viernes, 17 de abril de 2020

Libro I.Episodio 25. Me da más miedo que un nublao


   El mañego prosigue la lectura de la carta de Consuelo.
   … El ajuar sigue creciendo. Lo último que sumé es un juego de toallas portuguesas que compré a muy buen precio a un chamarilero de Valverde del Fresno, un pueblo al lado del tuyo. Y no puedes imaginarte lo que me pasó. Al principio, no quería comprarlas porque ya sabes que los chamarileros son duchos engañando a la gente, pero como durante la charla me contó que era del valle de Jálama, le referí que conocía a la maestra de San Martín. Cuando oyó eso me dijo que nunca se atrevería a engañar a alguien que conocía a doña Pilar pues, aunque era de Valverde, le dio escuela tu madre. Quizá por eso me dejó las toallas tan baratas. ¡Fíjate, lo pequeño que es el mundo y la buena fama que tiene tu madre! La he escrito y se lo he contado. Lástima que no me quedé con el nombre del chamarilero. También me contó que en otro viaje podía traerme unos juegos de sábanas de algodón y que, por conocer a doña Pilar, me los dejaría tirados de precio. No sé si me dijo la verdad o es de los que son capaces de vender huevos al dueño de un gallinero…
   Julio mira su reloj de bolsillo, se acerca la hora de apertura de la bisutería. Pliega la carta y la guarda, terminará de leerla por la noche. Mientras recorre el camino hacia el establecimiento de Carbonero piensa en lo mucho que le quiere su chinata y en lo firme de sus convicciones. Le da un arrebato de alegría tal que hasta da una pequeña voltereta en el aire.
   -¡Chacho, qué contento estás!, ¿te van a licenciar? –Es su paisano Agustín quien le está interpelando.
   -Agustín, ¿qué haces por aquí, esperando a la Roser?
   -A la Roser y a la merienda. Por cierto, ¿sabes cómo se llama merienda en mallorquín? –y sin esperar la respuesta de Julio lo suelta-, berenar. ¿Dónde vas, a lo del negocio de las baratijas?
   -No son baratijas, Agustín, es bisutería y no es lo mismo.
   -Lo que tú digas, prenda. ¿Sabes quién me ha preguntao por ti un par de veces?, la Dolors.
   -¡Qué raro!, si me dio la impresión de que le caí como una indigestión de moras verdes.
   -Pues no debe ser así, porque cada vez que salimos con ella sale tu menda a relucir. Pa mí que la impresionaste con tu labia.
   -Que imaginación tan calenturienta tienes, Agustinillo, las mujeres como la Dolors no suelen impresionarse fácilmente.
   -Bueno, de las mujeres uno nunca puede fiarse, son mu largas, cuando nosotros vamos ellas ya han vuelto y una mijina más. Oye, otro asunto pero de lo mismo. Que la Roser y la Dolors me tienen dicho que cuando repetimos lo del otro domingo, que de la merienda ya se encargan ellas, que pa nosotros nos dejan los dulces. ¿Qué te paice?
   El mañego vacila. Todavía tiene en la mente lo que le escribe Consuelo sobre como guarda la ausencia. ¿Debería aceptar la invitación de Agustín?, se pregunta. Tras meditarlo, ese domingo Julio no acude a la invitación de ir a merendar. Es Dolors la causa de su renuncia. Tiene presente que le prometió a Consuelo que guardaría su ausencia y no puede romper la solemne promesa a las primeras de cambio. Si acepté la invitación de Agustín la vez anterior fue porque no sabía que, además de la pareja, iba a asistir otra chica, se justifica. En lugar de ir a merendar, acepta la invitación de su compañero de despacho, Medrano, y se van a un teatro, llamado El Recreatiu, que está en la calle de sa Fira. Asisten a la representación de la zarzuela La Gran Vía, que se estrenó en Madrid hace tres años y que constituyó un gran éxito en el teatro Apolo de la capital. Según explica el folleto adjunto a la entrada, se trata de una revista lírico-cómica y fantástica-callejera en un acto y cinco cuadros.
   Unos días después, como todas las tardes, Julio se dirige a la bisutería cuando Agustín vuelve a cruzarse en su camino.
   -Te estaba esperando, chacho. Te echamos de menos en el berenar del domingo, sobre todo la Dolors. Trajo unas ensaimás que estaban pa chuparse los deos.
   -Lástima porque las ensaimadas me gustan un montón, pero ya sabes porque no fui, tengo novia y soy formal. Por consiguiente, no puedo andar chicoleando por ahí con la primera moza que me invite a merendar.
   -¡Y que tendrá que ver una cosa con la otra! Que tengas novia no tie na que ver con que vayas a una merendola con un paisano y unas amigas de este.
   -Pero eso supondría no guardar la ausencia de Consuelo.
   -¡Y dale!, ¿qué tendrá que ver la caldereta con el potaje de Cuaresma? Paisano, pa ser hombre de letras ties una mentalidá mu estrecha. ¿Es qué merendar con dos mozas que son buenas chicas es algo malo? Otra cosa sería si te invitara a salir con dos furcias, pero estamos hablando de unas mozas que como te propases con ellas una mijina te pueden arrear un guantazo que te deja la cara a cuadros.
   -Será como dices, pero no pienso cambiar de opinión. Y además, ¿por qué tanto interés en invitarme a salir con vosotros, porque no buscas a otro? Seguro que en el regimiento los encontrarás a patadas.
