viernes, 5 de agosto de 2022

Libro III. Episodio 156. Tú friegas, yo guiso

   En las primeras semanas, la vida en el piso de don Quijote se desenvuelve de acuerdo a las normas que estableció Julia.  Los chicos desayunan antes de irse a sus respectivos centros, vuelven a mediodía para almorzar, luego regresan a sus colegios y, generalmente, hacia media tarde están de vuelta. Mientras, Paca limpia la casa, sale a la compra, guisa, lava, plancha y algunas tardes se permite el lujo de dar una vuelta por el barrio. Si sale y gira a su izquierda pronto se tropieza con el Paseo de la Castellana que no le gusta porque está muy concurrido y con una circulación de locos. Prefiere girar hacia la derecha donde enseguida se topa con la calle de Bravo Murillo desde la que suele llegar hasta la glorieta de Cuatro Caminos que le encanta, pues en ella y las calles aledañas los domingos abundan obreros y menestrales, criadas y modistillas, estudiantes y soldados, personal entre el que se encuentra en su salsa.

   El primer trimestre del curso 23-24 termina y los hermanos Carreño vuelven a casa, y con ellos Paca que ya no regresará a Madrid. Los demás hermanos les asaetean a preguntas: quieren saber cómo es la capital, si han subido en tranvía, si han cogido el metro, si hay muchos coches, si Álvaro ha ido al campo de O´Donell a ver jugar al Athletic de Madrid -que es el club del que es seguidor su padre-, si han ido a ver alguna zarzuela, cuantas pelis han visto y una interminable retahíla de preguntas. Cuando acaban las vacaciones de Navidad, Álvaro y Pilar regresan a la capital. Desde el primer día quien toma el timón de la casa es Pilar y le expone a su hermano las reglas de convivencia que, aparte de las de Julia, ha decidido dictar.

   -Vamos a ver, hermanito, ahora que no tenemos a Paca conviene dejar las cosas claras desde el primer día. La casa la voy a llevar yo pero, como dijo mamá, me tendrás que ayudar. El desayuno lo prepararé yo, pero luego los cacharros los recogerás tú y los dejarás limpios en el escurridor. Antes de irte deberás hacerte la cama. A mediodía pondrás la mesa, la recogerás y fregarás la vajilla y los cubiertos. De cocinar el almuerzo me encargo yo. Y por la noche lo mismo. Tu ropa usada no debes dejarla en cualquier parte, la pondrás en el cesto de la ropa sucia. Y ya que no vas a limpiar, deberás ensuciar lo menos posible. En cuanto a lo de venir antes de las nueve te lo ventilas como quieras, pero si antes de las nueve y media no estás en casa no cenarás caliente. Y de cómo vamos a repartirnos las tareas los domingos y festivos todavía no lo he pensado, en cuanto lo decida te lo diré.

   Álvaro se escandaliza ante la propuesta de Pilar. Cuando se ha visto que un hombre hecho y derecho haga faenas caseras solamente reservadas a las mujeres, pero conociendo el talante de su hermana se anda con tiento.

   -Pilar eres más marimandona que mamá, que ya es decir. Estoy dispuesto a ayudarte, naturalmente, pero no a hacer trabajos impropios de un hombre. Lo de poner y recoger la mesa pase, así como lo de hacerme la cama y echar la ropa sucia al cesto, pero ni hablar de que vaya a fregar los cacharros, esa no es faena para un futuro oficial de la Armada española.

   -Pues si tú no vas a recoger y fregar los platos y cubiertos, yo no voy a guisar para ti. Así, que tú verás.

   -No te atreverás.

   -Ponme a prueba –es la respuesta, tan contundente como lacónica, de Pilar.

   Álvaro conoce bien el temperamento volcánico de su hermana y sabe que es capaz de lo que ha dicho y mucho más. Por lo que echa mano de la táctica del hermano cariñoso.

