viernes, 17 de enero de 2025

Libro IV. Episodio 83. Los exámenes patrióticos

 

   Álvaro mira a su hermano Julián, lleva el uniforme que le identifica como miembro del Tren de transporte del Ejército republicano, está sucio y desgreñado, pero en general no tiene mal aspecto, aunque está bastante más delgado. El tío Luis corta las efusiones de sus sobrinos y saca la cartilla militar de Julián de cuando hizo el reglamentario servicio militar en el Parque y Centro de Abastecimiento de Material de Intendencia, que en previsión se han traído. Le enseña el documento al teniente Pérez Palomo al tiempo que le explica:

   -Como verá, esta cartilla identifica al soldado Julián Carreño Manzano y, a su vez, prueba que, cuando en su día hizo el servicio militar, trabajó de chófer en el Parque –y dirigiéndose a Julián le ordena-. Sobrino, recoge tus pertenencias que te vienes con nosotros.

   -Es que verá, mi teniente coronel… -el teniente no puede seguir porque Luis le corta.

   -¿Algún problema, teniente? –pregunta al tiempo que mira amenazadoramente al oficial.

   -No, mi teniente coronel, solo que hay que rellenar el formulario de la salida del campo de Julián.

   -¿Y a qué espera para ordenarlo? Le doy diez minutos, ya le dije que nos esperan en el gobierno militar de Alicante.

   Mientras el sargento rellena el correspondiente formulario de salida del campo, Julián se ha ido a recoger sus pertenencias que consisten en una manta y un macuto. Al tiempo que los dos Manzanos se despiden, ahora con más cordialidad, del jefe del campo.

   -Creo que se llama usted Agustín Pérez Palomo. Hablaré en el ministerio de usted, les diré que han hecho una buena elección al escogerle como jefe de este campo. Es usted un oficial de gran eficacia, en el tabor pueden estar orgullosos de contarle entre sus filas –hasta parece que Luis se ha humanizado, aunque en realidad todo es un paripé.

   En cuanto regresa Julián, el sargento le da el certificado de su salida del campo por no estar incurso en ninguno de los apartados que establece la Ley de responsabilidades políticas de febrero del 39. Tras los cual, el teniente, dirigiéndose al tío Luis, le dice:

   -Mi teniente coronel, ahora ya puede llevárselo bajo su personal responsabilidad. Ah, y otra cuestión: deberá estar localizable en los próximos meses por si la Auditoria ordena la práctica de alguna información previa. Que tengan un buen viaje y ya saben dónde me tienen.

   Durante el viaje de vuelta a Madrid, Julián les cuenta cómo fueron los últimos días de marzo cuando los ejércitos republicanos en tierras levantinas se desmoronaron como un castillo de naipes. La gente comenzó a desaparecer de sus unidades, especialmente los procedentes de la región levantina, aunque recuerda que un compañero, natural del municipio madrileño de Fuenlabrada, le anunció que se marchaba, y que cuando le dijo que había más de 400 kilómetros de Gandía, que era donde estaban, a su pueblo, le respondió:

   -Como si hay mil.

   En las paradas que hace el trío durante el trayecto, Luis y Álvaro se admiran de la voracidad con la que come Julián y de las cantidades que ingiere. Prueba del hambre atrasada que debe tener, por lo que, en vez de tres raciones, suelen pedir cuatro. Otra de las previsiones que tomó Álvaro, antes de partir a Albatera, fue llevarse uno de los trajes de paisano de su hermano para que no llamara la atención con su uniforme del Ejército republicano. Y en esas que llegan a Madrid. El recibimiento que la familia dispensa a su hermano es como si Julián, tras fallecer, hubiese resucitado. Aunque la alegría por su reaparición se ve apagada por la noticia que le dan: su madre ya no está con ellos. Pasados unos días, Julián habla de volver a trabajar, pero su padre le aconseja que no se precipite.

   -No tengas prisa, primero debes reponerte, amortiguar el hambre canina que todavía te obsesiona, volver a acostumbrarte a la vida civil y luego ya hablaremos de trabajo.

   Jesús, para animarle, le dice que en Callao ha visto un cartel publicitario anunciando: Alicante, la millor terreta del mon.

   -Eso díselo a uno que haya estado interno en Albatera y verás qué te contesta –responde, airado, Julián.

