martes, 9 de junio de 2020

Libro I. Episodio 40. Aquí hay de todo, como en botica


   Julio vuelve a estar desubicado, se ha quedado sin nadie con quien compartir sus ratos libres. Ha roto con Dolors y tampoco cuenta con su paisano Agustín. Con los colegas de la Secretaría continua sin empatizar, más allá de salir a almorzar al quiosco de caballería. Le quedan los gemelos Salinas y poco más. Al tener más tiempo libre se dedica más a menudo a la lectura. Aunque el albaceteño Pintado, que es el soldado encargado de la biblioteca de Capitanía, le sigue cayendo gordo, se ha convertido en asiduo asistente a la biblioteca pues es la que tiene más a mano. Un buen día, al salir tras devolver unos libros se tropieza con el morellano Puig del que recuerda que prefiere que le llamen con la versión valenciana de Joaquín.
   -Hombre, Chimo, ¿qué tal te va?
   -Vaya, Julio Carreño Lahoz.
   -Que memorión, te acuerdas hasta de mi segundo apellido.
   -No se trata de memoria, recuerda que trabajo de cartero y tú eres de los que con más regularidad recibes cartas. Y por el tipo de letra deben ser de dos mujeres distintas. Aunque últimamente hay semanas que solo tienes una.
   -Pues sí, son de mi novia y mi madre. ¿Sigues buscando tratados de arquitectura y guías de la ciudad de Palma?
   -De la arquitectura me cansé y además por ahí no va mi futuro, pero del resto de la isla sigo buscando información. Y tú, ¿sigues con lo de la contabilidad?
   -Ahí sigo, pero ahora también busco técnicas de venta.
   -No creo que de eso encuentres nada aquí, pero conozco un sitio donde seguro que encontrarás, en la biblioteca de la Cámara de Comercio.
   -¿Y eso qué es?
   -Es una organización formada por empresarios, comerciantes y dueños de negocios, grandes o chicos, que se unen para que les vayan mejor sus negocios y elevar la productividad.
   -¿Es el organismo que aprueba las leyes que afectan al comercio?
   -No, es una institución privada, no tiene nada que ver con el gobierno. Si quieres, un día quedamos y te llevo a visitarla.
   -Solo tengo libres los domingos.
   -Los domingos la Cámara está cerrada y la biblioteca también…, pero se me ocurre una idea. Al ser cartero salgo a menudo de Capitanía y nadie me controla demasiado. Si quieres puedo buscar libros sobre el asunto de las ventas en la biblioteca de la Cámara, te traigo los que me dejen sacar y cuando los hayas leído, por supuesto antes de que acabe el plazo del préstamo, me los das y los devuelvo.
   -¿Me harías ese favor?
   -Hombre, Carreño, si no nos ayudamos los cuatro gatos que en esta casa frecuentamos la biblioteca, ¿quién nos va a ayudar? Estoy seguro que, si se terciara, tú harías lo mismo por mí.
   Unos días después, Puig se presenta en la Secretaría con un paquete envuelto en papel de periódicos viejos.
   -¿Y Carreño?
   -No está, lo puedes encontrar en el quiosco de caballería.
   -Le dejo este paquete. Le decís que de parte de Puig, el de la estafeta. Que ya me pondré en contacto con él –El morellano echa un vistazo por la ventana que tiene más a mano y no se resiste a hacer un comentario-. Ahora comprendo porque en la casa apodan a vuestra oficina la Pajarera, esto es como un nido de pájaros, no por lo pequeño, sino por lo alto que está.
   En cuanto Julio llega al despacho, encima de su mesa encuentra el paquete que le ha dejado Chimo. Contiene tres libros sobre técnicas de ventas, uno editado en inglés, otro en francés y el tercero en español. El mañego no sabe ni jota de inglés, pero si estudió francés en el bachillerato, aunque su dominio de la lengua de Moliere deja mucho que desear. Al día siguiente, Julio coge el ejemplar en inglés y se va a la estafeta a charlar con su amigo morellano y por extensión valenciano.
