viernes, 10 de febrero de 2023

Libro III. Episodio 182. El crac del 29

   Antes de embarcar en el Juan Sebastián de Elcano, Álvaro se despide de su familia en el muelle, pero antes ha de responder a la última pregunta que le dirige el pequeño Froilán.

   -Tato, ¿por qué llevas en la manga ese redondelito?

   -Porque soy alférez de fragata. Y el redondelito se llama coca.

   El niño no sabe qué es un alférez, pero como ve que los marineros que pasan al lado del grupo familiar le hacen a su hermano el saludo reglamentario piensa que su tato debe de mandar mucho. Como también sucedió la pasada vez, se acerca al grupo familiar Santiago Andrade que le recuerda a Pilar que, puesto que sigue considerándola su madrina de singladura, le volverá a remitir postales contándole sus impresiones de la travesía así como de las ciudades en las que fondeen. Pilar, que sabe por su hermano que le hace tilín al gallego, coquetea con Andrade prometiéndole que leerá encantada sus postales y que las guardará junto a las del pasado año. El silbato del contramaestre pone en alerta a los guardiamarinas. Se acaban las despedidas y todos se apresuran a subir al buque para ocupar los puestos que tienen asignados en la operación de partida. Se recoge la pasarela, se sueltan las amarras y dos transbordadores empujan al Elcano para ponerlo aproado a la bocana. El buque, con todo el velamen recogido y acompañado por decenas de pequeñas embarcaciones que hacen sonar las sirenas, va cruzando el fondeadero hasta más allá de la bocana. Un destructor y un torpedero le acompañarán hasta el límite de las aguas territoriales españolas. En el muelle, los Carreño dicen adiós a su hijo y hermano.

   Al día siguiente, Pilar vuelve a la farmacia Guerrero y sufre la primera reprimenda del boticario titular.

   -Bien hallada, doña Pilar –le dice, sarcástico, Cristóbal-. ¿Se puede saber dónde has estado los dos últimos días? –Y sin darle tiempo a contestarle, prosigue-. Este no es un trabajo en el que puedes desaparecer cuando te apetezca. Los clientes merecen un respeto y el farmacéutico tiene el deber de estar al pie del cañón todos los días, sin faltar ni uno. ¿Se puede saber por qué no has venido?

   Pilar, a quien no le ha gustado ni pizca que Cristóbal la riña de malos modos, le explica el motivo de su ausencia y que, debido a la premura con la que tuvieron que partir a Cádiz a despedir a su hermano, no tuvo tiempo de decírselo, aunque reconoce que podría haberle llamado por teléfono o haberle enviado una nota. Al oír la explicación, el boticario aminora su irritación.

   -Ves, ese es un motivo más que justificado para faltar, de todos modos que sea la última vez que ocurre. Cuando tengas que faltar por el motivo que sea te pido que previamente me lo hagas saber. Porque lo que me ha molestado no es que hayas faltado, sino que me hayas dejado mal ante los empleados, pues cuando me preguntaron que por qué no habías venido no supe qué decirles. Y el jefe debe tener siempre una respuesta que ofrecer a sus subordinados. ¿Aclarado?, pues hala, ponte la bata y a despachar.

   Acostumbrada como está a atender a los clientes en las tiendas de la familia, Pilar se hace rápidamente a la diaria rutina de la farmacia. Echa mano de su saber estar, su aplomo y su intuición para saber cómo tratar a los clientes, la mayoría de los cuales son gente de escasas letras por lo que lo primero que aprende es que debe explicarles las recetas puesto que la mayoría de médicos, de una caligrafía endiablada, las expenden sin dar ninguna explicación. También les aconseja cuándo y cómo tomar los medicamentos e incluso donde guardarlos. Entre los clientes abundan los viejos con los que muestra una paciencia poco habitual en un dependiente; les da toda clase de explicaciones, les conforta con palabras alentadoras y una sonrisa de complicidad. Como los productos farmacéuticos son necesarios, los mancebos y hasta el propio Cristóbal no se toman molestia alguna en ser amables y atentos con los clientes, por eso el talante que muestra Pilar todavía resalta más. Pronto se corre la voz de que en la farmacia Guerrero hay una nueva boticaria que es la amabilidad personificada y que te lo explica todo de pe a pa, por lo que comienza a haber gente que al preguntarles los otros mancebos qué quieren su respuesta es:

   -Nada, gracias. Esperaré a doña Pilar.

