martes, 2 de junio de 2020

Libro I. Episodio 38. La pelea del medio punto


   Doblarle el brazo al tío Bronchales no fue en absoluto fácil. De él se decía, entre otras muchas habladurías, que los reales que ganaba jamás volvían a ver el sol, pues real que llegaba a sus manos, real que iba a la faltriquera. La partida estuvo en un tris de perderla la maestra pues el prestamista, tras muchos regateos, aceptó aumentarle su salario un veinte por ciento, algo impensable para el usurero unos meses antes. Pero la aragonesa, que ahora conocía de primera mano los entresijos del negocio y los saneados réditos que daba, se obcecó en que le duplicaba la paga o dejaba de llevarle las cuentas. El ultimátum fue demasiado para el Bronchales que se plantó y dijo que no pensaba darle ni una peseta más. Ahí fue cuando la relación estuvo a punto de romperse definitivamente, de hecho la maestra llegó a tener empaquetados los libros de contabilidad para devolverlos. Y cuando todo parecía irremisiblemente roto, la inopinada intervención de Luis Campos propició que ambas partes retomaran el diálogo aunque por persona interpuesta.
   -Señor Dimas, me urge el préstamo. Tengo alquilao el local pa la tienda, pero hay que hacer
unos arreglos y la cuadrilla de albañiles que se va a encargar de las obras me pide un anticipo de ciento veinte duros pa comprar materiales –explica Campos al tío Elías.
   -El préstamo lo tendrás inmediatamente en cuanto la cabezona de la maestra me devuelva los libros. Eso será mañana o pasao lo más tardar.
   -¿Doña Pilar ha dejao de llevarle las cuentas?, ¿y cómo ha sido eso?
   El Bronchales, aunque no es muy dado a contar sus problemas, le refiere a Luis el contencioso que mantiene con Pilar por unas pesetas de nada y que, como no se baja de la pretensión de que le doble el sueldo y a él nadie le pone las peras al cuarto, ha decidido mandarla a paseo y volver a lo de antes: papelitos y memoria. Luis razona al prestamista que, en su opinión, esa no es una buena solución y le hace ver que Pilar le hace más falta a su negocio que él a la aragonesa.
   -Verá, señor Dimas. Pilar Lahoz, hasta donde yo sé y supongo que usted también, no apalea los duros, pero tampoco le falta de na, ni siquiera unas pesetas pa gastarlas en chuminás si ganas tuviera. Por lo que parece, si ella trabaja pa usted es más que na pa darse algún capricho y poco más. Lo que quiere decir que si deja de llevarle las cuentas se va a quedar como antes. Y sí, su negocio también seguirá, pero con más problemas, al menos contables. Y como pa muestra vale un botón, ahí está lo de mi préstamo, usted no me lo puede dar ahora mismo porque le hacen falta los libros que lleva la maestra. ¿Qué usted no quiere doblarle la paga?, lo entiendo, yo tampoco lo haría, pero es que entre parar y correr está el caminar. Si me deja que hable con ella, trataré de que se ponga en razón, en el bien entendido que nunca se hablará del doble de aumento, pero… entre un veinte y un cien por cien hay mucho trecho pa recorrer…y negociar. Y de eso, usted sabe más que nadie –El placentino, que no es tonto, termina trabajándose la vanidad del prestamista.
   El tío Dimas, que aunque le pese sigue necesitando a la maestra, acepta la mediación de Luis y este habla con Pilar. Le hace ver que es una cabezonería obcecarse en que el usurero tiene que doblarle el sueldo y trata de convencerla de que acepte el aumento de la paga otro veinte por ciento más. Así obtendrá un incremento del cuarenta por ciento que no deja de ser una barbaridad de aumento. Y que él se encarga de que la otra parte se trague lo que para el usurero será como tomarse una dosis de aceite de ricino. Pilar le pide tiempo para pensárselo y en el entretanto no se queda mano sobre mano, procura informarse sobre los pactos que se hacen entre empresas y asalariados en el mundo moderno. Y para ello recurre al profesor Hernández, el que fue maestro de su hijo cuando estudiaba contabilidad. Se entrevista con el antiguo profesor de la Escuela de Comercio de Madrid y le cuenta su problema.
