viernes, 18 de marzo de 2022

Libro III. Episodio 136. Un problema de faldas

   Como Álvaro pronto cumplirá diez años, el matrimonio Carreño, por consejo de doña Pilar, ha resuelto internar al chico en una residencia de Cáceres para que curse el primero de bachillerato en el instituto de enseñanza media. Los preparativos comienzan semanas antes de que el muchacho tenga que irse. Hay que prepararle mudas nuevas, bordar sus iniciales en las camisas y coser etiquetas con las iniciales en toda la ropa interior para que en la lavandería no la confundan con la de otros internos. De todo ello se ocupa Paca puesto que Julia está demasiado enfrascada en las tiendas y en Interplás como para sacar tiempo de ocuparse de esas menudencias.

   -El tato se irá, ¿y ya no volverá a casa? –quiere saber Julián que, con sus seis años, ya comienza a plantearse preguntas de futuro.

   -Claro que volverá. Vendrá a pasar las Navidades y más tarde también vendrá por Semana Santa y luego estará todo el verano con nosotros –le explica Paca.

   -¿Qué es Semana Santa? –repregunta Julián.

   -Es cuando sacan a los cristos y las vírgenes de las iglesias y los mayores se disfrazan de mamarrachos –le aclara Pili que, con sus ocho años, se cree una sabihonda.

   -No se disfrazan de mamarrachos sino de nazarenos –la corrige Paca que agrega-. Y tú también irás a Cáceres pa hacerte bachillera.

   -Yo no quiero ser bachillera, quiero ser tendera como mamá –replica la niña.

   Ni durante la primavera ni el verano la guerra ha cambiado de rumbo. Victorias y derrotas siguen alternándose, pero en esos meses sí han ocurrido hechos que acabarán influyendo decisivamente en el desarrollo del conflicto. Los submarinos alemanes continúan hundiendo indiscriminadamente buques en el Atlántico, entre ellos algunos de bandera norteamericana cuyas autoridades exigen el fin de los ataques. La inteligencia estadounidense, además, ha descubierto que Alemania ha pedido a Méjico que se alíe con las potencias centroeuropeas prometiéndole la devolución de los territorios que les arrebataron los yanquis. Todo lo cual lleva al Congreso norteamericano a declarar la guerra a la Triple Alianza y reclutar rápidamente cerca de tres millones de soldados que comienzan a ser enviados a Europa. Con ellos van a llevar un virus letal que al siguiente año asolará al mundo.

   Al final del verano Julia rompe aguas. Como en anteriores ocasiones, el parto es relativamente sencillo y sin complicaciones. Etelvina, que ha ayudado a la madre en todos sus alumbramientos, es quien anuncia al padre que el nuevo vástago es hembra. Los niños, como estaban advertidos de que iban a tener un nuevo hermanito, reciben la noticia sin aspavientos. Cuando la abuela Pilar les preguntó que preferían: si hermanito o hermanita nadie fue capaz de dar razón, salvo Pili.

  -Pues, servidora –A veces Pili es muy redicha-, prefiere que sea hermanita, así las niñas estaremos empatadas con los chicos.

   -¿Y cómo se va a llamar? –pregunta Jesús.

   -Los papás me han dicho que le van a poner Concepción, pero que la llamaremos Concha –explica la abuela.

   -Concepción es un nombre muy feo, me gusta más Concha –proclama Pili.

   -Así se llamaba una tía de la mamá que murió. Justamente, su viudo; o sea, el que era su marido, que se llama el tío Luis, será su padrino –les explica Pilar.

   Luis Manzano, hermano menor del padre de Julia, ha sido el único miembro de la familia de los Manzano que estudió. Se licenció en Derecho e hizo oposiciones al Cuerpo de Jurídicos de la Armada que aprobó. Ahora ha venido para apadrinar a la que será su ahijada y de paso a ver al resto de la familia.

   Cuando Julia vuelve a la tienda, tras el tradicional puerperio de dos meses, Lupe le dice que tiene que contarle algo.

   -Tú dirás.

   -He estado dándole muchas vueltas de si debía contártelo, pero he pensado que con lo bien que siempre te has portado conmigo no sería leal por mi parte no decírtelo.

   -Huy, huy, huy, no sé qué vas a contarme, pero con ese principio puede ser cualquier cosa. No le des más vueltas y suéltalo de una vez.

   Lo que le cuenta Lupe es que Merche, la nueva dependienta, se está tomando demasiadas confianzas con el jefe, incluso le tutea y le llama Julio a secas; coquetea descaradamente con él y en cuanto le ve entrar en la tienda se desabrocha un botón de la blusa dejando que se le vea el inicio del canalillo entre los pechos. Y la desvergonzada va más lejos todavía, cuando en el mostrador pasa por detrás de Julio se roza con él sin ninguna clase de pudor… Julia escucha las confidencias que le está haciendo Lupe y su gesto se hace más preocupado con cada pasaje, hasta que estima que ya ha oído bastante.

   -Vale, Lupe, es suficiente. Una pregunta, ¿y mi marido qué hace cuándo esa descarada coquetea con él?