   La Ciudad Universitaria, que durante casi dos años fue campo de batalla en el asedio a Madrid, ha sido prácticamente destruida, por lo que Jesús, que va a reemprender los estudios de Farmacia, tiene que ir al caserón de San Bernardo a preguntar cuándo recomenzarán las clases. Lo que saca en limpio es que nadie tiene una idea precisa del reinicio, aunque lo más probable es que se realice en otoño. En esa visita, es cuando oye por primera vez la expresión exámenes patrióticos. Pregunta y le cuentan que se están preparando unos exámenes especiales para quienes hayan participado en la guerra, en el bando vencedor naturalmente. Sigue indagando y un conocido que trabaja en el pabellón de gobierno de la universidad Central le da más datos.

   -Se comenta que esos exámenes pueden ser un coladero. Bastará presentarse de uniforme a los exámenes, también parece que contará, además de ser excombatiente, ser alférez provisional, camisa vieja, excautivo y todas las situaciones relacionadas con Falange.

   Tras esta información, Jesús piensa en cómo aprovecharse de tales exámenes. El gran problema es que él no entra en ninguna de esas categorías. Piensa que si Álvaro no se hubiese vuelto a Palma le podría echar una mano, pero ahora no tiene a quién recurrir. Se lo comenta a Pilar que enseguida comprende la oportunidad que se le presenta a su hermano de licenciarse en Farmacia en un par de años y no en cuatro como le faltan.

   -¿Sabes qué?, se lo voy a comentar a Luis que en esas cuestiones se mueve como pez en el agua. Por lo pronto, ya tiene medio solucionada su situación personal para que no le imputen su condición de exsoldado de la república, y así poder reintegrarse a su plaza de notario.

   -¿Y cómo lo ha conseguido?

   -Ha sido decisiva la ayuda que le ha proporcionado don Nicolás Ferrero, un viejo notario de Madrid, que ha sido quien ha movido los hilos. A lo mejor te puede echar un capote.

   -¿Y crees que se prestará a ayudarme?

   -Hermano, Luis hará lo que yo le pida, además le caes bien, fuiste uno de los que no montó un pollo cuando papá se enfadó conmigo.

   Pilar cuenta a su novio la oportunidad que se le presenta a Jesús y lo bueno que sería para ellos que en la familia hubiese un segundo título de licenciado en Farmacia. Así, si en algún momento lo necesitaran, ella podría llevarse el suyo sin dejar tirada a la familia. Luis se pone al tajo e inmediatamente se tropieza con el obstáculo insalvable de que Jesús no ha participado en la guerra, solo hay una posible vía de salvación: si él ha conseguido convertirse en camisa vieja de la noche a la mañana, también puede lograrlo para Jesús.

 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro IV, Las Guerras, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 84. Los Carreño se ponen el mono de trabajo

 

martes, 14 de enero de 2025

2. El crío será futbolista

  

   El  padre del protagonista, el señor Zacarías Clavijo, es el encargado de la compañía que suministra electricidad al pueblo, o el llumero como también se le conoce. A sus 42 años, la primera impresión que ofrece es de reciedumbre porque, sin ser grueso, su corta estatura –alrededor de uno sesenta y poco- concuerda con un tórax ancho y una cabeza de patricio romano. Tiene la clásica calva de herradura, nariz ligeramente aguileña, ojos pequeños protegidos por gafas metálicas, boca generosa y barbilla recia. Como buen aragonés cumple con el tópico de ser tozudo, al menos esa es la fama que le precede. Es hombre de pocas aspiraciones y se conforma con la vida qué el destino le ha deparado. En el pueblo tiene fama de ser honrado y cumplidor. Puesto que ha trabajado en varios oficios, es habilidoso, no hay avería de un aparato o rotura de una instalación que se le resista. Fue precoz en el trabajo y tardío en el matrimonio. Es apolítico aunque afiliado a la UGT, ya que es el sindicato mayoritario de su empresa. Tampoco es muy religioso, aunque no falta ningún domingo a la misa cantada de doce, por aquello de dejarse ver. No es de aficiones muy acusadas, lo que más le gusta es departir con sus amigos y echar alguna partida de manilla, pues va al café un rato después de las comidas. En el pueblo es una de las personas más conocidas, ya que todos los meses entra en las casas con instalación eléctrica dos veces: una para la lectura del contador de la luz y otra para cobrar el recibo de la electricidad consumida. No es mal padre aunque, siguiendo la estela de la imperante cultura machista, la educación de su prole recae básicamente en su esposa. Zaca piensa de él que tiene la sensibilidad de un ladrillo.