   -… y así es como está el asunto, señor Hernández. No es que me vaya la vida en seguir llevándole las cuentas al señor Dimas, pero sí me gustaría continuar porque esas pesetillas extras que me gano me vendrán de perlas cuando Julio vuelva de la mili, y así podré ayudarle si se decide a poner en marcha algún negocio.
   -¡Doña Pilar, no sabe lo que ha logrado! Conseguir que el buitre del Bronchales le suba un cuarenta por ciento el sueldo es una hazaña digna de figurar en un libro de récords si lo hubiera. Mucho debe de hacerle falta para que ese sacacuartos haya llegado a ese extremo, pero… si continúa tirando de la cuerda la va a romper.
   -Entonces la disyuntiva que tengo es: o acepto el cuarenta por ciento de aumento, que dado lo que me paga al final no supone tanto, o hago mutis por el foro y dejo al buitre que se las componga.
   -Tiene otra opción que comienza a usarse en las empresas norteamericanas y que en Europa se está tímidamente abriendo paso. Se llama participación en beneficios, incentivo que el patrón da al empleado dependiendo de las ganancias de la empresa. Hasta donde sé, el Bronchales está moviendo mucho dinero últimamente pues se ha extendido por media provincia, también por parte de Badajoz y hasta tiene deudores en algunos pueblos de las provincias de Toledo y Salamanca. ¿Es así?
   -Efectivamente, profesor. El tío Dimas ha ampliado mucho su negocio en los últimos tiempos y tiene muchos clientes. Creo que su éxito está en el modelo de los préstamos que concede. No dispensa grandes cantidades, sus intereses siendo altos no son los más onerosos, y tiene bastante correa cuando hay que tenerla. Por eso ha crecido tanto y, posiblemente, más que lo va a hacer.
   -Bien, veo que es un negocio con viento en popa como suele decirse. Entonces lo que le propongo es que se olvide de que le doble el salario, acepte ese cuarenta por ciento más de subida, que porcentualmente es mucho, y añada lo siguiente: pídale que una vez al año, cuando hagan el balance del año fiscal, le pague un modestísimo 0,5 por ciento de los beneficios, si los hubiesen habido.
   -Claro que los hay. En el negocio del señor Dimas no existen las pérdidas. Solo hay algún caso, y sobran dedos en una mano para contarlos, de deudores que por fas o por nefas no pueden hacer frente a los vencimientos, bien del interés, bien del principal. Y cuando eso ocurre ya se encarga el tío Feliciano el Cachas y su hijo mayor de que el moroso no vuelva a serlo.
   -Ya sabía que en la usura el concepto de pérdidas es inexistente. Al pedirle ese 0,5 por ciento, añadiendo siempre en el supuesto de que hubiesen beneficios, convierte su petición en algo posible pero nunca seguro y, aunque parezca una patochada, será precisamente ese pequeño matiz el que haga que quizá, y remarco lo del quizá, el Bronchales se lo conceda.
   -¿Y si no acepta este nuevo trato?
   -Entonces, la decisión es suya y el resultado no puede ser otro: o se queda con el cuarenta por ciento de subida o se olvida del Bronchales.
   -Usted, profesor, en mi lugar ¿qué haría?
   -Esa pregunta, y permítame la corrección hecha con el debido respeto, es de las que nunca deberían hacerse. Nunca podemos meternos del todo en la piel de los demás. Ni yo soy usted, ni tengo sus expectativas. Ahora bien, por ser la madre de quien es haré una excepción y le contestaré. Si el Bronchales no se apea del burro, cosa que no me extrañaría, y se empecina en lo del cuarenta de aumento y ni un real más, yo lo aceptaría, pero… en cuanto le pillara en un momento de flaqueza, volvería a plantearle lo del 0,5 por ciento de los beneficios, si existieran. Eche cuentas, y verá el montón de dinero que podría llevarse.