   -Que yo sepa, nada por el momento, solo la mira con ojos encandilados y sonríe como un bobo. Ah, y perdona todas las meteduras de pata de la moza que como novata las comete a porrillo.

   -Gracias, Lupe. Te has portado como lo que eres, una buena amiga, y has hecho bien contándomelo.

   -¿Quieres que ponga en su sitio a esa zorra para que se entere de lo que vale un peine?

   -No es necesario. Yo me encargo.

   De cuanto le ha contado Lupe, lo que más preocupa a Julia es que su marido, cuando la joven coquetea con él, no hace nada por el momento. Lo que supone que si opta por no darse por enterada puede llegar un momento en que Julio sí haga algo. Y aunque piensa que, a sus cuarenta y siete años, su marido comienza a entrar en una edad en la que la pérdida del vigor sexual empieza a ser un hecho, siempre puede caer en la tentación de echar una cana al aire, por lo que no está dispuesta a que lo que ahora no es más que un conato de fuego pueda convertirse en un incendio difícil de apagar. No se lo piensa demasiado, y decide cortar por lo sano; de ninguna manera va a consentir que una aprendiza de mujer fatal le amargue la vida y pueda romper su matrimonio. ¡Hasta ahí podríamos llegar! Se plantea cómo resolver el problema de Merche y piensa que lo mejor es arreglarlo con discreción y sin que su marido se entere, pero tomando al toro por los cuernos como dicen los taurinos. En la primera ocasión que Julio sale de viaje, y después de cerrar, Julia llama a la coquetuela dependienta.

   -Merche, quédate un momento que me has de ayudar a catalogar la partida que acaba de llegar.

   En cuanto se quedan a solas, Julia no pierde el tiempo en digresiones y va directa al grano, y opta por utilizar un lenguaje arrabalero que es el que mejor entienden personajillos como la casquivana empleada.

   -¿Te gusta este trabajo, Merche?

   -Mucho, señora Julia. Cada día estoy más contenta de trabajar con ustedes. Todas las noches, cuando llego a casa, es lo que les cuento a mis padres.

   -Pues nadie lo diría porque te comportas como si quisieras que te echáramos a patadas.

   La muchacha no esperaba semejante respuesta y se sorprende. Su instinto le dice que la jefa está de mal humor, y cuando está así tiene fama de ser muy bronca, por lo que opta por mostrarse sumisa.

   -¿Es qué he hecho algo mal, señora Julia?, porque si es así, por favor, dígame qué es y lo corrijo enseguida.

   -Déjame que te lo explique, bonita. El señor Julio, mi marido, es el jefe para todo el mundo, salvo para mí, naturalmente. O sea, que nada de Julio esto o Julio lo otro, desde ahora sí jefe, no jefe, o sí señor, no señor; eso lo primero. Lo segundo, es bueno para el negocio que sonrías y hasta que coquetees discretamente con los clientes, pero no con el jefe, con él solo coqueteo yo. Tercero, se acabó lo de desabrocharte los botones de la blusa cuando aparece el jefe. Y, por último, ni se te ocurra volver a restregarte contra él como una gata en celo o de la patada que te voy a dar en tu lindo trasero vas a llegar al Jerte. Y no solo te voy a echar, sino que voy a contar a mis amistades que has intentado destrozar un matrimonio con seis hijos para que todo el mundo sepa que eres una mala pécora. Y tan cierto como que me llamo Julia Manzano que no volverás a trabajar ni en Plasencia ni en cien kilómetros a la redonda. ¿Te ha quedado claro, calientabraguetas? Pues ándate con ojo que no te lo volveré a repetir –Al ver que la muchacha va a decir algo Julia la corta-. No, mejor que no digas nada porque lo puedes poner peor. Mañana, al abrir la tienda, te quiero ver con un traje decente y poniendo buena cara a la clientela, pero lo que te he dicho grábatelo a fuego porque si no te enmiendas no habrá otra advertencia. Y deja de lloriqueos, límpiate los mocos y sal de aquí sin que se te note nada. Hasta mañana y, recuerda, no habrá otro aviso.

   Cuando Merche se va, Julia suelta un hondo suspiro y con él la rabia y la tensión contenidas, pero está satisfecha por su intervención. Cree que ha actuado como le aconsejó doña Pilar antes de casarse: que debería usar el sentido común, la astucia y el coraje para dejar las cosas bien claritas ante un caso como el de la dependienta. Y recuerda otra frase de la que ahora es su suegra: la mayoría de los hombres engañan a sus esposas porque ellas no les han puesto los puntos sobre las íes desde el primer día. Así lo ha hecho, aunque más que a su marido se los ha puesto a la provocadora Merche. Ahora, a esperar que la muchacha haya aprendido la lección y que no vuelvan a repetirse problemas de faldas.

   En cuanto a la guerra, el segundo semestre del año no parece deparar grandes cambios; tanto alemanes como austrohúngaros comienzan a dar señales de asfixia económica, no en vano están luchando contra algunos de los imperios más poderosos del mundo. Y quizá por esa asfixia, los franceses recuperan plazas ocupadas por los alemanes desde el principio de la contienda, tales como las fortificaciones de Verdún. Y finalizando el año ocurren dos hechos importantes: Alemania solicita una conferencia de paz, y el presidente estadounidense, Woodrow Wilson, hace un llamamiento a las naciones europeas en conflicto para detener la guerra y dar paso a la reconstrucción de Europa.

