viernes, 20 de marzo de 2020

Libro I Episodio 17. Profesor, machacante y escribano


   En el cuartel de El Carmen, el capitán que ha escoltado desde el puerto a la agrupación de quintos del 89 les presenta el jefe del regimiento.
   -¡Atención! Va a hablarles el coronel del regimiento de infantería Mallorca, número 13, ilustrísimo señor don Jacinto Mascaró González.
   El coronel carraspea, se atusa el magnífico mostacho que luce, y lanza una breve arenga.
   -Caballeros –Más de un mozo da un respingo, no están acostumbrados a semejante tratamiento-, bienvenidos al regimiento de infantería Mallorca que me honro en mandar. Dentro de tres meses, cuando terminen el correspondiente período de instrucción, jurarán bandera y se convertirán en lo más honroso y digno que puede ser un español: un soldado de infantería, de la gloriosa infantería española digna heredera de aquellos tercios de Flandes que asombraron al mundo. Espero y deseo que se hagan ustedes merecedores de aquellos héroes. Y ahora, les pido que respondan con un vibrante viva a mis tres consignas finales –y elevando aún más su tono proclama-: ¡Viva España!, ¡Viva el ejército español!, ¡Viva la infantería española! –Vivas que son coreados unánimemente por los reclutas.
   Los quintos del reemplazo del 89 comienzan inmediatamente el periodo de instrucción, para ello los trasladan a un campamento militar cerca de Palma, en una zona denominada Son Rapinya. La mayoría de las instalaciones son barracones y tiendas de campaña en los que se aloja la tropa. Hay algunas construcciones de mampostería que quedan reservadas para residencia de oficiales, cocina, comedor y almacenes para guardar alimentos y pertrechos. A Julio y Agustín los han encuadrado en la primera sección de la compañía número tres a cuyo frente está el capitán Jorge Massanet a quien pocas veces se le ve. El oficial al mando de la sección es el teniente Luis Álvarez, pero quien lleva todo el peso de la sección es el sargento Antonio Linares que está al frente del grupo de soldados veteranos que son los que realmente instruirán a la tropa. La primera impresión que da Linares es que se desayuna reclutas crudos, pero pronto descubren los mozos más avispados que en realidad es un tipo de gran corazón. En cambio, el teniente Álvarez, de prominente barriga y un bigotillo que más bien parece formado por una hilera de hormigas, es un chusquero francamente desagradable. El primer día que aparece por la sección ordena que les pelen al cero, con el consecuente disgusto de los reclutas, agravado porque son los únicos pelones del campamento. Julio, que presume de tener un bonito pelo, contempla como los compañeros que le preceden para entrar en la peluquería salen de la misma con la cabeza monda y lironda. Piensa que menos mal que Consuelo no le va a ver con la cabeza como un huevo, se moriría de vergüenza.
   A los pocos días de estar en el campamento y después de una sesión de teórica el sargento Linares pregunta:
   -Que levanten la mano los reclutas que sepan leer y escribir.
  De los treinta y tantos de la sección menos de una decena levantan la mano. Julio, sin saber por qué, no la levanta, algo de lo que luego se arrepiente. Cuando se lo comenta a Agustín que es con quien más charla, su paisano se le burla y al tiempo le consuela.
   -No te preocupes, chacho, que eso lo arreglo yo en un visto y no visto.
   Agustín, que es analfabeto pero más listo que el hambre, le ríe las gracietas al cabo furriel de la compañía intentando congraciarse, aunque el furriel, un murciano retaco y delgaducho, no otorga su amistad así como así. Para ganárselo, y al tiempo hacerle un favor a su amigo Julio, le sopla al furriel una confidencia sobre uno de los quintos.   
   -Mi cabo, hay un recluta en la sección que sabe la tira de letras y números. Solo le diré que durante el viaje tos le llamaban el profesor.
   -Pijo, ¿y pa qué me cuentas eso?
   -Por na, solo pa que lo sepa. Saber leer y escribir está tirao, pero saber de números de esos hay pocos, sobran deos en la mano pa contarlos.
   El murciano, que se ha quedado con la copla, al día siguiente llama a Julio al despachito del barracón que hace las veces de oficina de la compañía.