   -Pero Pilarín, con lo que yo te quiero, que sabes que eres mi hermana preferida, ¿y me vas a hacer la judiada de no prepararme la comida? ¿Sabes lo qué pueden pensar de mí los compañeros del CHA si se enteran de que hago tareas propias de una mujer? Creerán que soy un mariquita.

   -No me dores la píldora, Alvarito –Pilar devuelve a su hermano el diminutivo-, yo también te quiero mucho, pero o haces lo que te pido o tendrás que aprender a guisar. Y lo que piensen tus compañeros del CHA me la trae al fresco. Si esta noche no friegas los cacharros de la cena, mañana tendrás que hacerte el desayuno, el almuerzo y la cena. Tú verás.

   La sangre no llega al río. Álvaro, conocedor del carácter de Pilar, opta por no ponerla a prueba y esa noche recoge los platos, vasos y cubiertos de la cena y los friega, mal que bien. Poco a poco, superando naturales roces, ambos hermanos van acoplándose y acostumbrándose a la obligada convivencia. A ello ayuda que la señora Casillas, la asistenta, es quien en los días que viene les guisa y también deja fregada la vajilla y los cubiertos. El primer incidente de alguna importancia es cuando una tarde llega Álvaro y se encuentra con que su hermana se ha traído a tres amigas del colegio. Al principio, el joven no sabe cómo reaccionar, recuerda que su madre insistió mucho en que no debían de llevar amigos ni conocidos a casa, y Pilar se ha saltado a la torera la recomendación materna.

   -Chicas –anuncia Pilar-, el mozo tan resultón que acaba de entrar es mi hermano mayor y futuro almirante. Álvaro, estas son amigas del cole: Maripaz, Terele y Cuca.

   Las muchachas se arremolinan alrededor de Álvaro y, sin mostrar ninguna clase de timidez, le atosigan a preguntas.

   -¿De verdad vas a ser marino?

   -¿Es cierto que los marinos tienen un amor en cada puerto?

   -¿Tienes compañeros con tan buena facha como tú?

   -Chicas, chicas, que me lo vais a marear –Pilar trata que sus desinhibidas compañeras se moderen-. No os lo vais a comer el primer día, dadle un respiro, porque ahí donde le veis, con esa planta donjuanesca, me parece que todavía no se ha estrenado.

   La declaración de Pilar enardece todavía más a sus desenvueltas amigas.

   -Me lo pido. Un bomboncito así no se puede desperdiciar.

   -Lo de desbravar bisoños es mi especialidad.

   -Con lo rico que está y aún no tiene novia, ¡qué chachi!

   -Hermano, no hagas caso a estas locas. La abuela Pilar diría de ellas que se les puede aplicar el refrán de perro ladrador poco mordedor. Toda la fuerza se les va por la boca, pero luego las que no se comen un rosco son ellas.

  Álvaro se limita a saludar a las jovencitas, se excusa de que tiene mucho que estudiar y se refugia en su habitación. Cuando comprueba que las chiquillas se han ido, sale hecho un basilisco.

   -Pilar, te recuerdo que mamá dijo que nada de traer amigos a casa y tú no has traído uno sino tres. Y encima unas descaradas de mucho cuidado. Si los papás llegan a saber que tienes unas amigas tan descocadas te pueden quedar dos rosarios para seguir en Madrid.

   -Hermanito, no te amontones que la cosa no es para tanto. Mamá dijo que no debíamos traer amigos, pero de otro sexo, y estas evidentemente no lo son. Y, por favor, guárdate todos esos epítetos que les has endilgado porque no se los merecen. Ni son descaradas ni descocadas; al contrario, son educadas y comedidas. Lo que pasa es que tú, por lo que intuyo, no has debido relacionarte con gente joven de la ciudad. Pues así son las chicas del siglo XX, muy pocholas.

   -¿Y se puede saber qué es eso de pocholas?

   -Alvarito, llevas más tiempo que yo viviendo en Madrid y veo que no se te ha caído todavía el pelo de la dehesa. Tienes que poner al día tu vocabulario, sino te van a tomar por un isidro como dicen los castizos. Pochola significa bonita, atractiva, agradable, maja.