 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro III, Los hijos, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 137. ¿Los Reyes Magos existen?

 

 

viernes, 11 de marzo de 2022

Libro III. Episodio 135. Cada uno habla de la feria…

 

   Cada vez es mayor el número de países que se involucran en la guerra, lo que da pie a que uno de los contertulios del casino lance la pregunta de si el gobierno español seguirá el mismo camino.

   -Si lo hiciera demostraría que no tiene ni un gramo de sentido común –declara el doctor Lavilla-. A nosotros no se nos ha perdido nada en esa carnicería.

   -Entonces, ¿por qué los italianos, un pueblo con fama de pacífico, se han metido en la guerra? –quiere saber Carreño.

   -Según he leído en el ABC parece que el gobierno italiano ha estado negociando con ambos bandos con el objetivo de completar la unión de los territorios de población de lengua italiana y al mismo tiempo conseguir fronteras de más fácil defensa. Alemanes y austro-húngaros les prometieron unos territorios muy exiguos por lo que Italia, para conseguir lo que buscaba, ha terminado comprometiéndose con la Entente –explica Liaño.

   A Julio lo que le preocupa es que el ejemplo de Italia arrastre al gobierno de turno, pues los gobernantes españoles suelen mostrarse inseguros en política internacional. Queda algo más tranquilo cuando días después la Presidencia de Gobierno publica una nota en la que se reafirma la neutralidad de España.

   -Que sigamos neutrales, que eso es un chollo –afirma Julio, porque a él le está yendo muy bien el conflicto con la compraventa de ganado.

   En efecto, la contienda está siendo una bicoca para todos aquellos que tienen algo que vender, no importa lo que fuere, puesto que las potencias beligerantes lo compran todo sin reparar en gastos. Con lo cual los precios se disparan y la inflación sube como la espuma. En contraposición, para aquellos que nada pueden vender salvo su trabajo la guerra es un castigo porque los salarios crecen a un ritmo mucho menor que los precios, con lo cual el poder adquisitivo se debilita día a día. Otra dramática consecuencia de la guerra es que los productos de primera necesidad escasean y se encarecen lo que provoca motines y conflictos laborales protagonizados por los dos grandes sindicatos, la CNT y la UGT, que reclaman aumentos salariales.

   A los Carreño los problemas bélicos les quedan grandes, en cambio situaciones mucho más caseras les plantean problemas. El que tienen hoy es que la dependienta de la droguería, Antonina, embarazada del que será su segundo hijo, ha de causar baja porque está en vísperas de llegar a término. Es lo que comenta Julia a su marido.

  -Bueno, pues habrá que buscarle un sustituto –admite Julio-. Aunque mejor una sustituta, que las mujeres cobran menos –puntualiza.

  -Lo que no deja de ser una injusticia flagrante –se lamenta Julia.

  -Es posible, pero siempre ha sido así y siempre lo será –replica el marido, al tiempo que piensa que su esposa es demasiado liberal. Si la oyeran en el casino más de uno se escandalizaría. A buen seguro que esas ideas se las ha inculcado mi madre, sospecha.

   -Eres un carca, marido, estoy convencida de que eso cambiará algún día. Quizá cuando las mujeres tengamos derecho al voto. Ah, el recambio de Antonina tendrás que buscarlo tú, estos días ando de cabeza con la finalización de las obras de casa de los Viqueira.

   -No te preocupes, yo me encargo. Hablando de los Viqueira, ¿has vuelto a ver al pisaverde de Cortés?

   -Le veo a menudo cuando visito la obra. No lo reconocerías, ¿te acuerdas de lo chulo y lo arrogante que era? Pues ahora es más bien un pobre hombre a quien su suegro trata con la punta de la bota y lo tiene acoquinado. Me han contado que al principio de su casamiento con la hija de Viqueira pretendió llevar la misma vida de antes, golfear todo el día sin darle un palo al agua y tirarle los tejos a toda mujer que se cruzara en su camino. Pues bien, dicen las malas lenguas que el portugués encargó a un par de compatriotas que le explicaran que en casa de los Viqueira ese modo de vida era inaceptable. No se sabe que clase de explicación le dieron, se rumorea que una buena paliza, pero el resultado fue que le cortaron las garras al león, que ahora más bien parece un cachorro asustadizo.

   Julio ha estado buscando el reemplazo de Antonina y le ha costado encontrar una dependienta que se adapte al perfil que tienen en mente: que sea joven, con buena facha, que tenga desparpajo, que sonría fácilmente, que sepa leer, escribir y las cuatro reglas y mejor si es soltera y sin compromiso. Después de entrevistar a muchas candidatas al final encuentra lo que busca. Mercedes se llama la candidata elegida aunque, como ella indica, prefiere que le llamen Merche.