   Doña Pilar, siguiendo los consejos de Hernández, le cuenta a Luis Campos que se lo ha pensado mucho y que está dispuesta a quedarse con el cuarenta por ciento de aumento de salario, con una condición: cuando cuadren los balances anuales, y solo en el supuesto de que los beneficios superaran con creces a los gastos, exactamente más del doble, entonces el señor Dimas le abonará un modestísimo medio punto por ciento de esos beneficios. Esa es una variante que ha introducido la aragonesa que ha vuelto a echar cuentas. El placentino, que no es demasiado ducho en cuestión de números, no acaba de entender del todo lo que realmente propone Pilar, pero se queda con la idea de que puede volver donde el prestamista y jactarse de que, gracias a su buena mano, la maestra se conforma con la subida pactada y la menudencia de medio punto sobre los beneficios cuando estos superen en el cien por cien a los gastos.
   -Y no es por echarme flores, señor Dimas, pero ya ve lo que le he conseguido. Le confieso que fui a hablar con la maestra con la predisposición de que tendría que regatear con ella más que un tratante de guarros en la feria de julio, pero lo que son la mujeres, se ve que la cogí en un día de esos tontos que a veces tienen o no sé lo que fue, pero al final aceptó la subida del cuarenta por ciento a lo que añadió esa ridiculez del medio punto. Y no crea que no me costó, estuve más de media tarde charlando con ella, que si patatín, que si patatán, porque la jodía es dura de pelar, pero al final me la llevé al huerto…, en el buen sentido, naturalmente. Y es que, como he dicho, no es por echarme flores, pero con las mujeres tengo buena mano. Y dao el buen resultao de mis gestiones, espero que me haga una pequeña rebaja en el interés del préstamo. Creo que me lo he ganao a pulso.
  Nadie sabe lo que pudo pasar por la cabeza del Bronchales, que al revés que el placentino sí sabe mucho de números, pero ante la sorpresa de Pilar, del profesor Hernández y de Julio cuando se le contó en su siguiente carta, el prestamista aceptó la propuesta que le llevó Luis. Y así se solucionó la confrontación entre Pilar y su patrón, que la familia Carreño-Lahoz siempre recordó como la pelea del medio punto y que tanto peso iba a tener en su futuro, aunque ellos no lo pudiesen imaginar en ese momento.

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
39. ¡Qué te den por saco!

viernes, 29 de mayo de 2020

Libro I Episodio 37. La prueba del nueve


   Doña Pilar ha mejorado mucho en la tarea de llevar los libros del tío Dimas el Bronchales. Hasta que la maestra no se hizo cargo de sus balances, el usurero llevaba la cuenta de los préstamos en hojitas de papel que en más de una ocasión traspapeló, compensando el arcaico sistema con una prodigiosa memoria. Ahora la aragonesa maneja unos libros en los que anota cada una de las operaciones que hace el usurero, la fecha en que se sustanció el préstamo, el tiempo de duración, el interés al que se prestó y demás detalles complementarios. Dado que en los tiempos que corren, y concretamente en la zona norte de Cáceres, existen muy pocos bancos, los prestamistas cumplen con la función de facilitar los capitales necesarios para poner en marcha un nuevo negocio, ampliar otro ya existente o paliar los efectos de una mala cosecha. Claro que a un interés muy superior al legalmente establecido que es el seis por ciento.
