viernes, 23 de abril de 2021

Libro II. Episodio 89. ¿Te ha quedado claro?

   A pesar de lo que buen número de placentinos, incluidas las personas más allegadas, opinan de él, Julio no es un solterón a machamartillo; al contrario, ha pensado en más de una ocasión en echarse novia, casarse y formar una familia, pero hasta ahora no ha tenido ninguna prisa. Entre otros motivos porque la ruptura con Consuelo le dejó muy tocado y durante mucho tiempo no ha querido saber nada de volver a tener una relación formal; también porque ha empleado la mayor parte de su tiempo y energía en lograr una boyante situación económica y social, y luego está el asunto de que ha preferido gozar de los placeres de la carne saltando de cama en cama y no contentándose con una sola mujer. Mas los años no discurren en balde, hace ya doce que le dejó Consuelo y la herida parece haber cicatrizado, y en ese tiempo ha levantado, partiendo de cero, un negocio que va como un tiro y que le ha proporcionado estabilidad económica y social, pues salvo en el restringido círculo de la alta sociedad placentina, es bien recibido en todas partes, incluso se le considera un buen partido. Por todo ello ha pensado en más de una ocasión que debería echarse novia, pero en plan formal, nada de chicoleos ni aventuras sin pies ni cabeza, aunque suele dejar ese plan para un futuro sin fecha. Como su madre sigue recordándole, de vez en cuando, que a su edad todos sus amigos y conocidos han formado una familia, suele contestarle en clave irónica.

   -Madre, me has repetido mil veces lo de que casamiento y mortaja del cielo bajan. Pues bien, eso es lo que hago, esperar a que baje y eso puede ser mañana o el próximo año.

   -Pero también te he dicho otras mil veces que por la calle del mañana se llega a la plaza del nunca, como escribe el padre Coloma.

   A Julio no se le ha pasado por alto que desde hace tiempo, prácticamente desde que abrió la droguería, son muchas las jóvenes en edad de pasar por la sacristía que le ponen buena cara. No le extraña pues conoce el paño, en una ciudad donde lo que más abunda son los agricultores, sean propietarios o braceros, cualquier dueño de un establecimiento comercial es considerado un buen partido. Ha sido invitado a guateques, merendolas y reuniones en las que ha tenido ocasión de conocer a muchas jovencitas de la mesocracia placentina; ha encontrado de todo pero, aunque reconoce que abundan las chicas francamente guapas y simpáticas, ninguna ha hecho mella en su corazón y ni siquiera ha perdido un minuto en pensar en alguna. Con una excepción: hay una jovencita que le llama poderosamente la atención, y que cuando la tiene cerca hace despertar sus instintos viriles más primitivos, es Julia Manzano, aunque está convencido de que, dada la gran diferencia de edad que los separa, es una opción descartable.

   En la disyuntiva sobre cambiar de estado ha jugado un papel decisivo el pequeño incidente que ocurrió hace unas semanas en el casino. El tesorero de la institución, don Cristóbal el boticario, presentó su renuncia al puesto alegando que, como iba a ser padre, tendría que dedicar la mayor parte del tiempo a su mujer y su hijo. Al quedar vacante la tesorería, algunos socios hicieron correr la especie de que Julio Carreño podría ser un buen candidato al puesto. Al mañego la propuesta le llenó de orgullo pues suponía dar un salto en su ascenso social. Todo se fue al traste cuando el presidente del casino al oír el nombre del droguero para tesorero sentenció:

   -Es soltero y para un puesto de responsabilidad como ese merece más confianza un hombre casado y mejor si tiene hijos -A Julio la decisión le sentó como un estoconazo, pero en el fondo admitió que algo de cierto podía haber en ella.