   -Tenemos sustituta de Antonina, pasado mañana la reemplazará. O mucho me equivoco o creo que he dado en el blanco. Cumple con todos los requisitos del perfil que habíamos trazado, quizá es algo más joven de lo que teníamos pensado, pero por lo demás puede valer. Échale un vistazo cuando venga y ya me dirás qué te parece –explica Julio a su esposa.

   Dos días después aparece por la droguería la tal Merche que es como Julio la había descrito: joven, con un talle que Julia envidia, descarada como ella sola, sonriente y que trae un certificado de haber completado con éxito los estudios primarios; es soltera y asegura que no tiene novio, algo que pone en duda la siempre suspicaz Lupe…

   -No solo es demasiado desenvuelta sino que le gusta coquetear hasta con las farolas de la Plaza Mayor. Que una jovenzuela así no tenga quien la corteje no se lo cree ni el Bobo de Coria.

   -Mientras sea una buena vendedora, lo demás no importa –sentencia la jefa que tiene otras preocupaciones en mente pues vuelve a estar embarazada.

   En esta ocasión ya no hay nadie del entorno familiar a quien le parezca mal la preñez de Julia, al menos es lo que dicen. Todos han asumido que los Carreño tendrán tantos hijos como Dios quiera mandarles, por tanto nada que oponer, aunque doña Pilar no ha podido contener un comentario irónico.

   -El embarazo es natural, es un año par –aludiendo que desde 1906, en que nació el primogénito, cada dos años, mes arriba mes abajo, Julia trae un nuevo retoño al mundo.

   A pesar de que este será su sexto hijo, si el embarazo llega a término, ninguno de ambos padres les ha explicado a los niños que en breve un nuevo hermanito o hermanita vendrá a vivir con ellos. En esta ocasión es Julia la que decide hacerlo. No se propone explicarles cómo se engendran los niños, todavía son demasiado críos para ello, pero sí que se vayan haciendo a la idea de lo que está por venir.

   -Niños, escuchad: el papá y yo hemos creído que sería bueno que tuvierais un nuevo hermanito y estamos a punto de pedírselo a Dios. ¿Qué os gustaría que fuese hermanito o hermanita?

   Los niños quedan callados pues salvo los tres mayores lo del nuevo hermanito no acaban de entenderlo. Nadie dice nada hasta que Pili, la más descarada, se arranca.

   -Y Paca, ¿qué dice?

   -¿Qué tiene que ver Paca con un nuevo hermanito? –inquiere, sorprendida, Julia.

   -Porque papá se irá de viaje, tú te marcharás a la tienda y, al final, será Paca quien tendrá que cuidarlo.

   Julia no puede por menos que sonreír, a la mayor de sus hijas lo que es caletre no le falta. Pese a que solo tiene siete años, camino de los ocho, es capaz de anticipar lo que efectivamente ocurrirá.

   En marzo, un nuevo país entra en la contienda, pues Alemania declara la guerra a Portugal y, aunque la participación de los lusos es irrelevante dado su exiguo potencial bélico y económico, el hecho tiene un enorme eco en España dada la vecindad de ambos países. De ello se discute en la tertulia.

   -¿Y por qué se han metido los portugueses en la guerra? –pregunta Julio a quien todo lo que pueda alterar la marcha del conflicto le preocupa.

   -Como es bien sabido –contesta Liaño-, Portugal es un aliado tradicional del Reino Unido y, como los lusos todavía tienen importantes colonias en África, los británicos les solicitaron, al principio de la contienda, ayuda y protección para sus colonias en África, por lo que en años pasados se han producido enfrentamientos con las tropas alemanas en el sur de Angola que limita con el África alemana del sudeste. Al final, los teutones se han cansado y les han declarado la guerra. Pues bien, salvo lo que puedan hacer los portugueses en esa parte de África no creo que puedan aportar mucho más a la contienda.

   -Comandante, ¿lo que a mí me gustaría saber es qué hará nuestro gobierno ahora que los portugueses se han sumado a la gresca?, ¿seguiremos neutrales? –quiere saber el letrado.

   -Mi querido don Mauricio –El tonillo sarcástico de Liaño anuncia una respuesta hiriente-, acabo de explicar las más que probables causas del por qué del rifirrafe luso-alemán, pero mi caletre todavía no alcanza a discernir lo que pueda llevar a cabo nuestro gobierno porque eso pertenece al dominio de las bolas de cristal de los videntes y, como no me preste la suya, no tengo respuesta que ofrecer.

   -Yo si la tengo –tercia el doctor Lavilla sin ningún tipo de ironía-, como nosotros no tenemos colonias, porque ni al Protectorado ni al pedazo de desierto que es Ifni se les pueden calificar como tales, no vamos a tener roces con ninguno de los contendientes; por consiguiente, lo más razonable que puede hacer nuestro gobierno es mantener al país como estaba; o séase, continuar con la neutralidad, entre otros motivos, porque como no me canso de repetir en esa guerra no se nos ha perdido nada.

   -¡Uf!, que peso me quita de encima, don Enrique –exclama Julio-. Porque como neutrales nos está yendo bien, pero si nos metemos en la bronca Dios sabe qué nos puede pasar.