   -¿Y ese palabro está en el diccionario?

   -Pues no lo sé ni me importa, y si no está terminarán poniéndola. ¿Pero se puede saber con qué clase de gente te relacionas? Si es que parece que no hayas salido del pueblo y llevas medio año en Madrid.

   -¿Con quién me voy a relacionar? Con los compañeros del CHA que estudian para el ingreso en la Escuela Naval.

   -Ni aunque me lo jures voy a creerme que todos los del CHA son tan pardillos como tú. ¿O es que solo te juntas con los que únicamente se dedican a estudiar?

   Salvo insignificantes roces, como el de las amigas pocholas, la convivencia entre ambos hermanos discurre razonablemente bien. Ambos son conscientes de que son muy diferentes, en temperamento, en gustos y en la forma de entender la vida pero, como distan de ser lerdos, han resuelto cooperar y aceptar las diferencias con el mejor talante posible. Por lo que el curso 23-24 termina felizmente, aunque para Álvaro ha sido un tiempo que considera perdido, pues cree estar lo suficientemente preparado para aprobar el ingreso.

   Pilar ha aprobado, sin ningún problema, el sexto curso de bachillerato y está más decidida que nunca en matricularse en la Facultad de Farmacia; hasta ha ido a verla, está ubicada en la calle de San Juan, en el barrio de Justicia del distrito Centro. En unos años espera convertirse en la primera boticaria de la familia. Además, va a tener la suerte de que otras dos compañeras de la ILE también van a matricularse en Farmacia.

   Ambos hermanos, antes de volver a Plasencia a pasar el verano, van a despedirse del tío Luis. Son conscientes de que mejor les irá teniéndole de cara, pues ha demostrado cumplidamente que es hombre de muchos recursos y con amistades inimaginables.

   -Pasad, chicos. Ya sé que me traéis buenas noticias. Tú –dirigiéndose a Álvaro-, has mejorado mucho tu inglés y en otras materias también has hecho progresos. En cuanto a mi sobrina preferida, me han dicho que tu media en el curso roza el sobresaliente, por lo cual no puedo menos que felicitarte –Los hermanos se preguntan cómo diablos se ha enterado el tío de sus resultados académicos-. Ahora bien, Pilar, ¿y por qué ese empeño en hacer Farmacia? Con las buenísimas notas que has sacado en todas las asignaturas de letras, tendrías que cursar Filosofía y Letras, que es una carrera que le pega de maravilla a una chica culta como tú y a la que además le interesan temas tan variados como contrapuestos. Hasta podrías llegar a ser una de las primeras catedráticas de la universidad española, tienes talento de sobra para ello. En cambio, ¿te vas a conformar con vender potingues toda la vida? Ten en cuenta que un boticario no es más que un tendero, distinguido si quieres, pero un tendero. Tú tienes demasiada clase para pasarte la vida detrás de un mostrador.

 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro III, Los hijos, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 157. Un futuro marino de secano

 

viernes, 29 de julio de 2022

Libro III. Episodio 155. El piso de la calle don Quijote

    El tío Luis, como acostumbra, sigue aconsejando a su sobrina sobre las ventajas que supondrá que sus dos hijos mayores vivan juntos en Madrid. Algo que Julia no acaba de entender muy bien.

   -Todo eso me parece fenomenal, tío, ¿pero cómo se puede lograr?

   -Viviendo en el mismo piso…

   La estupefacción de Julia es patente. No acaba de entender adónde pretende llegar.

   -A ver, tío, explíquemelo bien porque estoy hecha un lío.

   -Es fácil de explicar. Lo que debéis hacer es alquilar un piso en Madrid en el que vivirán los dos. Se harán compañía, estudiarán más, comerán como es debido, y además ahorraréis dinero. Alquilar un piso pequeño de dos habitaciones os costará menos que buscar una o dos pensiones y encima tendréis a los hijos controlados. Buscáis una asistenta que vaya un par de veces o tres a la semana para darle una vuelta a la casa, lavar y planchar la ropa y dejar hechos unos cuantos guisos. Aunque supongo que le habrás enseñado a cocinar a Pilar.