   -Carreño, me han soplao que sabes de números, ¿es verdá?
   -Sí, mi cabo, he estudiao pa contable.
   -Pa contable, eh. A ver, siéntate y cuadra este estadillo.
   El encargo no puede ser más sencillo, se trata del estadillo de las raciones de chuscos que se distribuyen semanalmente en la compañía. Solo es cuestión de sumar y restar lo que Julio lleva a cabo en un abrir y cerrar de ojos. El murciano queda realmente impresionado.
   -Pijo, sí que sabes. No me has dao tiempo ni a rascarme y ya lo has terminao. Desde ahora quedas nombrao machacante del sargento Linares, pero a quien de verdá vas a ayudar será a mi menda. Mañana, después del desayuno te quiero aquí.
   -A sus órdenes, mi cabo.
   En realidad el furriel, como descubrirá enseguida el mañego, es un analfabeto funcional y lo de llevar las cuentas le resulta un calvario. Julio vuelve feliz al barracón de su sección. De golpe y porrazo se ha hecho realidad uno de los consejos que en San Martín le dio el cabo Montero: procura hacerte amigo del furriel. Y ello seguro que se lo debe a su amigo Agustín a quien busca para contarle la buena nueva y agradecerle su ayuda.
   -Agustín, mi madre me ha enseñao que de bien nacido es ser agradecido, lo que quiere decir que te debo una. Si no es por ti el furriel no me habría llamao –Julio está modificando su lenguaje para identificarse con el habla de la inmensa mayoría de sus compañeros de armas y que no le tilden de señorito.
   -Chacho, tú sabrás mucho de letras y cuentas, pero de la vida no sabes na. Si te hubieran puesto a guardar guarros a los nueve años como a mí estarías mucho más espabilao. Y no me debes na. Los amigos estamos pa hacernos tos los favores que podamos y a la viciversa.
   -Di lo que quieras, pero te sigo debiendo una. Ah, el furriel me ha nombrao machacante del sargento Linares, ¿tú sabes qué es eso?
   -¡La Virgen bendita, menuo chollo! El machacante es el soldao destinao a servir a los sargentos de la compañía. Después del asistente del capitán Massanet y el del mala follá del teniente Álvarez es el mayor enchufe de la compañía. ¡Chacho, tú has nacio de pie!
   A la mañana siguiente, Carreño se presenta en la oficina donde el cabo murciano le instruye sobre los estadillos, comprobantes y formularios que deberá cumplimentar. El papeleo es más voluminoso de lo que esperaba Julio.
   -Mi cabo, aquí hay tarea pa rato.
   -¿Y pa que crees que te necesito, pijo?, ¿pa contar las musarañas? Hala, ponte al tajo.
   En eso suena la llamada para formar, es la hora de ir al campo de instrucción.
   -Mi cabo, que llaman a formar, tendré que venir más tarde pa seguir con el papeleo.
   -Ni se te ocurra mover el culo. Tú a los papeles.
   -Mi cabo, que si pasan lista y no estoy me puede caer un puro de mucho cuidao.
   -Ni puros, ni pollas en vinagre, te he dicho que no muevas el culo y no te lo voy a repetir, sino el que te va a meter un paquete voy a ser yo.
   Julio hace caso al escuchimizado furriel, pero se queda con la inquietud de lo que le pueda pasar cuando no haya respuesta al pronunciarse su nombre. Se pasa media mañana cumplimentando estadillos y rellenando impresos pues, como comprueba, el ejército español en cuanto a burocracia debe de ser de los primeros. En un momento de la mañana en que está solo en la oficina, entra el sargento Linares. Al verle, Julio se levanta prestamente y se cuadra ante su superior.
   -A sus órdenes, mi sargento –y Carreño se queda esperando la segura bronca del suboficial.
Linares se limita a dejar unos papeles encima de la mesa y se marcha sin decir palabra.
   Poco antes de que toquen a fajina aparece el furriel que echa un vistazo por encima al trabajo de Julio y le ordena:
   -Puedes irte. Te espero después de jalar.
