El
final de la guerra es celebrado en casa de los Carreño de Madrid por todo lo
alto. El padre y los hermanos lo celebran descorchando una botella de auténtico
champán francés que Verdú se ha sacado de la manga.
-¡Virgen del Amor Hermoso!, ya era hora de que se acabara esta pesadilla
y las personas decentes podamos ir por la calle con la cabeza bien alta
–proclama Eloísa.
-Y yo
no tendré que seguir escondiéndome –se alegra Jesús.
-Lo
más importante es que mamá y los pequeños podrán volver a casa y volveremos a
ver a Álvaro –señala Julio.
Pilar
se abstiene de decir en voz alta lo que para ella representa el fin del conflicto,
por lo que se limita a comentar:
-Y
podremos poner la farmacia al día, que falta nos hace. Por cierto, papá, ¿vais
a continuar con la tertulia de la perfumería?
-Por
supuesto, esta misma tarde tenemos reunión, hay muchas cosas que comentar.
Los
Carreño de Palma también se alegran con el fin de la guerra, aunque la alegría
está atenuada por el estado de la madre. Julia ha ido decayendo poco a poco sin
que el médico militar que la visita ofrezca un diagnóstico preciso de su
dolencia, pero lo cierto es que su vitalidad ha desaparecido y pasa más tiempo
en la cama que en pie. Concha, como la mayor de los hermanos de Palma, está
deseando que desembarque Álvaro para que tome una decisión sobre su madre:
internarla en una clínica, llevársela a Madrid o hacer lo que sea, pues es la
más consciente de que su madre se está apagando.
En
Madrid, los que un día se llamaron a sí mismos quintacolumnistas de pacotilla,
se juntan donde la perfumería. A Dios gracias, la guerra ha finiquitado y todos
pueden contarlo. Y salvo aquellas épocas en que pasaron hambre, no les ha ido
tan mal, sobre todo comparándose con otros que fueron encarcelados, torturados
o paseados. La primera pregunta la
formula hoy Julio.
-Oye,
Lisardo, ¿has vuelto a reunirte con tus amigos
del café Gijón?
-¡Qué
va!, la tertulia no ha vuelto a reunirse desde principios de marzo y sus
integrantes han desaparecido.
-Deben de estar escondidos como las ratas. Ahora los rojos tendrán que
rendir cuentas y ya veremos cómo les va.
-A mí lo que me remonta la moral son las disposiciones
que está tomando el gobierno de Burgos, como lo de que se declara obligatoria
la presencia de crucifijos en las aulas escolares. Por ahí es por donde debe
caminar el gobierno de Franco –comenta Julio.
-Ya que has citado a Burgos, según mis
fuentes el gobierno va a durar poco en la ciudad. De hecho, sé que los
distintos ministerios se están preparando para regresar a Madrid.
Acabada la tertulia, Julio retorna a casa,
pero antes se pasa por la farmacia donde se ha dejado el ABC, el diario monárquico que ha vuelto a ser publicado en Madrid.
Como suelen hacer los Carreño, entra en la rebotica por la puerta trasera que
da a la calle de Flor Alta. Lo primero que le llama la atención es que la
puerta no está cerrada. Tendré que llamar la atención a los chicos, se dice
Julio. No enciende la luz, ve que no es necesario pues la rebotica tiene
claridad que proviene del flexo que hay en el despachito donde se ven dos
bultos. Este Jesús debe de haberse ligado a alguna moza, piensa, y se la ha
traído aquí; tendré que decirle que no vuelva a hacerlo. Como Julio ha hecho
ruido, los bultos le han oído y se vuelven…
Julio
ve con estupor que quien está en la rebotica no es Jesús, el que está abrazado
a su hija Pilar, que tiene la ropa desordenada por encima de la cintura y que
le mira sin que parezca sentir ni pizca de vergüenza, es Luis Verdú. En cuanto
se recobra de la sorpresa, comprende lo que está haciendo la pareja… y la ira
le ciega. ¡Su hija, en su propia farmacia, copulando como si fuera una perra en
celo con un hombre, casado y con hijos!..., está tan encolerizado que no
acierta qué decir hasta que rompe a gritar…
-¡¡Desgraciado, malnacido, hijo de mala madre!!, ¡¿pero cómo te atreves
a deshonrar mi familia?! ¡Tú, que te he acogido en casa como si fueras otro de
mis hijos!, ¡¿cómo has tenido la desfachatez de ultrajar a mi hija?!, ¡¿cómo te
has atrevido a faltarle el respeto a una familia que mantiene el decoro y la
decencia por encima de todo?¡Apártate de mi vista, no quiero volver a verte en
mi casa nunca más, desgraciado! Y contigo, Pilar, hablaré luego.
La
reacción de la pareja es desigual. Al hombre se le nota alterado, avergonzado y
parece no saber qué decir, pero la mujer rezuma tranquilidad y aplomo, y es la
que contesta a su padre.
-Papá, cálmate y, por favor, deja de gritar que se te debe oír hasta en
la Puerta del Sol. A ver cómo te lo explico: soy soltera, mayor de edad, estoy
en mi farmacia –lo recalca- y me
junto con quien me apetece. No necesito tu permiso ni el de nadie para unirme
con el hombre a quien quiero. Admito que debería haberte dicho antes que estoy
enamorada de Luis y, en cuanto pueda volver a su notaría, pienso irme con él.
Ya sé –se adelanta a su padre que pretendía decir algo- que está casado y que
tiene hijos, pero para mí es como si fuese soltero. Y tranquilízate, porque te
va a subir la tensión y te puede dar un ataque. Y, como te acabo de decir, no
seré ninguna deshonra para la familia, en cuanto sea posible me iré lo más
lejos posible a vivir con mi hombre. Por lo tanto, aquí no ha pasado nada,
cálmate y vuelve a casa que es hora de cenar.
Era
lo que menos podía esperar Julio, su hija, su Pilar, amonestándole como si
fuese un párvulo y admitiendo que Luis no la ha deshonrado, sino que ha sido
ella la que se ha entregado conculcando la mitad de los mandamientos de la
Santa Madre Iglesia. Y eso no es lo peor, ¿qué dirá la gente cuándo se entere?,
¿qué dirán los vecinos, los clientes…?, y, sobre todo, ¿qué dirán sus demás
hijos?, ¿cómo podrá encajar su esposa lo ocurrido y Álvaro con lo recto que
es?, ¿y qué clase de ejemplo está dando la mayor de sus hijas a las hermanas
más chicas? Se hace muchas preguntas, pero se ha quedado sin palabra que decir,
por lo que da media vuelta y se marcha, dando un portazo al salir.
En
cuanto se va su padre, Pilar se disculpa con Luis, al tiempo que trata de
quitarle hierro a la desaforada reacción de Julio.
-Perdóname,
corazón, esto no tendría que haber ocurrido, la culpa es mía. Estoy avergonzado
y te ruego que no te enfrentes con tu familia por mí. Si quieres, no volveré
por aquí, nos veremos fuera –se excusa Luis.
-No
tengo nada que perdonarte, mi amor. Soy yo la que debe pedirte perdón por cómo
se ha puesto mi padre. Y no te preocupes por mi familia, son como son, pero sé
la forma de bajarles los humos. En cuanto a lo de no volver, ni lo sueñes, la
titular de esta oficina de farmacia soy yo y aquí entra quien yo diga, la
opinión de mi señor padre es irrelevante. Y ahora, invítame a cenar, tenemos
mucho de qué hablar.
PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro IV, Las Guerras, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 79. Eres un granuja,
pero te adoro