viernes, 9 de octubre de 2020

Libro II. Episodio 61. ¿De qué sería el porte?

   Para solucionar el asunto del acarreo de medicinas hasta Valverde del Fresno, el sábado Julio coge su bicicleta y se encamina a Malpartida a hablar con los arrieros que trabajaban para el patrón de su amigo Argimiro. A medida que se va acercando a la población los recuerdos de su estancia allí se le amontonan, pero hay uno que campea sobre todos, Consuelo. No ha conseguido del todo apartar a la chinata de su cabeza. La quiso con locura, y el primer amor se mete muy hondo en las entrañas. Luchando contra sus recuerdos, llega a la villa. De los carreteros a los que busca solo recuerda que se apodan los Bejucos. Al primer paisano que encuentra le pregunta dónde encontrarlos, y cuando llega a su domicilio resulta que no están, han partido a hacer un porte a Coria y no volverán hasta el día siguiente. Opta por esperarles. Se hospeda en una de las posadas del pueblo y, como no tiene nada mejor que hacer, decide ir a ver a Argimiro, igual no es muy buena idea, pero necesita más información sobre los Bejucos. Sabe que Argimiro, que siempre estuvo a su lado, se casó con su novia de toda la vida, Carolina, la mejor amiga de Consuelo. Como desconoce dónde vive el matrimonio va a casa de los padres de Argimiro donde se alojó los meses que vivió en Malpartida. La tía Martirio, la madre de su amigo, le recibe con un aluvión de preguntas.

   -¡Mecagondié, chacho!, pero que cambiao estás, pa mí que has engordao. Paece que hace cuatro días que te fuiste y han pasao tres años largos. ¿Cómo te fue en la mili?, ¿sabes que tu amigo se ha casao?, ¿y tú, te has casao o sigues soltero?, porque ties  edá pa tener una mujer que te caliente la cama. Vamos, digo yo.

   -Sé que se casó su hijo, tía Martirio, y yo continúo soltero por el momento. La que no ha cambiado es usted, sigue tan dicharachera como siempre. Y justo venía, además de a saludarla, a pedirle la nueva dirección de Argimiro y Carolina para felicitarles.

   -¿Te acuerdas de aquel pajar que teníamos en la calle de las Eras?, pues lo arreglaron y les ha quedao una casita sin pretensiones pero bastante apañá. Allí encontrarás a la parejita que ya me ha dao un nieto y otro que está en camino.

     Al llegar a casa de la joven pareja, Julio golpea la aldaba pero sin esperar a que nadie conteste abre la puerta; en el pueblo no hay casas con puertas cerradas, únicamente se echa la llave cuando los dueños se ausentan. Desde el fondo de la casa una voz de mujer grita:

   -Pasa quien seas, estoy en la cocina -Allí encuentra Julio a Carolina que luce una preñez de cinco o seis meses.

   -¡Ahí va, pero mira quién es, na menos que Julio Carreño! –La sorpresa de la embarazada parece genuina y muestra una gran sonrisa. Julio percibe que es bien recibido por lo que sin pensarlo le planta dos besos en las mejillas a Carolina que, sorprendentemente, se pone colorada cual pimiento de La Vera.

   -Dicen que la maternidad embellece a las mujeres y veo que es cierto, estás más guapa que nunca, Carol.
   -No has cambiao na, chacho, sigues sabiendo decir palabritas que le gustan a cualquier mujer. ¿Y cómo tú por aquí?

   -Venía a veros y a felicitaros por la boda y por los críos. ¿Dónde está el otro?

   -Si das un paso más me lo vas a pisar –y Carolina señala un rústico moisés, que efectivamente está al lado de Julio, y del que no se había apercibido-. No hables mu alto que está dormio, aunque como acaba de mamar tie pa rato –Julio piensa que al paso que van los Sánchez -así se apellida Argimiro- acabarán teniendo familia numerosa porque el mamoncillo que está durmiendo no debe llegar a los dos años y a Carolina le quedan unos meses para parir.

