martes, 24 de marzo de 2020

Libro I Episodio 18. La Secretaría de Justicia


   Una mañana, cuando Julio llega a la oficina de la compañía encuentra a Linares jurando como un carretero porque el papel calco se le ha movido y las copias han salido ilegibles.
   -¡Mierda de papel carbón, cada día es peor!, se lo tendrían que hacer tragar al gilipollas que compró esta remesa.
   El mañego ve la oportunidad de congraciarse con el suboficial que sigue ignorándole.
   -Mi sargento, ¿me permite que se lo escriba?, conozco un truco que hace que el calco no se mueva.
   -¿Tienes buena letra?
   -Compruébelo usted mismo –dice Julio enseñando a Linares algunas muestras de su actividad amanuense.
   -No está mal. Haces original y tres copias, luego me lo pasas a la firma.  
   -A sus órdenes, mi sargento.
   Así es como Julio se convierte de verdad en machacante del sargento y no solo del cabo Esparza, que es como se apellida el furriel. En adelante, la vida campamental se torna todavía más plácida para el mañego. Incluso uno de los veteranos, que le había tomado ojeriza por un quítame allá esas pajas y que le gastó más de una novatada, no ha vuelto a meterse con él porque sabe que teniendo el favor del sargento es mejor no molestarle. Julio, al tener una posición de fuerza, ha tomado a Agustín como su protegido y el mozo de Montánchez está disfrutando de alguna de las prebendas que tiene su amigo, entre ellas, y no es moco de pavo dado que el rancho sigue siendo malo de solemnidad, contar con raciones extras de chuscos lo que le permite trocarlos por otros alimentos y especialmente por tabaco ya que es un empedernido fumador. 
   Como se acerca la jura de bandera en la que han de participar todos los reclutas, algunas mañanas Julio ha de ir a la instrucción de orden cerrado con armamento, porque el desfile de la jura se hace con fusiles al hombro. El mañego comprueba que lamentablemente lo del cabo del cuartel de Húsares que se metía con él porque no marcaba bien el paso no fue porque le tuviera manía, resulta que es un patoso y lo de llevar el paso al mismo ritmo que los demás es algo incapaz de realizar como es debido. En cuanto el sargento, alertado por uno de los cabos, constata que tiene un garbanzo negro que altera el desfile de la compañía lo soluciona metiéndolo en el interior de la formación para que pase desapercibido. Es una vejación que Julio ha de tragarse mal que le pese. Como le dice Agustín para consolarle.
   -Chacho, no se pue tener de to. Nunca serás un gastador, pero eres el mejor escribano del campamento.
   Llegado el solemne día de la jura de bandera todo transcurre mejor de lo que esperaba Julio que al estar metido en el centro de la compañía su descompensado ritmo pasa inadvertido. El campamento se llena ese día de visitantes y mandos superiores del regimiento y de otras unidades de la isla. Les dan una comida extraordinaria que consiste en paella, pero en la que el arroz resulta tal engrudo que hace que el popular plato valenciano de extraordinario no tenga nada. El mismo día de la jura, el cabo Esparza marca cuál será el futuro de Julio en el seno del regimiento de infantería.
   -Cuando me licencien pasarás a ser el furriel de la compañía. Espero que no hagas muchas pijás y no te indispongas con el teniente Álvarez que es quien corta el bacalao, porque el capitán Massanet ni pincha ni corta. Ah, tendrás que presentarte para cabo, el furriel ha de serlo –Es oírlo y Julio evoca al cabo de la Guardia Civil de San Martín, se enorgullecería de él: ahora machacante y luego furriel.
   Dos días antes de terminar el campamento y volver al vetusto cuartel de El Carmen, el sargento Linares llama al mañego.
   -Carreño, en cuanto lleguemos al regimiento te daré un pase para que vayas a Capitanía General adónde vas destinado, allí te presentarás al sargento Wenceslao Fernández. En la entrada de la Almudaina di tu nombre a la guardia y explicas que Fernández te está esperando. Puedes retirarte.
   Julio sale de la oficina desconcertado. No sabe si alegrarse o entristecerse. Tenía asumida la idea de que iba a ser el sustituto de Esparza cuando el furriel murciano se licenciara, y ahora le mandan a la Capitanía General de la que solo sabe que se ubica en el Real Palacio de la Almudaina. Su destino, ¿será mejor o peor que el de furriel?, se pregunta.