   El suceso ha hecho que comience a plantearse en serio la posibilidad de casarse y lo analiza con la frialdad con la que podría efectuar un balance contable. Pasa revista a posibles candidatas a convertirse en su media naranja. La primera mirada la dirige a las herederas de las familias más acomodadas de la ciudad; el dinero siempre es un poderoso aliado, sobre todo para alguien que se lo ha de ganar peseta a peseta, tener el riñón bien cubierto proporciona tranquilidad y te da una mayor aura de respetabilidad. En esas reflexiones se le cuela una y otra vez la imagen atractiva e incitante de Julia, lo que le hace plantearse si no estará enamorado de ella. Tras analizar sus sentimientos llega a la conclusión de que no lo está, pero descubre un hecho sorprendente: la desea, ¡y de qué manera! Pese a su fama donjuanesca, nunca fue un hombre excesivamente apasionado, por eso no deja de sorprenderle los turbios deseos que le provoca la joven. Sus cavilaciones le llevan a una conclusión paradójica.

   -¿Y por qué antes de tomar una decisión que sea inamovible no intento seducirla? –se pregunta.

   Dado que es hombre de acción, la respuesta no puede ser otra: decide probarlo. Un día que ha ido a Cáceres, en compañía de Julia, para hablar con uno de los proveedores comunes sobre nuevas tarifas de descuentos, la invita a comer a un restaurante con fama de tener una excelente cocina. En la sobremesa, animado por la botella de Ribera del Duero que ha trasegado, flirtea descaradamente con la joven a la que no parece importarle su comportamiento. En un determinado momento, le coge una mano y deposita un beso en su palma. Como Julia, aunque se ha ruborizado como una colegiala, no lo ha rechazado, el hombre da un paso más: le coge la barbilla y adelanta su boca para besarla, ahí es cuando la joven reacciona como si le hubiese mordido una víbora. Aparta la mano del hombre y se queda mirándole con unos ojos que brillan como los de una pantera herida, aquella mirada, dura como el pedernal, dice más que mil palabras. Julio se da cuenta al instante de que ha cometido un error, la joven no solo no es una presa fácil, sino que parece que no tiene nada qué hacer con ella. Por si tenía alguna duda, la muchacha, que no ha perdido la calma, se lo hace saber de forma tajante.

   -Que sea la última vez que te comportas así. Como algo parecido lo repitas no volveré a dirigirte la palabra. Eres mi amigo y el hijo de la persona a quien quiero como a una madre. En todo lo demás, no eres nadie ni vas a serlo nunca. ¿Te ha quedado claro?

   Tras el patinazo con Julia en el que la joven le dejó claro que ni se le ocurriera el menor atisbo de coquetear con ella, Julio piensa que ha llegado la hora de dejar de mariposear y de soñar con relaciones que quizá puedan ser excitantes, pero que no conducen  a nada. Después de no pocas vacilaciones y de pensárselo detenidamente, se decide: se va a echar novia, pero en plan serio. Vuelve a pasar revista a las mejores opciones que tiene en el ámbito local y, como ya hizo anteriormente, su mirada se posa en las futuras herederas de las familias con mayor poderío económico. Como si se tratara de adquirir algún bien material: discrimina y compara, y una tras otra va descartando posibles candidatas pues descubre que el hecho de tener fortuna no lo es todo. Cuando ha terminado con la lista de herederas de familias con posibles, pasa a la relación de familias con menos dinero, pero que tienen un reconocido prestigio social, y en esa lista encuentra la que puede ser la mujer que da el perfil que anda buscando; cuando le pone nombre a la elegida no puede por menos que exclamar:

   -¡Y encima le voy a dar un alegrón a mi madre!

   La joven escogida, aunque ella todavía no lo sabe, es Amparo, una de las hijas del doctor Lavilla que, pese a que no lleva mucho tiempo en la ciudad, se ha granjeado gran prestigio profesional y social. Precisamente, Amparo es a quien Pilar le tenía echado el ojo como la mejor candidata para emparejarse con su hijo, aunque a la madre de la joven, hija de una distinguida familia zaragozana venida a menos, el chico de la maestra nunca le pareció un buen partido para su hija; cuando así se lo comentó la respuesta de Amparo fue contundente:

   -¿Conoces a alguien que sea su propio jefe y que además esté soltero y sin compromiso?