   -¿Y Argimiro?

   -Está en la almazara, no va a tardar mucho. Ni puedes imaginarte el alegrón que se va a llevar al verte. Te recordamos muchas veces, más de las que puedes imaginarte. Una pregunta, si no es indiscreción, ¿te has casao?

   -No, sigo soltero y sin compromiso.

   -Pues a más de una que yo me sé no le importaría na que le echaras los tejos.

   -Vaya, Carol, no conocía tu faceta de casamentera, pero gracias, sé apañármelas solo.

   -¿Me lo vas a decir a mí? Cuéntame de tu vida, anda, que me muero de curiosidá.

   Julio le hace un resumen de su estancia en el ejército, aunque episodios como el de la Dolors no los cuenta. Luego le habla de su actual trabajo y de que ahora vive en Plasencia, junto a su madre que da escuela allí. Carolina aprovecha la mención de la ciudad placentina para preguntar algo que le baila en los labios desde el momento que entró Julio en su casa.

   -¿Sabes quién vive también en Plasencia?

   -Supongo que te refieres a Consuelo. La he visto alguna que otra vez, está como tú, tiene una niña y está esperando otro crío.

   -¿Habéis hablao? –pregunta, curiosa, Carolina.

   -No, la primera vez que nos cruzamos me limité a hacerle un gesto de saludo a lo que me contestó con un amago de sonrisa. Preferí no forzar la situación y no le dije nada, tampoco parecía que ella tuviera muchas ganas de charla.

   -Si no lo digo, reviento. Lo que te hizo fue una marraná más grande que un campanario, tan enamorá que decía que estaba y no te guardó la ausencia. Faltó a la palabra que te había dao y eso no lo hace una mujer honrá.

   -Bueno, esperar tres años es mucho tiempo y supongo que se aburría. Aunque mentiría si no te dijera que me dolió mucho. La quería con toda mi alma…, pero eso ya es agua pasada.

   -¿Sabes lo que haría en tu lugar?, pues buscarme una buena moza, que las hay a patás, y olvidarme del pasao, que la mancha de la mora, con otra verde se quita.

   En esas, que aparece el amo de la casa que al ver a Julio se le echa a los brazos y le estrecha fuertemente.

   -¡Coño, Julio, que alegría verte, cuantas veces te hemos recordao! Te veo como más hecho, como más hombre y no es que no lo fueras antes.

   El matrimonio Sánchez y Julio departen un buen rato contándose la de cosas que han pasado en los tres últimos años hasta que Carolina les deja pues tiene que preparar la cena, a la que han invitado a su amigo. Julio aprovecha la ocasión para preguntar a Argimiro sobre si los Bejucos son gente de fiar.

   -Son buenos arrieros y de su negocio saben lo que se traen entre manos, pero… ¿pa qué los necesitas?

   Julio vacila, no sabe si contarle lo de los medicamentos, al fin opta por fiarse del que siempre fue un buen amigo y que por su recibimiento parece que lo sigue siendo. Le explica para qué necesita a los transportistas y que es imprescindible que sean gente honrada porque lo que van a acarrear no dejan de ser productos para ser vendidos al margen de la ley, y podrían tener la tentación de pedir un precio exorbitante por el transporte o de chantajearle de algún modo.

   -Como ves, necesito contar con gente de la que pueda fiarme. Y para ello no debo tener ninguna duda sobre que son hombres de palabra.

   -¡Joder, Julio, siempre fuiste mu listo y veo que lo sigues siendo! Acabarás haciéndote de oro. Y de los Bejucos te diré que son buenos con las caballerías, pero tienen fama de ser un tanto esquinaos. Pa lo que tú necesitas no creo que te sirvan. Mi consejo es que te busques otros.

   -Gracias por la información. Ahora tengo otro problema, ¿dónde encuentro a unos arrieros que, además de avenirse a llevar mercancía de matute, pueda uno fiarse totalmente?

