martes, 11 de marzo de 2014

3.9. ¿Qué hacemos con el negro?

    Los cuatro socios principales de BACHSA están reunidos, han de solucionar un problema que les preocupa hace tiempo y que tiene su origen en el dinero negro que, cada vez en mayores cantidades, llega a sus arcas. Es una práctica habitual que muchos compradores abonen parte de la cantidad que dan como entrada del precio de los apartamentos en dinero be, operación con la que ambas partes se benefician. El vendedor puede ocultar un porcentaje de sus ingresos a la hacienda pública, lo que se traduce en menores impuestos. El comprador escritura su vivienda por menos dinero del que le ha costado con lo que también tributará menos. Todo el mundo conoce tales prácticas, pero también todos simulan que la ignoran. Es la España de los pícaros de siempre, solo que ahora con la ingente cantidad de dinero que mueve el ladrillo la economía sumergida se ha convertido en un filón de oro para unos pocos.

   El problema no es tanto la existencia de ese dinero opaco al fisco, ni siquiera como blanquearlo, sino como conseguirlo al menor coste posible. Dadas las enormes magnitudes monetarias que manejan los constructores el problema se complica. Por ello, las entidades encargadas de convertirlo en dinero lícito les están apretando las tuercas y periódicamente les cobran mayores comisiones. Y de eso se lamentan los señores del ladrillo.
- Os he convocado – informa Bricart a sus socios – porque desde Cajaeuropa me han comunicado que, sintiéndolo mucho, han de volver a incrementar los aranceles que nos cobran por el blanqueo.
- ¿Cómo qué aranceles? – inquiere Cardona poniéndose en plan sarcástico -. Si no recuerdo mal un arancel es el tributo que se aplica a los bienes que son objeto de importación o exportación. Habrán querido decir la comisión o el corretaje que nos cobran por sus servicios ad hoc.
- Naturalmente que se refiere a las comisiones, pero ese capullo de Moltó si no utiliza un eufemismo no queda satisfecho. ¡La leche que le dieron!
- Que lo llame como le salga de los mismísimos, eso me la suda, lo que sí me jode es que cada vez exigen mayores primas y eso empieza a no tener ni medio pase pues – apostilla un cabreado Arechabaleta.
- También yo estoy hasta los huevos de esas sanguijuelas de Cajaeuropa. Al ritmo que nos sangran vamos a terminar trabajando para ellos – se queja un igualmente irritado Bricart.
- Y eso que el mamón de Moltó asegura que nos dispensan un trato de favor, que para eso somos clientes vip. ¡Pues que no les cobrarán a los demás! – se lamenta irónicamente Rodrigo Huguet.
- Lo que tenemos que hacer es lamentarnos menos y buscar soluciones. Intermediarios que blanqueen los hay a puñaos y a buen seguro que con menos pretensiones que los buitres de la caja pues – asegura Iñigo Arechabaleta.

   Juan Antonio Cardona, el más placeado de los socios en el ámbito internacional, echa su cuarto a espadas:
- Ya os he comentado en más de una ocasión que podemos prescindir de la caja en cuanto queramos. Como dice Íñigo hay otros canales para el lavado cuyo coste puede ser menor, pero que presentan o pueden presentar otros tipos de problemas.
- A mí no me importa que haya problemas siempre que los porcentajes que se lleven sean asumibles – apunta Bricart.
- ¿A qué clase de problemas te refieres, Juan Antonio? – quiere saber Huguet.
- Hay, principalmente, dos. Uno es la fiabilidad que puede tener el operador. El otro, que algunos de esos intermediarios, en determinadas situaciones, pueden ser potencialmente peligrosos.
- A ver, lumbrera, habla en cristiano que, cuando te pones en plan de universitario yanqui, no te entiende ni Dios – exige Arechabaleta, de forma tan abrupta como acostumbra -. Explícanos que hay que entender por fiabilidad y en qué pueden consistir los potenciales peligros pues.
- En esta clase de operaciones, como sabéis bien, hay escaso papeleo porque un dato fundamental es dejar el menor rastro posible. En consecuencia, lo más importante es el grado de confianza que te merezca la entidad o las personas que llevan a cabo el lavado. En definitiva, su fiabilidad. Todos conocemos a algún que otro colega a quien le han metido un pufo del carajo en una operación de este tipo por fiarse de quien no debía. De ese riesgo cierto es del que se aprovechan entidades como la caja, que cobran a precio de oro su probada fiabilidad al ser consideradas sociedades digamos respetables.
- Eso ya lo sabíamos, lo que quiero que nos aclares es lo de los potenciales peligros – insiste Arechabaleta.
- Como tampoco desconocéis existen redes que se dedican a blanquear en paraísos fiscales y a costes que podríamos calificar como razonables. Algunas de esas redes están en manos o conectadas con distintas mafias, especialmente con las italianas y las rusas. Tratar con esa clase de socios, sobre todo en el supuesto de que, en algún momento, crean o simplemente sospechen que les has engañado, es jugar con fuego. Como te pasen factura no es que te envíen al cobrador del frac precisamente, sino a alguno de sus sicarios. Y si consideran que has jugado sucio con ellos o, peor aún, que les has engañado no se limitan a partirte las piernas o algo parecido, sino que te liquidan. ¿Ha quedado claro lo de los peligros? – pregunta un sardónico Cardona.
- Yo tengo otra duda sobre el tema –plantea Huguet -, ¿qué pasará con todo esto cuándo entremos en el euro? Porque, como aquel que dice, estamos ya a la vuelta de la esquina de entrar en la moneda común y las normas comunitarias supongo que algo tendrán establecido sobre la cuestión. Y si me apuras más que las resoluciones europeas lo que quiero saber es que puede suponer el euro para la economía sumergida.
- Esa es la pregunta del millón, pero de momento no hay una respuesta clara o, al menos unívoca – al ver la mueca de Bricart, Cardona se apresura a clarificar -. Quiero decir que los economistas no se ponen de acuerdo en lo que podrá suponer el euro para la economía sumergida y todos sus derivados. Unos opinan que Bruselas se encargará de yugularla, otros que será más fácil eludir el dogal de las leyes comunitarias y hay quienes afirman que todo seguirá igual.
- ¡Joder, con los economistas de los cojones! – exclama Bricart -. Esos tíos son como la Parrala, unos decían que sí, otros decían que no. ¿Y para eso se han pasado la tira de años estudiando?
- Bueno, ¿pues entonces qué hacemos, seguimos con los chupasangres de la caja o buscamos otras salidas? – quiere saber Arechabaleta.