   A Julio siempre le pareció Amparo una joven maja, pero sin que sintiera nada especial por ella, en cambio sí le atrajo la más chica de las cuatro hermanas Lavilla, Cristina. Flirteó con ella, pero cuando intentó cortejarla la jovencita se sinceró: estaba enamorada de un estudiante de Zaragoza, a punto de terminar la carrera de medicina, que le había prometido que en cuanto acabara y tuviese su primer trabajo pediría su mano. Y paradójicamente le insinuó que lo intentase con otra de sus hermanas.

   -A Amparo le caes bien, te encuentra interesante y un tanto bronco y eso es algo que a las mujeres nos pone.

   Amparo Lavilla, veinticinco años la adornan, es bien parecida, con buen tipo y fama de simpática y amable. Cristina le ha contado que no tiene novio, pese a que no le faltan pretendientes. Aunque las cualidades de la joven que más valora Julio son dos: que es hija de uno de los médicos que tiene más prestigio y reconocimiento social de la ciudad pues incluso es admitido en los círculos más restringidos, y que es una mujer culta y distinguida que podría respaldarle en su ascenso a lo más granado de la sociedad placentina. Dentro de lo que ofrece el panorama local es una de las mejores opciones que ha encontrado. Ahora es cuestión de pasar a la acción, aunque por lo que le contó Cristina parece que no va a tener grandes problemas para conquistarla, pues para una joven de sus características tampoco abundan los pretendientes, ya que circula la especie de que no llevará gran dote al matrimonio, por lo que eso la descarta para los cazadotes y es demasiado distinguida para los candidatos de medio pelo.

   Julio, que quiere atar todos los cabos antes de dar el paso, se cita con uno de sus contados amigos íntimos, Pascual López, que trabaja en la sucursal de la Caja de Ahorros de Badajoz en la ciudad.

   -Pascual, ¿podrías indagar si los ingresos del doctor Lavilla proceden solo de su consulta o tiene otros bienes? Por descontado que esto va a quedar entre nosotros.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 90. Quién no se arriesga, no pasa el río

 

viernes, 16 de abril de 2021

 Libro II.

Episodio 88. ¿Cómo me mira Julio?

   A la interpelación de Julia sobre los solteros cuando van de conquista, Julio muestra su rapidez de reflejos para la respuesta.

   -Cómo has dicho, dentro de la grey de la soltería pertenezco a la subcategoría de los solterones. Y para que no te quepan dudas, también los solterones se batirían por conquistarte –Lo ha dicho con una amable sonrisa.

   -¿Qué diferencia hay entre soltero y solterón? –pregunta la joven a quien no parece que le hagan demasiada mella las lisonjas del hombre.

   -Un solterón o una solterona es alguien entrado en años y que no se ha casado.

   -O sea que, según esa definición, tú eres una persona entrada en años. ¿Y desde que edad se es entrado en años?

   -No creo que haya una edad precisa, pongamos que a los treinta los hombres y a los veintisiete las mujeres.

   -Entonces solo me faltan ocho años para ser una solterona.

   -¿Es qué no piensas casarte? –inquiere, extrañado, Julio.

   -No lo creo. No conozco muchos matrimonios que sean felices del todo, pensándolo bien casi no conozco ninguno. En cambio sé de solterones que sí lo son. Por solo citar dos personas cercanas, la señora Etelvina es soltera y parece feliz con su estado, y tú eres soltero y también pareces contento con tu soltería.

   -Siempre hay una explicación. Etelvina creo que de joven tuvo un novio que murió de dengue cuando hacía la mili en Santo Domingo y quizá por eso no se ha casado. Yo, si no lo he hecho es simplemente porque todavía no encontré mi media naranja.

