viernes, 16 de octubre de 2020

Libro II. Episodio 62. Operación Ajude o portugueses


   En cuanto Julio resuelve la cuestión de los portes se apresura a enviarle una nota al Hurón, por medio del recadero de Valverde, en la que le comunica que la primera remesa de medicamentos se pondrá en marcha en semana y media; solo restará esperar cómo va la venta en tierras lusas. Cuando cerraron el pacto, el Hurón le contó que tiene sobornados dos guardias civiles del cuartelillo de Valverde y a dos números de la Guardia Nacional Republicana de la dotación de Sabugal, pero que están acantonados en la freguesía de Aldeia Velha, en las cercanías de la Raya. Y para pasar la frontera con total impunidad debe esperar a que coincida que los agentes de ambos lados estén de servicio en la misma fecha. Por ello nunca sabe con más de unos días de antelación cuando podrá traspasar la Raya con plena seguridad.  

 

   En cuestión de un par de semanas realizan la primera operación. Julio envía los fármacos a Valverde por medio de los Piñana y unos días después un recado del Hurón le avisa que la mercancía ya está en tierras lusas. La venta tardará algo, pues por el momento el Hurón solo tiene contactos de corto potencial económico; está haciendo gestiones para encontrar un comprador al por mayor. Unos días más tarde su socio le confirma que la operación se ha saldado satisfactoriamente, y detalla a cuánto asciende el monto de los beneficios. Al ver la cifra, Julio queda decepcionado pues no es tan abultada como presumía. Comprende que los gastos para mantener engrasada la maquinaria son considerables: la compra de los fármacos, el transporte de donde radican los mayoristas hasta Plasencia y luego hasta Valverde, contratar los acemileros que acarrearán la mercancía hasta Portugal, etcétera, sin contar los gastos de la compra de voluntades por hacer la vista gorda al cruzar la Raya. Le queda el gusanillo de desconocer si las cuentas que le ha presentado el Hurón son las reales, pero piensa que tiempo habrá para roer ese hueso.

  Concluido con éxito el primer alijo, Julio se apresura a poner en marcha el segundo. Aunque el resultado crematístico ha sido menor del que esperaba, en todo caso son unos ingresos con los que no contaba. Ahora lo que se impone es activar a los mayoristas de Mérida y Salamanca para que le remitan la siguiente partida de medicamentos. El segundo alijo se resuelve con idéntica facilidad que el primero. Da la impresión de que entre el Hurón y él tienen el tinglado bien amarrado. Él adquiriendo la mercancía y encargándose de que llegue sin problemas hasta Valverde del Fresno, donde la recoge el Hurón que la lleva a través de la Raya al país vecino.

   A principios de junio, en medio de la operación del tercer alijo, vuelve a aparecer por la droguería el Bisojo. Con la llegada del calor parece que su artritis ha mejorado y quiere hacerse cargo de la tienda. Julio tendrá que volver a la venta ambulante. Esto supone un contratiempo para el mañego, pues yendo de pueblo en pueblo le resultará más complicado manejar las riendas del nuevo negocio. Mal que bien va modificando sus rutas de venta para adaptarlas, en la medida de lo posible, al buen funcionamiento de su otro y clandestino comercio. Y una de las medidas que primero adopta es acortar, lo que razonablemente puede, los días de la venta itinerante.

   En septiembre, el proveedor de Mérida, que maneja escaso volumen de negocio, comienza a dar problemas en los suministros. Falla en las cantidades y en que no cuenta con algunos fármacos, especialmente de los más caros. De hecho, los dos últimos alijos han sido de menor beneficio porque los socios no han podido completar las peticiones que tenían del otro lado de la Raya. Julio vuelve a plantearse conectar con los mayoristas que proveen de medicinas al tío Elías, pero desecha enseguida la idea. Si lo hiciera, ¿cuánto tiempo tardaría el Bisojo en enterarse?, y si eso ocurriera tendría problemas con su patrón. Tendrá que buscar un mayorista de Madrid, la mayor plaza de distribución de fármacos del centro peninsular. Se pone en contacto con un par de empresas madrileñas y, ante su sorpresa, la respuesta es la recepción de unos impresos en los que ha de cumplimentar una serie de datos que le resultan imposible rellenar: nombre y demás datos del titular de la farmacia, tales como la fecha de expedición del título académico, su número de colegiado, etcétera. Amén de varias referencias de orden económico, tales como el banco o caja con el que trabaja, volumen medio de ventas...; Julio se ve sobrepasado por tanto detallismo burocrático y ni siquiera contesta. Pero el problema sigue vivo, el proveedor de Mérida incumple cada vez más y urge su sustitución. Un atisbo de solución le llega de manera inesperada por conducto de una de las mejores amigas de su madre.