   -Te estará yendo bien a ti –objeta Galiana- pues, según cuentan, desde que te has hecho chalán apaleas los duros como si fuesen guijarros de río. Los que solo podemos ceñirnos a lo que vendemos en la tienda no lo estamos pasando tan bien que digamos -Julio opta por no contestar, tampoco hay nadie que quiera meterse en una discusión entre ambos comerciantes pues piensan que cada uno habla de la feria según le va en ella.

 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro III, Los hijos, dela novela Los Carreño, publicaré el episodio 136. Un problema de faldas

viernes, 4 de marzo de 2022

Libro III. Episodio 134. Julio se hace chalán


   Desde que el comandante Liaño aludió al dato de la gran cantidad de animales de tiro y carga que precisan los países beligerantes de la Gran Guerra, Julio no deja de pensar que en sus viajes podría adquirir animales trocándolos por sus productos o comprándolos. ¿Y cómo o a quién revenderlos?, se pregunta, hasta que se acuerda que conoce a uno de los mayores tratantes de ganado de la región, un gitano que se dedica a recorrer los pueblos y acudir a ferias en busca de animales para revender o que están listos para ser sacrificados y que luego vende a los carniceros. Tras explicar a su esposa lo que se le ha ocurrido, al día siguiente se pone camino de Almendralejo donde vive el tío Rafaé el Largo, que así es llamado el calé, y tras un inicial y florido palabreo le pregunta si le compraría las bestias que pueda traerle. Después de un retorcido chalaneo, en el que si uno es taimado el otro no le va a la zaga, se ponen de acuerdo en los posibles precios de cada clase de bestia en virtud de su posibilidad de seguir trabajando o servir solo para el matadero. A partir de ese día, Julio no desperdicia un solo viaje en el que sondear a sus clientes, en la localidad de turno, si están dispuestos o si conocen a alguien que quiera trocar su caballería por alguno de sus productos o, en todo caso, venderla. No obtiene demasiadas respuestas positivas puesto que, lógicamente, un campesino necesita de su acémila, pero cuando se topa con alguien que, por lo que fuera, le interesa el trueque o necesita vender obtiene unas ganancias con las que no contaba. Después de uno de esos viajes en los que ha vuelto con una mula y un asno le explica todo orgulloso a su mujer la plusvalía que va a obtener cuando los revenda al tío Rafaé.

   -Me voy a sacar unos buenos duros, Julia. De manera muy limpia y sin tener que doblar el espinazo.

   -Ya sabía yo con quien me casaba, mi amor. Tú eres de los que hasta de las piedras sacan partido. Pero digo yo, ¿y si haces eso con caballos, mulos y asnos por qué no lo haces también con otros animales? Si amplias tu abanico de compraventas podrías aumentar esos ingresos que tan bien nos vienen porque las ventas siguen estancadas.

   -¿A qué otros animales te refieres?

   -A todos los que son comestibles.

   -No querrás que me ponga a comprar gallinas, pavos y conejos.

   -No era esa clase de animales en los que estaba pensando, pero sí podrías comerciar con ovejas, cabras y, sobre todo, con cerdos. ¿Te imaginas cuántos guarros deben de haber en las pocilgas de la mayoría de casas de los pueblos de la región? Deben de ser cientos de miles. ¿Qué familia de campesinos no tiene al menos uno, dos o más cochinos en su cochiquera? Recuerdo haberte oído contar que hasta tu madre, que nunca fue una campesina precisamente, tenía un cerdo que solíais matar por San Martín. Y por su volumen…

   Unos gritos en el zaguán de la casa interrumpen la explicación de Julia, los gritos proceden de Paca que se muestra acalorada y nerviosa. Trae de la mano a Pili que parece enrabietada.

   -¿Qué pasa, Paca, qué trastada ha hecho Pili? –indaga Julia.

   -¿Trastada?, lo que tiene es un hombro dislocao, eso si no se lo ha partio –Y la mucama, que se ha ganado a pulso ser un miembro más de la familia, relata que los niños estaban jugando en un prado cercano donde Álvaro se subió a una enorme encina en la que había un nido de pajarillos. Los demás hermanos se quedaron mirando como su tato -así llaman a su hermano mayor- trepaba. Estaba a punto de coger los polluelos, cuando los gritos de Paca le hicieron mirar hacia abajo, Pili también estaba trepando. No subas –le gritaron al unísono Paca y su hermano-, te puedes caer. ¿Por qué no he de subir si has subido tú? –replicó la niña, cuando de repente la rama a la que estaba agarrada se partió y la cría se fue al suelo--. Menudo susto me he llevao. Habrá que llevarla al dotor –concluye Paca.

   -A ver, diablillo, ven para acá –llama Julio a su hija, palpándole el hombro con cuidado -. Creo que no hay rotura, solo se le ha salido.

   -Voy a llevarla al doctor Lavilla –dice Julia cogiendo a la niña que está callada y con gesto enfurruñado, pero que todavía no se ha quejado.

   -Si, como creo, es una dislocación no vale la pena molestar a don Enrique. Paca, vete a la barbería del señor Vicente el Cojo y dile que venga lo antes posible, que tiene que recolocar un hombro en su sitio.

   -Pero Julio, ¿vas a llamar al barbero para que recoloque el hombro de Pili? –se escandaliza Julia.

