viernes, 14 de abril de 2023

Libro III Episodio 191. Madrid, estación término

   Julio ha enviado los muebles y enseres para su nueva casa por medio de una empresilla de mudanzas de Galisteo. Salvo Pilar, Jesús y Paca que se han ido a Madrid anticipadamente para adecentar el piso de San Bernardo e ir colocando muebles y enseres, el resto de la familia se desplazará en tren a Madrid. El domingo, 25 de mayo, los Carreño están en la estación de Plasencia-Empalme, esperando el expreso Arroyo-Malpartida de Cáceres a Madrid que los va a llevar a su nuevo destino. Los chiquillos, traviesos como son, corretean por el andén persiguiéndose hasta que su madre les llama la atención. A los mayores se les ve muy serios, pues no dejan de estar preocupados por el trascendental paso que van a dar. Cuando ya están instalados en el vagón, Eloísa musita: Plasencia, siempre te llevaremos en el corazón.

   Los Carreño han reservado un compartimiento de segunda clase con cabida hasta ocho personas y, aunque son nueve, los pequeños no ocupan mucho espacio. A la cabina se accede por la puerta que da al pasillo. Al principio, los niños se apelotonan junto a la ventanilla hasta que se aburren de ver pasar el panorama de la zona nororiental de la provincia cacereña. Luego, y tras pedir permiso a su madre, salen a deambular al pasillo donde ven que el paisaje al otro lado del vagón es igual al que se atisba desde el compartimiento. Cuando se cansan de corretear por el pasillo, se atreven a pasar a otros vagones con lo que hacen descubrimientos que, al regresar, se apresuran a contar a la familia.

   -¿Sabéis que no todos los vagones son como el nuestro? Hemos estao en unos que no tienen cuartos como este, sino bancos corridos a un lado y otro del vagón y el pasillo está en el medio. Y van abarrotaos de gente –cuenta Andrés que, con sus once años, es el capitán de la tropa de los pequeños.

   -Andrés, hijo, no se dice estao sino estado y abarrotaos tampoco es correcto, hay que decir abarrotados. Procura hablar mejor pues si no los madrileños van a creer que eres un isidro –le corrige su padre.

   -Papá, ¿qué es un isidro? –pregunta Ángela.

   -Así se les llama en Madrid a los aldeanos y patanes, especialmente a los que acuden a la capital con motivo de las fiestas de San Isidro.

   En poco más de cuarenta minutos, el tren efectúa su primera parada, Navalmoral de la Mata. Para entretener a la chiquillería, Julio les cuenta lo que recuerda de la localidad.

   -Navalmoral es el pueblo más grande del noreste de la provincia de Cáceres. Es el tercero más poblado de la provincia, y también es uno de los siete partidos judiciales en los que se encuentra dividida Cáceres.

   -¿Y a la gente que vive aquí como se les llama? –quiere saber Concha.

   -Su gentilicio es moralo o navalmoralo.

   -Si alguien me llama así le suelto un mamporro –proclama Andrés.

   -¿Y después de este, qué otro pueblo viene? –pregunta Froilán que, con sus siete años, también quiere participar en el coloquio

   -Calzada de Oropesa, Lagartera y luego Oropesa de Toledo.

   -¿Por qué a Calzada y a Oropesa se les llama de Toledo, es que hay más pueblos con esos nombres? –indaga Concha.

   -Que yo sepa, en la provincia de Salamanca hay otro pueblo llamado Calzada de no sé qué y en la de Castellón hay un pueblo llamado Oropesa del Mar –explica Julio.

   En Oropesa de Toledo sí para el expreso. Unas mujerucas recorren el andén vendiendo productos de la tierra, bocadillos de queso y jamón y también portan botijos a perra gorda el trago. Los niños quieren que su madre les compre unos bocadillos, pero Paca les conmina a que se callen porque, en cuanto se lo mande Julia, lleva comida en el ajado bolsón que siempre la acompaña.

   La siguiente parada es Talavera de la Reina. Como los chiquillos ya han comido, vuelven a estar revoltosos por lo que el padre prosigue sus relatos, esta vez sobre Talavera.

   -Cerca de Talavera pasa el río Tajo y a unos cuatro kilómetros al oeste está la desembocadura del río Alberche.

  -¿Y por qué se llama de la Reina?, ¿tú lo sabes, papá? –pregunta Concha.

   Julio, que ha estudiado el trayecto antes de embarcarse, se hincha como un pavo real pues está en situación de responder a su hija.

   -Porque en  1328, el rey Alfonso XI de Castilla contrajo matrimonio con su prima, María de Portugal, y le regaló, entre otras cosas, esta ciudad.

   -¡Jo lo que tenían los reyes castellanos!, los tíos regalaban ciudades como el que regala un pañuelo –comenta Andrés.

   -A los reyes no se les llama tíos –le advierte su madre.

   Antes de dar lugar a que Andrés conteste, pues quizá sea el más respondón de la camada, Julio interviene.

   -Tenéis que saber que Talavera es conocida especialmente por su actividad alfarera, que ha dado lugar a una famosa cerámica. También es importante el mercado nacional de ganados, puesto que es una de las zonas más productoras de ganado de cerda y oveja merina de toda Castilla la Nueva.

   El expreso no vuelve a detenerse hasta la estación de Torrijos. El pueblo se encuentra situado en una llanura entre los ríos Tajo y Alberche, como comenta Julio a su prole.

   -¿Y aquí también hay cerámica como en Talavera? –quiere saber Concha.

   -Sí, pero sin la importancia de la talaverana. En cambio, Torrijos es un importante nudo de comunicaciones porque, además del ferrocarril, lo cruzan o parten de él al menos ocho carreteras.

   -¡Hay que ver lo que sabes, papá! –se enorgullece Ángela.

   Desde Torrijos a Leganés, que es la penúltima parada del expreso ya en la provincia de Madrid, hay alrededor de sesenta kilómetros que el tren recorre en unos cuarenta y tantos minutos. Para que los chavales continúen sentados y no den guerra, Julio les propone un juego.

   -Vamos a jugar a contar lo que a cada uno le gustaría visitar primero de Madrid. Y, como soy el mayor, empezaré yo. ¿A qué no sabéis qué es? –y sin esperar respuesta se autocontesta -Lo primero que me gustaría ver es el museo del Prado. He estado varias veces en Madrid, pero siempre me ha faltado tiempo para visitarlo.