   -Esta noche viene a cenar Etelvina. Me la he tropezado al salir de clase –le dice Pilar.

   Durante la cena la comadrona les cuenta que últimamente anda muy atareada.

   -A la gente le ha dado por tener críos y no doy abasto. Como este ritmo de nacimientos sea el mismo en el resto de la nación pronto llegaremos a los veinte millones de habitantes.

   -¡Qué barbaridad, veinte millones de españolitos! –Se admira doña Pilar que añade-: Buenos dineros vas a ganar, maja.

   -No creas, cuatro perras mal contadas, los que se están poniendo las botas son los médicos y los boticarios. Sin ir más lejos, esta tarde he estado en la farmacia de don Cristóbal y había cola, como si fuese día de mercado.

   -Yo recuerdo a un don Cristóbal, pero era boticario de Malpartida –evoca Julio.

   -Es el mismo. Cerró la farmacia de allí y la abrió aquí. De las cuatro boticas de la ciudad es la que más vende con diferencia.

   -¿Don Cristóbal es el que se casó con una de sus dependientas? –indaga, curiosona, Pilar.

   Etelvina, en respuesta a la pregunta de Pilar, les cuenta que don Cristóbal, desde que se quedó viudo, tuvo varias relaciones sin que ninguna de ellas acabara en casamiento hasta que, cuando la gente ya suponía que no iba a salir de su viudez, se prendó de la última empleada que contrató, una niñata de diecisiete años destinada a hacer los mandados que los mancebos de la farmacia le encargaran. En pocos meses la subió de categoría profesional, le aumentó el sueldo y en cuanto cumplió los dieciocho se casó con ella. Y ahí tienes al sexagenario de don Cristóbal haciendo manitas con su esposa como si fuera un jovenzuelo. A Julio la vida amorosa del boticario le importa un comino, pero se le ocurre una idea que, si en principio pudiera parecer descabellada, piensa que no pierde nada poniéndola en práctica.

   -Señora Etelvina, ¿mantiene relación personal con don Cristóbal o es un mero contacto profesional?

   -Más que nada profesional, pero nos llevamos bien y la verdad es que siempre me trata con gran deferencia. ¿Por qué lo preguntas?

   -Es que tenemos algún que otro problemilla en la provisión de medicamentos para la venta por los pueblos en los que no hay farmacia. ¿Podría hablarle de mí a don Cristóbal?

   -Por supuesto, ¿cuándo te viene bien ir a verle?

    Cuando visita al farmacéutico, Julio supone que Etelvina ha debido ponerlo por las nubes, puesto que don Cristóbal le acoge con toda afabilidad. Sentados en la mesa camilla que hay en la rebotica, boticario y droguero hablan de generalidades hasta que el mañego considera que ha llegado el punto de explicar el motivo que le ha traído. Le cuenta la historia que ha urdido: que en algunos de los pueblos que recorre le están pidiendo fármacos que los proveedores habituales no les suministran, con lo que pierde unas ventas aseguradas. Había pensado sí podrían llegar a un acuerdo para que don Cristóbal le suministrara esos medicamentos a precio de mayorista, lo que se vería compensado con creces por la cantidad de mercancía que le compraría. El boticario ve enseguida las ventajas del acuerdo y para cerrarlo pone sobre la mesa dos condiciones: la primera es una obviedad, llegar a un acuerdo sobre la determinación del precio de coste de la mercancía, la otra es que la operación se haga con total discreción, a sus colegas no les gustaría un pelo enterarse de que está vendiendo medicamentos a un droguero. Julio no pone ningún pero a ambas condiciones, al contrario elogia la mesura y prudencia de don Cristóbal al exigir que la operación se haga con total discreción. Tras un regateo, que resulta más tenso de lo que el mañego esperaba, llegan a un acuerdo sellado con el consabido apretón de manos. Tras despedirse, Julio se marcha pensando que tiene un problema menos. La operación Ajude o portugueses, que así la ha bautizado, puede seguir su curso normal.

