Julio
ha enviado los muebles y enseres para su nueva casa por medio de una empresilla
de mudanzas de Galisteo. Salvo Pilar, Jesús y Paca que se han ido a Madrid
anticipadamente para adecentar el piso de San Bernardo e ir colocando muebles y
enseres, el resto de la familia se desplazará en tren a Madrid. El domingo, 25
de mayo, los Carreño están en la estación de Plasencia-Empalme, esperando el
expreso Arroyo-Malpartida de Cáceres a Madrid que los va a llevar a su nuevo destino. Los chiquillos, traviesos
como son, corretean por el andén persiguiéndose hasta que su madre les llama la
atención. A los mayores se les ve muy serios, pues no dejan de estar preocupados
por el trascendental paso que van a dar. Cuando ya están instalados en el
vagón, Eloísa musita: Plasencia, siempre
te llevaremos en el corazón.
Los
Carreño han reservado un compartimiento de segunda clase con cabida hasta ocho
personas y, aunque son nueve, los pequeños no ocupan mucho espacio. A la cabina
se accede por la puerta que da al pasillo. Al principio, los niños se
apelotonan junto a la ventanilla hasta que se aburren de ver pasar el panorama
de la zona nororiental de la provincia cacereña. Luego, y tras pedir permiso a
su madre, salen a deambular al pasillo donde ven que el paisaje al otro lado
del vagón es igual al que se atisba desde el compartimiento. Cuando se cansan
de corretear por el pasillo, se atreven a pasar a otros vagones con lo que
hacen descubrimientos que, al regresar, se apresuran
a contar a la familia.
-¿Sabéis que
no todos los vagones son como el nuestro? Hemos estao en unos que no tienen
cuartos como este, sino bancos corridos a un lado y otro del vagón y el pasillo
está en el medio. Y van abarrotaos de gente –cuenta Andrés que, con sus once
años, es el capitán de la tropa de los pequeños.
-Andrés, hijo, no se dice estao sino estado y abarrotaos tampoco es
correcto, hay que decir abarrotados. Procura hablar mejor pues si no los
madrileños van a creer que eres un isidro
–le corrige su padre.
-Papá, ¿qué es un isidro?
–pregunta Ángela.
-Así
se les llama en Madrid a los aldeanos y patanes, especialmente a los que acuden
a la capital con motivo de las fiestas de San Isidro.
En poco más de cuarenta minutos, el tren
efectúa su primera parada, Navalmoral de la Mata. Para entretener a la
chiquillería, Julio les cuenta lo que recuerda de la localidad.
-Navalmoral es el pueblo más grande del
noreste de la provincia de Cáceres. Es el
tercero más poblado de la provincia, y también es uno de los siete partidos
judiciales en los que se encuentra dividida Cáceres.
-¿Y a
la gente que vive aquí como se les llama? –quiere saber Concha.
-Su
gentilicio es moralo o navalmoralo.
-Si
alguien me llama así le suelto un mamporro –proclama Andrés.
-¿Y
después de este, qué otro pueblo viene?
–pregunta Froilán que, con sus siete años, también quiere participar en el
coloquio
-Calzada de Oropesa, Lagartera y luego Oropesa de Toledo.
-¿Por
qué a Calzada y a Oropesa se les llama de Toledo, es que hay más pueblos con esos nombres? –indaga Concha.
-Que
yo sepa, en la provincia de Salamanca hay otro pueblo llamado Calzada de no sé
qué y en la de Castellón hay un pueblo llamado Oropesa del Mar –explica Julio.
En
Oropesa de Toledo sí para el expreso. Unas mujerucas recorren el andén
vendiendo productos de la tierra, bocadillos de queso y jamón y también portan
botijos a perra gorda el trago. Los niños quieren que su madre les compre unos
bocadillos, pero Paca les conmina a que se callen porque, en cuanto se lo mande Julia, lleva comida en el ajado bolsón
que siempre la acompaña.
La
siguiente parada es Talavera de la Reina. Como los chiquillos ya han comido,
vuelven a estar revoltosos por lo que el padre prosigue sus relatos, esta vez
sobre Talavera.
-Cerca de Talavera pasa el río Tajo y a unos cuatro kilómetros al oeste
está la desembocadura del río Alberche.
-¿Y por qué se llama de
la Reina?, ¿tú lo sabes, papá? –pregunta Concha.
Julio, que ha estudiado el trayecto antes de embarcarse, se hincha como
un pavo real pues está en situación de responder a su hija.
-Porque
en 1328, el rey Alfonso XI de Castilla
contrajo matrimonio con su prima, María de Portugal, y le regaló, entre otras
cosas, esta ciudad.
-¡Jo
lo que tenían los reyes castellanos!, los tíos regalaban ciudades como el que
regala un pañuelo –comenta Andrés.
-A
los reyes no se les llama tíos –le advierte su madre.
Antes
de dar lugar a que Andrés conteste, pues quizá sea el más respondón de la
camada, Julio interviene.