   -Ahí igual te pueo echar una mano. El tío Fadrique, el dueño de la almazara, todas las campañas vende más aceite del que declara haber prensao, y pa acarrearlo contrata a unos arrieros de Galisteo, llamados los Piñana que, según el Fadrique, son honraos a carta cabal y no le hacen ascos a acarrear mercancías de matute. ¿Por qué no hablas con ellos? Puedes decirles que vas de parte del Fadrique, ya hablaré con mi jefe pa que te respalde si preguntan por ti. Ah, y a mí también me conocen, puedes decirles que eres amigo mío.

   La respuesta de Julio no puede ser más concluyente.

   -¿A cuánto está Galisteo de aquí?

   -Calculo que a unos veinte kilómetros dependiendo del camino que cojas.

   -Pues hecho, mañana pondré rumbo a Galisteo. ¿Los Piñana, eh?, cuéntame todo lo que sepas de ellos.

   Argimiro le refiere que son tres hermanos que descienden de una familia de arrieros de toda la vida pues en Galisteo convergen varias carreteras, lo que hace que haya más de una familia que se dedique al transporte. También le facilita los nombres de los hermanos, así como su dirección y le insiste en que son tipos de fiar. Antes de dormirse esa noche, Julio piensa en el negocio en que va a meterse y la de problemas que tendrá que solucionar hasta que todo marche como la seda. Acaba diciéndose: esto no va a ser todo coser y cantar.

   Al día siguiente, Julio toma su bicicleta y emprende camino a Galisteo. Le cuesta casi dos horas llegar, pues algunos tramos de carretera están muy estropeados y tiene que andar sorteando baches y charcos ya que esa noche ha llovido. El pueblo está ubicado en lo alto de una colina y cuenta con la singularidad de que el río Jerte confluye, dividido en dos brazos, con el Alagón del que es afluente. La localidad, a medio camino entre las ciudades de Plasencia y Coria, está atravesada por cuatro carreteras, aunque alguna de ellas sería más propio denominarla camino. Localizar a los Piñana le resulta fácil. Rápidamente empatiza con ellos, sobre todo con el más joven que es más o menos de su edad. Le cuentan que su padre y su abuelo también fueron arrieros por lo que puede decirse que el oficio lo mamaron desde críos.

   -¿Y se puede saber quién le ha dao nuestro nombre?

   -El tío Fadrique de Malpartida, el de la almazara, y uno de sus trabajadores de confianza, Argimiro Sánchez, que es buen amigo mío.

   -Bien recomendao viene, sí señor. Y si no es mucho preguntar, ¿de qué sería el porte?

   Julio les habla sin tapujos del negocio de los fármacos y les cuenta para qué les necesita. El regateo sobre el precio de los portes desde Plasencia a Valverde es casi una mera formalidad, y rápidamente cierran el trato. Quedan emplazados para dentro de unas dos semanas en que recogerán el primer envío.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 62. Operación Ajude o portugueses

 

viernes, 2 de octubre de 2020

Libro II. Episodio 60. Un nuevo negocio

   A la pregunta del Hurón, antiguo colega de Julio de cuando alijaba en la Raya, de si vende medicinas, el mañego matiza su respuesta.

   -Sí y no, me explico. Vendemos medicinas en aquellos pueblos que, por no tener botica, la gente no puede adquirir medicamentos sino es desplazándose fuera de su localidad. Pero en poblaciones donde hay farmacias no estamos autorizados a venderlas. Por tanto, en Plasencia no las dispensamos.

   -Pues es una putá porque a eso había venio, a comprar medecinas.

   -Vaya a cualquiera de las farmacias de la ciudad y allí podrá adquirirlas.

   -Ya lo hice, ¿pero sabes a qué precios están? Cuestan un riñón. Y yo había pensao que tú me podrías hacer una rebaja, pero si no puedes… ¡Lástima, no habría sido mal negociejo! –Es oír la palabra negocio y a Julio se le despierta el instinto comercial que paulatinamente ha ido adquiriendo.

   -¿A qué negocio se refiere? –pregunta, interesado.