   Con la llegada del frío a mediados de noviembre, el tío Elías vuelve a recaer, nuevamente la artritis reumatoide le pasa factura y le deja incapacitado para estar al frente de la tienda. Una vez más, Julio aparca el carro, estabula a la Pelona, y se pone detrás del mostrador. Al mañego la invalidez de su patrono le viene de perillas, porque desde Plasencia le resulta más cómodo y eficaz controlar las fases de las que se encarga en la operación Ajude.

   Desde que cerró su trato con don Cristóbal, el mañego tiene que visitar con alguna frecuencia al boticario, aunque por aquello de la discreción utiliza el subterfugio de que va por medicinas para su madre. Esas idas y venidas son la causa de un efecto secundario que nunca estuvo entre los planes del joven droguero. Isabelina, diminutivo de la jovencísima esposa de don Cristóbal, ha puesto sus ojos en él. La buena planta del mañego y su desparpajo han debido impresionarla porque, sin ninguna clase de recato, en cuanto le ve se pone a ronronear como una gata en celo, siempre a espaldas de su marido. A Julio los primeros indicios de un posible affaire le hacen gracia, pero no hace nada para que prospere. Aunque parece que Isabelina no se ha dado por enterada, pues su coqueteo con el mañego aumenta de voltaje en la medida que él se esfuerza por evitarlo.

   -Esta calientabraguetas me puede echar a pique la operación Ajude –se lamenta Julio.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 63. Las rechazas y se te echan encima

domingo, 11 de octubre de 2020

*** Post info. 16. Viviendo la prórroga

 

   Hace unos días, la pérdida de un amigo de la infancia y de un compañero de facultad, ambos octogenarios, me han hecho replantearme que estoy viviendo la prórroga, como la de los partidos de baloncesto cuando ambos equipos empatan, solo que en mi caso no se trata de una prórroga deportiva sino vital. Pero antes de que os cuente las reflexiones que ello me han provocado, dejadme que os explique porque el día de mañana es tan importante para mí.

   El 12 de octubre es un día señero en la vieja Hispania. Desde 1987 esa fecha se ha convertido en el día nacional de España. Asimismo, se celebra la festividad de la Virgen del Pilar, una advocación mariana de la Iglesia católica con innumerables devotos en todo el país. Virgen que es la patrona del Reino de España. Y también se conmemora en dicho día el hecho de que, hace exactamente 528 años, Cristóbal Colón descubrió América, otro hito más para dar lustre a la fecha.

   Para mí también es importante porque un 12 de octubre llegué al mundo... hace 85 años Y son muchos años, como que ya he superado con creces la media de esperanza de vida de los varones españoles que es de 80.9 años. Por eso me refería antes a la prórroga.

   Tantos años han pasado factura a mi físico y tengo una nutrida colección de micropatologías que, lenta pero inexorablemente, harán que en cualquier momento el partido de mi vida termine sin que valgan más prórrogas, con la agravante de que no oiré el pitido final pues mi sordera se ahonda a ritmo exponencial. Aun así no me quejo, puesto que la cabeza me sigue funcionando razonablemente bien, pese a que comienzan a aparecer los primeros indicios de que ello tampoco durará siempre.

   Prueba de que todavía me quedan neuronas en activo es que mantengo al día un blog (senillar.blogspot. com.es) y de que continúo novelando –lo que he convertido en el leitmotiv de la prórroga a la que aludía antes-. Ahora estoy escribiendo Los Carreño, que es posible que sea mi última narración. Un tardío y pobre homenaje para la que fue madre (e.p.d.) de mis hijos. Que es lo mejor que me ha pasado en la vida, mi esposa y nuestros hijos, de cuya educación me siento particularmente orgulloso, más ahora que estoy cosechando los frutos.