   -¿En el Prado solo hay pinturas, papá? -pregunta Eloísa.

   -Creo que también esculturas, por ejemplo, en él se guarda la famosa Dama de Elche. Bueno, ahora le toca a mamá. ¿Qué te gustaría ver? –pregunta Julio dirigiéndose a su esposa.

   -A mí el Palacio Real –contesta Julia muy segura.

   -Pero allí está el Rey, mamá, y no te dejarán entrar –arguye Concha.

   -Bueno, siempre podré admirarlo desde fuera. ¿A quién le toca ahora? –Eloísa levanta la mano.

   - Yo me conformo con ir a ver la Escuela Normal en la que voy a estudiar. Y si me dejáis, os diré qué es lo que más le gustaría ver a Paca: el mercado de San Miguel, uno que está cerca de la Plaza Mayor y que le han dicho que es muy bonito y uno de los mejor surtidos de Madrid. En el tiempo que estuvo en el piso de don Quijote no le dio tiempo a visitarlo.  

   -¿Y tú, Concha?

   -La verdad es que no lo sé. Quizá algún cine o algún teatro.

   -Te tocó, Andrés.

   Andrés tiene muy claro lo que le gustaría ver, los barrios con mancebías de lujo que le han dicho que abundan en Madrid, pero no se atreve a explicitarlo, y dice lo primero que se le ocurre para salir del paso.

   -La Puerta del Sol y pisar la losa dónde está el kilómetro cero.

   -¿Ángela?

   -La basílica donde se guarda el Cristo de Medinaceli, que dicen que es muy milagrero.

   -¿Froilán? –interroga el padre.

   -El cuartel del regimiento de Húsares de la Princesa en El Pardo, donde estuviste cuando la mili, y el cuartel del Infante Don Juan donde se examinó el tato para entrar en la Escuela Naval.

   Vaya, piensa Julio, este va para militar. El trayecto de Leganés a Madrid, el expreso lo recorre en poco más de veinte minutos y enseguida el convoy entra en la llamada Estación del Mediodía.

   Los chicos solamente tienen ojos para mirar cuanto les rodea. Instintivamente comparan lo que ven con lo que han dejado atrás y todo les parece más grande, más moderno y más bonito. Es Andrés, el más desinhibido de todos, quien primero pone palabras a esa sensación.

   -¡La leche, sí que es grande Madrid, y con la de gachís que debe de haber! ¡Hermanos, nos lo vamos a pasar chachi!

   Los padres, que sí han estado en la capital de la nación, se encomiendan a sus más queridas vírgenes con sendas jaculatorias mentales. Julia dice: Virgen de la Luz, ampara y protege a mis hijos para que la ciudad no les malee y sigan siendo unos buenos cristianos, A su vez, Julio pide: Virgen de Guadalupe, dame fuerza y valor para que pueda sacar adelante a los míos, a quienes pongo bajo tu tutela.

   Lo qué piensa cada uno de los demás hijos responde a las expectativas que tienen sobre la nueva etapa que se abre en su vida. Eloísa espera encontrar un buen empleo y, en su defecto y cuando termine la carrera, aprobar las oposiciones al Magisterio Nacional. Concha piensa que, con tantos chicos como debe de haber, no será difícil encontrar un buen novio. Ángela sueña que podrá estudiar Farmacia como su hermana Pilar. Y Froilán…, el benjamín no tiene demasiado claro lo que quiere, pero intuye que tendrá más opciones para cualquier cosa que desee hacer que viviendo en Plasencia. Y los Carreño se adentran en Madrid sin saber qué les deparará el futuro.

 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro III, La segunda generación, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 192. La farmacia de Gran Vía

viernes, 7 de abril de 2023

Libro III Episodio 190. Adiós, Plasencia

 

   La quiosquera de la Plaza de España da a Pilar varias direcciones y le sugiere que diga que va de su parte. La joven selecciona media docena de pisos y los visitar. Por unas u otras causas, va desechándolos hasta que se queda con uno que no es el mejor ni el más barato, pero tiene cuatro habitaciones con lo que podrán vivir sin demasiadas  apreturas. El piso radica en la calle de San Bernardo, por lo que no está demasiado lejos de la Gran Vía. Le paga a la propietaria un mes anticipado de alquiler y la fianza, y se queda con él.

  Antes de volverse a Plasencia, Pilar se reúne con su hermano Julián, que sigue haciendo la mili en el PCAMI por las mañanas y por las tardes conduce una furgoneta de reparto de los grandes almacenes SEPU -acrónimo de Sociedad Española de Precios Únicos- y gana sus buenos dinerillos, parte de los cuales manda todos los meses a sus padres. Le cuenta lo de la farmacia, por lo que pronto podrá volver a dormir en casa con lo que la mili le será más llevadera.

   La joven boticaria retorna a Plasencia como si hubiese ganado una batalla crucial. La familia la aguarda expectante. Les ha llamado por teléfono para contarles lo esencial: tienen farmacia y casa en Madrid, pero todos están ansiosos de que les cuente los detalles, ¿cómo es la farmacia?, ¿y el piso dónde van a vivir es muy grande? Antes de entrar en pormenores, la joven pregunta a sus padres si han podido vender los últimos activos que les quedaban: el Ford y lo que todavía les resta de Pinkety. La respuesta es afirmativa y han obtenido ciento veinte duros más de lo que tenían previsto. Aclarado ese fleco, la joven entra en detalles, primero de la farmacia y, como supone que su limitado espacio les producirá un impacto negativo, pone el acento en la importancia de la calle en la que está ubicada.

   -No es muy grande, pero tiene la enorme ventaja de que está situada en mitad de la Gran Vía que, en los pocos años que lleva abierta, se ha convertido en el bulevar más transitado de Madrid, pues gracias a ella se ha conseguido una mejor comunicación entre la calle de Alcalá y la plaza de España. Hoy en día es una de las calles más comerciales y concurridas de la capital y está llena de tiendas, restaurantes, cines y comercios de toda clase. Me ha dicho don Jerónimo, el titular que nos la traspasa, que al estar tan animada nunca faltan clientes, ni siquiera en verano pues hay muchos turistas que la recorren. Creo que hemos tenido una suerte inmensa al haber conseguido una farmacia emplazada en una calle, que es tan ancha, que pueden circular al menos seis coches.

   -¿Y qué tal son las ventas? –Julio va a por lo más prosaico.

   -Luego te enseño los números, papá, pero ya te adelanto que muy buenos.

