viernes, 6 de marzo de 2020

Libro I. Episodio 14. Camino de Madrid


   En la estación de Malpartida de repente la locomotora del convoy militar suelta un largo y agudo pitido y lentamente las ruedas comienzan a desemperezarse, como si les costara ponerse en camino. Momento en que todas las ventanillas se pueblan otra vez de mozos que, con medio torso fuera, agitan las manos y gritan despidiéndose de sus familiares. Julio intenta decirle adiós a Argimiro, pero no encuentra una sola ventanilla que no esté ocupada. Desiste y vuelve a dedicar su atención a los ocupantes de los dos bancos enfrentados que forman el compartimento abierto en el que ha encontrado sitio. Piensa que por su vestimenta y forma de expresarse posiblemente la mayoría de ellos sean gañanes o peones de trabajos y oficios propios de la agricultura y la ganadería.
   En cuanto el tren deja atrás la estación, las ventanillas se despueblan y las cierran porque el acre humo y la carbonilla que echa la locomotora se cuelan por ellas. Los mozos que están con Julio parece que no se conocen entre sí, por lo que se miran con desconfianza. Y es al mañego a quien más observan de reojo, al que enseguida tildan mentalmente de señorito. Uno de los consejos que el profesor Hernández le dio sobre cómo romper el hielo en una situación así es invitar a fumar. Paradójicamente, el mañego no fuma desde que, siendo un adolescente y cuando comenzaba a liar sus primeros pitillos, tuvo un brote de asma. El médico le recomendó que se olvidara del tabaco. Cuando se curó, mitad por inercia mitad por miedo a que le repitiera el ataque, no volvió a fumar. Pese a ello, y siguiendo el consejo de Hernández, suele llevar medio cuarterón de picadura del país que es más barata aunque de peor calidad que la que se vende en los estancos. Para completar el avío lleva un librillo de papel de fumar de Alcoy, la ciudad alicantina con bien ganada fama de ser productora del mejor papel de fumar del país.
   -¿Alguien quiere un pito? –ofrece Julio sacando la petaca.
   Las presuntas suspicacias que pudieran sentir hacia él los demás ocupantes del compartimento desaparecen como por encanto en cuanto los mozos ven el cuarterón y el librillo de papel que pasan rápidamente de mano en mano y, unos con más pericia que otros, todos acaban liando su cigarro.
   -Oye, ¿y tú no fumas? –pregunta uno al ver que el mañego no ha liado el correspondiente cigarrillo.
   Julio les cuenta el asma que padeció de pequeño y que desde entonces no fuma por prescripción médica. Lo de la prescripción deja en ayunas a más de uno, es la primera vez que escuchan tal palabreja. El mañego lo intuye y se dice que, si quiere hacer amigos en la mili, tendrá que usar un lenguaje más coloquial. Lo que hace es desviar la atención hacia él formulando una pregunta que todos pueden contestar.
   -¿Y dónde os ha tocado hacer la puta mili?
   La pregunta vuelve a barrer las suspicacias de sus ocasionales compañeros de viaje y uno tras otro van contando los destinos que les deparó el sorteo. Al oír que a Julio le tocó Mallorca, lamentan su mala suerte porque, aunque pocos de ellos podrían situar a la isla en el mapa, saben que los destinos del sorteo son para la península y las Baleares, por lo que suponen que las islas deben estar muy, muy lejos.
   -¿Y tienes que ir en barco? –pregunta uno.
   -Sí, claro, no hay otra forma de ir.
   -¿Y tendrás que pasar el mar? –inquiere otro.
   Es hablar del mar y las preguntas se generalizan. Resulta que ninguno de ellos ha visto el mar y cuando Julio les cuenta que, cuando era un crío, sus padres le llevaron unos días a la onubense playa de La Antilla todos quieren saber cómo es el océano. Julio les describe el salado sabor del agua, su azulado color, el vaivén de las olas y como rompen en la arena de las playas o en las rocas de los acantilados…, pero sobre todo trata de que comprendan su inmensidad.
   -¿Asina qué la tierra es solo una cuarta parte del mundo? –pregunta, incrédulo, otro.
   -Más o menos.
   El escepticismo se pinta nítidamente en los rostros de los jóvenes que la mayor extensión de agua que deben haber visto en su vida debe ser la charca de Brozas o el lago de Jaraíz de la Vera. Tras diversas preguntas cuestionando la grandiosidad del mar, Julio lo deja por imposible.