   -¿Y crees que la encontrarás cortejando únicamente a mujeres casadas?

   La impertinente pregunta deja descolocado a Julio. A bote pronto quiere contestarle que ni a ella ni a nadie le importa a qué clase de mujeres corteja, pero enseguida se da cuenta de lo impropia que podría ser su respuesta. A todo esto el vals acabó y la pareja se ha quedado sola en medio de la pista, al darse cuenta Julio aprovecha para no responder y acompañar a la muchacha a la mesa. La que prometía ser una tarde entretenida se ha trocado en una situación incómoda, al menos para el hombre. En cambio, la joven parece contenta de la vivencia que ha supuesto su primer baile agarrado, el ceño se le distendió hace rato y ahora mordisquea el último barquillo que guardó en el bolso. Después de dejar a la muchacha con su madre, y tras renunciar a cenar con ellas, Julio se va al casino donde, por ser domingo, le espera su partida de póquer, juego que no se conocía en España y que se ha introducido vía Cuba y Puerto Rico. Por el camino va pensando en la última pregunta de Julia. ¡Qué se habrá creído esa muchacha, tendré que ponerla en su sitio!, se dice.

   Durante la semana Julio no hace más qué pensar en cómo hacerle comprender a Julia que meterse en la vida y los sentimientos de los demás no es el mejor camino para mantener las amistades. Le tiene que dejar bien sentado que en su vida hace lo que estima conveniente y a nadie debe importarle un comino; tampoco él se mete en lo que ella hace. El andamiaje que ha construido para enmendar la plana a la jovencita se desmorona como un castillo de arena batido por la pleamar en cuanto, al llegar el domingo a casa de su madre, aparece Julia fresca como un capullo al alborear la aurora.

   -Doña Pilar, ya llegó Julio. Que elegante vas hoy, como dicen en mi pueblo estás como para echar el verso –le saluda la jovencita.

   -¿Y eso qué quiere decir? –inquiere Julio que no sabe si la joven habla en serio o le está tomando el pelo.

   -Pues que eres un dandi. A buen seguro que no hay más de media docena de hombres en la ciudad que sean tan elegantes como tú.

   A Julio ya se le ha olvidado el resquemor que tenía contra la joven. Halagado, le devuelve los elogios.

   -Tú sí que tienes estilo para dar y tomar. Y esa mantilla que enmarca el óvalo de tu carita te sienta divinamente.

   De pronto, Julia hace algo inesperado, se acerca al hombre y lo olisquea.

   -Que gusto, que bien hueles. Madre suele decir que los hombres que se visten por los pies han de oler a tabaco, vino y sudor. Para mí que se equivoca, pues tú eres un hombre hecho y derecho y hueles a limpio y a agua de colonia. Me encanta.

   -Y tú hueles a capullo primaveral.

   Julia se ríe sin ningún complejo, como si le hubiese dicho algo muy gracioso, y al reír se le achinan un poco los ojos.

   -Eres un adulón, no puedo oler a nada como no sea a agua fresca ya que no suelo usar perfumes. Tu madre dice que a mi edad puedo permitirme el lujo de no usar ni afeites ni colonias.

   -Mi señora madre se equivoca. Unas gotitas de un buen perfume, de los que vendes como franceses, te sentarían divinamente.

   En esas, que llega Pilar y el trío se dirige a la parroquia a oír la santa misa. Cuando salen, Julio las invita como siempre al aperitivo y otra vez brega con su madre para que por un día acceda a almorzar fuera de casa.

   -Ya tengo la comida hecha. Preparé esta mañana un frite de cordero que me ha quedado para chuparse los dedos.

   -Sí no dudo que el frite esté buenísimo, pero precisamente es un plato que se conserva bien y lo podemos tomar para cenar. Es que quisiera llevaros a un nuevo restaurante que acaban de abrir y en el que hay un chef, que se ha formado en Francia, que prepara unos platos al estilo francés que al parecer son exquisitos.

