viernes, 12 de noviembre de 2021

Libro III. Episodio 118. De bien nacidos…

    El gurriato, como le llama Paquita, se está criando razonablemente bien, por esa parte los Carreño no tienen problemas pero si los tienen en la tienda; su única empleada, Antonina, le cuenta a la jefa -como llama a Julia- que es posible que tenga que irse. Se va a casar y su futuro marido le ha dicho que llevar dinero a casa es cuenta suya, su mujer no debe trabajar, su sitio está en el hogar y no detrás de un mostrador.

   -Pero Antonina, eso es una memez. Mientras no tengas hijos puedes perfectamente llevar tu casa y seguir trabajando con nosotros. El dinero que ganas os vendrá de perlas.

   -Que me vas a contar, si con lo que me pagáis gano casi tanto como Lucilio. Y por descontao que puedo con los dos trabajos, el de aquí y el de casa, si tenemos un piso que es como la jaula de un canario, pero ya sabes cómo son los hombres.

   -Sí, hija, sí. Aquí, como dice el refrán, lo que vale es lo de la mujer honrada, en casa y con la pierna quebrada, y eso es un atraso. Mi suegra lo dice siempre: este puñetero país no progresará hasta que los hombres se den cuenta de que no pueden dejar mano sobre mano a la mitad de la población. ¿Quieres que hable con él?, igual le convenzo.

   -No creo que una mujer, ni siquiera tú, sea capaz de convencer a mi Lucilio…; a lo mejor si le hablara el jefe…. No sé si le hará cambiar de parecer, pero al menos le escuchará; ya sabes, una conversación de hombre a hombre.

   -Pues dalo por hecho. En cuanto llegue Julio de Béjar le pediré que hable con el cavernícola de tu novio.

   En ese momento, el aludido está en la carretera, con más baches que firme, que discurre de Aldeanueva del Camino a Béjar. Al cruzar la Sierra del Cerro ha pinchado y está cambiando la rueda cuando le alcanza una pareja a pie de la Guardia Civil.

   -A los buenos días, ¿qué le ha pasado? –se interesa uno de los guardias  

   -Buenos días nos dé Dios. Pues ya ve, he pinchado.

   -Esta carretera es un infierno para eso de las ruedas. La semana pasada a un industrial de Béjar le pasó lo mismo.

   -Buena máquina tiene usted. ¿A cuánto puede correr este cacharro? –quiere saber el otro guardia.

   -En llano alcanza los sesenta kilómetros por hora.

   -¡Sesenta kilómetros. Manda carallo!

   -Tenga en cuenta que tiene un motor de dieciocho caballos.

   -Muchos caballos son esos.

   A todo eso, Julio ha terminado por colocar la rueda de repuesto y se apresta a retomar el viaje.

   -Bueno, voy a continuar la marcha. Si van a un sitio que me venga a mano les puedo llevar –se ofrece.

   -Estamos de servicio y el reglamento manda que se haga a pie. Si se enterara el cabo que hemos subido a un carricoche de estos nos iba a meter un buen puro –se excusa el guardia que, por su inconfundible acento, debe de ser gallego-. Lo que si le aconsejo es que se ande con cuidado y procure no volver a pinchar que por esta carretera pasan coches de Pascuas a Ramos.

   -Gracias por el consejo y que tengan buen servicio.

   Mientras, en Plasencia a Julia se le amontonan los asuntos. A la hora del cierre aparece por la tienda Lupe, su antigua compañera en la droguería del Bisojo, con la que tuvo mala relación al principio para terminar siendo buenas amigas.

   -Lupe, tú por aquí, ¿qué te cuentas?

   -Tengo que hablar contigo, Julina –Lupe es de las contadas personas que continúa llamándola así.

   -Iba a cerrar y tengo que salir flechada que he de darle de mamar al crío. Si quieres, puedes acompañarme a casa y en el camino me cuentas.

   En el recorrido hasta casa, Lupe le cuenta lo que está pasando en la droguería del Bisojo.