   El uno de agosto el mañego, que hasta se ha planchado el uniforme para estar más presentable, se dirige a Capitanía General. Va con cierta preocupación porque no le han dado ningún documento de que esté adscrito a dicha dependencia, solo sabe lo que le dijo el sargento Linares. Al llegar al portón de acceso al patio interior del edificio le da el alto el plantón de guardia.
   -Alto, ¿dónde crees que vas, infante? –El soldado lleva la insignia del Cuerpo de Artillería. Posteriormente, Julio se enterará de que la guardia de Capitanía se distribuye rotativamente entre todas las unidades de la isla. Hoy toca a los artilleros.
   -Me está esperando el sargento Wenceslao Fernández. Soy… -El plantón no le da a pie a que siga hablando-. ¡Sargento de guardia! –grita.
   Sale un suboficial, también de artillería, ante quien se cuadra el mañego que vuelve a repetir lo del sargento Fernández y le dice su nombre. El sargento artillero ojea una tablilla en la que hay un rimero de papeles hasta que encuentra el nombre del joven extremeño.
   -¿Julio Carreño Lahoz?
   -Sí, mi sargento.
   -¡García! –Al instante aparece un cabo-. Acompaña al infante a la Secretaría de Justicia, ¿sabes dónde está?
   -Sí, mi sargento.
   El cabo, a quien sigue como un corderito el mañego, cruza el patio interior y sube una amplia y empinada escalera. Luego recorre unos lóbregos pasillos que hacen diversos zigzags, de tal manera que Julio termina sin saber en la dirección que van. Hasta que llegan a una estancia bastante espaciosa donde hay dos soldados sentados en sendas mesas y en otra situada al fondo está un sargento. La estancia está bien iluminada pues dos ventanas dan al exterior.
   -A sus órdenes, mi sargento. Este infante pregunta por usted.
    Julio se cuadra ante el sargento, del que solo sabe que se llama Wenceslao Fernández. Es un hombre de mediana edad, ligeramente pasado de peso, lleva gafas y el pelo comienza a ralearle.
   -Tú debes ser el que me manda Linares, ¿no?
   -Yo estaba en la compañía del sargento Linares en el campamento. Era su machacante y no puedo decirle más, mi sargento.
   -Bien, Carreño, te han destinado a esta Secretaría. Te ocuparás sobre todo de los archivos. Tus compañeros Beltrán y Medrano te pondrán al corriente de todo. Cuando llegue el capitán Echevarría, que es el jefe, te presentaré. Veo que vas aseado, así es como debes de presentarte diariamente: limpio, afeitado y uniformado como dictan las ordenanzas. Beltrán, luego lo llevas abajo para que lo inscriban en la compañía de destinos, le den un catre, le asignen una taquilla y todo lo demás.
   El sargento Fernández sale de la estancia y Julio se queda con los dos soldados que le miran con cierta expectación. Tras irse el sargento se presentan.
   -Soy Vicente Beltrán y este es Antonio Medrano. Tú eres del reemplazo de este año, ¿no?
   -Sí, me llamo…
   -Ya sabemos cómo te llamas. Tienes unos apellidos poco corrientes. ¿Quién te ha recomendado, algún amigo de la familia? –pregunta el llamado Beltrán.
   -La verdad es que no lo sé, fue el sargento Linares quien me dijo que me habían destinado a Capitanía General. Y aquí, ¿qué tendré que hacer?
  -¿Que qué hay que hacer? Sobre todo tener contento a Fernández –asegura Beltrán-. Si el sargento está satisfecho esto es como un balneario, un remanso de paz y tranquilidad, solo faltan los buenos alimentos porque el rancho es de puta pena. O sea, que ya sabes lo que tienes que hacer, bailarle el agua a Fernández y reírle los chistes por malos que sean, que lo suelen ser, y de lo demás no te preocupes.
   -¿Solo estáis vosotros dos y el sargento o hay más gente?
   -Solo Fernández y nosotros; bueno, y ahora tú que completas la plantilla.
