viernes, 22 de mayo de 2020

Libro I. Episodio 35. Quien lo iba a decir, de exámenes


   Julio, pese a las dudas despertadas por la carta de su madre, continua enviando sus misivas semanales a Consuelo en las que le asegura, una y otra vez, que por nada del mundo haría nada que pusiera su noviazgo en peligro. La farisaica situación de decir una cosa y hacer la contraria es lo que más pone al mañego de los nervios. Ha hecho una intentona de no volver a ver a Dolors, pero ahora es la joven quien le busca y hay que ser un héroe o un santo para desdeñar los placeres que la mallorquina es capaz de ofrecerle. Y Julio no es ni una cosa ni la otra. Para apaciguar sus remordimientos, recuerda constantemente lo del refrán de ojos que no ven, corazón que no llora, pero en los momentos de lucidez, que los tiene, se dice que su proceder es el de un redomado hipócrita.
   En Malpartida, el placentino Luis continúa su asedio a la aparente fortaleza de Consuelo, aunque piedra a piedra va sigilosamente desmoronando las murallas que todavía parecen proteger el amor de la joven por el mañego. En el pueblo se comenta en todos los mentideros que la señora Soledad se ha salido con la suya, y que lo de la relación de la joven con el placentino es cosa hecha. Tan es así que su amiga Carolina sucumbe a la curiosidad y le pregunta.
   -Ayer me dijo mi tía La Seca que los del casino han cerrao las apuestas que hacían sobre si ganabas tú o tu madre.
   -¿Y por qué las han cerrado?
   -Porque to el mundo está de acuerdo en que ha ganao tu madre… -Como Consuelo no dice nada, Carolina no puede contenerse y lanza la pregunta-. Entonces, ¿lo tuyo con el placentino es cosa hecha?
   -El placentino tiene nombre, se llama Luis Campos. Y lo que diga todo el mundo no vale una mierda, lo único que vale es lo que diga yo.
   -¿Y tú que dices?
   -Hoy na, mañana Dios dirá… -Y con esa equívoca respuesta Consuelo da la charla por finalizada.
   Será porque también debe haberse enterado de lo de las apuestas del casino por lo que la señora Soledad está encantada de la vida. Vuelve a llevar a su primogénita en palmitas, la cual sigue con las tareas asignadas por su madre. Tiene la casa familiar que da gusto verla y los suelos tan limpios que, al decir de tía María, podría comerse sopa en ellos. Y en cuanto a las cuentas de la familia las lleva al céntimo, con la salvedad de las sisas de las que la señora Soledad sigue sin enterarse. Por todo ello no es raro que su madre cuente, a quien quiera oírla, de lo mucho que está aumentando el acervo familiar gracias a las impagables dotes como administradora de su hija primogénita, que de las pesetas hace duros.     
   El, generalmente, dulce invierno isleño ha pasado sin sentirlo y el equinoccio de primavera marca el inicio de la nueva estación y se instala en los predios mallorquines llenándolo todo de flores e insectos. A fines del mes de abril, al leer la carta de su madre en la que le recuerda que hace un año que partió a la isla es cuando Julio se da cuenta de que, en efecto, lleva un año de mili, ha dejado de ser un recluta y se ha convertido en todo un veterano. Y poco después de esa efeméride ocurre algo con lo que el mañego no contaba. El sargento Fernández, que sigue con sus manías pero con el que se lleva razonablemente bien, le plantea una propuesta que, en principio, le desconcierta hasta que se apercibe que el suboficial se lo está tomando muy en serio.
   -Carreño –El sargento llama a todos sus soldaditos por sus correspondientes apellidos, esa es la forma, según piensa él, de que cada uno sepa el lugar que le corresponde-, ayer nos llamó a capítulo el brigada Llompart y nos contó que la reorganización de Capitanía exige que de cada seis soldados, de los que trabajáis en la casa, debe haber un cabo segundo. A esta Secretaría –Fernández pronuncia Secretaría con un tono melifluo, como el que se debe usar en los pasillos vaticanistas-, le corresponde un cabo y, puesto que tú eres con diferencia el que más letras tiene y al que más años de servicio le quedan, tras la pertinente consulta con el capitán Echevarría, he decidido que te vas a presentar a los exámenes para cabo. Ve donde el brigada Llompart, dile que vas de mi parte, y te dirá lo que has de hacer. Puedes retirarte.
   -A sus órdenes, mi sargento –Al soldado Carreño ni se le pasa por las mientes poner en cuestión la propuesta del sargento. Lleva el suficiente tiempo de mili para discernir cuando lo que le dice a uno un superior es una orden, un comentario o una opinión, y lo que acaba de indicar el suboficial huele a orden lo mires por donde lo mires.
   El brigada Llompart se limita a tomar nota de su nombre y destino y le da una especie de catecismo militar, en el que se recoge todo cuanto un cabo segundo debe saber y poner en práctica, sus atribuciones y deberes.
   -Ya tienes lectura para el próximo mes, muchacho, dentro de cuarenta días serán los exámenes. Espero que no decepciones a tu sargento. Aquí se está mucho mejor que en el cuartel de El Carmen –El mañego toma buena nota de lo que significa la advertencia: o estudias y apruebas o te vuelves al regimiento de donde viniste.