   -Aquello es un desastre y vamos de mal en peor. Cada vez facturamos menos y las cuentas no salen. Y a pesar de eso el tío Elías se niega en redondo a invertir ni un duro más en traer nuevos productos y hasta en adecentar la tienda. Y, todo hay que decirlo, vosotros acabaréis de rematarnos. Y aunque tu marido ha tenido la decencia de mantener lo que tú llamabas el Pacto de la Pilarica, el negocio va cuesta abajo. Y al tío Elías parece que le da todo igual… y yo, que no tengo ni tus saberes ni tu remango, ya no sé qué hacer…

   -Sí que lo siento, Lupe. Yo le tenía –rectifica-, le tengo apego al señor Elías, nunca olvidaré que me dio el primer trabajo y confió en mí. ¿Podemos hacer algo para ayudaros?, por descontado, sin que ello suponga merma para nosotros.

   -La verdad es que no lo sé. Aquello es como una casa que se va cayendo a cachos… Al paso que vamos, cualquier día tendremos que cerrar… Si eso ocurre espero que me hagáis un hueco, las cosas no os pueden ir mejor.

   -Julio te tiene enfilado desde que no quisiste irte con él, pero ya trataré de camelarlo si en algún momento necesitas trabajo. Ya hemos llegado. Lupe, siento de veras que vaya tan mal el negocio y te repito lo que dije antes: ¿podemos hacer algo para ayudaros?

   -Lo pensaré…, y gracias, Julina, sabía que podía contar contigo. ¿Cómo se cría tu niño?

   -Fenomenal y no veas lo bien que me come. ¿Quieres verlo?

   Dos días después, tras su regreso de Béjar donde las ventas han sido francamente buenas, Julio regresa a casa. Esa misma noche, en cuanto han acostado al niño y la pareja descansa tras haber cenado, Julia le cuenta los problemas planteados por Antonina y Lupe.

   -Ya me encargo de hablar con el tal Lucilio, siempre me pareció un poco berza. En cuanto a lo del Bisojo, pronto o tarde, tenía que ocurrir y en el fondo lo siento. Allí aprendimos los dos y eso siempre se lo deberemos al viejo, pero es un cabezota y el negocio tiene mala solución. Respecto a Lupe, sabes que no es santo de mi devoción, pero como sé que la aprecias cuando llegue el día que el Bisojo eche el cierre, que llegará, ya veremos lo que podemos hacer por ella.

   -De todas formas, marido, y si no tienes inconveniente, creo que, antes de que se produzca un cierre traumático, alguien debería hablar con el señor Elías y, como sé que contigo no querrá hacerlo, de esa papeleta tendré que encargarme yo. ¿No crees? –Julia presenta el caso de manera que su esposo no pueda negarse.

   -Como quieras, cariño. Haz lo que creas que debes hacer.

   Cuando Julio está en la ciudad, entre viaje y viaje, algunos días suele pasarse por el casino a charlar con sus amigos y que le cuenten las últimas noticias, él no tiene tiempo ni para ojear los periódicos. La información nacional más relevante, al menos para los tertulianos, es la vuelta al poder del conservador Antonio Maura.

  -A ver si esta vez aguanta más que la anterior, que sólo duró un año –apunta un contertulio.

  -No sé yo, desde que accedió al trono Alfonso XIII los gobiernos duran menos que un pirulí a la puerta de un colegio –refuta otro.

   -Eso debe de ser porque desde el 98 este país está gafado. Hemos cambiado de siglo y los primeros años no parecen mejorarlo.

   -Hombre, parece que Maura viene con buenas intenciones, ha dicho en las Cortes que quiere aplicar un programa político que ha definido como revolución desde arriba.

   -Eso pasará cuando las ranas críen pelo –se mofa otro.

   -Doctor Lavilla, esta noticia le interesará como médico –dice uno que ha continuado leyendo el periódico -. Un médico alemán, un tan August von Wassermann, ha inventado una reacción para la detección de la sífilis.