   El Hurón le cuenta que en Portugal, cuyo desarrollo económico es inferior al de España –aunque tampoco el español sea para tirar cohetes-, existe un mercado muy restringido de productos farmacéuticos, incluso algunos preparados ni siquiera los hay en el mercado debido a que cuentan con escasos laboratorios. Por lo que muchos fármacos han de importarse, generalmente de Inglaterra, lo que provoca que los precios sean más caros que en España, donde existe una industria farmacéutica cada vez más pujante radicada en Cataluña. Y cuando los precios de un producto son notablemente diferentes a ambos lados de la Raya, el negocio está al alcance de quien tenga los arrestos y la habilidad suficiente para sortear a la Guardia Civil o a los Carabineros en la frontera española, y a la Guardia Nacional Republicana en la portuguesa. 

   Julio piensa que lo que acaba de explicar el Hurón puede ser un negocio que podría compaginar con su actual trabajo, porque el tío Lázaro podría encargarse de los alijos y él solo tendría que comprar los medicamentos y organizar su traslado hasta donde dijera el Hurón.

   -¿Y se puede ganar mucho?

   -Depende –responde el Hurón, haciendo gala de sus ancestros galaicos.

   -Tío Lázaro que está hablando conmigo, con Julio Carreño –le reconviene el mañego con una media sonrisa.

   -Dije bien, depende de la clase de medecinas y, sobre to, de la cantidá, y si son medecinas de las que allí no hay se gana más. Hay algunas en las que casi se dobla el precio.

   La información del Hurón, Julio no sabe si calculada o ha sido un descuido, sobre que algunos medicamentos doblan su precio en el país vecino, pone en marcha el caletre del mañego que comienza a diseñar mentalmente lo que podría ser un saneado negocio que además podría compaginar con la tienda. Y la transacción podría iniciarse ya mismo porque en la trastienda tiene almacenados los medicamentos que solo vende en los pueblos. Está en un tris de decírselo, pero se contiene, no hay que ponérselo fácil piensa, será mejor manejar el asunto de forma que el Hurón le considere imprescindible.

   -A lo mejor, y aunque es algo complicado, podría ayudarle en lo de la compra de medicinas a precios que fueran más ventajosos que los de las farmacias, pero antes tendríamos que hablar de comisiones y del quién y el cómo, porque yo no pienso volver a cruzar la Raya -Es un ardid para hacerse valer y conseguir más tajada en el negocio que está diseñando mentalmente.

   -Bueno, chacho, hablando se entiende la gente.

   En eso, entra una clienta en la droguería.

   -Déjeme pensarlo y lo hablamos esta tarde después de cerrar. Le espero a las ocho y cuarto en la taberna del Manco.

   En cuanto Julio se queda solo, su primera acción es realizar un rápido arqueo de las existencias de medicamentos que hay en la trastienda. Anota los precios de los preparados más caros y busca los albaranes de los mayoristas que les surten de medicinas. Tienen dos almacenistas principales: uno de Cáceres y otro de Talavera de la Reina, la ciudad toledana que es un importante centro de distribución de productos y servicios. Revisa los precios al por mayor de los proveedores y calcula la comisión que podría pedirles si les comprara mayores cantidades. De pronto cae en la cuenta de algo obvio, si compra a los mismos distribuidores que surten a la droguería, el Bisojo terminará por enterarse en cuanto vuelva a la tienda; tendrá que buscar otros. También piensa que tendría que pedir el envío de la mercancía a otra dirección que no fuera la de la droguería para conseguir dos objetivos: uno, que el Bisojo no se enterara del asunto, pues si no tendría que darle una parte; otro, controlar el flujo de la compraventa de medicamentos y así dominar plenamente uno de los polos del negocio. De esa manera, tendría amarrado el cincuenta por ciento de la gestión. Le quedaría como atar, en la medida de lo posible, la otra mitad; es decir, la venta en tierras lusitanas. Y ahí estaría en manos del tío Lázaro. No se le ocurre la forma de controlar esa parte del posible negocio. Tendrá que fiarse del Hurón, aunque recuerda que su antiguo mentor no tenía fama de ser demasiado probo. No le da más vueltas, es consciente de que en cualquier negocio al margen de la ley existen muchos factores imprevisibles y todo no se puede amarrar desde el inicio. De momento, decide aventurarse y el tiempo dirá si el nuevo negocio resulta.