   La discusión es ardua pues hay posturas enfrentadas. Huguet es partidario de continuar el blanqueo con la caja por aquello de que más vale malo conocido que bueno por conocer. Bricart y Arechabaleta se muestran hartos de la prepotencia de los banqueros y prefieren probar nuevos caminos. Cardona duda. Al final, llegan a una componenda: continuarán con la caja, pero renegociando una sensible rebaja de la intermediación; si la caja no accediera entonces sería la hora de buscar nuevos canales.  
   Días después vuelven a reunirse. Gaspar Moltó, el vicepresidente ejecutivo de Cajaeuropa ha comunicado que la dirección se niega a rebajar los costes de intermediación, que la entidad también corre sus riesgos y eso exige una comisión congruente. Vista la negativa deciden tantear el nebuloso mundo de la ingeniería financiera para encontrar nuevos socios para el lavado. Cardona, dado su dominio del inglés, es el encargado de la búsqueda. En mitad de sus averiguaciones, Bricart les informa que ha encontrado un posible intermediario.

viernes, 7 de marzo de 2014

3.8. En Roma compórtate como los romanos

   Como de algún modo le vaticinó su abuelo, Sergio ha terminado por aceptar como algo normal recibir parte de su salario en dinero negro, el que le pagan por las horas extras, y sus reticencias sobre la licitud de tal práctica han dejado de inquietarle. Dinero que Lorena gasta con la misma rapidez con que él lo gana. Al joven eso no le preocupa en absoluto. Ha visto cumplidos sus más deseados sueños: la mujer de la que está profundamente enamorado duerme a su lado, tiene un trabajo con el que gana más dinero del que nunca imaginó, es considerado por sus jefes y compañeros, tiene una casa a la que puede llamar suya puesto que es él quien paga el alquiler y los demás gastos y, pese a que el piso no es una mansión precisamente, se siente en él como el amo y señor de la casa. Solo una sombra oscurece el panorama: sus padres siguen enfadados con él y, por el momento, se han negado a visitarles. En cambio, su abuelo Andrés lo sigue apoyando y de vez en cuando le recuerda aquello de que solo se vive una vez.

   En cuanto a Lorena, su vida en común con Sergio le ha hecho matizar algunas de sus primeras intenciones sobre el chico. Si lo sedujo fue para utilizarle como una solución de emergencia a su plan de independizarse de su familia, y lo hizo a pesar de que le consideraba infantil, relamido, ingenuo, apocado y blandengue. La convivencia también le ha hecho modificar el concepto sobre su pareja y en ello ha influido notablemente el dinero, más cuantioso de lo que esperaba, que el joven ingresa, sobremanera desde que hace un montón de horas extras. La joven sigue viendo a Sergio infantil e ingenuo. Apocado menos, porque no hay nada que espabile más que la necesidad. Y en cuanto a blando, Lorena intuye que uno es como es y que hay rasgos del carácter que son poco menos que imposible cambiarlos, aunque en ocasiones admite que también es posible que no sea así.

   Otro de los atributos que Lorena adjudicaba a Sergio era el de relamido. Es en el que más ha podido influir la muchacha. Y buena prueba de ello es la velocidad a qué está cambiando el chico, no solo de hábitos de vida sino hasta de su manera de hablar. Este es un aspecto en el que Lorena pone un especial empeño porque el vocabulario de Sergio es continuo motivo de cachondeo por parte de sus amigas. Se ha empecinado en que cambie su habla de señorito, como tantas veces le tilda y, como en otros muchos aspectos del modo de comportarse de Sergio, lentamente va ganando la partida. El correcto y atildado lenguaje del joven se resiente y se bate en retirada ante la arrolladora fuerza del barriobajero léxico de Lorena que no pierde ocasión de zaherirle, como en aquella ocasión en que, al acabar de tener la apasionada unión de cada noche, Sergio no pudo menos que exclamar:
- ¡Cada día soy más feliz haciéndote el amor!
- Te quiero mucho, churri, pero tengo que decirte que eres más cursi que un repollo con lazo. Eso de hacer el amor ya no lo dicen ni en las telenovelas. Lo que acabamos de hacer es follar o echar un polvo o, si lo quieres decir en plan salvaje, joder, ¿pero hacer el amor? Pues no es antiguo eso ni nada, más que la gaseosa con bolita.
- Cariño, no lo puedo remediar. Eso de follar o echar un polvo – la palabra joder Sergio ni se atreve a mencionarla – me parecen unas ordinarieces de mucho cuidado. ¿No es mucho más bonito y hasta poético lo de hacer el amor?
- Mira, guapín de cara, tú dilo como quieras, pero hazme el favor de no hacerlo delante de mis amigas porque me pones en ridículo.

   En lo del cambio del lenguaje de Sergio no solo ha influido Lorena, los compañeros de trabajo también han tenido algo que ver.
- ¡Mecagüen la hostia puta, ¿quién ha sido el cabronazo que ha hecho esta  cagada de acometida?
- Santi, ¿será posible que no abras la boca sin meter media docena de palabrotas? – recrimina Sergio a su compañero de tajo.
- ¡No te jode el Estudiante!, yo hablo como lo que soy, un currante, y no como los señoritos de secano como tú. Y si no estás de acuerdo pues a protestar al maestro armero, como dicen en la mili.
- Hombre, Santi, no te enfades – replica apaciguador Sergio -. Claro que puedes hablar como te pete, pero una cosa son los tacos y otra las blasfemias. Y lo digo porque lo de hostia puta sobraba.
- Oye, gilipollas, te repito que hablo como me sale del nabo y no vas a ser tú, quien venga a enseñarme lo que puedo o no puedo decir. Y si vuelves a meterte con lo que digo te vas a ganar una mano de hostias – el tono de Santi es por momento más alto, tanto que llama la atención del capataz.
- ¿Se puede saber qué coño pasa? – inquiere Dimas.
- Aquí, el Estudiante que está empeñado en que hablemos como las monjas ursulinas.
- No es cierto, Dimas, me he limitado a señalarle a Santi que una cosa son los tacos y otra las blasfemias y… - Sergio se ve interrumpido por el capataz.
- Ven conmigo, rapaz. Y tú, Santi, aplícate y deja al chaval en paz.
   Sergio le cuenta al capataz el rifirrafe con su compañero.
- Tampoco es para tanto, Estudiante. Aquí estamos a lo que estamos y no para cogérnosla con papel de fumar. Si el Santi es un mal hablado, que lo es, no es tu problema. O sea, que si no te gusta lo que dice te pones tapones en los oídos, pero problemas por si habla así o asá o como le salga de los huevos ni uno. Esto es una orden, el consejo es que no sigas por ese camino porque si continúas así te vas a ganar la ojeriza del personal y, a lo peor, hasta algún guantazo y no voy a ser yo quien te sirva de parapeto. Aplícate el cuento y déjate de historias.

