Llegó
agosto, el mes en el que los españoles que pueden, lo digo por los penosos
efectos de la crisis, se toman no sé si unas vacaciones, pero sí al menos un
respiro. Es lo que voy a hacer con el blog. Voy a seguir colgando episodios de Apartamento con vistas al mar, pero en
lugar de dos semanales, sólo publicaré uno, los miércoles. Cuando llegue
septiembre volveré a la cadencia bisemanal. Mientras tanto, felices vacaciones
para los afortunados lectores que vayan a disfrutarlas y para todos les deseo
un grato verano.
Este blog contiene las novelas de Zacarías Ramo Traver. Un octogenario que no escribe por fama ni dinero, sino contra la soledad. Contiene: “Las dos guerras de Aurelio Ríos”; “La pertinaz sequía”; “Apartamento con vistas al mar “; “Los Carreño. Julio y Julia”; “Los Carreño. Los hijos”; “Los Carreño. El yunque de las guerras”; “El robo del Tesoro Quimbaya”; “Una playa aparentemente tranquila” y “El masover”. Los martes se publica “El masover” y los viernes “Los Carreño. El yunque de las guerras”.
lunes, 5 de agosto de 2013
viernes, 2 de agosto de 2013
1.22. Una historia de suspense
Los dos informadores y Pascual Tormo
entran en un bar del pueblo para tomar café, mientras se lo sirven el periodista
que va a redactar el reportaje
le apremia a que concluya lo que les contaba sobre la especulación inmobiliaria
en Senillar:
- ¿Cómo terminó lo
de la especulación?
- Pues como dicen
por estos pagos, com el ball de Torrent.
- ¿Lo traduces, please? - ruega el reportero.
- En una traducción
libre sería algo así que acabó como el rosario de la aurora. Lo que se
construyó en los primeros años se vendió casi todo, pero el proyecto de
urbanización global de la totalidad del término municipal comenzó a complicarse
cuando comenzaron a tocarse los marjales.
- Ya he querido
preguntártelo en más de una ocasión, ¿qué es eso de los marjales? - el
fotógrafo también es muy curioso.
- Los marjales son
campos de cultivo arrancados al humedal que ocupa una buena parte de la franja
costera del pueblo y que, en su conjunto, llamamos la marjalería, aunque también se le ha llamado el prado pantanoso. En
esencia son franjas largas y estrechas de terreno limitadas por dos o más acequias
originadas al extraer la tierra que sirve de base al marjal y que lo sitúa por
encima de la cota freática del humedal; las acequias sirven asimismo como
conductos de drenaje y para suministrar agua para regarlos. Fueron muy útiles
hasta que se mecanizó la extracción en los pozos.
El periodista tiene otra pregunta más sobre
la marjalería:
- ¿Y a quién
pertenece, al estado o al municipio?
- Salvo una parte,
que es el humedal propiamente dicho y cuyo propietario es el municipio, el
resto pertenece a particulares, casi todos del pueblo. Como apunte histórico he
de añadir que, en los años negros de la posguerra, los marjales mitigaron mucha
hambre porque se pueden regar fácilmente a mano y la mayoría de la gente tenía
uno en el que sembrar toda clase de hortalizas, legumbres y frutales. A medida
que la economía de subsistencia fue desapareciendo, la gente dejó de
cultivarlos y terminaron casi todos abandonados.
- ¿Y qué tiene de
particular el marjal de aquí?
- Las marjalerías, como todos los humedales
próximos al mar, han sufrido una fuerte presión urbanística, especialmente en
nuestra comunidad, con el peligro medioambiental que puede suponer la
desaparición de las mismas. En Benialcaide que también tenían una pequeña zona
de marjales las urbanizaciones se los zamparon y nadie dijo ni pío. Aquí, como
el humedal es mucho más grande y siempre ha sido una modesta estación de paso
en la migración de las aves entre el norte de Europa y África, los promotores
fueron al principio con pies de plomo. Comenzaron a comprar marjales de manera
muy discreta, pero cuando el precio de los terrenos se disparó ocurrió lo mismo
con los de los marjales, especialmente cuando se hizo público el proyecto que
los promotores habían diseñado para el humedal y…
El reportero le
interrumpe:
- Perdona, Pascual,
¿te refieres al proyecto de La Marina?