   -Y tú, ¿de dónde eres? –le pregunta otro.
   -De San Martín de Trevejo, en el Valle de Jálama.
   -¡Mecagondié!, ¿de dónde hablan tan raro?
   -Sí, allí hablan la fala que es un lenguaje medio gallego, medio portugués.
   -Pero tú hablas como mu redicho, ¿es qué has estudiao?
   -Un poco -Y antes de que continúen preguntándole, el mañego revierte la situación al  formular otra pregunta que atañe a todos.
   -¿Y vosotros de dónde sois?
   Resulta que salvo dos que son de Trujillo, todos los demás son de pueblos de las zonas oeste y sur de Cáceres, ciudad en la que la mayoría ha accedido al convoy. Al llegar a la estación de Casatejada las ruedas chirrían estrepitosamente al aplicarles los frenos.
   -¡Mecagondié!, ¿este cacharro no se va a salir de las vías con tantos frenazos? –se pregunta uno de los mozos.
   Habiendo sacado a colación la cuestión del tren, uno de los quintos pregunta dirigiéndose a Julio.
   -Oye, chacho, tú que paece que ties letras, ¿qué clase de motor lleva este tren?
   El mañego explica, procurando usar palabras que todos puedan entender, que el convoy es arrastrado por una locomotora de vapor y describe su funcionamiento. Puesto que necesariamente ha debido usar palabras como pistones o bielas, la explicación es confusa para la mayoría.
   -Vamos a pasar por Talavera de la Reina, ¿verdad? –pregunta uno que, sin esperar respuesta, explica-. Allí hacen ladrillos, tejas y cacharros de barro de lo mejorcito. Bien lo sé yo que soy peón de albañil y he trabajao con ese material.
   -Oye, chacho, ¿y el viaje dónde acaba, en el destino de ca uno? –Una pregunta más de otro quinto.
   -No lo sé cierto, pero algo oí de que este tren tiene su última pará en Madrid –Julio está tratando de acomodar su lenguaje al de sus circunstanciales compañeros.
   -¡La hostia, Madrí!, allí es donde voy destinao –cuenta uno.
   -Tú habrás estao en Madrí, ¿qué nos pues contar?
   Julio solo ha estado dos veces en Madrid y les cuenta algunas de las cosas que recuerda de la capital del reino.
   -M´imagino que la estación de Madrí debe ser más grande que la de Cáceres –supone uno que, dirigiéndose a Julio, inquiere-, ¿a qué sí?
   -Pues no lo sé porque en Madrid hay varias estaciones. Yo solo recuerdo la estación del Norte y la de Delicias, y hace poco leí en los papeles que se está construyendo una nueva que se llamará la estación de Atocha.
   -Oye, profesor -¡Mierda!, exclama mentalmente Julio, ya me han bautizado-, Madrí estará lleno de mozas, ¿no?
   -Hombre, es una ciudad que tiene más de medio millón de habitantes, por tanto mozas debe haberlas a porrillo.
   -Y putas también debe de haber muchas –añade alguien.
   -Seguro que sí, pero deben ser de las caras –contesta otro que pregunta al mañego-. Profesor, ¿tú sabes cómo andan los precios?, me refiero a las putas.
   -No, eso no lo sé.
   -¿No me digas que has estao en Madrí y no te has dao una vuelta por alguna mancebía? –La pregunta está cargada de suspicacia.
   -Es que cuando estuve era un crío e iba con mi madre –se justifica Julio.
  El convoy hace una parada más prolongada en la estación de Talavera, en la que recorren los andenes unas mujerucas vendiendo vituallas y portando botijos con agua para refrescar el gaznate, pero ninguno de los quintos del compartimento compra nada. En cuanto el tren vuelve a ponerse en marcha, como si la vista de las vendedoras de comida hubiese despertado un apetito hasta ahora adormilado, la mayoría saca de entre sus equipajes algún atadijo en el que guardan viandas. Casi siempre se trata de algún tipo de embutido o de matanza de cerdo, también una hogaza de pan, y algunos sacan una bota con vino de la tierra. Julio, aunque no tiene hambre, opta por hacer lo mismo y abre el saquito que le ha preparado Consuelo. Cuando el mañego abre la navajita que lleva para cortar unas rodajas de salchichón recibe la rechifla general al comparar su cortaplumas con las navajas, algunas de ellas cabriteras y otras de carrraca, que se gastan los demás. Bueno, se dice Julio, mucho tendré que cambiar para que me acepten como a su igual, entre otras cosas debo comprarme otra navaja más recia.