-Tenéis que saber que Talavera es conocida especialmente por su
actividad alfarera, que ha dado lugar a una famosa cerámica. También es importante
el mercado nacional de ganados, puesto que es una de las zonas más productoras
de ganado de cerda y oveja merina de toda Castilla la Nueva.
El
expreso no vuelve a detenerse hasta la estación de Torrijos. El pueblo se
encuentra situado en una llanura entre los ríos Tajo y Alberche, como comenta
Julio a su prole.
-¿Y
aquí también hay cerámica como en Talavera?
–quiere saber Concha.
-Sí,
pero sin la importancia de la talaverana. En cambio, Torrijos es un importante nudo de comunicaciones porque,
además del ferrocarril, lo cruzan o parten de él al menos ocho carreteras.
-¡Hay
que ver lo que sabes, papá! –se enorgullece
Ángela.
Desde
Torrijos a Leganés, que es la penúltima parada del expreso ya en la provincia
de Madrid, hay alrededor de sesenta kilómetros que el tren recorre en unos
cuarenta y tantos minutos. Para que los chavales continúen sentados y no den
guerra, Julio les propone un juego.
-Vamos a jugar a contar lo que a cada uno le gustaría visitar primero de
Madrid. Y, como soy el mayor, empezaré yo. ¿A qué no sabéis qué es? –y sin esperar
respuesta se autocontesta -Lo primero que me gustaría ver es el museo del
Prado. He estado varias veces en Madrid, pero siempre me ha faltado tiempo para
visitarlo.
-¿En
el Prado solo hay pinturas, papá? -pregunta Eloísa.
-Creo
que también esculturas, por ejemplo, en él se guarda
la famosa Dama de Elche. Bueno, ahora le toca a mamá. ¿Qué te gustaría ver?
–pregunta Julio dirigiéndose a su esposa.
-A mí
el Palacio Real –contesta Julia muy segura.
-Pero
allí está el Rey, mamá, y no te dejarán entrar –arguye Concha.
-Bueno, siempre podré admirarlo desde fuera. ¿A quién le toca ahora?
–Eloísa levanta la mano.
- Yo me conformo con ir a ver la Escuela
Normal en la que voy a estudiar. Y si me dejáis, os diré qué es lo que más le
gustaría ver a Paca: el mercado
de San Miguel, uno que está cerca de la Plaza Mayor y que le han dicho que es
muy bonito y uno de los mejor surtidos de Madrid. En el tiempo que estuvo en el
piso de don Quijote no le dio tiempo a visitarlo.
-¿Y tú, Concha?
-La
verdad es que no lo sé. Quizá algún cine o algún teatro.
-Te tocó, Andrés.
Andrés tiene muy claro lo que le gustaría
ver, los barrios con mancebías de lujo que le han dicho que abundan en Madrid,
pero no se atreve a explicitarlo, y dice lo primero que se le ocurre para salir
del paso.
-La Puerta del Sol y pisar la losa dónde
está el kilómetro cero.
-¿Ángela?
-La basílica donde se guarda el Cristo de
Medinaceli, que dicen que es muy milagrero.
-¿Froilán? –interroga el padre.
-El cuartel del
regimiento de Húsares de la Princesa en El Pardo, donde estuviste cuando la
mili, y el cuartel del Infante Don Juan donde se examinó el tato para entrar en la Escuela Naval.
Vaya,
piensa Julio, este va para militar. El trayecto de Leganés a Madrid, el expreso
lo recorre en poco más de veinte minutos y enseguida el convoy entra en la
llamada Estación del Mediodía.
Los
chicos solamente tienen ojos para mirar cuanto les rodea. Instintivamente
comparan lo que ven con lo que han dejado atrás y todo les parece más grande, más
moderno y más bonito. Es Andrés, el más desinhibido de todos, quien primero
pone palabras a esa sensación.
-¡La
leche, sí que es grande Madrid, y con la de gachís que debe de haber! ¡Hermanos, nos lo vamos a pasar chachi!
Los
padres, que sí han estado en la capital de la nación, se encomiendan a sus más
queridas vírgenes con sendas jaculatorias mentales. Julia dice: Virgen de la Luz, ampara y protege a mis
hijos para que la ciudad no les malee y sigan siendo unos buenos cristianos,
A su vez, Julio pide: Virgen de
Guadalupe, dame fuerza y valor para que pueda sacar adelante a los míos, a
quienes pongo bajo tu tutela.
Lo
qué piensa cada uno de los demás hijos responde a las expectativas que tienen
sobre la nueva etapa que se abre en su vida. Eloísa espera encontrar un buen
empleo y, en su defecto y cuando termine la carrera, aprobar las oposiciones al
Magisterio Nacional. Concha piensa que, con tantos chicos como debe de haber,
no será difícil encontrar un buen novio. Ángela sueña que podrá estudiar
Farmacia como su hermana Pilar. Y Froilán…, el benjamín no tiene demasiado
claro lo que quiere, pero intuye que tendrá más opciones para cualquier cosa
que desee hacer que viviendo en Plasencia. Y los Carreño se adentran en Madrid
sin saber qué les deparará el futuro.
PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro
del Libro III, La segunda generación,
de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 192. La farmacia
de Gran Vía