijo anoche Verónica, se lo contó el Francisco. No sé de dónde saqué el cuajo para no habértelo contado antes, pero quería que lo oyeras por primera vez de labios de tu jefe. Pero no seas pasmao, coge el vaso y brindemos. Por el capataz más molón del mundo mundial.
   A Sergio que su pareja conociera la noticia antes que él le ha molestado, no sabe muy bien por qué, pero no le ha gustado porque esa anticipación hace que le entren dudas sobre si los auténticos motivos de su promoción profesional serán los que enumeró su patrón o tendrá algo que ver el hecho de que Verónica sea, por una parte, sobrina del señor Francisco y, por otra, una de las mejores amigas de Lorena. Todavía está dándole vueltas a la molesta sospecha cuando la muchacha, de un salto, se enrosca en su cuerpo, pega su boca a la suya y le introduce la lengua hasta la glotis. Ahí se acaban las conjeturas del novel capataz y comienza el preludio de una tórrida unión.

   Al día siguiente Sergio madruga, quiere llegar a la obra antes de que aparezcan los operarios, prefiere darle las gracias a Dimas sin demasiados testigos.
- Dimas, no sé qué decirte y cómo decirlo para que sepas lo agradecido que te estoy. Sé perfectamente que sin tu ayuda, tus consejos, tu ejemplo y también con la paciencia que mostraste conmigo al principio nunca hubiese aprendido el oficio con tanta rapidez. Y, por supuesto, gracias de todo corazón porque sin tus informes y tu apoyo el señor Francisco nunca me hubiese nombrado capataz, a mí que soy uno de los últimos en llegar a la empresa. Nunca te lo agradeceré bastante.
- Estudiante, ¿no te has pensado lo de meterte a político? Lo digo porque tienes un pico de oro que da gusto escucharlo y que para decir algo en el que basta con una palabra, tal cual gracias, empleas más de un centenar. Lo dicho, en política ibas a hacer un carrerón, piénsatelo. Y no, no tienes que agradecerme nada. Lo que tienes te lo has ganado a pulso.
- No pienso llevarte la contraria, pero tú y yo sabemos que en la empresa no se mueve ni un pelo sin que tú lo hayas supervisado. O sea que gracias, una y mil veces – al ver el gesto del capataz jefe, Sergio cambia su discurso –, y te prometo que no lo voy a volver a repetir más, pero sí hay algo que quiero preguntarte ¿qué consejo me das para hacerme con la gente de la cuadrilla? Te lo pido por favor porque de mi nuevo puesto no sé un pimiento.
- Lo de dar consejos me repatea casi tanto como lo de los agradecimientos, pero bueno, ahí va un ramillete de ellos – Dimas hace una breve pausa para ordenar sus ideas -. No mandes nada que tú no sepas hacer. No le grites a la gente, cuando tengas que abroncar a alguno de tus oficiales hazlo mirándole a los ojos y hablando en voz baja y grave. Si exiges puntualidad debes ser puntual. Si pides eficacia haz de ser eficaz. Y antes que nada debes ser paciente y más en tu caso con una cuadrilla de extranjeros. Y ya está bien, que cuanto más viejo me hago más me parezco al consultorio de la señorita Francis. Ah, una última recomendación, creo que para redondear tus conocimientos sobre el mundo de la construcción y cuanto le rodea te resultaría útil asistir a un ciclo de conferencias que van a dar próximamente en el pueblo. Y ahora vete de una puta vez que los rumanos te estarán esperando.

martes, 11 de marzo de 2014

3.9. ¿Qué hacemos con el negro?

    Los cuatro socios principales de BACHSA están reunidos, han de solucionar un problema que les preocupa hace tiempo y que tiene su origen en el dinero negro que, cada vez en mayores cantidades, llega a sus arcas. Es una práctica habitual que muchos compradores abonen parte de la cantidad que dan como entrada del precio de los apartamentos en dinero be, operación con la que ambas partes se benefician. El vendedor puede ocultar un porcentaje de sus ingresos a la hacienda pública, lo que se traduce en menores impuestos. El comprador escritura su vivienda por menos dinero del que le ha costado con lo que también tributará menos. Todo el mundo conoce tales prácticas, pero también todos simulan que la ignoran. Es la España de los pícaros de siempre, solo que ahora con la ingente cantidad de dinero que mueve el ladrillo la economía sumergida se ha convertido en un filón de oro para unos pocos.