   Algo de tan poca importancia despierta los celos de Cristóbal ya que hasta el presente no le había ocurrido que alguien prefiriera que le atendiera una novata antes que él. En cambio, los empleados están encantados pues la popularidad de Pilar de rechazo origina que tengan menos trabajo. Y aunque al principio recibieron a la novata con el natural recelo, enseguida comprendieron que Pilar era un ave de paso y no suponía ningún peligro para sus puestos. A ello se suma que la joven farmacéutica se los ha ganado por su sencillez y carencia de sentido de clase, y así se lo ha hecho saber.

   -Cuando esté delante Cristóbal tendréis que hablarme de usted y llamarme doña Pilar, como él quiere, pero cuando estemos solos, por favor, tuteadme y llamadme Pilar a secas. No soporto los ringorrangos.

   A medida que han ido pasando las semanas y viendo que Pilar va afianzándose en su cometido, Cristóbal va dejando la farmacia en manos de la joven cuando se ausenta. Al parecer, el boticario ha heredado algunas de las aficiones de su difunto padre y es muy dado a las partidas de cartas, las tertulias y a otros ratos de ocio menos honorables. En la farmacia trabajan Graciano, el empleado más veterano y dos chicas jóvenes y de buen parecer pues el titular opina que una cara bonita vende más que una anodina. De esas caras bonitas, un día Pilar descubre que Cristóbal abusa de ellas; al menos de una, pues una tarde que estaba trasteando en la rebotica oyó unos jadeos en un pequeño cuarto al final de la estancia. Le picó la curiosidad y abrió un poco la puerta, topándose con la procaz escena de que una de las mancebas, Fina de nombre, estaba haciéndole una felatio al boticario. La chica, arrodillada y de espaldas a la puerta, y el bigardo con los ojos cerrados y jadeando, no se dieron cuenta de que la puerta se había entreabierto. Inmediatamente, y procurando no hacer ruido, Pilar se retiró. Unos minutos después aparecieron en la sala Cristóbal, con cara satisfecha, y Fina con rostro avergonzado. Pilar se dio cuenta de que Graciano miró al patrón meneando la cabeza, como si mentalmente le estuviera reconviniendo. La recién licenciada sabe que no es infrecuente que los patronos abusen de sus empleados, pero hasta ahora no lo había visto con sus propios ojos. La situación le pareció repulsiva y le sirvió para calibrar la falta de ética profesional de su mentor.

   En casa de los Carreño, los padres han aceptado como buena la declaración de Jesús de querer opositar a vista de aduanas, así se lo han hecho saber, pero han puesto una condición.

   -Hijo, a mamá y a mí nos parece bien que quieras ser aduanero. Te apoyaremos en todo lo que esté en nuestras manos, pero hay un problema. En estos momentos, y como ya os contamos, no andamos muy boyantes de dinero, por lo que enviarte a Madrid para que prepares la oposición es algo que por ahora está fuera de nuestro alcance. Lo que sí podemos hacer es que pidas el temario, que por supuesto te lo pagaremos, y vas estudiando en casa hasta que podamos resolver los apuros que estamos pasando y estemos en condiciones de mandarte a la capital. De todas maneras, hasta el año que viene no cumplirás los dieciocho, edad imprescindible para acceder a funcionario del Estado.

   A Jesús le desagrada la noticia por lo que pueda suponer que tardará más en ir a Madrid ciudad de la que guarda un grato recuerdo del año que pasó en el piso de la calle don Quijote, ya que disfrutó de una libertad como no había conocido hasta entonces, y encima podía ir al estadio Metropolitano a ver los partidos del Atlético de Madrid, club del que se hizo fan siguiendo la estela de su hermano Álvaro. Como buen Carreño sabe que antes que nada es la familia, y si sus padres dicen que ahora no pueden no hay más que hablar.