   -Eso puede ser interesante para los especialistas en enfermedades venéreas, que no es mi campo precisamente -La noticia le hace rememorar a Julio el mal trago que pasó cuando contrajo una blenorragia y tuvo que desplazarse a Cáceres para que un especialista le tratara.     

   Hoy, sábado, Julia ha cogido el carrito de paseo, ha puesto en él a su pequeño y ha salido con la intención de visitar al Bisojo. Pasa por el quiosco que hay en la plaza del ayuntamiento y compra el último número de Blanco y Negro, su destinataria: la doliente esposa del tío Elías.

   -Julina, ¿no me digas que es tu niño?, que guapín es, tiene a quien parecerse. Quién lo diría, eras una cría cuando entraste a trabajar con Elías y, fíjate, madre de un niño. ¡Cómo pasa el tiempo!

   Cuando el Bisojo llega a casa encuentra a las dos mujeres departiendo amistosamente.

   - Elías, mira quien ha venido a visitarnos, y ha tenido el detalle de traernos a su niño para que podamos conocerlo -Tras una trivial charla a tres bandas, y mientras la señora Florencia acuna al pequeño, Julia se encara con su antiguo patrón.

   -Me han llegado rumores, de buena fuente, de que el negocio anda de capa caída, señor Elías, y créame que lo siento. Aunque en los últimos años somos competidores, nunca olvidaré lo mucho que hizo por mí y siempre le tendré el respeto que se merece. Y, aunque quizá no lo crea, a Julio le pasa lo mismo. Sin ir más lejos, anoche hablábamos de usted y ¿sabe lo que me dijo?, que en su tienda aprendimos los dos y eso siempre se lo deberemos. Le cuento esto porque, si podemos hacer algo por usted, sepa que puede contar con nosotros. Mi suegra, a quien usted bien conoce, siempre nos recuerda que de bien nacidos es ser agradecidos, y tanto mi marido como servidora nos tenemos por tal.

   El Bisojo intuye que lo que le está diciendo su antigua encargada se lo dice de corazón. Sabe que es una persona sin doblez y si dice lo que dice es porque así lo siente.

   -Gracias, Julina, verás… -El Bisojo le cuenta que, en efecto, el negocio no puede ir peor y ya no tiene ni fuerzas ni voluntad de arreglar lo que parece tener difícil solución. Tendrá que venderlo o traspasarlo, pero tiene un problema: no quiere vender el local que es de su propiedad. Una posible salida sería alquilar la tienda, pero por mucho que lo ha intentado no ha encontrado postor que quiera hacerse con un negocio que es ruinoso. Está hecho un verdadero lío, no sabe qué hacer.

   Julia le escucha atentamente y, al tiempo que su antiguo patrón describe la penosa situación que atraviesa, su fértil imaginación está ideando como podría ayudarle para salvar la situación. De bien nacidos es ser agradecidos, se repite, y no basta con decirlo, hay que demostrarlo.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro III, Los hijos, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 119. ¡Y no hay más que hablar!

 

viernes, 5 de noviembre de 2021

Libro III. Episodio 117. Demasiados Julios


   Julio Carreño camina a grandes zancadas y si no corre como un chiquillo es por el qué dirán. Qué iba a decir la gente viendo correr desalado al propietario de la mejor droguería de la ciudad y dueño de la única camioneta que hay en Plasencia. Sin embargo, a medida que se va acercando a casa aumenta el ritmo de las zancadas, tanto que Paquita ha de correr para poder ir a su altura. Así que mi mujer me ha dado un crío, un nuevo Julio Carreño, piensa. La alegría le hace intentar una cabriola que al momento reprime pues un viandante le ha mirado con cara de extrañeza. Entra en casa como una exhalación, en el comedor le está esperando su madre que lo abraza con ternura.

   -Bueno, al fin me habéis hecho abuela. Tienes un hijo que es una preciosidad y, aunque todos los recién nacidos tienen el rostro arrugado como una pasa, juraría que es más Carreño que Manzano. Enhorabuena, hijo.

