martes, 19 de mayo de 2020

Libro I. Episodio 34. ¿Y por qué no lo haces?


    Los guripas extremeños siguen contemplando atónitos el artilugio llamado gramófono con el que les ha sorprendido Dolors en la reunión de Nochevieja.
   -Estoy pensando que un invento así debe costar una pila de duros, ¿y cómo tu señora te lo ha dejado por las buenas? –pregunta, suspicaz, Julio.
   -¡Huy, la señora ni lo ha tocado! –responde la joven-. Dice que este invento debe ser cosa del demonio y usarlo tiene que resultar pecaminoso. Hasta que no lo consulte con su confesor, no piensa ponerle un dedo encima, por eso me lo ha dejado. Eso sí, me ha advertido que manejarlo sin ton ni son puede ocasionar pecados contra el Espíritu Santo, que son los únicos que no tienen perdón de Dios, pero que si quiero condenarme es asunto mío.
   -¿Y no ties miedo a condenarte? –pregunta Agustín.
   -Agustinet –Julio no conocía ese diminutivo del nombre del montanchego-, los pobres bastante condenaos estamos por haber nacido sin un céntimo. Lo que nos pase después de muertos no creo que sea peor que la vida tan achuchá que llevamos de vivos.
   -Estoy pensando en un primo mío, Adalberto se llama el indino, al que este cacharro le va a joder la vida –explica Agustín-. Mi primo toca la trompeta en la banda del pueblo y con otros músicos tienen montao una orquesta con la que ganan sus buenos duros tocando en toas las fiestas y romerías. Cuando este cacharro se venda por cuatro cuartos se le acabó la mamandurria al Adalberto, ¡quién lo iba a decir!
   -Dejaos de historias –ataja Dolors-, ¿es que no queréis bailar ahora que tenemos música? Yo le doy vueltas al cacharro y tú –dirigiéndose a Roser-, baila con el teu noviet. Luego, giráis la manivela vosotros y Julio bailará conmigo. ¡Vamos, si el señor contable no se da de menos de bailar con una chacha!
   Dolors solo cuenta con tres discos, los que le ha dejado su ama, y uno tras otro los pone en el gramófono para que bailen Agustín y Roser. Al montanchego se le da fatal el bailoteo, es incapaz de seguir el ritmo que le marca su novia, en su defecto se agarra bien a la mallorquina que redondeces no le faltan. El sobeo que, de manera tan descarada, está propinándole Agustín a la Roser despierta los apetitos de la otra pareja por lo que…
   -¡Bueno, ya está bien!, se acabaron las músicas, ya no hay más discos. Ahora es vuestro turno de darle a la manivela –manda Dolors y, cogiendo de la mano a Julio, le lleva al centro de la bajera-. A ver si eres menos patoso que tu amigo.
   Y no solamente Julio es menos patoso que Agustín, sino que resulta ser un excelente bailarín. Lo primero que bailan es un clásico vals francés. El mañego muestra que se le dan igual de bien los giros a la derecha que a la izquierda ante el contento y satisfacción de Dolors.
   -¡Olé mi extremenyet ja que vore lo be que valle! –exclama la joven inquera mezclando el castellano y el mallorquín.
   -No sé que coño has dicho, pero no hables que vas a perder el ritmo.
   -Lo que voy a perder es la cabeza como sigas dando vueltas.
   Los valses se han acabado y lo que suena ahora es una endiablada polca. Ante la sorpresa de Dolors, parece que Julio también sabe bailar la danza popular nacida en Bohemia que se baila con pasos laterales y evoluciones rápidas. Y es que Julio, en sus años alijando en la Raya, no se privó de nada lo que le sirvió, entre otras habilidades, para llegar a ser un consumado bailarín. El endemoniado ritmo de la polca es demasiado para la mallorquina, que para poder seguir a su pareja lo que hace es colgarse literalmente del cuello del mañego y pegarse a él como una lapa.
   Mientras en Palma el singular artilugio llamado gramófono está propiciando que ambas parejas bailen cada vez más apretujados, en Malpartida todo es mucho más comedido. En casa de los Manzano la tía María, que es la que maneja la cocina en las fechas señaladas, ha preparado una modesta pero sabrosa cena en la que no falta de nada. La sorpresa de la noche la da Luis Campos que, sin haber sido previamente invitado al decir de la señora Soledad, aparece de improviso con un paquete bajo el brazo en el que lleva turrones, peladillas para la gente menuda, y un par de botellas de sidra de la conocida marca asturiana El Gaitero. Consuelo, que le ha puesto buena cara al mozo ante la alegría de su madre, le agradece en su nombre y en el de la familia el detalle que ha tenido.
   En Palma, el cuarteto recibe una inesperada visita. Resulta que unas amigas de Dolors, a quienes refirió la existencia del gramófono, se han pasado por la bajera para ver de cerca el singular artilugio. La joven mallorquina disfruta como una adolescente enseñando a sus amigas, que han venido acompañadas de sus parejas, el funcionamiento del cacharro. Al ser más a darle vueltas a la manivela, el baile se generaliza y Dolors aprovecha para presumir de lo bien que baila su pareja de la noche. Uno de los tres discos que tienen recoge unas melodías lentas cantadas en francés que sirven para que la mallorquina se le pegue cariñosamente  al mañego. En uno de los obligados descansos, uno de los chicos recién llegados le comenta a Julio en un aparte:
   -Tío, tienes a la Dolors a punto de caramelo, si no te la tiras esta noche no te la vas a tirar nunca.
   Julio ni siquiera responde, pero se queda con la copla y comienza a mirar a Dolors con nuevos ojos. Hace la tira de tiempo que no ha estado con una mujer en estricto sentido bíblico, desde aquellos años en los que alijaba en la Raya y se conocía la mitad de los burdeles de los pueblos rayanos a uno y otro lado de la frontera. Curiosamente, en ningún momento se le ha pasado por la cabeza lo de que debe guardar la ausencia de su novia. Entre el mucho alcohol trasegado, y las lujuriosas imágenes que el comentario del desconocido han despertado en su mente, está para cualquier cosa, pero no para pensar que, un mar por medio y varios cientos de quilómetros de distancia, hay una joven que aguarda su regreso y confía en su fidelidad.
   A todo eso, como las amigas de Dolors se han ido y el cuarteto se ha cansado de dar vueltas a la dichosa manivela, el gramófono ha dejado de sonar, pero han descubierto que si dejan la puerta de la bajera medio entornada se cuelan los compases de unos músicos que deben estar amenizando un baile cercano. Con lo cual todos pueden seguir bailando. En un momento de la noche Julio se apercibe que la otra pareja ha desaparecido sin decir palabra.
   -¿Dónde se han metido Roser y Agustín? –pregunta el mañego.
   -¿Los necesitas o es que tienes miedo de quedarte a solas conmigo? Te prometo que no muerdo, al contrario, esta noche tengo el corazón más tierno que el de un pichón –y Dolors vuelve a pegarse al cuerpo del mozo.
   A estas alturas de la velada, Julio se ha olvidado de todo, incluida la lealtad a su novia, y no piensa, únicamente siente las vibraciones que le transmite el cálido cuerpo de la joven. Hasta ahora han bailado en silencio, pero el mañego comienza a hablarle a la joven rozándole la oreja. Dolors no contesta, solo ronronea como si fuera una gata en celo.
   -No sé cuánto tiempo hacía que no tenía una mujer entre mis brazos que me hiciera sentir tan hombre… ¿A todos los vuelves tan locos o es que me has dado un brebaje de los que preparan las brujas para enamorar a los hombres? ¿Oyes como late mi corazón?, va a mil… -Visto que la moza sigue sin responder, el mañego cambia de táctica y comienza a besuquear el cuello de la joven. Los ronroneos crecen de intensidad y la respuesta de Dolors es devolverle los besos, primero suavemente en el cuello, luego le muerde los lóbulos de las orejas y finalmente le ofrece su entreabierta boca. Cuando las lenguas entran en contacto, Julio termina por perder los papeles y su mano derecha baja de la cintura adonde las redondeces femeninas son más sugerentes. Dolors sigue sin decir nada, únicamente se apretuja si cabe más contra el joven.
   -Me tienes loco, Dolors, no pienso más que en desnudarte.
   La respuesta de la mujer, con un tono que suena ronco, es música celestial para el mañego.
   -¿Y por qué no lo haces? -Es oír la pregunta y Julio se encalabrina. La consecuencia no podía ser otra. El joven ha trasegado mucho alcohol, lleva mucho tiempo de abstinencia y la carne, como suelen recordar los clérigos, es flaca.
   Pasaron los fastos navideños y el año 1890 está discurriendo para Carreño de manera más onerosa que el anterior. Su madre le ha enviado una carta en la que de una manera velada habla de Consuelo de una forma especialmente confusa. El mañego, que ha aprendido a leer entre líneas los escritos de Pilar, se inquieta. Deduce que su madre quiere decirle algo, pero o no se atreve o no quiere expresarlo de forma clara y patente. Y ese algo solo puede estar referido a su novia. Algo pasa con Consuelo y no debe de ser bueno, lo que ha puesto al guripa de los nervios. A la misiva de su madre se une lo ocurrido en la Nochevieja. Piensa que, si por un casual, Consuelo se enterara corre el grave riesgo de que ponga pie en pared y le mandé a escardar cebollinos. Eso, repite, si se entera de su desliz, porque si no se entera todo seguirá como antes. ¿Y cómo se va a enterar?, se pregunta. Él no se lo ha contado a nadie, ni siquiera lo ha comentado con Agustín. Además, aunque su paisano supiera o sospechara lo que sucedió en aquella bajera entre la mallorquina y él, a fuer de amigo suyo no lo iba a contar…, y por si faltaba algo recuerda que Agustín es analfabeto. Y, desde luego, ninguna de las jóvenes van a decir una palabra y aunque quisieran hacerlo desconocen la dirección de Consuelo…, por tanto tiene las espaldas cubiertas en el sentido de que su secreto está a buen recaudo. Pese a todos los argumentos y razonamientos que se hace no está tranquilo, hay una especie de diablillo que en los momentos más impensados aparece en su mente y le acusa de adúltero, de infiel y de ser un hombre sin palabra… Y ahí vuelve a entrar su educación en danza. Su madre le enseñó desde crío que un hombre vale lo que su palabra… y la suya, quedó bien patente en la Nochevieja, vale bien poco.