   El 24 de octubre se produce un suceso –que pasará a la historia como el crac del 29 o el martes negro- que, dado que ocurre en la bolsa de Wall Street y que afecta especialmente a los valores cotizados, no parece que vaya a repercutir en la economía española, un país básicamente agrario y con un pobre nivel de transacciones financieras. Pero el mundo se va globalizando y las repercusiones que hunden la economía estadounidense también terminan dañando a la española. El primer efecto de la crisis es la depreciación de la peseta, pasa de un cambio de 5,85 por dólar en 1928 a 7,25 en diciembre de1929. Los problemas endémicos de la economía española se agravan: un altísimo nivel de paro, endeudamiento familiar, cierre de empresas y elevado déficit del Estado son algunas de las consecuencias del derrumbe de Wall Street. Todo ello agravado por la falta de una cobertura social que proteja a los desempleados y una inestabilidad política que corroe a la Dictablanda de Primo de Rivera.

   En la tertulia del casino, a la que ahora Julio asiste cada vez menos, analizan las posibles causas del desmoronamiento del régimen dictatorial de Primo que en principio contó con la anuencia real. El droguero, que hoy si asiste a la tertulia, está interesado en conocer porqué la dictadura comienza a perder los soportes que la auparon y para ello se impone preguntar.

   -Doctor Lavilla, usted que sabe tanto, ¿por qué se está yendo a pique la dictadura de Primo?

  -Son varias las causas que están provocando que los sectores sociales y políticos que inicialmente habían prestado su apoyo a Primo se lo estén retirando. En primer lugar los nacionalismos periféricos porque la Dictadura está incumpliendo lo prometido sobre la descentralización. Las organizaciones empresariales están descontentas por las injerencias de la UGT en sus empresas. Los sectores intelectuales y universitarios van abandonando su benévola expectativa, desengañado por su regeneracionismo conservador. Y los diversos grupos sociales y políticos liberales, que ven cómo la Dictadura pretende perpetuarse en el poder, porque está incumpliendo su promesa de ser un régimen temporal.

   -¿Y el Rey qué papel juega en esa pérdida de confianza? –quiere saber Julio.

 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro III, La segunda generación, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 183. Los consejos del tío Luis

viernes, 3 de febrero de 2023

Libro III. Episodio 181. De prácticas

   El heredero y titular de la farmacia Guerrero, un fornido treintañero, se llama como su padre, Cristóbal. Julio le conoce muy superficialmente, pero no ha confraternizado con él pues el joven farmacéutico solamente se relaciona con los que forman parte de la élite ciudadana. Por eso el droguero no le pide directamente el favor de que acepte a su hija, piensa pedírselo a su madre, a la que ahora todo el mundo llama doña Isabel aunque no tenga título alguno, pero como es la madre del joven boticario ha ascendido de rango social. Tendrá que visitar a su antigua amiga.

   Mientras el verano transcurre rápido en Pinkety -lo que queda de ella pues la mayor parte la han vendido-, el tranquilo Jesús depara una sorpresa a la familia. La hace pública cuando los padres le preguntan la carrera que piensa estudiar en el próximo curso 29-30.

   -Lo tengo decidido, papás, quiero estudiar para vista de aduanas. Son los funcionarios aduaneros responsables de permitir el embarque de las mercancías sujetas a los impuestos arancelarios y de inspeccionar los cargamentos.

   -¿Vista de aduanas?, ¿y eso es una carrera? –pregunta Julio una vez repuesto del estupor.

   -Es una profesión en la que se ingresa por oposición. También se puede llegar a vista por promoción interna desde la categoría de auxiliar, pero se tarda muchos años. Yo quiero acceder a la escala de técnicos directamente y para eso tengo que aprobar la oposición –Jesús da las explicaciones con enorme aplomo, como si lo tuviera todo muy meditado.

   -Y la preparación de la oposición, ¿cómo y dónde se hace?