   Han pasado escasos meses desde que Pilar se hizo cargo de la administración del negocio, pero han sido suficientes para que su actuación se haya notado. El negocio ha mejorado muchísimo, pues la maestra no solo lleva las cuentas y escribe cartas y requerimientos, sino que también intenta convencer a los clientes morosos que es mejor que paguen, aunque sean a plazos, antes que los perdonavidas del prestamista les muelan las costillas o algo peor. De tal manera ha progresado el negocio que el tío Bronchales ha confesado a su mujer que sin la ayuda de Pilar ahora no sabría cómo apañárselas, confesión que al parecer ha trascendido. Algo de eso está intuyendo la inteligente aragonesa, lo que le lleva a pensar que debería sacar partido de esa circunstancia y pedir un aumento de sueldo porque el estipendio que le da el tío Dimas es más bien exiguo.
   Una tarde, cuando la maestra termina sus clases, al llegar a casa la está esperando la tía Etelvina, la comadrona de San Martin, persona de toda confianza de Pilar que valora mucho el sentido común y la mundología de la partera. En el curso de la conversación, Etelvina le refiere uno de los cotilleos que corren por la comarca.
   -Me ha llegado el rumor de que el Bronchales te come de la mano.
   -¡Bueno es el señor Dimas!, ese no come de la mano de nadie, ni siquiera de la de su hija.
   - Pues según me han contado, su mujer va diciendo por ahí que su marido asegura que eres la mejor inversión que ha hecho desde que prestó dinero al obispado de Coria.
   -Dudo que el señor Dimas vaya contando detalles del negocio.
   -Ahora es el señor Dimas, antes era el tío Bronchales, ¡vaya cambio, Pilar!
   -Mujer, al fin y al cabo es mi jefe, se merece un mínimo respeto, y no hagas caso de los chismes, la gente habla por hablar.
   -Si eso que cuentan fuera verdad y llegaras a confirmar que le haces tan buen papel al Bronchales, ¿piensas sacar provecho de la circunstancia?
   -No lo tengo claro, pero supongo que lo que podría hacer sería pedirle un aumento de sueldo porque me paga una miseria. 
   -Y con la fama de rácano que tiene el Bronchales, ¿crees que te subirá la paga?
   -Depende de cómo sepa negociarlo. Si lo hago bien y en el momento oportuno, creo que le podría sacar más cuartos de los que me paga ahora.
   -Hay que ver, Pilar, convertida en toda una negociante. ¡Quién te ha visto y quién te ve!
   El revés de la moneda, en muchos aspectos, es el caso de Julio. Su trabajo fuera del ejército no ha experimentado ninguna progresión, se ha estancado. Continúa llevando la contabilidad de los negocios de bisutería del brigada Carbonero, a la que no necesita dedicarle demasiado tiempo pues no es nada compleja. En lo único que ha progresado es como vendedor, dado que se pasa más tiempo detrás del mostrador que en la trastienda. En lo que también está empantanado es en su relación con Dolors. Se dice, día sí, día también, que debería dejarla, pues en cualquier momento puede ocurrir, aunque ambos toman precauciones, que la joven mallorquina quede preñada y entonces no va a tener más remedio que casarse con ella, con lo cual tendrá que despedirse de todos los planes que algún día, todavía lejano, piensa compartir con la mujer de su vida. Porque esa es otra, el mañego sigue queriendo a la chinata con toda su alma, pero… Consuelo está a ochocientos sesenta quilómetros, más o menos, y a la Dolors la tiene a la vuelta de la esquina, como quien dice. El resultado de ese modo de pensar no podía ser otro: el mañego sigue saliendo con la joven mallorquina y sus encuentros siguen siendo igual de tórridos desde aquella noche en la bajera. Todo continúa así hasta que a Julio le llega una carta que le deja sin resuello. ¡Dios sabe cómo ha podido enterarse su madre!, pero en su última misiva afirma estar muy preocupada por la “mala vida” que lleva en Palma. No se atreve a preguntar, y más por escrito, a que se refiere con lo de “mala vida”, pero el uso de las comillas, de las que sabe no ser muy partidaria doña Pilar, hace que se le disparen todas las alarmas. ¿Es posible que se haya enterado de su lío con la Dolors? Y si es así, ¿cómo coño ha logrado enterarse? La única explicación plausible que se le ocurre es que Agustín se lo haya comentado a algún paisano o a alguien relacionado con extremeños, y de esa forma la noticia ha llegado a oídos de su madre. Claro, se dice, que lo de la “mala vida” podría referirse a otra cuestión, pero por mucho que repasa su comportamiento, más bien rutinario, no encuentra en su conducta nada que pueda calificarse como de “mala vida”. Forzosamente, ha de referirse al lío con la joven mallorquina. Tras darle muchas vueltas y analizarlo por la cara y el envés, toma dos resoluciones: una no preguntar a su madre a qué se refiere, otra dejar de ver a la Dolors. Sabe que le costará conseguirlo, pero cree que si es capaz de aguantar dos o tres semanas sin verla, también será capaz de superar su adicción por la muchacha. Aunque en un arranque de sinceridad se dice que más que adicción por la joven, habría que decir adicción al sexo.