   En la cédula de la madre del muchacho, de nombre Rosario Alsina, pone de profesión sus labores; o sea, ama de casa. La impresión que da, a sus 35 años, es de una cierta fragilidad, pero es engañosa, pues resulta ser más dura de lo que parece. Debió de ser guapa en su juventud, pero la vida y la maternidad han dejado huellas en el rostro, no tanto en su figura que sigue siendo esbelta. Tiene el pelo negro como el azabache y la piel blanca. Un óvalo de cara armónico con unos rasgos regulares que le confieren una cierta aura de serenidad. Pequeña de estatura, pero armoniosa de medidas. Tiene buen carácter, aunque es algo melodramática, tendente a la fantasía y en ocasiones le gusta aparentar lo que no es. Siendo casi una niña la pérdida de su madre -debida a la epidemia de gripe mal llamada española- la marcó profundamente al tener que convivir con su madrastra que se ocupó más de sus propios hijos que de sus hijastros. En su juventud conoció el amor, pero a la hora de contraer matrimonio optó por la seguridad antes que por la pasión, lo que le llevó con el paso de los años a una cierta amargura. No es muy devota, aunque los domingos acude a la misa rezada de siete por aquello del qué dirán, y la semana que le toca tiene en casa a la Virgen del Rosario dentro de una capilla resguardada por un cristal, y ante la que enciende una lámparilla votiva durante toda la semana. Como ama de casa es del montón, insulsa en la cocina, pero competente repostera. Su gran afición es cantar pues, aunque tiene poca voz, cuenta con buen oído y canta las coplas y las canciones zarzueleras con buena entonación. Zaca es con quien mejor se entiende, pues les une el carácter fantasioso.

   El pueblo natal del protagonista, Torreblanca, radica en la provincia de Castellón. Lo de adjetivarse de La Plana resulta ser una broma pues, con excepción de la estrecha franja litoral, el resto del territorio provincial es muy abrupto, ya que las estribaciones del Sistema Ibérico forman las grandes comarcas del Maestrazgo al norte y la Sierra de Espadán al sur, convirtiendo la provincia en una de las más agrestes. Aunque con alturas no muy elevadas, salvo el monte Peñagolosa que, con sus algo más de mil ochocientos metros, es la cota provincial más elevada.

   La localidad, en la costa norte de la provincia aunque a tres kilómetros del mar, cuenta con tres mil y pico de almas, vive de y para la agricultura, tiene poca historia y menos futuro. En cuanto a su presente es de una modesta, pero hasta cierto punto segura, subsistencia puesto que, desde el ferrocarril Valencia-Barcelona -que atraviesa el término de sur a norte- hasta la turbera conocida como el Prat junto al mar, la mayoría de las fincas se riegan con agua de las norias esparcidas por el campo, por lo que la agricultura no sufre los rigores de la estacionalidad de las lluvias.

   A grandes rasgos ya conocen al protagonista, su familia y su entorno. Es hora de comenzar a contarles su vida.  

   Amanece en un ventoso día marceño. Zaca está soñando, aunque más que un sueño es una pesadilla, pues muestra su falta de coraje y su nula aptitud para la actividad física: en el partidillo que los alumnos de la escuela juegan durante el recreo, de rebote le llega la pelota y no sabe qué hacer con ella, si pasarla, regatear a un contrario o chutar a puerta; ante su indecisión, un compañero de equipo se la arrebata al tiempo que le grita:

    -¡Mía, lelo!

   Su sueño se trunca cuando una mano, suave pero firme, lo sacude.   

   -Despierta, dormilón.

   El chico se sienta en la cama aún adormilado, quien le ha despertado es su tía Paca la Francesa, lo que hace que se despabile del todo. ¿Qué hace la tía en casa tan de mañana?   

   -Ponte la ropa de los domingos –pide la tía, que ya está vistiendo a su hermano Pedrito con el que comparte cama.