   -Estudiando el temario, lógicamente, y solo hay una academia en Madrid que prepara a los opositores presencialmente.

   -Entonces, ¿tendrías que irte a Madrid para preparar la oposición?

   -Naturalmente. Escribí a los de la academia y me han dicho que el temario me lo podrían mandar por correo, pero para conocer los temas a fondo, saber cómo hay que encarar la oposición y, sobre todo, preparar la prueba de los casos prácticos tendría que asistir a las clases presenciales.

   -En la familia no hay nadie que haya trabajado en asuntos aduaneros –Julio, al recordar sus años de contrabandista, piensa que más bien al contrario-, y supongo que tú tampoco sabes nada  de ese oficio, a pesar de ello ¿crees que puedes aprobar una oposición que a lo mejor es muy difícil? –a Julio lo que propone el cuarto de sus hijos no le convence ni poco ni mucho, posiblemente sea un oculto rechazo producto de su biografía.

   -Es cierto que la oposición es bastante dura, como la mayoría de oposiciones a funcionarios del estado, pero yo parto con cierta ventaja pues para opositar solo se exige tener el bachillerato elemental y yo soy bachiller superior. Lo que presupone que mi formación será superior a la de casi todos los demás opositores.

   -¿Y esas oposiciones cuándo se convocan?

   -Eso es lo más fastidioso, que no hay plazos fijos para convocarlas. A veces se convocan anualmente, pero hay otras temporadas en que tardan a lo mejor dos años o más en convocarlas.

   -¿Y tendrás que estar en Madrid hasta que las convoquen? –Julio está echando cuentas de lo que podría costarles mantener a su hijo en la capital dos o más años.

   -Claro. Yo lo que pensaba, si os parece bien, era irme a Madrid en septiembre a preparar la oposición hasta que se convoque. Y os prometo que trataré de aprobarla a la primera.

   Mientras se dilucida el futuro de Jesús, el padre comprueba que doña Isabel, viuda de Guerrero como gusta que la llamen, ya no es la juncal y apasionada Isabelina que frecuentó allá por los finales del siglo XIX. Se ha puesto rotundamente oronda y lleva más coloretes que un payaso de circo en un vano intento de enmascarar el paso de los años, aunque sus ojos todavía desprenden aquella chispa temperamental de cuando era treinta años más joven.

   -Para ti no pasan los años, Isabelina, sigues siendo tan guapa y cautivadora como cuando tenías dieciocho –Julio no ha querido excederse en sus elogios, no sea que se pase de rosca y la rolliza matrona se lo tome a mal.

   -Tú que me ves con buenos ojos, Julio, pero sigues mintiendo mal. De todos modos, se te agradece el piropo. Pa quien no pasan los años eres tú, la planta de buen mozo no la has perdido. Así que tu chica también es farmacéutica. Quien nos lo iba a decir que acabaríamos teniendo dos hijos boticarios, lo que es la vida. ¿Y cuándo terminó tu chica la carrera? ¿Este año? Claro, por eso tiene que hacer prácticas. El año pasao, uno de Don Benito que había acabao la carrera vino pa que mi Cristobalín le enseñara a despachar, pero se lo quitó de encima como si fuera un mosquito. Y una curiosidad, ¿por qué no se lo has pedido directamente a mi chico?, sé que te lo presentaron.

   -Como siempre, estás enterada de todo. Me lo presentó el doctor Lavilla, pero no hemos vuelto a tratarnos, por lo que me ha parecido más oportuno pedírtelo a ti, a quien sí conozco bien –La frase de doble sentido hace que Isabel esboce una salaz sonrisa.

   -Habrás visto que es un buen mozo, es algo más alto que tú y, aunque hay gente que dice que es la viva estampa de mi difunto marido a mí nunca me lo ha parecido, pero si lo dice la gente por algo será. En cuanto a lo de tu chica, pierde cuidao, se lo pediré y ya me encargo de que diga que sí.

   La conversación se interrumpe al entrar en el saloncito un hombre fornido que comienza a echar barriga, es bien parecido, luce un recortado bigote y lleva una bata blanca, por lo que Julio deduce que debe ser el mentado Cristobalín.

