viernes, 24 de enero de 2020

Libro I. Episodio 8. Y me dejó con la palabra en la boca


   La entrevista a la que la señora Soledad ha citado a Julio induce al mañego a diseñar una estrategia para enfrentarse a la mujer de armas tomar que parece ser su futura suegra. A ello le ayuda Consuelo que no cesa de repetirle que lo más aconsejable es dejar que sea su madre quien hable primero.
   -Pero si le dejo hablar y de entrada me dice que nunca va a consentir que sigamos con lo nuestro, ¿qué hago entonces?
   -Julio, cariño, no te pongas la venda antes de la herida. Sé que para mi madre no eres el yerno con el que soñaba, pero después de los últimos encontronazos que hemos tenido algo tendrá que recular. Y en el caso de que ocurriera lo que temes, no te calles, contéstale sin perder las formas e intenta convencerla, palabritas no te faltan.
   -Dios te escuche, pero sigo sin tenerlas todas conmigo –se lamenta el mañego que continúa inquieto ante lo que puede depararle la entrevista.
   Las horas que faltan para el encuentro con la madre de su amada son para Julio toda una prueba. No piensa más que en la cita, quizá por eso el profesor Hernández tiene que llamarle la atención un par de veces para que se centre. Por la tarde intenta repetidamente elaborar un guion sobre lo que le va a contar a la señora Soledad. Incluso toma algunas notas, pero en cuanto ha completado el esquema de lo que será su parlamento, se le ocurren otras razones con las que apoyar sus argumentos. Llega un momento en que, exasperado, rompe las notas, se olvida de los esquemas y se encomienda a Santa Rita de Casia, patrona de los imposibles.
   Cuando el joven mañego golpea la aldaba de la puerta de los Manzano, el corazón le va a mil y no puede evitar un cierto temblor. Trata de serenarse para dar la impresión de ser hombre seguro de sí, pero los nervios siguen traicionándole. Se oyen pasos y quien abre el amplio portón es una niña, la hija pequeña de los Manzano.
   -Madre te espera en el comedor. Acompáñame –le indica con su voz aniñada.
   Es la primera vez que Julio entra en el hogar de su amada. Es la típica casa de agricultores acomodados, aunque el mobiliario es más bien rústico y la decoración se limita a algunas litografías de calendario colgadas en las paredes. La niña le conduce hasta lo que al parecer es el comedor, que no es más que una amplia estancia aneja a la cocina. Le deja y desaparece, no sin antes musitar:
   -Suerte, chacho –a la par que una tímida sonrisa florece en su boca.
   En el comedor le está esperando la señora de la casa. Ni rastro de Consuelo ni de los demás hermanos, pero sí hay otra mujer.
   -Buenas noches nos dé Dios, señora Soledad –saluda el mozo con voz todavía algo insegura.
   -Buenas noches. Así que tú eres el famoso mañego. Ganas tenía de tenerte a tiro –dice Soledad.
   Lo de tenerle a tiro le parece a Julio una frase de mal agüero. Esta mujer va a por mí, me quiere cazar como a un gazapo, se malicia el joven.
   -Esta es mi hermana María –explica la dueña de la casa en tono seco señalando a la otra mujer.
   -Mucho gusto en conocerla, señora María. Su sobrina me ha hablado de usted y de lo mucho que la quiere.
   -Creo que te llamas Julio, ¿no?, ¿y qué más? –pregunta María por toda respuesta.
   -Sí, señora, Julio Carreño Lahoz.
   -Esos apellios no son de por aquí –apunta María.
   -Es cierto, señora. Carreño tengo entendido que es un apellido de origen asturiano, aunque mi padre era leonés. Y Lahoz es aragonés, pues de Aragón es la familia de mi madre.
   -¿Y tu padre vive? –Quien pregunta ahora es la señora Soledad.
   -Murió hace bastantes años.
   -¿También era mañego? –Soledad parece que no escucha, porque Julio acaba de decir que su padre era leonés.
   -No, señora, era de Villafranca del Bierzo, en la provincia de León, aunque sus abuelos eran asturianos.
   -¿Y cómo fue a parar a San Martín? –prosigue Soledad.
   -Se dedicaba a vender botillos y en uno de sus viajes conoció a mi madre, se enamoró de ella, y se quedó en el pueblo.
   -¿Qué son los botillos? –Ahora quien pregunta es María.