   Como cualquier hijo de vecino he tenido más errores que aciertos, más fracasos que éxitos. En el ámbito profesional, posiblemente me faltó ambición y me sobró indolencia, pero teniendo en cuenta de donde partía el resultado final podría calificarse con el grotesco eufemismo de que he progresado adecuadamente, lo que en román paladino viene a decir que no eres un zoquete pero tampoco una lumbrera. En el plano personal cometí muchos fallos, del que más me arrepiento es que todo lo hice tarde. Fui un adolescente tardío, comencé la universidad cuando mis coetáneos la terminaban, me casé a última hora, tuve hijos en la cuarentena, tengo unos nietos adorables cuando deberían ser biznietos, y no comencé a novelar hasta los setenta. Solo hice pronto una cosa: trabajar, pues a los 19 ya me ganaba los garbanzos. Supongo que habré hecho cosas bien y otras mal, pero tarde. Mas llorar por la leche derramada solo conduce a la melancolía.

   Errores y aciertos, como hombre, esposo, padre, abuelo y profesional han hecho lo que soy: un escéptico octogenario que vive día a día y que piensa poco en el mañana porque, en estos tiempos de pandemia, eso no lo tiene asegurado nadie y si estás jugando la prórroga mucho menos.

   Me gustaría poder escribir otro post el siguiente 12 de octubre, pero lo de la prórroga no está en mis manos. En cualquier caso, gracias por estar ahí. Y cuidaros.

viernes, 9 de octubre de 2020

Libro II. Episodio 61. ¿De qué sería el porte?

   Para solucionar el asunto del acarreo de medicinas hasta Valverde del Fresno, el sábado Julio coge su bicicleta y se encamina a Malpartida a hablar con los arrieros que trabajaban para el patrón de su amigo Argimiro. A medida que se va acercando a la población los recuerdos de su estancia allí se le amontonan, pero hay uno que campea sobre todos, Consuelo. No ha conseguido del todo apartar a la chinata de su cabeza. La quiso con locura, y el primer amor se mete muy hondo en las entrañas. Luchando contra sus recuerdos, llega a la villa. De los carreteros a los que busca solo recuerda que se apodan los Bejucos. Al primer paisano que encuentra le pregunta dónde encontrarlos, y cuando llega a su domicilio resulta que no están, han partido a hacer un porte a Coria y no volverán hasta el día siguiente. Opta por esperarles. Se hospeda en una de las posadas del pueblo y, como no tiene nada mejor que hacer, decide ir a ver a Argimiro, igual no es muy buena idea, pero necesita más información sobre los Bejucos. Sabe que Argimiro, que siempre estuvo a su lado, se casó con su novia de toda la vida, Carolina, la mejor amiga de Consuelo. Como desconoce dónde vive el matrimonio va a casa de los padres de Argimiro donde se alojó los meses que vivió en Malpartida. La tía Martirio, la madre de su amigo, le recibe con un aluvión de preguntas.

   -¡Mecagondié, chacho!, pero que cambiao estás, pa mí que has engordao. Paece que hace cuatro días que te fuiste y han pasao tres años largos. ¿Cómo te fue en la mili?, ¿sabes que tu amigo se ha casao?, ¿y tú, te has casao o sigues soltero?, porque ties  edá pa tener una mujer que te caliente la cama. Vamos, digo yo.

   -Sé que se casó su hijo, tía Martirio, y yo continúo soltero por el momento. La que no ha cambiado es usted, sigue tan dicharachera como siempre. Y justo venía, además de a saludarla, a pedirle la nueva dirección de Argimiro y Carolina para felicitarles.

   -¿Te acuerdas de aquel pajar que teníamos en la calle de las Eras?, pues lo arreglaron y les ha quedao una casita sin pretensiones pero bastante apañá. Allí encontrarás a la parejita que ya me ha dao un nieto y otro que está en camino.