   El librillo que le ha dado Llompart explica, entre otras cuestiones que, en la jerarquía del ejército español, el cabo segundo es el rango inmediatamente superior al de soldado de primera, aunque sigue siendo considerado parte de la tropa. Asimismo, describe que en el examen para cabo segundo hay que superar una serie de pruebas: la primera es un reconocimiento médico, luego una prueba de redacción, después contestar por escrito a preguntas sobre las Reales Ordenanzas de las fuerzas armadas y finalmente responder a una batería de preguntas sobre cultura general. Cuando Julio vuelve a la Secretaría, le cuenta a Fernández lo que le ha dicho el brigada y le enseña el librito. El sargento, tras ojear el manual, se limita a decir:
   -Ahora, Carreño, ponte a estudiar. No solo debes aprobar sino que has de sacar un número alto de promoción, así dejarás en buen lugar a todos los que trabajamos en esta Secretaría.
   Esa semana Julio ya tiene contenido para las misivas a su novia y su madre. Les cuenta lo de que tiene que presentarse a exámenes para cabo y que cuando apruebe podrá lucir los dos galones de estambre rojo, también llamados galleta, que llevará en la manga de la guerrera y en el gorro, y que los guripas tendrán que saludarle, cuadrándose y diciéndole: a sus órdenes, mi cabo. Cuando llega a este punto, el mañego detiene la escritura, acaba de darse cuenta de que da por hecho que aprobará, pero… ¿y si suspende? Cierra los ojos y se ve haciendo guardia en la puerta de El Carmen o pelando patatas en la cocina del cuartel. La reflexión le lleva a tomarse en serio el estudio del manual que le dieron, y al que hasta el momento apenas si ha dedicado tiempo. Si quiere continuar con la bicoca que supone trabajar en Capitanía tendrá que tomárselo en serio. Solo tiene una opción: empollar, y es lo que hace en los escasos ratos libres que tiene pues dedica toda la tarde a la bisutería. Para reforzar su decisión se ha apercibido que el sargento Fernández no le riñe cuando ve que en lugar de dedicarse al papeleo lo que hace es estudiar las Reales Ordenanzas del ejército español, que son las normas que establecen el comportamiento, derechos y deberes del militar español. Unas ordenanzas antiquísimas, pues las que están vigentes fueron aprobadas por Carlos III en 1768.
   La correspondencia de Julio ha sufrido un vuelco, recibe más cartas de su madre que de su novia. En respuesta a uno de sus escritos contándole a su madre lo de su posible ascenso a cabo, doña Pilar le cuenta a su vez que también ella tiene novedades que referirle relativas al terreno profesional. Ha salido una vacante en las escuelas de Plasencia, la ha solicitado y se la han adjudicado. Lo ha hecho pensando en que Julio no va a volver a San Martín, y en cambio residiendo en la ciudad del Jerte van a tener más probabilidades de vivir juntos o, en el peor de los casos, de verse más a menudo. Y como los cambios suelen venir a pares, hay una segunda novedad realmente inesperada. Aunque no ha estudiado contabilidad como su hijo, la maestra sabe lo suficiente de números como para llevar cuentas si no son excesivamente complicadas. Un día se le presentó el tío Dimas el Bronchales, uno de los mayores usureros  extremeños, y le hizo la proposición de que le llevara las cuentas pues estaba muy viejo, y cuando un préstamo pasaba de los cuatro dígitos se le hacía la picha -(sic) pone entre paréntesis doña Pilar- un lío. Y que después de un regateo interminable sobre lo que iba a pagarle, y con la condición de que le llevaría las cuentas desde su propia casa, se pusieron de acuerdo. Es leer esto y Julio vuelve a ponerse de mal humor. Su madre trabaja pluriempleándose para poder ayudarle en el futuro, y él gastándose las perras en tener contenta a la Dolors. No puedo seguir así, se dice, tengo que cambiar…, pero ahora tengo los exámenes, lo dejaré para después.
   El mes que contaba Julio de preparación para el examen de cabo segundo se le pasa como un suspiro. Aunque se lo ha tomado a pecho y ha estudiado a fondo el librillo que le dio Llompart, e incluso ha ampliado el estudio de algunas cuestiones de las inabarcables Reales Ordenanzas, cuando llega la fecha no puede evitar ponerse nervioso. No es que le importe demasiado lo del ascenso a cabo, nunca se ha planteado hacer carrera militar, lo que si le importa es que como suspenda está advertido de que pueden reenviarlo al regimiento del que procede y se le acabe el momio del trabajo en la Secretaría.
   La revisión médica, la primera prueba de las cuatro del examen para cabo, es un puro paripé. Una mañana llevaron a todos los aspirantes al galón de cabo al hospital militar y unos médicos, al menos llevaban bata blanca, les hicieron una rutinaria revisión que, salvo uno a quien detectaron problemas de audición, fue superada por todos los aspirantes. Ya queda menos para los exámenes de verdad, piensa Julio, y tengo que aprobarlos porque si no…