   -Chimo, vengo a darte las gracias por los libros y te traigo el de inglés porque de esa lengua no tengo ni repajolera idea. Me quedo con los otros, aunque por lo que he ojeado del español me da la impresión de que está anticuado. En cualquier caso, te vuelvo a dar las gracias y como no sé cómo agradecerte el favor, si no tienes compromiso te invito a merendar el próximo domingo.
   -Hombre, Carreño, ya puedes imaginarte que no te he traído los libros para que me invites. Eso se hace por un amigo y nada más. Eres de los contados de Capitanía con el que se puede hablar de algo más que de titis, de toros y de cuando nos van a licenciar, solo por eso me considero amigo tuyo. Ah, y es una lástima que no sepas inglés porque según el bibliotecario de la Cámara es el mejor manual de los tres. Me ha explicado que lo ha escrito un yanqui y que en Estados Unidos están muy adelantados en técnicas de venta y en algo parecido que llaman márquetin.
   -Entonces tendré que aprender inglés.
   -Yo ya lo estudio, voy por las noches a unas clases organizadas por la Cámara que además son gratis.
   -¿También quieres aprender ventas?
   -¡Que va!, quiero aprender esa lengua porque me he dado cuenta de que en la isla hay muchos extranjeros –Respuesta que más tarde dará que pensar al extremeño.
   Entre bromas y veras discurre la charla. El mañego no recordaba lo extrovertido y ameno que puede llegar a ser el valenciano. Y quedan en que se verán el domingo. Llegada la domenica, como diría un italiano, se juntan ambos peninsulares y van dando un paseo por los alrededores del puerto hasta que se aburren de andar y se sientan en una terraza que está bastante animada. Piden una botella de tinto de la tierra y algo para picar. El camarero que les atiende les propone pinchos, algunos de los cuales les son desconocidos.
   -Hoy tenemos rebanaditas con crema de mejillones, coca de bacalao y coliflor, y creo que quedan croquetas de queso, ah y sardinas a la brasa.
   -A mí me gusta todo lo que ha mencionado menos la coliflor –confiesa Chimo.
   -Entonces, tráiganos una ración de cada menos de coca –encarga Julio.
   La conversación discurre por mil vericuetos hasta que recordando sus infancias terminan hablando de lo que querían ser de niños.
   -Yo lo tenía claro, de niño quería ser contrabandista. Y de mayor tener una cuadra de carros para transportar los alijos que pasara de la Raya –recuerda Julio, y como supone que el valenciano no sabe que es la Raya se lo explica-. En Extremadura llamamos así a la frontera con Portugal.
   -Pues yo quería ser muchas cosas: médico, boticario, maestro, veterinario, juez…, quería tener uno de esos trabajos porque eran los únicos oficios que había en el pueblo que para serlo había que estudiar. A mí es que desde crío me gustó mucho leer y se me daban bien los estudios, pero… -rememora con aire nostálgico Puig sin cerrar la frase.
   -Pero no pudiste estudiar –concluye la frase Julio.
   -De algún modo, si estudié. A los diez años me internaron en el seminario diocesano de Tortosa, que es el obispado al que pertenece Morella. Y allí permanecí hasta que tuve la primera erección. Ocurrirme eso y recordar que los curas no pueden casarse, aunque más de uno tenga sus apaños de extranjis, acabó con mi carrera sacerdotal. Luego, hasta que me tocó la mili, he hecho de todo un poco, he sido agricultor, peón albañil, buscador de setas, camarero y hasta he trabajado en la construcción de carreteras. En fin, en todo lo que se puede trabajar en un pueblo como el mío en el que las oportunidades de encontrar un buen empleo son contadas.