   Al muchacho no le gusta ir vestido de domingo porque ha de ponerse el pantalón de golf –prenda que es la transición entre el pantalón corto y el largo y que solo usan los retoños de las familias de posibles o que aparentan serlo- por lo que, a veces, los demás chicos se le burlan. Además, los últimos zapatos de Segarra, que le compró madre para los festivos, son duros y le aprietan.

-Tía, hoy es miércoles y hay escuela, no es fiesta -protesta.

-Da igual, hoy es un día de fiesta para la familia.

    En cuanto ambos hermanos se han vestido, la tía les baja a la primera planta donde está el dormitorio de sus padres. La primera sorpresa que se llevan los chicos es que en la alcoba hay varias personas, encabezados por padre, que reciben a los chavales con semblante alegre. Son todos familiares menos uno, pero le conocen, es el médico con el que la familia tiene la iguala, don Eulogio. La tía les lleva al lado de madre, que está recostada en la cama y que, sonriente pero con semblante de fatiga, les enseña un bulto, envuelto en una sabanilla, que tiene en el regazo.

-Dadle un beso al nuevo hermanito –les insta.

    El más chico de los hermanos se queda mirando al recién nacido con cara de asombro. ¿Qué es eso de un hermanito?, ¿de dónde ha salido este crío?, ¿será el que me llamará Tete?, se pregunta.

   El primogénito está confuso, pues solo tiene una vaga idea de la concepción, ya que una vez que preguntó sobre ello a Elvira -la joven que ha ayudado en la casa durante el embarazo de madre- su respuesta fue críptica:

   -Los niños los hace Dios y los trae una cigüeña.

   No tuvo ninguna duda de lo de Dios, pues Él lo puede todo, como les explicó el vicario en las charlas preparatorias de la primera comunión, pero lo de la cigüeña le desconcertó, porque en Torreblanca esas aves no se conocen, solo las ha visto en libros.  

    Tras besar al bebé, madre les indica que se marchen.

-Iros con la tía Paca y ayudadla a atender a la gente que viene

a ver a vuestro hermano.

   En el pueblo existe la costumbre de que, cuando nace un niño, familiares y amigos suelen visitar a la parturienta para interesarse por su estado y el del recién nacido. A rebufo de lo cual, se suele agasajar a los visitantes con algunos dulces y una copita de anís dulce o de mistela. Zaca comprende ahora por qué madre estuvo elaborando pastelitos de boniato, almendraos y magdalenas; debía saber que la cigüeña vendría pronto.

   Durante buena parte de la mañana no ha cesado de llegar gente y, como solo vienen personas mayores, la tía Paca ha dado permiso a los niños para salir afuera a jugar. La calle se llama del Horno porque, al parecer, hace muchos años hubo uno y, aunque está en el centro del pueblo -entre la plaza Ramón y Cajal y la calle San Cristóbal-, es más bien una calleja que debe tener alrededor de cuarenta metros de largo y unos seis de ancho, y que en las fiestas patronales sirve de corro para los encierros. Cuenta con aceras, pero el espacio entre ambas es de tierra lo que la convierte en una cancha ideal para jugar.

   Los dos chicos han escrutado la calle por si hubiese algún otro muchacho con el que jugar. En la calleja viven más chicos: están los hermanos Monero –aunque su apellido es Franch- que son algo mayores que Zaca, Agustín el Meme y Visentico Vidal, de edades similares a la del primogénito, pero con los que se relacionan poco. Optan por jugar al gua. Juegan algunas partidas que las gana el pequeño porque el mayor, desde que vio a su nuevo hermano, no hace más que darle vueltas a una idea obsesiva y apenas presta atención al juego. Charito no juega, pues el gua no es juego para niñas; lo que ha hecho es ir a charlar con su amiga Fina la Mema que vive enfrente. De vez en cuando, uno de los chiquillos entra en casa para, a espaldas de su tía, sisar alguno de los dulces guardados en la fuente que hay en el comedor. De una de esas escapadas, vuelve Pedrito con una noticia sorprendente sobre el neonato.

   -¿Sabes qué?, Tete. El crío será futbolista.

   -¿De dónde sacas esa bobada?

   -De bobada, nada. Acaba de decir el tío Antonio que el crío ha nacido de penalti. O sea, que será futbolista de todas, todas. Vaya suerte.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 3, de la novela

<<El masover>>, titulado: Que ce soit ce que Dieu veut

viernes, 10 de enero de 2025

Libro IV. Episodio 82. El campo de concentración de Albatera

    

   La carta de Julián desde el campo de concentración supone una gran alegría para la familia y más en los penosos momentos por los que están pasando.