PD.- Hasta el próximo martes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio


36. Las dudas son cada vez mayores

martes, 19 de mayo de 2020

Libro I. Episodio 34. ¿Y por qué no lo haces?


    Los guripas extremeños siguen contemplando atónitos el artilugio llamado gramófono con el que les ha sorprendido Dolors en la reunión de Nochevieja.
   -Estoy pensando que un invento así debe costar una pila de duros, ¿y cómo tu señora te lo ha dejado por las buenas? –pregunta, suspicaz, Julio.
   -¡Huy, la señora ni lo ha tocado! –responde la joven-. Dice que este invento debe ser cosa del demonio y usarlo tiene que resultar pecaminoso. Hasta que no lo consulte con su confesor, no piensa ponerle un dedo encima, por eso me lo ha dejado. Eso sí, me ha advertido que manejarlo sin ton ni son puede ocasionar pecados contra el Espíritu Santo, que son los únicos que no tienen perdón de Dios, pero que si quiero condenarme es asunto mío.
   -¿Y no ties miedo a condenarte? –pregunta Agustín.
   -Agustinet –Julio no conocía ese diminutivo del nombre del montanchego-, los pobres bastante condenaos estamos por haber nacido sin un céntimo. Lo que nos pase después de muertos no creo que sea peor que la vida tan achuchá que llevamos de vivos.
   -Estoy pensando en un primo mío, Adalberto se llama el indino, al que este cacharro le va a joder la vida –explica Agustín-. Mi primo toca la trompeta en la banda del pueblo y con otros músicos tienen montao una orquesta con la que ganan sus buenos duros tocando en toas las fiestas y romerías. Cuando este cacharro se venda por cuatro cuartos se le acabó la mamandurria al Adalberto, ¡quién lo iba a decir!
   -Dejaos de historias –ataja Dolors-, ¿es que no queréis bailar ahora que tenemos música? Yo le doy vueltas al cacharro y tú –dirigiéndose a Roser-, baila con el teu noviet. Luego, giráis la manivela vosotros y Julio bailará conmigo. ¡Vamos, si el señor contable no se da de menos de bailar con una chacha!
   Dolors solo cuenta con tres discos, los que le ha dejado su ama, y uno tras otro los pone en el gramófono para que bailen Agustín y Roser. Al montanchego se le da fatal el bailoteo, es incapaz de seguir el ritmo que le marca su novia, en su defecto se agarra bien a la mallorquina que redondeces no le faltan. El sobeo que, de manera tan descarada, está propinándole Agustín a la Roser despierta los apetitos de la otra pareja por lo que…
   -¡Bueno, ya está bien!, se acabaron las músicas, ya no hay más discos. Ahora es vuestro turno de darle a la manivela –manda Dolors y, cogiendo de la mano a Julio, le lleva al centro de la bajera-. A ver si eres menos patoso que tu amigo.
   Y no solamente Julio es menos patoso que Agustín, sino que resulta ser un excelente bailarín. Lo primero que bailan es un clásico vals francés. El mañego muestra que se le dan igual de bien los giros a la derecha que a la izquierda ante el contento y satisfacción de Dolors.
   -¡Olé mi extremenyet ja que vore lo be que valle! –exclama la joven inquera mezclando el castellano y el mallorquín.
   -No sé que coño has dicho, pero no hables que vas a perder el ritmo.
   -Lo que voy a perder es la cabeza como sigas dando vueltas.