   Y de los recuerdos infantiles pasan a lo que aspiran en el futuro. Julio cuenta cuáles son sus planes: lo primero casarse con su novia de siempre, la que le envía una de las dos cartas semanales, y luego montar algún negocio, poner alguna tienda o establecer un comercio de todavía no sabe qué. Y tampoco tiene claro donde lo establecerá, piensa que quizá en Malpartida, donde vive su novia, o acaso en Plasencia que es la ciudad más importante de la comarca. Por eso está interesado en aprender todo lo posible sobre ventas. El dueño de la bisutería en la que trabaja le ha aconsejado que si se convierte en un buen vendedor podrá vender lo que sea y, por tanto, tener el negocio que quiera o pueda montar.
   -¡Eso sí que es suerte, tío, tener alguien que te dé consejos tan provechosos! –comenta Puig.
   -Vente una tarde a la tienda y te presento al dueño. A lo mejor puede darte algún consejo que te pueda servir –le ofrece el mañego, que de pronto recuerda algo sobre su patrono que no ha contado al morellano-. Ah, no sé si te lo había dicho, el amo de la tienda es brigada y trabaja en Capitanía. Igual lo conoces, el brigada Carbonero.
   -Claro que le conozco. Trabaja en la segunda bis de Estado Mayor, que está en vuestra misma ala pero al final de la zona sur. Ya me parecía a mí que era un tipo con caletre. Y volviendo al futuro te diré que te envidio, Carreño. Te envidio porque tienes muy claro a lo que aspiras cuando acabe esta puta mili. No es mi caso, todavía no tengo decidido qué voy a hacer. Aunque cada vez que pienso en el futuro barrunto que a lo mejor me quedo en Mallorca.
   -¿Quedarte aquí?, ¿y qué se te ha perdido en esta tierra?, ¿te has echado una polaca de novia o algo por el estilo?
   -No, no tengo novia y la pregunta que me hago es la contraria: ¿qué se me ha perdido en mi pueblo? Mi padre murió, mi madre se ha arrejuntado con uno que trabaja de peón caminero y viven en una caseta de Fomento al principio del puerto de Torre Miró. No tengo hermanos ni una novia que me espere. ¿Y tú sabes el frío que puede llegar a hacer en Morella y las nevadas que caen en invierno?, ten en cuenta que está a casi mil metros de altitud. En cambio aquí, las oportunidades de encontrar un buen empleo son muchas, la ciudad es muy cosmopolita y las playas y calas son tan numerosas como preciosas. Además, hace un tiempo primaveral la mayor parte del año.
   -¿Pero te vas a quedar aquí en medio de esta panda de polacos que hablan una lengua que ni Dios entiende?
   La mueca que hace Puig es suficientemente expresiva para que Carreño perciba que su comentario ha incomodado al morellano y su respuesta lo confirma.
   -Para empezar, no son polacos, son mallorquines, y para terminar aquí hay de todo, como en botica.

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
41. ¿Turistas?, ¿y eso qué diablos es?

viernes, 5 de junio de 2020

Libro I. Episodio 39. ¡Qué te den por saco!


   Julio está decidido a romper la adictiva relación que le tiene atado a Dolors, pero hasta ahora lo ha ido posponiendo, lo que ha hecho ha sido darle esquinazo a la moza. La mallorquina piensa que si el extremeño le rehúye tendrá que ser ella quien le busque, y va a esperarle a la salida de la bisutería.
   -¿Te ha pasado algo, rei meu? Te he estado esperando en vano. ¿Qué pasó, te arrestaron?
   El mañego lleva días preparando este momento, pero cuando se encuentra cara a cara con la joven toda su entereza se viene abajo. En cuanto Dolors le hace un arrumaco y siente el roce de su mano sobre la piel sus buenas intenciones se disuelven como un copo de nieve al acariciarlo el sol. Como estaba convencido de que resistiría la atracción de la joven no tiene pensada ninguna excusa, por lo que se acoge a la percha que le ha brindado la muchacha.
