viernes, 22 de noviembre de 2019

131. ¿Quién dijo que Torrenostra era una playa demasiado tranquila?


   En su última reunión veraniega, la cuadrilla de jubilados está poniendo a caldo la justicia española. Las doctorales explicaciones de Grandal sobre las penas que pueden caerles a los coautores, que de un modo u otro indujeron al fallecimiento de Salazar, han terminado por soliviantarles. De haberlo sabido, piensa más de uno, no hubiesen puesto tanto empeño en ayudar al excomisario a descubrir qué pasó la tarde de la Asunción. Se despiden hasta dentro de unos días en que volverán a verse en Madrid. De hecho, ya se han citado para echar la primera partida de dominó de la temporada en el Centro de Mayores de Moncloa-Aravaca. Al fin de la charla, Álvarez insiste en que deberían cenar juntos, para luego poder jugar la última nocturna, pero Grandal no acepta la invitación.
-No insistas, Luis. Le prmetí a Chelo que la sacaria a cenar y no veas la que me puede montar si no cumplo, ¡pues buena es la señora, se pondría como una pantera en celo! Además, no me necesitáis para la partida. Si voy, uno tendría que quedarse de mirón y eso es algo que no mola, como dice la gente joven. Por tanto, daros todos por abrazados y en poco más de setenta y dos horas nos vemos en el Paseo de Moret. Pedro, espero que te unas a esta panda de carcamales y que también seas de la partida. No te conocía, pero para  mí ya eres uno de los nuestros. Te lo has ganado a pulso. Y ciao como diría il mio amico Paolo..
   Como a Chelo le chifla la cocina italiana, Grandal la ha llevado al Il Peccato, posiblemente el  mejor restaurante italiano de Marina d´Or, cuyo interior climatizado es algo que se agradece en esta noche del 30 de agosto en que el sol ha castigado de lo lindo. Hacia mitad de la cena, suena el móvil del excomisario. Es Álvarez.
-Luis, dime.
-Me acaba de llamar Pedro. Me cuenta que mañana van a dar sepultura a Salazar en el cementerio de Torreblanca. Me ha pedido que te lo diga. Lo he hablado con el resto de la panda y hemos quedado en que iremos a darle el último adiós al pobre Curro. Se lo debemos de alguna manera. Te digo esto por si quieres apuntarte. La ceremonia, que se celebrará a las nueve, será breve según dice. A las diez podrías estar en camino porque el cementerio está al lado de la entrada a la AP-7.
-Gracias por la invitación, pero no me gustan los camposantos. Quizá porque he tenido que visitar demasiados a lo largo de mi carrera. Ya me contaréis como fue la inhumación.
   En cuanto Grandal apaga el móvil, Chelo, curiosa siempre, pregunta:
-¿A qué te invitaba Luis?
   Grandal le explica lo que le ha contado Álvarez.
-Ah…, y por lo que le has contestado no piensas ir, ¿verdad? Pues a mí me parece que harás mal. Deberías estar en el entierro, es lo último que podrás hacer por alguien que te ha tenido tan entretenido estos últimos quince días. Creo que de algún modo se lo debes –Chelo sin saberlo repite lo mismo que ha dicho Luis.
-Habíamos quedado en salir a primera hora –se excusa Grandal.
-¿A qué hora es el entierro y cuánto dura? –quiere saber Chelo.
-A las nueve de la mañana y según Pedro será una ceremonia breve.
-Podrías hacer una cosa. Te vas al entierro y, mientras, yo voy cerrando las maletas y me arreglo. Luego me recoges. Como no nos espera nadie que más da que lleguemos a Madrid a una hora que otra. Naturalmente, si tú quieres, si no pues aquí paz y después gloria.
   Grandal conoce demasiado bien a su pareja como para no saber que lo que le propone es algo más que una sugerencia. Curiosamente, su novia siente un extraño respeto por todo lo que rodea a la muerte, por ello no le sorprende en absoluto la postura de Chelo. Y piensa que no es este momento de llevarle la contraria.
-Sabes, es una buena idea, no lo había pensado. Ahora mismo llamo a Luis y le pregunto cómo ir al cementerio.
   Hacia las ocho y pico de la mañana del 31 de agosto, Grandal se dirige al cementerio de Torreblanca. Según le explicó Álvarez, debe llegar hasta el final de la calle San Jaime y luego, a la altura de un jardincillo pegado a la N-340, debe coger un pequeño túnel a la izquierda que pasa por debajo de la nacional y que le conducirá al camposanto municipal. Grandal sigue las indicaciones que le ha dado su amigo y tras un corto recorrido llega al cementerio. En la puerta, y a la sombra de unos corpulentos pinos, hay dos corrillos de gente. Uno es el formado por sus amigos, en el otro están el sargento Bellido, el hijo de Salazar y un sacerdote revestido con una casulla morada. Algo más alejado, y sentado en un ribazo de piedra, está un monaguillo ataviado con un roquete blanco y portando una cruz. Grandal saluda con la mano a sus amigos, pero se encamina al grupo del sargento. A quien primero se dirige es al hijo del difunto.