   Ajena al mal momento que está atravesando su hijo, a doña Pilar le llegan más habladurías sobre lo satisfecho que está el señor Dimas con su trabajo. Lo que hasta hora es un cotilleo deja de serlo, cuando un día un desconocido va a visitarla a la escuela. Se presenta como Luis Campos, industrial lácteo. Doña Pilar al oír el nombre del visitante lo ha identificado como el joven que, según los rumores, está paseándole la calle a la novia de su hijo. ¿Qué querrá este chico?, ¿querrá hablarme de Consuelo o quizá de mi hijo?, se pregunta; pero al interrogarle por el motivo de su visita Luis le contesta que quiere hablarle de un asunto de negocios. La maestra le indica que podrá atenderle al final de la sesión vespertina. Cuando Campos vuelve, doña Pilar va directa al grano.
   -Pues usted dirá.
   -Me dicen que usted lleva las cuentas del Bronchales.
   -¿Y…? –Sabiendo quien es el joven, Pilar se anda con mucho tiento y habla lo justo.
   El vaquero le cuenta que está en tratos con el usurero pues quiere independizarse de sus padres, y necesita que alguien le preste dinero para montar su primera tienda en la que vender productos lácteos. Al principio, les pidió dinero a sus padres, a lo que estos se negaron pues les pareció un disparate que tratara de hacer la competencia al negocio familiar que acabará siendo suyo. Después lo intentó con otros familiares, pero todos hicieron causa común con sus padres. Hasta que se enteró de que en marzo del pasado año, y a propuesta de la Sociedad Económica de Amigos del País, se había fundado la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Badajoz, uno de cuyos objetivos era fomentar la inversión para la creación de nuevos negocios en la región. Se dirigió a la Caja, pero al faltarle garantías con las que avalar el préstamo no se lo concedieron. Total, que terminó en manos del Bronchales, que sí que le otorgó el préstamo, pero que lo condicionó a que no fuera firme hasta que su mano derecha lo contabilizara…
   -… ¡y resulta que su mano derecha es usted! ¡Quién lo iba a decir! Y lo que le pido es que agilice todo lo que pueda el préstamo.
   Es la confirmación que doña Pilar esperaba conocer. Lo que le ha contado Campos no es un chisme de los que corren por la ciudad. El Bronchales la necesita y aunque se dice que nadie es imprescindible en esta vida, eso siempre suele ser relativo, hay personas que hacen más falta que otras. La aragonesa es consciente que a ella no le hace falta el tío Bronchales, puede pasar perfectamente sin los cuatro duros que le da por llevar sus cuentas, pero por lo que parece al usurero si le hace falta ella. Lo que no sabe es hasta qué punto. Y como es una mujer resuelta, y tiene poco que perder, decide realizar una sui generis prueba del nueve, el artificio matemático que le enseñó una vieja maestra que tuvo en primaria, y que se usa para verificar de forma sencilla si una operación de cálculo, realizada a mano, da un resultado erróneo.