   Al anochecer y en la taberna del Manco, el Hurón y Julio, tras muchos tiras y aflojas y después de una larga serie de regateos sobre precios, comisiones, competencias, responsabilidades y demás entresijos de todo negocio de tapadillo, llegan a un pacto. Julio se encargará de comprar las medicinas al mejor precio del mercado y asimismo será responsabilidad suya organizar el transporte de Plasencia hasta Valverde del Fresno. A partir de esa localidad, la responsabilidad recaerá en el tío Lázaro, que se encargará de pasar la Raya y vender la mercancía en Portugal. El mañego aclara que necesitará al menos un par de semanas o quizá algo más para que los medicamentos lleguen a su poder. Los beneficios serán al cincuenta por ciento, tras descontar los correspondientes gastos. El acuerdo se rubrica con un apretón de manos, entre hombres que se visten por los pies no es necesario más.

   -La de vueltas que da la vida, Julino. ¿Quién lo iba a decir que después de tantos años nos íbamos a encontrar haciendo otra vez negocios rayanos? –comenta el Hurón al despedirse.

   -Es verdad, tío Lázaro, nunca se sabe lo que puede deparar el futuro. ¿Y sabe algo? El acuerdo al que acabamos de llegar me ha rejuvenecido, me ha hecho volver a mis años de mozuelo cuando iba pegado a su culo por los vericuetos de la Raya.

  Aquella noche, cuando Julio llega a casa, lleva una bandejita de perrunillas, los bizcochos hechos con manteca de cerdo, harina, huevos, ralladura de limón, un poco de canela y azúcar, y que tanto gustan a su madre. Y además una botella de moscatel.

   -¡Vaya, estamos de celebración! ¿Qué toca esta noche? –pregunta doña Pilar.

   Julio se lo ha pensado y ha decidido no contarle a su madre el acuerdo con el Hurón, sabe que le daría un disgusto. Ha preparado el relato de una sustanciosa venta que le reportará una más que respetable comisión y cambia de conversación sin entrar en más detalles.

   -¿Cómo van las clases?

   -Como siempre…, y hablando de dinero, tengo un viejo deseo del que nunca te hablé y este es un buen momento para hacerlo. No me gustaría llegar a vieja sin tener mi propia casa. Siempre viví en casas de alquiler. De pequeña, vivíamos en la casa-cuartel de turno, en San Martín en una casa cedida por el ayuntamiento y aquí también vivo de alquiler. ¿Crees que llegará el día que entre los dos ahorraremos lo suficiente para comprar una vivienda propia, la nuestra? Si no te apetece o tienes otros planes me lo dices que por mí no habrá ningún problema. Por mi parte, lo que me paga el señor Dimas todos los meses lo ingreso en una cartilla de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Badajoz. Y algún día tendré suficiente para cumplir mi sueño.

   -Madre –dice Julio poniéndose solemne-, te prometo que antes de lo que imaginas te podré comprar una casa. Y posiblemente no será necesario que toques tus ahorros. Para mí será una de las mayores satisfacciones poder decir con orgullo: la casa en la que vive mi madre se la regalé yo.