   -¿Qué avales puedes conseguir, hijo? –pregunta Julio.

   -Nada de avales, papá –responde categóricamente Álvaro-, esos procesos pueden tardar mucho tiempo, pues han de verificarlos. Lo que voy a hacer es ir personalmente al campo y traérmelo conmigo, pero antes voy a informarme del mismo y, especialmente, de quién lo dirige.

   La información que, extraoficialmente, consigue Álvaro del campo de Albatera es más bien siniestra. Está instalado en lo que fue un antiguo campo de trabajo de la república ahora reconvertido en campo de concentración, y donde están encerrando a miles de prisioneros del Ejército republicano, así como a civiles que habían acudido a Alicante con la esperanza de huir de la represión. Las condiciones de vida son extremadamente duras, los presos únicamente reciben para comer una lata de conserva cada dos días para dos personas y un trozo de pan para cinco. Muchos prisioneros prefieren dormir a la intemperie que instalarse en los barracones, infestados de chinches y piojos.   Para salir, son necesarios certificados de buena conducta o declaraciones certificadas de haber pertenecido a la quinta columna, ser camisa vieja u hombre de probada vida religiosa. También consigue averiguar que la vigilancia del recinto está encomendada a un tabor del Grupo de Regulares, número 2 de Melilla, a cuyo frente está el teniente Agustín Pérez Palomo.

   Antes de emprender el viaje, piensa que sería mejor reforzar la diferencia de rango con respecto al teniente que dirige el campo y recurre al tío Luis. Le explica la situación de Julián, lo que se propone hacer y le pide que le acompañe. Un teniente coronel, aunque sea del Cuerpo jurídico, impresiona mucho más que un teniente de navío. El tío no se lo piensa, puede contar con él. 

   En el viaje a Albatera, pernoctan en Valencia y desde allí se trasladan al pueblo alicantino. En su trayecto, han visto columnas de camiones abarrotados de soldados republicanos que Dios sabe adónde los llevan. La mayoría portan una manta a guisa de bandolera, van sucios y con gesto de abatimiento, aunque se han cruzado con un camión en el que iban cantando a todo trapo Ay, Carmela.

   El campo tiene todavía peor pinta de la que esperaban. Como han tenido la precaución de ir de uniforme, el soldado de guardia en la puerta se cuadra al tiempo que vocea: cabo de guardia. El recinto en que está la oficina presenta mejores condiciones que el resto, pues fue construido por la república cuando aquello era un campo de trabajo. El teniente de regulares, avisado de su presencia, les está esperando a la entrada del pabellón.

   -A sus órdenes, mi teniente coronel, mi capitán. No sabía que iban a venir.

   -Descanse, teniente. Estamos aquí de manera extraoficial, aunque nuestros superiores conocen el motivo de esta visita –Lo último no es del todo cierto, pero es la forma usada por el tío Luis de reforzar su presencia en el campo.

   -Pasen al despacho, por favor.

   El tío Luis no pierde el tiempo. Con voz autoritaria, explica que vienen a por su sobrino y hermano, Julián Carreño Manzano que, según información del ministerio del Ejército, se encuentra en el campo.

   -Mi sobrino era chófer de los Almacenes SEPU de Madrid, y desde que lo reclutaron estuvo de conductor en el Tren de transporte de la división orgánica de Madrid y luego en el del Ejército de Levante. Y como tal nunca participó en otras actividades que no fueran las que requería su condición de chófer. En cuanto a su vida, antes del Glorioso Alzamiento Nacional fue la del hijo de una familia profundamente cristiana y de derechas de toda la vida, y que nunca participó en partidos políticos o en sindicatos. Venimos a llevárnoslo porque sabemos que no tiene que rendir ninguna cuenta a la justicia. Y, en cualquier caso, estará en todo momento a disposición de los auditores en el domicilio familiar bajo mi personal responsabilidad. Mándelo llamar, teniente.

   El director del campo se remueve inquieto en la silla al oír la orden del jurídico.

   -Tendría que ver si el nombre de su sobrino está en las listas de internados –indica el teniente.

   -¿Y a qué espera? –pregunta Luis tirando de galones.