   -Pues sí, me arrestaron. Cosas del sargento Fernández que a veces te sale por donde menos esperas. Se empeñó en que había redactado mal un escrito y me metió un puro de una semana de arresto en la compañía. Ni siquiera he podido ir a dormir al piso. Y la verdad es que quería avisarte, pero como esos días no vi a Agustín no pude mandarte recado.
   La muchacha sabe, precisamente por Agustín, que no es verdad lo que cuenta Julio, que no le han arrestado, pero se hace la desentendida y acepta como buena la disculpa. Lo que importa es que le tiene otra vez a su vera. Dolors ha tenido tiempo estos días en los que no ha visto al mañego para reflexionar qué es lo que siente por Julio, y no acaba de tener claros sus sentimientos. No sabe si está enamorada, pero de lo que no tiene ninguna duda es que Julio le gusta a rabiar y piensa que con el paso del tiempo igual acaba enamorándose de él. De momento, vuelve a tenerlo consigo y, como sabe lo que le gusta, está dispuesta a seguir dispensándole sus favores para mantenerlo a su lado como un corderito.
   Días después de su vuelta con Dolors, Julio recibe la carta semanal de su madre en la que le cuenta la victoria alcanzada en su enfrentamiento con el tío Bronchales por el controvertido asunto de la subida de su salario, así como por la pelea del medio punto de beneficios. Impensadamente, el escrito le sienta como una bomba al veleidoso mañego. Una vez más, piensa que su madre está en Plasencia peleando como una jabata para ayudarle en el futuro, mientras él continúa gastándose los cuartos en invitar y comprarle chucherías a la mallorquina. Y hay algo que puede ser mucho peor, pues como la deje embarazada será el fin de todos los sueños compartidos con Consuelo. Y otra vez, y van unas cuantas, decide que ha de cortar la relación con Dolors que a la larga puede traerle problemas que quizá no tengan solución o que sean dolorosamente costosos. Tomada la decisión, esta vez no hace lo que en la ocasión anterior, sino que coge el toro por los cuernos como se dice coloquialmente. Han quedado en verse el domingo por la tarde, y Julio acude a la cita pertrechado con toda clase de argumentos y resuelto a no dejarse enredar por las artimañas de la muchacha.
   -Dolors, tenemos que hablar –le dice nada más verla.
   -Huy, huy, huy, no me gusta na el tono con que lo has dicho, mi cabo –La joven maneja la tecla de tomarse a broma el comienzo de la charla.
   -Sin cachondeos, que no está el horno para bollos. Como sabes perfectamente, porque nunca te lo he ocultado, tengo novia formal en mi tierra, y formal quiere decir que pienso casarme con ella en cuanto termine la mili. Le prometí que guardaría su ausencia y tú sabes mejor que nadie que no lo estoy haciendo. Y no lo hago porque me gustas a rabiar, porque contigo me lo paso fenomenal y porque eres la chica más guapa y maravillosa de todas las Baleares –El mañego utiliza la táctica de darle coba a la muchacha para que el golpe duela menos-…, pero no estoy siendo justo, ni con mi novia ni mucho menos contigo. La realidad es que os estoy engañando a las dos. Y eso no es de un hombre que se vista por los pies. A Consuelo la engaño porque no cumplo nada de lo que le prometí. Y a ti te engaño porque, aunque me gustas un montón, nunca me casaré contigo. Tú vales demasiado para que lleves al lado a un tipo que lo único que pretende es pasarlo bien contigo, pero que más pronto que tarde te dejará. Tenemos que romper la relación, Dolors. Continuarla no será bueno para mí, y mucho menos para ti porque…
   El mañego se ha quedado sin saliva, tal es la pasión con la que habla y el subidón de adrenalina que está experimentando. La joven le ha escuchado con suma atención y no le ha interrumpido en ningún momento. Julio aguarda la reacción de Dolors que no se produce, sigue callada,… hasta que la muchacha rompe en un llanto inconsolable. Eso no se lo esperaba el extremeño y su reacción instintiva es coger a la joven entre sus brazos para consolarla…, pero se retiene, sabe que como vuelva a rozar el cuerpo de la chica toda su entereza saltará por los aires. Deja que la mallorquina se desfogue con el llanto, pero no la toca ni le dice nada. Cuando el caudal de lágrimas de la joven parece haberse agotado y, tras un rosario de suspiros, Dolors comienza a hablar y lo hace en su lengua materna.