   -Pues sí, es quien mejor lo hace de toda la ciudad –y Julio se explica-. El señor Vicente nació la noche de San Juan y existe la creencia popular de que muchos de los que nacen esa noche tienen el don de curar de gracia. No creo mucho en esas cosas, pero lo cierto es que mi barbero es un artista recolocando huesos. Ya lo verás.

  Sobre unos veinte minutos después, aparece el tío Vicente el Cojo que, tras confirmar la dislocación y hacer unas friegas con alcohol para calentar el hombro de la niña, estira el brazo recolocando la articulación en su sitio natural. Pili emite un leve quejido, pero sigue sin derramar una sola lágrima. Su abuela materna, que en el entretanto ha llegado, se dice que si la mayor de sus nietas no cambia tendrá más temple que el acero. Reparada la dislocación, la cría se lleva un buen rapapolvo de su madre.

   -Hoy no te castigo, pero que sea la última vez que desobedeces a Paca y a tu hermano. Cuando no estemos ni papá ni yo, la que manda es Paca. Por tanto, lo que ella diga hay que acatarlo como si lo hubiésemos dicho nosotros. Y si no está Paca, vuestro hermano mayor, Álvaro, es a quien hay que hacerle caso en todo cuanto diga. ¿Entendido? -Pili, sigue enfurruñada, los demás miran a Álvaro con una mezcla de cariño y respeto, es el mayor, es el que manda.

  Mientras el fígaro realiza la operación, Julio no ha parado de darle vueltas a la sugerencia de su esposa cuando les interrumpió Paca: en el comercio de los animales comestibles. Esta mujer es un portento, a mí no se me había ocurrido lo de los ganados, pero tiene razón, ahí hay mucho dinero a ganar. Y pensat i fet, como dicen los valencianos, se mete de cabeza en el negocio del chalaneo.

   Julio, ha encontrado un filón en su nueva faceta de chalán, sobre todo de ganadería porcina. Como bien supuso su esposa, son cientos de miles los extremeños, casi todos del medio rural, que tienen en sus pocilgas uno o más cerdos que crían para su propio consumo pero, como también son muchos los que no tienen otro medio de allegar dinero, frecuentemente se avienen a vender algún ejemplar de sus pequeñas piaras. Puesto que la región extremeña, pese a ser una de las de menor densidad de población del país, cuenta en 1914 con un censo de algo más de un millón de habitantes, son muchísimas las oportunidades que tiene Julio de llenar la furgoneta y revender los animales ahora, en lugar del tío Rafaé el Largo, a una planta cárnica que se ha inaugurado en Mérida. Con lo que está ganando con ese negocio más que con las tiendas.

   Comienza 1915 y los cañones vuelven a tronar. En el extremo oriente la crisis entre Japón, que es el gallito de la región, y China parece agudizarse. En Europa, a principios de febrero se inicia la ofensiva de invierno en la región francesa de Champaña, pero los galos no logran romper el frente alemán. A mediados de ese mes comienza una batalla en Galípoli, Turquía, de triste recuerdo sobre todo para australianos y neozelandeses que sufren duras pérdidas. En mayo se produce un hecho que tiene amplia repercusión: submarinos alemanes hunden el transatlántico británico Lusitania, ahogándose más de mil pasajeros, la mayoría civiles y entre ellos un nutrido grupo de norteamericanos. A fines del mismo mes un nuevo país se suma al conflicto, el reino de Italia declara la guerra a Austria-Hungría. El hecho produce un gran revuelo en España pues hasta ahora el país transalpino era uno de los que se mantenía neutral. La gente teme que España pueda seguir el mismo camino. En la tertulia del casino el hecho provoca una viva discusión.

   -¿Y ahora qué va a hacer nuestro gobierno, meterse también en la pelea? –pregunta Julio, preocupado por si la política acaba torpedeando su lucrativo negocio de chalán.

   En febrero comienza la batalla de Verdún, en la que los ataques alemanes se ven frustrados ante la fuerte resistencia francesa y el escaso avance. Los franceses defienden tenazmente la fortaleza de Verdún con el general Pétain al mando, cuya actuación lo convierte en héroe nacional; la cruenta batalla dura más de nueve meses y deja tras de sí cientos de miles de víctimas en ambos bandos. En julio comienza la batalla del Somme que ha de asumir de forma mayoritaria la Fuerza Expedicionaria Británica ya que los franceses aún no se han recuperado de Verdún. La batalla finaliza en noviembre y la Entente apenas ha avanzado unos kilómetros. El Somme es la batalla con más bajas del frente occidental; la prensa internacional calcula alrededor de medio millón de soldados muertos, heridos o desaparecidos en cada bando.

   En la tertulia hoy se habla de temas más prosaicos, están hartos de tanta batalla.

   -Amigo Carreño, ¿cómo va el chalaneo? –pregunta el siempre curioso don Mauricio.

   -Pues en eso estamos –Julio prefiere no dar muchos detalles de su negocio-. Lo que son las acémilas no queda ni una, pero en lo que respecta a los demás animales nos vamos defendiendo, sobre todo con los guarros.