- En efecto. El plan
era construir en el humedal un puerto deportivo interior y a su alrededor
edificar una ciudad residencial, una especie de Ampuriabrava. Recuerdo cuando
presentaron la maqueta en el Ayuntamiento – rememora Tormo -, era preciosa, el
puerto y sus múltiples canales y dársenas con sus barquitos amarrados en los
atraques, junto a unas espaciosas viviendas unifamiliares; en segunda línea
varias filas de apartamentos adosados y en último lugar bloques no
excesivamente altos. Todo ello salpicado de hoteles, centros comerciales, zonas
recreativas... En fin, lo que conlleva una urbanización de ese tipo. Lo
publicitaron como el cuerno de oro de la economía local, lo que iba a traer a
la localidad trabajo y prosperidad para todos. Durante meses casi no se habló
de otra cosa en el pueblo. La Marina de Senillar, que así la bautizaron, fue el
tema de conversación en todos los corrillos.
- ¿La Marina es lo mismo
que la marjalería?
- La Marina es el
nombre de la partida del término municipal que comprende el marjal y las zonas
aledañas.
Todavía le queda al periodista una pregunta
más:
- Evidentemente, el
proyecto de La Marina no se llevó a cabo, ¿cuáles fueron las causas?
- El proyecto tuvo
una historia con muchos altibajos, pasó por distintas fases y provocó muchas y
variadas reacciones. En su inicio fue ilusionante porque parecía que iba a dar
a la localidad una dimensión muy diferente al del típico pueblo costero cuya
oferta se centra únicamente en sol y playa de una calidad más bien modesta. La
marina residencial que se proyectaba tenía visos de algo mucho mejor y con una
ocupación no meramente estacional. Luego se pasó a la etapa de la controversia,
aparecieron los ecologistas y comenzaron a cuestionar la bondad del proyecto.
Aquello provocó una suerte de cisma local al dividir a la población en dos
bandos irreconciliables: los que estaban a favor y los que se oponían. Separó a
gente que se conocía desde siempre, a amigos de toda la vida y hasta destrozó
familias. Fue muy doloroso porque se mezclaron los intereses meramente
económicos con los políticos, se confundió lo público con lo privado…- De
pronto, e inexplicablemente, Tormo, se siente cansando y decide dar un
golletazo a la explicación que está ofreciendo -; en fin, fue una historia en
la que hubo capítulos que no desmerecerían en una película de Hitchcock, pero es larga de contar.
- O sea, qué es una historia
de suspense.
- De mucho suspense
y cuyo final todavía no está escrito. Y ya está bien por hoy.
martes, 30 de julio de 2013
1.21. Ramadán en verano
El ruido de la puerta al
abrirse despierta a Lorena que, a falta de algo mejor, se pasa el día en la
cama o viendo la tele. Se levanta y tal como está, desgreñada y con una
camiseta por toda vestimenta que apenas le cubre las caderas, sale a la pieza
que completa, con la habitación, el baño y una mini cocina, la vivienda. Sergio
se ha dejado caer en el desvencijado sofá que es el mueble más aparente de la
sala.
- ¿Te han dado el currele? - pregunta esperanzada.
- ¡Qué va!
- ¡Mierda! ¿Y qué han dicho esos soplapollas?, ¿por qué no te han
cogido?
- Esos tíos nunca explican nada o si lo hacen es como si hablaran para
marcianos: que no das el perfil, que no estás cualificado, que te falta
experiencia, que… y mil chorradas, porque no son más que chorradas.
- ¡Mierda, mierda y mierda! ¿Y qué vamos a hacer?
- La verdad, churri, es que no tengo ni pajolera idea - contesta un
Sergio totalmente derrotado.
- Pues vaya mierda - Parece que la expresión escatológica se haya
quedado pegada a la boca de la mujer -. ¿Y qué vamos a hacer? - vuelve a
repetir.