   -Y Julia, ¿cómo está? –pregunta el novel progenitor mientras sube la escalera camino del dormitorio conyugal.

   -Bien, aunque el parto ha sido laborioso. Etelvina dice que es normal en las primerizas, con los que vengan después todo será mucho más fácil.

   En la puerta de la habitación le está esperando su suegra que pone un dedo en sus labios y le habla con voz queda.

   -No hables alto, Julina acaba de dormirse. Entra sin hacer ruido, verás que hijo tan guapo tienes.

   Luisa, una de las hermanas de Julia, está acunando al crío para dormirlo. La señora Etelvina la comadrona, que está recogiendo su instrumental, se vuelve hacia el padre.

   -Felicidades, Julio. Tienes un heredero que ha bramado como un becerro, pero en cuanto su madre se lo ha puesto al pecho y le ha dado los primeros calostros se ha quedado frito.

   -¿Está… completo? –inquiere dirigiéndose a Etelvina y sintiéndose ridículo al formular tal pregunta.

   -Completísimo, dos manos, dos piernas, cinco dedos en cada una y el aparato de mear en su sitio. Julia ha hecho un buen trabajo y también algo habrás ayudado tú, digo yo.

   -¿Quieres cogerle? –pregunta la tía del recién nacido.

   Julio coge torpemente a su hijo en brazos y le mira atentamente buscando algún parecido familiar.

   -Que pequeñajo es y que poco pesa –se sorprende.

   -Bueno, no tan pequeño, el doctor Lavilla dice que mide casi cincuenta centímetros y ha pesado cerca de tres quilos. Será un buen bigardo, por eso a la pobre Julia le ha costado tanto traerlo al mundo –comenta Etelvina, momento en que entran las dos abuelas y Pilar, como acostumbra, comienza a dar órdenes.

   -Esto parece una romería, aquí hay demasiada gente y sobramos casi todos. Luisa, pon al niño en la cuna y sugiero que dejemos únicamente al padre para que cuando Julia despierte vea a su marido y no al familión al completo –Nadie se atreve a rechistar pues la maestra es de las que impone. 

   Julio se sienta al lado de la cama. Su mujer tiene un sueño irregular, como si tuviera pesadillas, pues no hace más que rebullirse. Pese al trance que acaba de pasar tiene cara de madona, se dice el hombre. Debe de ser verdad lo de que la maternidad embellece a las mujeres, nunca la vi tan hermosa, piensa. Y un ramalazo de orgullo y ternura le lleva a pasar el índice por el perfil del rostro femenino que al sentir el contacto abre los ojos.

   -¿Y el niño? –pide, sobresaltada.

   -Tranquila, cariño, está durmiendo en la cuna. ¿Cómo estás? –Nada más decirlo se arrepiente, si hay una pregunta estúpida que hacer a una parturienta es esa.

   -Cansada, pero feliz. ¿Has visto que guapo? Es tu vivo retrato.

   -Soy el hombre más feliz del mundo. Tengo una mujer maravillosa que me ha dado mi primer hijo, un nuevo Julio Carreño… y Manzano –añade.

   Julia sonríe, y pese a lo incómoda que se siente, comienza a tramar la forma de convencer a su marido de que ese no es el nombre más adecuado para el niño, serían demasiados Julios en la casa. Hay un obstáculo: acordaron que si el recién nacido era niño el nombre lo elegiría el  padre, y que si era niña el nombre correría por cuenta de la madre. Tendrá que convencerle, pero este no es el momento, tiempo habrá antes de bautizarlo, se dice. Instante en que su marido anuncia algo que la alerta, no queda tanto tiempo como creía.

   -Tengo que ir al juzgado antes de que lo cierren para inscribir al chico. ¿A quién te parece que lleve como testigos? Yo había pensado en el doctor Lavilla y mi amigo Pascual o quizá las dos abuelas.