   Ante la pregunta, Agustín se explica. Le cuenta que las dos mozas son amigas desde niñas, pues ambas son del mismo pueblo, Inca. Y se tienen gran cariño como si en vez de amigas fueran hermanas. Y luego está la desgraciada historia de Dolors. La joven llevaba de novia cerca de dos años con un chico de un pueblo vecino, muy buen mozo y con fama de guapetón. Y aunque no habían hablado de boda, ella ya estaba preparando el ajuar. El año pasado, el día de una feria que se celebra en Inca una vez al año -el llamado Dijous Bo-, la pareja se fue al campo a merendar y como se pasaron de libaciones, medio consentido medio forzado, el guaperas la desfloró. Una vez pasada la resaca, Dolors se quedó muy preocupada por lo que había ocurrido. Entre la grey femenina corría la especie que después de haberse entregado la actitud del tenorio solía ser: o se olvidaba de ti porque tras haberte conseguido dejabas de interesarle o exigía tomarte siempre que quisiera. Ante el desconcierto de Dolors, su galán no hizo ni una cosa ni la otra. El siguiente día que fue a cortejarla la trató como si nada hubiera pasado. La joven inquera lo tomó como señal de que las intenciones del chico eran serias y prosiguió ampliando el ajuar. Hasta que un mal día, pilló al guaperas de su novio haciéndole una mamada a un conocido de ambos…
   -O sea que el tenorio le daba igual a pelo que a pluma.
   -Sí, pero parece que le tiraba más la pluma. La Dolors lo despachó y, pa quitarse de en medio y  de tos los chismorreos, se vino a servir a la capital. Desde entonces no ha vuelto a emparejarse, aunque pretendientes no le faltan pues la moza es resultona, pero dice que no quiere saber na de los hombres, que son tos unos puercos.
   -Es una historia lamentable y lo siento por Dolors, pero ¿y qué tengo que ver yo con todo eso? También soy un hombre y, por tanto, para ella otro puerco.
   -Ahí es donde entra el cambio de opinión de Dolors. Le había contao lo serio que eres y como guardas la ausencia de tu novia. Pues bien, está empeñá en que, como eres tan formal, también eres el más indicao pa acompañarnos, me refiero a mí y a Roser porque aquí tampoco está bien visto que una pareja vaya paseando sin compañía.
   -Agustín, sigo sin entenderlo y a este paso voy a llegar tarde a la tienda.
   -¡Coño, paisano, que yo no tengo tu palabrería! A ver si soy capaz de hacerme entender. La Roser tiene a la Dolors pa que la acompañe. Yo necesito alguien pa que me acompañe. Ni la Roser ni yo conocemos otro mozo tan apropiao como tú pa que seas el acompañante de la Dolors.
   -No me irás a decir que Cupido ha conseguido que la Dolors se prende de mí.
   -No sé quién es ese fulano ni me interesa saberlo. Y la Dolors no está por ti ni mucho menos, simplemente le paeces una persona formal, un hombre educao y no le importa que seas su pareja cuando salgamos los cuatro. Y en este mejunje, los más interesaos en arreglarlo somos la Roser y yo. Por eso me pongo tan pesao pa que vengas a las meriendas de los domingos. Es un favor que te pido, paisano. No me dejes tirao, ¡por la Virgen de Guadalupe te lo pido!
   El ruego de Agustín parece tan sincero que llega a conmover al mañego.
   -Bueno, tengo que pensarlo. Ahora, habrás de perdonarme pero tengo que irme a la tienda.
   -¿Cuándo me lo dirás? –insiste el montanchego.
   -Mañana o pasado o… -al ver el rostro abatido de su amigo agrega-. Procuraré ir, te lo prometo.
   En Malpartida, la vida de Consuelo discurre como de costumbre. Realiza las labores de la casa, sigue encargándose de la economía familiar que su madre deja cada vez más en sus manos, escribe a su novio y sigue atenta al estado de su ajuar. Esta tarde ha cambiado las bolitas de alcanfor, que periódicamente renueva, para que las polillas no ataquen su oculto tesoro. Por la noche, antes de la cena su madre ha salido a visitar a su hermana María. Cuando vuelve se la nota muy animada e incluso alaba a su primogénita por lo bien que ha negociado la venta del cereal de la última cosecha. ¿Qué tripa se le habrá roto a mi señora madre para que esté tan amable?, se pregunta la joven, que sigue sin fiarse un pelo de las intenciones maternas. La sospecha de Consuelo tiene respuesta a las cuarenta y ocho horas. El viernes la señora Soledad indica a su hija que para el sábado hay que preparar una comida como la de los días de fiesta, y también ha de sacar la cubertería de alpaca y la mantelería de lino porque van a tener invitados de postín. La joven pregunta que quienes son los invitados, a lo que su madre contesta con un escueto:
   -Ya lo verás.
   Consuelo tira de la lengua a sus hermanos, con quien sabe que siempre cuenta, sobre si saben algo de los invitados. Andrés es el único que aporta algo.
   -Pues no lo sé, pero debe ser alguno de los líos que madre se lleva entre manos. Y deben ser invitaos importantes porque mañana viene la tía María a cocinar, y cuando viene, ya sabes…
   Consuelo, que conoce bien a su madre, se pregunta: ¿qué tejemaneje debe estar tramando, madre?, porque me da más miedo que un nublao.