   -Sargento –llama el teniente-, mire en las relaciones de prisioneros si hay un tal Julián Carreño Manzano y, si está, que lo traigan. Caballeros –dice dirigiéndose a los visitantes-, la revisión de las listas puede tardar un rato y encontrarlo también; tengan en cuenta que en estos momentos debemos de tener algo más de 8000 prisioneros, por lo que sugiero que pasemos a la cantina a tomarnos un café o lo que quieran. Son mis invitados.

   Álvaro mira a su tío quien asiente. Mientras repasan las listas, los tres oficiales charlan de la guerra. Es Álvaro quien más acapara la conversación contando algunas de las batallas del Canarias y haciendo hincapié en que hasta el mismo Generalísimo estuvo en el crucero cuando se celebró la parada naval a la altura de Tarragona, tras la conquista de Cataluña. Lo que se propone es impresionar al teniente por si pone alguna pega a la excarcelación de su hermano. La charla la interrumpe el sargento.

   -A sus órdenes, mi teniente, el susodicho Julián Carreño Manzano no figura en ningún listado.

   -Eso no puede ser, en el ministerio nos han asegurado que Julián está en este campo. ¿Pero qué coño de administración llevan aquí? –pregunta, con voz tonante, Luis.

   -Hacemos lo que podemos, mi teniente coronel, pero es que cada día ingresan nuevos prisioneros y a otros se los llevan, y al personal administrativo que tenemos no le da tiempo a actualizar las listas.

   -Teniente, esta no es mi primera inspección a un campo de concentración, sé cómo funcionan y qué pasa con las relaciones de internos, por lo que sugiero que mande a un pelotón que vaya voceando el nombre de mi hermano hasta encontrarlo –propone Álvaro.

   -Ya ha oído a mi sobrino, mándelo ya, no podemos perder más tiempo, tenemos una cita en el gobierno militar de Alicante –afirma con voz autoritaria Luis sobre algo que se acaba de inventar.

   El sargento y una escuadra de soldados se desparraman por el campo voceando: ¡Julián Carreño Manzano! Van pasando por los barracones y por las zonas al aire libre gritando el nombre de Julián y preguntando si alguien lo conoce. En un sector en el que hay un grupo de hombres jugando al fútbol con una pelota de trapo está Julián, pero no contesta a la llamada. Sabe que cotidianamente se realizan sacas de prisioneros de los que luego se desconoce su paradero; el runrún del campo asegura que se los llevan para fusilarlos y por eso prefiere no contestar. Hasta que uno de sus compañeros de juego lo delata.

   -Ese de ahí es Julián Carreño –dice señalándolo. Julián mira a su compañero con ganas de asesinarlo, pero termina levantando la mano.

   -Soy Julián Carreño.

   -¿Y qué más? –pregunta el soldado.

   -Y Manzano.

   -Arreando detrás de mí que te esperan en el despacho del teniente.

   Julián va maldiciendo al malnacido que lo ha delatado hasta que llega al despacho del jefe del campo. Cuando ve a su hermano y a su tío, de momento, se queda paralizado por la sorpresa. Cuando se repone, se echa en brazos de Álvaro llorando y sin cesar de repetir:

   -Tato, tato, tato…   -Luego se abraza al tío Luis. Apenas si es capaz de decir algo más.

 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro IV, Las Guerras, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 83. Los exámenes patrióticos

martes, 7 de enero de 2025

1. Zacarías, Sacaríes, Zaquita, Sacarietes, Zaca, Tete (*)

 

   De todas esas maneras llaman al protagonista de esta historia. No es que sea alguien relevante, pues es un niño que, al final del invierno de 1930 –cuando arranca la narración-, está a punto de cumplir diez años, pero en la comarca castellonense de la Plana Alta es habitual ser conocido por más de un apelativo, al menos el de la pila bautismal y el mote familiar.

   En el caso de nuestro personaje, Zacarías es el nombre que figura en el acta de bautismo, y así le llaman sus maestros y su padre. Sacaríes -la versión valenciana del patronímico- es como generalmente se le conoce en su pueblo –Torreblanca- donde el valenciano es la lengua dominante. Zaquita le llaman su madre y sus tías. Sacarietes, es la forma cariñosa que usan muchas personas mayores que le conocen desde siempre y el que se da a sí mismo en sus soliloquios. Zaca le denominan sus amigos, y es la versión que menos le disgusta. Y Tete le llaman sus dos hermanos: Charito, de ocho años, y Pedrito, de cinco.