   -Es el embutido más típico del Bierzo. Se elabora con piezas troceadas procedentes del despiece del cerdo –Julio se va soltando y tranquilizando ante preguntas tan inocuas-. Los ingredientes básicos son costilla y rabo, pero a veces también se añaden otras piezas como lengua, carrillera, paleta y espinazo. Todo ello se condimenta con sal, pimentón y ajo y se embute en el ciego que luego es ahumado y semicurado. En muchos lugares es uno de los platos principales en fiestas y celebraciones, especialmente en invierno.
   -Mira el mozo, que redicho es, pero no hablas como los mañegos. ¿Es que has estudiao? –pregunta María.
   -Sí, señora. Tengo aprobadas la mayoría de asignaturas del plan de estudios del 68, aunque no llegué a sacarme el título de bachiller. Y ahora estoy estudiando contabilidad con el señor Hernández en Plasencia, que fue profesor de la Escuela de Comercio de Madrid –Julio ve llegado el momento de comenzar a explicar sus proyectos para poder ofrecer a su amada un futuro halagüeño-. Precisamente…
   La señora Soledad le corta con otra pregunta que no guarda relación alguna con lo que están hablando en ese momento.
   -¿Tu madre también es del Bierzo?
   -No, señora. Nació en Alcalá de la Selva, un pueblo de la provincia de Teruel, pero como su padre era guardia civil ha vivido en muchos lugares diferentes.
   -¿Y cómo terminó en un pueblín tan escondio como San Martín?
   -Porque cuando acabó la carrera de maestra, mi abuelo Julio, me pusieron el nombre por él, estaba de sargento en Don Benito. Había una plaza vacante en la escuela de niñas de San Martín y se la dieron. No tenía intención de quedarse allí, pero conoció a mi padre, luego me tuvieron a mí, los años fueron pasando y como estaba muy a gusto y en el pueblo la quieren mucho al final no se movió –Julio hace otra intentona de hablar de lo que le interesa-. Al contrario que mi madre, yo…
   Otra vez, la señora Soledad le corta sin ninguna clase de miramiento.
   -Si estudias contabilidad, ¿es qué quieres ser contable?
   -No necesariamente, saber de cuentas no solo me va a servir para llevar una contabilidad, también podré trabajar en otros muchos empleos que requieren saber de números como por ejemplo en un banco o para llevar un negocio propio.
   -¿Piensas tener un negocio propio?, ¿de qué clase? –se interesa María.
   -Aún no lo he pensado, pero es algo que me gustaría. Antes que trabajar para otra persona preferiría ser mi propio patrón.
   -Pa poner un negocio se necesita dinero, ¿y de dónde lo ibas a sacar si me han dicho que sois unos pobretones? –inquiere Soledad que no se priva de mostrar su menosprecio.
   -Trabajando y ahorrando. También podría pedir dinero prestado.
   -Todos esos planes que cuentas, chacho, los veo muy verdes. Tengo la impresión de que no son más que un montón de fantasías. Otra cosa, ¿crees que podrás darle a mi hija las comodidades que tenemos en esta casa? Lo digo porque mi hija está acostumbrá a vivir con desahogo y sin que le falte de na –Y sin dejar que el joven quinto pueda contestar, Soledad hace otra pregunta-. Y hasta ahora, además de estudiar ¿qué más has hecho?, me refiero a si has trabajao en algo.
   Julio duda, no le parece que contar que estuvo alijando en la Raya sea algo que vaya a favorecerle, pero le prometió a Consuelo que diría siempre la verdad y no va a incumplir la promesa.
   -Pues vera… -Lo de hablar del contrabando sigue resultándole duro por lo que intenta diluirlo-, en ocasiones he ayudado al tío Lázaro, un conocido de San Martín, que hace portes por los pueblos de la Raya. Por cierto, que ese trabajo me sirvió para aprender a negociar –alardea el quinto que intenta otra vez decir algo de sus futuros planes-. Eso me puede servir el día de mañana pa….
   -¿Y qué portes hacía el tío Lázaro? –le corta María.
   -Pues de todo un poco.
   -¿Entre ese poco había café? –inquiere Soledad.
   Julio se pone colorado como un tomate. Lo directo de la pregunta de la señora Soledad quiere decir que sabe de sus andanzas por la Raya, por lo que antes de que le pille en un renuncio piensa que será mejor contar la verdad.
