viernes, 27 de marzo de 2020

Libro I. Episodio 19. ¿Unas vikingas?


   Beltrán, que es quien parece llevar la voz cantante en la dependencia, le explica a Julio que la Secretaría de Justicia es el órgano que tiene las funciones de asesoramiento jurídico del Capitán General en el ámbito territorial bajo su mando y la aplicación de la justicia militar. Asimismo le atañen todo tipo de funciones relacionadas con el ámbito jurídico castrense, tales como las de secretarios, fiscales y jueces indistintamente. El jefe de la Secretaría es el capitán auditor don Ignacio Echevarría que pertenece al Cuerpo Jurídico Militar.
   -Son como los abogados de los militares –aclara Medrano.
   -¿Y el sargento también es abogao? –nada más decirlo Julio se corta, tendrá que volver a pronunciar bien los participios.
   -Fernández es un chupatintas, como nosotros.  
   Julio nunca había oído esa palabra y llevado de su innata curiosidad por lo desconocido pregunta:
   -¿Qué quiere decir chupatintas?
   -Oficinista. Lo que vas a ser tú mientras estés aquí.
   -¿Es que me pueden mandar a otro sitio?
   -Por supuesto, en cuanto entras en el ejército dejas de ser dueño de tu destino. Vas donde los mandos quieren que vayas, pero… si te portas bien y no haces ninguna cagada lo normal es que estés aquí hasta que te licencien –le informa Beltrán-. Yo llevo desde mi primer año de mili y espero licenciarme aquí y Medrano, que hace un año que está, lo mismo. Por tanto, aplícate el cuento.
   -Y después de las horas de oficina, ¿tendré que volver al cuartel de El Carmen?
   -¿El Carmen?, ni pisarlo. No sabes de la que te has librado. Tiene fama de ser el regimiento más duro de toda la isla. Te hubieras chupado guardias, vigilancias y piquetes a porrillo. Ahora perteneces a la compañía de destinos de Capitanía.
   -¿Y aquí tendré que hacer guardias?
   -Solo las imaginarias que te toquen en el dormitorio, la guardia de puertas las hacen las demás unidades de la isla de manera rotativa. Y hablando de guardias –dice Beltrán-, Antonio porque no le llevas abajo, lo presentas al sargento Prieto y que le den de alta en la compañía de destinos.
   -Ven conmigo –le pide Medrano.
   La pareja deshace el camino por el que anduvo Julio con el cabo artillero, salvo que en lugar de dirigirse a la salida cuando llegan al nivel del patio central bajan unos cortos peldaños de lo que parece ser un semisótano y Medrano llama a la puerta. Sin esperar que le digan que entre accede a lo que es un pequeño cubículo ocupado casi enteramente por una mesa tras la que hay un sargento.
   -A sus órdenes, mi sargento. Soy Medrano de la Secretaría de Justicia. Me manda el sargento Fernández para que dé de alta a éste recluta que acaban de adscribir a la Secretaría. Aquí tiene la orden.
   El suboficial recoge el documento que le tiende Medrano y, sin mirar siquiera al mañego, le ordena al veterano:
   -Llévale a la compañía y dile a Segura de mi parte que le asigne una cama y una taquilla.
   -A sus órdenes, mi sargento –Carreño y Medrano se retiran y este le lleva a otra estancia, todavía unos cuantos peldaños más abajo que la oficina del sargento de la compañía de destinos. Es una sala de mediana extensión casi toda ocupada por literas metálicas dobles, en alguna de las cuales hay soldados sentados o tendidos que les miran con indiferencia. Allí Medrano se dirige a un cabo.
   -Segura, te presento al nuevo recluta de mi cueva. Tu sargento dice que le asignes cama y taquilla. Lo dejo en tus manos. Si no sabe volver a la Pajarera le indicas.
   El llamado Segura le informa que a partir de ahora queda encuadrado en la compañía de destinos de la Capitanía General. Dormirá allí, en el catre que le va a indicar, y también le asignará una taquilla donde guardar sus cosas.
   -¿Carreño, has traído el equipaje?
   -No, sigue estando en el cuartel de El Carmen.
   -Tendrás que ir por él y traerlo aquí. Desde ahora este es tu cuartel.
   -¿También se come aquí?