   -Ets un malparit, un fill de puta i un cagabandúrries.
   Julio sigue sin hablar el mallorquín, pero ya entiende lo suficiente para saber que lo que acaba de soltarle Dolors no son flores precisamente. Está en un tris de pedirle que no le insulte pues él no lo ha hecho, pero piensa que no podía esperar mucho más de la joven después de lo que le ha dicho, por lo que sigue callado.
   -¿Te crees muy listo, verdad?, pues eres un tros de quòniam i un pelacanyes –Por lo que se ve, a la inquera se le dan mejor los insultos en su lengua materna que en castellano.
   El mañego, que tampoco sabe lo que acaba de endilgarle la mallorquina, se dice que lo mejor que puede hacer es continuar callado.
   -Ni ets home ni vals res, fill de puta. ¡Qué te den por saco! –remata, airadamente, Dolors.
   Y de forma tan abrupta e intempestiva termina la relación entre la mallorquina y el extremeño. En el futuro, únicamente se verán ocasionalmente de lejos y ambos eludirán cualquier aproximación. La ruptura para Julio es doble, pues su paisano Agustín García se ha posicionado a favor de Dolors y ha roto los lazos con el mañego. Para Julio la disolución de su aventura con la joven insular ha supuesto deshacerse de una carga que lo estaba ahogando. Vuelve a centrarse en su trabajo, tanto en la Secretaría de Justicia como en la bisutería, en las cartas a Consuelo y, de vez en cuando, en salir con otros compañeros de Capitanía. Hasta ha hecho un último intento para encontrar a un profesor que le enseñe lo que todavía no sabe de contabilidad, pero no encuentra a nadie y cuando sabe de alguien no puede pagar lo que le piden. Cuando le cuenta a Carbonero lo que le pasa con los estudios, el brigada lo consuela y le hace ver el futuro desde otra perspectiva.
   -No te empeñes en aprender más contabilidad de la que sabes, Carreño. Es posible que te falten conocimientos para llevar los libros de una gran empresa, pero por lo que me has contado eso no forma parte de tus proyectos para cuando vuelvas a tu tierra. Sabes más que suficiente para llevar un negocio del tamaño del mío, que es a lo que podrás aspirar. En lugar de partirte los cuernos con los números lo que tendrías que hacer es intentar convertirte en un buen vendedor. Porque al final de todo negocio, ¿quiénes son los que lo sacan adelante?, pues los vendedores. Sin gente que venda lo que produces, lo que distribuyes o lo que revendes no hay negocio que se mantenga. Esta verdad, tan simple como valiosa, me ha costado más de una década aprenderla, pues nadie me la explicó, la he tenido que deducir por mi cuenta. Tú vas a contar con la ventaja impagable de que tienes alguien que te la enseña. Conviértete en un buen vendedor, aprende los trucos del oficio, profundiza en lo de captar la psicología de los compradores y te aseguro, muchacho, que vas a tener el futuro asegurado, sea lo que sea que hagas.
   Las reflexiones del brigada calan hondo en la mente del mañego. Cuanto más piensa en ellas, más convencido está de que Carbonero tiene razón. Si uno domina el arte de vender y todas sus técnicas anejas puede ser capaz de vender cualquier cosa y, por consiguiente, se puede manejar en cualquier clase de negocio. Lo que hace Julio, además de tomarse muy a pecho el consejo del brigada, es comenzar a pensar en la clase de comercio que podrían montar, y lo piensa en plural porque siempre asocia a Consuelo a sus maquinaciones. Tendría que ser un comercio cuyo montaje no costase demasiado porque el dinero que van a disponer al principio no será mucho. Y un negocio que pueda establecerse en alguno de sus pueblos. Excluye de entrada a San Martín, es demasiado pequeño, y piensa en Malpartida sin desechar a Plasencia que es la capital natural de la zona norte cacereña y la ciudad más populosa de la misma. Va pasando revista a todos los comercios y tiendas que recuerda de ambos pueblos, pues lo ideal sería establecer un negocio que no tuviera competidores. Tras pensarlo detenidamente se dice que lo tendrá que comentar con Consuelo que, como está al pie del cañón, quizá se le ocurran mejores ideas que a él.