   El problema no es tanto la existencia de ese dinero opaco al fisco, ni siquiera como blanquearlo, sino como conseguirlo al menor coste posible. Dadas las enormes magnitudes monetarias que manejan los constructores el problema se complica. Por ello, las entidades encargadas de convertirlo en dinero lícito les están apretando las tuercas y periódicamente les cobran mayores comisiones. Y de eso se lamentan los señores del ladrillo.
- Os he convocado – informa Bricart a sus socios – porque desde Cajaeuropa me han comunicado que, sintiéndolo mucho, han de volver a incrementar los aranceles que nos cobran por el blanqueo.
- ¿Cómo qué aranceles? – inquiere Cardona poniéndose en plan sarcástico -. Si no recuerdo mal un arancel es el tributo que se aplica a los bienes que son objeto de importación o exportación. Habrán querido decir la comisión o el corretaje que nos cobran por sus servicios ad hoc.
- Naturalmente que se refiere a las comisiones, pero ese capullo de Moltó si no utiliza un eufemismo no queda satisfecho. ¡La leche que le dieron!
- Que lo llame como le salga de los mismísimos, eso me la suda, lo que sí me jode es que cada vez exigen mayores primas y eso empieza a no tener ni medio pase pues – apostilla un cabreado Arechabaleta.
- También yo estoy hasta los huevos de esas sanguijuelas de Cajaeuropa. Al ritmo que nos sangran vamos a terminar trabajando para ellos – se queja un igualmente irritado Bricart.
- Y eso que el mamón de Moltó asegura que nos dispensan un trato de favor, que para eso somos clientes vip. ¡Pues que no les cobrarán a los demás! – se lamenta irónicamente Rodrigo Huguet.
- Lo que tenemos que hacer es lamentarnos menos y buscar soluciones. Intermediarios que blanqueen los hay a puñaos y a buen seguro que con menos pretensiones que los buitres de la caja pues – asegura Iñigo Arechabaleta.

   Juan Antonio Cardona, el más placeado de los socios en el ámbito internacional, echa su cuarto a espadas:
- Ya os he comentado en más de una ocasión que podemos prescindir de la caja en cuanto queramos. Como dice Íñigo hay otros canales para el lavado cuyo coste puede ser menor, pero que presentan o pueden presentar otros tipos de problemas.
- A mí no me importa que haya problemas siempre que los porcentajes que se lleven sean asumibles – apunta Bricart.
- ¿A qué clase de problemas te refieres, Juan Antonio? – quiere saber Huguet.
- Hay, principalmente, dos. Uno es la fiabilidad que puede tener el operador. El otro, que algunos de esos intermediarios, en determinadas situaciones, pueden ser potencialmente peligrosos.
- A ver, lumbrera, habla en cristiano que, cuando te pones en plan de universitario yanqui, no te entiende ni Dios – exige Arechabaleta, de forma tan abrupta como acostumbra -. Explícanos que hay que entender por fiabilidad y en qué pueden consistir los potenciales peligros pues.
- En esta clase de operaciones, como sabéis bien, hay escaso papeleo porque un dato fundamental es dejar el menor rastro posible. En consecuencia, lo más importante es el grado de confianza que te merezca la entidad o las personas que llevan a cabo el lavado. En definitiva, su fiabilidad. Todos conocemos a algún que otro colega a quien le han metido un pufo del carajo en una operación de este tipo por fiarse de quien no debía. De ese riesgo cierto es del que se aprovechan entidades como la caja, que cobran a precio de oro su probada fiabilidad al ser consideradas sociedades digamos respetables.
- Eso ya lo sabíamos, lo que quiero que nos aclares es lo de los potenciales peligros – insiste Arechabaleta.
- Como tampoco desconocéis existen redes que se dedican a blanquear en paraísos fiscales y a costes que podríamos calificar como razonables. Algunas de esas redes están en manos o conectadas con distintas mafias, especialmente con las italianas y las rusas. Tratar con esa clase de socios, sobre todo en el supuesto de que, en algún momento, crean o simplemente sospechen que les has engañado, es jugar con fuego. Como te pasen factura no es que te envíen al cobrador del frac precisamente, sino a alguno de sus sicarios. Y si consideran que has jugado sucio con ellos o, peor aún, que les has engañado no se limitan a partirte las piernas o algo parecido, sino que te liquidan. ¿Ha quedado claro lo de los peligros? – pregunta un sardónico Cardona.
- Yo tengo otra duda sobre el tema –plantea Huguet -, ¿qué pasará con todo esto cuándo entremos en el euro? Porque, como aquel que dice, estamos ya a la vuelta de la esquina de entrar en la moneda común y las normas comunitarias supongo que algo tendrán establecido sobre la cuestión. Y si me apuras más que las resoluciones europeas lo que quiero saber es que puede suponer el euro para la economía sumergida.
- Esa es la pregunta del millón, pero de momento no hay una respuesta clara o, al menos unívoca – al ver la mueca de Bricart, Cardona se apresura a clarificar -. Quiero decir que los economistas no se ponen de acuerdo en lo que podrá suponer el euro para la economía sumergida y todos sus derivados. Unos opinan que Bruselas se encargará de yugularla, otros que será más fácil eludir el dogal de las leyes comunitarias y hay quienes afirman que todo seguirá igual.
- ¡Joder, con los economistas de los cojones! – exclama Bricart -. Esos tíos son como la Parrala, unos decían que sí, otros decían que no. ¿Y para eso se han pasado la tira de años estudiando?
- Bueno, ¿pues entonces qué hacemos, seguimos con los chupasangres de la caja o buscamos otras salidas? – quiere saber Arechabaleta.