   -Perdón, mamá, no sabía que tenías visita.

   -Que oportuno eres hijo, no sé si recuerdas al señor Carreño, un viejo socio de tu padre, y precisamente estábamos hablando de ti.

   Ambos hombres se estrechan las manos. Julio mira con fijeza al boticario intentando desentrañar si tiene algún rasgo que se le asemeje. Tiene ojos parecidos a los míos, quizá la nariz también, pero no le veo más que apunte a que pueda ser hijo mío, piensa Julio.

   -¿Y qué decían de mí, si puede saberse?

   Isabel cuenta a su hijo el motivo de la visita de Julio y deja caer que, pese a lo muy ocupado que está, en recuerdo de los viejos tiempos no puede hacerle un feo a la hija de quien fue un querido socio de su padre.

   -Me habían hablado de una jovencita de la ciudad que estaba estudiando Farmacia en Madrid, ¿así que es su hija?, pues mi enhorabuena. Hay que ver cómo han cambiado los tiempos, cuando yo hice la carrera, y solo han pasado unos años de eso, en toda la facultad solamente estudiaban seis o siete mujeres y ahora creo que casi hay tantas como hombres. En cuanto a lo que me pide, y teniendo en cuenta que viene avalado por mi señora madre, estaré encantado de ser mentor de su hija. Y además sin peculio alguno. Lo digo porque a los que enseñan se les paga pero lo haré gratis et amore.

   Días después, Julio presenta a su hija a don Cristóbal –ese tratamiento, en el caso de los titulados, es de uso poco menos que obligado en sociedades provincianas como la placentina-, y les deja para que puedan dialogar tranquilamente. Al boticario, de entrada, le sorprende la desenvoltura y aplomo de la neófita. A Pilar ya le había informado su padre que Cristóbal es un hombre joven y soltero, aunque parece que esto último será por poco tiempo porque últimamente se le ha visto con una de las herederas de los Orellana, una de las familias con más pedigrí y fortuna de la ciudad. Tras los saludos protocolarios y el recuerdo de viejos profesores comunes, puesto que Cristóbal también estudió en la Facultad de Farmacia madrileña, el boticario le da a Pilar las primeras instrucciones que son todo un mini compendio de las diferencias entre las clases sociales de una ciudad pequeña.

   -Como lo hablé con tu padre, vendrás solo por las mañanas que es cuando hay más movimiento y si algún día falto tendrás que suplirme. Cuando tengas alguna duda me lo preguntas y, si estoy atendiendo o me he ido, pregunta a Graciano, que ha estado toda la vida con mi padre y es el mancebo que tiene mayor experiencia. A las demás dependientas no les hagas mucho caso. Ya les he dicho que se te han de dirigir como doña Pilar; hay que guardar las distancias pues si no terminan creyendo que todos somos iguales. Lo mismo pasa con la clientela, tú eres la farmacéutica y la mayoría de clientes son unos patanes que no saben ni firmar. Los tratas correctamente, pero sin familiaridades de ninguna clase. Ah, cuando alguien traiga la receta de una fórmula magistral o de un emplasto se la das a Graciano que es quien las prepara. Fíjate en como lo hace, pues como te he dicho lleva más de veinte años manejando el mortero. En cuanto a cómo has de vestir, trae una ropa cómoda pero con clase, nada de pantalones, faldas tubo o esas moderneces que os ponéis las chicas jóvenes. Encima de todo llevarás una bata blanca siempre impoluta, y no sería mala cosa que si lleva las iniciales de tu nombre al lado que ponga Lcda. Así la gente sabrá con quién trata. Y no se me ocurre qué más puedo decirte; será la primera vez que tengo a una colega de prácticas. Una tarde de estas, le diré a mi señora madre que te invite a merendar, así la conocerás. Por mi parte, nada más. ¿Tienes alguna pregunta? -Pilar tiene muchas aclaraciones que pedir, pero su instinto le dice que este no es el momento más adecuado, ya tendrá tiempo para formularlas. 