   Los valses se han acabado y lo que suena ahora es una endiablada polca. Ante la sorpresa de Dolors, parece que Julio también sabe bailar la danza popular nacida en Bohemia que se baila con pasos laterales y evoluciones rápidas. Y es que Julio, en sus años alijando en la Raya, no se privó de nada lo que le sirvió, entre otras habilidades, para llegar a ser un consumado bailarín. El endemoniado ritmo de la polca es demasiado para la mallorquina, que para poder seguir a su pareja lo que hace es colgarse literalmente del cuello del mañego y pegarse a él como una lapa.
   Mientras en Palma el singular artilugio llamado gramófono está propiciando que ambas parejas bailen cada vez más apretujados, en Malpartida todo es mucho más comedido. En casa de los Manzano la tía María, que es la que maneja la cocina en las fechas señaladas, ha preparado una modesta pero sabrosa cena en la que no falta de nada. La sorpresa de la noche la da Luis Campos que, sin haber sido previamente invitado al decir de la señora Soledad, aparece de improviso con un paquete bajo el brazo en el que lleva turrones, peladillas para la gente menuda, y un par de botellas de sidra de la conocida marca asturiana El Gaitero. Consuelo, que le ha puesto buena cara al mozo ante la alegría de su madre, le agradece en su nombre y en el de la familia el detalle que ha tenido.
   En Palma, el cuarteto recibe una inesperada visita. Resulta que unas amigas de Dolors, a quienes refirió la existencia del gramófono, se han pasado por la bajera para ver de cerca el singular artilugio. La joven mallorquina disfruta como una adolescente enseñando a sus amigas, que han venido acompañadas de sus parejas, el funcionamiento del cacharro. Al ser más a darle vueltas a la manivela, el baile se generaliza y Dolors aprovecha para presumir de lo bien que baila su pareja de la noche. Uno de los tres discos que tienen recoge unas melodías lentas cantadas en francés que sirven para que la mallorquina se le pegue cariñosamente  al mañego. En uno de los obligados descansos, uno de los chicos recién llegados le comenta a Julio en un aparte:
   -Tío, tienes a la Dolors a punto de caramelo, si no te la tiras esta noche no te la vas a tirar nunca.
   Julio ni siquiera responde, pero se queda con la copla y comienza a mirar a Dolors con nuevos ojos. Hace la tira de tiempo que no ha estado con una mujer en estricto sentido bíblico, desde aquellos años en los que alijaba en la Raya y se conocía la mitad de los burdeles de los pueblos rayanos a uno y otro lado de la frontera. Curiosamente, en ningún momento se le ha pasado por la cabeza lo de que debe guardar la ausencia de su novia. Entre el mucho alcohol trasegado, y las lujuriosas imágenes que el comentario del desconocido han despertado en su mente, está para cualquier cosa, pero no para pensar que, un mar por medio y varios cientos de quilómetros de distancia, hay una joven que aguarda su regreso y confía en su fidelidad.
   A todo eso, como las amigas de Dolors se han ido y el cuarteto se ha cansado de dar vueltas a la dichosa manivela, el gramófono ha dejado de sonar, pero han descubierto que si dejan la puerta de la bajera medio entornada se cuelan los compases de unos músicos que deben estar amenizando un baile cercano. Con lo cual todos pueden seguir bailando. En un momento de la noche Julio se apercibe que la otra pareja ha desaparecido sin decir palabra.
   -¿Dónde se han metido Roser y Agustín? –pregunta el mañego.
   -¿Los necesitas o es que tienes miedo de quedarte a solas conmigo? Te prometo que no muerdo, al contrario, esta noche tengo el corazón más tierno que el de un pichón –y Dolors vuelve a pegarse al cuerpo del mozo.