   La discusión es ardua pues hay posturas enfrentadas. Huguet es partidario de continuar el blanqueo con la caja por aquello de que más vale malo conocido que bueno por conocer. Bricart y Arechabaleta se muestran hartos de la prepotencia de los banqueros y prefieren probar nuevos caminos. Cardona duda. Al final, llegan a una componenda: continuarán con la caja, pero renegociando una sensible rebaja de la intermediación; si la caja no accediera entonces sería la hora de buscar nuevos canales.  
   Días después vuelven a reunirse. Gaspar Moltó, el vicepresidente ejecutivo de Cajaeuropa ha comunicado que la dirección se niega a rebajar los costes de intermediación, que la entidad también corre sus riesgos y eso exige una comisión congruente. Vista la negativa deciden tantear el nebuloso mundo de la ingeniería financiera para encontrar nuevos socios para el lavado. Cardona, dado su dominio del inglés, es el encargado de la búsqueda. En mitad de sus averiguaciones, Bricart les informa que ha encontrado un posible intermediario.

viernes, 7 de marzo de 2014

3.8. En Roma compórtate como los romanos

   Como de algún modo le vaticinó su abuelo, Sergio ha terminado por aceptar como algo normal recibir parte de su salario en dinero negro, el que le pagan por las horas extras, y sus reticencias sobre la licitud de tal práctica han dejado de inquietarle. Dinero que Lorena gasta con la misma rapidez con que él lo gana. Al joven eso no le preocupa en absoluto. Ha visto cumplidos sus más deseados sueños: la mujer de la que está profundamente enamorado duerme a su lado, tiene un trabajo con el que gana más dinero del que nunca imaginó, es considerado por sus jefes y compañeros, tiene una casa a la que puede llamar suya puesto que es él quien paga el alquiler y los demás gastos y, pese a que el piso no es una mansión precisamente, se siente en él como el amo y señor de la casa. Solo una sombra oscurece el panorama: sus padres siguen enfadados con él y, por el momento, se han negado a visitarles. En cambio, su abuelo Andrés lo sigue apoyando y de vez en cuando le recuerda aquello de que solo se vive una vez.

   En cuanto a Lorena, su vida en común con Sergio le ha hecho matizar algunas de sus primeras intenciones sobre el chico. Si lo sedujo fue para utilizarle como una solución de emergencia a su plan de independizarse de su familia, y lo hizo a pesar de que le consideraba infantil, relamido, ingenuo, apocado y blandengue. La convivencia también le ha hecho modificar el concepto sobre su pareja y en ello ha influido notablemente el dinero, más cuantioso de lo que esperaba, que el joven ingresa, sobremanera desde que hace un montón de horas extras. La joven sigue viendo a Sergio infantil e ingenuo. Apocado menos, porque no hay nada que espabile más que la necesidad. Y en cuanto a blando, Lorena intuye que uno es como es y que hay rasgos del carácter que son poco menos que imposible cambiarlos, aunque en ocasiones admite que también es posible que no sea así.

   Otro de los atributos que Lorena adjudicaba a Sergio era el de relamido. Es en el que más ha podido influir la muchacha. Y buena prueba de ello es la velocidad a qué está cambiando el chico, no solo de hábitos de vida sino hasta de su manera de hablar. Este es un aspecto en el que Lorena pone un especial empeño porque el vocabulario de Sergio es continuo motivo de cachondeo por parte de sus amigas. Se ha empecinado en que cambie su habla de señorito, como tantas veces le tilda y, como en otros muchos aspectos del modo de comportarse de Sergio, lentamente va ganando la partida. El correcto y atildado lenguaje del joven se resiente y se bate en retirada ante la arrolladora fuerza del barriobajero léxico de Lorena que no pierde ocasión de zaherirle, como en aquella ocasión en que, al acabar de tener la apasionada unión de cada noche, Sergio no pudo menos que exclamar:
- ¡Cada día soy más feliz haciéndote el amor!
- Te quiero mucho, churri, pero tengo que decirte que eres más cursi que un repollo con lazo. Eso de hacer el amor ya no lo dicen ni en las telenovelas. Lo que acabamos de hacer es follar o echar un polvo o, si lo quieres decir en plan salvaje, joder, ¿pero hacer el amor? Pues no es antiguo eso ni nada, más que la gaseosa con bolita.
- Cariño, no lo puedo remediar. Eso de follar o echar un polvo – la palabra joder Sergio ni se atreve a mencionarla – me parecen unas ordinarieces de mucho cuidado. ¿No es mucho más bonito y hasta poético lo de hacer el amor?
- Mira, guapín de cara, tú dilo como quieras, pero hazme el favor de no hacerlo delante de mis amigas porque me pones en ridículo.