   Julio se mete de lleno en el nuevo negocio de medicamentos para el mercado portugués. Lo primero es contactar con nuevos proveedores. Estudia las opciones que existen, que no son demasiadas pues la distribución de fármacos es un mundo muy cerrado, y finalmente se decanta por dos mayoristas. Uno de Mérida, la antigua colonia romana fundada por orden del emperador Octavio Augusto para servir de retiro a los soldados veteranos o eméritos de algunas de sus legiones. Otro de Salamanca, la ciudad castellana capital de la provincia que limita al norte con Cáceres. Ha alquilado una planta baja, lejos de la almendra central de la ciudad, que le servirá como dirección y sede para recibir y almacenar los pedidos. Su segunda misión es encontrar a un transportista de confianza que acarree la mercancía desde Plasencia a Valverde del Fresno. Indaga donde encontrar un porteador del que pueda fiarse y se topa con la sorpresa de que transportistas hay muchos, pero que sean de fiar para mover mercancía de matute no tantos. Cavila como resolver el problema hasta que recuerda que su amigo Argimiro le habló en más de una ocasión que su patrón, dueño de una almazara, utilizaba los servicios de un carretero del pueblo para trajinar el aceite que vendía sin declarar. Como no es un asunto para confiarlo a otro, resuelve acercarse a Malpartida. No ha vuelto a ver a su amigo desde el día que llegó de la mili, y Argimiro le esperaba en la estación para llevarle en su carro hasta Plasencia. Es recordar el suceso y por asociación evoca a su exnovia lo que le provoca un ligero pinchazo en no sabría decir que parte del cuerpo. Como forma de olvidarse de Consuelo, piensa en su futuro socio y el nuevo negocio que van a emprender.

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 61. ¿De qué será el porte?

 

viernes, 25 de septiembre de 2020

Libro II. Episodio 59. El Hurón

 

   La mujer, que le ha comprado un aceite dérmico a Julio, le pide que se lo dé por la espalda pues no alcanza. Ante la vacilación del mañego, la paisana se explica.

   -Me lo da mi marido, pero no llegará hasta dentro de dos o tres horas –y sin esperar a que Julio responda deja caer las cintas de la combinación.

   Cuando algo más de una hora después, Julio sale de casa de la Carmina y vuelve a la posada va pensando que en cualquier burdel el polvo que acaba de echar le hubiera costado más barato. Has hecho un mal negocio, chacho, se recrimina. Esto no debería volver a pasarte, al menos con un producto del precio del aceite. Te has portado como un pardillo. Que te sirva de lección para el futuro. Una cosa es el negocio y otra echar una cana al aire.

   Aquella noche, tras la cena, Julio juega una partida de tute con el posadero y los hermanos Galván, ropavejeros de Béjar con los que ha coincidido en otras ocasiones. En un receso del juego, el dueño se dirige al mañego y, como el que no quiere la cosa, le pregunta:

   -¿Te ha salio mu cara la Carmina?, no es que me importe, solo es curiosidá.

   Julio de momento se desconcierta, pero se rehace rápidamente, es consciente de que en los pueblos pequeños todo termina sabiéndose pero, como pese a todo no quiere poner en un compromiso a la mujer con la que se ha acostado, se hace el desentendido.

   -No sé de qué vas, Facundo.

   -¡Coño, otro qué ha salido trasquilado por la Carmina! –proclama el menor de los Galván, y dirigiéndose a Julio con una media sonrisa irónica le adoctrina-. Compañero, tendrás que aprender que cuesta menos pagar a una puta de carrera que a una mujer como la Carmina que no es puta de oficio, pero como si lo fuera. Te habrá dicho que su marido no estaba, ¿verdad? Pues seguro que lo tenías en la habitación de al lado pajeándose y pensando en cuanto habrá dejado el incauto de turno. Echar un casquete, a veces sale caro.

   El verano del 94 discurre sin mayores sobresaltos para Julio. En la temporada estival da gusto recorrer las comarcas limítrofes a la Sierra de Gata porque al recibir mayor cantidad de lluvia que las del resto de la región son mucho más verdes y resulta agradable transitar por ellas. Y las ventas están siendo buenas, lo que es recibido por el Bisojo con gran satisfacción. Lo más reseñable que le ha ocurrido al mañego es que una noche que pernoctaba en un mesón de Navalmoral de la Mata una de las criadas, de apreciable buena estampa, le ha estado vacilando o, al menos, eso le ha parecido. Sospecha que se materializa cuando después de la cena la sirvienta se le acerca para preguntarle.