   -¿Y ese capitán Echevarría del que habló el sargento?
   -Del capitán, que es el jefe de este chiringuito, no debes preocuparte. Llega a media mañana, los días que viene, firma lo que haya que firmar y se va rápido. Es un buen tipo y posiblemente te pasarás meses sin hablar con él, solo trata con el sargento. Además tiene poco de militar, es del Cuerpo Jurídico y pasa mucho de saludos y ringorrangos de esos que tanto les gustan a los oficiales de carrera. Con decirte que siempre viene vestido de paisano está dicho todo.
   Para Julio oír como hablan sus nuevos compañeros es como descubrir otro mundo. Lo primero que nota es que los que van a ser sus nuevos camaradas hablan un castellano más correcto que el de sus compañeros de campamento, aunque con un acento que no reconoce, y que charlan del ejército y de los mandos sin ninguna clase de temor. Le da en la nariz que tiene mucho que aprender de ellos. Le cuentan que ambos son valencianos, Beltrán, que parece ser el más veterano, es de un pueblo de la provincia de Valencia, Játiva aunque él dice siempre Xàtiva, y trabajaba de administrativo en una empresa exportadora de naranjas. Medrano es de Elche, en la provincia de Alicante, y era escribiente en una fábrica de calzado. Parece que se llevan bien y han dispensado una amable acogida al mañego, aunque algo aséptica.
   -¿Tienes algún título?, me refiero a si has hecho una carrera –indaga Beltrán.
   Julio les cuenta la verdad, que estudió bachillerato pero no lo terminó y lo mismo le ocurrió con los estudios de contabilidad. El hecho de que no esté diplomado parece que supone un alivio para ambos veteranos. Luego le explican que, como ha dicho el sargento, se dedicará sobre todo a tener al día el archivo que ocupa todo un lateral de la estancia, y que guarda las fichas de todos aquellos militares y civiles que han tenido algo que ver con la justicia militar en el ámbito competencial de la Capitanía General de Baleares, pues la dependencia es la Secretaría de Justicia de la misma.
   -¿Y qué es la Secretaría de Justicia? –pregunta Julio.

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
19. ¿Unas vikingas?

viernes, 20 de marzo de 2020

Libro I Episodio 17. Profesor, machacante y escribano


   En el cuartel de El Carmen, el capitán que ha escoltado desde el puerto a la agrupación de quintos del 89 les presenta el jefe del regimiento.
   -¡Atención! Va a hablarles el coronel del regimiento de infantería Mallorca, número 13, ilustrísimo señor don Jacinto Mascaró González.
   El coronel carraspea, se atusa el magnífico mostacho que luce, y lanza una breve arenga.
   -Caballeros –Más de un mozo da un respingo, no están acostumbrados a semejante tratamiento-, bienvenidos al regimiento de infantería Mallorca que me honro en mandar. Dentro de tres meses, cuando terminen el correspondiente período de instrucción, jurarán bandera y se convertirán en lo más honroso y digno que puede ser un español: un soldado de infantería, de la gloriosa infantería española digna heredera de aquellos tercios de Flandes que asombraron al mundo. Espero y deseo que se hagan ustedes merecedores de aquellos héroes. Y ahora, les pido que respondan con un vibrante viva a mis tres consignas finales –y elevando aún más su tono proclama-: ¡Viva España!, ¡Viva el ejército español!, ¡Viva la infantería española! –Vivas que son coreados unánimemente por los reclutas.
   Los quintos del reemplazo del 89 comienzan inmediatamente el periodo de instrucción, para ello los trasladan a un campamento militar cerca de Palma, en una zona denominada Son Rapinya. La mayoría de las instalaciones son barracones y tiendas de campaña en los que se aloja la tropa. Hay algunas construcciones de mampostería que quedan reservadas para residencia de oficiales, cocina, comedor y almacenes para guardar alimentos y pertrechos. A Julio y Agustín los han encuadrado en la primera sección de la compañía número tres a cuyo frente está el capitán Jorge Massanet a quien pocas veces se le ve. El oficial al mando de la sección es el teniente Luis Álvarez, pero quien lleva todo el peso de la sección es el sargento Antonio Linares que está al frente del grupo de soldados veteranos que son los que realmente instruirán a la tropa. La primera impresión que da Linares es que se desayuna reclutas crudos, pero pronto descubren los mozos más avispados que en realidad es un tipo de gran corazón. En cambio, el teniente Álvarez, de prominente barriga y un bigotillo que más bien parece formado por una hilera de hormigas, es un chusquero francamente desagradable. El primer día que aparece por la sección ordena que les pelen al cero, con el consecuente disgusto de los reclutas, agravado porque son los únicos pelones del campamento. Julio, que presume de tener un bonito pelo, contempla como los compañeros que le preceden para entrar en la peluquería salen de la misma con la cabeza monda y lironda. Piensa que menos mal que Consuelo no le va a ver con la cabeza como un huevo, se moriría de vergüenza.