   En lo del cambio del lenguaje de Sergio no solo ha influido Lorena, los compañeros de trabajo también han tenido algo que ver.
- ¡Mecagüen la hostia puta, ¿quién ha sido el cabronazo que ha hecho esta  cagada de acometida?
- Santi, ¿será posible que no abras la boca sin meter media docena de palabrotas? – recrimina Sergio a su compañero de tajo.
- ¡No te jode el Estudiante!, yo hablo como lo que soy, un currante, y no como los señoritos de secano como tú. Y si no estás de acuerdo pues a protestar al maestro armero, como dicen en la mili.
- Hombre, Santi, no te enfades – replica apaciguador Sergio -. Claro que puedes hablar como te pete, pero una cosa son los tacos y otra las blasfemias. Y lo digo porque lo de hostia puta sobraba.
- Oye, gilipollas, te repito que hablo como me sale del nabo y no vas a ser tú, quien venga a enseñarme lo que puedo o no puedo decir. Y si vuelves a meterte con lo que digo te vas a ganar una mano de hostias – el tono de Santi es por momento más alto, tanto que llama la atención del capataz.
- ¿Se puede saber qué coño pasa? – inquiere Dimas.
- Aquí, el Estudiante que está empeñado en que hablemos como las monjas ursulinas.
- No es cierto, Dimas, me he limitado a señalarle a Santi que una cosa son los tacos y otra las blasfemias y… - Sergio se ve interrumpido por el capataz.
- Ven conmigo, rapaz. Y tú, Santi, aplícate y deja al chaval en paz.
   Sergio le cuenta al capataz el rifirrafe con su compañero.
- Tampoco es para tanto, Estudiante. Aquí estamos a lo que estamos y no para cogérnosla con papel de fumar. Si el Santi es un mal hablado, que lo es, no es tu problema. O sea, que si no te gusta lo que dice te pones tapones en los oídos, pero problemas por si habla así o asá o como le salga de los huevos ni uno. Esto es una orden, el consejo es que no sigas por ese camino porque si continúas así te vas a ganar la ojeriza del personal y, a lo peor, hasta algún guantazo y no voy a ser yo quien te sirva de parapeto. Aplícate el cuento y déjate de historias.

   Sergio siente un gran respeto por Dimas, le considera un hombre recto y justo, por eso su rapapolvo le ha dolido más. Cuando al atardecer llega a casa le cuenta a Lorena el incidente y la inesperada, para él, reacción del capataz.
- Si es que el Dimas tiene más razón que un santo, churri. ¿A ti que demonios te importa si el Santi suelta tacos? No sé cuándo vas a enterarte que ya no estás en tu colegio de curas.
- No es eso, cariño, lo que me molesta es que suelte blasfemias sin venir a cuento y lo de la hostia puta es una de las más suaves que emplea. Tendrías que oírle.
- Mira, monín, eso de que no hay que decir blasfemias es una cosa de cuando nuestros tatarabuelos. Hoy en día la gente las escucha como el que oye llover, ni puto caso. Lo que pasa es que tú eres una rata de sacristía y todavía se te nota el pelo de la dehesa. Pues ya va siendo hora de que te comportes como los hombres de pelo en pecho. Mi padre dice que a un hombre así se le conoce porque huele a tabaco y vino y habla como un carretero. A ver si maduras de una puñetera vez.

   Unos días después, en una de sus habituales visitas a su abuelo, Sergio también le cuenta el rifirrafe tratando de encontrar el apoyo que no halló en su pareja.
- Verás, hijo, ser un mal hablado siempre se ha visto mal, aquí y en la China, pero entiendo la reacción del Dimas. En la obra estáis para sacar adelante la faena y no para enredaros en cómo habla el personal. Lo que quiere el capataz es que no haya problemas en el tajo, ni rencillas entre los compañeros, por eso el consejo que te ha dado creo que viene a cuento. En cuanto a lo que opina el padre de tu chica sobre los hombres de pelo en pecho es una mamarrachada. Ya te dije la primera vez que me preguntaste sobre los Vercher que el padre me parecía un hombre sin mucha sustancia y lo que cuentas me lo confirma.
- Pero, abuelo, una cosa es hablar mal y otra muy distinta blasfemar.
- No lo discuto, Sergio, pero supongo que todos o, al menos, la mayoría de tus compañeros de obra tienen una formación muy elemental y su vocabulario incluye toda suerte de juramentos, palabrotas y hasta blasfemias. Y eso tú no lo puedes cambiar. Lo que tienes que hacer es aplicarte el viejo proverbio: cuando estés en Roma compórtate como los romanos.

martes, 4 de marzo de 2014

3.7. Los sin papeles

   El dilema de contratar o no a extranjeros sin papeles lo resuelve el señor Francisco en cuanto le pregunta a su capataz qué haría él. Dimas parece tenerlo claro:
- Jefe, yo nunca pregunto al personal cómo está contratado y sí tienen papeles o no. Eso no es de mi competencia. Bastante tengo con que acudan todos los días al tajo y cumplan con su horario y su tarea. Y no me importa si son del país o vienen de las quimbambas, mi obligación es que las instalaciones se hagan cómo están en plano y cumpliendo las fechas previstas.
- No te enrolles, Dimas, que casi pareces un político. Lo que te pregunto es si te reafirmas en que necesitas más gente.
- Repito lo que he dicho, si los montajes han de estar acabados en las fechas que quiere el arquitecto, sí señor, necesito más personal.
- Bueno, pues esa respuesta decide la cuestión. Vuelve donde Medina y explícale la clase de gente que necesitas y que los busque cagando leches. Si tienen permiso de trabajo, mejor, si no pues que los contrate igualmente. Eso sí, apretarles las tuercas para que nos salgan lo más baratos posible. Y entre  Medina y tú aleccionarlos un poco por si llegan los cabrones de la inspección.