   -Seguro que les hará mucha ilusión, ¿pero la inscripción es necesario hacerla hoy? El certificado del doctor Lavilla supongo que especificará la fecha y hora del nacimiento. Eso debe valerles a los del juzgado aunque lo hagas mañana. Lo que tienes que hacer es no separarte ni un segundo de tu mujercita que te ha echado mucho de menos. No sé porque se mantiene esa estúpida costumbre de que los hombres no deben estar presentes en el parto, como si no fuera asunto de ellos.

   -El niño se ha despertado. ¿Te lo llevo?

   La madre acoge en sus brazos a la criatura que sigue con los ojos cerrados.

   -Que mono es y cuanto le quiero. Amor mío, se me acaba de ocurrir que si le ponemos como tú, tal como quieres, ¿no serán muchos Julios en la familia? Tú, Julio, yo, Julia, el niño, Julio, van a acabar llamándonos los Julianos…; creo recordar que en Roma hubo una familia patricia que se llamaba así.

   Alguien llama suavemente a la puerta. Es la abuela paterna.

   -¿Todo bien, necesitáis algo?, ¿quieres comer Julia?, ¿cómo sigue mi nieto?

   -Gracias, me encuentro mejor y tu nieto está tranquilo. Pilar, ¿verdad que en la antigua Roma hubo una familia patricia llamada los Julianos?

   -Recuerdo que hubo un emperador llamado Juliano que renegó del cristianismo, pero no me acuerdo de una familia de Julianos. Quizá es que te confundes con la dinastía Julia de la que salieron emperadores como Julio César y Augusto. Sí que debes encontrarte bien para, recién parida, recordar al Imperio Romano.

   -Ha venido a cuento porque Julio quiere ponerle su nombre al niño, lo que creo que es ideal, pero ¿no serán muchos Julios en la casa? Ya lo estoy viendo, ¿a quién te refieres, al padre o al hijo?,… y la madre también se llama así.

   Pilar queda pensativa, pero reacciona enseguida.

   -Pues ya que lo dices, estoy de acuerdo, serían demasiados Julios. De todas formas no quiero meterme en eso, es algo que debéis dilucidar los padres. ¿Quieres comer algo sólido o mejor te traigo un vaso de leche y unas galletas?

   -Ay, sí, por favor. Tráeme un vaso de leche y un platito de perrunillas.

   -Cariño, confieso que me hacía ilusión lo de ponerle mi nombre –admite el hombre-, pero creo que tienes razón, serían demasiados Julios. Entonces, ¿cómo le ponemos? –La mujer tiene pensado el nombre, pero lo que responde es otra cosa.

   -El que tú quieras, amor mío.

   -¿Y si le ponemos el nombre del santo del día? –sugiere la abuela que ha vuelto con la leche.

   -¿El santo del día? –El hombre abre la puerta y grita-. ¿Alguien puede traerme el calendario zaragozano?

      Enseguida llega la tía Luisa con el calendario. Julio lo ojea.

   -Hoy es el día de Agustín de Hipona, conocido también como san Agustín, santo, padre y doctor de la iglesia católica.

   -Es un nombre bonito y no hay nadie en la familia que se llame así –comenta Pilar.

   -Sí, no está mal, pero… me recuerda a Agustín el de Montánchez, uno que sirvió conmigo en Palma, y que era un zoquete de cuidado –rememora Julio.

   Desechan Agustín y van descartando patronímicos hasta que…

   -Pienso que a mi padre le hubiese gustado conocer a su nieto. Sabes que murió siendo yo niña y siempre le eché de menos… -deja caer Julia.

   Julio coge al vuelo la sutil referencia de su esposa y se dice que ese puede ser su regalo del día.

   -Podríamos ponerle su nombre, Álvaro es un nombre que me cuadra.

   -¿Harías eso por mí, corazón?

   -Por ti haría lo que no está en los escritos. Si te gusta Álvaro, así se llamará.

   -Gracias, amor mío. ¿Estará todavía abierto el juzgado? Lo digo porque tendrías que ir a inscribirle, ¿no?