   Después de la merendola y de haber hecho enflaquecer los pellejos de vino, la cordialidad y las ganas de cháchara vuelve a enseñorearse del grupo. Y, como no podía ser de otro modo, la charla se centra en lo que les espera en la puta mili, adjetivo que todos usan. En cuanto comienzan a compartir algunos de los consejos que los amigos veteranos que ya hicieron la mili les han dado, Julio comprueba que la mayoría de recomendaciones son las mismas que le dio el cabo Montero: que si ojito con los chusqueros, que nada de presentarse voluntario, que hay que hacerse amigacho del furriel… Es oír eso y uno que no debe haber tenido a nadie que le aconseje pregunta:
   -¿Quién es el furriel?
   -Profesor, tú ties mejores palabras, explícale al pobrino quien es el furriel.
   -Por lo que me han contao un furriel es un cabo que tiene a su cargo la distribución de suministros de algunas unidades y el nombramiento del personal destinao al servicio de la tropa –explica Julio que está modificando su forma de expresarse.
   -Yo sabía lo del furriel, pero no sé quiénes son los chusqueros –dice otro.
   Nadie dice nada, pero todos miran a Julio.
  -Un oficial chusquero es aquel que ha conseguido su graduación ascendiendo desde soldao raso sin haber pasao por una academia militar –vuelve a explicar el mañego.
   Antes de que los quintos sigan con su cháchara una oleada nerviosa recorre el vagón, están entrando en el complejo viario antesala de la estación término. Sin darse cuenta han llegado a Madrid. Al instante, todos se arraciman en las ventanillas.
   -¿Esto es Madrí?, me lo figuraba de otra manera.
   -Si es que no se ven más que vías.
   -Es que esto es la estación de Delicias –explica alguien.
   -Profesor, ¿y de aquí adónde nos llevarán?

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I de la novela Los Carreño, publicaré el episodio 15. El regimiento de Húsares

viernes, 28 de febrero de 2020

Libro I. Episodio 13. ¿Será un presagio de mal agüero?


   En la charla que mantienen las dos parejas de novios sobre el ejército, Argimiro rebate la opinión de Julio de que la frase coloquial que el ejército es del rey solo lo es en sentido figurado.
   -Pues será como dices, pero la verdá es que cuando uno es soldao no sé si es propiedá del rey, pero sí de los militares –Y cuenta que el control del ejército sobre la vida del soldado es total, debiendo éste informarle de todo, al tiempo que el ejército certifica la situación del individuo, incluso si este quiere contraer matrimonio necesita su autorización.
   -Perdona, Argimiro, pero eso no es cierto del todo –le contradice otra vez Julio-. Antes era cómo dices, pero la I República derogó la petición de autorización para casarse que, además, se aplicaba casi solo a los oficiales.
   -Ah, Consuelín –aconseja Argimiro que no quiere continuar con la polémica-, cuando escribas a Julio, acuérdate de poner dentro del sobre algún sello, en la mili vas tan escurrio de cuartos que muchas veces no ties ni pa sellos.
   Tras la charla, Julio medita en el sino de la mayoría de quintos, sobre todo los de zonas rurales. Para ellos, la mili será la mayor aventura de su vida. Saldrán por vez primera de su terruño, y posiblemente la última, y verán tierras y ciudades de las que lo ignoran todo. Lo que les ocurra durante su estancia en el ejército lo guardarán como un tesoro y esos recuerdos los contarán una y otra vez a su mujer, a sus hijos y, si llegan a conocerlos, a sus nietos.
   El 23 de abril es la fecha que el Ministerio de la Guerra ha fijado para que los quintos del 89 se concentren en las correspondientes Cajas de Reclutas provinciales para partir hacia sus destinos. En el caso de Julio, y demás quintos de la provincia, deberán concentrarse en la Caja de Cáceres. El mañego viaja a San Martín para despedirse de su madre y recoger la ropa que va a llevarse. Doña Pilar lo tiene todo preparado y guardado en una maleta que el chico no recuerda haber visto en casa.