   -No, aquí no hay comedor, jalamos en el cuartel de caballería que está en la parte de atrás de Capitanía. Esto no solo es el dormitorio, sino el sitio donde podrás estar cuando no tengas oficina. Te pondré en el turno de imaginarias que es la única guardia que hacemos los que trabajamos aquí.
   -¿Hay muchas imaginarias por noche? –pregunta Julio que, como enchufado en su etapa campamental, nunca hizo la vigilancia que realizan varios soldados por turnos en el lugar donde duermen sus compañeros.
   -Lo normal, cuatro.
   -Oye, ¿y qué tal se come en caballería? –indaga Julio que guarda un pésimo recuerdo del rancho del campamento.
   -Aquí nos damos mucho pisto por estar destinados en Capitanía, pero comer, lo que se dice comer, de puta pena.
   Julio ha ido al cuartel de El Carmen a recoger sus pertenencias, cuando sale no vuelve la vista atrás, por lo que le han dicho los compañeros de Capitanía no es ninguna bicoca estar en el regimiento. Ha intentado despedirse del sargento Linares, a quien cree que debe su nuevo destino, pero no ha podido localizarle, tampoco a su paisano Agustín. A quien si le ha dicho adiós es al cabo Esparza que lamenta su marcha.
   -Vaya putá que me has gastao, pijo, con lo bien que te he enseñao pa que fueras el mejor furriel del regimiento y ahora te vas con los chupatintas de Capitanía. No sabes lo que te pierdes, Carreño.
   El mañego duerme aquella noche en la compañía de destinos y, aunque en el campamento de instrucción también dormía junto a una treintena larga de compañeros, pasa una mala noche. Le costó coger el sueño, se despertó en varias ocasiones y estuvo escuchando toda suerte de ruidos sospechosos. Por la mañana, mientras se está aseando se pregunta si no habrá sido peor ir a Capitanía que quedarse de furriel en el regimiento, pese a su mala fama. Al llegar a la Secretaría ya se encuentran allí Beltrán y Medrano, quien todavía no ha llegado es el sargento Fernández y del capitán Echevarría ni rastro. Beltrán le indica que, según órdenes del sargento, debe ponerse a ordenar el archivo.
   -¿Y por dónde empiezo?
   -Por donde te salga de los huevos, pero yo, de ti, empezaría por la a.
   -¿Y qué tengo que hacer?
   -Carreño, eres un poco lelo. Lo que has de hacer en principio es archivar las fichas por orden alfabético.
   -¿Es que no lo están?
   -A ese archivo no le han metido mano desde la Guerra de la Independencia.
   -¿Y cómo encontráis una ficha si no está donde debe?
   -Pues con muchas horas pegados al jodido fichero.
   -Entonces, ¿qué pasa con el resto del trabajo?
   -A Dios gracias, el trabajo no atosiga demasiado –explica Beltrán, que es quien mantiene la charla con Julio.
   -Salvo cuando a Fernández le entra su particular manía –apunta Medrano, quien cuenta al novato que el sargento presume de saber más ortografía que nadie y cuando encuentra una falta en uno de los escritos les monta un pollo y les obliga a repetirlo. Por fortuna, como la mayoría de documentos que manejan son formularios las probabilidades de cometer errores ortográficos son escasas.
   Julio abre el archivo etiquetado con una a mayúscula y pacientemente comienza a comprobar que las fichas estén ubicadas correctamente. Sorprendido, pronto comprueba que lo que dijeron sus compañeros es cierto. Antes de media hora ya ha encontrado tres cartulinas que estaban mal archivadas. Echa un vistazo a los cajones del archivo alineados a lo largo de la pared y se dice que si todos los archivadores están como el de la a posiblemente le licencien antes que termine de ordenarlo.
   -Bueno –se dice en voz alta-, algo habrá qué hacer durante los tres próximos años.
   Aparece el sargento que se limita a darles los buenos días. Los dos veteranos siguen en sus mesas trasegando papeles y Carreño ordenando el archivo. Y así va transcurriendo la jornada hasta que a media mañana Beltrán y Medrano piden permiso al sargento para salir. ¿Dónde habrán ido?, se dice el mañego. En cuanto vuelven se lo pregunta.
   -¿Dónde habéis estado?, si puede saberse.