   Mientras Pilar comienza su andadura en la profesión, el uno de septiembre su hermano Álvaro inicia el tercer año de guardiamarina en el arsenal de La Carraca, en el que el Juan Sebastián de Elcano se halla en dique. La promoción de Álvaro ha de esperar que se terminen las reparaciones que están efectuando al buque-escuela para comenzar su último crucero de prácticas que en esta ocasión se realizará a lo largo y ancho del Atlántico. El dieciocho de septiembre el buque sale a pruebas de máquinas fondeando en Cádiz en la tarde del mismo día, y es cuando les avisan que en cuarenta y ocho horas partirán para las Canarias que será la primera etapa de la travesía. Álvaro pone un telegrama a su familia contándoles la nueva y, dado el corto plazo existente, les pide que en esta ocasión no vayan a despedirle, que él les lleva siempre en su pensamiento. Pese al ruego del joven, los Carreño se movilizan inmediatamente; estarán en Cádiz despidiendo a su hijo y hermano como lo hicieron el año anterior cuando partió para dar la vuelta al mundo.

   El pasado año Álvaro se sorprendió al ver a los suyos en los muelles gaditanos; en esta ocasión su sorpresa es mayor si cabe. El marino luce en sus bocamangas un delgado galón con su correspondiente coca que le identifica como alférez de fragata. Su empaque es espléndido y para sus padres y hermanos es el marino más guapo y con mejor planta de toda la Armada. Álvaro va abrazando y besando, uno a uno, a todos los miembros de la familia, incluida la oronda Paca que no ha querido perderse la despedida del que para ella no es más que Alvarito. Les promete que les volverá a enviar postales de todos los puertos en los que el Elcano fondee y les pide que no se preocupen si están muchos días sin tener noticias suyas porque esta vez estarán mucho tiempo navegando por el Atlántico sin tocar puerto.

 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro III, La segunda generación, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 182. El crac del 29

sábado, 28 de enero de 2023

Libro III. Episodio 180 Pilar, farmacéutica

    A Julia le parece que su hijo mayor se ha pasado pidiendo platos, pero el camarero echa una mano al joven guardiamarina.

   -Señora, deje que er muchacho se desfogue que vaya usté a saber cuántos días lleva er pobre sin llevarse a la boca estas golosinas.

   Como modo de agradecerle su intervención, la madre se interesa por su acento.

   -Yo creía que en Cádiz ceceaban –afirma Julia-, al menos eso es lo que me enseñó mi suegra, que en la costa cecean y en el interior sesean.

   -Sí, señora y así es. En la práctica totalidá de la provinsia de Cádis la gente cecea, exsepto en la siudá que es mayormente seseante –y dirigiéndose al guardiamarina pregunta- ¿Eso es to?

   -A ver léanos la comanda, por favor, que ya ni recuerdo lo que he pedido.

   El mozo echa mano de su bloc y lee:

   -M´a dicho que de entrantes van a tomar: pescaito frito, tortillitas de camarones, casón en adobo, mojama y huevas aliñás. Luego: urta a la roteña y caballa con piriñaca. Y pa rematar sangre en tomate. ¿Farta argo más?

   Álvaro suelta una carcajada y mirando sonriente a su madre le dice:

   -Tienes más razón que un santo, mamá, me he pasado cinco pueblos, pero un día es un día.

   En el almuerzo, la familia dispara fuego graneado preguntando al primogénito, hasta tal punto que el padre ha de imponer algunas reglas.

   -Chicos, vamos a volver tarumba a vuestro hermano si todos preguntamos a la vez. Como tiempo tendrá de contarnos su viaje por ese mundo de Dios, creo que se impone que le demos un respiro y que nos cuente lo que quiera.