   En los siguientes días ya tiene tema para meditar, algo que hace en cada momento de la jornada en que el trabajo no agobia. Sus compañeros de la Secretaría, al verle tan absorto, le toman el pelo. Se ponen tan pesados en sus burlas que al final Julio revienta.
   -¡Bueno, ya está bien de coñas! Un respeto que al fin y al cabo soy vuestro cabo.
   -Amos, anda –replica Medrano-, por mucho galón que lleves para nosotros siempre serás el recluta.
   -Lo que te pasa es que aún no se te ha quitado el cabreo porque te has quedado sin moza que llevarte al catre –apunta Beltrán con toda la mala baba de que es capaz.
   Julio se dice que algo de eso puede ser verdad. Echa de menos a Dolors, aunque todavía resuena en su mente lo de ¡Qué te den por saco!

PD.- Hasta el próximo martes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
40. Aquí hay de todo, como en botica

martes, 2 de junio de 2020

Libro I. Episodio 38. La pelea del medio punto


   Doblarle el brazo al tío Bronchales no fue en absoluto fácil. De él se decía, entre otras muchas habladurías, que los reales que ganaba jamás volvían a ver el sol, pues real que llegaba a sus manos, real que iba a la faltriquera. La partida estuvo en un tris de perderla la maestra pues el prestamista, tras muchos regateos, aceptó aumentarle su salario un veinte por ciento, algo impensable para el usurero unos meses antes. Pero la aragonesa, que ahora conocía de primera mano los entresijos del negocio y los saneados réditos que daba, se obcecó en que le duplicaba la paga o dejaba de llevarle las cuentas. El ultimátum fue demasiado para el Bronchales que se plantó y dijo que no pensaba darle ni una peseta más. Ahí fue cuando la relación estuvo a punto de romperse definitivamente, de hecho la maestra llegó a tener empaquetados los libros de contabilidad para devolverlos. Y cuando todo parecía irremisiblemente roto, la inopinada intervención de Luis Campos propició que ambas partes retomaran el diálogo aunque por persona interpuesta.
   -Señor Dimas, me urge el préstamo. Tengo alquilao el local pa la tienda, pero hay que hacer
unos arreglos y la cuadrilla de albañiles que se va a encargar de las obras me pide un anticipo de ciento veinte duros pa comprar materiales –explica Campos al tío Elías.
   -El préstamo lo tendrás inmediatamente en cuanto la cabezona de la maestra me devuelva los libros. Eso será mañana o pasao lo más tardar.
   -¿Doña Pilar ha dejao de llevarle las cuentas?, ¿y cómo ha sido eso?
   El Bronchales, aunque no es muy dado a contar sus problemas, le refiere a Luis el contencioso que mantiene con Pilar por unas pesetas de nada y que, como no se baja de la pretensión de que le doble el sueldo y a él nadie le pone las peras al cuarto, ha decidido mandarla a paseo y volver a lo de antes: papelitos y memoria. Luis razona al prestamista que, en su opinión, esa no es una buena solución y le hace ver que Pilar le hace más falta a su negocio que él a la aragonesa.