- Seguir como hasta ahora, no queda otra. Que mis padres sigan
ayudándonos a pagar el alquiler de esta pocilga, que los tuyos nos sienten a su
mesa, y arreglarnos como podamos con los ocho talegos y pico del subsidio de
paro.
- Cojonudo, ¿y todo eso cuánto va a durar? Para empezar, no sabemos
cuándo tus viejos se van a cansar de darnos money para el alquiler.
- Por eso no te preocupes, churri. Mis padres nos ayudarán hasta que
podamos bandearnos solitos.
- Que cándido eres, Sergio. También tus viejos dijeron que nos ayudarían
a pagar las letras del carro hasta que se achantaron. Cualquier día harán lo
mismo con lo del alquiler. Y mis viejos también están machacados. Una cosa es
que papeemos allí alguna que otra vez y otra que vayamos la mitad de los días.
Joder, Sergio, que ya no somos unos críos, que tengo las tetas caídas y arrugas
en la cara. No podemos seguir de pringaos.
- ¿Y qué sugieres, reina mora?
Cortan el diálogo al oír los
golpes, alguien está aporreando la puerta pues el timbre hace tiempo que dejó
de funcionar. Sergio se sorprende al abrirla. Quién llama es un hombre con una
frondosa y descuidada barba que sonríe al verle. Enseguida lo reconoce, es Bachir,
un marroquí que trabajó con él durante un tiempo.
- Sergio, ¿estar bien? Vengo a hablar con mi amigo Sergio.
- Pasa, Bachir, pasa, como si estuvieras en tu casa.
El norteafricano hace intención
de entrar, pero al ver a Lorena semidesnuda se queda quieto como una estatua de
hielo al tiempo que desvía la mirada.
- Mejor no entro, no molestar a mujera. Te espero bajo en bar. Quiero
hablar con mi amigo Sergio de negocios. Yo estaré en bar - repite.
- Espérame allí que ahora mismo bajo.
- ¿De qué conoces a ese moro? – quiere saber Lorena.
- Trabajó con nosotros cuando currábamos para el señor Francisco. Al
principio tuvo problemas porque algunos compañeros se metían con él, que si
olía mal, que sí tenía piojos, que si no rendía tanto como los demás porque
dedicaba mucho tiempo a sus rezos; en fin, que le hicieron la vida imposible. Dimas
creía que no era mal tipo y que la mayoría de cosas que decían de él eran
falsas, salvo lo de los rezos. Entonces lo pasó a mi cuadrilla.
- ¿Y cómo se portó el morito?
- Muy bien, resultó que era muy cumplidor y hasta, de vez en cuando,
hacía alguna hora de más para compensar el tiempo de sus oraciones. Recuerdo
que hubo un año en que el ramadán cayó en verano y…
- ¿Qué es el ramadán?
- El mes sagrado de los musulmanes, algo así como nuestra cuaresma, pero
ellos se lo toman en serio. Ayunan durante todo el día, no sólo no pueden comer
sino tampoco beber, hasta que llega la puesta de sol y entonces se atiborran.
Pues como te decía, era agosto y Lorenzo le daba todo el día a base de bien,
imagina lo que era para el pobre Bachir no probar ni una gota de agua con la
calorina que hacía. Fue la única vez que lo vi flaquear, pero nunca escurrió el
bulto a la hora de dar el callo en el tajo. En esos días se ganó el respeto
de todos los tíos del equipo. No había vuelto a saber de él hasta ahora. Me
bajo a ver que quiere.
En poco más de media hora,
Sergio está de vuelta.
- ¿De qué va el morángano ese? – se interesa Lorena.
- Entre que sólo chapurrea el español y que da más vueltas a la
conversación que un trompo, no creas que he sacado mucho en limpio. Parece que
quiere proponerme un negocio, pero antes de darme más detalles y llegar a un
acuerdo tengo que hablar con sus amigos.
- ¿Negocio? Vaya, también sería la rehostia que arrambláramos guita
gracias a un morito. Y ahora que lo pienso, hay muchos moros que están metidos
en el trapicheo del chocolate y, según cuenta el Perchas, ganan pasta a
tutiplén. A ver si te lo camelas y consigues que te meta en el negocio.