   -Y el piso que has alquilao, ¿cómo es? –indaga Paca que no pierde ripio.

   -También hemos tenido suerte en eso. Está en la calle de San Bernardo y relativamente cerca de la Gran Vía. La dueña me pidió noventa pesetas, le ofrecí setenta y después del regateo quedamos en ochenta. Y, aunque os pueda parecer caro, no lo es teniendo en cuenta el barrio en el que está.

   -¿Y cuántas habitaciones tiene? –sigue preguntando Paca.

   -Cuatro bastante espaciosas, comedor, cocina, servicio y un lavadero. Estaremos un poco apretados, pero nos arreglaremos.

   -¿Y cuándo hemos de hacernos cargo de la farmacia? –quiere saber Julia.

   -Desde ya. Don Jerónimo me dijo que por él cuanto antes mejor, pues cuenta las horas que le faltan para irse a Torrevieja. Ah, habrá que enviarle la nueva dirección a Álvaro para que nos mande allí sus cartas. Y por cierto, tenemos que contarle todo lo sucedido. Se va a quedar de piedra cuando se entere. ¿Ha llegado alguna postal?

   Eloísa sale del salón y regresa al punto con varias postales del primogénito en las que continúa narrando las andanzas del Juan Sebastián de Elcano en su viaje de prácticas con los alumnos de tercer curso de guardiamarinas, ya ascendidos a alféreces de fragata. Cuenta que desde Santa Elena pusieron rumbo a la isla de Barbados, fondeando en Bridgetown el 22 de marzo. Cuatro días después zarparon para San Juan de Puerto Rico, donde arribaron el último día de marzo. Realizaron muchas visitas, entre otras, a las antiguas fortalezas españolas del Morro y San Cristóbal. Siete días después salieron para Cuba, amarrando en La Habana. En tierras cubanas, en las que se sintieron como si estuvieran en España, estuvieron doce días hasta que el 19 de abril pusieron proa hacia los Estados Unidos atracando, primero en la isla de la Cuarentena de Nueva York, y luego en el muelle número 8 de dicho puerto. Hicieron muchas e interesantes visitas: la factoría Sperry, los astilleros de Brooklyn, la ciudad de Washington y la Escuela Naval de Annapolis, que es, al menos, el triple de grande que la ENM de San Fernando. La última postal, fechada en la ciudad de los rascacielos, solo cuenta que el 11 de mayo partirán para Cádiz. Pilar solo tiene dos tarjetas de Andrade, que últimamente la tiene abandonada, en una le cuenta que las mulatas cubanas son todavía más espectulares que las brasileñas y que se ha llevado la sorpresa al ver que el casco viejo de La Habana es igualito que el de Cádiz; en la otra que las chicas yanquis son atrevidas como ellas solas, no se cortan un pelo si le han de decir a un chico que les gusta. Pilar piensa que parece que, desde la distancia, el joven gallego pretende darle celos, ¿pero celos de qué?

   Los Carreño inician la operación de dejar resuelta su marcha de Plasencia. Han de hacer el traspaso efectivo de la droguería, abonar a la Bronchales el resto del préstamo que les concedió, pagar las últimas facturas, escoger qué muebles y enseres se van a llevar porque, dada la estrechez del piso que han alquilado, no van a poder cargar con todo el mobiliario y los cacharros que, tras vivir más de dos décadas, se han ido acumulando en la casa placentina. Y luego queda el capítulo más doloroso y cargado de emotividad: despedirse de familiares, amigos y conocidos.

   Antes de vender el Ford, Julio se desplaza a San Martín de Trevejo para decir adiós a viejos amigos y conocidos que le conocen desde niño. Se lleva con él a sus tres hijos pequeños y los chavales se lo pasan en grande recorriendo las empedradas callejuelas del pueblo. Les enseña la casa donde nació y la escuela en la que daba clase la abuela Pilar.

   -Papá, no me acordaba de que aquí hablaban tan raro, muchas de las cosas que dicen no las entiendo –comenta Andrés que, como ya tiene once años, es quien mejor recuerda sus anteriores visitas a la localidad.

   -Claro, hijo, se expresan en mañegu que es el dialecto que se habla aquí.

   -¿Y tú lo sabes hablar? –quiere saber Froilán.

   -Pues claro que lo sabe, papá lo sabe todo –es Ángela la que ha respondido al benjamín de la familia.

   Al marcharse, Julio echa una última mirada a su pueblo natal, Dios sabe cuándo podrá volver. En el regreso, y desde la distancia, les enseña el monte Jálama, desde cuya cima se contempla el valle de Os tres lugaris. Y para entretenerlos durante la vuelta, les cuenta el viaje que hizo cuando tenía veinte años en una vieja bicicleta llena de parches y remiendos.

   Las despedidas comienzan con la familia de Julia. El matrimonio se desplaza a Malpartida de Plasencia para decir adiós a la abuela Soledad, muy achacosa, que llora desconsolada por la marcha de su hija pequeña y de sus nietos, y se despiden de Andrés, el único hermano varón de Julia. Y aprovechan para visitar a Argimiro y Carolina, pues cuando el hombre dejó de trabajar para Julio, al comprarse este su primera camioneta, volvieron al pueblo. Asimismo se han despedido de las hermanas de Julia que viven en Plasencia. Al darle un abrazo a Consuelo, Julio se da cuenta de que ya no siente nada por quien fue su primer amor.

   En la ciudad van diciendo adiós a amigos, conocidos y antiguos clientes. Sentida es la despedida de Antonina que, pese a lo seca que es, no puede impedir que unos lagrimones como piñones se deslicen por sus mejillas. Tan o más emotiva resulta la visita a la señora Etelvina, que ayudó a nacer a toda la camada Carreño y que ya no ejerce; la vieja partera no puede contener su emoción y se abraza a la pareja como si no fuese a verlos nunca más.

   Los amigos del casino despiden a Julio asegurándole que le echarán en falta, y que la tertulia no va a ser la misma sin su presencia.

   -¿Puede creerse que le envidio? –comenta el comandante Liaño-. Si tuviera menos años y menos achaques hace tiempo que me hubiese ido a la capital.

   -¿Y quién me va a explicar en Madrid cómo se desarrollan las guerras que, a buen seguro, están por venir? –Es la réplica del exdroguero.

   -Julio, sabe que los Lavilla le consideramos casi como de la familia. Cuando le he dicho a mi señora que se iban, me ha encargado que la despida de su parte y que si vamos por Madrid nos pasaremos a visitarles –afirma don Enrique.