PD.- Hasta el próximo martes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
26. ¿Dónde vas tan bien acompañá?

martes, 14 de abril de 2020

Libro I. Episodio 24. No me la merezco


   Consuelo, antes de proseguir con la carta de Julio, cierra los ojos y se imagina a su amado escribiéndola. Suspira y continúa la lectura.
   …Antes de contarte nada, déjame decirte que te quiero, tanto que cuando pienso en ti, que es a cada momento del día, me duele el corazón.

   Como todos los domingos, aquí me tienes en mi habitación de la calle Deanato escribiéndote, que es lo mejor que hago en toda la semana. Hoy tengo pocas cosas nuevas que contarte. En la oficina todo va como siempre: papeles, fichas mal archivadas y la manía del sargento de que hemos de mejorar la ortografía.

   Me olvidaba de algo que pasó el otro día verdaderamente gracioso. Ya te conté que el capitán Echevarría es bastante distraído. Viene esto a cuento de que hace unos días tenía firma con el Capitán General, el único momento en que se pone el uniforme, pues para mí que lo del ejército se la trae al fresco. Pasó por nuestro despacho a recoger el cartapacio de la firma y al salir me di cuenta, fui el único, de que se había puesto la guerrera, pero llevaba los pantalones de civil en lugar de los del uniforme. Le llamé: mi capitán. Y al volverse, le dije: los pantalones, mi capitán. ¿Crees que se aturulló o se enfadó? ¡Qué va! Sonrío y dijo: gracias, muchacho. Me llamó muchacho porque estoy seguro de que no sabe mi nombre ni el de los otros compañeros. Lo mejor es que Fernández me felicitó, es la primera vez que lo hace.

