viernes, 21 de febrero de 2020

Libro I. Episodio 12. Consejos vendo y para mí no tengo


   En el primer contacto que mantienen doña Pilar y Consuelo, al referir la joven que su madre no le enseñó nada sobre los cambios biológicos en el desarrollo femenino, la maestra la previene.
   -Mira, de ahí puedes sacar una lección para el futuro. Si llegas a tener hijas, no hagas como tu madre, al contrario, prepáralas de tal modo que cuando se hagan mujeres no tengan que preguntar a nadie, que ya lo sepan todo.
   -Ya lo había pensado, señora Pilar, pero gracias por el consejo. ¿Sabe?, su hijo dice que usted es muy inteligente, pero creo que todavía es mejor persona. Me parece que no va a ser la típica suegra que se lleva a matar con su nuera, sino todo lo contrario.
   -Gracias, Consuelo. Y por mí así será –La maestra cree que es el momento de adentrarse en temas más espinosos-. Veo con gran satisfacción que no me vas a defraudar, sabrás ser la Sara de Julio. Otra cosa, y te ruego que no te ofendas por lo que voy a decirte… Ambos sois jóvenes, sanos y estáis en la flor de la vida. Vuestro cuerpo tiene apetitos que hasta que no os caséis deberíais contener. Es difícil, complicado, hasta cruel, pero es lo que hay que hacer para seguir respetándoos hasta que podáis ser marido y mujer. ¿Me entiendes?
   Claro que Consuelo ha entendido a Pilar, buena prueba es que la joven se ha ruborizado hasta la raíz del cabello. Con ojos algo turbios, pero con voz firme contesta.
   -Doña Pilar, le juro que Julio me respeta. Nunca se ha propasado más allá de algunos abrazos y besos que han sido culpa de los dos. Para mí es una de las pruebas más firmes de lo mucho que me quiere. Por ese lado puede usted estar tranquila.
   -Y lo estoy, hijica. Te lo digo porque en ocasiones, en más de las que deberían, los hombres piensan más con la bragueta que con la cabeza y hay que atarles corto para que no pase nada de lo que luego lamentarse.
   Pilar, tras una pausa reemprende la charla para explicar lo que tiene en mente, pero dando un rodeo.
   -¿Recuerdas el refrán: consejos vendo y para mí no tengo?, pues muchas veces es lo que me pasa. Creo que es debido a mi profesión. Los maestros, y más los de primeras letras, somos muy dados a impartir doctrina sin fijarnos demasiado si a quien se la damos la necesita. Por eso, si en alguna ocasión me paso aconsejándote, te ruego que me perdones pero no te calles, dímelo, es la forma de saber cuándo uno se equivoca. Y yo, por muy maestra que sea, yerro, tantas o más veces que acierto.
   -No, señora Pilar, no le tengo que perdonar nada. Ojalá la hubiese conocido antes. Me habría gustado ser alumna suya y estoy segura de que me habría enseñado muchas cosas, sobre todo de esas como las que estamos hablando, de las relaciones entre mujeres y hombres. En el pueblo tuve una maestra que me enseñó mucho, pero nunca me dijo una palabra de que en la vida existen conocimientos tan o más valiosos que saber leer y escribir.
   -Suele ocurrir, a veces los docentes nos circunscribimos a las enseñanzas meramente formales y nos olvidamos de que los sentimientos, las actitudes y las emociones son parte fundamental de la vida. Se me ocurre una cosa. Como, por lo que me has contado, no hablas mucho con tu madre cuando necesites consultar algo que sea importante para ti puedes escribirme. Las cartas de Malpartida a San Martín no deben tardar mucho y te prometo que te contestaré a vuelta de correo.
   -Otra vez gracias, señora Pilar. Sería estupendo tenerla más cerca pero no siendo posible, usar la correspondencia me parece una buena idea –Al hablar del correo, y por asociación de ideas, Consuelo le cuenta lo que la pareja ha pensado en el caso de que su madre intercepte las cartas de Julio.