   -Es que en esta tierra, con las dehesas que hay, los cerdos se deben criar solos –apunta Liaño.

   -Cuando se tienen dehesas, sí pero si no hay que arrimar el hombro para criarlos –responde Carreño.

 

 

PD. Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro III, Los hijos, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 135. Cada uno habla de la feria…

viernes, 25 de febrero de 2022

Libro III. Episodio 133. A río revuelto, ganancia de pescadores

  

   A Julia ya le han llegado los presupuestos parciales de la decoración y electrificación de la nueva casa de los Viqueira y tras elaborar el presupuesto global se apresta a llevarlo al portugués. De camino al almacén del luso, se pregunta qué va a hacer si el señor Viqueira no está y tiene que entregar la estimación de costes a Toni Cortés. Lo piensa y se autocontesta: ya no eres una jovencita inexperta, eres una mujer casada, madre de cinco hijos y con treinta y dos tacos; por tanto, compórtate como tal y no te arrugues ni ante Toni ni ante ningún cantamañanas que se cruce en tu camino.

   En el almacén le informan que el senhor Viqueira está de viaje y que le recibirá su yerno. Toni continúa siendo un hombre apuesto, pero su rostro comienza a acusar, más que los años, los excesos de un tormentoso pasado. Pese a ello la sonrisa con la que recibe a Julia sigue siendo cálida y acogedora.

   -Mi querida Julia, cuantísimo tiempo sin verte. Has de saber que he seguido muy de cerca tu trayectoria y de tu vida lo sé casi todo. Y lo primero es decirte que a pesar de tu repetida maternidad sigues teniendo una figura envidiable y sobre todo tu mirada tiene la misma chispa que cuando tenías diecinueve años.

   -Toni, gracias por tus palabras, pero no estoy aquí para oír halagos sino para darte el presupuesto de la obra que tu suegro nos ha encargado. Te lo dejo y le dices que esperamos noticias suyas. Adiós.

   -Pero, ¿a qué vienen tantas prisas?, ¿quieres un cafelito?, tenemos los mejores cafés de España.

   -No, gracias. Acuérdate de entregarle estos papeles a tu suegro.

   -Lo siento, pero no puedes irte sin desglosarme detalladamente el presupuesto. Me lo ha encargado Viqueira.

   Julia se queda mirando al hombre. No sabe si le está diciendo la verdad o no es más que una treta para retenerla más tiempo. Pensando en el negocio más que en las trampas que le pueda tender el antiguo casanova, decide realizar lo que le ha pedido, pero...

   -Bien, si es como dices, te voy a detallar el presupuesto pero con una condición: en cuanto vuelvas a decir una sola palabra que no se ajuste a lo que para aquí estamos doy media vuelta y me voy. ¿Queda claro?

   Toni se da cuenta de que la antes cándida jovenzuela ha dejado de serlo y acepta la condición. Julia hace el desglose de la estimación de costes de manera sencilla y resumida y sin más se despide del yerno de Viqueira, del que acaba de darse cuenta que para ella ya no es más que  el familiar de un cliente.

   Poco después del estallido de la guerra los británicos, aprovechando el inmenso poder de su colosal armada, comenzaron el bloqueo naval de Alemania. La estrategia enseguida se mostró efectiva al cortar los vitales suministros civiles y militares a los germanos, aunque el bloqueo no dejara de ser una violación en toda regla del derecho marítimo internacional. Gran Bretaña incluso intervino las aguas internacionales para evitar que ningún barco arribase a los puertos alemanes, lo que hizo peligrar la integridad de los buques de los países neutrales. La respuesta de la Alianza a las tácticas británicas fue una guerra submarina sin restricciones. Los sumergibles alemanes intentaron cortar las rutas de suministro entre América del norte y las Islas británicas, hundiendo millones de toneladas de buques de la Entente. Operación que, a pesar del éxito inicial, terminó fracasando pues los británicos y sus aliados fueron capaces de construir más barcos de los que hundían los submarinos germanos.

   En 1915, además de la batalla de Ypres, hay sangrientos enfrentamientos con graves pérdidas, no tanto territoriales pero si humanas para ambos bandos, siendo las últimas ofensivas del año las de Artois y Champaña que causaron la pérdida de un cuarto de millón de soldados para ambas coaliciones contendientes.

   Es tal el cúmulo de noticias, a veces contradictorias, sobre el desarrollo de la contienda que la gente comienza a cansarse de tanta sobreinformación sobre lugares y ciudades que no les dicen nada porque en la mayoría de ocasiones ni siquiera sabían que existían. La excepción a esa falta de interés son los individuos que se empapan de las noticias de prensa cuando van a rasurarse a la barbería y leen la prensa, o los ciudadanos que forman parte de un grupo de debate o de una tertulia. Es lo que le ocurre a Julio que suele asistir a la reunión, más de conocidos que de amigos, que se celebra diariamente en el casino. Tertulia en la que la voz más autorizada sigue siendo la del comandante Liaño, básicamente por tres razones: porque es el único militar del grupo, porque también es el mejor informado y finalmente porque sus opiniones y comentarios suelen ser bastante razonables. Por eso, es a Liaño a quien más suele preguntar Julio.