   Otra nueva es que anteayer me tropecé con Agustín, el que es de Montánchez y de quien ya te he hablado. Lo que son las cosas, un tipo que en su pueblo se dedicaba a guardar guarros, que es más bruto que un arado y que no sabe hacer ni la o, pues lo han hecho asistente de un capitán, viste de paisano y, salvo llevar los críos de su jefe al cole y recogerlos cuando salen, casi no tiene nada más que hacer. Lo más chusco es que se ha echado novia, una chica que está sirviendo y que es de un pueblo del interior de la isla. El otro día me la presentó, no parece mala persona, pero es peluda y entrada en carnes. Le ha dicho a Agustín que cuando termine la mili podría quedarse en la isla, que le encontrará trabajo en una de las fábricas de calzado que hay en su pueblo. Hasta le está enseñando algunas frases en mallorquín que, como te conté, es lo que hablan aquí y que no hay Dios que lo entienda. Según Beltrán es un dialecto parecido al valenciano y al catalán y que la mayor diferencia es que los mallorquines usan lo que llaman el artículo salado. Le pregunté la clase de artículo que era, pero entonces entró en el despacho el sargento y ahí se quedó la cosa. Cuando me entere de que va lo del artículo salado te lo contaré…
   Hasta ahí puede leer Consuelo. Ha oído abrirse el portón de la casa, señal de que su madre o alguno de sus hermanos han llegado. Guarda la carta en un escondrijo que tiene debajo de una baldosa de su habitación para que su madre no la encuentre. Cuando termine de leerla la esconderá en el doble fondo del arcón junto a las piezas del ajuar que, con tanto cariño como disimulo, está acumulando hasta el día que pueda sacarlas a la luz.
   Julio no se ha atrevido a contarle a su novia la tarde que pasó con Agustín y Roser, y la amiga de esta. Podría haberlo hecho porque todo fue muy inocente. Merendaron, charlaron, rieron, pero nada más. Sin embargo, prefirió no contarle nada porque piensa que podría darle celos. Sabe que Consuelo no es celosa, pero explicar las relaciones con el sexo opuesto es siempre complicado. Supone que si su novia le contara que estuvo con unos chicos del pueblo, aunque fueran amigos, tampoco le gustaría. Por tanto, lo mejor es punto en boca.
   Así como Consuelo suele recibir sus cartas los miércoles, el mañego no tiene día fijo para recibirlas pues su novia no lleva una vida tan reglada como la suya.
   -¡Carreño! –Los compañeros de Capitanía suelen llamarle por el apellido- carta, que debe ser de una titi a juzgar por lo bien que huele.
   El joven extremeño recoge el sobre que le tiende el cabo de la estafeta y, aunque se lo ha dicho en otras ocasiones, no puede contenerse y se lo suelta.
   -Tío, no es de una titi, es de mi novia; por tanto, un respeto.
   -Por mí como si fuera del obispo de Roma. Y para ti no soy un tío, soy un cabo. Conque atento al parche, recluta, si no quieres ganarte una imaginaria.
   No sabe el motivo, pero Julio intuye que le cae mal al de la estafeta. Posiblemente, es el único cabo segunda que hay en Capitanía que, como acaba de mostrar, le exige que le trate como tal, cuando también forma parte de la clase de tropa. Se encoge de hombros y guarda en uno de los bolsillos de la guerrera la carta de Consuelo. Prefiere leerla en soledad.
   -¿Xiquet de Sant Martí véns a esmorzar? –Es Beltrán quién le pregunta y a veces, como ahora, lo hace en valenciano.
   -Habla en cristiano, Vicente –reclama Julio.
   -Qué si vienes a almorzar.
   El almuerzo a media mañana se ha convertido en un rito cotidiano que los guripas de la Secretaría de Justicia cumplen religiosamente, pero solo pueden ir dos al mismo tiempo, el tercero ha de quedarse de guardia en la oficina. A Julio le encanta esa media hora larga que dedican al almuerzo por varias razones. Escaquearse de la monotonía de la oficina ya vale su peso en oro, relacionarse con otros compañeros e intercambiar noticias, también. Y hasta hay una tercera razón que no ha contado a Consuelo para que no piense que ha vuelto a los tiempos en que alijaba en la Raya, cuando  bebía, jugaba y se iba de putas. Se ha aficionado al palo de Mallorca, una bebida espirituosa muy popular en la isla. Con ella acompaña al chusco generalmente untado con un embutido de carne de cerdo que conocía como sobrasada, pero que en la isla llaman mallorquina porque al decir de los isleños se originó aquí, y que es muy sabrosa al estar condimentada con sal, pimentón y pimienta negra. Esta mañana la noticia estrella en el quiosco es que van a relevar al Capitán General, pues al parecer se marcha destinado a Madrid a presidir el Consejo Supremo de Justicia Militar. Cuando suben a la oficina, Julio pregunta a Vicente:
   -Oye, Beltrán, ¿tú crees que si viene un nuevo Capitán General nos puede afectar?
   -No seas capullo, Carreño, ¿por qué nos va a afectar?
   -Porque el nuevo general puede buscarse otro Secretario de Justicia y entonces el capitán Echevarría tendría que irse, Fernández a lo mejor también y nosotros, ¿qué sería de nosotros?
   -Carreño, ¿tú crees que el ejército es como un negocio privado que si cambia de dueño este puede cambiar a los empleados? A ver si te enteras de una puta vez, el capitán Echevarría es fijo en su destino, al igual que Fernández. Por muchos cambios que haya seguirán en sus puestos. Aquí, los únicos que de fijos nada somos nosotros, y si a los mandos les peta mandarnos a otro sitio para eso no es necesario que venga un nuevo general. ¿Enterado, recluta?
    Después de comer, y antes de ir a la tienda de Carbonero, Julio abre la carta de su novia.
                                                                                  -l-
   Malpartida de Plasencia, 31 de agosto de 1889.
   Cariño: espero que al recibo de la presente estés bien de salud, la mía, a Dios gracias, también es buena.
   Empuño la pluma para decirte lo mucho que te echo de menos. Solo me alivia el pensar que cada día que pasa es un día menos que queda para que volvamos a estar juntos.
   Me ha hecho mucha gracia la anécdota que cuentas de tu capitán y me alegro muchísimo que tu sargento te felicitara. Estar a bien con los sargentos, según me ha contado Argimiro, es una de las mejores cosas que te pueden pasar en la mili. Bueno, cuando dice mili lo adorna con la palabrota que tú sabes, pero que no pienso repetir. Por cierto, hablando del bocazas de Argimiro, una noticia que no recuerdo si te la había contado. Por fin, y después de cinco años largos de noviazgo, se van a casar. Ya podrás imaginarte como está Carolina, loca de contento. Está haciéndose el ajuar y le he prometido que le voy a regalar una mantelería bordada de seis cubiertos, porque a ella no le llegaba el presupuesto. Cuando se lo dije, se emocionó mucho y hasta se la cayeron unas lágrimas.
   De lo que me cuentas de Agustín, el de Montánchez, me alegro por él si es tan buena gente como dices. El que sea analfabeto no quita para que pueda ser una buena persona y eso vale más que todas las letras que le faltan. Me extraña más lo de su novia mallorquina, pues tú me habías contado que las chicas de ahí son bastante ariscas y que no se relacionan con los soldados. Claro que si le lleva la merienda la mitad de los días se entiende, ya sabes lo que se dice: de estómagos llenos nacen amores eternos.
   Aparte de lo de la boda de Carolina, pocas novedades hay que pueda contarte. Este año las cosechas han sido malas porque en abril llovió poco y en mayo lo hizo cuando no debiera y ya conoces el refrán: nos ha …. Mayo, por no llover a tiempo. Menos mal que la paridera ha ido bien. Tenemos una piara de guarros que van a valer sus buenos duros cuando los vendamos en la feria de julio.
   Siempre que te escribo me pasa lo mismo, que no sé si contarte cosas de mi madre o no. Y no lo sé porque, como podrás imaginar, nunca son buenas noticias. Pero creo que debo contártelo todo, aunque no sean unas nuevas maravillosas. Sigue emperrada en buscarme un novio con cuartos, pero me da la impresión que cada vez con menos empeño. Diría que se está cansando de que pretendiente que me busca, pretendiente que sale escaldado. Como eso ya lo sabe todo el pueblo, cada vez le debe resultar más difícil encontrar mozos que se avengan a sufrir mis desplantes. Y en el fondo me da hasta cierta pena que no pueda comprender que para mí solo hay un hombre, y ese eres tú. Se lo tengo dicho por activa y por pasiva, pero que si quieres arroz, Catalina, es muy dura de mollera, aunque al final podré con ella. Lo que supongo que quiere decir que mi mollera es más dura que la suya. Vale.
   Julio hace un inciso en la lectura y piensa: cuánto me quiere Consuelo, no me la merezco. Luego, sigue leyendo.