   -Tanto como cocinar…, pero sí, le he enseñado algunas cosillas de la cocina de nuestra tierra.

   -Eso está bien. Saber cocinar es ineludible para una mujer, aunque luego sea boticaria o licenciada en filosofía y letras que, por cierto, es otra carrera adecuada para tu chica.

   -Pero nada de eso es lo que habíamos planeado. No sé cómo se lo tomará Julio, igual no le parece bien –Julia trata de escabullirse del plan de su tío, pues no acaba de convencerla, y usa a su marido como excusa.

   -Julia, hija, que estás hablando con tu tío. Sabes bien que Julio acabará aceptando como bueno lo que tú le propongas. Piensa en Álvaro, un chico con buena planta, formal, de buena familia…, pero más inocente que un seminarista. Un chico que nunca ha salido de su pueblo, y de pronto llega a una gran urbe como Madrid donde las tentaciones de toda clase te las puedes encontrar a la vuelta de la esquina. ¿Sabrá esquivarlas?, ¿será lo suficientemente maduro como para no caer en manos de la primera modistilla o, lo que sería peor, de cualquier pilingui que le guiñe el ojo?

   -Perdone, tío, ¿pero qué es una pilingui?

   -Una mujer de mala vida; o sea, una puta.

   -¡Por Dios!, Álvaro nunca se iría con una mujer de esas.

   -Ay, hija mía, que poco sabes de la vida. Los hombres somos de barro y son más las veces que pensamos con la bragueta que con la cabeza. Y tu Álvaro, por muy casto que sea, tiene las mismas debilidades que todos tenemos o hemos tenido –matiza Luis con una sonrisa trufada de añoranza-. Esos peligros, que no tienen por qué suceder pero que son posibles, serán mucho menos probables si el chico vive en compañía de su hermana. Pilar será para Álvaro como su particular cinturón de castidad. Y viceversa, lo será el chico para Pilar, pues en una gran ciudad los peligros no conocen sexo.

   El último argumento deja pensativa a Julia. Como depositaria de muchas confidencias de su primogénito conoce mejor que nadie lo inocentón que es y lo poco que sabe de la vida y especialmente de lo pérfidas que pueden llegar a ser algunas mujeres. Conociendo el carácter que tiene Pilar, sabe que de ninguna manera dejaría caer a su hermano en manos de una mujer inapropiada. Don Luis, que se ha dado cuenta del impacto que sus últimos argumentos han hecho en su sobrina, sigue martilleando su propuesta hasta que…

   -Sabe, tío. Me ha convencido. Creo que no sería mala idea que también se viniera Pilar a Madrid y así podrían estar los dos juntos, ¿pero dónde encuentro un piso que alquilar si no conozco la ciudad?

   -De eso me encargo yo. ¿Lo quieres de dos o de más habitaciones? Lo digo por si en algún momento decidís Julio y tú daros un garbeo por la capital y de paso ver a vuestros hijos.

   -En eso no había caído. Entonces tendría que ser, al menos, de tres porque estoy pensado enviar a Paca las primeras semanas para que deje encarrilados a los chicos en lo que es llevar una casa. ¿Y ahora qué hago? Todo lo que tenía pensado ya no me vale.

   -Lo primero es hacerme llegar cuanto antes la documentación académica de Pilar para pedir el cambio de matrícula. Por mi parte haré la gestión de la casa; uno de mis amigos del Ateneo tiene una agencia inmobiliaria, le pediré que busque un piso de tres habitaciones, que no esté mal situado ni sea demasiado caro. Ah, me dijo el chico que estáis en casa de una familia de San Martín, pues se puede quedar con esos mañegos mientras se solventa lo del piso. Y vete tranquila, mujer, has tomado la mejor decisión que podías tomar. Y otra cosa te digo –y el tío Luis parece humanizarse por momentos-, no sabes lo complacido que estoy por hacer algo por los nietos de mi hermano mayor, creo que de alguna manera se lo debía.