   Julio sale flechado hacia el registro civil pues si lo coge abierto será por los pelos. Cuando llega, el registro está cerrado pues son las catorce y dos minutos, y sabido es lo puntuales que son los funcionarios públicos cuando se trata de cerrar las ventanillas. El motivo de que no haya llegado a tiempo ha sido que en el trayecto ha tenido que detenerse tres veces para ser felicitado por su reciente paternidad. Dos clientes de su tienda y un amigo del casino han sido los que al cruzarse le han dado la enhorabuena. ¿Cómo demonios han podido enterarse tan pronto si hace menos de tres horas que ha nacido la criatura?, se pregunta. Misterios de las poblaciones que, a pesar de llamarse ciudades, en verdad no son más que patios de vecinos un tanto grandes, se dice. En ese momento recuerda algo: debería comprar unos puros pues existe la costumbre de que la gente de buena posición regale un puro a cada uno de los amigos y conocidos que les felicitan cuando sus esposas traen al mundo una criatura. El estanco, pese a que son las dos pasadas, sí está abierto.

   -Una caja de farias.

   -Si es para celebrar algo también debería llevarse otra de una marca de más enjundia. Le recomiendo Hoyo de Monterrey, uno de los mejores habanos que tengo, aunque son un poco caros.

   -Saque esos habanos que no todos los días tiene uno al primer hijo.

   -Que sea enhorabuena y que se crie con salud. Usted es el de la droguería nueva, ¿verdad?

   -Sí, señor, Julio Carreño para lo que guste.

   -Pues si me permite, señor Carreño, solo me va a quedar otra caja de Hoyo, y no va a encontrar esa marca en ningún otro estanco. Lo digo por si quiere que se la reserve un par de días por si no tiene suficiente con la que se lleva.

   Cuando sale del estanco con las dos cajas de puros, Julio no puede por menos que acordarse del brigada Carbonero que tanto le enseñó sobre el arte de vender. Este estanquero, no tiene nada que aprender del brigada, se dice, venía por una caja y salgo con dos.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro III, Los hijos, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 118. De bien nacidos…

viernes, 29 de octubre de 2021

Libro III. Episodio 116. … y es gurriato.

   El hombre mira por enésima vez el reloj, son las diez y veinte. A esta hora tendría que estar en el mercadillo de Coria donde, como todos los finales de agosto, la gente que ha vendido la cosecha de cereal tiene el bolsillo repleto y las ventas suben como la espuma. En cambio, está sentado en la terraza del casino tomando el tercer o cuarto café, ha perdido la cuenta. Por un instante piensa que quizá sería mejor irse a la tienda, al menos se distraería, pero es consciente de que está demasiado tenso como para atender adecuadamente a los clientes. El sol pega de lo lindo y se hace sentir, pese a la sombra de la carpa, lo que le hace recordar uno de los múltiples refranes que suele citar su madre: agosto, por el día fríe el rostro…. Va a pedir otro café, pero piensa que tomar otro más no le va a ayudar a calmar los nervios.

   -Frasquito, tráeme un agua de cebada.

   -Marchando don Julio…, aunque anoche hicimos horchata y debe estar en su punto.

   -Pues que sea una horchata doble.

   Piensa que no deberían llamarle don Julio pues no completó el bachiller, pero el camarero llama así a todos los socios del casino, es una forma de asegurarse mejores propinas. Señor Carreño o Carreño a secas, así es como casi todo el mundo le llama. Su apellido es único en la ciudad y, con la fuerza que le da la combinación de la erre y la eñe, es de los que no se olvidan fácilmente. Solo los más allegados le llaman por su nombre de pila, Julio, y en la tienda los empleados le llaman jefe. En esas que llega el camarero con la horchata.

   -Frasquito, tráeme el periódico.

   -El Nuevo Diario de Badajoz todavía no ha llegao, solo tenemos el Dardo de Plasencia de la semana pasá.

   -Pues que sea el Dardo.