     Al llegar a casa de la joven pareja, Julio golpea la aldaba pero sin esperar a que nadie conteste abre la puerta; en el pueblo no hay casas con puertas cerradas, únicamente se echa la llave cuando los dueños se ausentan. Desde el fondo de la casa una voz de mujer grita:

   -Pasa quien seas, estoy en la cocina -Allí encuentra Julio a Carolina que luce una preñez de cinco o seis meses.

   -¡Ahí va, pero mira quién es, na menos que Julio Carreño! –La sorpresa de la embarazada parece genuina y muestra una gran sonrisa. Julio percibe que es bien recibido por lo que sin pensarlo le planta dos besos en las mejillas a Carolina que, sorprendentemente, se pone colorada cual pimiento de La Vera.

   -Dicen que la maternidad embellece a las mujeres y veo que es cierto, estás más guapa que nunca, Carol.
   -No has cambiao na, chacho, sigues sabiendo decir palabritas que le gustan a cualquier mujer. ¿Y cómo tú por aquí?

   -Venía a veros y a felicitaros por la boda y por los críos. ¿Dónde está el otro?

   -Si das un paso más me lo vas a pisar –y Carolina señala un rústico moisés, que efectivamente está al lado de Julio, y del que no se había apercibido-. No hables mu alto que está dormio, aunque como acaba de mamar tie pa rato –Julio piensa que al paso que van los Sánchez -así se apellida Argimiro- acabarán teniendo familia numerosa porque el mamoncillo que está durmiendo no debe llegar a los dos años y a Carolina le quedan unos meses para parir.

   -¿Y Argimiro?

   -Está en la almazara, no va a tardar mucho. Ni puedes imaginarte el alegrón que se va a llevar al verte. Te recordamos muchas veces, más de las que puedes imaginarte. Una pregunta, si no es indiscreción, ¿te has casao?

   -No, sigo soltero y sin compromiso.

   -Pues a más de una que yo me sé no le importaría na que le echaras los tejos.

   -Vaya, Carol, no conocía tu faceta de casamentera, pero gracias, sé apañármelas solo.

   -¿Me lo vas a decir a mí? Cuéntame de tu vida, anda, que me muero de curiosidá.

   Julio le hace un resumen de su estancia en el ejército, aunque episodios como el de la Dolors no los cuenta. Luego le habla de su actual trabajo y de que ahora vive en Plasencia, junto a su madre que da escuela allí. Carolina aprovecha la mención de la ciudad placentina para preguntar algo que le baila en los labios desde el momento que entró Julio en su casa.

   -¿Sabes quién vive también en Plasencia?

   -Supongo que te refieres a Consuelo. La he visto alguna que otra vez, está como tú, tiene una niña y está esperando otro crío.

   -¿Habéis hablao? –pregunta, curiosa, Carolina.

   -No, la primera vez que nos cruzamos me limité a hacerle un gesto de saludo a lo que me contestó con un amago de sonrisa. Preferí no forzar la situación y no le dije nada, tampoco parecía que ella tuviera muchas ganas de charla.

   -Si no lo digo, reviento. Lo que te hizo fue una marraná más grande que un campanario, tan enamorá que decía que estaba y no te guardó la ausencia. Faltó a la palabra que te había dao y eso no lo hace una mujer honrá.

   -Bueno, esperar tres años es mucho tiempo y supongo que se aburría. Aunque mentiría si no te dijera que me dolió mucho. La quería con toda mi alma…, pero eso ya es agua pasada.

   -¿Sabes lo que haría en tu lugar?, pues buscarme una buena moza, que las hay a patás, y olvidarme del pasao, que la mancha de la mora, con otra verde se quita.

   En esas, que aparece el amo de la casa que al ver a Julio se le echa a los brazos y le estrecha fuertemente.

   -¡Coño, Julio, que alegría verte, cuantas veces te hemos recordao! Te veo como más hecho, como más hombre y no es que no lo fueras antes.

   El matrimonio Sánchez y Julio departen un buen rato contándose la de cosas que han pasado en los tres últimos años hasta que Carolina les deja pues tiene que preparar la cena, a la que han invitado a su amigo. Julio aprovecha la ocasión para preguntar a Argimiro sobre si los Bejucos son gente de fiar.