   -A almorzar al quiosco –Y los veteranos le cuentan que todos los días salen a almorzar, casi siempre a comerse un chusco con lo que pueden pillar y a tomarse un vaso de palo de Mallorca, una bebida espirituosa y dulce obtenida de la quina y de raíces de genciana, muy popular en la isla. Lo hacen en un quiosco que hay cerca del cuartel de caballería, donde se reúnen con los compañeros de otras oficinas militares. Es la obligada pausa de relajo para distraerse del monótono trabajo que casi todos llevan a cabo.
   -Y si tan aburrido es aquí el trabajo, ¿no sería mejor qué nos hubiéramos quedado en el regimiento al que pertenecemos?
   -Estás loco, tío. No sabes lo que es la vida en un cuartel. Instrucción todos los días, guardias por un tubo, te meten un paquete por menos que canta un gallo y solo puedes salir, como mucho, un par de horas al día, y eso si estás libre de servicio –le explica Beltrán-. En cambio, aquí no hay instrucción, de guardias solo tienes las imaginarias en el dormitorio, la disciplina es muy relajada y puedes salir a pasear o a lo que te pete prácticamente todas las tardes.
   -¿Se puede salir por las tardes?, eso no lo sabía –se sorprende Julio-. ¿Y qué hacéis por la tarde, adónde vais?
   -Cada uno adónde quiere –y Beltrán le sigue contando que por las tardes cada guripa se busca su avío. Él se buscó un trabajo en una empresilla de paquetería y echa unas horas tres días a la semana con lo que se gana unos reales que le vienen de perlas. A su vez, Medrano le cuenta que él también trabaja casi todas las tardes en una sucursal de una fábrica de zapatos de Inca.
   -¿Y los qué no trabajan, que hacen?
   -Pues hay de todo. Desde los que se van a recorrer el Paseo Marítimo o las playas próximas a ver si ligan con alguna extranjera, hasta los que intentan camelarse a alguna chacha de las que pasean a los críos.
   -Ah, ¿pero aquí hay extranjeras?
  -Y muchas, sobre todo ahora. Ya verás el próximo domingo como se ponen playas como Cala Comtessa, Son Matíes o El Arenal. Hay unas inglesas y unas vikingas que son la leche, están más buenas que el pan y encima lo enseñan casi todo –explica Beltrán.
   De lo que ha dicho el valenciano, un nombre descoloca a Julio.
   -¿Unas vikingas?

PD.- Hasta el próximo martes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
20. No había pensado en ninguna cifra en concreto

martes, 24 de marzo de 2020

Libro I Episodio 18. La Secretaría de Justicia


   Una mañana, cuando Julio llega a la oficina de la compañía encuentra a Linares jurando como un carretero porque el papel calco se le ha movido y las copias han salido ilegibles.
   -¡Mierda de papel carbón, cada día es peor!, se lo tendrían que hacer tragar al gilipollas que compró esta remesa.
   El mañego ve la oportunidad de congraciarse con el suboficial que sigue ignorándole.
   -Mi sargento, ¿me permite que se lo escriba?, conozco un truco que hace que el calco no se mueva.
   -¿Tienes buena letra?
   -Compruébelo usted mismo –dice Julio enseñando a Linares algunas muestras de su actividad amanuense.
   -No está mal. Haces original y tres copias, luego me lo pasas a la firma.  
   -A sus órdenes, mi sargento.
   Así es como Julio se convierte de verdad en machacante del sargento y no solo del cabo Esparza, que es como se apellida el furriel. En adelante, la vida campamental se torna todavía más plácida para el mañego. Incluso uno de los veteranos, que le había tomado ojeriza por un quítame allá esas pajas y que le gastó más de una novatada, no ha vuelto a meterse con él porque sabe que teniendo el favor del sargento es mejor no molestarle. Julio, al tener una posición de fuerza, ha tomado a Agustín como su protegido y el mozo de Montánchez está disfrutando de alguna de las prebendas que tiene su amigo, entre ellas, y no es moco de pavo dado que el rancho sigue siendo malo de solemnidad, contar con raciones extras de chuscos lo que le permite trocarlos por otros alimentos y especialmente por tabaco ya que es un empedernido fumador. 