   -Me parece una excelente y previsora idea. ¿Eso quiere decir que tu señora madre no ve con buenos ojos vuestra relación? –Es una pregunta capciosa porque Pilar sabe por su hijo que la señora Soledad no le considera el partido idóneo para Consuelo y que le pone todos los obstáculos posibles, pero pretende saber cómo respira la muchacha sobre la cuestión.
   -Desgraciadamente, es así. Mi madre pretende casarme con algún chico de una familia con posibles, pero yo estoy cansada de repetírselo: con quien quiero casarme es con Julio. ¿Sabía qué nos hemos prometido delante de Nuestra Señora de la Luz?
   Pilar lo sabe, pero otra vez se hace de nuevas. Consuelo le cuenta la ceremonia del solemne voto que hizo la pareja ante la patrona de Malpartida. Al revivir la escena, la joven se emociona tanto que la voz se le quiebra y unas inesperadas lágrimas humedecen sus mejillas. La maestra no puede contenerse y aprieta a la muchacha contra sí que le devuelve el abrazo con todo cariño. Así las encuentra el joven mañego, abrazadas como si fueran madre e hija.
   -Pero bueno, ¿qué pasa aquí? Me voy a dar un garbeo y cuando vuelvo mira que me encuentro.
   La respuesta es un abrazo de su madre y otro de su novia que, además, le da un fugaz beso en la mejilla.
   -Bueno, si voy a ser recibido de este modo, ahora mismo me marcho y vuelvo dentro de un rato –dice el joven quinto, más alegre que unas pascuas, pues deduce que el abrazo entre ambas mujeres significa que la conversación ha sido satisfactoria.
   -Julio, hijo, tienes una novia que no te la mereces. No solo es bonita, sino que también es lista, sensata y todo un carácter. Si alguna vez vuestro noviazgo se estropea por tu culpa debes saber que habrás perdido lo más valioso que un hombre puede encontrar en la vida: una mujer fuerte como las de la Biblia. Espero y deseo que tal cosa nunca ocurra.
   -Te lo juro, madre, por mí jamás ocurrirá. Consuelo es para mí como el aire que respiro, si me falta me ahogo.
   La joven, ante tantos halagos, no sabe a quién mirar ni qué decir. Se limita a sonreír con una cara de felicidad que vale por mil discursos. Y así termina el primer encuentro que, por lo que parece, ha sido grato para los dos amores de Julio.
   Como la salida del paso de Nuestro Padre Jesús Nazareno no se realiza hasta las diez de la noche, el miércoles por la mañana los enamorados tienen un buen rato para estar juntos otra vez, ahora sin la compañía de Pilar que ha preferido dejarles solos. Se divierten, como si fueran adolescentes, paseando cogidos de la mano por las calles de la ciudad placentina, algo que en Malpartida no pueden hacer. El joven quinto, que conoce la ciudad mejor que la muchacha, se arroga el papel de cicerone y le enseña algunos de los lugares que vale la pena conocer, para lo que se ha empollado un libro sobre Plasencia que encontró en la biblioteca del ayuntamiento. Comienza mostrándole la portada románica de la catedral vieja, la catedral nueva solapada con la anterior de estilo renacentista y con una portada de estilo plateresco, las murallas de finales del siglo XII en las que todavía quedan veinte cubos, la Plaza Mayor en la que sobresale el ayuntamiento y, finalmente, una recoleta y hermosa plazuela.
   -Si tuviera que elegir el rincón que más me gusta de Plasencia sería este, la Plaza de San Nicolás –comenta el mañego.
   -La verdad es que es una plaza muy bonita con esa fuente en medio. Y ese caserón que parece muy antiguo, ¿qué es?
   -Es el palacio de los Marqueses de Mirabel, un edificio del siglo XV. Tiene un patio neoclásico de dos plantas que es precioso. Al otro lado, justo frente al palacio, esa iglesia es la de San Nicolás que tiene una portada románica, y en su parte posterior se abre una pequeña plaza donde está la llamada Casa de las Dos Torres que es el palacio más antiguo de Plasencia. Como curiosidad te diré que en él se alojó el rey Fernando el Católico.