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
35. Quien lo iba a decir, de exámenes

domingo, 17 de mayo de 2020

*** Post info 9. Romance de la mascarilla


   Hace unos días estrené mi primera mascarilla, lo que me hizo pensar. La reflexión me llevó a rememorar mis ya lejanos tiempos de trovero aficionado en los que, por puro divertimento, improvisaba romances escasamente poéticos y más bien ripiosos, algo connatural en la métrica popular. Este es el resultado de la experiencia.
Romance de la mascarilla

Cincuenta días pasaron,
cincuenta noches malditas,
cuando las teles contaron
que había gente malita
de un virus chino rabioso
que es la mar de contagioso,
y que es un maldito virus
del clan del coronavirus.
Y el ministro señor Illa
mandó usar mascarillas,
aunque no ha quedado claro
si cubrirnos las mejillas
es algo que al gobierno
le parece bien o mal,  
pues no es nada normal
que lo que hace el baranda,
y lo hace con esmero,
es decir, el muy fulero,
que si la llevamos, bien,
y que si no, pues también.
Le he rogado a mi hija
que por mí que no se aflija,
aunque vaya hasta Melilla 
yo llevaré mascarilla.
Me sienta de maravilla
mi primera mascarilla,  
más le imploro de rodillas
a la Virgen de Castilla
que ese virus no me coja
pues tengo la salud floja,  
y si me infecta el maldito
puedo darme por finito. 
Dado que no entiendo nada
de la gran desescalada
seguiré con mascarilla
viva en Madrid o en Sevilla. 
Y rezaré porque el virus,
llamado coronavirus,
si es que el maldito me pilla
que no me haga papilla.
Y si Sánchez no me engaña  
y no suelta más patrañas, 
al fin de la pesadilla,
que es usar mascarilla,
ataremos a los perros
con chorizos como puerros,
y seremos muy felices
hasta hartarnos de perdices. 
Y a los demás os deseo
que lo mandéis a paseo
al virus y sus secuelas,
y como se ponga abrojo
ponerlo bajo las suelas
y pisarlo a vuestro antojo.
A ver si por fin podemos
saludarnos y abrazarnos
y no tocar con el codo
hasta quien esté beodo.
Y aquí acaba el romance
de mi primer mascarilla.
Ojalá que de este trance
no salga hecho papilla.
¡Dios nos coja confesados
si acabamos contagiados!