   -Sí, señora, llevábamos café y otros productos de contrabando. Como usted debe saber, en los pueblos rayanos es difícil encontrar trabajos con los que ganarse la vida.
   -¿Y te detuvieron alguna vez los civiles? –Se ve que Soledad ha hecho los deberes y está bien informada de todos los avatares de la vida del joven.
   -Sí, señora, me detuvieron una vez, pero no estoy fichado –se apresura a aclarar Julio-. Como mi madre es hija del Cuerpo tiene muchas amistades entre los guardias de la comarca y especialmente entre las dotaciones del Valle de Jálama. Gracias a ello pudo intervenir a tiempo y no me enviaron a la comandancia de Plasencia, por lo que no estoy fichado como contrabandista.
   -¿Y es verdá que eres de los que se gastan el jornal a las cartas o al juego que pilles? –inquiere Soledad.
   El joven vuelve a enrojecer. No hay duda de que su futura suegra ha indagado sobre su vida y milagros y conoce al dedillo sus debilidades, pero una vez más afronta la pregunta contestando la verdad.
   -Eso era antes de que conociera a su hija. Desde que conozco a Consuelo no he vuelto a tocar una baraja ni ningún otro juego en el que haya apuestas por medio. ¡Se lo juró por la Virgen de Guadalupe! –dice con un hilo de voz.
   -Solo tres tachas tiene este fraile: el vino, el juego y las muchachas –sentencia Soledad que, antes de que Julio pueda decir esta boca es mía, llama-. ¡Julia!
   Al instante, como si estuviera en el cuarto de al lado, aparece la niña que abrió la puerta.
   -Acompaña al joven a la salida. Buenas noches –Y sin dar opción al mañego de que pueda decir algo, Soledad se da media vuelta seguida de su hermana y desaparecen en el interior de la casa.
   Al salir, la muchacha le dice a Julio algo impropio de una niña de siete años:
   -No te preocupes por madre, habla mucho, pero luego no hace ni la mitá.
   Todo ha sido tan repentino que Julio no ha tenido oportunidad de replicar. ¿Qué le voy a decir a Consuelo, se pregunta, que su madre me dejó con la palabra en la boca?

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I, Un mañego enamorado, publicaré el episodio 9. ¿Has pensado en cómo guardarás mi ausencia?

viernes, 17 de enero de 2020

Libro I. Episodio 7. Una suegra de armas tomar


   El arrobamiento en que están sumidos los novios lo rompe Carolina que se ha acercado.
   -Chachos, ¿sabéis la hora qué es? Si llego más tarde mi padre me va a crujir. Nos tenemos que ir, ya tendréis tiempo pa seguir pelando la pava.
   Consuelo se libra de las manos del joven de un tirón. Se ha ruborizado como si la hubiesen pillado haciendo algo indebido, pero sus ojos siguen brillando. Él se separa un poco, no se ha puesto colorado pero hace rato que está muy tenso. Trata desesperadamente de que la joven no se dé cuenta del bulto que se le marca en la entrepierna.
   Al día siguiente, Julio comienza su rutina de estudiante. Por las mañanas, a primera horita, coge la bicicleta y se traslada a Plasencia. Allí recibe las enseñanzas del profesor Hernández sobre contabilidad, administración, tesorería, caja y demás conocimientos que se encargan de cuantificar, medir y analizar la realidad económica de una empresa. Cuando termina las clases teóricas, come en una taberna cercana y después vuelve donde el señor Hernández y le ayuda a llevar alguna de las contabilidades de las que se encarga el profesor, con lo que cubre la parte práctica de las enseñanzas. A media tarde, regresa a Malpartida, estudia un rato y luego se asea para ir al diario encuentro con su novia.
   Tras el regreso del quinto, los primeros días de los enamorados fueron complicados. En cuanto la madre de Consuelo se enteró de que el mañego había vuelto, y de que se veían diariamente, montó en cólera.
   -Te prohíbo que vuelvas a verle.
   -No puede prohibírmelo, pienso salir con quien quiera. Y lo que debería hacer es no ir poniéndome en el mercao del matrimonio como si fuera una mercancía. ¡Qué diría padre si levantara la cabeza!