   -He oído hablar de él. Me gustaría conocerlo, nunca he pisado un restorán de cocina francesa –confiesa Julia.

   La intervención de la joven decanta la balanza y Pilar cede. La comida depara la enésima sorpresa que le causa la joven. Julio es conocedor de las toscas maneras de comportarse en la mesa de los Manzano, en cambio Julia maneja los cubiertos de pescado, pues ese es el plato fuerte, como si se hubiese criado en el seno de una familia burguesa. Esto también se lo ha enseñado mi madre, piensa el hombre. Esta muchacha es una esponja, absorbe todo cuanto ve, cuanto le dicen, cuanto le enseñan; será un ama de casa perfecta y una mujer de tronío. El último pensamiento le produce una cierta tristeza. Lástima, se dice, que sea tan joven y que nos llevemos tantos años, no me importaría encontrarme a una mujer más hecha que fuera como ella.

   Para postre han pedido crème brûlée que, como les explica Pilar, es una crema aromatizada con vainilla, licor y especias y cuya superficie se espolvorea con azúcar para ser flameada y obtener una capa de caramelo crujiente. A Julia el postre la chifla y se empeña en darle cucharaditas a Julio que, dócil como un niño, las saborea con deleite. Pilar mira a ambos jóvenes y un ramalazo intuitivo le cruza la mente, o mucho me equivoco o esta pareja de tortolitos, con una pizca de fortuna y otra de ayuda, pueden terminar cogidos de la mano. La jaculatoria le sale instintivamente: ¡La Virgen del Pilar lo quiera!

   Lo que ha creído intuir Pilar tiene un punto de verdad, al menos, en el caso de su hijo. Julio, sin estar enamorado, sí está cada día más prendado de las virtudes y del carácter de Julia. En el plano profesional ha podido constatar, desde que negoció con ella el Pacto de la Pilarica, que es inteligente, trabajadora y muy capaz. En el plano personal, desde que pasa los domingos con ella y su madre, sabe que es ingeniosa, divertida y una amena conversadora. En el único plano en el que no sabría definirla es el sentimental, en ese campo lo desconoce todo de Julia, no conoce sus sueños, sus deseos, sus sentimientos, sus frustraciones… y le gustaría. Lo único que sabe a ciencia cierta es que, hasta el presente, a ningún mozo de los muchos que pretenden cortejarla le ha dado pie a que se haga ilusiones. Habla con todos, ríe con muchos, pero su corazón no es de nadie.

   En el caso de Julia, la intuición de Pilar se adentra en una especie de limbo. La joven respeta y admira a Julio por sus muchas cualidades. Profesionalmente le considera un hombre preparado, emprendedor y con innata capacidad para los negocios. En el personal, ha cambiado radicalmente su opinión sobre él desde que le trata asiduamente, ha comprobado que es una persona que gana mucho en las distancias cortas, pues además de listo es ingenioso, ameno y  muy galante. De su vida íntima solo conoce retazos, lo que cuentan las chismosas sobre sus aventuras amorosas y lo que de vez en cuando escucha a Pilar, pero la joven en absoluto le ve como alguien con quien tener algo más que amistad. Son muchos los años que les separan y cuando piensa en él se lo imagina como si fuera su hermano mayor, algo así como lo que es Consuelo pero en hombre, por eso se extraña cuando Lola, una de sus contadas amigas con la que a veces intercambia confidencias, le comenta:

   -Que bien acompañá ibas el otro día, maja. Buen mozo llevabas al lao.

   -¿Un mozo?, que recuerde llevo días sin pasear.

   -Pues el que llevabas al lao saliendo del merendero de La Curva no parecía un carabinero.

   -Ah, te refieres a Julio. Pues aciertas al decir que no es un carabinero, pero yerras al llamarle mozo, es un solterón recalcitrante.

   -Eso dicen por ahí, que es uno de los solteros más codiciaos de la ciudad. Y, digas lo que digas, también es un buen mozo, ¡pues menuda planta tie el gachó, pa mí lo quisiera!