   ¿Qué supone que Zaca sea la forma que menos le disgusta? Mejor es decirlo cuanto antes. Supone que al muchacho le horroriza su patronímico, le parece un nombre que suena a antiguo, poco usual –por mucho que la gente culta le recuerde que es un nombre bíblico- y feo de remate. A él le hubiese encantado tener un nombre corriente, de los que hay a patadas: Pepe, Juan, Paco, Manolo, Antonio…, cualquiera menos el que tiene, pero sabe que no le queda otra que apechugar con él.    

   El enojo con su nombre es algo que el chico guarda muy en secreto, ni sus amigos lo saben, ni siquiera su madre, la cual le contó que ella hubiese preferido que le pusieran el nombre de su abuelo materno, Joaquín, incluso no le habría parecido mal que le llamaran como a su otro abuelo, Pedro, y hasta sugirió que le bautizaran con el nombre del santo del día en que nació, Julio, pero no hubo forma de doblegar la voluntad del padre, que se empecinó en que le bautizaran con ese nombre porque también es el suyo. Y será una cruz que tendrá que llevar lo que le queda de vida.

    El 12 1de abril de 1930 el chico cumplirá diez años. Físicamente, es de corta estatura, como de uno sesenta y poco, aunque por su edad se espera que crezca pero, dada la talla de sus progenitores, no es probable que lo haga mucho más. Tiene la osamenta fina y la musculatura delgada porque, aparte de la genética, es un fetiller. Así llaman en el pueblo a los inapetentes, y él lo es en grado sumo. Sentarse a comer es uno de los momentos más ingratos del día; madre se pasa las comidas instándole a que coma aprisa, padre le amenaza con que va a probar su cinturón –amenaza que no suele cumplir- y lo que más le chincha es que su hermana Charito, que zampa como una lima, suele ofrecerse para ayudarle a comer. Es posible que su anorexia influya en que no hay epidemia que no pille: ha pasado la viruela y el sarampión, pesca todas las gripes y se acatarra con frecuencia. Es un niño enfermizo.

   Tiene el pelo -que peina con raya- negro como un tizón. La carita ovalada, la frente relativamente ancha, cejas y pestañas del color del pelo, nariz recta, ojos pequeños, tristones y de un marrón oscuro, nariz recta, boca generosa, labios gruesos y barbilla voluntariosa. No es que sea un feo de manual, pero tampoco podemos decir que sea atractivo. Desprende un aire un tanto taciturno y melancólico.

  Posee un carácter que podría calificarse de poliédrico, pues tiene muchas aristas como todos los retraídos. Tiene complejo de bajito, lo es; de feucho, lo es; de ser una nulidad física, lo es; de vergonzoso, lo es, y de ser muy torpe en las relaciones sociales, lo es. Quizás sea demasiado serio para su edad, excesivamente  introvertido, algo apocado, un tanto romántico y más bien egoísta. Una de sus tías, que lo tiene calado, dice de él que es un libro cerrado.

   También tiene cualidades, en parte como medio de compensar sus carencias. Es reflexivo, voluntarioso, metódico, tenaz y con una curiosidad insaciable. Su gran pasión es la lectura, lee todo tipo de libros, tebeos, periódicos, revistas y hasta panfletos publicitarios. Su nula condición física unida a su afición lectora le ha llevado a ser el clásico empollón, ya que en el ámbito del estudio es donde se siente cómodo y donde destaca sobre los otros muchachos.

   Posiblemente, por lo esmirriado de su cuerpo es una nulidad en todo lo relativo a la actividad física y eso le lastra en una sociedad rural en la que se espera de todo varón que corra como un guepardo, salte como una pantera y tenga la fuerza de un león. Su autoestima sufre cuando, en los partidillos de los recreos escolares, los capitanes de los equipos que se enfrentan eligen sus jugadores, y él es uno de los últimos en ser elegido, y sospecha que cuando le seleccionan es más por su buena fama académica que por sus dotes futbolísticas.