   La señora Soledad se puso furiosa y llegó a encerrarla en su cuarto, con el resultado de que cuando regresó de los campos se encontró con que la casa era un batiburrillo de tareas sin hacer, pues quien las llevaba a cabo era Consuelo. Al siguiente día, la dejó libre para que pudiera realizar las faenas domésticas, pero cerró la puerta principal y dejó la llave a su hijo Andrés. A la joven le sobraron cinco minutos para convencer a su hermano de que le abriera. Visto que los encierros no eran la solución, la amenazó con internarla en uno de los conventos de clausura de Plasencia.
   -¿Y quién va a llevar la casa, Luisa con trece años?, y también está Julia, que con siete años ya puede ayudar. ¿O le va a poner un delantal a Andrés para que haga de criada? Que eso es lo que soy aquí, la criada de la casa. Si padre resucitara y viera lo que está pasando le iba a moler las costillas a palos.
   -Eres una descará, esa no es manera de hablar a tu madre. Y mientras vivas en esta casa harás lo que yo te mande y si no… –exige la madre al par que hace ademán de darle un bofetón.
    -Le juro que si me pone la mano encima me marcho de casa. Y lo de hacer lo que mande, bien, siempre que no se meta en mis sentimientos.
   -¿Y adónde vas a ir, desgraciá? ¿A hacer de pelandusca en alguna casa de mala fama?
   -Sin ir más lejos, la señora de don Cristóbal, el boticario, está buscando una muchacha pa servir. Me cogería enseguida, sé muy bien cómo se lleva una casa.
   -Eres imposible, muchacha. Toda la culpa la tie tu padre que siempre te lo consintió to. Si hasta quiso que estudiaras. ¿Cuándo se vio que una chica de buena familia como la nuestra tuviera que estudiar? Eso queda pa las muertas de hambre –La forma de hablar de la madre tiene poco que ver con la de la hija, mucho más formada que su progenitora.
   Tras muchas peleas, la situación quedó en tablas porque María, la hermana mayor de Soledad, le aconsejó que tuviera paciencia.
   -Tu hija es igual de peleona que tú, sois las dos de armas tomar. A las malas no conseguirás na. Y no sigas con las riñas porque eres la comidilla del pueblo. Lo que has de hacer es tener mano izquierda y darle largas. ¿Qué el chico le pasea la calle, y qué? Mientras no pase de ahí no va a pasar na.
   -Pero es que no la soporto, en cuanto digo lo más mínimo del mozo se pone echa una fiera, no veas el genio que se gasta la mocosa.
   -Sole, ¿es qué no te acuerdas de cuándo tenías su misma edad?, ¿es qué no te acuerdas de las agarrás que tenías con padre porque no le parecía bien que Álvaro, que en gloria esté, te cortejara? Pues lo mismo hace tu hija.
   -Pero como siga consintiendo que ese muerto de hambre la corteje terminará manchando su reputación y no voy a poder encontrarle un buen partido pa casarla como Dios manda –protesta Soledad.
   -No seas alma de cántaro, hermana. Con la de fanegas y ganaos que tenéis le sobrarán novios a tu chica. Lo que has de hacer es tener paciencia un par de meses y capear lo mejor que puedas la situación, que luego el calendario lo arreglará to.
   -Eso del calendario no lo he entendio, María.
   -Sí, hermana, el tiempo te solucionará el problema. En un par de meses, el chico se va a la mili, creo que a Mallorca que, por lo que sé, está mucho más lejos que Madrid. Y la mili dura tres, cuatro o cinco años, y eso si no hay otra guerra con los dichosos moros. ¿Tú crees que van a aguantar tanto tiempo sin verse ni hablarse? Sería un milagro -María termina convenciéndola y Soledad resuelve tener paciencia con su primogénita.
   Los dos enamorados ya han tenido tiempo de contarse todo cuanto necesitaban saber. Él le ha relatado las conversaciones con su madre y los consejos que le dio. Y lo más importante: que su madre está encantada de que haya sentado la cabeza y que si de verdad está tan enamorado, que adelante, que siga con su amada y que les desea que sean muy felices.
   -¿Sabes que te digo, amor mío?, que la mala fama que tienen las suegras no cuenta pa tu madre, aún sin conocerla ya le tengo cariño. Creo que nos vamos a llevar de maravilla.
   -Me gustaría poder decir lo mismo de la tuya –refunfuña Julio.
   -No te disgustes, chacho, terminaréis llevándoos bien.
   -A veces pienso que si tu madre me tiene enfilado es por la sencilla razón de que no me conoce. Nunca hemos hablado más allá de buenos días o buenas tardes. Creo que si me diera la oportunidad de tener con ella una larga charla muchos malentendidos desaparecerían. ¿Crees que sería posible hablar con ella?