   Tras contarle a su hijo los nuevos planes ideados por el tío, Julia se vuelve a Plasencia. En primera instancia, a Julio la propuesta del tío no le agrada demasiado, no es lo que tenían pensado y lo de que Pilar vaya a estudiar a Madrid tampoco le convence demasiado. Su esposa le urge a tomar una decisión pues el tiempo apremia. Esa misma tarde una conversación que tiene con el doctor Lavilla le ayuda a despejar las dudas.

   -Don Enrique, ¿qué sabe usted de una entidad que se llama la Institución Libre de Enseñanza que hay en Madrid y que se dedica a la educación?

   -La conozco, no directamente pero me han hablado de ella. La ILE es una institución educativa, privada y laica, fundada por un grupo de catedráticos separados de la Universidad Central por defender la libertad de cátedra y negarse a ajustar sus enseñanzas a cualquier dogma oficial en materia religiosa, política o moral.  Empezaron por la enseñanza universitaria y después se han extendido a la educación primaria y secundaria. Deben de dar una excelente formación porque su proyecto lo apoyan intelectuales de la talla de Ortega, Ramón y Cajal, Antonio Machado, Marañón y otros muchos.

   -Se lo pregunto porque existe la posibilidad de que Pilar termine el bachillerato en esa institución, pero no sé qué será mejor sí que vuelva a Cáceres o mandarla a Madrid.

   -En tu lugar no lo dudaría, dado el carácter de tu hija le vendrá de perlas la formación que pueden darle en la ILE.

   Como para Julio lo que opina el buen doctor es como si lo dijera el Papa de Roma, en cuanto vuelve a casa es terminante.

   -Cariño, he consultado lo de la institución madrileña con don Enrique y me ha dicho que es una buena idea que enviemos a Pilar. Tendrás que volver a Madrid, aunque si te da pereza iré yo.

   A Julia no le da ninguna pereza volver a la capital del reino, la formación de sus hijos está por encima de todo. En cuanto le cuenta a su hija los cambios de planes y le pregunta su parecer, la respuesta de Pilar no puede ser más positiva.

   -¿Estudiar en Madrid?, mamá, me acabas de dar el alegrón de mi vida.

   -Piénsalo bien porque además de estudiar tendrás que hacerte cargo del piso que vamos a alquilar y tendrás que guisar, ya sabes que tu hermano no sabe ni freír un huevo.

  -Está pensado, mamá. Y sabes que no me arredra tener que limpiar, lavar, planchar y cocinar. Irme a Madrid lo compensa todo.

   -Solo tendrás que preocuparte de guisar. Voy a mandar las primeras semanas a Paca para que os deje encauzados. Y además, vamos a buscar una asistenta para que vaya un par de veces a la semana y haga los trabajos más pesados.

   -Cómo van a rabiar mis amigas cuando se lo cuente. Se van a poner amarillas de envidia, ¡vivir en Madrid!

   Don Luis se ha aplicado y, a través de un conocido ha encontrado un piso de tres habitaciones, comedor, cocina, despensa, sala de estar y aseo en la calle don Quijote, entre las de Raimundo Fernández Villaverde y Reina Mercedes, y que discurre paralela, como no podía ser menos, a la calle Dulcinea. Pertenece al barrio de Cuatro Caminos en el distrito de Tetuán, ya en el extrarradio madrileño. Para acceder al tramo superior de la calle, en su intersección con la calle Artistas, se sube por una empinada escalinata cuya visión disuade el acceso a más de uno.