   Carreño ojea el semanario placentino que, fuera de las informaciones puramente locales, la noticia más reciente que trae es la ocurrida a principios de mes: el naufragio del vapor Sirio, cerca del Cabo de Palos, y en el que murieron ahogadas más de doscientas personas. Sobre política nacional informa del último consejo de ministros del gobierno de López Domínguez, que ha sucedido al de Moret. En política internacional relata las represalias tomadas por Gran Bretaña en Egipto por los disturbios ocurridos tras la ejecución de los responsables de la muerte de un oficial británico. Deja al semanario y está apurando la horchata, cuando una chicuela llega corriendo.

   -¿Ya? –La voz del hombre ha sonado con una mezcla de temor e impaciencia.

   -Toavía no, señor Julio, pero parece que no pue tardar mucho. Me envía doña Pilar pa decirle que todo va bien y que no se preocupe, que la señora está mu bien atendia por el dotor Lavilla y la señora Etelvina –Dado el recado, la muchacha se vuelve por donde ha venido con paso ligero.

   El señor Julio, como le ha llamado la mozuela, no puede por menos que recordar los hechos que le han llevado a la espera de hoy: su esposa va a tener su primer hijo. ¿Será varón o hembra?, se pregunta. Le ha repetido muchas veces a su mujer que no le importa el sexo, lo que vale es que venga bien y rapidito. No ha sido del todo sincero, le haría ilusión que fuera un chico por aquello de continuar el apellido, pero que sea lo que Dios quiera, se dice. Si hace tan solo dos años le hubiesen dicho que hoy, veintiocho de agosto de 1906, iba a estar como un flan esperando que de un momento a otro le anuncien el nacimiento de su primer vástago, le habría parecido una tomadura de pelo.

   Entorna los ojos y recuerda cómo empezó la historia. Rememora la imagen de la que entonces solo era una amiga, aunque hacía mucho que estaba enamorado de ella, sentada en la manta, en la que habían merendado, en lo que entonces era un campo en barbecho, el Karrascal, su primera finca. Y como fue ella la que dio el decisivo paso al pedirle que la besara. Ese primer beso no lo olvidará aunque viva cien años y, por lo que sucedió después, su mujer tampoco. Todo eso ocurrió un domingo de mayo de hace poco más de dos años, y parece que fue anteayer pues lo recuerda con toda nitidez. Sigue viendo a Julia arrebolada cuando le pidió que fuera su prometida, la mujer de su vida y la madre de sus hijos. Quien podía pensar que ese momento llegaría tan pronto. Hace poco más de quince meses que se casaron en la capilla del convento de las Carmelitas Descalzas; él cogido del brazo de su madre, y ella llevada hasta el altar por uno de sus tíos. ¡Qué guapa estaba Julia con su traje blanco, qué guapa y que nerviosa! Sorprendentemente, él estuvo relativamente tranquilo, quizá por eso lo recuerda todo tan bien: la comida en el casino, el baile que iniciaron los recién casados, las lágrimas de la madre de la novia, y… la primera noche en el mejor hotel de la ciudad, donde la que ya era su esposa le confesó que tendría que ayudarla porque se sabía la teoría, pero estaba ayuna de práctica. Y como supo encontrar en su interior torrentes de ternura y delicadeza, que ni sabía que los tenía, para guiar a su joven e inexperta esposa en los primeros lances amorosos…

   -Coño, Carreño, ¿qué haces aquí a estas horas?, ¿estás haciendo novillos o te has escapado para matar el gusanillo? –Es un amiguete del casino el que le habla.

   -Pues más bien no. Lo que ocurre es que me han echado de casa. No te rías, como lo oyes. Resulta que mi mujer se ha puesto de parto y, como es primeriza, parece que la cosa llevará su tiempo y, como yo también soy primerizo y no hacía más que andar por medio, entre mi suegra y mi madre, tal para cual, me han pedido que saliera un rato a tomar el aire que allí no hacía más que estorbar.