   Las despedidas del resto de los tertulianos se pliegan a la relación que Julio ha mantenido con ellos. Con el juez don Romualdo, es cordial; con el abogado don Mauricio cortés pero fría, Julio no olvida que fue quien le recomendó a del Castillo, el letrado que le vendió las acciones de la Bergwerk  Spanisch; con el terrateniente don Eduardo es una mera formalidad y, finalmente, con Galiana es forzada, el ferretero todavía está resentido porque Julio no le vendió la droguería a su hijo Fernando.

   Los chicos también se van despidiendo de sus compañeros de escuela y amigos de correrías. Quienes más sienten la partida son Eloísa y Concha y ambas por el mismo motivo: tienen sendos mozos que les tiran los tejos, pero no dejan de ser escarceos primerizos que aún no puede saberse si cuajarán.

 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro III, La segunda generación, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 191. Madrid, estación término

jueves, 30 de marzo de 2023

Libro III Episodio 189. Los Carreño queman sus naves

 NOTA. Mañana me voy a Torreblanca a pasar la Semana Santa, Por dicho motivo adelanto a hoy la publicación del blog.

   En el inicio de 1930, el deterioro de la vida política española es patente. Ante la pérdida de apoyos sociales y políticos, a fines de enero el dictador Primo de Rivera presenta su dimisión que le es aceptada en el acto. Alfonso XIII nombra al que era jefe de su casa militar, el general Dámaso Berenguer, presidente del gobierno con el propósito de retornar a la normalidad constitucional. Tras su dimisión, Primo de Rivera sale de España y, poco tiempo después fallece, en un modesto hotel de París. Todos esos sucesos son comentados y debatidos en la tertulia del casino que ahora Julio apenas si frecuenta, pues tiene asuntos más importantes que atender y el más acuciante es que las ofertas recibidas por el posible traspaso de la tienda no cubren las expectativas que tenía.

   Mediado febrero, Pilar recibe una llamada de Rodríguez informándola de que se traspasa una farmacia en la calle Reina Victoria, cerca de la plaza de Cuatro Caminos, por un precio muy asequible y negociable, dieciocho mil pesetas. Pilar desestima su compra pues sus índices de venta son bajos, dado que es un barrio obrero. Dos semanas después los hechos se precipitan.

El abogado de Llerena, que vendió a Julio las malhadadas acciones de la Bergwerk  Spanisch, le llama para decirle, primero, que lamenta mucho el fracaso de la compañía alemana y, segundo que, enterado por su común amigo, don Mauricio, de que desea traspasar su negocio, tiene un cliente que anda buscando un comercio del tipo de la tienda de Julio. Negocian el precio del traspaso. Julio pide cuarenta mil pesetas, del Castillo ofrece treinta. Bajando uno y subiendo el otro, llegan al acuerdo de que treinta y cinco mil pesetas es una cifra aceptable para ambas partes. Como Julio desconoce si esa cantidad será suficiente para comprar una farmacia en Madrid, pone como condición que la operación se demore un par de semanas, quizá un mes, para, mientras tanto, cuadrar cuentas, hacer arqueo de existencias y rematar los últimos pedidos. Del Castillo no pone objeción pero, cuando se están despidiendo, Julio se acuerda de que ha tenido una omisión.

   -Perdone, don Josémari, pero me había olvidado de algo. Tengo otra condición, más que condición es un favor personal. Dígale a su cliente que en el paquete del traspaso va incluida Antonina López, la única empleada que tengo y que le resultará muy útil, pues además de ser una magnífica vendedora, se conoce la tienda y a la clientela al dedillo.

   Tras la conversación con el letrado, Julio cuenta a Pilar y Julia la transacción del traspaso y el mes de aplazamiento que ha pedido para dar tiempo a que encuentren una farmacia que se traspase. Discurren los días, se agota el plazo que Julio pidió al abogado de Llerena, y los Carreño continúan sin tener noticias de Rodríguez. A punto de cumplirse los treinta días de aplazamiento del traspaso de la droguería, reciben la tan esperada noticia: se traspasa una farmacia, pero es de las caras, el titular, que ha decidido jubilarse, pide cuarenta mil pesetas y el precio del traspaso no es negociable. Al conocer la cifra, los Carreño lo lamentan, el precio está fuera de su alcance. Han de saldar lo que queda de la deuda contraída con la Bronchales, aunque ha quedado reducida a una pequeña cantidad, y necesitan un remanente para vivir y pagar el primer mes y la fianza del piso que vayan a alquilar. Pilar, aunque sabe que para su padre será más doloroso que si le arrancaran una muela, propone la única solución que les resta.

   -Habrá que vender también la furgoneta.

   -¡El Ford, no! –La exclamación le ha salido a Julio de lo más hondo, aunque enseguida recapacita y reconoce lo pueril de su negativa-. Bueno, si es necesario…

   -Y aun así no va a ser suficiente –apunta una coriácea Pilar-. Salvo que me corrijáis, lo único que nos queda es el puñado de hectáreas y la casa de Pinkety, también habrá que venderlos.

   Pilar se va a Madrid para conocer más detalles sobre la farmacia que se traspasa, intentar negociar el precio y, sobre todo, conseguir que el pago sea a plazos. Y al tiempo, alquilar una casa lo más cerca posible de la farmacia que  han decidido adquirir. En tanto cierre el trato, se alojará en casa de los Casillas, amigos de la familia. En la capital la espera Rodríguez que le ofrece más datos sobre la botica.

   -Es una farmacia pequeña, pero está en la Gran Vía que, como sabes, se ha convertido en una de las principales arterias de la ciudad desde el punto de vista comercial, turístico y de ocio. El vendedor lleva media vida instalado allí y todos los comerciantes cercanos le conocen. Está muy enrocado en el precio y no creo que consigamos que lo rebaje ni un real, aunque pienso volver a intentarlo. Lo que acaso podamos negociar es lo de los plazos, pues es persona de buen trato y no tiene problemas de capital. Tú báilale el agua a ver si consigues ablandarle. Ah, he conseguido que mis honorarios los paguéis a medias, eso que te ahorras.