   A Julia el piso le parece bastante cutre, Paca opina que no está mal y a Pilar y Álvaro les chifla, van a tener una casa solo para ellos. En cuanto han apalabrado el alquiler, de momento por dos años, Julia y Paca hacen una limpieza a fondo de la casa. Dado que el piso está sin amueblar han tenido que comprar algunos muebles de segunda mano en el Rastro, pocos, porque han tenido la precaución de traerse de Plasencia las camas, una mesa, algunas sillas y cacharros de cocina. Julia da a Paca estrictas recomendaciones de lo que tiene que hacer en las primeras semanas y, especialmente, de las normas que debe de exigirles a los chicos, tales como almorzar y cenar en casa, no traer amigos del otro sexo, no llegar más tarde de las nueve de la noche, hacerse cada uno su cama y que Álvaro, aunque no se meta en la cocina, debe ayudar en lo que pueda, como poner y quitar la mesa, y lo que le pida su hermana. Lo de la asistenta lo resuelven pronto, la señora Casillas se ofrece, por un módico estipendio, a ir un par de veces a la semana para limpiar, lavar y planchar. Por ahora, no hablan de guisar, pues por el momento se encargará Paca, ayudada por Pilar que al tiempo le servirá de aprendizaje.

   El curso académico 1923-24 comienza con los dos hermanos Carreño estudiando en Madrid, Álvaro en la sección preparatoria del CHA para el ingreso en la ENM, y Pilar en la escuela de alumnas de enseñanza secundaria de la ILE. De gobernar el piso se ha hecho cargo Paca que, acostumbrada a bregar con tantos chiquillos como hay en el hogar de los Carreño, cuidar de solo dos le parece una bicoca. Ahora queda por ver si la vida en la casa de la calle don Quijote se desenvolverá de acuerdo a las normas que dejó establecidas Julia.

 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro III, Los hijos, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 156. Tú friegas, yo guiso

viernes, 22 de julio de 2022

Libro III. Episodio 154. El CHA

 

  El tío Luis continúa aconsejando a su sobrino-nieto sin darle oportunidad de intervenir.

   -Ah, una cosa, porque las apariencias hay que guardarlas. Cuando estemos a solas me puedes llamar tío; no tío-abuelo, simplemente tío, y me puedes tutear, pero en público me hablarás de usted y me llamarás don Luis… -Y el tío sigue y sigue perorando sin que el desconcertado Álvaro tenga la oportunidad de decir ni media palabra. Algo que le pone en guardia es una frase que don Luis ha repetido un par de veces sin darle mayor importancia, pues habla de dos años de preparación. En cuanto el tío vuelve del  baño pues sufre de la próstata, Álvaro no le da oportunidad de que retome su farragoso discurso.

   -Perdone, tío Luis, pero ¿por qué dos años de preparación? Creo que estoy listo para ingresar a la primera.

   -Por lo que veo ni siquiera te has molestado en leer los requisitos para ingresar en la Escuela.

   -Disculpe, tío Luis, pero si me los he leído.

   -¿Sí?, ¿entonces qué dice del requisito de edad?

   -Que hay que tener 18 años cumplidos…

   -¿Y tú los tienes? –le interrumpe el jurídico.

   -No, pero los cumpliré el 28 de agosto del año que viene.

   -Veo que no te has leído la letra pequeña. El reglamento de la Armada especifica que hay que tener 18 años cumplidos el día de la publicación de la convocatoria en la Gaceta de Madrid, y eso suele ocurrir en marzo o abril. Por consiguiente, en la próxima convocatoria, como naciste en agosto, solo tendrás 17 años. Suponiendo que aprueben a la primera, solo ingresan con 17 años los nacidos en el primer trimestre del año, los nacidos después lo más habitual es que lo hagan con 19. En consecuencia, te quedan dos años de preparación pues no podrás ingresar en la Escuela hasta la convocatoria de 1925.

   A Álvaro se le cae el mundo encima, ¡1925!, lo que supone que tendrá que estar en Madrid casi dos años y eso les va a costar a sus padres un pastizal.

   -¿Y no habrá alguna manera de solucionarlo?, usted que debe conocer a gente importante a buen seguro que me puede echar una cuerda.

   -¿Una cuerda?, la expresión correcta es ¿me puede echar un cable o una mano? Solo te lo podría echar su majestad el Rey, pero hace mucho que no me invita a palacio –Lo último lo ha dicho con evidente ironía-. Y ahora que es dictador, también podría hacerlo el golfo de Primo de Rivera, pero no soy santo de su devoción…

   -¿Entonces…?