- Dudo que trajine
con hierba. Es hombre profundamente religioso. No sé si el Corán dice algo de
las drogas, pero me extrañaría mucho que un creyente como Bachir estuviese
enredado en el trapicheo.
- ¿Entonces de qué
puede ir el negocio?
- Cuando hable con
sus amigos lo sabremos.
viernes, 26 de julio de 2013
1.20. El prodigio del metro cuadrado
Pascual Tormo está cansado de narrar a los
reporteros las vicisitudes por las que pasó el desarrollo urbanístico de
Senillar. No obstante, hace de tripas corazón y prosigue con sus explicaciones:
- Bien, sigo con el boom
del ladrillo y sus antecedentes. Para que tengáis una idea más precisa tengo
que remontarme a la década de los sesenta. Después de la etapa de hambruna tras
la guerra civil, la explotación naranjera se convirtió en un negocio
floreciente. Luego llegaron los tiempos de las vacas flacas, la agricultura en
general y la naranja en particular cayó en picado. Hasta que hace un par de
décadas, hacia principios de los
noventa, algún despabilado se fijó en el pueblo y descubrió que, posiblemente,
era de los pocos parajes costeros de Valencia que seguía virgen pues apenas había
sido invadido por el ladrillo.
- ¿Antes de esa
época no había edificios en la playa?
- En la
playa siempre hubo viviendas, pero en general eran casas modestas de una o dos
alturas, algún chalé de medio pelo y poco más. Hasta que, de la
noche a la mañana, se desató la fiebre constructora en Senillar. El pueblo, del
que nadie había oído hablar, comenzó a aparecer en los medios, y se llenó
de promotores e inversores que creyeron que esto podría ser, en pequeño, un
nuevo Benidorm. De repente los propietarios de fincas, todas ellas con la
calificación de terreno rústico, descubrieron el prodigio del metro cuadrado.
- ¿Cómo que el
prodigio del metro cuadrado? - inquiere sorprendido el periodista.
- Os explico. Aquí la
superficie de las fincas se midió siempre por fanegas y esa era la medida con
la que se vendían y compraban. Antes del inicio del boom, una fanega de tierra
de secano venía a costar unas doscientas cincuenta mil pesetas, la de regadío
algo más. De pronto comenzaron a pulular corredores y agentes de la propiedad inmobiliaria
que, ante el maravillado asombro de los labradores, querían comprar sus campos
no por fanegas sino a tanto el metro cuadrado. La consecuencia fue que el
precio de la tierra se disparó. Fincas abandonadas, que no valían cuatro
reales, de la noche a la mañana se convirtieron en terrenos que se cotizaban a
precio de oro. Imaginad al propietario de una finquita de secano de cuatro
fanegas, al que si antes le daban un millón de pesetas por ella se daba con un
canto en los dientes, y de pronto aparecía alguien que le ofrecía mil pesetas
por metro cuadrado, que fue el precio inicial con el que se comenzó la loca
carrera de la especulación del suelo.
El fotógrafo interviene en el diálogo entre
Tormo y su compañero preguntando:
- Oye, Pascual, la
fanega, ¿cuántos metros cuadrados son?
- Una fanega aquí
tiene ochocientos treinta y tres metros con treinta y tres centímetros,
cuadrados naturalmente. Multiplicad. La finca de cuatro fanegas se convertía en
algo más de tres mil trescientos metros, lo que a mil pesetas el metro suponía más
de tres millones, el triple que antes. Aquello no fue más que el principio de
la locura porque de las mil se pasó diez, luego a veinte, después a treinta y
siguieron subiendo los precios en una escalada que parecía no tener fin. ¿Ya me
diréis si no se puede calificar al metro cuadrado de prodigioso?
- Desde luego, se
merece el calificativo. Imagino que con esos precios la gente estaba loca por
vender.
- En general, sí,
pero con excepciones. Cuando se produce un fenómeno similar al que ocurrió aquí
de que un bien, en este caso la tierra, se encarece más y más a medida que
pasan los días, cada propietario ha de sostener una lucha interna entre el
sentido común y la codicia.