   -Gracias, papá. Estoy haciendo memoria y voy a contestar a alguna de las muchas preguntas que me habéis formulado. Una es qué hacíamos los domingos. Había pocas variaciones respecto a los demás días, una era que en el desayuno había pan tostado que celebrábamos como si fuese la mejor ensaimada mallorquina. Por las tardes ponían cine, proyectado en una de las velas, con la curiosidad de que se veía por ambos lados. Se duplicaba así el aforo de ese cine improvisado al que acudía casi toda la dotación que no estuviera de guardia. También me habéis vuelto a preguntar sobre el papeo del que os cuento una curiosidad: cada día el comandante comía con un oficial y dos guardiamarinas, para ir conociéndonos; era un lujo pues las cámaras de la comandancia son una preciosidad. Había un cuadro de Juan Sebastián de Elcano y un cuartito especial muy marinero para fumar. Antes de la comida se ofrecía un aperitivo; el día que me tocó a mí fue un delicioso gambón con una salsa riquísima…-y Alvaro sigue desgranando sus recuerdos sobre la vida en el buque-escuela.

   -Otra pregunta que me habéis formulado era la referida a qué hacíamos en los puertos a los que llegábamos. Al llegar a un puerto, solíamos ir a toda vela haciendo ceñidas, que es navegar a vela contra el viento. También solían visitarnos personalidades locales. Recuerdo que en el puerto de La Valeta vino el presidente del gobierno de Malta, al que se le puso una escolta del barco formada por los cuatro guardiamarinas más altos y corpulentos. Generalmente, el país al que pertenecía el puerto en el que fondeábamos solía dar una fiesta de bienvenida a la que acudían autoridades, ministros, diplomáticos, etcétera. El lugar de la fiesta solía ser una embajada o similar y la comida era buenísima. Recuerdo que nuestros embajadores decían que la labor diplomática de esos días de estancia del Elcano equivalía a cinco años de trabajo de ellos, y que casi siempre se solucionaba algún problema que parecía imposible resolver. Por eso los puertos de destino se estudian detenidamente antes del viaje. Antes de irnos, y para corresponder, se daba una fiesta a bordo donde salían a relucir el jamón de Jabugo, la tortilla de patatas y las canciones típicas españolas interpretadas por la propia banda del Elcano que llevamos a bordo…, y ¿qué más me habéis preguntado?

   -¿Qué anécdota te pareció más graciosa? –formula Jesús.

   -No sé si fue la más graciosa, pero si la más exótica: uno de los días que estuvimos fondeados en Ceylán se nos acercaron unos indios en canoas con los que hicimos trueques. Ellos nos cambiaron pieles de animales y frutos tropicales por tabaco rubio que lo apreciaban mucho. Y otra anécdota que os puedo contar es que en una ocasión se cayó un hombre al agua, la tripulación respondió con gran rapidez, se notaba que estaban entrenados. En cuanto se dio la voz de ¡hombre al agua!, el barco aflojó la velocidad y se echó un bote al agua para recoger al marinero caído. Recuerdo que lo devolvieron pálido como un limón.

   Tras pasar el día con su primogénito, los Carreño le dejan en la ENM y regresan a casa. La mayor parte de la familia tiene deberes pendientes, el más acuciante que los padres deben decidir es cómo saldar los créditos pendientes de amortizar de las Cajas de Ahorro. Después de pensarlo y repensarlo llegan a la conclusión de que solo les queda una opción para reunir el dinero suficiente con el que liquidar los empréstitos de las Cajas: vender Pinkety. Es una decisión dolorosa porque para ellos, y sobre todo para los chicos, Pinkety es mucho más que una finca pues es donde pasan gran parte del verano, donde los niños han descubierto la belleza de la naturaleza y donde algunos han dejado atrás la niñez. A los padres casi les preocupa más tener que contárselo a los hijos que desprenderse de la finca. Hasta que llegan a una componenda, más que nada pensando en los niños: no la venderán toda, segregarán la mayor parte de la finca, que venderán, y el resto, incluida la casa, la mantendrán. En cuanto ponen la finca en venta, inmediatamente surgen compradores; en Extremadura poseer tierras es un buen indicador de la fortuna de una familia, y ser propietario de una finca como Pinkety confiere reputación. La finca acaba vendiéndose por más dinero del que esperaban y, por fin, pueden saldar los préstamos que tiempo ha les concedieron las Cajas de Ahorro y Monte de Piedad de Badajoz, Cáceres y Plasencia. Un problema menos, ahora solo les resta liquidar el leonino préstamo de Adelina la Bronchales.