   -Señor Dimas, estoy muy disgustada, pero tengo que contárselo. El inspector de enseñanza se ha enterado que le llevo las cuentas y me ha prohibido que siga haciéndolo. Dice que usted tiene mala fama y que eso no le conviene al prestigio de la escuela.
   -Ese inspector tiene menos luces que el bobo de Coria. ¿Se puede saber por qué no le conviene que trabaje para mí?
   -Ya se lo he dicho, por el prestigio de la escuela. No quiero que se disguste, pero tendré que dejarle.
   -¡Pero, mujer!, ¿usted sabe el estropicio que me hace dejándome ahora? Algún modo habrá de solucionarlo, ¿no?
    Y lo hay. La maestra le cuenta que si le dobla lo que le paga, convencerá al funcionario de que puede mejorar el prestigio de la escuela porque una parte de lo que gane de más lo invertirá en comprar nuevo material didáctico, ya que el actual está muy deteriorado. La aragonesa es consciente de la endeblez del argumento, pero no se le ha ocurrido otro mejor. Ahora comprobará lo que vale para el prestamista y verá si la teórica prueba del nueve, aplicada a esta situación, funciona.

PD.- Hasta el próximo martes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
38. La pelea del medio punto

martes, 26 de mayo de 2020

Libro I Episodio 36. Las dudas son cada vez mayores


   Pasada la revisión médica, a los dos días comienzan las pruebas más exigentes del examen a cabo segundo. La primera es un ejercicio escrito para comprobar la capacidad de redacción y el conocimiento de la lengua española. Cuando se publican las notas en el tablón de anuncios del cuartel de artillería de costa, lugar en que se llevan a cabo las pruebas, Julio tiene que acordarse una vez más de su madre, gracias a sus dictados obtiene una nota de 9,5 sobre 10. Como posteriormente le contó el sargento Fernández, que se ha tomado muy a pecho que su soldadito no solo apruebe sino que saque un buen número, el tribunal consideró que tanto la sintaxis como el dominio ortográfico de Carreño fueron los mejores del grupo de aspirantes. Como las pruebas son eliminatorias, tras la prueba de lengua el número de candidatos disminuye. El segundo ejercicio, también escrito, consiste en contestar preguntas sobre las Reales Ordenanzas de las fuerzas armadas. Es el examen al que Julio más teme pues es el que peor ha preparado. Tiene suerte y lo saca adelante con una más que aceptable nota, un 6,8. Esta prueba ha sido crucial ya que el número de aspirantes queda por debajo de las plazas en liza. En ese momento, el mañego es el tercero de la lista de candidatos por lo que recibe la felicitación anticipada de Fernández.
   -Si estuvieras compitiendo en unas olimpiadas, con el número que tienes ahora ganarías la medalla de bronce. Que seas medallista es un orgullo para esta Secretaría, no deberías de bajar de ese puesto. Por tanto, leña al mono que es de goma.
   Finalmente, se celebra la temida prueba oral. Prueba que es el coco para todos los examinandos porque al ser el objeto del examen tan amplio, preguntas sobre cultura general, es imposible no tener fallos. Puesto que en el sorteo inicial, para ver porque apellido se comenzaba a examinar, salió la letra ele, Julio ha tenido tiempo para ver la clase de preguntas que más repite el tribunal. Y se da cuenta que uno de los vocales, un teniente que debe de estar puesto en geografía, insiste en preguntar sobre orografía e hidrografía española y que, si el examinando da muchos datos sobre lo preguntado, al tribunal no le importa el tiempo que emplee, con lo cual queda menos tiempo para otras preguntas. El mañego reza para que le pregunten sobre cuestiones geográficas, pues es una de las materias que su madre le machacó haciéndole rellenar interminables mapas mudos. Llegado el momento del examen, la primera pregunta que plantea uno de los vocales es una que en principio parece facilita.