   Sergio siente un gran respeto por Dimas, le considera un hombre recto y justo, por eso su rapapolvo le ha dolido más. Cuando al atardecer llega a casa le cuenta a Lorena el incidente y la inesperada, para él, reacción del capataz.
- Si es que el Dimas tiene más razón que un santo, churri. ¿A ti que demonios te importa si el Santi suelta tacos? No sé cuándo vas a enterarte que ya no estás en tu colegio de curas.
- No es eso, cariño, lo que me molesta es que suelte blasfemias sin venir a cuento y lo de la hostia puta es una de las más suaves que emplea. Tendrías que oírle.
- Mira, monín, eso de que no hay que decir blasfemias es una cosa de cuando nuestros tatarabuelos. Hoy en día la gente las escucha como el que oye llover, ni puto caso. Lo que pasa es que tú eres una rata de sacristía y todavía se te nota el pelo de la dehesa. Pues ya va siendo hora de que te comportes como los hombres de pelo en pecho. Mi padre dice que a un hombre así se le conoce porque huele a tabaco y vino y habla como un carretero. A ver si maduras de una puñetera vez.

   Unos días después, en una de sus habituales visitas a su abuelo, Sergio también le cuenta el rifirrafe tratando de encontrar el apoyo que no halló en su pareja.
- Verás, hijo, ser un mal hablado siempre se ha visto mal, aquí y en la China, pero entiendo la reacción del Dimas. En la obra estáis para sacar adelante la faena y no para enredaros en cómo habla el personal. Lo que quiere el capataz es que no haya problemas en el tajo, ni rencillas entre los compañeros, por eso el consejo que te ha dado creo que viene a cuento. En cuanto a lo que opina el padre de tu chica sobre los hombres de pelo en pecho es una mamarrachada. Ya te dije la primera vez que me preguntaste sobre los Vercher que el padre me parecía un hombre sin mucha sustancia y lo que cuentas me lo confirma.
- Pero, abuelo, una cosa es hablar mal y otra muy distinta blasfemar.
- No lo discuto, Sergio, pero supongo que todos o, al menos, la mayoría de tus compañeros de obra tienen una formación muy elemental y su vocabulario incluye toda suerte de juramentos, palabrotas y hasta blasfemias. Y eso tú no lo puedes cambiar. Lo que tienes que hacer es aplicarte el viejo proverbio: cuando estés en Roma compórtate como los romanos.

martes, 4 de marzo de 2014

3.7. Los sin papeles

   El dilema de contratar o no a extranjeros sin papeles lo resuelve el señor Francisco en cuanto le pregunta a su capataz qué haría él. Dimas parece tenerlo claro:
- Jefe, yo nunca pregunto al personal cómo está contratado y sí tienen papeles o no. Eso no es de mi competencia. Bastante tengo con que acudan todos los días al tajo y cumplan con su horario y su tarea. Y no me importa si son del país o vienen de las quimbambas, mi obligación es que las instalaciones se hagan cómo están en plano y cumpliendo las fechas previstas.
- No te enrolles, Dimas, que casi pareces un político. Lo que te pregunto es si te reafirmas en que necesitas más gente.
- Repito lo que he dicho, si los montajes han de estar acabados en las fechas que quiere el arquitecto, sí señor, necesito más personal.
- Bueno, pues esa respuesta decide la cuestión. Vuelve donde Medina y explícale la clase de gente que necesitas y que los busque cagando leches. Si tienen permiso de trabajo, mejor, si no pues que los contrate igualmente. Eso sí, apretarles las tuercas para que nos salgan lo más baratos posible. Y entre  Medina y tú aleccionarlos un poco por si llegan los cabrones de la inspección.

   En el tajo ocurre lo mismo que en el pueblo, que todo se acaba sabiendo. En seguida se corre la voz de que el patrón ha ordenado que se contraten extranjeros, aunque no tengan permiso de trabajo, y que todos estén atentos por si llega una inspección.
- Señor Dimas – al ver el gesto del capataz Sergio se apresura a rectificar -, perdón, Dimas ¿por qué el señor Francisco le tiene tanto miedo a la inspección de trabajo?
- Eso no te lo enseñaron en la universidad, eh – se burla el capataz -. Pues porque todos los trabajadores han de ser legales. Si los inspectores cogen a gente sin papeles levantan un acta y te ponen una multa por cada persona que encuentran en la empresa trabajando de manera irregular.
- Antes de que actúe la inspección habría que solucionar el problema de los emigrantes en situación irregular – afirma Sergio como muy convencido -. ¿Por qué no hay gente que lo denuncie?
- ¿Pero de qué guindo te has caído, muchacho? ¿A quién coño puede interesar denunciar a un currante sin papeles? Si eso sucede, lo que se consigue es que el extranjero se quede sin trabajo y la policía tiene que tramitar el expediente de expulsión del irregular. ¿Quién gana con todo eso? Nadie.  
- Bueno, ganan los derechos humanos de los emigrantes – afirma Sergio muy en plan de hombre concienciado con los derechos civiles.
- Has de aprender mucha gramática parda, chaval. Eso de los derechos humanos queda muy bien en los papeles y para el bla, bla, bla de los políticos, pero a la pobre gente que se ve forzada a emigrar no les da de comer. Con la urgente necesidad de mano de obra barata que tenemos en los tajos a nadie interesa remover el asunto de si los extranjeros son legales o están aquí de extranjis. Las empresas presionan, las comunidades autónomas hacen como que no se enteran y los partidos políticos, los sindicatos y el gobierno miran a otra parte. Yo no soy más que un currante, pero lo veo tal y como te cuento. Por otra parte hay que considerar que a los sin papeles les pagan poco, pero al menos tienen un trabajo que en su país no tenían.
- Tu argumentación, Dimas, me parece propia de un capitalista de lo más duro y lo de que todo el mundo se llama andana ante el problema no es cierto. El otro día oí en la tele a un líder sindical que denunciaba la situación de los inmigrantes irregulares.
- Hombre, eso está en su papel, pero lo hacen con la boca chica, a la hora de la verdad callan y, ya sabes, el que calla otorga. Y un consejo, chavea, esas ideas tuyas sobre los pobrecitos extranjeros no vayas largándolas por ahí porque no ganarás muchos amigos. Y ten en cuenta algo que te afecta: si el Francisco nos paga un buen dinero es porque a los moros que tiene les paga mucho menos. O sea que ¡ojo al cristo que es de plata!