   -¿De verdad Julio te parece atractivo?, si casi podría ser nuestro padre –se extraña Julia.

   -De eso na. ¿Qué edad tiene, treinta años?

   -Treinta y tres.

   -Pues de ser nuestro padre na. ¿Te está tirando los tejos?

   Por toda respuesta, Julia se parte de risa al oír a su amiga.

   -Perdona, Lola, pero es que me da la risa floja. Julio me dio clases de contabilidad y me ha enseñado mucho sobre el negocio, por lo que es mi mentor en el terreno profesional. Y me acompañaba porque, como hijo de mi casera, a veces se ve en la obligación de sacarme a dar un garbeo, de ahí que se pueda decir que en ocasiones es un compañero eventual, pero ahí se acaba nuestra relación. Ah, se me olvidaba, y no me tira los tejos, para él soy como su hermana pequeña.

   -Pues, guapina, por cómo te miraba creo que de hermana, na de na.

   El comentario de Lola da que pensar a Julia. ¿Cómo me mira Julio?, se pregunta.  

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 89. ¿Te ha quedado claro?

viernes, 9 de abril de 2021

Libro II. Episodio 87. El merendero


   Es domingo y, como de costumbre, la maestra, su hijo y su pupila, hoy acompañados por Etelvina, han asistido a la santa misa, y ahora están tomando el aperitivo en la terraza de Las Vegas, aprovechando la agradable mañana primaveral. Julio ha comprado la prensa dominical y lee a las mujeres una noticia que muestra que el país se está modernizando poco a poco. La noticia es que a partir del uno de abril se establecen en España normas para regular la circulación de tranvías.

   -¿Y se puede saber qué utilidad tienen esos cacharros? –pregunta Etelvina que pasa de los inventos modernos.

   -Hablando de tranvías, recuerdo que, cuando estuve en la mili, en Palma se inauguró el primer servicio público de pasajeros a cargo de tranvías, a los que se llamaba jardineras, y que eran arrastrados por mulas en la única línea que había que iba de la Plaza de´n Coll a Porto Pi. En cambio, ahora los tranvías que transitan por las ciudades españolas son de tracción eléctrica.

   -Ese invento de la electricidad, ¿crees que tiene futuro, Julino? –vuelve a preguntar Etelvina.

   -No es que tenga futuro, es que ¡es el futuro! –enfatiza Julio-. Todas las capitales de provincia ya tienen alumbrado eléctrico. En Badajoz desde hace diez años y en Cáceres desde hace cuatro, y hasta en un pueblo tan chico como Hervás hay alumbrado eléctrico. Y según me han contado, hay conversaciones muy adelantadas entre el ayuntamiento y una empresa talaverana para instalarlo en la ciudad.

   -¿Es que no sirve el alumbrado de gas o petróleo? –pregunta Pilar.

   -No tiene punto de comparación, madre. No podéis imaginaros lo que es darle a un interruptor y que se haga la luz, es como un milagro. Creo que la electricidad es uno de los mayores inventos de la ciencia. Yo lo tengo pensado, en cuanto aquí la instalen voy a iluminar la tienda, incluidos los escaparates y la trastienda, con luz eléctrica. Ya lo he hablado con el señor Corominas, el ingeniero que ha dirigido la instalación del alumbrado público en Cáceres.

   Julia sigue la conversación sumamente atenta, le fascina el espíritu emprendedor que tiene Julio, sus ansias de mejorar y de modernizar el negocio. Todo lo contrario que su patrón. El Bisojo ni siquiera ha accedido a iluminar la tienda con lámparas de gas, todavía usan lámparas de mesa, alimentadas con petróleo y provistas de un tubo de cristal que resguarda la llama, los conocidos como quinqués. Piensa que ha de ser muy estimulante trabajar con un patrón abierto a todas las mejoras que la ciencia y la técnica inventan continuamente.