- Explícate, Pascual
– solicita el periodista.
- Os pongo un
ejemplo: mis padres tenían una pequeña finca, aquí casi todas lo son, en la
partida del Torreón. Desde el primer día se la quisieron comprar a mil pesetas
el metro y el corredor afirmaba que era como robar el dinero. Yo mismo les
aconsejé que no vendieran porque suponía que los precios se iban a disparar.
Cuando otro agente inmobiliario llegó a casa con la oferta de diez mil el metro
pensé que ya era un precio imbatible y les dije que era el momento de vender.
Mi madre dudaba, pero mi padre vaticinó que el valor subiría, tenía razón. Los precios
siguieron su escalada hasta que parecieron estabilizarse cuando alcanzaron la
cota de las treinta mil pesetas metro, momento en que volvieron a querer comprárnosla.
Tormo hace una pausa en su explicación que
provoca la inmediata y concisa interpelación del reportero:
- ¿Y?
- Hubo una reunión
familiar, la más tensa que recuerdo. Mi madre sostenía que jamás podíamos haber
imaginado conseguir tanto dinero por un campo de secano plantado de almendros. En
su opinión había que vender. En cambio mi padre mostró una faceta insospechada
de su carácter, la codicia. Razonaba que, sí en algo más de tres años se había
pasado de mil a treinta, si esperábamos, seguro que el precio llegaría a las
sesenta. Por tanto, de vender, nada. Tuvieron una pelea de lo más penoso. Para
dirimir la pugna pidieron mi opinión, pese a que ya la conocían. Volví a
insistir que lo más sensato era aceptar la oferta.
- ¿No argumentaste
tu opinión? – quiere saber el reportero.
- Por supuesto. Les
hablé de que, como decía Antonio Machado, es de necios confundir valor y precio. Eché mano del
refranero con lo de que más vale un pájaro en mano que ciento volando. En fin,
traté de apuntalar la opción de venta con todos los razonamientos que se me
ocurrieron – remata el profesor su explicación.
Como Tormo parece que no tiene más que
decir, el periodista, con una sonrisa en la boca, pregunta:
- Pascual, eres un
maestro del suspense, no dejes la narración sin final, dinos como terminó la
historia.
- Pues que mi padre
no dio su brazo a torcer hasta que mi madre se puso a llorar como una Magdalena.
Fue demasiado para él. Accedió a vender. Por cierto que el tiempo le dio la
razón, unos años después el precio subió hasta las sesenta mil pesetas metro.
Estuvo todo ese tiempo repitiendo una y otra vez lo de ya lo dije y que por
nuestra culpa habíamos perdido un dineral.
- Y tenía razón –
comenta el periodista.
- Hasta cierto punto
sí, exactamente la tuvo hasta el fatídico dos mil ocho. Entonces, de un día
para otro los precios se desplomaron y es llegado el día en que siguen sin
recuperarse. En este momento no sé a cómo está el metro, pero lo que sí sé es
que ni siquiera debe haber mercado porque en los solares ya urbanizados los
carteles con lo de se vende terminan cayéndose de viejos. Ahora sí que es el
fin de la historia – concluye Tormo y agrega -. No sé si sería un buen titular
el de: Los metros cuadrados siguen, pero el dinero ha volado.
- Como titular es
demasiado largo, uno más periodístico sería: Fin del prodigio del metro
cuadrado –remacha el reportero.
martes, 23 de julio de 2013
1.19. País de pícaros
Sergio está
desesperado, ya no sabe qué hacer para encontrar trabajo. Ha probado suerte en
todos los anuncios que ha visto de se busca, ha preguntado en un montón de
comercios, almacenes, bares, restaurantes… y la respuesta ha sido siempre la
misma: no hay trabajo o, en el mejor de los casos, vuelva otro día.
Uno de sus antiguos
compañeros de tajo, Felipe, que es hombre tan ingenioso como quimérico le
sugiere una de las actividades a la que podría aplicarse para ganar
unos euros:
- El otro día oí una conversación que te podría interesar.