   Como se acerca la jura de bandera en la que han de participar todos los reclutas, algunas mañanas Julio ha de ir a la instrucción de orden cerrado con armamento, porque el desfile de la jura se hace con fusiles al hombro. El mañego comprueba que lamentablemente lo del cabo del cuartel de Húsares que se metía con él porque no marcaba bien el paso no fue porque le tuviera manía, resulta que es un patoso y lo de llevar el paso al mismo ritmo que los demás es algo incapaz de realizar como es debido. En cuanto el sargento, alertado por uno de los cabos, constata que tiene un garbanzo negro que altera el desfile de la compañía lo soluciona metiéndolo en el interior de la formación para que pase desapercibido. Es una vejación que Julio ha de tragarse mal que le pese. Como le dice Agustín para consolarle.
   -Chacho, no se pue tener de to. Nunca serás un gastador, pero eres el mejor escribano del campamento.
   Llegado el solemne día de la jura de bandera todo transcurre mejor de lo que esperaba Julio que al estar metido en el centro de la compañía su descompensado ritmo pasa inadvertido. El campamento se llena ese día de visitantes y mandos superiores del regimiento y de otras unidades de la isla. Les dan una comida extraordinaria que consiste en paella, pero en la que el arroz resulta tal engrudo que hace que el popular plato valenciano de extraordinario no tenga nada. El mismo día de la jura, el cabo Esparza marca cuál será el futuro de Julio en el seno del regimiento de infantería.
   -Cuando me licencien pasarás a ser el furriel de la compañía. Espero que no hagas muchas pijás y no te indispongas con el teniente Álvarez que es quien corta el bacalao, porque el capitán Massanet ni pincha ni corta. Ah, tendrás que presentarte para cabo, el furriel ha de serlo –Es oírlo y Julio evoca al cabo de la Guardia Civil de San Martín, se enorgullecería de él: ahora machacante y luego furriel.
   Dos días antes de terminar el campamento y volver al vetusto cuartel de El Carmen, el sargento Linares llama al mañego.
   -Carreño, en cuanto lleguemos al regimiento te daré un pase para que vayas a Capitanía General adónde vas destinado, allí te presentarás al sargento Wenceslao Fernández. En la entrada de la Almudaina di tu nombre a la guardia y explicas que Fernández te está esperando. Puedes retirarte.
   Julio sale de la oficina desconcertado. No sabe si alegrarse o entristecerse. Tenía asumida la idea de que iba a ser el sustituto de Esparza cuando el furriel murciano se licenciara, y ahora le mandan a la Capitanía General de la que solo sabe que se ubica en el Real Palacio de la Almudaina. Su destino, ¿será mejor o peor que el de furriel?, se pregunta.
   El uno de agosto el mañego, que hasta se ha planchado el uniforme para estar más presentable, se dirige a Capitanía General. Va con cierta preocupación porque no le han dado ningún documento de que esté adscrito a dicha dependencia, solo sabe lo que le dijo el sargento Linares. Al llegar al portón de acceso al patio interior del edificio le da el alto el plantón de guardia.
   -Alto, ¿dónde crees que vas, infante? –El soldado lleva la insignia del Cuerpo de Artillería. Posteriormente, Julio se enterará de que la guardia de Capitanía se distribuye rotativamente entre todas las unidades de la isla. Hoy toca a los artilleros.
   -Me está esperando el sargento Wenceslao Fernández. Soy… -El plantón no le da a pie a que siga hablando-. ¡Sargento de guardia! –grita.
   Sale un suboficial, también de artillería, ante quien se cuadra el mañego que vuelve a repetir lo del sargento Fernández y le dice su nombre. El sargento artillero ojea una tablilla en la que hay un rimero de papeles hasta que encuentra el nombre del joven extremeño.
   -¿Julio Carreño Lahoz?
   -Sí, mi sargento.
   -¡García! –Al instante aparece un cabo-. Acompaña al infante a la Secretaría de Justicia, ¿sabes dónde está?
   -Sí, mi sargento.
   El cabo, a quien sigue como un corderito el mañego, cruza el patio interior y sube una amplia y empinada escalera. Luego recorre unos lóbregos pasillos que hacen diversos zigzags, de tal manera que Julio termina sin saber en la dirección que van. Hasta que llegan a una estancia bastante espaciosa donde hay dos soldados sentados en sendas mesas y en otra situada al fondo está un sargento. La estancia está bien iluminada pues dos ventanas dan al exterior.
   -A sus órdenes, mi sargento. Este infante pregunta por usted.