   -¿De dónde has sacado esa maleta, madre?
   -Le pedí al tío Rogelio que te la hiciera. Y a fe que ha hecho un buen trabajo.
   -¿Es de madera?
   -Evidentemente. Pedí precio de las de cuero, pero costaban una pequeña fortuna y preferí guardarme los cuartos para dártelos en lugar de gastármelos en una valija de postín. Esa maleta te hará el mismo papel y es mucho más barata. Y le ha puesto unas cerraduras muy fuertes, no las van a abrir fácilmente. Estas son las llaves, original y duplicado, las guardas en sitios distintos por si perdieras una de ellas. Dentro te he puesto dos mudas de ropa interior, cuatro pares de calcetines, tres camisas, dos pantalones, un jersey, una bufanda por si pasas frío y el chambergo que tanto te gusta. De zapatos te vas a llevar los mejores que tienes, los que te regalé por tu cumpleaños. Ah, también van media docena de pañuelos. Solo falta que pongas las cosas de aseo y recado para escribir y estará completa. De todos modos, en cuanto necesites cualquier cosa me escribes y procuraré mandártelo lo más rápido que pueda.
   -Muchas gracias, madre, ¿pero para qué tanta ropa? Me dijo Argimiro que en el ejército te dan no solo el uniforme sino un equipamiento completo, incluida ropa interior y calcetines.
   -Tú hazme caso que más sabe el diablo por viejo que por diablo. Otra cosa, en cuanto necesites dinero me lo dices. El tío Leoncio me ha dicho que por giro postal se pueden mandar hasta 200 reales si se libra contra una estafeta, y 400 si es contra una administración principal.
   -Procuraré pedirte lo menos posible, madre, y si puedo, nada. Sé lo justita que vas.
   -Eres mi único hijo. ¿Si no me gasto en ti las cuatro perras que tengo, en quién me las voy a gastar? Y ya está bien de parloteo que mañana tienes que madrugar. ¿Con Consuelo lo tienes todo hablado?
   El joven explica a su madre que con su novia lo tiene todo planeado, que si pueden se escribirán todos los días o, al menos, con la mayor frecuencia posible. También le cuenta que se ha despedido del profesor Hernández, quien le ha dado una carta de recomendación para un amigo que tiene en Palma, por si fuera posible reanudar sus estudios de contabilidad.
   -Se me olvidaba, hijo, me ha dicho el cabo Luque que te pases por el cuartel que te tiene preparado el pasaporte para que viajes a costa del estado a Cáceres.
   Al día siguiente, Julio, tras despedirse con un emotivo abrazo de su madre, coge su baqueteada bicicleta y se pone en camino hacia Malpartida. Esos postreros días resultan agridulces para los enamorados. Por un lado son tremendamente felices al poder estar juntos, por otro les angustia la inminente separación que cada día que transcurre está más cerca. Hablan sobre los planes que piensan llevar a cabo en cuanto Julio reciba la denominada licencia ilimitada que marcará el final de su vida militar en activo, aunque no su vinculación con el ejército porque tras la ilimitada pasará a la reserva activa adscribiéndole a un regimiento peninsular, hasta que transcurridos doce años reciba la licencia absoluta.
   Dos días antes de la fecha de concentración, un recado urgente del cabo Luque le indica a Julio que el lugar de reunión ha cambiado. En vez de concentrarse en la Caja de Reclutas de la capital, aquellos quintos que vivieran en el recorrido del ferrocarril de Arroyo-Malpartida de Cáceres a Madrid se unirán al convoy militar en la estación más cercana a su residencia, en su caso en la estación de Plasencia-Empalme.
    Los enamorados llevan despidiéndose todo el mes, pero arribado el día en el que la despedida es real, el adiós de la pareja es tan tierno como vehemente. Los novios se abrazan apasionadamente sin importarles que puedan verles. Los besos parecen interminables hasta que Carolina, muy puesta en su papel de carabina, les llama la atención.
   -Chachos, no sigáis asina porque mañana vais a ser la comidilla de to el pueblo.
   De mala gana, los jóvenes se separan. Es Consuelo la que primero se rehace.
   -Mi amor, tendrás que irte o perderás el tren. Toma –dice la joven dándole un saquito de tela-, aquí te he puesto unas viandas para el camino. Dios sabe a qué hora llegaréis a Madrid y cuándo os darán de comer. Todavía no soy muy buena cocinera, pero lo he preparado con todo el cariño.