Un tío, que por lo que decía deduje que era corredor de seguros, contaba que en
su compañía están hasta las narices de la gente que pretende estafarles. Y que
una de las estafas más corriente es la de quemar la casa para cobrar la
correspondiente indemnización. Te lo cuento porque se me ocurre que podrías hacer
lo mismo, le prendes fuego a la covacha en la que vives y, hala, a cobrar del
seguro. No es que sea muy legal, pero tengo entendido que una aseguradora es
como un banco, una cueva de ladrones y, ya sabes, el que roba a un ladrón…
- Me parece muy buena idea, Felipe, sólo hay una pega: ¿de
dónde saco la pasta para pagar la prima del seguro?
En otra ocasión, la
sugerencia de Felipe es algo más cruenta, pero no precisa de ninguna clase de
inversión.
- Me han dicho que puedes ganar una pequeña fortuna
vendiendo un riñón. Como te queda otro puedes seguir viviendo sin ningún
problema.
- ¿Estás seguro?
- Lo que te digo. ¿Te acuerdas de Santillana, un delantero
centro muy bueno que tuvo el Madrid? Pues bien, descubrieron que sólo tenía un
riñón, los médicos recomendaron que se retirara, se quedó en el equipo y saltaba
más que ninguno. De hecho los remates de cabeza eran su especialidad. Y todavía
hoy sigue jugando en los encuentros de veteranos como si fuera un chaval.
- Bueno, pues será cuestión de pensárselo.
Cuando le
cuenta a Lorena la proposición de Felipe, ésta se revuelve como una pantera en
celo.
- Ni hablar. No sé quién está más chiflado, sí Felipe por
proponerte majaderías como esa o tú por hacerle caso. La próxima vez que te vuelva a decir lo del riñón le contestas que por qué no se lo quitan a él. ¡No
te amola el gilí!
Otro día la
propuesta de Felipe también entraña riesgo, pero puede ser económicamente
provechosa.
- A un tío que conozco le atropellaron la suegra. El seguro
le dio una buena indemnización. Eso le dio qué pensar. Un día se decidió y en
un paso de cebra, cuando el semáforo estaba en naranja, se echó encima de un
coche. Le rompieron una pierna, pero se llevó un montón de pasta.
- ¿Así de fácil? ¿El seguro le pagó a pesar de que fue él
quien provocó el accidente? No sé si creérmelo, Felipe.
- Lo que yo te diga. Al principio, el seguro se negó a indemnizarle,
pero se buscó un abogado y ganó el pleito. Y se llevó sus buenos euros.
- ¿Y si estaba tan pelado como para recurrir a ese método,
de dónde sacó el dinero para pagar al abogado?
- Parece que hay picapleitos que sólo te cobran si ganan el
caso. Entonces te facturan un porcentaje bastante alto de lo que ha pagado el
seguro o el causante del accidente, pero con todo te queda un dinero curioso.
Lorena se vuelve a
pillar un rebote de cuidado cuando se lo cuenta.
- Sergio, no sé qué se ha hecho de tu sentido común. Antes
todo lo razonabas, pero desde hace una temporada parece que piensas con el
culo. Un coche no sólo te puede partir una pierna o un brazo, también te puede
partir la crisma o dejarte inválido para los restos. El día que me eche en cara
al gilipollas del Felipe le voy a cantar las cuarenta. Quita, quita.
Sergio llega a la
triste conclusión de que para los pobres no resulta tan fácil lo de ganar
dinero sin doblar el espinazo. Tendrá que continuar buscando curro.
Paradójicamente es Lorena quien ahora le propone una manera comodona de hacerse con algún dinerillo.
- Hoy me ha soplado Verónica una forma facilona de ganar
algo de pasta. Vas a la Cruz Roja a que te saquen sangre. Te dan un bocadillo y
diez euros. Y también me ha asegurado que hay una empresa catalana que por un litro
de plasma llega a darte más de cincuenta.
- Oye, pues es algo que no se me había ocurrido.
- Y hay más, algo que tú puedes hacer y yo no, dar semen.
Creo que pagan mejor que lo de la sangre.