   La primera impresión que se lleva Pilar de la farmacia ubicada en el número 56 de la Gran Vía es decepcionante. El local es muy pequeño, calcula que debe de tener poco más de tres metros de ancho por unos diez de largo y una rebotica, con una puerta trasera, por donde entran los proveedores, que da a la calle de Flor Alta. Don Jerónimo, el actual propietario, se da cuenta de la desilusión de la joven y trata de que se rehaga, y para que la conversación sea más distendida la invita, junto a Rodríguez, a tomar algo en una cafetería que está enfrente de la botica, donde busca una estratégica mesa desde la que se ve la puerta de la farmacia.

   -Querida colega, ¿puedo tutearte, vedad? Lo digo porque podría ser perfectamente tu padre. A buen seguro que adivino lo que estás pensando: una farmacia tan pequeña, ¿cómo puede vender tanto como afirma este viejales? Pues es así. Un establecimiento, salvo que venda un producto muy especializado o sea único en su género, importa más donde está ubicado que los metros cuadrados que tenga, con la excepción de aquellos que venden artículos muy voluminosos. Una tienda de automóviles, pongo por caso, debe ser forzosamente amplia. En cambio, un estanco puede permitirse el lujo de ser como una caja de cerillas. A las farmacias les ocurre lo mismo. En la mía no caben mucho más de media docena de personas, pero es suficiente pues, con contadas excepciones, el noventa y cinco por ciento de productos farmacéuticos vienen en envases que caben en la palma de la mano. Pero sí importa que una farmacia esté bien situada y si estamos aquí un rato podrás comprobar que los clientes entran y salen continuamente. Desde que la Gran Vía se abrió definitivamente al público, de eso hace solamente unos años, se ha convertido por derecho propio en una de las calles más comerciales de la ciudad. Y basta por el momento de verborrea, debo de estar aburriéndote. Mientras saboreas tu café con leche no pierdas de vista la puerta de la farmacia. Lo que verás certificará mis palabras.

   Y en efecto, en los minutos siguientes Pilar constata que don Jerónimo no ha exagerado ni mucho menos mentido. La gente entra y sale sin cesar del pequeño local. Constatado que el índice de ventas que le ha mostrado el viejo boticario parece ajustarse a la realidad, Pilar se mete en los aspectos mollares del traspaso. Como auguró el intermediario, don Jerónimo no baja ni un céntimo del precio que pide, pero se pliega a que le pague a plazos siempre que la operación la avale un banco. Ahí es cuando Pilar flaquea, pues no tiene muy claro que la relación de su padre con los bancos sea positiva. De todas formas, sigue avanzando en la negociación y llegan al acuerdo de que las cuarenta mil leandras serán pagadas, la mitad en el momento de la firma y los otros cuatro mil duros, más los correspondientes intereses, a lo largo de los siguientes diez meses, a razón de dos mil doscientas pesetas cada mes. Pilar respira aliviada, está convencida de que con las treinta mil y pico de pesetas con las que la familia llegará a Madrid pueden hacer frente a la mitad del pago ahora y, con la mora conseguida y los ingresos que generará el establecimiento, no ha de haber ningún problema para terminar de pagarlo. Un firme apretón de manos cierra el trato a expensas de la posterior firma de documentos.

   -Recuerda –sugiere don Jerónimo- que tendrás que darte de alta en el Colegio Oficial de Farmacéuticos de Madrid. Del resto del papeleo que se encargue Rodríguez. Una cuestión que realmente no es de mi incumbencia, pero lo pregunto porque me has caído francamente bien, ¿tenéis casa en la ciudad o pensáis alquilar una?

   -Vamos a alquilar una. Mientras estudié la carrera viví en un piso de la calle don Quijote y me llevaba bien con la casera, voy a peguntarle si lo tiene vacío o alquilado.

   -Esa calle te va a pillar un poco lejos. Te aconsejo que preguntes a la señora Brígida, la quiosquera que está en la esquina de Plaza de España, no sé cómo se las arregla pero está al tanto de todos los pisos que se venden o alquilan por el barrio. No pierdes nada hablando con ella y quizá pueda ayudarte a conseguir algo más cerca, y más si le das unos duros.

   De la charla meramente comercial pasan a temas privados. Don Jerónimo le cuenta que está deseando hacer efectivo el traspaso porque tiene pensado en marcharse a Torrevieja, localidad en la que tiene un pequeño chalé junto al mar y un barquito con el que se dedicará a pescar, una de sus grandes pasiones. Solo va a lamentar irse de Madrid porque no va a poder ver jugar al Atlético de Madrid que es su otra gran afición. En cuanto se despide del viejo boticario y de Rodríguez, Pilar busca a la quiosquera de Plaza de España. Al principio, la Brígida se hace la remolona, pero en cuanto la joven compra el ABC, le da diez duros y le dice que se quede con el cambio, la vecindona se transforma en una agente inmobiliaria. Como Pilar le ha dicho que anda corta de dinero, le aconseja que, puesto que en el barrio los pisos son caros, mejor busque en otros distritos.

   Pilar piensa que los Carreño, como hiciera un insigne extremeño siglos antes, al final van a quemar sus naves.

 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro III, La segunda generación, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 190. Adiós, Plasencia

viernes, 24 de marzo de 2023

Libro III Episodio 188. Julio tantea vender la droguería

   El tío Luis ha movido hilos y el tercero de los Carreño es destinado al PCAMI, acrónimo de Parque y Centro de Abastecimiento de Material de Intendencia, una unidad logística del ejército de tierra y cuyo trabajo está enfocado fundamentalmente en proporcionar al personal militar y a todas las unidades del ejército, las prendas de vestuario y equipo, raciones de campaña, guiones y banderas, material de acuartelamiento y material móvil de intendencia necesario para el cumplimiento de los cometidos que tienen asignados. Un veterano le cuenta al nuevo recluta que el Parque es un chollo pues en cuanto pase los tres meses de campamento solo tendrá que acudir a él por las mañanas; las tardes, salvo cuando le toque guardia, las tendrá libres. Y puesto que tiene el carné de conducir lo más seguro es que trabajará de chófer en la sección de transporte.

   Acabadas las fiestas, la vida de los Carreño vuelve a su discurrir cotidiano, aunque hay un pero: Pilar está más decidida que nunca a plantear un ultimátum a su padre, o se van a Madrid, o se irá ella por su cuenta. No ha sacado el título de farmacéutica para tenerlo colgado en su habitación. Dejar a su familia le duele pero, ante la obstinación paterna, no ve otra solución, y cada vez que le echa un vistazo al título se reafirma en su resolución. El título son sus alas y cuando se tienen alas hay que volar. Antes de dar el paso de enfrentarse con su padre, ocurre algo: la confluencia de tres hechos que, distintos pero coetáneos, trastocan la férrea postura del páter familias y le llevan a replantearse el dilema de si quedarse o irse.