   En eso, un par de mozos, también quintos, pasan cerca de ellos y gritan a Julio a quien conocen:
   -Carreño, que vas a perder el tren y te pelarán al cero. Espabila.
  -Son Luis y Federico. Han tenido más suerte que yo, uno va destinado a Burgos y el otro a Valladolid –explica Julio.
   -Que contentos van, ni que fueran a una boda –se extraña Carolina.
   -Es que será la primera vez que suban a un tren. Están como locos por estrenarse.
   En esas, llega Argimiro conduciendo su carro. Se ha ofrecido llevarle a la estación ferroviaria de Monfragüe, también conocida como Plasencia-Empalme que, pese a su nombre, está dentro del municipio de Malpartida de Plasencia y por la que ha de pasar el tren militar con destino a Madrid. Argimiro coloca en el carro la maleta y un atadijo, que es todo el equipaje del quinto, y le apremia.
   -Chacho, espabila, que todavía nos queda un buen trecho y la Culona no tiene un tranco mu largo.
   Como lo tenían hablado, y para no encocorar demasiado a su madre, Consuelo no le acompaña a la estación, se despiden allí mismo. Cuando Julio sube al carro y parten, el joven mañego no hace más que volverse una y otra vez para mirar la compungida carita de su enamorada que aguanta cómo puede sus incontenibles ganas de llorar. El viaje hasta la estación se le pasa a Julio en un abrir y cerrar de ojos. Argimiro ha intentado darle conversación, pero el joven quinto no está por la labor, por su mente pasan, como si fuera un caleidoscopio, todos los días que ha vivido junto a Consuelo. La evocación se trunca obligadamente en cuanto arriban a la estación que está abarrotada de gente, lo que hace que Julio se arrepienta que su novia no le haya acompañado. Al poco de llegar, arriba el convoy cuyas ventanillas aparecen ocupadas por pasajeros que miran con curiosidad a la gente apelotonada en el andén. El mañego no se demora, agradece a Argimiro su ayuda, le da un abrazo y sube al tren. En el convoy, que va sobrecargado, no se ve más que gente joven. Deben ser quintos como yo, piensa Julio. Para la inmensa mayoría, a los que se les ve expectantes, será su primera salida fuera de las lindes de su pueblo, por lo que para ellos el viaje supone la extraordinaria peripecia de aventurarse por tierras desconocidas. A otros, los menos, se les ve acoquinados y tristones, son los que se enfrentan al viaje con el temor de lo que pueda ocurrirles en un periplo que se sabe cómo comienza, pero no como puede terminar.
   Julio, tras recorrer un par de atestados vagones, encuentra un hueco donde sentarse gracias a que otro mozo le brinda un asiento del que ha quitado su petate. El joven mañego, para distraerse del omnipresente recuerdo de Consuelo, se dedica a observar a sus camaradas de viaje. Casi todos visten ropas gastadas y calzan alpargatas, la mayor parte usa una blusa de color gris o azulado y unos pocos llevan chaqueta, generalmente de pana que es la misma tela de la mayoría de los pantalones que visten. Son bastantes los que usan boina que llevan bien calada hasta media frente. Luego pasa revista al entorno. El vagón, sin compartimentos cerrados, es de madera con ventanillas a derecha e izquierda. Los bancos son corridos y hechos con listones de madera que los hacen incómodos. En la parte superior están los portaequipajes, también de listones de madera, que aparecen atestados de toda suerte de bultos y paquetes. Abundan las maletas, casi todas de cartón y atadas con cuerdas y correas. Fijarse en las valijas y acordarse de su madre es todo uno. Tenía razón madre, se dice, la maleta de madera al lado de estas es una joya. Termina mirando por la ventanilla que le cae más cerca y observa que el andén sigue atestado de gente que charla animadamente. Se suceden los abrazos y besos de las mujeres y las palmadas en la espalda de los hombres.
   ¿Cuándo retornaré al pueblo?, se pregunta Julio. ¿Cuándo volveré a ver a mi amor? No tiene respuestas, pero sí un nudo que le aprieta la garganta. ¿Será un presagio de mal agüero?

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I, Un mañego enamorado, publicaré el episodio 14. Camino de Madrid