   Las empresas no parecen tener problema alguno de xenofobia. A la hora de contratar a inmigrantes no hacen distingos por razón de origen, raza o de cualquier otra clase de condición. Lo que valoran es su capacidad de trabajo y su nula voluntad de protestar sobre las condiciones laborales a que se ven sometidos. Otra cosa diferente es como les tratan los compañeros del país. Suele haber de todo, como en botica. Precisamente, Dimas tiene entre manos un problema de ese tipo con uno de sus oficiales que hace de cabeza de una de las cuadrillas.
- Oye, Correa, me tienes hasta los cojones, ¿qué coño es eso de que no quieres trabajar con el mojamed nuevo que hay en tu cuadrilla? ¿Tú que crees, que esto es un casino de pueblo de los de antes en el que solo podían entrar los tipos que olían a rosas?
- Mira, Dimas, yo trabajo con todo el mundo, sea moro o chino, pero lo que no aguanto es tener que soportar a un tío que huele peor que una cochiquera. El mojamed ese no debe de haberse lavado los bajos desde que tomó la primera comunión.
- Para empezar, los moros no toman la comunión y, para terminar, aquí el que decide quienes curran o no soy yo. O sea que no me busques las cosquillas porque no estoy para milongas. Y si no estás de acuerdo la puerta la tienes abierta.
- Me caguen la puta, Dimas, hay que ver cómo te pones. No es para tanto. Lo único que quiero es que ese tío se lave de vez en cuando, tampoco es pedir demasiado.
- Bueno, ya le daré un toque, pero no quiero más excusas ni más gaitas. De lo que te has de preocupar no es del moro de los cojones, sino de darle aire a tu gente y que se ponga al día de una puta vez que vais más lentos que las tortugas.

   El magrebí de quien se queja Correa es cierto que huele mal. Otra cosa sería imposible en su situación. Convive con un grupo de trabajadores de las obras del Torreón en el que, además de marroquíes y argelinos, también hay subsaharianos. Habitan una caseta rural en la que no hay luz ni agua corriente. Cuando necesitan agua han de ir a buscarla a una vieja noria que está a unos ochocientos metros. Para iluminarse por la noche usan unos antiguos quinqués de petróleo y cocinan sus viandas en un camping gas. Es una auténtica comuna en las que sus moradores comparten gastos y tratan de seguir adelante como buenamente pueden. En esas condiciones, la higiene personal es algo difícil de llevar a cabo medio decentemente.                                             
   Como el díscolo Correa sigue planteando problemas con el peón marroquí, porque esa es su nacionalidad, Dimas encuentra una solución: cambia al magrebí de cuadrilla y lo envía a la que trabaja Sergio. Puesto que se ha dado cuenta de que el joven, además de un excelente oficial, es buena gente y tiene mano izquierda, le encomienda un discreto tutelaje del norteafricano.
- Sergio, me vas a hacer un favor.
- Usted dirá, señor Dimas.
- Cuántas veces tendré que decirte que me hables de tú y que aquí solo llamamos señor al Francisco.
- Perdona, Dimas, es la costumbre. Pues no me he ganado broncas ni nada de mi padre por tutear a las personas mayores.
- Bueno, a lo que iba. Bachir, el moro que acabo de acoplar a tu cuadrilla, parece que no es muy dado a los lavatorios y no huele precisamente a nardos, pero aquí estamos a lo que estamos y no en un baile de señoritas. Te cuento esto por si se tercia de que alguien le ponga mala cara o vaya con el cuento de que huele a mierda. Tú has estudiado y tienes palabrería más que suficiente para dar una larga cambiada al que quiera buscar pendencia con el morito. Confío en ti.

viernes, 28 de febrero de 2014

3.6. Hay que vestir la casa

   Durante varios fines de semana, en sus contadas horas libres, Lorena y Sergio recorren los establecimientos de electrodomésticos de Albalat y Benialcaide, en el pueblo la oferta todavía es escasa. Ella lleva apuntados en una hojita la lista de aparatos que dice necesitar.
- ¿Quieres enseñarme la lista? – Sergio se sorprende de la cantidad de artefactos que ha incluido la joven en el listado: microondas, frigorífico, lavaplatos, cafetera, arcón congelador, lavadora, tostador, secadora … - el chico interrumpe la enumeración y tratando de dar a su voz un tonillo de sorna pregunta - ¿Y se puede saber dónde piensas meter todos estos cacharros? Lo digo porque, con lo pequeño que es el piso, como compremos todo lo que hay en la lista no sé si cabremos nosotros.
- Estás muy chistoso hoy, pero una clienta del chiringuito, que es decoradora, me dijo que todos y cada uno de esos electrodomésticos son imprescindibles en un hogar moderno. Y no creas, no los he puesto todos.
- Pero vamos a ver, cariño. Te pongo como ejemplo tres de los electrodomésticos que tienes en la lista: el lavaplatos, la lavadora y el arcón congelador. Son aparatos más bien grandes y ocupan bastante espacio. No van a caber en el piso, no hay materialmente sitio para colocarlos.
- Lo único que sabes es llevarme la contraria. Lo del arcón, vale, pero los otros aparatos los necesito. No pensarás que vaya a fregar los cacharros o que me ponga a lavar la ropa a mano como hacían nuestras abuelas. ¡Hasta ahí podríamos llegar!
- Mira, cielo, no tengo la menor intención de fastidiarte, pero es que además del problema del espacio está el económico. Todos esos cacharros valen una pasta y una cosa es que esté ganando un buen dinero con las horas extras y otra muy distinta es que disto mucho de ser un jeque árabe. No podemos endeudarnos más porque aunque currara las veinticuatro horas no alcanzaría a pagar tantas letras como habría que firmar – y tras devolverle la lista añade –. Te ruego que taches los aparatos que no consideres imprescindibles.
- Toma, roñoso de mierda – la joven le pone la hojita en la mano con brusquedad –. Tacha lo que quieras, pero si crees que voy a convertirme en una fregona vas arreglado, so vaina.
   Sergio opta por no discutir, pero no cede y reduce la lista a los cacharros que considera imprescindibles. A Lorena la decisión no le hace ninguna gracia, pero por una vez resuelve transigir, tiempo habrá de que sea ella quien diga la última palabra. 