   -Defina el fusil.
   -Es un arma de fuego portátil de cañón largo que…
   -Bien –le corta el vocal-. Díganos las diferencias entre fusil, carabina y mosquetón.
   -Pues… el fusil es el arma más usada en el ejército, en cuanto a la carabina… -Julio no recuerda mucho más y se embarulla en la respuesta. Está pagando sus ausencias en las clases de teórica del campamento. El oficial desiste de seguir interrogando y pasa el testigo al teniente que suele preguntar de geografía.
   -¿Cuál es el río más importante de España? –La pregunta es ambigua y tiene trampa.
   El mañego se dice que no solo debe dar con la respuesta correcta, sino además lucirse para borrar la mala impresión que ha podido dejar en el tribunal su incompleta respuesta sobre las armas de fuego.
   -Con su permiso, mi teniente, su pregunta me exige precisar la respuesta por lo que tendré que extenderme. Si solo nos referimos a la longitud el río más largo es el Tajo y, por tanto, podría ser el más importante, aunque aproximadamente un veinte por ciento de su recorrido discurre por Portugal. Pero si nos referimos solamente al curso dentro de la nación española, el más largo es el río Ebro. También en cuanto a caudal es el primero. Además, si mi teniente lo permite, tengo que agregar que el Ebro también es el río que atraviesa más regiones de España, pues nace en Fontibre, provincia de Santander que pertenece a Castilla la Vieja, pasa por Las Vascongadas, discurre por Navarra, cruza Aragón y desemboca en Los Alfaques, cerca de Tortosa, ciudad que pertenece a Cataluña. Por lo que se podría afirmar que globalmente el Ebro es el río más importante de España…
   -Bien, bien, ya veo que estás puesto en geografía, algo que para un militar siempre es una disciplina importante –le corta el oficial.
   El presidente del tribunal, capitán de ingenieros, le formula otra pregunta que realmente es una ratonera.
   -¿Quién reina ahora en España?
   Julio se apresura a contestar pues sabe la respuesta, pero en el último segundo se da cuenta de la trampa que encierra la pregunta y modifica su contestación.
   -En este momento quien ejerce la jefatura del estado es la regente doña María Cristina de Habsburgo-Lorena, augusta madre de su hijo que, cuando cumpla la mayoría de edad, será rey de España con el nombre de Alfonso XIII.
   El presidente del tribunal, con un amago de sonrisa, ordena:
   -Puede retirarse, soldado.
   Cuando Julio deja la sala un grupo de compañeros se abalanzan para felicitarle pues, al decir de muchos de ellos, ha sido el mejor examen oral que han oído hasta la fecha. Incluso alguno se atreve a pronosticar:
   -Ya verás cómo vas a ser el número uno de la promoción.
   El mañego se reintegra a la Secretaría de Justicia, donde le aguarda un sonriente sargento.
   -Bueno, Carreño, parece que has cumplido, y por lo que me cuentan hasta es posible que seas medallista. Como sea así, te voy a dar tres días de permiso.
   Julio, ante el buen talante del sargento, trata de aprovechar la ocasión.
   -Mi sargento, ¿y en lugar de tres días no podrían ser tres semanas?, así me daría tiempo a viajar a mi tierra y pasar unos días con los míos, que llevo más de un año sin verles.
   Fernández se queda mirando al mañego como si estuviera calibrando qué contestarle. Cuando lo hace su tono es irónico.
   -Carreño, ¿no conoces el refrán que dice abusar no es usar, sino mal usar? Pues aplícate el cuento.
   Después le explicará Beltrán que ha tenido suerte pues el último guripa que se atrevió a pedirle un permiso al sargento, de entrada mandó que le pelaran al cero y en cuanto llegó un nuevo reemplazó lo devolvió al regimiento al que pertenecía.