   El primero es económico: la campaña de Navidad y Reyes no ha sido lo generosa que esperaba, apenas si han obtenido beneficios para devolver a la abuela Soledad el dinero que les adelantó para pagar a la usurera, pues la gente se retrae en las compras, ya que el estado socioeconómico de la nación continúa degradándose. El segundo es familiar: a espaldas de su mujer y de Pilar, Julio ha ido sonsacando al resto de sus hijos su parecer sobre irse a vivir a Madrid y, ante su asombro, todos han contestado sin dudarlo que optan por la capital; solo Concha prefiere quedarse en Plasencia, aunque sus motivos son poco consistentes. Y el tercer hecho es un cotilleo local, Antonina, la única empleada que mantiene, pues le tiene apego por su probada lealtad, le cuenta un chisme.

   -Jefe, ¿sabe que Francisco Javier Orellana anda con muletas?

   -¿Y eso es noticia? Cualquiera puede tener un tropezón y romperse una pierna.

   -Nada de tropezón, según las malas lenguas, anda cojo porque se demoró en un pago a la Bronchales, y esa hija de perra le envió a sus matones.

   Julio no sabe por qué Antonina le cuenta el rumor, seguramente es conocedora de que también él está endeudado con la prestamista; en cualquier caso, el cotilleo, sea cierto o no, le impacta. Si a un Orellana –una de las familias patricias de la ciudad-, le han roto una pierna, ¿qué pueden hacer conmigo o con Julia?, se pregunta. La idea hace que se le revuelva el estómago y tiene un amago de arcada, por lo que ha de sentarse en una silla para calmarse.

   -Jefe, ¿te pasa algo? Estás pálido como un cadáver –se interesa Antonina.

   -Debe de haber sido una bajada de tensión. Estoy bien.

   Esa misma tarde, sin decir nada a su esposa, Julio empieza a hacer llamadas para ir tanteando cuánto podría sacar del traspaso de la droguería, en el supuesto de tomar la decisión de marcharse a Madrid. Ante su desencanto las cifras que le dan, un poco a ojo de buen cubero, son mucho más bajas de lo que cree que vale su negocio y, aunque son cifras de tanteo, ninguna sobrepasa los seis mil duros. Entonces recuerda el ofrecimiento que le hizo Galiana el ferretero. A su hijo Fernando le podría interesar quedarse con la tienda. Aunque le repatea rebajarse ante su amigo de tertulia, le llama.

   -¿Galiana? Soy Carreño, ¿cuándo podríamos vernos?, tengo que preguntarte algo. ¿Vas a ir mañana al casino?, ¿sí? Entonces vamos un poco antes y charlamos sin que nos molesten. ¿Cómo a las tres y media te viene bien? De acuerdo, hasta mañana.

    Cuando al día siguiente Julio llega al casino, Galiana ha terminado el café y está saboreando un coñac.

   -¿Es de Jerez? –pregunta Julio para iniciar la charla por algo baladí.

   -¿De dónde va a ser si no? ¿Aunque sabes lo que dicen los jerezanos?, pues que el coñac para venderlo y el vino para beberlo. ¿Qué me querías preguntar?

   Julio va directo al grano. Le cuenta que, aunque no lo tienen del todo decidido, es muy posible que se vayan a Madrid porque así los chicos podrán estudiar en la Universidad Central, que tiene fama de ser la mejor de España. Y en caso de hacerlo, tendrá que traspasar el negocio.

   -Y, como me dijiste que a tu hijo Fernando igual le interesaba mi negocio, y puesto que eres amigo, he pensado en vosotros antes que en otros. Siempre que se haga firme lo de la marcha a los Madriles, claro.

   -Desde luego, lo que uno hace por los hijos no lo hace por nadie. Si te vas, se va a notar, tu tienda junto con la mía y pocas más son de los establecimientos más reconocibles de la ciudad. Y sobre el posible traspaso, se lo diré a Fernando y supongo que se pondrá en contacto contigo.

   Ese mismo día, antes de cerrar la tienda, Julio recibe la visita de Fernando Galiana, el que le robó a Lupe. El hijo del ferretero, tras saludar al mañego, mira el local con curiosidad, como si nunca hubiese estado allí.

   -¿Se puede creer, señor Carreño, que desde que abrí mi negocio no había vuelto a pisar su tienda?, pero está como recordaba, aunque comienzan a notarse los años que lleva de guerra.

   Julio acompaña al chico Galiana a la trastienda para poder hablar con más libertad. Tras un breve exordio, Fernando se mete en harina y va enumerando las deficiencias que, a su juicio, presenta el establecimiento. Julio se da cuenta enseguida de que el joven Galiana ha venido con el propósito de hacerse con una ganga. Y cuando, al final, canta la cifra que estaría dispuesto a desembolsar, el viejo droguero constata que no ha errado.

   -… y teniendo en cuenta las carencias que he señalado, pero como viejo amigo de mi padre que es, estaría dispuesto a llegar a los cuatro mil duros, que es mucho dinero por esto –y señala un tanto despectivamente el local-. En cuanto al modo de pago estoy abierto a negociarlo.

   Julio no responde. Está tratando de controlarse ante la insolencia de aquel niñato al que podría dar lecciones hasta con los ojos cerrados. El niñato parece haberse dado cuenta de que su interlocutor no ha movido ni una pestaña al oír la cifra del traspaso, y algo le dice que se ha quedado muy por debajo de lo que Julio esperaba. Y, sin esperar un comentario sobre su oferta, retoma la palabra.

   -Claro que, teniendo en cuenta que es amigo de mi padre de toda la vida y eso para mí vale mucho, podría estirarme algo más y añadir unas dos mil pesetas a mi oferta. Veintidós mil pesetas, a tocateja si las necesitara, es una cantidad de tela marinera que en los tiempos que corren, y que pueden empeorar más, no son fáciles de obtener.

   Julio, parco en palabras, da las gracias al oferente indicándole que se lo pensará. Al llegar a casa, y pidiendo lo primero perdón a su mujer por no haberle contado ninguna de sus gestiones sobre el posible traspaso, la pone al día de las ofertas recibidas, incluida la del joven Galiana.