viernes, 15 de mayo de 2020

Libro I. Episodio 33. Un artilugio singular


   La tarde del 28 de diciembre, Agustín está esperando a Julio a la salida de la bisutería.
   -Chacho, eres un tardón, llevo esperando una jartá de tiempo. Como hoy es el Día de los Santos Inocentes he llegao a pensar que me estabas gastando una inocentada.
   -Eso no sería una inocentada, en todo caso sería una gilipollez, y además no sabía que me estabas esperando, pero de haberlo sabido tampoco podría haber salido antes. Ahora que se acerca la Nochevieja y los Reyes los clientes entran a borbotones.
   -Ya lo he visto, ya. Como si regalarais la quincalla esa que vendéis.
   -No es quincalla, Agus, es bisutería, y de la buena.
   -Pa mí, quincalla, y no me gusta que me llames Agus. Mi nombre de pila es Agustín.
   -Bueno, Agustín, de acuerdo. ¿Y qué te trae por aquí, otra invitación?
   -¿Cómo lo has adivinao, chacho? Los que sabéis de letras sois la hostia.
   -Lo he dicho a bulto. Cuéntame.
   Y lo que el montanchego refiere es que las chicas, no le hace falta decir su nombre, como salió tan bien la comida de San Esteban han pensado que podían repetir la reunión para la Nochevieja. Despedirían 1889 haciéndose compañía y cenando como Dios manda y no las porquerías que suelen comer, y aquí Agustín hace un aparte.
   -Se refieren a nosotros. Les he contao que por las noches comemos lo que pillamos sin pararnos en remilgos. Ellas, como cenan de las sobras de sus señores, suelen jalar mejor.
   Y tras el aparte continúa explicando que, como Dolors sigue teniendo la llave de la bajera que le prestó su señora, las chicas han pensado que podría repetirse lo de Sant Esteve, pero por la noche. Despedirían el viejo año y brindarían por el nuevo, entrando en el mismo en amor y compaña como debe de ser.
   -Oye, pues no me parece mala idea, pero... me han hablado de ir con unos compañeros a un baile de fin de año que hacen en S´Arenal y que parece que es la repera, pero todavía no he confirmado que vaya a asistir.
   -Dime dónde es ese baile que saber dónde hay bulla siempre es bueno.
   -Sé que es en S´Arenal, una localidad situada a caballo entre los municipios de Palma y de Lluchmayor, pero del sarao en sí solo sé lo que me han contado, que es un rato divertido.
   -Bueno, a lo que iba. ¿Qué te paece la idea de la Nochevieja?, pero solo pa los cuatro. El poblema está en los dineros. Como las chicas se gastaron un pastizal pa lo de San Esteban, están a dos velas y yo, ni te cuento. Puedo traer algunos chuscos que me pasará bajo cuerda un furriel amigacho que es de Don Benito, pero na más. ¿A ti te queda algo de lo que te envió tu señora madre?
   -Quedar, algo queda, pero poco, se fue casi todo en la comida navideña.
   -Pos mira, con los chuscos que pueo arrimar, los embutíos que te queden y algo que traerán las chicas podemos tener una cena mucho mejor que el rancho que nos espera. Además, lo que no va a faltar será la juerga, la alegría y la buena compaña –Agustín todavía tiene otro argumento que sabe que causará mella en la voluntad del mañego-. Y piensa que sí vas al baile del que me has hablao no guardarás la ausencia de Consuelo, en cambio si te vienes con nosotros, como estarás entre amigos, no harás falta ninguna.