   Lo de su desgana y flaqueza han originado que una de las primas de su madre, la tía Emilia, que es maestra nacional en San Mateo -un pueblo del Maestrazgo-, algunos cursos se lo ha llevado con ella y con la tía Angelita -que hace de ama de casa-, con la aspiración de que, como el agua de allí es muy fuerte, se le abra el apetito. Vano intento, Zaca vuelve de Sant Mateu tan fetiller como se fue. La tía Angelita se pasa las comidas como su madre, achuchándole para que coma aprisa, afanya´t le repite, lo que surte tan nulo efecto como el aprisa materno. El continuo uso de esa voz valenciana fue la causa de una anécdota chusca. Los vecinos del piso de la tía Emilia son una familia cordobesa cuyo padre es molinero y, al ser casi palabras homófonas, confunden afanya´t con Azaña. Un día que la pareja de la Guardia Civil apuró al molinero con los permisos de la molienda, el cordobés, tratando de congraciarse, le contó al cabo que la maestra vecina debía de ser muy de izquierdas porque ella y su prima se pasaban las comidas gritando a un niño que vive con ambas: Asaña, Asaña, Asaña, repite con el seseo propio de su tierra. A lo que el uniformado replicó:

   -Si se está refiriendo a doña Emilia, tiene de izquierdas lo que yo de fraile. Y me consta por tres razones: la conozco desde hace años, es de la congregación de Hijas de María y, sobre todo, porque es hija del Cuerpo, su padre era guardia civil.

   Zaca guarda un recuerdo imborrable de esos inviernos en San Mateo, porque en el último de ellos, con ocho años, encontró su primer amor o, al menos, eso creía. Fue todo un flechazo. Llegó una nueva maestra al pueblo, doña Mercedes, y fue verla y ¡zas! se prendó de la janenca, pues su idolatrada es oriunda de La Jana un pueblecito cercano a Sant Mateu. Ese amor, flor de un día, siempre lo ocultó, pero su corazoncito latía más aprisa al recordarla hasta que, con la tardía llegada de la sexualidad, la idílica imagen de doña Mercedes se fue desvaneciendo hasta convertirse en un pálido recuerdo.

   Los apellidos de Zaca son Clavijo y Alsina. Del primero, de ascendencia turolense, está el chico orgulloso porque es único en el pueblo, no hay más Clavijos que su padre, sus hermanos y él. Del segundo también está satisfecho, pues como le contó el médico de su familia, con fama de erudito, Alsina es un nombre griego femenino que significa "de Alcina" y "fuertemente de voluntad"; y además, porque le suena muy diferente de los apellidos acabados en ez tan abundantes en lengua castellana.

   A propósito de los varios nombres conque el muchacho es llamado, su hermano chico tiene una pregunta que formularle.

  -Tete, siempre quiero preguntarte una cosa y me se olvida.

   -Se dice se me olvida –le corrige Zaca, tan pedante como suele-.Los pronombres… -El muchacho no sigue con su explicación, se da cuenta que Pedrito es pequeño para entenderla, por lo que cambia de discurso- ¿Qué quieres preguntarme?

-¿Por qué tienes tantos nombres? Padre te llama Zacarías; madre, Zaquita; Elvira, Sacarietes; la gente del pueblo Sacaríes y tus amigos, Zaca. Ah, y yo y Charito te llamamos Tete.  A mí solo me dicen Pedrito. ¿Por qué te llaman de tantas maneras?

-No sabría decirte. Sí puedo aclararte que lo de Tete en el pueblo se lo dicen a los hermanos mayores.

-Al hermano que es el mayor de todos, ¿no?

-En unas familias se lo dicen solo al primogénito y en otras, como la nuestra, a todos los hermanos mayores. Te recuerdo que tú llamas Teta a Charito y no es la primogénita.

Es oír eso y al chiquillo se le pone cara de expectación.

-Entonces, entonces…., ¿si tuviéramos hermanos pequeños me llamarían Tete?

-Posiblemente.

-¿Crees que si se lo pido, padres comprarán otro?

-¿Qué tienen que comprar?

-Otro hermanito. Así tendré alguien que me llamará Tete y ya no seré sólo Pedrito.

 

   (*) En adelante, jugaremos con todos los nombres que se dan al protagonista pero, por aquello de la economía lingüística, el apelativo que más usaremos será el de Zaca. Tampoco es cuestión de exasperar más al personaje llamándole con los otros nombres que tanto le disgustan.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 2, de la novela <<El masover>>, titulado: El crío será futbolista