- Eso me da repelús. Tú sabes el mal cuerpo que se te puede
poner cada vez que pienses que un hijo tuyo va por ese mundo sin saber que tú
eres su padre. Es como si yo te propusiera que hicieras de vientre de alquiler
que eso sí que parece que lo pagan a precio de oro.
La contrapropuesta
de Sergio ha dejado a Lorena pensativa.
- Churri, ya que hablas de madres de alquiler pienso que se
me está pasando el arroz, ¿por qué no tenemos un crío?
- Reina mora, eres la campeona del oportunismo. No quisiste
tenerlo cuando todo nos iba de cara y ahora que estamos sin trabajo, sin casa,
sin dinero y con un futuro más negro que el capacho de un carbonero sales con
esas.
Cuando Sergio les
cuenta a sus amigos Francisco y Lisardo las diversas ocurrencias que le ha ido
sugiriendo su amigo Felipe, ambos jubilados le aconsejan lo mismo que su
pareja: que no se meta en esa clase de asuntos puesto que tiene más
posibilidades de que le salga el tiro por la culata que de sacar provecho
alguno. Al acabar la explicación de la sarta de salidas más o menos ingeniosas como
medio de allegar algunos dineros, Francisco retrata la situación con una de sus
proverbiales sentencias:
- ¡País de pícaros!
domingo, 21 de julio de 2013
1000
Supongo
que para muchos blogs de personajes famosos la cifra de 1000 visitas debe ser
una minucia. He leído que algunos lo consiguen en unos minutos. No es mi caso.
Que este blog haya logrado ese número en mes y medio, teniendo en cuenta que
sólo es el soporte de una novela por entregas de un autor desconocido, supone para
mí un poderoso estímulo. Puesto que significa que hay un grupo de personas,
cada vez más amplio, que siguen los episodios de Apartamento con vistas al mar con cierta asiduidad. A todos ellos
mi entrañable gratitud y mi renovado voto de seguir escribiendo.
viernes, 19 de julio de 2013
1.18. ¡Cuán largo me lo fiáis!
A los dos reporteros que acompañan a Tormo
por los predios de Senillar les quedan todavía muchas preguntas en la recámara:
- ¿Queda todavía en
activo alguno de los políticos que fueron imputados en la operación Tornasol? -
se interesa el periodista.
- Creo que no. O
salieron por la puerta de atrás o les dieron de baja en sus partidos. Tened en
cuenta que parte de tres consistorios se pringaron hasta la coronilla y los
cogieron con las manos en el carrito del helado. Y además de políticos de todos
los colores, para que se vea que la mierda no hace distingos de ideologías.
- ¿Y todo esa cagada
ha servido para algo?
- Está por ver.
Personalmente, soy pesimista. De entrada, el proceso tardará años en
sustanciarse. Todavía el juez instructor, el tercero por cierto, está buscando
en diversos paraísos fiscales buena parte del dinero que se movió en sobornos.
A esa pasta ya pueden echarle un galgo. Tengo yo más posibilidades de llegar a obispo
que de que aparezca el dinero.
- Oye, y de los
empresarios e intermediarios imputados ¿qué ha sido de ellos? – pregunta el
fotógrafo.
- Hay de todo. Unos
fueron encarcelados, pero pagaron la fianza y están en la calle. Otros están en
busca y captura. De lo que no se sabe nada es de los millones que se movieron
en sobornos y en dinero no declarado al fisco. Ya sabéis lo que ocurre en este
desgraciado país, la gente no es tan renuente, como se suele creer, en asumir
su responsabilidad, pero euro no se devuelve ni uno. Parece que la consigna es:
si no hay más remedio iré a la cárcel, pero el dinero me lo quedo. Para allí,
delante de ese bar, es al que suelo venir a tomar el aperitivo.
En aquella hora de la media tarde el bar
está prácticamente desierto. Mientras los periodistas se sientan, Tormo pasa
por la barra a saludar al dueño y hacer la comanda. Aprovechando su ausencia,
el fotógrafo comenta:
- Tomar el
aperitivo. Yo creía que esa costumbre había pasado a la historia. Y otra cosa,
vaya vocabulario que gasta el amigo Tormo, es más redicho que un
académico.