   Y así es como la vida del mañego da un giro radical respecto a la que llevan sus compañeros de quinta. En vez de estar en el campo de instrucción, se pasa las mañanas en la oficina de la compañía poniendo orden en la inacabable burocracia militar. Cuando no tiene nada que hacer se permite el lujo de gandulear o de acercarse a la cantina a tomarse algo sin que nadie le llame la atención. A pesar de todo, cuando en el despacho está el sargento sigue encontrándose incómodo, esperando que de un momento a otro lo envíe con el resto de la tropa, pero Linares se limita a seguir ignorándole. Los momentos libres, que a medida que domina el papeleo van multiplicándose, los dedica a escribir a Consuelo y a su madre. Desde hace unas semanas envía la correspondencia a su novia a la dirección de su amiga Carolina pues, como se temían, la señora Soledad interceptó las primeras cartas del mañego.
   Inesperadamente, Julio acaba sacando provecho de su mucho tiempo libre y su aseada caligrafía. Se ha corrido por el campamento la voz de que escribe muy bien y de que tiene una letra muy bonita, por lo que pronto recibe peticiones de escribir cartas a la familia y sobre todo a las novias. Al principio lo hacía sin percibir nada a cambio, como mucho algo de los paquetes de casa que reciben muchos reclutas, pero cuando las peticiones se multiplicaron decidió ponerles coto para lo cual puso un módico precio: un real por cuartilla de escritura. Ante su sorpresa, en cuanto puso precio a su actividad de amanuense las peticiones se multiplicaron. Resultado: está consiguiendo unos ingresos modestos pero regulares, con los que no contaba en absoluto, lo que le ha permitido no necesitar ningún giro postal de su madre y, por otra parte, permitirse pequeños lujos que le hacen más llevadera la monótona vida campamental, tal como almorzar muchos días en la cantina. Su actividad de copista ha provocado otro pequeño cambio: ya no le llaman profesor o machacante, ahora es conocido por sus compañeros como el escribano. Cambios que le dan de pensar: hay que ver, se dice, lo que cambias en el ejército, he pasado de profesor a machacante y luego a escribano. Vivir para ver. ¿Qué cambio me espera mañana?

PD.- Hasta el próximo martes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
18. La Secretaría de Justicia

martes, 17 de marzo de 2020

Libro I Episodio 16. El cuartel de El Carmen


   Del cuartel de Húsares conducen los reclutas a la estación de Delicias para coger el ferrocarril que desde 1859 enlaza la capital del reino con la ciudad del Turia por la ruta del puerto de Almansa donde se bifurca en dos ramales, uno a Alicante y otro a Valencia. El convoy militar está ocupado por quintos del reemplazo del 89, un destacamento de soldados veteranos y dos sargentos que, al mando de un capitán, son los encargados de escoltarlos. El viaje es largo y tedioso. En esta ocasión los compañeros de compartimento de Julio son nuevos, salvo el inevitable Agustín el porquerizo también destinado a las Baleares y que continúa pegado a él como una lapa. Agustín es la primera vez que sale de Montánchez, localidad sita al sur de Cáceres, y aunque intenta disimularlo está asustado, son demasiadas novedades para alguien que nunca ha salido de su pueblo y es la segunda vez que monta en tren.
   -Vas a ver lo grande que es el mundo –le anima Julio.
   -Si te digo la verdá, paisano, estoy acojonao.
   -Tranquilo, Agustín –le conforta Julio-, pase lo que pase estaré a tu lado.
   -Hemos llegao a Aranjuez –informa el enterado de turno-. Aquí se cultivan las mejores fresas de España y los espárragos también son de categoría.
   Tras dejar atrás la ciudad regada por el Tajo, Julio, que se ha puesto mustio pensando en su novia, se ha levantado y se ha puesto junto a una ventanilla para mirar el paisaje que, una vez pasadas las vegas ribereñas, es netamente manchego: grandes llanadas, escaso arbolado y una tierra seca y áspera. En la estación de Alcázar de San Juan la parada se alarga bastantes minutos y, como el tren no arranca y la charla se ha estancado, uno de los reclutas que porta una guitarra se pone a rasguearla.
   -Si me acompañas –pide uno al guitarrista- os cantaré una coplilla picante que alude a este pueblo –Y una vez que el ocasional músico le da la entrada, el mozo se arranca con buena voz y mejor entonación-. Morena de mis amores/ por el carril de tus brazos/ unos vienen y otros van/ Eres estación de paso/ como Alcázar de San Juan.