    Julio se cuadra ante el sargento, del que solo sabe que se llama Wenceslao Fernández. Es un hombre de mediana edad, ligeramente pasado de peso, lleva gafas y el pelo comienza a ralearle.
   -Tú debes ser el que me manda Linares, ¿no?
   -Yo estaba en la compañía del sargento Linares en el campamento. Era su machacante y no puedo decirle más, mi sargento.
   -Bien, Carreño, te han destinado a esta Secretaría. Te ocuparás sobre todo de los archivos. Tus compañeros Beltrán y Medrano te pondrán al corriente de todo. Cuando llegue el capitán Echevarría, que es el jefe, te presentaré. Veo que vas aseado, así es como debes de presentarte diariamente: limpio, afeitado y uniformado como dictan las ordenanzas. Beltrán, luego lo llevas abajo para que lo inscriban en la compañía de destinos, le den un catre, le asignen una taquilla y todo lo demás.
   El sargento Fernández sale de la estancia y Julio se queda con los dos soldados que le miran con cierta expectación. Tras irse el sargento se presentan.
   -Soy Vicente Beltrán y este es Antonio Medrano. Tú eres del reemplazo de este año, ¿no?
   -Sí, me llamo…
   -Ya sabemos cómo te llamas. Tienes unos apellidos poco corrientes. ¿Quién te ha recomendado, algún amigo de la familia? –pregunta el llamado Beltrán.
   -La verdad es que no lo sé, fue el sargento Linares quien me dijo que me habían destinado a Capitanía General. Y aquí, ¿qué tendré que hacer?
  -¿Que qué hay que hacer? Sobre todo tener contento a Fernández –asegura Beltrán-. Si el sargento está satisfecho esto es como un balneario, un remanso de paz y tranquilidad, solo faltan los buenos alimentos porque el rancho es de puta pena. O sea, que ya sabes lo que tienes que hacer, bailarle el agua a Fernández y reírle los chistes por malos que sean, que lo suelen ser, y de lo demás no te preocupes.
   -¿Solo estáis vosotros dos y el sargento o hay más gente?
   -Solo Fernández y nosotros; bueno, y ahora tú que completas la plantilla.
   -¿Y ese capitán Echevarría del que habló el sargento?
   -Del capitán, que es el jefe de este chiringuito, no debes preocuparte. Llega a media mañana, los días que viene, firma lo que haya que firmar y se va rápido. Es un buen tipo y posiblemente te pasarás meses sin hablar con él, solo trata con el sargento. Además tiene poco de militar, es del Cuerpo Jurídico y pasa mucho de saludos y ringorrangos de esos que tanto les gustan a los oficiales de carrera. Con decirte que siempre viene vestido de paisano está dicho todo.
   Para Julio oír como hablan sus nuevos compañeros es como descubrir otro mundo. Lo primero que nota es que los que van a ser sus nuevos camaradas hablan un castellano más correcto que el de sus compañeros de campamento, aunque con un acento que no reconoce, y que charlan del ejército y de los mandos sin ninguna clase de temor. Le da en la nariz que tiene mucho que aprender de ellos. Le cuentan que ambos son valencianos, Beltrán, que parece ser el más veterano, es de un pueblo de la provincia de Valencia, Játiva aunque él dice siempre Xàtiva, y trabajaba de administrativo en una empresa exportadora de naranjas. Medrano es de Elche, en la provincia de Alicante, y era escribiente en una fábrica de calzado. Parece que se llevan bien y han dispensado una amable acogida al mañego, aunque algo aséptica.
   -¿Tienes algún título?, me refiero a si has hecho una carrera –indaga Beltrán.
   Julio les cuenta la verdad, que estudió bachillerato pero no lo terminó y lo mismo le ocurrió con los estudios de contabilidad. El hecho de que no esté diplomado parece que supone un alivio para ambos veteranos. Luego le explican que, como ha dicho el sargento, se dedicará sobre todo a tener al día el archivo que ocupa todo un lateral de la estancia, y que guarda las fichas de todos aquellos militares y civiles que han tenido algo que ver con la justicia militar en el ámbito competencial de la Capitanía General de Baleares, pues la dependencia es la Secretaría de Justicia de la misma.
   -¿Y qué es la Secretaría de Justicia? –pregunta Julio.

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
19. ¿Unas vikingas?