   -Comandante, si no le importa, quisiera saber su opinión sobre la declaración gubernativa de la neutralidad de nuestro país. ¿Qué supondrá para la economía en general y para el comercio en particular?

   -Los comerciantes siempre a lo suyo, ¿verdad, Carreño?

   A Julio la alusiva respuesta de Liaño le sienta a cuerno quemado por lo que va a replicarle, pero el militar retoma la palabra.

  -Sin embargo, amigo Carreño, le contesto. Verá, que sea bueno o malo dependerá de varios factores, uno de ellos, quizá el más importante, será la duración de la contienda. Si es corta no creo que vaya a influir demasiado en nuestra maltrecha economía. Si la guerra se prolonga, digamos que dos o más años, la influencia en nuestra depauperada hacienda puede ser buena o mala. Y me explico. Será buena en la medida que nuestra agricultura, ganadería e industria sean capaces de suministrar alimentos y bienes de consumo a los contendientes que, al alargarse el conflicto, los necesitarán. Será mala si somos incapaces de hacerlo porque entonces tampoco podremos importar alimentos y bienes de producción, puesto que más de media Europa está envuelta en el conflicto. Imagino que no le habrá gustado mi respuesta, pero de momento no tengo otra que darle porque manejar la bola de cristal siempre supone pisar un terreno resbaladizo –Esto último lo ha dicho Liaño con evidente retranca.

   -Respetando la opinión, siempre cabal, del señor Liaño –El doctor Lavilla, que hoy es de la partida, suele omitir el rango militar del comandante-, y aunque lo de las guerras no sea mi fuerte, mi parecer es que en principio la neutralidad es buena. De entrada, supone que nuestros jóvenes no tendrán que ir a luchar a una guerra en la que no se nos ha perdido nada. Y aunque no soy votante del señor Dato, creo que ha optado por la mejor solución posible, declararse neutral; por cierto, como ha hecho el gobierno italiano entre otros.

   -Hay un aspecto que hasta ahora no hemos tocado –apunta don Mauricio, abogado de escasos saberes jurídicos y endebles argumentos-. Tenemos buenas relaciones con nuestros vecinos franceses e importamos muchos bienes y productos tanto de Alemania como de Inglaterra. Si alguno de ellos solicita nuestro apoyo, ¿qué podrá hacer nuestro gobierno? Lo digo, porque si fuera así, y como reza el adagio latino si vis pacem, para bellum, tendríamos que estar preparados por si hemos de meternos en el conflicto.

   -Interesante punto de vista, don Mauricio –Liaño no deja que otro conteste porque tiene enfilado al rábula-. Le voy a dar mi opinión al respecto. España, mal que nos pese, es un estado de segundo rango que carece de la potencia económica y militar suficiente para presentarse como un aliado deseable para cualquiera de las grandes potencias europeas en conflicto. ¿Por qué, si no, ninguno de los países beligerantes ha protestado por la neutralidad española? Sencillamente, porque no aportaríamos nada, por lo que en este caso el latinajo debería ser si vis pacem, para pacem.

   En España, la neutralidad comienza a tener visibles consecuencias económicas y sociales. En el terreno económico toma fuerza el proceso de modernización que se había iniciado tímidamente a principios del siglo XX. El progresivo aumento de la producción industrial es debido a que de repente se abren nuevos mercados, precisamente los de quienes ahora son los países beligerantes. La otra cara de la moneda es que al incrementarse las exportaciones restan oferta al mercado interior y la inflación se dispara, mientras que los salarios crecen a un menor ritmo, lo que acaba provocando un grave malestar social. En el campo político, la neutralidad comienza a no ser respetada ni por los países contendientes ni por la propia España que comienza a ser benevolente con los beligerantes en función de las inclinaciones del gobierno de turno. En general el pueblo español, que mayoritariamente rechaza de plano entrar en la guerra, es favorable a la Entente, pero las cúpulas del ejército, de la oligarquía y de la Iglesia católica son favorables a la Alianza. En cuanto a los partidos políticos, los conservadores se decantan por alemanes y austrohúngaros, mientras los liberales están a favor de franceses, británicos y rusos. Como explica Liaño, el impacto de la guerra se está haciendo cada vez más patente en el plano económico debido a la demanda de todo tipo de productos que necesitan los países que combaten. Se exporta todo lo que se puede, desde recursos minerales a productos agrícolas e incluso animales de carga y tiro. Y el comandante pone como ejemplo al ejército francés que cada mes necesita de unos 20000 caballos puesto que el naciente parque automovilístico todavía no cuenta con suficiente volumen como para reemplazar a los semovientes.

   La información del comandante sobre las necesidades equinas de los galos provoca que Julio se acuerde de un refrán muy español: a río revuelto, ganancia de pescadores. Y recuerda que en sus viajes por los pueblos de la región a veces los campesinos le ofrecen trueques por sus productos y uno de ellos son acémilas que ya no les hacen falta. Piensa que podría incrementar esos trueques y luego revender los animales adquiridos, ¿pero a quién y cómo?

 

    PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro III, Los hijos, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 134. Julio se hace chalán