   Como la primavera ha llegado con ganas de quedarse y el día es espléndido, después de un mes de marzo pródigo en escarchas y madrugadas heladoras, por la tarde en vez de jugar la acostumbrada partida de parchís, Julio invita a la joven a dar un paseo por la zona del río y luego pueden recalar en alguno de los merenderos que allí abundan para tomarse un chocolate con churros. Julia, antes de contestar, mira de reojo a Pilar quien le hace un discreto gesto de asentimiento.

   -Por mí bien, pero doña Pilar y la señora Etelvina se quedarán sin poder jugar.

   -Huy, hija, por nosotras no te preocupes. Tenemos que ponernos al día de todas las novedades que hay en el pueblo –responde Etelvina.

   -Id y divertíos, que para eso sois jóvenes –la secunda Pilar-. Eso sí, a las nueve en casita que hay que acostarse temprano pues mañana hay que trabajar.

   A la entrada del merendero, del que salen sones musicales, está instalado un barquillero con su cesta llena de barquillos y una ruleta en la que los compradores pueden probar suerte.

   -Mira, Julio, un barquillero, con ellos me gastaba la mitad de las perras que padre me daba.

   -¿Por qué no vuelves a probar?, a ver si tienes suerte –dice Julio sacando unas monedas.

   -¿No te voy a parecer un poco infantil? –objeta Julia.

   -¡Qué va! Haremos una cosa, jugaremos una vez cada uno.

   -Pero cada cual paga sus jugadas –precisa la joven.

   -Como quieras, pero te pido que me dejes invitarte, al fin y al cabo la idea de venir ha sido mía, por tanto me toca el papel de anfitrión y no voy a dejar pagar a mi invitada.

   Julia tira primero y disfruta como una adolescente dando vueltas a la rueda que apunta a diferentes números. Van empatados a barquillos hasta que en la última tirada Julio cae en la casilla del clavo, con lo que pierde todo lo ganado.

   -¡Te he ganado, te he ganado! –exclama, alborozada, Julia.

   -Y además por goleada –apostilla Julio que no puede menos que sonreír ante el regocijo de la muchacha.

    En el merendero hay una orquestina que, con más entusiasmo que oído, está amenizando a los clientes tocando piezas que cuando son bailables llenan el irregular centro del local de parejas de baile agarrado, al que llaman así para diferenciarlo de los bailes populares en los que los bailarines prácticamente ni se rozan.

   -¿Qué te apetece tomar? –pregunta Julio.

   -Has dicho que íbamos a tomar chocolate –recuerda Julia-, y no me importaría mojar unas perrunillas en vez de churros.

   Es lo que encarga Julio al mozalbete que se ha acercado a la mesa, para luego formular una pregunta baladí, más que nada para retomar la conversación.

   -Como perrunillas desde niño, eran una de mis golosinas preferidas. Y lo que son las cosas, nunca me preocupé por saber que ingredientes llevan. ¿Tú lo sabes?

   -Claro. Se hacen con manteca, harina y azúcar como materias básicas, y según las comarcas les añaden otros ingredientes, huevos, ralladuras de limón o un poco de canela molida.

   -Hay que ver con lo joven que eres y la de cosas que sabes –la adula Julio.

   -No es para tanto y si sé algo es gracias a tu madre. No solamente me aficionó a la lectura sino que me inculcó el deseo de aprender. No se cansa de repetirme que el saber no ocupa lugar.

   Terminada la merienda, Julio se apercibe que a su acompañante se le van los pies al compás de la música.

   -¿Te gustaría bailar?, veo que sigues el ritmo –dice Julio señalando los pies de la joven.

   Julia se pone colorada cual tomate maduro, como si la hubiesen pillado en un renuncio.

   -No sé bailar, bueno el agarrado. Cuando era niña me apuntaba siempre al baile del cordón que es una danza tradicional de mi pueblo, pero en la que solo participan mujeres. También sé bailar la jota extremeña, que esa sí es en pareja pero sin agarrarse.