   Julio piensa que no le falta razón al bueno de Agustín y sin pensarlo más le confirma su asistencia a la velada para celebrar la llegada del nuevo año. Al día siguiente, el mañego le pasa a su paisano las escasas vituallas que le quedan del envío de su madre, y le adelanta cinco duros para que las chicas puedan comprar alguna cosilla más para alegrar la Nochevieja. Su esplendidez viene al haberse encontrado con la agradable sorpresa de que su patrón, además de la soldada mensual, le ha dado una generosa propina navideña con la que no contaba. Y es que el brigada Carbonero, como intuyó Julio desde el primer día, se ha revelado como un patrono exigente pero desprendido.
   Han quedado que el 31 se verán a partir de las ocho de la tarde, hora en que las chicas habrán recibido el visto bueno de sus respectivas señoras para abandonar sus quehaceres. Julio ha tenido mucho trabajo en la bisutería, que ha estado abarrotada de público todo el día, y no ha podido acudir a la hora convenida. No es hasta pasadas las nueve cuando cierran la tienda tras desearse patrono y empleados un Bon any nou que Julio ya sabe que es feliz año nuevo en mallorquín. Cuando, cerca de las diez, el mañego llega a la bajera donde celebrarán la Nochevieja se encuentra al trío pasado de copas. Han estado bebiendo y mezclando licores, y tanto su amigo como las mallorquinas parece que están bastante achispados pues en cuanto entra ambas chicas se le echan a los brazos y se lo comen a besos. Para ponerle a tono, lo primero que ha hecho Agustín ha sido abrir una nueva botella y escanciarle un vaso bien colmado que, medio en serio medio en broma, le obligan a bebérselo de un trago. Si así empieza la noche, sabe Dios como puede terminar, piensa Julio, pero como no es cosa de restar ni una pizca a la alegría de que hacen gala sus amigos, apura el vaso y se une al jolgorio.
    Hacia las diez y media comienza la cena que, al revés de la del día de San Esteban, no es una muestra de la cocina mallorquina. Han comprado unas gambas y unos langostinos conservados en sal que han contribuido lo suyo a agostar los vinos y licores que parecen abundar. Dolors da la sorpresa de la noche al abrir una pequeña lata de foie gras que, por tratarse de la fecha que es, le ha regalado su señora. Ni Julio ni Agustín saben que es aquello por lo que Dolors se pone muy redicha explicándolo.
   -El foie gras –ella lo pronuncia como le ha enseñado su señora, fuagrás- es el hígado hinchado de un ganso que ha sido especialmente sobrealimentado.
   -¿Y qué es sobrealimentao? –quiere saber Agustín.
   -Que abren a la fuerza el pico de las aves y les embuten alimentos hasta que no pueden más. Y no sigáis haciendo más preguntas que esto no es una escuela ni yo la maestra.
   Con más aprensión que apetito, ambos extremeños prueban las rebanaditas de pan que las mozas van untando con foie gras. Agustín opina que aquello sabe a meaos de gato, Julio en cambio lo encuentra exquisito y así se lo comenta a Dolors.
   -¿Y no merezco nada a cambio, ni siquiera un beso? –pregunta, picarona, la muchacha.
   -Claro que sí –reconoce el mañego que, cuando va a besar a la moza, se topa con que lo que le ofrece no es la mejilla sino la boca. Julio duda un segundo, pero termina depositando un casto beso en los labios de la muchacha que no parece quedar muy satisfecha.