   Abril ha comenzado, con lo cual la sensación que tienen los enamorados de que se les acaba el tiempo se acrecienta. Los días discurren veloces y las escasas horas que pueden estar juntos se les pasan volando. Los diálogos intrascendentes van cediendo paso a la realidad que les aguarda y esa realidad tiene nombre: la marcha del quinto al ejército. De eso está hoy hablando la pareja acompañados de Carolina y Argimiro, sus mejores amigos en el pueblo. Ambas muchachas no paran de preguntar detalles sobre el servicio militar y de lo que le puede esperar a Julio en Mallorca, su lugar de destino.
   -¿Y vas destinado a Palma o a un destacamento de algún pueblo? –quiere saber Argimiro.
   -Pues no lo sé, pero supongo que estaré en algún cuartel de la ciudad, no sé si en el resto de la isla hay más guarniciones.
   -¿Y a qué cuerpo te destinan? –repregunta Argimiro.               
   -Creo que a infantería, es el cuerpo adonde destinan más quintos.
   -¿Por qué siempre habláis de quintos y no de soldaos?, ¿eso de quintos qué quiere decir? –se interesa Carolina.
   -Quinto significa una parte de cada cinco y, en este caso, una persona de cada cinco –se apresura a explicar Julio que gallea de su mayor cultura-. Esa palabra proviene de cuando reclutaban hombres para el ejército eligiendo a un individuo entre cada cinco de una lista. Si te tocaba te convertías en el quinto, el número de la mala suerte.
   -Pues mi tío Paco, que es muy aficionao a los toros, siempre dice que no hay quinto malo –replica ingenuamente Consuelo.
   -Otra cosa –aconseja Argimiro-, al principio ándate con cuidao con los veteranos. Y sé lo que digo que para eso me he chupao tres años de puta mili.
   -Las palabrotas sobran, Argimiro –le recrimina su novia.
   -Perdona, cordera, ya sabes que se me escapan sin ánimo de ofender. En fin, chacho –sentencia Argimiro-, que te vas a servir al rey.
   -¿Qué tiene que ver el rey con la mili? –se sorprende Consuelo.
   -Pues que el ejército es del rey, por eso cuando vas a la mili se dice que vas a servir al rey –explica Argimiro.
   -Eso no es más que una frase hecha, a quienes sirves de verdad es a los militares y a los políticos –rebate Julio-. Aunque mi madre opina que a quien se tendría que servir es a la nación que, al fin y al cabo, es el conjunto de todos los españoles.
   -Y cuándo vuelvas, ¿qué piensas hacer? –pregunta Carolina.
   Julio va a contestar cuando nota la mirada de Consuelo fija en él. No sabe descifrar lo que encierra esa mirada. Y no responde.

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I, Un mañego enamorado, publicaré el episodio 13. ¿Será un presagio de mal agüero?

viernes, 14 de febrero de 2020

Libro I.Episodio 11. Cita en Semana Santa


   El 15 de febrero, Miércoles de Ceniza, comienza la Cuaresma de 1889, cuya culminación es la Semana Santa que empieza el 24 de marzo, Viernes de Dolores, y acaba el 2 de abril, Domingo de Resurrección. En Plasencia existen varias cofradías que recorren sus calles a lo largo de esa semana. Una de esas cofradías es la del Silencio, de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno, Cristo por quien la madre de Consuelo siente gran devoción desde que siendo una niña y habiendo contraído el tifus, gracias a su intercesión se curó, según le contaron. Por ese motivo, todos los años que puede se desplaza a Plasencia para asistir a la procesión que desfila la noche del Miércoles Santo. Toda la familia Manzano-Barrado, con la señora Soledad al frente, ha viajado este año a la ciudad placentina para asistir a las ceremonias del final de la Cuaresma. A la matriarca de la familia éste no era el año que mejor le venía el desplazamiento, pero ha pensado que así le hurta a su primogénita la posibilidad de verse con su pretendiente mañego durante unos días.