   -Ese chico debe de creerse que estamos arruinados para ofrecerte esa miseria. Y de las demás ofertas, ¿solo seis mil duros como mucho? Creo que nuestra tienda vale bastante más, si solamente en mercancía debemos tener siete u ocho mil pesetas.

   -Así parece que anda el mercado. Yo me había hecho la idea de que podíamos sacar de ocho a diez mil duros, pero si ahora me ofreciera alguien entre treinta y cinco y cuarenta mil pesetas se la vendería sin pensarlo un segundo.

   -Entonces, marido, ¿te has decidido a que nos vayamos a Madrid? –pregunta Julia.

   -Sigo teniendo mis dudas, pero ¿qué coño voy a hacer si los demás preferís iros a la capital? –y le cuenta su particular encuesta entre los chicos y las respuestas recibidas-.Pero no podremos irnos si nos dan tan poco por el traspaso –se lamenta.

   -Creo que lo importante no es lo que saquemos del traspaso, la pregunta es otra: ¿lo que obtengamos del traspaso de la tienda, sea la cantidad que fuere, será suficiente para pagar el traspaso de una farmacia en Madrid? Tendríamos que comentarlo con Pilar y que hable con ese profesor, que se dedica a gestionar traspasos, para saber cómo andan los precios –sugiere Julia.

   Cuando Pilar se entera de la decisión paterna, recordando a un extremeño insigne, se dice: los Carreño hemos quemado nuestras naves. No pierde el tiempo, llama a Juan Manuel Rodríguez, que es el profesor que gestiona traspasos en el cerrado mundo de las oficinas madrileñas de farmacia, y le pide que la informe inmediatamente en cuanto sepa de alguna farmacia en venta.

   A todo eso, continúan llegando las cartas y postales de Álvaro desde las Américas. Terminados los fastos navideños, el 6 de enero el Elcano zarpa para Bahía Blanca atracando en los muelles del Ingeniero White, ciudad en la que visitan la biblioteca Rivadavia y los elevadores de trigo. El 12, salen para Puerto Belgrano, entrando en la dársena del arsenal militar y visitando el acorazado Rivadavia. Al día siguiente el buque-escuela entra en dique seco para limpiar fondos. Seis días después el Elcano sale a la mar y, surcando otra vez el Atlántico austral, se dirige al continente africano fondeando en Ciudad del Cabo el 8 de febrero, donde están hasta el 15 en que parten para la isla de Santa Elena, amarrando en James Town; en la isla visitan la tumba y la vivienda de Napoleón. Y ahí terminan las noticias del primogénito, en una remota y apartada isla atlántica.

 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro III, La segunda generación, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 189. Episodio 189. Los Carreño queman sus naves.

viernes, 17 de marzo de 2023

Libro III Episodio 187. El título

   Julia lo tiene más difícil para convencer a su marido. A Julio lo de irse a Madrid le sigue pareciendo un dislate y lo de montar una farmacia en la capital otro disparate aún mayor.

  -Todo eso que ha planeado Pilar me parece un cuento de niños. Una fábula en la que solo falta una princesa guapísima, un príncipe encantador y una bruja que les eche mal de ojo. Porque eso de montar una farmacia por las buenas no debe ser tan sencillo como lo pinta. Tengo un montón de preguntas sobre el montaje que ha urdido la peliculera de nuestra hija.

   -¿Por qué no hacemos una cosa? ¿Por qué no llamamos a Pilar y que ella trate de contestar a tus preguntas? –le reta Julia.

   -¿Y por qué no?, llámala –Julio acepta el reto.

   En cuanto llega Pilar, su padre comienza a formularle las dudas que tiene sobre el montaje de una farmacia en la capital de la nación.

   -En primer lugar, ¿qué se hace para abrir una farmacia? Supongo que habrá que buscar un local, hacer obras para adaptarlo al uso al que va a ser destinado, pedir al ayuntamiento o a quien corresponda los pertinentes permisos y licencias, etcétera. Recuerdo que por ahí es por donde comencé cuando abrí la droguería, hace de eso la friolera de treinta años. ¿Ahora también es así o han cambiado las normas?

   -Verás, papá. Si pretendes abrir una farmacia ex novo, el proceso es similar al que describes, con algunas salvedades. El primer requisito para abrir una farmacia es que el peticionario ha de ser licenciado en farmacia, luego hay que contar con un local, propio o alquilado, que cumpla la norma de las distancias respecto a otras farmacias cercanas, presentar la solicitud  y que se te conceda la apertura. Si hay más de una solicitud para la misma zona, el Colegio de Farmacéuticos realiza un concurso de méritos. En los municipios pequeños las aperturas están en consonancia con el número de habitantes.

   -Eso puede ser un procedimiento lento, las cosas de palacio van despacio –advierte Julio.

   -Así es, pero nosotros no escogeríamos ese camino sino otro mucho más rápido, el del traspaso.

   -Ah, ¿pero es que las farmacias también se traspasan?

  -Una farmacia se traspasa cómo cualquier establecimiento comercial. De hecho, conozco a un profesor auxiliar de la facultad que, por libre, se dedica a gestionar traspasos. Si aceptas que nos vayamos a Madrid me pondré en contacto con él y cuando se informe de algún traspaso me avisará.

   -¿Y de dónde sacaremos el dinero para pagar un traspaso? Porque supongo que los de las farmacias serán muy caros –Al oír la pregunta de su padre, Pilar cree intuir que puede convencerle.

   -Hay traspasos caros y baratos. El precio depende de lo que venda la farmacia y del potencial que tenga de incrementar las ventas. Las farmacias ubicadas en calles de mucho tránsito, cerca de una boca de metro o en la proximidad de hospitales o clínicas suelen vender más, por eso son más caras. Las que están en calles apartadas o en barrios marginales son más baratas.

   -Eso de más caro o más barato no me dice nada, concrétalo en cifras.

   -Con exactitud no lo sé, papá, pero estimo que los precios deben rondar entre los dos mil y los ocho o diez mil duros.

   -¡Cincuenta mil pesetas por una farmacia!, eso es mucha guita como diría un andaluz. ¿Y de dónde las íbamos a sacar? –Esa es la pregunta que Pilar ha estado esperando para darle otro giro de vuelta a la tuerca de la obcecación paterna.

   -Después de vender la casa de la abuela, creo que no nos queda más que un activo, la droguería.

   -¿Vender la tienda? Estas chiflada, chiquilla, ¿y de qué vamos a vivir?