   La letrilla picaresca es recibida con aplausos y olés por los demás quintos y el guitarrista es requerido para acompañar a otros improvisados cantores. Pocos se saben las letras de las coplas que se cantan, hasta que uno se arranca con Asturias, patria querida e inmediatamente todos corean la popular canción, algo que llama la atención a Julio porque piensa que seguramente ninguno conoce esa región del Cantábrico. Tras Alcázar, el convoy para en Albacete. La capital de la provincia del mismo nombre merece la atención de los mozos porque los andenes están muy concurridos.
   -¿Sabéis que aquí se hacen las mejores navajas y cuchillos de España? –informa uno.
   -¡No jodas, chacho! Yo creía que las herramientas de metal eran cosa del norte, de Bilbao o por ahí.
   -Lo que yo te diga –dice el de la información sobre la cuchillería sacando una respetable navaja cabritera y mostrándola-. Me la regaló mi padre cuando hice la primera comunión y sigue teniendo un filo que corta un pelo de coño en el aire.
   Después de pasar Alcira la siguiente estación es la ciudad de Valencia para regocijo de los quintos que están deseando darse una vuelta por la capital levantina. El deseo se esfuma como por encanto cuando uno de los veteranos que les escoltan les anuncia que el destino final del convoy no es Valencia sino su puerto. En El Grao se despiden del ferrocarril y, tras el consabido pase de lista, les ponen en fila de a uno para embarcarles en el buque que les llevará a Mallorca, el vapor Bellver de la Empresa Marítima a Vapor e Isleña Marítima que cubre la línea regular entre las Baleares y la península.
   -Chacho, que grande es este barco, ¿será seguro? –pregunta un acobardado Agustín.
  En el buque les acomodan en camarotes de seis literas. No hay suficiente sitio para toda la tropa embarcada y a más de un centenar les ubican en la cubierta superior donde dormirán en unas estrechas hamacas. Casi todos han oído hablar de que la primera vez que navegas el mareo es poco menos que inevitable, pero luego resulta que solo se marean los más aprensivos de los cuales a Julio le tocan dos en el camarote. Al poco de salir de puerto, el estrecho habitáculo huele a vómitos y a meados. El mañego, asqueado, coge una manta y se sube a cubierta donde hace frío, pero únicamente se huele el húmedo aire marino. Ve una hamaca vacía y se acurruca en ella hasta que se duerme. Un brillante sol matinal le despierta a tiempo de ver entrar al vapor en un estrecho y alargado puerto. Julio no conoce Mallorca, pero ha ojeado alguna postal de la bahía de Palma, y lo que está viendo no se parece en nada a lo que recuerda del perfil de la ensenada palmesana.
   -¿Dónde coño estamos? –se pregunta en voz alta.
   -En Mahón, recluta –le contesta un marinero que pasa junto a él.
   -¿Pero este barco no iba a Mallorca? –pregunta, estupefacto, Julio.
   -Sí, pero antes recalamos aquí para que desembarquen los reclutas destinados a Menorca.
   Julio oye que otro marinero está explicando detalles del puerto natural de Mahón a un grupito de mozos y se pega a ellos.
   -…y esa es la Fortaleza de la Mola, un penal militar. Si alguno hace una trastada mientras
esté en la mili terminará aquí.
   En cuanto la tropa destinada a Menorca desembarca, el Bellver pone rumbo a Mallorca donde llega a media tarde. Esta vez Julio sí reconoce la silueta de la bahía de Palma y puede describirle el panorama a su paisano Agustín.
   -Mira, chacho, aquel edificio grandioso es la catedral de Palma y el que está enfrente es el Real Palacio de la Almudaina, sede de la Capitanía General de Baleares.
   Unos briosos acordes reclaman la atención de los quintos. Alineada en el muelle una banda militar interpreta marciales marchas. El ejército está dando la bienvenida a Mallorca al reemplazo del 89. Algunas de las marchas y alegres pasodobles que toca la banda le recuerdan a Julio a su madre, porque se los ha oído tararear alguna que otra vez. De la evocación de su madre pasa inevitablemente a la de su novia, cuyo recuerdo provoca que al mañego se le encoja el corazón. No tiene más tiempo para recuerdos porque alguien le palmea la espalda.