   Lo que menos podía pensar la señora Soledad es que su hija y su enamorado han urdido un plan para que los días que los Manzano pasen en Plasencia sirvan para que Consuelo pueda conocer y hablar con su futura suegra, doña Pilar Lahoz. Los Manzano llegan a la ciudad el lunes 27 y tienen previsto quedarse hasta el 1 de abril. Se alojan en casa de una prima hermana de Soledad, casada con un rico comerciante placentino. En cuanto a Julio y su madre también han llegado a la ciudad del Jerte y se han instalado en el piso que la amiga de Pilar, Etelvina, posee en Plasencia.
   El martes, 28, día en el que todavía no hay procesiones, la matriarca de los Manzano da permiso a su prole para que puedan darse un garbeo por la ciudad. Es la ocasión que esperaban los enamorados. El plan que han organizado es que Consuelo pueda verse con doña Pilar en un recoleto merendero de las afueras de la ciudad en el que es harto improbable que les vea Soledad. Una de las primeras impresiones que se lleva Consuelo al ver a la madre de Julio es que es bastante más chica de lo que imaginaba. Al ser Julio tan buen mozo esperaba que su madre fuera alta y recia, pero es más bien menuda y delgada, aunque aquellos ojos que la miran, con una mezcla de ternura y expectación, no tienen nada de menudos. Doña Pilar, como si hubiera leído la mente de la muchacha, le saluda preguntándole:
   -¿A qué esperabas que fuera más espigada? Cuando alguien conoce a Julio antes que a mí es lo que suele ocurrir. Como él tiene tan buena planta, imaginan que también la tendrá su madre. Es que en el físico ha salido a su padre, que en gloria esté, que también era un buen mozo.
   Consuelo se ha puesto colorada como un pimiento y balbucea algo parecido a una disculpa. La madre del quinto, en cambio, no se lleva ninguna sorpresa con la fisonomía y el porte de la joven, su hijo se la ha descrito con tanto detalle que es como si la conociera de toda la vida. Como Consuelo sigue visiblemente nerviosa y Julio parece que ha perdido el habla, ha de ser Pilar la que tome la iniciativa y le plante dos besos a la encogida muchacha.
   -Así que tú eres Consuelo. No sabes cuantas ganas tenía de conocerte. Mi hijo me ha hablado tanto de ti que es como si te conociera de siempre. Ahora bien, el muy tunante lo que me no dijo es que tienes carica de ángel. Entiendo que esté tan coladico por ti –Como la muchacha todavía no se arranca, Pilar busca una pregunta sencilla para que la joven pueda sentirse cómoda al contestarla-. Me dijo Julio que ibas a estudiar Magisterio, ¿por qué no lo hiciste?
   La joven, con la percha que le brinda su futura suegra, se desprende de sus nervios y recobra el temple del que suele hacer gala.
   -Yo sí que tenía ganas de conocerla, doña Pilar…
   -Llámame Pilar a secas.
   -Es que verá, a las maestras en el pueblo siempre las tratamos de doña y no me sale tutearla…, a lo mejor cuando nos conozcamos más…
   -Bien, Consuelo, no quiero violentarte, pero dime ¿por qué no estudiaste?
   La joven, ya serenada, le cuenta que lo de estudiar fue idea de su padre, que era un hombre avanzado a su tiempo porque en Malpartida ninguna moza había cursado una carrera, ni siquiera las hijas de los profesionales con título. Su padre pensaba que una mujer debe valerse por sí misma y no depender de un marido, y por eso quería que estudiase para maestra o enfermera. Justo en aquel verano, y antes de que pudiera comenzar sus estudios, fue cuando ocurrió la terrible desgracia: su padre fue coceado por un semental que le reventó la cabeza. No se pudo hacer nada para salvarle. Entonces su madre, que nunca vio con buenos ojos que la muchacha estudiara, con el pretexto de que tenía que hacerse cargo de las tareas de su difunto marido y que alguien tenía que cuidar de la casa, no la envió a Cáceres y allí se acabaron sus sueños de llegar a ser maestra o enfermera, aunque nunca llegó a saber qué le hubiera gustado más.