   En el tajo ocurre lo mismo que en el pueblo, que todo se acaba sabiendo. En seguida se corre la voz de que el patrón ha ordenado que se contraten extranjeros, aunque no tengan permiso de trabajo, y que todos estén atentos por si llega una inspección.
- Señor Dimas – al ver el gesto del capataz Sergio se apresura a rectificar -, perdón, Dimas ¿por qué el señor Francisco le tiene tanto miedo a la inspección de trabajo?
- Eso no te lo enseñaron en la universidad, eh – se burla el capataz -. Pues porque todos los trabajadores han de ser legales. Si los inspectores cogen a gente sin papeles levantan un acta y te ponen una multa por cada persona que encuentran en la empresa trabajando de manera irregular.
- Antes de que actúe la inspección habría que solucionar el problema de los emigrantes en situación irregular – afirma Sergio como muy convencido -. ¿Por qué no hay gente que lo denuncie?
- ¿Pero de qué guindo te has caído, muchacho? ¿A quién coño puede interesar denunciar a un currante sin papeles? Si eso sucede, lo que se consigue es que el extranjero se quede sin trabajo y la policía tiene que tramitar el expediente de expulsión del irregular. ¿Quién gana con todo eso? Nadie.  
- Bueno, ganan los derechos humanos de los emigrantes – afirma Sergio muy en plan de hombre concienciado con los derechos civiles.
- Has de aprender mucha gramática parda, chaval. Eso de los derechos humanos queda muy bien en los papeles y para el bla, bla, bla de los políticos, pero a la pobre gente que se ve forzada a emigrar no les da de comer. Con la urgente necesidad de mano de obra barata que tenemos en los tajos a nadie interesa remover el asunto de si los extranjeros son legales o están aquí de extranjis. Las empresas presionan, las comunidades autónomas hacen como que no se enteran y los partidos políticos, los sindicatos y el gobierno miran a otra parte. Yo no soy más que un currante, pero lo veo tal y como te cuento. Por otra parte hay que considerar que a los sin papeles les pagan poco, pero al menos tienen un trabajo que en su país no tenían.
- Tu argumentación, Dimas, me parece propia de un capitalista de lo más duro y lo de que todo el mundo se llama andana ante el problema no es cierto. El otro día oí en la tele a un líder sindical que denunciaba la situación de los inmigrantes irregulares.
- Hombre, eso está en su papel, pero lo hacen con la boca chica, a la hora de la verdad callan y, ya sabes, el que calla otorga. Y un consejo, chavea, esas ideas tuyas sobre los pobrecitos extranjeros no vayas largándolas por ahí porque no ganarás muchos amigos. Y ten en cuenta algo que te afecta: si el Francisco nos paga un buen dinero es porque a los moros que tiene les paga mucho menos. O sea que ¡ojo al cristo que es de plata!

   Las empresas no parecen tener problema alguno de xenofobia. A la hora de contratar a inmigrantes no hacen distingos por razón de origen, raza o de cualquier otra clase de condición. Lo que valoran es su capacidad de trabajo y su nula voluntad de protestar sobre las condiciones laborales a que se ven sometidos. Otra cosa diferente es como les tratan los compañeros del país. Suele haber de todo, como en botica. Precisamente, Dimas tiene entre manos un problema de ese tipo con uno de sus oficiales que hace de cabeza de una de las cuadrillas.
- Oye, Correa, me tienes hasta los cojones, ¿qué coño es eso de que no quieres trabajar con el mojamed nuevo que hay en tu cuadrilla? ¿Tú que crees, que esto es un casino de pueblo de los de antes en el que solo podían entrar los tipos que olían a rosas?
- Mira, Dimas, yo trabajo con todo el mundo, sea moro o chino, pero lo que no aguanto es tener que soportar a un tío que huele peor que una cochiquera. El mojamed ese no debe de haberse lavado los bajos desde que tomó la primera comunión.
- Para empezar, los moros no toman la comunión y, para terminar, aquí el que decide quienes curran o no soy yo. O sea que no me busques las cosquillas porque no estoy para milongas. Y si no estás de acuerdo la puerta la tienes abierta.
- Me caguen la puta, Dimas, hay que ver cómo te pones. No es para tanto. Lo único que quiero es que ese tío se lave de vez en cuando, tampoco es pedir demasiado.
- Bueno, ya le daré un toque, pero no quiero más excusas ni más gaitas. De lo que te has de preocupar no es del moro de los cojones, sino de darle aire a tu gente y que se ponga al día de una puta vez que vais más lentos que las tortugas.

   El magrebí de quien se queja Correa es cierto que huele mal. Otra cosa sería imposible en su situación. Convive con un grupo de trabajadores de las obras del Torreón en el que, además de marroquíes y argelinos, también hay subsaharianos. Habitan una caseta rural en la que no hay luz ni agua corriente. Cuando necesitan agua han de ir a buscarla a una vieja noria que está a unos ochocientos metros. Para iluminarse por la noche usan unos antiguos quinqués de petróleo y cocinan sus viandas en un camping gas. Es una auténtica comuna en las que sus moradores comparten gastos y tratan de seguir adelante como buenamente pueden. En esas condiciones, la higiene personal es algo difícil de llevar a cabo medio decentemente.                                             
   Como el díscolo Correa sigue planteando problemas con el peón marroquí, porque esa es su nacionalidad, Dimas encuentra una solución: cambia al magrebí de cuadrilla y lo envía a la que trabaja Sergio. Puesto que se ha dado cuenta de que el joven, además de un excelente oficial, es buena gente y tiene mano izquierda, le encomienda un discreto tutelaje del norteafricano.
- Sergio, me vas a hacer un favor.
- Usted dirá, señor Dimas.
- Cuántas veces tendré que decirte que me hables de tú y que aquí solo llamamos señor al Francisco.
- Perdona, Dimas, es la costumbre. Pues no me he ganado broncas ni nada de mi padre por tutear a las personas mayores.
- Bueno, a lo que iba. Bachir, el moro que acabo de acoplar a tu cuadrilla, parece que no es muy dado a los lavatorios y no huele precisamente a nardos, pero aquí estamos a lo que estamos y no en un baile de señoritas. Te cuento esto por si se tercia de que alguien le ponga mala cara o vaya con el cuento de que huele a mierda. Tú has estudiado y tienes palabrería más que suficiente para dar una larga cambiada al que quiera buscar pendencia con el morito. Confío en ti.