   La distribución de los electrodomésticos comprados es otra coyuntural fuente de diferencias de criterio entre la pareja.
- Lorena, ¿por qué colocas el frigorífico en el salón y no en la cocina que es su sitio? – El nombre de salón no deja de ser un exceso, simplemente es el único espacio que queda en la casa fuera del dormitorio, el baño y la cocina.
- Porque en el salón mola más. Así cuando venga gente a visitarnos verán que tenemos unos aparatos de categoría. Si lo ponemos en la cocina no lo verán y, para los efectos, es como si no los tuviéramos.
- No me parece que eso sea un argumento razonable. No deberíamos ubicar los electrodomésticos pensando en las visitas, sino en su funcionalidad y en nuestro provecho.
- Cómo se nota que no has crecido aquí. No puedes ni imaginar lo chismosa que es la gente y la importancia que le da a los detalles. Todo lo que hemos comprado no solo es para nuestra comodidad, también lo es para que los que nos visiten vean que, aunque el piso no es gran cosa, no nos falta de nada. Y sobre todo lo hago pensando en ti.
- ¿Cómo qué pensando en mí? – pregunta un tanto atónito Sergio.
- Claro, mi cielo. Si ven todo el cacharreo que tenemos sabrán que tengo un hombre capaz de ganar la suficiente pasta como para comprar todos los aparatos que hacen falta en una casa moderna. Y un hombre así siempre merece el respeto y la consideración de todos. En cambio, si advirtieran que no tenemos lo que hay que tener pensarían que lo que tengo en casa no es todo un hombre sino un monicaco. Y yo quiero que todos sepan lo mucho que vales.
- Lorena, cariño, la opinión que tengan los demás sobre mí me importa un rábano. La única opinión que para mí cuenta es la tuya. No recuerdo quién dijo: cuanto más valoras la opinión de los demás menos valoran los demás la tuya. O algo parecido. En definitiva, que el qué dirán no debería condicionar nuestras vidas, ni siquiera dónde ponemos el frigo o si tenemos este o aquel aparato.
- Eso será en la ciudad, pero en el pueblo es otro cantar. Aquí vale más lo que parece que lo que es y, como dice mi padre, donde fueres haz lo que vieres – concluye Lorena dando por finiquitada la controversia.

   La vida que lleva la pareja dista mucho de la que había imaginado Sergio. Casi nada es según lo que soñó cuando miraba el rostro de Lorena pinchado en el corcho de su habitación de estudiante. Para empezar, está fuera de casa casi todo el día y cuando llega derrengado al apartamento aquello se parece a cualquier cosa menos a un hogar, todo está manga por hombro. Lo habitual es que se encuentre a Lorena despatarrada en el sofá viendo un culebrón o un reality show y tomándose una cerveza. Al joven comienza a preocuparle la cantidad de alcohol que es capaz de trasegar la chica, cuando salen con los amigos toma tal cantidad de copas que más de una noche ha tenido que cargar con ella.   
   Sergio también descubrió hace tiempo que su pareja es alérgica a la cocina, a la limpieza, al orden y a la previsión. Habitualmente, las cenas se reducen a un bocadillo o encargan algo a un restaurante chino de las cercanías. En cambio, en la cama es una auténtica leona. Pese a todo, sigue estando tan enamorado de ella como el primer día. En sus momentos de lucidez ni siquiera se explica los porqués de su locura amorosa, no sabe si es por el sexo, porque es la primera mujer de la que se ha enamorado o porque el amor tiene razones que la razón no comprende, como les explicaba un profesor del colegio citando a un pensador francés. El resultado es que sigue tan hechizado por la joven que, aun reconociendo sus muchas carencias y defectos, no es capaz de vivir sin tenerla a su lado, sin acariciar su blanca piel, sin mirarse en el negro cristal de sus ojos.

   Con la única persona que Sergio se franquea es con su abuelo y ni siquiera a él le cuenta todo sobre su relación con Lorena, solo aquellos episodios que casi resultan anecdóticos como el de la ubicación de los electrodomésticos que acaban de comprar.
- … y se ha empeñado en colocar el frigorífico en el salón, solamente para que lo puedan ver las visitas.
- Bueno, tampoco es que en la cocina sobre mucho espacio – apunta el señor Andrés en tono conciliador.
- Eso es cierto, abuelo, pero tengo otra que es más chusca todavía. Se empeñó  en poner el microondas encima del frigo por el mismo motivo, porque si estaba en la cocina no lo iban a ver. Me costó un imperio convencerla de que aquello era un despropósito. Y es que está obsesionada con el qué dirán.
- No te extrañes, hijo, eso es muy propio de la gente de pueblo. Vivimos pensando en lo que puedan decir de nosotros. Por eso le damos tanta importancia al aparentar.
- Pues tú, abuelo, eres de pueblo y siempre te he oído decir que te importa una higa, como sueles repetir, lo que piensen los demás de ti.
- Eso es porque en mi juventud trabajé bastantes años en Alemania y Francia y cuando uno ha vivido en otros países te das cuenta que lo que de verdad importa es lo que tú pienses, sientes y crees. Y que lo que opinen los demás no es más que calderilla.
- Y Lorena no ha salido nunca del pueblo.
- ¡Equilicuá! – corrobora el viejo.

martes, 25 de febrero de 2014

3.5. Extraños compañeros de cama

   Cuando el secretario general del UNES, y ahora flamante concejal de urbanismo del nuevo consistorio de Senillar, rememora la negociación que mantuvo con el hombre de Cajaeuropa no deja de preguntarse si no cerró el pacto con sus nuevos aliados del PP demasiado pronto. Durante la intensa conversación con Badenes en más de un momento le bailó en la punta de la lengua una última petición: alternarse en la alcaldía dos años cada partido. No se decidió y optó por no estirar demasiado la cuerda no fuera a romperla. Piensa que, de todas formas, por una sola concejalía ha obtenido un botín impensable. Y encima le ha dado en toda la cresta al cantamañanas del líder del PSOE que ya se veía reteniendo la vara de alcalde una legislatura más.
   Una frase que hizo fortuna en la España de la transición era la de que la política hace extraños compañeros de cama. Una vez más se hizo realidad: la conservadora y españolísima derecha senillarense coaligada con los izquierdistas y nacionalistas miembros del UNES. Vivir para ver, como ha comentado más de un vecino de la localidad.

   Las repercusiones que ha producido el inopinado pacto entre el PP y el UNES han sido muchas y encontradas. Los socialistas están que echan las muelas. Sus sempiternos adversarios en esta ocasión les han ganado por la mano. Jaume Pellicer jura partirle la cara a Armengol cuando se lo tropiece, pero pasado el primer subidón de adrenalina se consuela pensando que arrieritos somos. José Ramón Arbós se fuma un habano de los caros en la soledad de su sala de estar; por fin, tras casi doce años sin tocar poder, ahora van a mandar. Guillem Armengol, para festejar el acuerdo, cierra por un día su bar y monta una juerga por todo lo alto con sus correligionarios. Javier Blasco viaja a Valencia, acompañado de su mujer, para encargar un traje a medida, el día de la toma de posesión de la alcaldía quiere estar como para echar el verso. Y Agustín Badenes, mientras escucha Rigoletto con los ojos cerrados, piensa en que va a tener cuatro años más para estrujarlos a todos.
   Los que han hecho posible el resultado electoral con sus votos, la gente del común, contemplan, tan atónitos como pasivos, el espectáculo de la última alianza postelectoral que ha sido vendida por el nuevo equipo que va a dirigir el municipio como un pacto por la gobernabilidad de Senillar. Y mientras el teatrillo político está a punto de echar el telón del primer acto de la comedia que ha de durar toda la legislatura, en los despachos de Cajaeuropa y de BACHSA se descorcha champán, nada de cava que no deja de ser un sucedáneo. Todo inclina a pensar que el enlace entre el ladrillo y la política seguirá siendo un matrimonio bien avenido.                                                                                                       