   -¡Qué mala suerte tuviste, hija! Lamento lo de tu padre. Si pensaba como cuentas es verdad que era un hombre adelantado a su tiempo. También yo tuve la suerte de tener un padre que tenía idéntico talante, y eso es algo que no abunda. Lo que predomina es la gente que piensa como tu madre, los hombres a trabajar o a estudiar y las mujeres a cuidar la casa y a tener hijos. Si algún día eres madre te encarezco que procedas con tus hijas como pensaba tu padre, si puedes dales estudios, será el mejor regalo que podrás hacerles.
   Consuelo escucha a doña Pilar como si oyera a alguien llegado del más allá. Es tan novedoso y apasionante lo que le aconseja que se dice: ¡Ojalá, la hubiese tenido por madre y no la que me ha tocado en suerte! Ahora comprende de donde provienen muchas de las ideas que le ha oído a Julio. La conversación entre ambas mujeres es cada vez más fluida y distendida y en la que el joven quinto apenas si participa hasta que…
   -Julio, hijo, ¿por qué no te das una vuelta por ahí y vuelves como dentro de media horita?
   -¡Pero, madre! –solo es capaz de replicar el joven.
   -Es que quiero hablar con Consuelo de cosas de mujeres y si estás delante se puede sentir incómoda. Anda, hijo, haz lo que te pido, por favor.
   Julio, entre sorprendido y un tanto molesto, mira a ambas mujeres y por momentos no sabe qué hacer hasta que ve en los ojos de su amada un tácito asentimiento. Entonces acepta la petición. En cuanto se quedan solas, doña Pilar no pierde el tiempo.
   -Querida Consuelo, si me lo permites quiero darte algunos consejos y ponerte al día de algunos aspectos del carácter de mi hijo que no sé si te ha contado. Antes que nada, quiero que sepas que, en el poco tiempo que llevamos charlando, he creído atisbar que eres una mujer con un temple y un carácter que puede hacerle mucho bien a Julio. Me gustas y comprendo por qué mi hijo está tan enamorado de ti. Si has leído la Biblia sabrás que en ella hay varios ejemplos de mujeres temerosas de Dios que marcaron la diferencia en su momento. Esas mujeres sobresalieron en un mundo dominado por los hombres y demostraron que Dios nos usa a todos para cumplir sus propósitos. O mucho me equivoco o tú puedes ser para Julio lo que Sara para Abraham o lo que Rut para Booz.
   -No valgo tanto, doña Pilar, usted es que me ve con buenos ojos. Solo soy una muchacha de pueblo con escasos saberes y que conoce muy poco mundo; eso sí, estoy muy enamorada de Julio.
   -Esa es la base más sólida para una relación duradera. Verás, hijica –la señora Pilar hace un inciso-, permíteme que te llame hija porque para mí es como si ya lo fueras. Julio tiene buen fondo y está total y completamente enamorado de ti, pero has de saber algo más de él…-Y Pilar le cuenta que su hijo tiene un vicio, que ha debido de heredar de su padre, es jugador, casi se le podría llamar ludópata. Ganó mucho dinero cuando alijaba por los lindes de la Raya y todo se le fue tras una baraja, en las riñas de gallos o en cualquier otra timba en la que apostar los dineros…-. Parece que desde que está saliendo contigo esa lacra ha desaparecido o, al menos, se ha atenuado pero, como es algo que lleva dentro, en un futuro, cuando os caséis, tendrás que estar vigilante y si ese vicio renace deberás ponerle coto con la mayor energía posible. En ello te puedes estar jugando el porvenir de vuestro amor y la felicidad de vuestro hogar. Si recae, átale corto y sé la mujer fuerte que intuyo que eres.
   -Gracias, doña Pilar. ¿Sabe?, Julio me lo contó, lo de que le gustaba el juego y, cuando acepté que me cortejara, fue una de las condiciones que le puse, que dejara de jugar. Ah, y también le pedí que se buscara un trabajo honrado y que se olvidara de alijar. Si no me ha engañado, y creo que no lo ha hecho, está cumpliendo su promesa y se porta como un hombre cabal.