   -La verdad es que nunca me lo he planteado, pero… ¿qué podemos perder?
   Y Consuelo, con la resolución que la caracteriza, en cuanto aquella noche vuelve a casa espera un momento propicio para hablar con su madre. La oportunidad llega cuando, después de la cena, le pasa cuentas del gasto semanal que ha hecho en la tienda de la tía Agustina, que es donde se aprovisionan de todo lo necesario para el buen funcionamiento de la casa.
   -Madre, quisiera pedirle algo…
   -Dime.
   -Julio quiere venir a hablar con usted…
   La señora Soledad ni la deja seguir.
   -A ese muerto de hambre que ni se le ocurra pisar esta casa. Como le vea cruzar la puerta le suelto los perros. ¡Hasta ahí podríamos llegar!
   -Madre, Julio no quiere pedirle nada, solo intenta que le conozca, que sepa cómo es y qué pretende.
   -Ya sé lo que pretende. Lo que quiere ese bribón es hacerte una barriga pa así poder casarse contigo con la excusa de que lo que venga debe tener un padre y unos apellios.
   -No diga burradas, madre. Julio me quiere y me respeta. Sepa que no me ha tocado ni un pelo de la ropa. Yo no se lo consentiría y, aunque lo hiciera, me quiere lo suficiente pa aceptar que debo llegar a mi boda como la Virgen María.
   -Ni una palabra más, no quiero saber na de ese chisgarabís.
   Allí se acaba el diálogo puesto que la señora Soledad no quiere saber más…, aunque se queda con el gusanillo de si habrá hecho lo mejor para sus planes. Ante la duda, y como hace siempre, lo consulta con su hermana María.
   -No puedes cerrarte en banda, Sole. Te lo he dicho cien veces. Cuanto más te obstines en impedir esa relación más se va a emperrar tu chica en mantenerla. Eso, si no llegas un día a casa y te encuentras que tu Consuelín se ha largao.
   -¡No será capaz!
   -Tu hija es capaz de to, parece mentira que la conozcas tan mal. Has de ser más pilla. ¿Qué vas a perder en que el mozo te hable?, na. Tú haces como que le escuchas y después aquí paz y allá gloria. Deja que la chica crea que te has ablandao y recuerda que al mañego le quedan dos meses de estar en el pueblo, luego Dios dirá.
   La señora Soledad, tras pensarlo mucho, resuelve hacer caso a su hermana y le dice a su hija que al día siguiente, después de cenar, puede venir Julio a hablar con ella, pero solo un ratito pues se acuesta pronto. Consuelo sale de casa con la excusa de que debe comprar algo y va en busca de su novio para contarle la decisión de su madre.
   -… y dice madre que te espera mañana por la noche después de cenar para hablar contigo.
   -Sabía que al final la convencerías, ¡lo que tú no consigas!
   -Sospecho que el que haya cambiado de parecer no ha salido de ella. Ha debido ser cosa de mi tía María que es a quien le consulta los asuntos que la superan. Madre en el fondo es buena persona, pero más cerril que un potro sin domar. En cambio, la tía es más astuta que una raposa.
   -¡Qué más da! Lo importante es que podré contarle lo que siento por ti, mis sentimientos, que voy por derecho y que mis intenciones son honradas y cabales.
   -Cómo conozco a madre, creo que lo mejor será que, antes de que te sueltes a hablarle de tus sentimientos, le des carrete y la dejes hablar a ella. Así podrás encaminar mejor tus palabras. Y, ¡por amor de Dios!, no pierdas los estribos diga lo que te diga. Traga carros y carretas, pero aguanta el tipo y no pierdas los nervios porque si no podemos hacer un pan como unas tortas. Ah, y trátala de señora, le chifla.   
   A partir de ahí, el mañego no hace más que pensar en una estrategia para enfrentarse a la mujer que algún día puede ser su suegra, pero que hoy es solo la madre de la mujer de la que está enamorado. Por ambas razones no le queda otra que llevarse bien con ella. Aunque no puede evitar preguntarse:
   -¿Seré capaz de lidiar con la suegra de armas tomar que me ha tocado?

PD.- Hasta el próximo viernes en que, dentro del Libro I, Un mañego enamorado, publicaré el episodio 8. Y me dejó con la palabra en la boca