- Va de suyo. Da
clases de lengua y literatura españolas en el CEU. En cuanto a tomar el
aperitivo, ese lujo se lo permite por vivir en el pueblo.
- ¿Pero no has dicho
que da clases en Valencia?
- Sí, pero donde vive
es aquí. Ten en cuenta que por lo que le pagan si residiera en la ciudad no
podría permitirse muchos caprichos. En cambio, viviendo aquí, no paga alquiler
porque tiene casa propia y sólo ese ahorro le da para sus pequeños gastos. Los
tres días que tiene clases coge el coche y en menos de una hora está en la
facultad. Pascual es un tío más listo de lo que parece, ahí donde lo ves es
doctor en filología románica o como se
llame ahora y se ha labrado toda una reputación como especialista en
comunicación social.
- ¿Y tú qué crees,
qué está a favor o en contra del pollo que se montó aquí? Lo digo porque parece
tener una actitud ambivalente, a veces parece como que detesta el urbanismo salvaje que se practicó
durante aquellos años, en cambio hay momentos en que se diría que lo acepta.
- Es posible que ni
siquiera lo tenga claro, puede ser el típico caso de que los árboles no te
dejan ver el bosque.
Tras volver Tormo retoman la conversación.
- Por cierto, y para
tener una idea más clara de lo que habéis venido a buscar, ¿qué clase de
reportaje pensáis hacer? – Es algo que siempre ha querido preguntar, pero que
inexplicablemente no lo ha hecho hasta ahora.
El periodista encargado de redactar el texto
le cuenta que la revista para la que trabajan piensa publicar una serie de
reportajes sobre las fastuosas obras de todo tipo que, debido a la crisis
financiera y al estallido de la burbuja inmobiliaria, han quedado a medio
construir o si se terminaron ahora son inservibles. Ya están preparándose
sendos reportajes sobre la macro ampliación de Seseña, los aeropuertos de
Ciudad Real, León, Lérida y Castellón y algún sonado despilfarro más como los
del AVE o ciertas autopistas. También se han incluido en la serie proyectos
menos conocidos como el fallido plan de la Marina de Senillar.
- Hombre, esto no
tiene la magnitud de los ejemplos que has citado – precisa Tormo.
- Eso es evidente,
pero en pequeño sí es que es un paradigma de la evolución de los últimos años
del boom puesto que se dieron todas las connotaciones propias de lo que supuso
el auge inmobiliario. Un urbanismo salvaje y descontrolado, una carrera sin
freno para convertir suelo rústico en urbano, una escalada de precio de los
terrenos que parecía no tener techo, una orgía en la adjudicación de hipotecas
sin contar con ninguna clase de control y para rematar el pastel la guinda de
un sonado proceso en el que la corrupción, el cohecho, los delitos fiscales y
un largo etcétera han sido sonados.
- Aunque pueda
aceptar muchas de las cosas que dices, el caso de Senillar sigue siendo
diferente – Da la impresión de que a Tormo no le gusta que hablen mal de su
pueblo. Es el primero en reconocer los desaguisados ocurridos en su patria
chica, pero que los difundan otros no es plato de su agrado.
- ¿Y dónde está la
diferencia? Yo no la veo.
- La diferencia está
en el factor tiempo. Cuanto has dicho es cierto, pero también lo es que todo
eso ya forma parte de la historia, es pasado. Y ahora miremos al futuro. Cuando
la crisis termine, y algún día lo hará, puedes apostar que Senillar renacerá
porque su potencial de crecimiento sigue ahí, quizá larvado, pero intacto. En
cambio, algunos de los ejemplos que has mencionado no tienen presente, pero es
que tampoco creo que tengan futuro.
- ¿Y tú crees que
Senillar si lo tiene?
- Cuando el pueblo
tenga políticos que miren por el interés público, no por el privado, y que sean
conscientes de que el dinero no crece en los árboles sino que sale del bolsillo
de los contribuyentes, ese día Senillar renacerá.
- Buf – resopla el
periodista y, en un tono a medio camino entre el escepticismo y la ironía,
sentencia - ¡Cuán largo me lo fiáis!
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