   Pilar asiente, la muchacha está respondiendo mejor de lo que imaginaba. Ahora le toca la parte más delicada y difícil. La maestra, conocedora del bajo nivel de formación sexual que en general tienen las jóvenes lugareñas, y después de algún titubeo, ataca la que puede ser la parte más escabrosa de la conversación.
   -Supongo, Consuelo, que tu madre te explicó en su día los cambios que sufre la mujer cuando alcanza la pubertad… Me refiero a la menstruación y a todas sus consecuencias…, así como que en adelante está en condiciones de ser madre…
   -Ya sé por dónde va, señora Pilar –La joven tan pronto trata a su futura suegra de doña como de señora-, y no, mi madre casi no me explicó nada, suele decir que esas cosas se aprenden solas. Únicamente la tía María, la hermana mayor de mi madre, me dio alguna explicación pero como al desgaire. Aprendí más de mis amigas. Y para que vea que estoy preparada, cuando mi hermanita Luisa, que ya tiene trece años, tuvo su primera regla fui yo quien le tuvo que contar qué era lo que le pasaba y lo que tenía que hacer en adelante.
   Pilar se dice: lo qué sospechaba, de una madre ignorante salió una chica lista. Creo que puedo afinar más los consejos, ¡Dios quiera que acierte!

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I, Un mañego enamorado, publicaré el episodio 12. Consejos vendo y para mí no tengo

viernes, 7 de febrero de 2020

Libro I Episodio 10. La promesa


   La pregunta de Julio acerca de cómo Consuelo piensa guardar su ausencia mientras esté en el ejército pilla a contramano a la joven, pero solo unos segundos porque es algo en lo que ha pensado en más de una ocasión. Sabe perfectamente que lo de guardar la ausencia -ser fiel a la persona querida que se encuentra lejos- es una costumbre muy arraigada en los pueblos pequeños. Y aunque Malpartida, que dos años antes había registrado una población de hecho de 4.659 habitantes, no puede ser considerado como tal, tampoco es lo suficientemente grande como para que no trascendiera enseguida que tal o cual moza no le era fiel a su novio mientras este cumplía el servicio militar. Sabe igualmente que la costumbre, en un sociedad en la que prevalecen los criterios masculinos, atañe más a las mujeres que a los hombres, convierte de hecho a las novias de los soldados, o de aquellos que se van del pueblo por otros motivos, en una suerte de prematuras viudas, porque no está bien visto que una moza que tiene novio goce de la misma libertad de movimientos que una joven que no está comprometida. La verdad es que lo que significa guardar la ausencia no le hace ninguna gracia por lo que supone de restricción en todos los sentidos, pero es consciente de la fuerza que tiene la añeja tradición.
   -¿Por qué lo preguntas?
   -Porque, si te he de ser sincero, algo preocupado sí que estoy. Sé lo mucho que me quieres y tengo plena confianza en ti, pero va a ser mucho tiempo sin vernos, sin poder hablar, sin que tengas a alguien que te saque a pasear, a divertirte… Y como tendrás menos distracciones, ¿quién me asegura que no terminarás aburriéndote?
   La joven vacila en si ofenderse o rebatir las dudas de su novio. Opta por lo último. Jura y perjura que eso nunca ocurrirá por mucho tiempo que estén separados. Y para calmar al muchacho le propone algo que guardaba en la recámara por si la cuestión de guardar la ausencia aparecía en sus conversaciones.
   -El vicario de mi parroquia nos contó que un voto es una promesa solemne que hacemos a Dios. Si te parece, podríamos hacer un voto solemne de que ambos guardaremos la ausencia del otro, pase lo que pase. Y para dar mayor realce a la promesa la podríamos hacer en una iglesia, una ermita o en algún santuario. ¿Qué te parece?
   -Me parece una idea maravillosa, solo a ti se te podía haber ocurrido. ¿Dónde podríamos hacerlo que no hubiera demasiados mirones?, porque debería ser una ceremonia íntima.