   A los pocos días de estar en el campamento y después de una sesión de teórica el sargento Linares pregunta:
   -Que levanten la mano los reclutas que sepan leer y escribir.
  De los treinta y tantos de la sección menos de una decena levantan la mano. Julio, sin saber por qué, no la levanta, algo de lo que luego se arrepiente. Cuando se lo comenta a Agustín que es con quien más charla, su paisano se le burla y al tiempo le consuela.
   -No te preocupes, chacho, que eso lo arreglo yo en un visto y no visto.
   Agustín, que es analfabeto pero más listo que el hambre, le ríe las gracietas al cabo furriel de la compañía intentando congraciarse, aunque el furriel, un murciano retaco y delgaducho, no otorga su amistad así como así. Para ganárselo, y al tiempo hacerle un favor a su amigo Julio, le sopla al furriel una confidencia sobre uno de los quintos.   
   -Mi cabo, hay un recluta en la sección que sabe la tira de letras y números. Solo le diré que durante el viaje tos le llamaban el profesor.
   -Pijo, ¿y pa qué me cuentas eso?
   -Por na, solo pa que lo sepa. Saber leer y escribir está tirao, pero saber de números de esos hay pocos, sobran deos en la mano pa contarlos.
   El murciano, que se ha quedado con la copla, al día siguiente llama a Julio al despachito del barracón que hace las veces de oficina de la compañía.
   -Carreño, me han soplao que sabes de números, ¿es verdá?
   -Sí, mi cabo, he estudiao pa contable.
   -Pa contable, eh. A ver, siéntate y cuadra este estadillo.
   El encargo no puede ser más sencillo, se trata del estadillo de las raciones de chuscos que se distribuyen semanalmente en la compañía. Solo es cuestión de sumar y restar lo que Julio lleva a cabo en un abrir y cerrar de ojos. El murciano queda realmente impresionado.
   -Pijo, sí que sabes. No me has dao tiempo ni a rascarme y ya lo has terminao. Desde ahora quedas nombrao machacante del sargento Linares, pero a quien de verdá vas a ayudar será a mi menda. Mañana, después del desayuno te quiero aquí.
   -A sus órdenes, mi cabo.
   En realidad el furriel, como descubrirá enseguida el mañego, es un analfabeto funcional y lo de llevar las cuentas le resulta un calvario. Julio vuelve feliz al barracón de su sección. De golpe y porrazo se ha hecho realidad uno de los consejos que en San Martín le dio el cabo Montero: procura hacerte amigo del furriel. Y ello seguro que se lo debe a su amigo Agustín a quien busca para contarle la buena nueva y agradecerle su ayuda.
   -Agustín, mi madre me ha enseñao que de bien nacido es ser agradecido, lo que quiere decir que te debo una. Si no es por ti el furriel no me habría llamao –Julio está modificando su lenguaje para identificarse con el habla de la inmensa mayoría de sus compañeros de armas y que no le tilden de señorito.
   -Chacho, tú sabrás mucho de letras y cuentas, pero de la vida no sabes na. Si te hubieran puesto a guardar guarros a los nueve años como a mí estarías mucho más espabilao. Y no me debes na. Los amigos estamos pa hacernos tos los favores que podamos y a la viciversa.
   -Di lo que quieras, pero te sigo debiendo una. Ah, el furriel me ha nombrao machacante del sargento Linares, ¿tú sabes qué es eso?