   -Chachos, ¿dónde os habías metio?, lo que m´a costao encontraros –Es otro extremeño del camarote de Julio-. Que dicen que hay que recoger los bultos que vamos pa tierra.
   Julio baja al camarote, recoge la maleta y vuelve a subir a cubierta acompañado por Agustín que sigue sin despegarse de él. El capitán, al frente del pelotón de soldados que les han escoltado desde que salieron del cuartel de Húsares, ordena que desembarquen y que formen en el muelle donde la banda de música ha enmudecido. Una vez en tierra, se procede al consabido pase de lista. A continuación se lleva a cabo la entrega formal de los quintos destinados a la isla por parte del capitán que los ha escoltado desde Madrid al oficial que viene a recibirles en nombre del Capitán General de Baleares. Realizado el relevo, pasan a leerse las relaciones de los reclutas destinados a las diversas unidades militares de Mallorca.
   -¡Ojalá quiera la Virgen de Guadalupe que me toque contigo! –musita Agustín.
   Un sargento, con voz de ordeno y mando, anuncia:
   -Los reclutas cuyos nombres voy a leer a continuación van destinados al regimiento de infantería Mallorca, número 13. A medida que oigan su nombre que vayan saliendo de la formación y que se alineen frente al sargento Martínez que es el que ha levantado la mano.
   El suboficial va leyendo nombres hasta que…
   -Julio Carreño Lahoz.
   -¡Presente!
    Y para alegría de Agustín poco después vocean el suyo:
   -Agustín García Llerena.
   -¡Presente!
   -Chacho, que suerte, no nos han separao –le sopla Agustín al oído en cuanto forma al lado de Julio quien mira con ternura a su camarada, le está cogiendo cariño-. ¿Crees que van a poner carros pa llevar las maletas?
   -¡Silencio, no quiero oír ni a una mosca! –conmina el sargento.
   Cuando la formación de los reclutas destinados al regimiento de infantería está completa, el sargento, tras dar la novedad a un teniente, ordena:
   -De frente, paso ordinario…, ar –Y la columna de tres en fondo se pone en marcha siguiendo la estela del suboficial. Cada quinto carga con su maleta, hatillos y bultos. No ha aparecido ningún carro para llevar los equipajes.
   El sargento, junto al pelotón de veteranos que escolta al desorganizado grupo, lleva a los reclutas que acaban de llegar a la isla por las calles palmesanas. Los transeúntes les ven pasar con una mezcla de curiosidad e indiferencia pues saben bien quienes son: una nueva leva de jóvenes peninsulares que no vienen precisamente a disfrutar de los encantos de su tierra.
   -Un, dos, ep, aro, un, dos, paso…, paso… -El sargento se empeña en que los reclutas marquen el paso. No hay manera, entre que los mozos están todavía muy verdes en instrucción de orden cerrado y que el peso de las maletas y fardos que portan dificulta que puedan moverse ágilmente la marcha de la formación es cualquier cosa menos marcial.
   La agrupación se detiene ante un imponente y vetusto caserón en cuya puerta de entrada hay un soldado haciendo guardia y en cuya fachada ondea la bandera nacional. El sargento les indica que al atravesar el umbral pasarán delante del cuarto de banderas donde se guarda la enseña del regimiento a la que hay que saludar. La formación entra en el edificio -que más tarde sabrán que se llama el cuartel de El Carmen- y se detiene en un gran patio interior alrededor del cual hay un corredor cubierto al que se accede a través de las arcadas que bordean el patio.
   -Dejar las maletas en el suelo –ordena el sargento y a continuación manda-. Fir…mes.
Mi teniente, sin novedad en la formación –El oficial da la novedad al capitán quien, a su vez, se la da a un jefe que luce tres estrellas en la bocamanga que relucen como soles.
   -A sus órdenes, mi coronel, sin novedad en la formación de los mozos del reemplazo de 1889.
   -Gracias, Mallén, que descansen y presénteme.

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I de Los Carreño, publicaré el episodio
17. Profesor, machacante y escribano