   -Ya te lo he dicho, papá, de la farmacia que compraríamos.

   -¿O sea, que pretendes que vendamos un valor seguro que ha dado de comer a esta familia a lo largo de treinta años por una quimera de la que no sabemos lo que podrá rentar? Eso sería tanto como darle la vuelta al refrán de que más vale pájaro en mano que ciento volando.

   -Papá, si te obcecas en no atender a razones ya no sé qué más argumentos puedo darte, pero ten en cuenta que el problema no es solo tuyo, también lo es de mamá y de todos mis hermanos.

   Julia, que hasta el momento ha permanecido sin participar en el diálogo entre padre e hija, cree que ha llegado el momento de intervenir.

   -Lo que acaba de decir Pilar es tan cierto como que me llamo Julia. Y como es un problema de toda la familia, creo que todos sus miembros deberían intervenir, pues a todos afecta.

   -¿Y qué quieres, que votemos sobre el asunto como si estuviésemos en las Cortes Generales del Reino? –pregunta, con sarcasmo, Julio.

   -Pues ya que lo dices, marido, no sería mala idea. Y en cualquier caso, si no votar al menos si escuchar la opinión de todos.

   -¡Pero esto no son las Cortes, esto es una familia!

   -¿Y qué pasa en la familia, uno decide y los demás dicen amén? Así no hemos educado a nuestros hijos. Les hemos enseñado a que piensen por su cuenta.

   -Exacto, les hemos enseñado a pensar por su cuenta, pero también les hemos inculcado que la familia es lo primero y que para eso hay que actuar como una piña, todos unidos.

   Pilar se ha cansado de la obstinación de su padre y piensa que continuar discutiendo con él, de la forma en que se ha enrocado, no tiene sentido, por lo que opta por hacer mutis. Ya llegará el momento oportuno de volver a remachar el hierro, se dice. Julia hace lo mismo, no quiere ahondar en un debate que puede acabar mal dada la terquedad de su marido.

   Sin que se sepa de dónde ha salido, el rumor de que los Carreño están pensando en irse a vivir a Madrid se propaga por la ciudad a la velocidad del rayo. Julio se entera en el casino al preguntarle su medio amigo Manuel Galiana el ferretero.

   -Oye, Carreño, si de verdad pensáis iros a Madrid, antes de traspasar la tienda habla conmigo. Mi hijo Fernando quiere ampliar el negocio y podría interesarle quedarse con tu tienda. Creo que te puede hacer una buena oferta –Julio, se queda tan sorprendido que de momento no sabe ni qué contestar. Cuando se repone su respuesta es para poner en solfa el rumor.

   -Hay que ver la imaginación que tiene la gente. ¿Quién te ha contado ese chisme?

   -Será un chisme como dices, pero a Fernando le ha llegado el rumor por dos fuentes distintas y a mí una clienta también me lo ha referido. Entonces, ¿no es cierto?

   -No que yo sepa. Y si no lo sabe el que se tiene que ir, ya me dirás…

   En la tertulia se habla más que nada de la inminente Navidad que está al caer. La única novedad la aporta don Raimundo, en Nueva York se acaba de inaugurar el primer canal de un nuevo sistema de comunicación llamado televisión. Salvo don Enrique, los demás nunca han oído tal palabreja y no tienen ningún interés en saber lo que significa. Más de uno piensa que debe de ser una de esas chorradas que solo se les ocurre a los yanquis.

   La Navidad de 1929 es para la familia Carreño una celebración que no tiene nada que ver con las de años anteriores. Es más espartana que otras veces, las penurias económicas comienzan a notarse. También hay una cierta tensión en el ambiente que se palpa en la tirantez que se percibe entre el matrimonio y entre Julio y Pilar. Todos tienen un recuerdo para el hijo que falta que, al otro lado del mundo, también piensa en ellos. Es precisamente una extensa carta de Álvaro, desde Buenos Aires, lo que les alegra. Les cuenta que otra vez ha sido el Centro Gallego la institución que se acordó de ellos y el fin de año organizó una cena con baile en su honor. Y el teatro Colón, haciendo una excepción en su programación habitual, les obsequió con un recital de la artista española Concha Piquer que les entusiasmó, al extremo de que tras cantar Tatuaje, una copla que trata sobre un marinero, los guardiamarinas se pusieron en pie y estuvieron ovacionándola hasta que las manos les dolieron. Y por último, que la hija de unos emigrantes asturianos de Pravia se encariñó con él y le está consolando para que no se sienta tan solo.

   Pasados los Reyes, Pilar se dice que va a plantear a su padre un ultimátum: o acepta traspasar la droguería y marcharse todos a Madrid o la que se va a ir es ella. A tomar esa drástica decisión le ha empujado un hecho trivial: acaba de recibir por correo certificado con acuse de recibo su flamante título de licenciada en farmacia. Con orgullo mal disimulado, enseña a los suyos el documento que, con una cuidada tipografía, reza:

                                              Su Majestad el Rey Alfonso XIII

                                                            y en su nombre

                                     El Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes

Considerando que, conforme a las disposiciones y circunstancias prevenidas por la legislación,

                                                   Doña Pilar Carreño Manzano

                              nacida el día 18 de mayo de 1908, en Plasencia (Cáceres)

ha hecho constar su suficiencia en la Universidad Central de Madrid, expido el presente

                                              Título de Licenciado en Farmacia

que faculta al interesado para ejercer la profesión y disfrutar de los derechos que a este grado le otorgan las disposiciones vigentes.

   Y al final, de izquierda a derecha, las firmas: El interesado. Por el señor Ministro, El Subsecretario. El Jefe de la Sección.

   -¡Qué chuli! –exclama Eloísa-, ¿y cuando termine Magisterio también me darán un título así?

   -Mi título de bachiller es una birria al lado del tuyo –confiesa Jesús.

   El 31 de diciembre Julián parte hacia Madrid, pues el 1 de enero del nuevo año ha de presentarse en la Caja de Reclutas número 1 de la capital para confirmar su alistamiento como voluntario y ser destinado al correspondiente centro de instrucción. Antes de partir, su padre le hace un regalo de fuerte carga emotiva: una maleta de madera con unas pegatinas de Mallorca.

   -Papá, ¿y esta reliquia de dónde la has sacado?

  -La hizo confeccionar tu abuela Pilar cuando me fui a la mili. Espero que te dé suerte.

 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro III, La segunda generación, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 188. Julio tantea vender la droguería