   -¿Es verdá que vendes un agua de colonia francesa que huele de maravilla?

   -Lo es y a lo que huele es a heno recién segado.

   -Será muy cara, ¿no?

   -Cara no, carísima. ¿Por qué me lo preguntas?

   -Porque me gustaría olerla, solo olerla, porque comprarla no pueo permitírmelo.

   Julio intuye claramente lo que parece andar buscando la joven. Pero después de la experiencia con la Carmina anda con mucho más cuidado en la aproximación de mujeres que ofrecen sus favores a cambio de artículos de su carro, algo que puede resultarle más caro que pagar a una de las pupilas del lupanar de la Vero. Aunque como está más fogueado, también ha aprendido a dar gato por liebre. Piensa que si le regala un frasquito de colonia barata, a la que le cambie la etiqueta, puede pasar la noche con la moza por poco dinero.

   -Si solo es olerla, ¿por qué no te pasas por mi cuarto cuándo acabes el trabajo? -La criada no dice nada, al menos verbalmente, pero le guiña un ojo.

   Otro de los cambios que le han acaecido a Julio ha sido que ha comenzado a fumar. Desde que de pequeño padeció de asma, el tabaco le sienta mal, pero en las largas etapas de sus rutas hay veces que se cansa de todo: de pensar, de recordar, de echar cuentas y hasta de cantar –aunque lo hace rematadamente mal-, por lo que echarse algún cigarro de vez en cuando es una forma de matar el tiempo. Puesto que los cigarros le duran poco, en lugar de adquirirlos en un estanco compra tabaco del país que es más barato; por eso en uno los viajes que hace por La Vera recuerda que está en una de las zonas de mayor producción tabaquera de la península, y son muchos –prácticamente casi todos- los cultivadores de tabaco que venden bajo mano una porción del que cosechan para escapar del fisco. No tiene más que preguntar al primero que conoce en Aldeanueva de la Vera, que es donde hace noche hoy.

   -Oye, Graciano, ¿dónde podría comprar tabaco? –pregunta al dueño de la posada donde pernocta.

   -¿Cuántas arrobas quieres?

   -No, hombre, es para mí. ¿Para qué puedo querer unas arrobas?

   El posadero le echa una mirada socarrona y cambia de unidad de peso.

   -¿Con un par de libras tendrás bastante?

   -De sobra. Fumo poco, solo lo hago en los viajes.

   -Mañana, antes de partir, las tendrás. ¿No me preguntas por el precio? –le interpela el patrón.

   -No creo que me cobres más de lo que valga. Me fío de los amigos.

   Con la llegada del otoño reaparece la temida artritis del tío Elías y Julio debe retornar a la tienda. Ahora lo hace con mayor saber que la vez anterior. La primera experiencia como tendero le ha hecho ganar mucha más destreza, y eso es algo que perciben los clientes, especialmente las damas pudientes de la localidad, que no habían vuelto a la droguería desde que se marchó el mañego y ahora han regresado para satisfacción del joven.

   Doña Pilar participa del contento de su hijo, pues vuelve a tenerle en casa y no peregrinando por esos andurriales de los entornos de la Sierra de Gata y sus valles próximos. Madre e hijo vuelven a las sobremesas, sobre todo después de cenar, en la que conversan de mil y una cuestiones, y una sobre la que suelen dialogar es sus respectivas vivencias y sucesos  de la jornada o de los días anteriores. Esta noche, la madre le cuenta como se presenta el nuevo curso 1894-95 en lo que atañe al grupito de estudiantes que cursan con ella el bachillerato por libre.

   -Este curso tendré más alumnos, el grupo ha aumentado a diez.

   -¡Enhorabuena, madre, casi has doblado el número! ¿Y te dan mucha guerra?

   -Salvo algún caso puntual no, en general son buenos muchachos y se portan bien. Vienen muy aleccionados de sus casas, y algún que otro padre me ha dicho que si tengo que castigar o dar un capón a su hijo que no lo dude.

   -¿Y les das algún coscorrón?