   A estas alturas de la velada, Julio se ha olvidado de todo, incluida la lealtad a su novia, y no piensa, únicamente siente las vibraciones que le transmite el cálido cuerpo de la joven. Hasta ahora han bailado en silencio, pero el mañego comienza a hablarle a la joven rozándole la oreja. Dolors no contesta, solo ronronea como si fuera una gata en celo.
   -No sé cuánto tiempo hacía que no tenía una mujer entre mis brazos que me hiciera sentir tan hombre… ¿A todos los vuelves tan locos o es que me has dado un brebaje de los que preparan las brujas para enamorar a los hombres? ¿Oyes como late mi corazón?, va a mil… -Visto que la moza sigue sin responder, el mañego cambia de táctica y comienza a besuquear el cuello de la joven. Los ronroneos crecen de intensidad y la respuesta de Dolors es devolverle los besos, primero suavemente en el cuello, luego le muerde los lóbulos de las orejas y finalmente le ofrece su entreabierta boca. Cuando las lenguas entran en contacto, Julio termina por perder los papeles y su mano derecha baja de la cintura adonde las redondeces femeninas son más sugerentes. Dolors sigue sin decir nada, únicamente se apretuja si cabe más contra el joven.
   -Me tienes loco, Dolors, no pienso más que en desnudarte.
   La respuesta de la mujer, con un tono que suena ronco, es música celestial para el mañego.
   -¿Y por qué no lo haces? -Es oír la pregunta y Julio se encalabrina. La consecuencia no podía ser otra. El joven ha trasegado mucho alcohol, lleva mucho tiempo de abstinencia y la carne, como suelen recordar los clérigos, es flaca.
   Pasaron los fastos navideños y el año 1890 está discurriendo para Carreño de manera más onerosa que el anterior. Su madre le ha enviado una carta en la que de una manera velada habla de Consuelo de una forma especialmente confusa. El mañego, que ha aprendido a leer entre líneas los escritos de Pilar, se inquieta. Deduce que su madre quiere decirle algo, pero o no se atreve o no quiere expresarlo de forma clara y patente. Y ese algo solo puede estar referido a su novia. Algo pasa con Consuelo y no debe de ser bueno, lo que ha puesto al guripa de los nervios. A la misiva de su madre se une lo ocurrido en la Nochevieja. Piensa que, si por un casual, Consuelo se enterara corre el grave riesgo de que ponga pie en pared y le mandé a escardar cebollinos. Eso, repite, si se entera de su desliz, porque si no se entera todo seguirá como antes. ¿Y cómo se va a enterar?, se pregunta. Él no se lo ha contado a nadie, ni siquiera lo ha comentado con Agustín. Además, aunque su paisano supiera o sospechara lo que sucedió en aquella bajera entre la mallorquina y él, a fuer de amigo suyo no lo iba a contar…, y por si faltaba algo recuerda que Agustín es analfabeto. Y, desde luego, ninguna de las jóvenes van a decir una palabra y aunque quisieran hacerlo desconocen la dirección de Consuelo…, por tanto tiene las espaldas cubiertas en el sentido de que su secreto está a buen recaudo. Pese a todos los argumentos y razonamientos que se hace no está tranquilo, hay una especie de diablillo que en los momentos más impensados aparece en su mente y le acusa de adúltero, de infiel y de ser un hombre sin palabra… Y ahí vuelve a entrar su educación en danza. Su madre le enseñó desde crío que un hombre vale lo que su palabra… y la suya, quedó bien patente en la Nochevieja, vale bien poco.