   Con las voluntades compradas, los dos partidos que forman el equipo de gobierno aceleran los trámites jurídicos y administrativos precisos para recalificar los terrenos de las partidas en las que se proyectan las futuras urbanizaciones. El Ayuntamiento agiliza la tramitación pertinente acogiéndose a las Normas Complementarias y Subsidiarias del Planeamiento, que recoge el Real Decreto 2159/1978, y que permite a los consistorios que carecen de Plan General la ordenación urbanística de su territorio.
   El ritmo de construcción se acelera por semanas. Los bloques de apartamentos crecen día a día como la mala hierba en una primavera lluviosa. Los obreros llegados desde medio país no dan abasto a satisfacer la insaciable demanda de mano de obra. El mercado laboral responde inmediatamente: aparecen los primeros emigrantes dispuestos a trabajar en lo que sea y por el salario que sea. Son contados los que tienen sus papeles en regla, la mayoría son irregulares que entraron en el país: los europeos como turistas, los africanos arribaron a las costas españolas por los tortuosos y, en ocasiones, letales vericuetos de la travesía del estrecho a bordo de frágiles pateras o escondidos en los camiones que los transbordadores, que cubren la travesía Tánger-Algeciras, desembarcan diariamente.

   Hay muchas constructoras que no quieren saber nada de los simpapeles, sobre todo aquéllas que han sido pilladas in fraganti por la Inspección de Trabajo. El hecho de no formalizar los contratos, como establece la legislación laboral, y eludir darles de alta en la seguridad social supone una sanción muy elevada y, casi lo que es peor, convertirse en referentes prioritarios en las rondas de visitas de la inspección. Por eso, huyen de los trabajadores que no tienen papeles como de la peste. Sin embargo, hay otras empresas que, en determinadas circunstancias, se arriesgan y no dudan en aceptar a cualquier trabajador aunque no tenga la documentación en regla, BACHSA es una de ellas. Para la constructora esta mano de obra es una especie de maná laboral: su coste es muy bajo en comparación con lo que cuesta un operario del país, se ahorra la aportación a la seguridad social pues no les dan de alta en la misma, aceptan los trabajos más rudos y peligrosos y pocas veces se quejan de trabajar en unas condiciones laborales y de salubridad que otros operarios no soportarían.

   Dimas, el veterano capataz y hombre de confianza del señor Francisco, soporta con gesto resignado el chorreo de su jefe a quien se le ha quejado el arquitecto que los montajes van retrasados respecto al cronograma que se había diseñado.
- Mira, Francisco, hago lo que puedo. Con el personal que tengo es imposible ir más aprisa, salvo que quieras que en lugar de unas instalaciones como establecen las especificaciones hagamos unas chapuzas de tomo y lomo. Y el señor Toresano lo sabe mejor que nosotros.
- ¡Coño!, y eso porque me lo has dicho antes. Si falta personal se contrata, ¡joder!, que aquí tiene uno que ocuparse de todo.
- Ya te lo he dicho varias veces y has hecho oídos sordos.
- No me toques los huevos, Dimas. ¿Cuántos años hace que trabajas para mí?
La tira, ¿y cuándo no me has venido con el cuento de que te faltaba gente? Siempre. Como coño no voy a hacer oídos sordos.
- Te concedo que suelo quejarme demasiado, pero esta vez va en serio Si quieres que cumplamos el contrato no te queda otra que mandarme más personal.
- ¡Joder!, haber empezado por ahí. Vamos a hablar con Medina a ver si conoce a alguien que nos eche una mano - admite un cabreado Francisco.

   El encargado de la oficina de BACHSA les cuenta que las obras que se están ejecutando en toda la costa levantina son muchas y que hay una acusada carencia de mano de obra de peones y mucha más de especialistas.
- No me digas, Medina, que no hay tipos dispuestos a currar, con la pasta que pueden llevarse a la bolchaca – se extraña Francisco.
- Nacionales, no, Paco.
- Coño, pues tendré que coger extranjeros.
- ¿Y de dónde crees que son una buena parte de los que están en los tajos? Extranjeros hay a punto de pala, pero con papeles no queda ni uno.
- Pues no me queda otra que cogerlos sin papeles – acepta un mosqueado Francisco.

viernes, 21 de febrero de 2014

3.4. Coche nuevo

   Sergio está como loco con su pisito pues es su primera casa, el primer hito de lo que imagina será un largo y feliz camino que recorrer en compañía de su bien amada.
- ¿Estás contenta con nuestro nidito de amor?
- No digas chorradas, Sergio, que me pones de los nervios. Que nidito de amor ni que leches. Este piso es una porquería lo mires por donde lo mires. Por eso voy a seguir el consejo de Anabelén, me ha contado que en la zona norte de el Torreón van a construir un bloque de apartamentos que parece que van a salir muy bien de precio si se compran en plano. Un día de estos cuando salga del merendero pienso acercarme donde la caseta de información y traerme propaganda.
- ¿Quieres alquilar otro apartamento? – pregunta Sergio alarmado.
- De alquilar, nada, eso queda para los pobretones. Lo que voy a mirar es para comprarlo.
- ¿Y de dónde vamos a sacar el dinero?, ¿o es que te ha tocado la lotería? – pregunta el muchacho en clave irónica.
- La pasta va a salir de nuestro trabajo, como hace cualquier pareja normal. Y si no alcanza con lo que ahora ganamos será cuestión de echar más horas extras o buscarse un segundo curro – asevera tajante la joven.

   Sergio descubre que el argumento de que no gana lo suficiente no vale para obstaculizar los proyectos inmobiliarios de su pareja. Opta por defenderse por otro flanco.
- Trabajo muchas horas y cuando llego a casa estoy bastante cascado. ¿Cómo voy a currar más tiempo?
- Eso son historias de señorito de ciudad. No trabajas tanto. Mi padre sí que curra, que casi lo hace de sol a sol. ¿O es qué me he ido a vivir con un flojeras? Piensa que a lo mejor puedo quedarme preñada y entonces tendrás que trabajar más horas, quieras que no, porque yo no podré hacerlo y habrá una boca más que alimentar.
- ¿Es que estás embarazada? – pregunta el chico con un temblor en la voz.
- No, no lo estoy, pero puedo estarlo en cualquier momento porque las pastillas esas que tomo, digan lo que digan, no creo que sean tan seguras. Y precisamente porque no estoy preñada es el momento de que tú eches los restos y consigamos tener un piso lo suficientemente espacioso para que, cuando tengamos familia, podamos montarle una habitación molona al crío –. Lorena ha descubierto que hablar de su posible maternidad pone a Sergio en un total estado de indefensión.