   -Verá, señor Dimas. Pilar Lahoz, hasta donde yo sé y supongo que usted también, no apalea los duros, pero tampoco le falta de na, ni siquiera unas pesetas pa gastarlas en chuminás si ganas tuviera. Por lo que parece, si ella trabaja pa usted es más que na pa darse algún capricho y poco más. Lo que quiere decir que si deja de llevarle las cuentas se va a quedar como antes. Y sí, su negocio también seguirá, pero con más problemas, al menos contables. Y como pa muestra vale un botón, ahí está lo de mi préstamo, usted no me lo puede dar ahora mismo porque le hacen falta los libros que lleva la maestra. ¿Qué usted no quiere doblarle la paga?, lo entiendo, yo tampoco lo haría, pero es que entre parar y correr está el caminar. Si me deja que hable con ella, trataré de que se ponga en razón, en el bien entendido que nunca se hablará del doble de aumento, pero… entre un veinte y un cien por cien hay mucho trecho pa recorrer…y negociar. Y de eso, usted sabe más que nadie –El placentino, que no es tonto, termina trabajándose la vanidad del prestamista.
   El tío Dimas, que aunque le pese sigue necesitando a la maestra, acepta la mediación de Luis y este habla con Pilar. Le hace ver que es una cabezonería obcecarse en que el usurero tiene que doblarle el sueldo y trata de convencerla de que acepte el aumento de la paga otro veinte por ciento más. Así obtendrá un incremento del cuarenta por ciento que no deja de ser una barbaridad de aumento. Y que él se encarga de que la otra parte se trague lo que para el usurero será como tomarse una dosis de aceite de ricino. Pilar le pide tiempo para pensárselo y en el entretanto no se queda mano sobre mano, procura informarse sobre los pactos que se hacen entre empresas y asalariados en el mundo moderno. Y para ello recurre al profesor Hernández, el que fue maestro de su hijo cuando estudiaba contabilidad. Se entrevista con el antiguo profesor de la Escuela de Comercio de Madrid y le cuenta su problema.
   -… y así es como está el asunto, señor Hernández. No es que me vaya la vida en seguir llevándole las cuentas al señor Dimas, pero sí me gustaría continuar porque esas pesetillas extras que me gano me vendrán de perlas cuando Julio vuelva de la mili, y así podré ayudarle si se decide a poner en marcha algún negocio.
   -¡Doña Pilar, no sabe lo que ha logrado! Conseguir que el buitre del Bronchales le suba un cuarenta por ciento el sueldo es una hazaña digna de figurar en un libro de récords si lo hubiera. Mucho debe de hacerle falta para que ese sacacuartos haya llegado a ese extremo, pero… si continúa tirando de la cuerda la va a romper.
   -Entonces la disyuntiva que tengo es: o acepto el cuarenta por ciento de aumento, que dado lo que me paga al final no supone tanto, o hago mutis por el foro y dejo al buitre que se las componga.
   -Tiene otra opción que comienza a usarse en las empresas norteamericanas y que en Europa se está tímidamente abriendo paso. Se llama participación en beneficios, incentivo que el patrón da al empleado dependiendo de las ganancias de la empresa. Hasta donde sé, el Bronchales está moviendo mucho dinero últimamente pues se ha extendido por media provincia, también por parte de Badajoz y hasta tiene deudores en algunos pueblos de las provincias de Toledo y Salamanca. ¿Es así?
   -Efectivamente, profesor. El tío Dimas ha ampliado mucho su negocio en los últimos tiempos y tiene muchos clientes. Creo que su éxito está en el modelo de los préstamos que concede. No dispensa grandes cantidades, sus intereses siendo altos no son los más onerosos, y tiene bastante correa cuando hay que tenerla. Por eso ha crecido tanto y, posiblemente, más que lo va a hacer.
   -Bien, veo que es un negocio con viento en popa como suele decirse. Entonces lo que le propongo es que se olvide de que le doble el salario, acepte ese cuarenta por ciento más de subida, que porcentualmente es mucho, y añada lo siguiente: pídale que una vez al año, cuando hagan el balance del año fiscal, le pague un modestísimo 0,5 por ciento de los beneficios, si los hubiesen habido.