   -Que bobadas preguntas. Fuiste a la escuela conmigo, ¿cuándo me viste maltratar a un alumno?

   -Lo decía en broma, madre, no te piques. Pero si no recuerdo mal el curso pasado estabas muy quejosa de un alumno que te traía por la calle de la amargura.

   -Era una alumna y tú la conoces, la pequeña de los Manzano. Y que me ha dado una de las mayores satisfacciones que he tenido desde que ejerzo el magisterio. Al principio, era una niña insoportable: descarada, respondona, pésima estudiante, hablaba de pena; vamos, de los peores alumnos que han pasado por mis manos. Pues bien, si la vieras ahora no la reconocerías, he conseguido darle la vuelta como a un calcetín. Solo te diré que en junio aprobó el ingreso y todas las asignaturas de primero con nota. Cualquier día de estos la vas a ver porque le he pedido que venga a hacerme compañía como ya hacía cuando viajabas. Ahora que ya no viajas, me ha dicho que no quiero molestarnos y por eso no viene.

   -¿Qué edad tiene?, la recuerdo como muy niña.

   -Y lo sigue siendo, en unas semanas cumplirá los doce, y como es muy precoz cualquier día le puede llegar la pubertad. Y hablando de mujeres, ¿sigues saliendo con aquella muchacha que servía en casa del registrador? Nico creo recordar que se llama –Pilar sabe, pues se lo ha contado una vecina aficionada a los dimes y diretes, que a su hijo no se le ha vuelto a ver paseando con la joven de Jarilla, pero prefiere que se lo confirme.

   -No, ya no salimos, nos dimos un tiempo para repensar la relación, pero de eso hace ya la tira… Alguna vez ha vuelto por la droguería y hemos charlado un rato, pero nada más. Hablo más con su señora, la registradora, que con ella.

   -Si crees que me estoy pasando con mis preguntas, dímelo y cambio de tema. Sabes que respeto mucho tu vida privada, pero es la natural curiosidad de madre –Ante el silencio de su hijo, continúa- ¿Estás saliendo con otra?

   Julio vacila unos instantes, los suficientes para que no se le pasen por alto a su madre, pero cuando responde su voz suena firme.

   -Realmente, no. Algún que otro domingo voy con mis amigos a algún baile en un merendero o en el casino, y siempre conoces a alguna chica. Pero son relaciones muy someras, no suelen durar más allá de unas semanas. De lo que se dice una relación seria, nada de nada. Y te prometo una cosa, madre: el día que me eche una novia formal serás la primera en saberlo.

   Y así discurre el otoño y le sucede el invierno, cuando ya muy entrado noviembre un día aparece por la droguería un antiguo conocido de San Martín: el tío Lázaro, más conocido por su apodo, el Hurón, y que fue el mentor de Julio cuando, tras colgar los libros, se dedicó al más lucrativo negocio del contrabando.

   -Tío Lázaro, qué alegría verle, ¿cómo se encuentra?

   -Pos ya ves, voy tirando, aunque los tiempos no están pa tirar na. Y tú, que bien se te ve. Estás hasta más gordo, na que ver con aquel mozuelo que creía saberlo to y no sabía na. Y estás mejor aquí, detrás de un mostraor, que cuando arreabas los mulos por la Raya –El Hurón alude a los tiempos, ya lejanos, en que Julio le ayudaba a trajinar alijos por la frontera hispano-lusa.

   -¿Todavía cruza la Raya? –El tío Lázaro, aunque están solos en la tienda, antes de contestar mira a derecha e izquierda y cuando responde lo hace con voz queda.

   -¿Y qué otra cosa pueo hacer? Los de la tahona siguen sin regalar el pan.

   -La última vez que estuve en San Martín, me dijeron que ya no vive allí.

   -Es que me trasladé a Valverde, así estoy más cerca del negocio. Y hablando de negocios, por eso he venio. Me han contao que también vendes medecinas, ¿es cierto?

 

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro II, Julia, de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 60. Un nuevo negocio