   -Se me ocurre que un sitio ideal es la ermita de Nuestra Señora de la Luz que, como está apartada, no suele tener muchos visitantes.
   -¿Se puede ir cualquier día y a cualquier hora?
   -Generalmente está cerrada, pero la tía Rosario de Blas tiene una llave. La conozco y si le pido que me la presté me la dejará.
   Así lo acuerdan los novios. Harán un voto solemne ante la Virgen de la Luz, patrona de Malpartida, de que ambos guardarán la ausencia del otro, ocurra lo que ocurra. Y para completar el voto describen lo que comportará el mismo. Consuelo no dejará que ningún mozo se le acerque y, mucho menos, que la corteje. Cuando salga de casa procurará hacerlo siempre en compañía de uno de sus hermanos, alguna de sus primas o de sus amigas. Saldrá a por agua solo cuando sea necesario y pocas veces a pasear, y cuando lo haga irá al menos con dos amigas entre las cuales se colocará y así evitará que algún malasombra se le ponga al lado. No participará en festejos ni diversiones, sean las fiestas del pueblo, la feria o lo que fuere. En el supuesto de que su madre intente que escuche los requerimientos de algún pretendiente se opondrá a ello con todas sus fuerzas. Y si la situación llegara a un extremo insoportable, amenazará a su madre con que se marchará y se pondrá a servir en alguna casa del pueblo o de fuera. A su vez, Julio enumera los detalles de en qué consistirá para él guardar la ausencia. No se acercará ni cortejará a ninguna chica, ni siquiera piropeará a moza alguna. Solo tendrá amigos varones, seguramente los del cuartel en el que le toque. Cuando sea la hora de paseo irá con otros compañeros y nunca con mujeres. Si hubiera algún baile o alguna diversión en la que participen mujeres se abstendrá de ir. Y si le presentaran otras mozas, sea por la causa que fuere, lo primero que les dirá es que tiene novia formal, para casarse con ella.
   Zanjado el siempre espinoso asunto de cómo guardar la ausencia, los novios dialogan sobre otra cuestión muy importante en separaciones tan prolongadas como la que les aguarda: la correspondencia.
   -¿Cómo haremos lo de escribirnos? –plantea el joven quinto.
   -Descuida, te voy a escribir diariamente y si algún día fallo es porque no habré tenido ocasión de hacerlo, pero te lo compensaré en la carta siguiente.
   -Seré el guripa más afortunado de todas las Baleares por tener la novia que tengo.
   -¿Qué quiere decir guripa?
   -Es otra manera de decir soldado raso.
   -¿Y tú cuándo me escribirás?
   -También diariamente y cuando pueda dos veces al día –alardea Julio.
   -¡Hala, fanfarrón!, conque me escribas una al día me conformo y si alguna vez no puedes lo entenderé, no te preocupes –de pronto, Consuelo se queda cavilosa-. Estoy pensando que a lo peor mi madre intercepta tus cartas, es capaz de todo.
   -Después de la conversación de la otra noche también yo lo he pensado, no creas.
   El muchacho se queda cavilando hasta que se le ilumina la cara, ha encontrado una posible solución.
   -Se me acaba de ocurrir algo. Si en digamos una semana no has recibido cartas mías lo más probable es que tu madre se haya quedado con ellas. Entonces lo que debes hacer será buscar a alguien que las reciba en tu nombre. Y luego escribirme dándome la dirección a las que mandar mis cartas en adelante. Además, eso tendrá otra virtud: al ver tu madre que no recibes correo pensará que hemos roto y dejará de darte la lata.
   -¡Qué listo que eres, cariño!, solo a ti se te podía ocurrir una idea así. Y para completar tu ocurrencia, ¿por qué no buscamos ya mismo esa otra dirección a la que remitir tus cartas si ocurre lo que nos tememos? Lo digo porque así nos adelantamos a las posibles artimañas de mi señora madre.
   -¿Qué te parece si las mando a casa de Argimiro? –pregunta Julio.