   -Claro que los hay. En el negocio del señor Dimas no existen las pérdidas. Solo hay algún caso, y sobran dedos en una mano para contarlos, de deudores que por fas o por nefas no pueden hacer frente a los vencimientos, bien del interés, bien del principal. Y cuando eso ocurre ya se encarga el tío Feliciano el Cachas y su hijo mayor de que el moroso no vuelva a serlo.
   -Ya sabía que en la usura el concepto de pérdidas es inexistente. Al pedirle ese 0,5 por ciento, añadiendo siempre en el supuesto de que hubiesen beneficios, convierte su petición en algo posible pero nunca seguro y, aunque parezca una patochada, será precisamente ese pequeño matiz el que haga que quizá, y remarco lo del quizá, el Bronchales se lo conceda.
   -¿Y si no acepta este nuevo trato?
   -Entonces, la decisión es suya y el resultado no puede ser otro: o se queda con el cuarenta por ciento de subida o se olvida del Bronchales.
   -Usted, profesor, en mi lugar ¿qué haría?
   -Esa pregunta, y permítame la corrección hecha con el debido respeto, es de las que nunca deberían hacerse. Nunca podemos meternos del todo en la piel de los demás. Ni yo soy usted, ni tengo sus expectativas. Ahora bien, por ser la madre de quien es haré una excepción y le contestaré. Si el Bronchales no se apea del burro, cosa que no me extrañaría, y se empecina en lo del cuarenta de aumento y ni un real más, yo lo aceptaría, pero… en cuanto le pillara en un momento de flaqueza, volvería a plantearle lo del 0,5 por ciento de los beneficios, si existieran. Eche cuentas, y verá el montón de dinero que podría llevarse.
   Doña Pilar, siguiendo los consejos de Hernández, le cuenta a Luis Campos que se lo ha pensado mucho y que está dispuesta a quedarse con el cuarenta por ciento de aumento de salario, con una condición: cuando cuadren los balances anuales, y solo en el supuesto de que los beneficios superaran con creces a los gastos, exactamente más del doble, entonces el señor Dimas le abonará un modestísimo medio punto por ciento de esos beneficios. Esa es una variante que ha introducido la aragonesa que ha vuelto a echar cuentas. El placentino, que no es demasiado ducho en cuestión de números, no acaba de entender del todo lo que realmente propone Pilar, pero se queda con la idea de que puede volver donde el prestamista y jactarse de que, gracias a su buena mano, la maestra se conforma con la subida pactada y la menudencia de medio punto sobre los beneficios cuando estos superen en el cien por cien a los gastos.
   -Y no es por echarme flores, señor Dimas, pero ya ve lo que le he conseguido. Le confieso que fui a hablar con la maestra con la predisposición de que tendría que regatear con ella más que un tratante de guarros en la feria de julio, pero lo que son la mujeres, se ve que la cogí en un día de esos tontos que a veces tienen o no sé lo que fue, pero al final aceptó la subida del cuarenta por ciento a lo que añadió esa ridiculez del medio punto. Y no crea que no me costó, estuve más de media tarde charlando con ella, que si patatín, que si patatán, porque la jodía es dura de pelar, pero al final me la llevé al huerto…, en el buen sentido, naturalmente. Y es que, como he dicho, no es por echarme flores, pero con las mujeres tengo buena mano. Y dao el buen resultao de mis gestiones, espero que me haga una pequeña rebaja en el interés del préstamo. Creo que me lo he ganao a pulso.
  Nadie sabe lo que pudo pasar por la cabeza del Bronchales, que al revés que el placentino sí sabe mucho de números, pero ante la sorpresa de Pilar, del profesor Hernández y de Julio cuando se le contó en su siguiente carta, el prestamista aceptó la propuesta que le llevó Luis. Y así se solucionó la confrontación entre Pilar y su patrón, que la familia Carreño-Lahoz siempre recordó como la pelea del medio punto y que tanto peso iba a tener en su futuro, aunque ellos no lo pudiesen imaginar en ese momento.

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
39. ¡Qué te den por saco!