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
35. Quien lo iba a decir, de exámenes

domingo, 17 de mayo de 2020

*** Post info 9. Romance de la mascarilla


   Hace unos días estrené mi primera mascarilla, lo que me hizo pensar. La reflexión me llevó a rememorar mis ya lejanos tiempos de trovero aficionado en los que, por puro divertimento, improvisaba romances escasamente poéticos y más bien ripiosos, algo connatural en la métrica popular. Este es el resultado de la experiencia.
Romance de la mascarilla

Cincuenta días pasaron,
cincuenta noches malditas,
cuando las teles contaron
que había gente malita
de un virus chino rabioso
que es la mar de contagioso,
y que es un maldito virus
del clan del coronavirus.
Y el ministro señor Illa
mandó usar mascarillas,
aunque no ha quedado claro
si cubrirnos las mejillas
es algo que al gobierno
le parece bien o mal,  
pues no es nada normal
que lo que hace el baranda,
y lo hace con esmero,
es decir, el muy fulero,
que si la llevamos, bien,
y que si no, pues también.
Le he rogado a mi hija
que por mí que no se aflija,
aunque vaya hasta Melilla 
yo llevaré mascarilla.
Me sienta de maravilla
mi primera mascarilla,  
más le imploro de rodillas
a la Virgen de Castilla
que ese virus no me coja
pues tengo la salud floja,  
y si me infecta el maldito
puedo darme por finito. 
Dado que no entiendo nada
de la gran desescalada
seguiré con mascarilla
viva en Madrid o en Sevilla. 
Y rezaré porque el virus,
llamado coronavirus,
si es que el maldito me pilla
que no me haga papilla.
Y si Sánchez no me engaña  
y no suelta más patrañas, 
al fin de la pesadilla,
que es usar mascarilla,
ataremos a los perros
con chorizos como puerros,
y seremos muy felices
hasta hartarnos de perdices. 
Y a los demás os deseo
que lo mandéis a paseo
al virus y sus secuelas,
y como se ponga abrojo
ponerlo bajo las suelas
y pisarlo a vuestro antojo.
A ver si por fin podemos
saludarnos y abrazarnos
y no tocar con el codo
hasta quien esté beodo.
Y aquí acaba el romance
de mi primer mascarilla.
Ojalá que de este trance
no salga hecho papilla.
¡Dios nos coja confesados
si acabamos contagiados!