   Tras los entrantes, llega el plato fuerte que es un cochinillo asado a fuego lento y que las mozas le comentan a Julio que lo han comprado, así como la mayoría de las bebidas, con las veinticinco pesetas que aportó. El cochinillo parece sentarle bien al cuarteto y las ganas de jarana se calman. Después del lechón vienen los dulces y brindan a las doce de la noche, según marca el reloj de bolsillo de Julio, por el nuevo año con un espumoso catalán que imita al champán. Acabados los brindis llega el momento de la sorpresa de la noche. Dolors, tras reclamar la atención de todos, quita la tela que cubre un bulto de buen tamaño que está arrumbado en un rincón. Ante la sorpresa de los extremeños resulta que el bulto es una especie de cajón con una manivela en un lado, un plato redondo en la parte superior y arriba del todo un singular artilugio en forma de bocina casi el triple de grande que el cajón.
   -¡Mecagondié!, ¿y ese cacharro qué coño es? –pregunta, maravillado, Agustín.
   -¿Y el artilugio para qué sirve? –quiere saber Julio que jamás había visto algo semejante.
    Dolors, muy complacida con su sorpresa, les explica que el artefacto en cuestión es un aparato que se ha inventado hace poco y que un hermano de su señora, que acaba de llegar de Berlín, le ha traído como regalo. Posiblemente sea el primero que hay en España y, desde luego, el primero que ha llegado a Mallorca.
   -¿Y el cacharro tiene nombre? –vuelve a preguntar Julio.
   -Dice mi señora que se llama gramófono.
  Los extremeños todavía no se han repuesto del asombro que les ha causado el singular aparato que ha traído Dolors, jamás habían visto algo parecido.
   -¿Y nos pues decir pa qué coño sirve este cacharro? –reitera el mañego.
   -Según me ha contado mi señora, sirve para grabar y reproducir el sonido, incluida la música y hasta la voz humana.
   -¡Amos, prenda, tú estás mal de la cabeza! ¿Quies decir que hay música dentro de ese cajón? –se extraña Agustín.
   -No. La música está guardada en un disco, en este –Y con mucho mimo la muchacha saca de una funda de cartón una especie de placa negra redonda que, tras limpiar cuidadosamente con una gamuza, coloca encima del plato del cajón.
   -¿Nos tomas por lelos? –Se pica Agustín-, ¿cómo rediez va haber música ahí, dónde están los músicos?
   -Ahora veréis – y Dolors empieza a dar vueltas a la manivela del lateral del cajón hasta que el disco comienza a girar, entonces coloca un pequeño brazo, terminado en una suerte de aguja, encima del disco. Ante el asombro de todos, del aparatoso artilugio de la parte superior, al que la moza llama altavoz, comienza a sonar lo que Julio identifica como un vals.
   -¡Mecagondié!, pos sí que sale música –reconoce, admirado, Agustín.   
   -Menudo invento, con esto no serán necesarios músicos para organizar un baile–deduce Julio.
   -Y tú, pastora mía, ¿sabías lo de ese cacharro y no me lo has contao? –se queja Agustín mirando a su novia.
   -Dolors me lo había contado, pero lo que se dice verlo es esta noche cuando lo he visto con mis propios ojos –confiesa Roser.
   -¿Y hay que darle siempre a la manivela pa que salga música? –pregunta Agustín.
   -Sí, como no le des vueltas a la manivela no gira el disco y no sale el sonido por el altavoz.
   -O sea, que el cacharro es como una noria, como el mulo deje de dar vueltas el agua no sale. ¡Es la rehostia lo que la gente es capaz de inventar, es que no cabe en cabeza humana! –se maravilla Agustín- ¿Y qué más puede hacer el cacharro?

PD.- Hasta el próximo martes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
34. Un hombre vale lo que su palabra