viernes, 28 de febrero de 2014

3.6. Hay que vestir la casa

   Durante varios fines de semana, en sus contadas horas libres, Lorena y Sergio recorren los establecimientos de electrodomésticos de Albalat y Benialcaide, en el pueblo la oferta todavía es escasa. Ella lleva apuntados en una hojita la lista de aparatos que dice necesitar.
- ¿Quieres enseñarme la lista? – Sergio se sorprende de la cantidad de artefactos que ha incluido la joven en el listado: microondas, frigorífico, lavaplatos, cafetera, arcón congelador, lavadora, tostador, secadora … - el chico interrumpe la enumeración y tratando de dar a su voz un tonillo de sorna pregunta - ¿Y se puede saber dónde piensas meter todos estos cacharros? Lo digo porque, con lo pequeño que es el piso, como compremos todo lo que hay en la lista no sé si cabremos nosotros.
- Estás muy chistoso hoy, pero una clienta del chiringuito, que es decoradora, me dijo que todos y cada uno de esos electrodomésticos son imprescindibles en un hogar moderno. Y no creas, no los he puesto todos.
- Pero vamos a ver, cariño. Te pongo como ejemplo tres de los electrodomésticos que tienes en la lista: el lavaplatos, la lavadora y el arcón congelador. Son aparatos más bien grandes y ocupan bastante espacio. No van a caber en el piso, no hay materialmente sitio para colocarlos.
- Lo único que sabes es llevarme la contraria. Lo del arcón, vale, pero los otros aparatos los necesito. No pensarás que vaya a fregar los cacharros o que me ponga a lavar la ropa a mano como hacían nuestras abuelas. ¡Hasta ahí podríamos llegar!
- Mira, cielo, no tengo la menor intención de fastidiarte, pero es que además del problema del espacio está el económico. Todos esos cacharros valen una pasta y una cosa es que esté ganando un buen dinero con las horas extras y otra muy distinta es que disto mucho de ser un jeque árabe. No podemos endeudarnos más porque aunque currara las veinticuatro horas no alcanzaría a pagar tantas letras como habría que firmar – y tras devolverle la lista añade –. Te ruego que taches los aparatos que no consideres imprescindibles.
- Toma, roñoso de mierda – la joven le pone la hojita en la mano con brusquedad –. Tacha lo que quieras, pero si crees que voy a convertirme en una fregona vas arreglado, so vaina.
   Sergio opta por no discutir, pero no cede y reduce la lista a los cacharros que considera imprescindibles. A Lorena la decisión no le hace ninguna gracia, pero por una vez resuelve transigir, tiempo habrá de que sea ella quien diga la última palabra. 

   La distribución de los electrodomésticos comprados es otra coyuntural fuente de diferencias de criterio entre la pareja.
- Lorena, ¿por qué colocas el frigorífico en el salón y no en la cocina que es su sitio? – El nombre de salón no deja de ser un exceso, simplemente es el único espacio que queda en la casa fuera del dormitorio, el baño y la cocina.
- Porque en el salón mola más. Así cuando venga gente a visitarnos verán que tenemos unos aparatos de categoría. Si lo ponemos en la cocina no lo verán y, para los efectos, es como si no los tuviéramos.
- No me parece que eso sea un argumento razonable. No deberíamos ubicar los electrodomésticos pensando en las visitas, sino en su funcionalidad y en nuestro provecho.
- Cómo se nota que no has crecido aquí. No puedes ni imaginar lo chismosa que es la gente y la importancia que le da a los detalles. Todo lo que hemos comprado no solo es para nuestra comodidad, también lo es para que los que nos visiten vean que, aunque el piso no es gran cosa, no nos falta de nada. Y sobre todo lo hago pensando en ti.
- ¿Cómo qué pensando en mí? – pregunta un tanto atónito Sergio.
- Claro, mi cielo. Si ven todo el cacharreo que tenemos sabrán que tengo un hombre capaz de ganar la suficiente pasta como para comprar todos los aparatos que hacen falta en una casa moderna. Y un hombre así siempre merece el respeto y la consideración de todos. En cambio, si advirtieran que no tenemos lo que hay que tener pensarían que lo que tengo en casa no es todo un hombre sino un monicaco. Y yo quiero que todos sepan lo mucho que vales.
- Lorena, cariño, la opinión que tengan los demás sobre mí me importa un rábano. La única opinión que para mí cuenta es la tuya. No recuerdo quién dijo: cuanto más valoras la opinión de los demás menos valoran los demás la tuya. O algo parecido. En definitiva, que el qué dirán no debería condicionar nuestras vidas, ni siquiera dónde ponemos el frigo o si tenemos este o aquel aparato.
- Eso será en la ciudad, pero en el pueblo es otro cantar. Aquí vale más lo que parece que lo que es y, como dice mi padre, donde fueres haz lo que vieres – concluye Lorena dando por finiquitada la controversia.