   -Has hecho bien, lo de los críos es asunto de mujeres, los hombres no pintamos na. Recuerdo que cuando mi parienta tuvo el primer mamoncillo…

   Julio aparenta escuchar a su amigacho, pero su mente está en otra parte. Resuenan en su cabeza las interminables admoniciones de su madre cuando le contó que Julia le había aceptado y que desde ese momento se convirtió en la más celosa guardiana de la virtud de su futura nuera. No podían dar un solo paso sin que Pilar controlará adonde iban, con quién, qué iban a hacer y un largo etcétera. Julia no necesitó carabinas, allí estaba la aragonesa para velar por su virtud y verificar que el novio no se propasara ni una pizca. De pronto está en un tris de soltar una carcajada, no lo hace porque su amiguete continúa relatando los partos de su mujer, pero sonríe pues recuerda la cara de asombro y desconcierto cuando fue a Malpartida a pedir formalmente la mano de Julia. Por poco a su futura suegra le da un patatús. Diecisiete años después, el muerto de hambre del mañego, como siempre le llamó, volvía de nuevo a su casa, pero ahora convertido en un industrial respetado y respetable. ¡Vivir para ver!, seguramente pensó la buena mujer.

   -Bueno, te dejo, Carreño, porque me da la impresión de que no me estás escuchando. Y que sea enhorabuena. Cuando haya pasado todo tendremos que celebrarlo.

   -Gracias y, por supuesto, descorcharemos unas botellas.

   En esas que reaparece Frasquito portando un periódico.

   -Don Julio, acaba de llegar el Noticiero Extremeño, ¿le vale?

   -Gracias, Frasquito. Toma –y le la da una peseta de propina.

   -Muchas gracias, don Julio, y que Dios le dé salud y fortuna.

   Lo de la fortuna, no sabe por qué, le recuerda otro de los momentos chuscos de su noviazgo. Cuando, tras deliberarlo ampliamente con su novia, fue a hablar con el Bisojo -su directo competidor en el negocio de la droguería- para contarle que Julia iba a dejar de trabajar para él, pues no tenía sentido que la que iba a ser su esposa trabajara para la competencia, cuando en unos meses pasaría a ser copropietaria de la otra droguería de la ciudad. ¡Cómo se puso el viejo, le llamó de todo menos bonito! Por mucho que intentó razonar, que le explicó los pros y contras de que Julia continuará como encargada y factótum de su negocio, el Bisojo se negó de plano a admitirlo. Julia se llevó un tremendo disgusto pues le había cogido cariño al viejo y nunca olvidó que confió en ella cuando con poco más de dieciocho años le dio su primer trabajo, pero muy a su pesar comprendió las razones de quien iba a ser su marido y se despidió del Bisojo asegurándole que jamás le olvidaría. Él sabía de las cualidades como vendedora de Julia, pero nunca pudo imaginar a que cotas llegaba su eficacia y su saber estar detrás de un mostrador. En contadas semanas, la joven se puso al día en todo cuanto se refería a la tienda, por lo que al fin pudo llevar a la práctica uno de sus sueños más deseados, volver a la venta ambulante pues al frente de la tienda se quedaba alguien tan responsable y eficiente como su prometida. Y su regreso a la venta itinerante no fue como antaño con un carro y una mula, sino con una flamante camioneta italiana de la marca Fiat, con la que multiplicó su capacidad para llegar a más mercados. Los resultados fueron espectaculares, lo que se notó considerablemente en la cuenta de resultados. En más de una ocasión agradeció mentalmente al que fue su patrono en Palma, el brigada Carbonero, haber aprendido a conducir, pues fue el primero que le advirtió de lo importante que iban a ser los nuevos vehículos a motor y que por eso debería sacarse el carné, algo que había hecho justo el año en que se prometió con Julia…

   Su monólogo vuelve a cortarse cuando, encendida como una amapola, aparece Paquita, la chiquilla de San Martín de Trevejo que cogieron en los primeros meses del embarazo para ayudar a Julia en los quehaceres domésticos.

   -Señor Julio, que ya llegó… y es gurriato.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro III, Los hijos, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 117. Demasiados Julios