   -Son buenos arrieros y de su negocio saben lo que se traen entre manos, pero… ¿pa qué los necesitas?

   Julio vacila, no sabe si contarle lo de los medicamentos, al fin opta por fiarse del que siempre fue un buen amigo y que por su recibimiento parece que lo sigue siendo. Le explica para qué necesita a los transportistas y que es imprescindible que sean gente honrada porque lo que van a acarrear no dejan de ser productos para ser vendidos al margen de la ley, y podrían tener la tentación de pedir un precio exorbitante por el transporte o de chantajearle de algún modo.

   -Como ves, necesito contar con gente de la que pueda fiarme. Y para ello no debo tener ninguna duda sobre que son hombres de palabra.

   -¡Joder, Julio, siempre fuiste mu listo y veo que lo sigues siendo! Acabarás haciéndote de oro. Y de los Bejucos te diré que son buenos con las caballerías, pero tienen fama de ser un tanto esquinaos. Pa lo que tú necesitas no creo que te sirvan. Mi consejo es que te busques otros.

   -Gracias por la información. Ahora tengo otro problema, ¿dónde encuentro a unos arrieros que, además de avenirse a llevar mercancía de matute, pueda uno fiarse totalmente?

   -Ahí igual te pueo echar una mano. El tío Fadrique, el dueño de la almazara, todas las campañas vende más aceite del que declara haber prensao, y pa acarrearlo contrata a unos arrieros de Galisteo, llamados los Piñana que, según el Fadrique, son honraos a carta cabal y no le hacen ascos a acarrear mercancías de matute. ¿Por qué no hablas con ellos? Puedes decirles que vas de parte del Fadrique, ya hablaré con mi jefe pa que te respalde si preguntan por ti. Ah, y a mí también me conocen, puedes decirles que eres amigo mío.

   La respuesta de Julio no puede ser más concluyente.

   -¿A cuánto está Galisteo de aquí?

   -Calculo que a unos veinte kilómetros dependiendo del camino que cojas.

   -Pues hecho, mañana pondré rumbo a Galisteo. ¿Los Piñana, eh?, cuéntame todo lo que sepas de ellos.

   Argimiro le refiere que son tres hermanos que descienden de una familia de arrieros de toda la vida pues en Galisteo convergen varias carreteras, lo que hace que haya más de una familia que se dedique al transporte. También le facilita los nombres de los hermanos, así como su dirección y le insiste en que son tipos de fiar. Antes de dormirse esa noche, Julio piensa en el negocio en que va a meterse y la de problemas que tendrá que solucionar hasta que todo marche como la seda. Acaba diciéndose: esto no va a ser todo coser y cantar.

   Al día siguiente, Julio toma su bicicleta y emprende camino a Galisteo. Le cuesta casi dos horas llegar, pues algunos tramos de carretera están muy estropeados y tiene que andar sorteando baches y charcos ya que esa noche ha llovido. El pueblo está ubicado en lo alto de una colina y cuenta con la singularidad de que el río Jerte confluye, dividido en dos brazos, con el Alagón del que es afluente. La localidad, a medio camino entre las ciudades de Plasencia y Coria, está atravesada por cuatro carreteras, aunque alguna de ellas sería más propio denominarla camino. Localizar a los Piñana le resulta fácil. Rápidamente empatiza con ellos, sobre todo con el más joven que es más o menos de su edad. Le cuentan que su padre y su abuelo también fueron arrieros por lo que puede decirse que el oficio lo mamaron desde críos.

   -¿Y se puede saber quién le ha dao nuestro nombre?

   -El tío Fadrique de Malpartida, el de la almazara, y uno de sus trabajadores de confianza, Argimiro Sánchez, que es buen amigo mío.

   -Bien recomendao viene, sí señor. Y si no es mucho preguntar, ¿de qué sería el porte?

   Julio les habla sin tapujos del negocio de los fármacos y les cuenta para qué les necesita. El regateo sobre el precio de los portes desde Plasencia a Valverde es casi una mera formalidad, y rápidamente cierran el trato. Quedan emplazados para dentro de unas dos semanas en que recogerán el primer envío.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 62. Operación Ajude o portugueses