   La vida que lleva la pareja dista mucho de la que había imaginado Sergio. Casi nada es según lo que soñó cuando miraba el rostro de Lorena pinchado en el corcho de su habitación de estudiante. Para empezar, está fuera de casa casi todo el día y cuando llega derrengado al apartamento aquello se parece a cualquier cosa menos a un hogar, todo está manga por hombro. Lo habitual es que se encuentre a Lorena despatarrada en el sofá viendo un culebrón o un reality show y tomándose una cerveza. Al joven comienza a preocuparle la cantidad de alcohol que es capaz de trasegar la chica, cuando salen con los amigos toma tal cantidad de copas que más de una noche ha tenido que cargar con ella.   
   Sergio también descubrió hace tiempo que su pareja es alérgica a la cocina, a la limpieza, al orden y a la previsión. Habitualmente, las cenas se reducen a un bocadillo o encargan algo a un restaurante chino de las cercanías. En cambio, en la cama es una auténtica leona. Pese a todo, sigue estando tan enamorado de ella como el primer día. En sus momentos de lucidez ni siquiera se explica los porqués de su locura amorosa, no sabe si es por el sexo, porque es la primera mujer de la que se ha enamorado o porque el amor tiene razones que la razón no comprende, como les explicaba un profesor del colegio citando a un pensador francés. El resultado es que sigue tan hechizado por la joven que, aun reconociendo sus muchas carencias y defectos, no es capaz de vivir sin tenerla a su lado, sin acariciar su blanca piel, sin mirarse en el negro cristal de sus ojos.

   Con la única persona que Sergio se franquea es con su abuelo y ni siquiera a él le cuenta todo sobre su relación con Lorena, solo aquellos episodios que casi resultan anecdóticos como el de la ubicación de los electrodomésticos que acaban de comprar.
- … y se ha empeñado en colocar el frigorífico en el salón, solamente para que lo puedan ver las visitas.
- Bueno, tampoco es que en la cocina sobre mucho espacio – apunta el señor Andrés en tono conciliador.
- Eso es cierto, abuelo, pero tengo otra que es más chusca todavía. Se empeñó  en poner el microondas encima del frigo por el mismo motivo, porque si estaba en la cocina no lo iban a ver. Me costó un imperio convencerla de que aquello era un despropósito. Y es que está obsesionada con el qué dirán.
- No te extrañes, hijo, eso es muy propio de la gente de pueblo. Vivimos pensando en lo que puedan decir de nosotros. Por eso le damos tanta importancia al aparentar.
- Pues tú, abuelo, eres de pueblo y siempre te he oído decir que te importa una higa, como sueles repetir, lo que piensen los demás de ti.
- Eso es porque en mi juventud trabajé bastantes años en Alemania y Francia y cuando uno ha vivido en otros países te das cuenta que lo que de verdad importa es lo que tú pienses, sientes y crees. Y que lo que opinen los demás no es más que calderilla.
- Y Lorena no ha salido nunca del pueblo.
- ¡Equilicuá! – corrobora el viejo.

martes, 25 de febrero de 2014

3.5. Extraños compañeros de cama

   Cuando el secretario general del UNES, y ahora flamante concejal de urbanismo del nuevo consistorio de Senillar, rememora la negociación que mantuvo con el hombre de Cajaeuropa no deja de preguntarse si no cerró el pacto con sus nuevos aliados del PP demasiado pronto. Durante la intensa conversación con Badenes en más de un momento le bailó en la punta de la lengua una última petición: alternarse en la alcaldía dos años cada partido. No se decidió y optó por no estirar demasiado la cuerda no fuera a romperla. Piensa que, de todas formas, por una sola concejalía ha obtenido un botín impensable. Y encima le ha dado en toda la cresta al cantamañanas del líder del PSOE que ya se veía reteniendo la vara de alcalde una legislatura más.
   Una frase que hizo fortuna en la España de la transición era la de que la política hace extraños compañeros de cama. Una vez más se hizo realidad: la conservadora y españolísima derecha senillarense coaligada con los izquierdistas y nacionalistas miembros del UNES. Vivir para ver, como ha comentado más de un vecino de la localidad.