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
25. Me da más miedo que un nublao

lunes, 13 de abril de 2020

*** Post info. 7. Antes y después de...


   Esta mañana, tras desayunar y ojear por encima la prensa on line que solo trae un monotema, he estado recorriendo los veinte pasos mal contados de mi apartamento de octogenario durante unos cuarenta y cinco minutos. El paseo, ejercicio que me obligo a realizar diariamente, resulta tan aburrido y monótono que se me hace interminable si no lo alivio pensando en lo que sea. Lo más habitual es que vaya construyendo diálogos de la novela que estoy escribiendo, Los Carreño. Pero hoy se ve que tenía la imaginación en huelga de ideas caídas y he estado cavilando en lo que nos está sucediendo: el maldito coronavirus.
   Y pensando en el jodido bichito se me ha ocurrido que a partir de ahora entre las muchas cosas que van a cambiar, que están cambiando ya, una van a ser ciertas abreviaturas. Me refiero a a.C. y d.C. que, como todo el mundo sabe, significan antes de Cristo y después de Cristo, abreviaturas utilizadas para fechar los años y siglos anteriores a la era cristiana, que convencionalmente empieza con el nacimiento de Jesucristo. O después del mismo.
   Pues bien, estoy convencido que desde ahora a.c. significará antes del coronavirus y d.c. después del coronavirus. Porque esta pandemia ha supuesto tamaño revulsivo, un cambio tan gigantesco y trágico que será un hito, una referencia para datar sucesos y vidas. Mis nietos, unos críos, están sufriendo una experiencia en buena medida traumática, pese a que por ahora (y toquemos madera) ninguno de sus seres más próximos se ha contagiado. Sin embargo la cuarentena, que puede convertirse en cincuentena, y aunque ellos no lo imaginan, cambiará la sociedad en la que van a vivir. ¿De qué manera?, no se me alcanza, pero apuesto doble contra sencillo que no será la misma que a.c.
   Como no lo veré, les ruego que me lo cuenten cuando puedan. Gracias.