   -Estás de suerte, Carreño, Fernández ha debido tener un buen día, pero no tientes la suerte que te puede salir el tiro por la culata –le aconseja Beltrán.
   -O sea, que de pedir permisos para ir a casa, nada de nada.
   -La Voz de Capitanía –Así es como llaman los guripas a la cadena de rumores que circulan habitualmente entre la tropa, sin que nunca quede claro lo que tienen de real o ficticio ni de dónde nacen- a veces cuenta que a tal o cual sorchi le han dado un permiso de más de quince días, pero ya va para dos años que entré en La Almudaina y no he conocido a nadie que haya tenido esa potra.
   La incredulidad de que hace gala su compañero de despacho es uno de los puntos fuertes de su siguiente carta a Consuelo. Si el ejército se porta tal y como sostiene Beltrán es muy posible que pasarán los tres años de mili sin que consiga un permiso para volver a Malpartida. La única nota de alivio que puede contarle es que, como intuía o quizá ya sabía Fernández, aprobó el examen para cabo segundo. Otrosí -expresión que el mañego desconocía y que la ha aprendido en los textos jurídicos que manejan en la Secretaría-, es que no solo aprobó sino que ha sacado el número uno. Y el sargento cumplió su promesa, le ha dado tres días de permiso. ¡Qué lástima no estar en Malpartida para disfrutarlos junto al amor de su vida! Es lo que dice el mañego en su carta, lo que hace es bien diferente: ha invitado a Dolors a ver una función de varietés que ponen en el Recreatiu, luego han estado tomando copas por los bares de mala reputación del puerto y han terminado en un cuchitril que le ha costado dos duros.
   Consuelo le contesta que se alegra mucho de que sea cabo… y poco más. Las cartas de la joven son cada día más cortas e inexpresivas, como si no supiera qué decirle. En cambio, su madre le cuenta que ya lleva las cuentas del tío Bronchales y que resulta increíble que, alguien con tan pocos conocimientos como el usurero, haya podido amasar la fortuna que tiene. También ha descubierto lo que quizá fuera el motivo principal por el que el tío Dimas ha querido contratarla. Resulta que el prestamista se ha enterado, a su edad, que existe algo llamado interés compuesto que para su negocio puede ser un filón aurífero. Le ha tenido que explicar que ese concepto se refiere a cuando los intereses generados por una inversión se añaden al principal y, por tanto, dichos intereses generan también intereses. Esto hace que la deuda crezca más rápido y que la ganancia para el que presta sea mayor. Su madre acaba el relato contándole como le echó un jarro de agua fría al usurero al explicarle que el Código Civil de 1889 fijó el interés de los préstamos en el tipo anual del 6%, y que el interés compuesto es una práctica prohibida.
  La primavera ha dejado rápidamente paso al verano que es tórrido en Malpartida y bastante más suave en Palma por la influencia del mar. Afortunadamente para Consuelo, quedaron atrás los tiempos en que su madre la obligaba a ir al campo a vigilar a los braceros y no tiene que sufrir el calor que castiga las comarcas extremeñas. Ahora pasa casi todo el día en casa, que al ser un edificio de gruesos muros, altos techos y que da a dos calles es bastante fresco por lo que el calor es tolerable. Reparte su tiempo entre realizar los quehaceres domésticos, tener al día las cuentas familiares y… pasear y conversar con el placentino Luis, cuyas visitas ya no solo se circunscriben a los domingos. Ahora llega los sábados y los pasa casi todo el día haciendo compañía a la muchacha. Por las noches el vaquero ha encontrado acomodo en casa de la tía María. Y los domingos los pasan juntos hasta que el joven regresa a Plasencia. Lo de guardar la ausencia se está quedando en los huesos, y lo que es peor: las dudas de Consuelo, dado el tiempo que le resta de mili a su novio, son cada vez mayores.

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
37. La prueba del nueve