   El joven, ya en franca retirada, juega su última baza.
- Bueno, visto desde esa perspectiva…, pero sí me paso la mayor parte de la jornada en la obra, ¿cuándo tendremos tiempo para charlar, para planear nuestro futuro, hasta para besarnos, para acariciarnos…? – el chico todavía es renuente a mencionar explícitamente el sexo.
- Lo que me faltaba por oír. Para charlar y contarnos lo que sea ya tenemos los fines de semana, que me aburres con tanto rollo y tantas palabras finas. Y si es para echar un polvo, con unos minutos tienes más que suficiente porque sigues siendo don rápido.
   Al oír la pulla que más le escuece, Sergio sabe que ha perdido la partida. Echará todas las horas extraordinarias que hagan falta. Una vez que Lorena ha conseguido transformarle en una máquina de ganar dinero, y cuando creía que iba a retomar el plan de la compra de un nuevo apartamento, la chica le sorprende al anunciarle:
- Cariño, ahora que tenemos pasta, y antes de meternos en la compra del apartamento que eso son palabras mayores, lo que hemos de hacer es comprarnos un carro. Debemos de ser de las poquitas parejas del pueblo que no tiene.
   Lo del automóvil no se lo esperaba Sergio que, sin embargo, asiente complacido. Esta vez Lorena ha acertado de lleno. Era uno de sus más acariciados deseos: tener un coche. Ahora se va a cumplir su sueño y encima lo podrá utilizar para pasear a la mujer más maravillosa del mundo. La compra le depara al joven un nuevo disgusto. En su papel de cabeza de familia, trata de aplicar la máxima que ha visto en su casa de no gastar un céntimo más del que se gana. De acuerdo con esa filosofía que se le inculcó desde niño, Sergio acepta la compra de un coche, pero siempre que sea un vehículo de segunda mano; sabe que existen buenas ofertas y que, prácticamente, podrá pagarlo al contado. Lorena, una vez más, se pone brava.
- De segunda mano, nanay del Paraguay, chorbo. Eso es para los desgraciaos que no llegan a más. No hay nada más seguro que ir de estreno. ¿Acaso te hubieras conformado con emparejarte con una piba que ya estuviese estrenada? Pues con el carro lo mismo.

   Sergio empieza a temer los arrebatos de Lorena y opta por claudicar. Comprarán un coche nuevo. Cuando discuten sobre qué modelo comprar, la joven vuelve a sorprenderle.
- ¿Cómo que un SEAT? Esos bugas son para los que no tienen donde caerse muertos. Hay que ir de sobrao y comprar uno fardón. Al fin y al cabo, ahora estamos montados en el dólar y podemos permitirnos el lujo de tener un carro guay.
- ¿Y en qué coche habías pensado? 
- Pues no lo sé muy bien, pero ha de ser un cacharro que mole cantidad. ¿Qué te parece un descapotable? Siempre he querido tener uno, como esos que salen en las pelis americanas.
- Un deportivo nos va a costar un ojo de la cara y tampoco es que hayamos ahorrado tanto. Con el ritmo de vida que llevamos juntar toda la pasta que puede valer un coche así nos va a llevar tiempo. Ten en cuenta que, por unas causas u otras, la mayoría de los días comemos fuera de casa.
   La última frase lleva su carga de reproche. Lorena se ha revelado como un ama de casa lamentable. Tiene el apartamento desordenado y sucio y la cocina apenas la pisa, según ella cocinar es algo de las mujeres de antes, como su madre o la de Sergio. Cuando lo hace, en algún fin de semana, los platos se apilan en el fregadero cubiertos de restos. En la encimera las latas y los envases de comidas preparadas pueden amontonarse durante días. Ha de ser Sergio, quien cansado de tanto desorden y suciedad, lave la vajilla y recoja los desperdicios en un inútil esfuerzo para que la casa presente una apariencia algo más ordenada. Cada vez que realiza una de esas tareas no puede por menos que recordar a su madre, de la que afirmaban sus vecinas que en su cocina se podían comer sopas en el suelo de lo limpio que lo tenía.

   Cuando comienzan a visitar concesionarios resulta que, en efecto, los descapotables no están a su alcance. Y mucho menos el BMW al que le ha echado el ojo Lorena. Ha de conformarse con un Ford Fiesta, un modelo bastante más modesto de lo que aspiraba. A Sergio, en cambio, el coche le parece toda una pasada, es su primer vehículo y está como niño con zapatos nuevos. Lo han comprado a plazos. Y con la firma del montón de letras, la joven descubre el prodigio que es la compra de cualquier bien sin necesidad de dinero en metálico, como toda la vida hicieron sus mayores. Su imaginativa cabecita comienza a planear nuevas adquisiciones. Total, no hay más que firmar unos cuantos papeles y puedes pasar a ser dueño de cualquier cosa.  
   La fiebre consumista que parece haberse apoderado de Lorena no se mitiga con lo del coche. Aunque no se cansa de repetir que el piso en que viven es una mierda, como lo alquilaron desnudo habrá que vestirlo y, sobre todo, dotarlo de los electrodomésticos imprescindibles para una pareja como ellos que curran los dos y, por tanto, tienen poco tiempo para ocuparse de los quehaceres domésticos. Esa es la segunda batalla que emprende Lorena: hay que amueblar el piso para que, según dice, quede molón.

martes, 18 de febrero de 2014

3.3. Por escrito y firmado

    En su casa, Javier Blasco, presidente del PP, rumia cuanto le ha contado su conmilitón José Ramón Arbós sobre la posibilidad de dar un golpe de mano y que pueda acceder a la alcaldía por medio de un pacto de legislatura o de gobierno con los nacionalistas de izquierda. Sigue sin verlo claro por lo que, tras hablarlo con su mujer, vuelve a Villa Elvira a entrevistarse con Arbós.
- José Ramón, no estoy tan seguro, como tú crees, que los del UNES se avengan a pactar con nosotros. Armengol es más rojo que la madre que lo parió. ¿No lo crees así?
- No es cuestión de lo que yo crea o deje de creer, Javier. Haz la prueba. Ofrécele a Guillem lo que ha pedido a los sociatas, a lo que éstos le han dicho que nones,  y si fuera necesario algo más. Veremos que contesta.
- ¿Y qué dirá nuestra gente si nos aliamos con esa cuadrilla de catalanistas que reniegan de todo lo auténticamente valenciano?