   -¡La Virgen bendita, menuo chollo! El machacante es el soldao destinao a servir a los sargentos de la compañía. Después del asistente del capitán Massanet y el del mala follá del teniente Álvarez es el mayor enchufe de la compañía. ¡Chacho, tú has nacio de pie!
   A la mañana siguiente, Carreño se presenta en la oficina donde el cabo murciano le instruye sobre los estadillos, comprobantes y formularios que deberá cumplimentar. El papeleo es más voluminoso de lo que esperaba Julio.
   -Mi cabo, aquí hay tarea pa rato.
   -¿Y pa que crees que te necesito, pijo?, ¿pa contar las musarañas? Hala, ponte al tajo.
   En eso suena la llamada para formar, es la hora de ir al campo de instrucción.
   -Mi cabo, que llaman a formar, tendré que venir más tarde pa seguir con el papeleo.
   -Ni se te ocurra mover el culo. Tú a los papeles.
   -Mi cabo, que si pasan lista y no estoy me puede caer un puro de mucho cuidao.
   -Ni puros, ni pollas en vinagre, te he dicho que no muevas el culo y no te lo voy a repetir, sino el que te va a meter un paquete voy a ser yo.
   Julio hace caso al escuchimizado furriel, pero se queda con la inquietud de lo que le pueda pasar cuando no haya respuesta al pronunciarse su nombre. Se pasa media mañana cumplimentando estadillos y rellenando impresos pues, como comprueba, el ejército español en cuanto a burocracia debe de ser de los primeros. En un momento de la mañana en que está solo en la oficina, entra el sargento Linares. Al verle, Julio se levanta prestamente y se cuadra ante su superior.
   -A sus órdenes, mi sargento –y Carreño se queda esperando la segura bronca del suboficial.
Linares se limita a dejar unos papeles encima de la mesa y se marcha sin decir palabra.
   Poco antes de que toquen a fajina aparece el furriel que echa un vistazo por encima al trabajo de Julio y le ordena:
   -Puedes irte. Te espero después de jalar.
   Y así es como la vida del mañego da un giro radical respecto a la que llevan sus compañeros de quinta. En vez de estar en el campo de instrucción, se pasa las mañanas en la oficina de la compañía poniendo orden en la inacabable burocracia militar. Cuando no tiene nada que hacer se permite el lujo de gandulear o de acercarse a la cantina a tomarse algo sin que nadie le llame la atención. A pesar de todo, cuando en el despacho está el sargento sigue encontrándose incómodo, esperando que de un momento a otro lo envíe con el resto de la tropa, pero Linares se limita a seguir ignorándole. Los momentos libres, que a medida que domina el papeleo van multiplicándose, los dedica a escribir a Consuelo y a su madre. Desde hace unas semanas envía la correspondencia a su novia a la dirección de su amiga Carolina pues, como se temían, la señora Soledad interceptó las primeras cartas del mañego.
   Inesperadamente, Julio acaba sacando provecho de su mucho tiempo libre y su aseada caligrafía. Se ha corrido por el campamento la voz de que escribe muy bien y de que tiene una letra muy bonita, por lo que pronto recibe peticiones de escribir cartas a la familia y sobre todo a las novias. Al principio lo hacía sin percibir nada a cambio, como mucho algo de los paquetes de casa que reciben muchos reclutas, pero cuando las peticiones se multiplicaron decidió ponerles coto para lo cual puso un módico precio: un real por cuartilla de escritura. Ante su sorpresa, en cuanto puso precio a su actividad de amanuense las peticiones se multiplicaron. Resultado: está consiguiendo unos ingresos modestos pero regulares, con los que no contaba en absoluto, lo que le ha permitido no necesitar ningún giro postal de su madre y, por otra parte, permitirse pequeños lujos que le hacen más llevadera la monótona vida campamental, tal como almorzar muchos días en la cantina. Su actividad de copista ha provocado otro pequeño cambio: ya no le llaman profesor o machacante, ahora es conocido por sus compañeros como el escribano. Cambios que le dan de pensar: hay que ver, se dice, lo que cambias en el ejército, he pasado de profesor a machacante y luego a escribano. Vivir para ver. ¿Qué cambio me espera mañana?

PD.- Hasta el próximo martes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
18. La Secretaría de Justicia