   -Entonces, mañana te quiero aquí a las 09:00, aseado, peinado y hecho un cromo, y me acompañarás al Colegio de Huérfanos de la Armada. Ah, tráete el certificado del instituto que acredita que has aprobado todas las asignaturas del bachillerato, y también el de que has solicitado que se te expida el título de bachiller. Igualmente, copia de tu partida de nacimiento. Y ahora, tienes mi permiso para retirarte. Hasta mañana, aspirante.

   El muchacho dice adiós a su tío-abuelo y se va en busca de su madre hecho un mar de dudas. No está muy seguro de si ponerse en manos del intemperante tío Luis ha sido la mejor idea que han tenido sus progenitores. En cuanto llega a casa de los Casillas cuenta a su madre lo que el tío le ha explicado, y lo más duro: que debido a la barrera de la edad tendrá que estar en Madrid dos años.

   -Bueno, hijo, no te preocupes por eso. Suponiendo que te presentaras el año que viene y no aprobaras, también tendrías que estar dos años preparándote.

   -Pero es que estoy seguro de aprobar a la primera, mamá. El que esté dos años aquí no va a ser más que un desperdicio de tiempo y de dinero. ¡Mira, se me acaba de ocurrir! No es necesario que me quede, puedo volver el próximo septiembre y así nos ahorramos el dineral de un año fuera de casa.

   -Hijo, te lo agradezco en el alma, y tu padre seguro que también, pero no es necesario. Andamos bien de dinero y lo último que pensamos hacer es escatimarlo en vuestra formación. Por tanto, no te preocupes por eso y a ver que puede hacer mañana el tío en lo del colegio.

   Al día siguiente, a las 09 horas, Álvaro está llamando al timbre de la casa de don Luis, que vive en un quinto piso al que hay que subir andando, pues el flamante ascensor que ocupa el hueco central de la escalera está en reparación. El tío lo mira y remira hasta que da su visto bueno.

   -Bien, vámonos al CHA. No hables mientras no te lo indique. Si te preguntan debes contestar alto, claro y sin ninguna clase de florituras. Y recuerda, en público. don Luis y de usted.

    Cogen un tranvía y se dirigen a Ciudad Lineal. En el colegio reciben cortésmente a don Luis y su acompañante. Llevan al jurídico al despacho del director en el que el tío se encierra con el mandamás del centro. Sale una vez para demandar a Álvaro los documentos que le pidió que aportara. Está como una media hora, tras lo cual y sin haber dado ocasión al muchacho de que diga ni mu, el tío Luis se despide del director y salen del CHA. Cogen el tranvía y se vuelven a la calle Juan Bravo. A todo esto, el tío no ha dicho nada sobre si le han admitido en el centro. Hasta que a punto de llegar a su destino el chico no puede más y pregunta:

   -¿Me han admitido o no?

   -Estando tu tío por medio, ¿lo dudas? A partir de mañana serás alumno del CHA en la sección de preparación del ingreso en la Escuela Naval Militar de San Fernando. Y esto no es más que el principio. Por cierto, ¿dónde piensas alojarte mientras estés en Madrid?

   El joven le explica que de momento se alojará con la familia Casillas, a quienes conocen sus padres pues son oriundos de San Martín de Trevejo.

   -¿Y dónde vive esa familia?

   -En el barrio de Campamento, está…

   -Ya sé dónde está Campamento, y eso habrá que arreglarlo. Pero primero, lo primero. Vete a casa de esos Casillas y dile a tu señora madre que esta tarde, a las 16:30, la espero en casa. Que sea puntual. Mañana, aseado y trajeado, más o menos como hoy, te presentas en el CHA, en conserjería dices tu nombre y todo lo demás vendrá rodado. Estate atento a las instrucciones que te den y procura tener una conducta intachable, ten en cuenta que todos saben que eres un Manzano. A ver como haces quedar a la familia. Puedes retirarte.