   Arbós se arma de paciencia. Tendrá que poner toda la carne en el asador si quiere convencer al presidente de su partido.
- Vamos a ver, Javier, ¿tú quieres o no quieres ser alcalde?
- ¡Qué pregunta! Claro que sí.
- Pues entonces, tú mismo. Todos esos resabios pancatalanistas son propios de unos cuantos puristas anclados en los tiempos del franquismo, pero hoy en día esos no rascan bola en el partido. Los actuales dirigentes, desde que han tocado el pelo del poder, se han vuelto mucho más pragmáticos y las ensoñaciones románticas de sus primitivos planteamientos doctrinales se han atemperado mucho. Tú hazle una buena oferta a Armengol y verás cómo en vez de entonar la Muixeranga acaba cantando a tu vera lo de Per ofrenar noves glòries a Espanya.
- ¿Y qué van a decir los del comité ejecutivo regional? – inquiere reticente Blasco.
- Que digan misa si quieren. Como mucho, al principio te montarán el pollo, pero a la hora de contar los municipios que han arrebatado al PSOE, si Senillar es uno de ellos ya verás lo panchos que se pondrán y lo rápidos que serán en felicitarte. Ten en cuenta que ahora que se han instalado en la Generalidad también los nuestros se han vuelto más flexibles en lo que atañe a los pactos.
- Vas a terminar convenciéndome. Voy a convocar a la directiva para debatir los criterios a tener en cuenta en la negociación y las líneas rojas que no deberán traspasarse.
- Ni directiva, ni debate, ni líneas rojas, ni nada que pueda echar el pacto al traste. Ahora el factor tiempo es esencial. Vamos a hacer lo que te adelanté, enviaremos a Amador Garcés para que negocie con Armengol.
- Bueno, pero la directiva…
- Olvídate de la directiva. Este es, y espero que siga siendo, un partido presidencialista. Y tú eres el presidente, ¿no? Por consiguiente lo que tú hagas bien hecho está. Además, analiza el movimiento que vamos a llevar a cabo desde una doble perspectiva: si sale mal, como la negociación va a ser secreta no se enterará nadie y por tanto no habrá lugar a ningún reproche; si sale bien, nuestros amigos de la dirección te van a sacar a hombros por la puerta grande.
- Bien, me has convencido, aunque queda un pequeño pero. Sé cuánto confías en Amador, pero no lo veo como negociador. Siendo un socialista como es, ¿con qué papo va a pedirle a un tío que es medio comunista que se junte con nosotros? Creo, José Ramón, que deberías pensar en otra persona.

   Que difícil resulta a veces – piensa Arbós – ser  miembro de este partido. Les pones el pan en la boca y te lo escupen. No le queda otra que poner en marcha el plan B.
- ¿Y si te propusiera de negociador a Agustín Badenes?
- ¿Tanto te fías de Badenes?, ten en cuenta que es más escurridizo que las anguilas – otra vez aparecen los perennes recelos de Blasco.
- Ya sé que es un punto filipino, pero los constructores le tienen cogido por los huevos. En el negocio que se está cociendo la caja tiene invertidos millones y no puede permitirse el lujo de que haya un nuevo escenario político que ponga en cuestión su inversión. Eso presupone que está tan interesado o más que nosotros en que el nuevo gobierno municipal siga apostando por el plan de urbanización de la costa y con una coalición PP-UNES eso está asegurado.
- ¿Y a Badenes le vamos a dar carta blanca para la negociación?
- ¿Carta blanca?, hasta cierto punto. El objetivo será que, al mejor precio posible, consiga que el UNES se coaligue con nosotros. Así conseguirás el Ayuntamiento y, al fin, podrás llevar la vara de alcalde. Ah, y todo eso tiene que realizarse ya mismo. Como te he dicho esto es una carrera contra reloj. 

   Tras mantener una extensa charla con Arbós, y después de haber trazado entre ambos un minucioso plan, Badenes llama al secretario general del UNES. - Guillem, te anticipé que volveríamos a hablar y aquí estoy. Lo primero que te adelanto es que, aunque te pueda parecer sorprendente, hoy no estoy aquí representando a la caja sino en representación del PP. Su presidente me ha pedido que te haga una propuesta.
- Agustín, a estas alturas de la película ya no me sorprende nada. Llevo el suficiente tiempo en política como para estar curado de espantos. ¿De qué va la propuesta?
- Los populares están muy interesados en saber qué les pedirías si te propusieran un pacto para toda la legislatura.
- Nada, no les pediría nada. No me interesa un pacto de legislatura – es la tajante respuesta de Armengol.
- Reformulo la pregunta. Y si te propusieran un pacto de gobierno, ¿qué pedirías? – insiste Badenes.
   Armengol se queda mirando al bancario. Decide ser cauteloso e ir por partes.
- Quiero la concejalía de urbanismo.
- De acuerdo – es la pronta respuesta de Badenes.
- Y ser primer teniente alcalde.
- Concedido. ¿Es todo? – pregunta el bancario un tanto sorprendido por la contención que parece mostrar Armengol en sus pretensiones.
- No he terminado, Agustín. Y que no se tome ninguna decisión municipal importante sin contar con mi partido.
- Dalo por hecho – asegura el bancario.
- Y que tenga capacidad para poder meter en los servicios municipales a algunos de los míos.
- No creo que haya ningún problema. ¿Has terminado?

   Armengol duda. No sabe si por estirar demasiado la cuerda de las exigencias ésta se puede romper. Le baila en la punta de la lengua una última petición: alternarse en la alcaldía dos años cada partido. Le hace ilusión ser alcalde, ya se imagina la bomba que eso supondría para la gente de su partido, y está viendo la cara de orgullo y satisfacción de su mujer de ser la señora alcaldesa. En el último momento decide que por un solo voto es difícil obtener más. En vez de más concesiones pide otra cosa:
- Y todo cuanto acordemos por escrito y firmado.
- ¿No te sirve igual un pacto verbal entre caballeros? – pregunta Badenes a quien la última petición le ha descolocado un tanto pues es algo que ni él ni Arbós habían previsto.
- Mira, Agustín, sé que tu palabra vale tanto como un acta notarial, pero en definitiva tú no eres más que el negociador y la última palabra la tienen los fachas del PP y de esos no me fío ni un pelo.
- Si me lo permites, Guillem, dos sugerencias: una es que deberás de irte acostumbrando a no llamar fachas, al menos en público, a los que van a ser tus socios en el Ayuntamiento; la otra es que también tendrás que habituarte a ir fiándote de ellos por el mismo motivo. Dicho eso, lo de por escrito y firmado tendré que consultarlo, pero no creo que suponga un gran obstáculo. Y para concluir quiero recordar que, hace algún tiempo, te vaticiné que llegarías a ser uno de los hombres más poderosos del pueblo, pues bien, acabas de poner la primera piedra para ese empeño y para mí es una enorme satisfacción que mi modesta ayuda haya contribuido a ello.
- Lo dijo Blas, punto redondo – remacha jocosamente Armengol.