   Las repercusiones que ha producido el inopinado pacto entre el PP y el UNES han sido muchas y encontradas. Los socialistas están que echan las muelas. Sus sempiternos adversarios en esta ocasión les han ganado por la mano. Jaume Pellicer jura partirle la cara a Armengol cuando se lo tropiece, pero pasado el primer subidón de adrenalina se consuela pensando que arrieritos somos. José Ramón Arbós se fuma un habano de los caros en la soledad de su sala de estar; por fin, tras casi doce años sin tocar poder, ahora van a mandar. Guillem Armengol, para festejar el acuerdo, cierra por un día su bar y monta una juerga por todo lo alto con sus correligionarios. Javier Blasco viaja a Valencia, acompañado de su mujer, para encargar un traje a medida, el día de la toma de posesión de la alcaldía quiere estar como para echar el verso. Y Agustín Badenes, mientras escucha Rigoletto con los ojos cerrados, piensa en que va a tener cuatro años más para estrujarlos a todos.
   Los que han hecho posible el resultado electoral con sus votos, la gente del común, contemplan, tan atónitos como pasivos, el espectáculo de la última alianza postelectoral que ha sido vendida por el nuevo equipo que va a dirigir el municipio como un pacto por la gobernabilidad de Senillar. Y mientras el teatrillo político está a punto de echar el telón del primer acto de la comedia que ha de durar toda la legislatura, en los despachos de Cajaeuropa y de BACHSA se descorcha champán, nada de cava que no deja de ser un sucedáneo. Todo inclina a pensar que el enlace entre el ladrillo y la política seguirá siendo un matrimonio bien avenido.                                                                                                       

   Con las voluntades compradas, los dos partidos que forman el equipo de gobierno aceleran los trámites jurídicos y administrativos precisos para recalificar los terrenos de las partidas en las que se proyectan las futuras urbanizaciones. El Ayuntamiento agiliza la tramitación pertinente acogiéndose a las Normas Complementarias y Subsidiarias del Planeamiento, que recoge el Real Decreto 2159/1978, y que permite a los consistorios que carecen de Plan General la ordenación urbanística de su territorio.
   El ritmo de construcción se acelera por semanas. Los bloques de apartamentos crecen día a día como la mala hierba en una primavera lluviosa. Los obreros llegados desde medio país no dan abasto a satisfacer la insaciable demanda de mano de obra. El mercado laboral responde inmediatamente: aparecen los primeros emigrantes dispuestos a trabajar en lo que sea y por el salario que sea. Son contados los que tienen sus papeles en regla, la mayoría son irregulares que entraron en el país: los europeos como turistas, los africanos arribaron a las costas españolas por los tortuosos y, en ocasiones, letales vericuetos de la travesía del estrecho a bordo de frágiles pateras o escondidos en los camiones que los transbordadores, que cubren la travesía Tánger-Algeciras, desembarcan diariamente.

   Hay muchas constructoras que no quieren saber nada de los simpapeles, sobre todo aquéllas que han sido pilladas in fraganti por la Inspección de Trabajo. El hecho de no formalizar los contratos, como establece la legislación laboral, y eludir darles de alta en la seguridad social supone una sanción muy elevada y, casi lo que es peor, convertirse en referentes prioritarios en las rondas de visitas de la inspección. Por eso, huyen de los trabajadores que no tienen papeles como de la peste. Sin embargo, hay otras empresas que, en determinadas circunstancias, se arriesgan y no dudan en aceptar a cualquier trabajador aunque no tenga la documentación en regla, BACHSA es una de ellas. Para la constructora esta mano de obra es una especie de maná laboral: su coste es muy bajo en comparación con lo que cuesta un operario del país, se ahorra la aportación a la seguridad social pues no les dan de alta en la misma, aceptan los trabajos más rudos y peligrosos y pocas veces se quejan de trabajar en unas condiciones laborales y de salubridad que otros operarios no soportarían.

   Dimas, el veterano capataz y hombre de confianza del señor Francisco, soporta con gesto resignado el chorreo de su jefe a quien se le ha quejado el arquitecto que los montajes van retrasados respecto al cronograma que se había diseñado.
- Mira, Francisco, hago lo que puedo. Con el personal que tengo es imposible ir más aprisa, salvo que quieras que en lugar de unas instalaciones como establecen las especificaciones hagamos unas chapuzas de tomo y lomo. Y el señor Toresano lo sabe mejor que nosotros.
- ¡Coño!, y eso porque me lo has dicho antes. Si falta personal se contrata, ¡joder!, que aquí tiene uno que ocuparse de todo.
- Ya te lo he dicho varias veces y has hecho oídos sordos.
- No me toques los huevos, Dimas. ¿Cuántos años hace que trabajas para mí?
La tira, ¿y cuándo no me has venido con el cuento de que te faltaba gente? Siempre. Como coño no voy a hacer oídos sordos.
- Te concedo que suelo quejarme demasiado, pero esta vez va en serio Si quieres que cumplamos el contrato no te queda otra que mandarme más personal.
- ¡Joder!, haber empezado por ahí. Vamos a hablar con Medina a ver si conoce a alguien que nos eche una mano - admite un cabreado Francisco.

   El encargado de la oficina de BACHSA les cuenta que las obras que se están ejecutando en toda la costa levantina son muchas y que hay una acusada carencia de mano de obra de peones y mucha más de especialistas.
- No me digas, Medina, que no hay tipos dispuestos a currar, con la pasta que pueden llevarse a la bolchaca – se extraña Francisco.
- Nacionales, no, Paco.
- Coño, pues tendré que coger extranjeros.
- ¿Y de dónde crees que son una buena parte de los que están en los tajos? Extranjeros hay a punto de pala, pero con papeles no queda ni uno.
- Pues no me queda otra que cogerlos sin papeles – acepta un mosqueado Francisco.