   Álvaro llega al barrio de Campamento aliviado. Al menos su insoportable tío ha conseguido algo positivo, que lo admitan en el CHA. El muchacho cuenta a su madre lo sucedido y lo que es más importante: ya es alumno del colegio de la Armada.

   -Ya sabía yo que el tío haría cuanto estuviera en su mano. A veces es insoportable, pero en el fondo es un buenazo, y siempre mira por el bien de la familia –Álvaro piensa que lo de insoportable es una caritativa manera de motejar a su tío-abuelo.

   Por la tarde, Julia va a ver a don Luis. Ante su sorpresa, su tío apenas si le habla de Álvaro, solo le refiere lo que el chico ya le contó. El tema en el que se explaya es sobre el futuro de Pilar.

   -Vuestra hija mayor, ¿qué pensáis que haga?

   -Pues este próximo curso terminará el bachillerato y luego no tiene muy claro lo qué piensa hacer. Desde luego, hará una carrera universitaria. A ella le tentaba hacerse médico pero, tras hablarlo con don Enrique Lavilla, nuestro médico de cabecera, cambió de parecer. Ahora parece inclinarse por hacer farmacia.

   -Farmacia me parece una excelente elección para una mujer. ¿Y a qué universidad pensáis mandarla?

   -De momento no lo tenemos claro.

   -Yo sí, deberías mandarla a la Universidad Central para lo que tendrá que terminar el bachillerato en un centro del distrito universitario de Madrid.

   -Pero ya está matriculada en el instituto de enseñanza media de Cáceres que es donde ha estudiado hasta ahora.

   -Eso tiene fácil arreglo, se pide un cambio de matrícula y solucionado –Y el tío explica a su perpleja sobrina las ventajas que le reportaría estar inscrita en un centro del distrito universitario madrileño-. Podrá matricularse en farmacia sin mayor problema porque los alumnos que provienen de centros madrileños tienen prioridad para inscribirse en la Universidad Central. Pero lo más importante es que aquí puede recibir una formación integral que no le darán en Cáceres. Lo que necesita tu hija es un baño de laicismo. Por eso el mejor centro para que Pilar acabe el bachillerato es el colegio para señoritas que la Institución Libre de Enseñanza tiene en la calle Miguel Ángel.

   -Huy, tío, eso de la Institución Libre me suena a escasamente religioso. Y sabe que tanto Julio como yo somos católicos practicantes y así estamos educando a nuestros hijos.

   -Y debéis seguir siéndolo, así como Pilar, pero ahora no estamos hablando de religiosidad sino de la formación integral de la persona. Y eso no abunda en nuestra patria. Verás… -Y don Luis, ante el desconcierto de su sobrina, se lanza a explicarle los principios educativos de la ILE: la enseñanza es cíclica, la intuición y la acción son principios prioritarios, interesa más la formación del carácter que de la instrucción, se huye del aprendizaje memorístico y se fomenta la capacidad de aprender por cuenta propia, se trabaja en grupos reducidos y se tiende a suprimir los exámenes, los libros de texto y los premios y castigos.

   Julia no es capaz de asimilar la farragosa explicación que le está dando don Luis; es más, algunos de los principios enumerados intuye que no merecerían la aprobación de su confesor, pero tiene una fe ilimitada en la experiencia de su tío y, sobre manera, en el interés que demuestra por sus hijos, como ha demostrado en su gestión para la admisión de Álvaro. Luis, tras su obligada visita al cuarto de baño, prosigue con sus explicaciones.

  -Y otra cuestión al margen de la pura enseñanza, pero que va a ser importante para tus dos hijos mayores. El que ambos estén en la misma ciudad, supondrá que no añorarán tanto a la familia, que se apoyarán mutuamente y, ¿por qué no decirlo?, que al mismo tiempo se vigilarán el uno al otro –Esto último le parece de perlas a Julia, pero no acaba de entenderlo.

 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro III, Los hijos, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 155. El piso de la calle don Quijote