   En la tertulia del casino, a la que ahora Julio acude con menos frecuencia, en el mes de mayo solo se habla de dos exposiciones: la Iberoamericana de Sevilla, que se inauguró el día 9, y la Internacional de Barcelona que se inaugura el 20. Concurren al certamen la mayoría de países hispanoamericanos y también hay pabellones de algunas ciudades y regiones españolas. En la barcelonesa concurren una veintena de naciones europeas y expositores privados. La exposición está suponiendo un gran desarrollo urbanístico para la ciudad.

   A todo eso, Pilar ha vuelto a casa con la carrera terminada. Ha obtenido unas notas magníficas y ha sido una las mejores de su promoción.

   -Bueno, hija, ya eres boticaria, ¡qué orgullosos estamos de ti! –la felicita su madre.

   -No sé si sabes que eres la primera mujer de Plasencia que se licencia en Farmacia. Mis amigachos de la tertulia no paran de recordármelo –explica el padre.

   -Oye, hermana, ¿y cuándo nos pongamos malos nos curarás tú? –quiere saber Andrés.

   Cuando se quedan a solas con Pilar, los padres se meten en asuntos más serios.

   -Y ahora, hija, ¿qué piensas hacer con tu flamante título? –la interroga Julio.

   -Pues no lo tengo muy pensado. Como podéis suponer la salida más habitual de la carrera es abrir una oficina de farmacia, pero eso cuesta un dinero y sé que no está el horno de nuestra economía para grandes inversiones. De todas maneras, antes de ponerse a trabajar el profe de Galénica nos aconsejó que hiciéramos prácticas en una farmacia para ir cogiendo experiencia.

   -Y esas prácticas, ¿dónde podrías hacerlas? –pregunta Julia.

   -En cualquier botica. Me he movido y un compañero de Madrid, cuyo padre tiene una farmacia en la calle Galileo, me ha ofrecido que podría hacerlas con su padre –Realmente, Pilar ya lo ha organizado para así poder estar un año más en la capital.

   -Si las prácticas se pueden hacer en cualquier botica entonces no es necesario que vayas a Madrid, conozco al titular de la farmacia Guerrero de la ciudad pues hace años fui socio de su padre en un negocio –Julio se guarda muy mucho de especificar de qué clase era el negocio-, y si se lo pido a buen seguro que no pondrá ninguna pega para que hagas las prácticas en su farmacia, que además es una de las de mayor clientela de la ciudad.

   Pilar trata de ocultar su contrariedad, adiós a su proyecto de quedarse un año más en Madrid disfrutando de total libertad, pero es consciente de que sus padres no están para muchos gastos, por lo que su respuesta no puede ser otra.

   -Estupendo, papá. De esa manera, puedo practicar por las mañanas y ayudar a mamá en la tienda por las tardes. De todas formas, quiero disfrutar del verano y hasta septiembre no pienso hacer nada.

   Lo que ha dicho Julio a su hija de que conoce al titular de la farmacia Guerrero es una verdad a medias. En los años de los negocios con el Hurón tuvo relación con don Cristóbal, el  boticario que le vendía medicamentos bajo mano, pero el viejo falleció y ahora regenta la farmacia su único hijo, y del que Julio nunca ha querido saber si es suyo o del finado farmacéutico, como en su día le insinuó la casquivana esposa de don Cristóbal. Ahora tiene que pensar en cómo conseguir que Pilar haga las prácticas. Desde que acabó el alijo de medicamentos a tierras lusas, la relación entre Julio y don Cristóbal se enfrió, aunque se siguieron saludando. Julio siempre evitó volver a poner los pies en la botica, no quería que Isabelina, la fogosa esposa del boticario, lo volviera a tener a tiro e intentara reanudar la relación extraconyugal que mantuvieron tiempo atrás. Pero de eso han pasado tres décadas y supone que Isabelina lo habrá olvidado.

 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro III, La segunda generación, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 181. De prácticas