   -No me gustaría que la tía Martirio pudiera leer tus cartas, es un poco chismosa.
   -Tranquila, que eso no va ocurrir. Primero, porque la tía Martirio no las va a leer, es analfabeta, y segundo porque ya tengo pensado cómo hacerlo, las envíe donde sea. Mandaré mis cartas en un sobre grande a nombre de quien acordemos y, dentro, en un sobre más chico y cerrado, pondré: para entregarlo a Consuelo Manzano en propia mano. Así nadie podrá leerlas.
   -Lo dicho, eres más listo que el señor notario, piensas en todo. Déjame pensarlo y ya te diré una dirección segura para enviar la correspondencia.
   Aquella noche, cuando la señora Soledad se acuesta, los hermanos Manzano atienden la pregunta de su hermana mayor, con la que están siempre a partir un piñón, de adonde podría Julio enviar sus cartas para que madre no las intercepte. Hay propuestas de toda clase hasta que la voz aniñada de la más pequeña sugiere:
   -¿Y por qué no a casa de Carolina?, es tu mejor amiga.
   -¡Claro, Carolina!, ¿cómo no se me habrá ocurrido? Gracias, Julina, eres la más lista de todos –y cogiendo a su hermanita en brazos le estampa un sonoro beso.
     El mes de febrero se les pasa a los novios como un suspiro y llega el revoltoso marzo. El día cinco, primer domingo del mes, es la fecha en la que han acordado los enamorados hacer su voto solemne de guardar la ausencia. Consuelo pidió la llave de la ermita a la tía Rosario de Blas. Por la tarde, momento en que no suele haber fieles, los novios se acercan a la ermita acompañados de Carolina y Argimiro que harán de testigos de la solemne promesa. Delante de la Virgen de la Luz, patrona del pueblo, los novios, vestidos con sus mejores galas, se arrodillan ante la imagen y, cogiéndose de las manos y mirándose a los ojos, enuncian en alta voz el voto que, previamente, han escrito al alimón. Han optado por leerlo porque les ha salido algo largo como para poder memorizarlo bien. El joven mañego es quien primero lee la promesa, que no deja de ser más que un plagio descarado de la fórmula del consentimiento canónico en la ceremonia de esponsales.
   -Yo, Julio Carreño Lahoz, arrodillado ante Nuestra Señora de la Luz, y poniéndola como testigo, juro que guardaré la ausencia de mi novia, Consuelo Manzano Barrado, mientras esté en el ejército o me encontrare lejos de donde ella estuviere. Prometo serle fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarla y respetarla todos los días de mi vida.
   A continuación es la joven chinata quien, con voz trémula por la emoción, lee su promesa.
   -Yo, Consuelo Manzano Barrado, arrodillada ante Nuestra Señora de la Luz, y poniéndola como testigo, juro que guardaré la ausencia de mi novio, Julio Carreño Lahoz, mientras esté en el ejército o se encontrare lejos de donde yo estuviere. Prometo serle fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarle y respetarle todos los días de mi vida.
   Terminada la ceremonia, los novios se levantan y cogidos de las manos abandonan la capilla, no sin antes haber depositado un ramo de flores silvestres a los pies de la Virgen. A la salida reciben las felicitaciones de Carolina y Argimiro que, también muy emocionados, han seguido con devota y sentida atención la ceremonia. Tras lo cual se apartan de los novios, que están ansiosos por quedarse a solas. La pareja sigue cogida de las manos y mirándose a los ojos. Consuelo está tan conmovida como si en lugar de la promesa se hubieran casado, y una solitaria lágrima zigzaguea mejilla abajo. El joven mañego solo tiene ojos para su amada. Lentamente, con infinita ternura van juntando sus caras hasta que sus labios se rozan. Un espasmo nervioso sacude sus cuerpos al entrelazarse por primera vez sus lenguas. Cuando se separan, Julio piensa: ya hemos hecho la promesa, ¿y ahora qué?

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I, Un mañego enamorado, publicaré el episodio 11. Cita en Semana Santa