   -¿De verdad que nunca has bailado un agarrado, que ningún mozo te ha llevado entre los brazos? –reitera Julio que por momentos siente que se excita.

   -Nunca, pero tu madre me está enseñando a bailar el vals, dice que es el baile más romántico y elegante que existe.

   -Discúlpame un momento –pide Julio a quien se le acaba de ocurrir algo. Se acerca a la charanga, habla con el músico que lleva la batuta, le da un duro y le pide que la próxima pieza que toquen sea un vals. Cuando comienzan los cadenciosos compases del que se ha convertido en uno de los valses más populares, El Danubio Azul, Julio se levanta y dirigiéndose a la joven la interpela ceremoniosamente:

   -Señorita, ¿me haría el honor de concederme este baile?

   Julia, otra vez sofocada pero al tiempo radiante, balbucea:

   -Con mucho gusto, caballero.

   Cuando la jovencita siente la mano derecha del hombre enlazándola por la cintura y la izquierda cogiéndole su mano diestra se estremece. Desde que dejó de jugar en las eras de su pueblo cuando pasó de niña a mocita, es la primera vez que tiene a un hombre tan cerca. Julio huele un poco a sudor, también a agua de colonia y a otro olor que no sabe identificar. De pronto una vaharada de calor que la invade de abajo a arriba la pone más nerviosa de lo que ya está, tanto que se tropieza con los pies de su pareja.

   -Huy, perdona, pero ya te dije que no sé bailar.

   -No hay nada que perdonar, la culpa es mía por llevar un ritmo demasiado vivo. Bailaremos piano, piano y verás como no vuelves a tropezar. Y si lo haces, no pasa nada.

   A Julio sentir a la muchacha entre sus brazos le produce una impresión como irreal. No puede creer que aquella chiquilla, a la que enseñó algunas nociones de contabilidad, se haya convertido en la preciosa jovencita que trata de seguir el ritmo del vals. Se da cuenta de que Julia está bailando con los ojos cerrados, no sabe si es para no marearse o porque así sigue mejor la cadencia de la música. Aprovecha la ocasión de que la joven no puede observarle para deleitarse mirando fijamente su semblante. Tiene la frente amplia, la nariz recta y afilada, finos labios, blancos dientes y una barbilla que denota carácter. No puede verle los ojos, pero sabe que son de un meloso claro que cuando se excita brillan con una luz especial. No es una belleza, pero es evidente que tiene un encanto singular, algo que la hace atractiva y deseable. Pensar que es deseable provoca el despertar de la hombría del mañego. Instintivamente, se aparta un poco de la joven, por nada del mundo quisiera que se apercibiera, se moriría de vergüenza. En ese momento, Julia abre los ojos y ve la mirada del hombre clavada en su rostro.

Le sonríe y al hacerlo unos hoyuelos se forman en sus mejillas.

   -¿Por qué me miras así?

   -Porque eres como el cuadro de una virgen de Murillo. Uno no se cansa nunca de verlo.

   El rubor de la joven llega al paroxismo y para disimular pregunta:

   -¿Así es como conquistas a las mujeres, diciéndoles que se parecen a una virgen de Murillo?

   -No trato de conquistarte –Es decir esto y a Julia le cambia la cara y el rubor desaparece como por encanto. Julio, dándose cuenta que acaba de cometer una imperdonable falta de tacto, se apresura a enmendar su yerro-. No trato de conquistarte, no porque no seas una jovencita encantadora y a quien todos los solteros de la ciudad se pirrarían por hacerlo, sino porque eres mi invitada y no sería correcto que el anfitrión abusara de su hospitalidad.

   El galante y rimbombante párrafo no parece haber hecho mucha mella en Julia que continúa con el ceño fruncido.

   -No sabía que los solterones hablarais igual que los solteros cuando van de conquista.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 88. ¿Cómo me mira Julio?