-Aunque ya te lo di en su día lo repito: mi más sentido pésame, Francisco José.
-Grasias, don Jasinto.
-Sargento, celebro volver a saludarte.
-A sus órdenes, comisario, no creía que volvería a verle, pero ya sabe que siempre es bien recibido. Permítame presentarle al señor cura párroco, mosén Joao. Páter –dice dirigiéndose al eclesiástico- le presento a don Jacinto Grandal, comisario retirado del Cuerpo General de Policía, a quien gracias a su inestimable ayuda hemos podido desentrañar lo ocurrido en las últimas horas de vida del difunto.
   Grandal no quiere entrar en el tema, ya ha sido bastante indiscreto Bellido, por lo que cambia de tercio.
-El nombre de Joao me suena a portugués, páter.
-Es que lo soy –contesta el sacerdote, dueño de una oronda figura, en un español impecable.
   Ahora a quien se dirige Grandal otra vez es a Francisco José:
-¿Tu madre no quería inhumarle en Sevilla?
-Sí, ¿pero sabe usté lo que cuesta er traslado hasta allí? Pues una fortuna. Y no tenemos pasta pa ese gasto. Por eso lo vamos a enterrar aquí, grasias a las gestiones der señor sargento y a la generosa ayuda de la señora Eulalia –explica el joven.
   Grandal mira su reloj, pasan algo más de las nueve.
-Me habían dicho que la ceremonia comenzaría a las nueve.
-Así estaba previsto. Estamos esperando al furgón que trae el cuerpo desde el Instituto Anatómico Forense de Castellón. Igual han cogido la 340 para ahorrarse el peaje de la autopista y con la nacional nunca puedes calcular el tiempo de viaje, y más un día como hoy con la operación retorno a tope –informa el guardia civil.
-¿Así que usted veranea aquí? –pregunta el párroco.
-No, veraneo en Marina d´Or, pero vengo a menudo pues tengo unos amigos. Y después de conocer Torrenostra me estoy pensando seriamente cambiar el próximo verano, aunque haya gente que diga que esta es una playa demasiado tranquila.
-Que sea tranquila no es sinónimo de que sea aburrida –puntualiza el párroco.
-¡Me lo va a decir a mí! –Exclama Grandal-. Hacía años que no me entretenía tanto en verano como este agosto en Torrenostra… Y ahora ruego que me disculpen, pero he de saludar a mis amigos.
   La cuadrilla de jubilados está escuchando atentamente algo que explica Pedro. Al acercarse Grandal, Ramo interrumpe su exposición.
-Al final te decidiste –es el saludo de Álvarez.
-En honor a la verdad la que me decidió fue Chelo.
-Yo creía que vendría más gente –cuchichea Ballarín.
-Yo, también –afirma Ramo-. De hecho, la señora Eulalia me dijo ayer que pensaba venir con algunos de sus empleados, pero dado el día que es no habrá podido.
-Si tenemos en cuenta que el pobre Salazar era un perfecto desconocido, que a su entierro asistan siete personas, sin contar al cura y al monaguillo, no está nada mal –valora Ponte.
-Te he cortado, Pedro, ¿qué estabas contando? –pregunta Grandal.
-Les explicaba que aquella cruz que hay allí es la antigua Cruz de los Caídos que un jefe local de la Falange que mandaba mucho hizo construir. Estaba en el centro de la Plaza de la Iglesia, entonces el piso era de tierra y allí jugábamos al gua, a los bolos y al bòlit, juegos que prácticamente han desaparecido. El monumento era mucho más grande, pues como base la cruz tenía un cubo de piedra artificial cuya parte delantera era un plano inclinado por el que resbalábamos los críos. También habían dos fuentecillas laterales de las que nunca vi manar agua…
   El viejo torreblanquí no puede terminar sus recuerdos, pues un furgón a bastante velocidad casi derrapa al frenar bruscamente a la entrada del cementerio. Es el vehículo de la funeraria. Uno de los dos hombres que van en la cabina desciende y acercándose al grupito del sargento saluda al eclesiástico.
-Buenos días, mosén Joao. Perdone si les hemos hecho esperar. Se nota que estamos en plena operación retorno y la 340 está imposible de tráfico. ¿Hay algún familiar del difunto?
   Tímidamente, Francisco José levanta la mano.
-Soy el hijo.
-Le acompaño en el sentimiento. ¿Quiere verle por última vez?
-¡Ojú, no! –responde secamente el chico para añadir-. Prefiero recordarlo como era en vida….
-Entonces, mosén, cuando usted diga –pide el de la funeraria.
   El párroco llama al escolano y se improvisa la comitiva. Encabezándola va el acólito con la cruz y detrás el sacerdote, luego el furgón funerario tras el que se sitúa Francisco José, algo escorado a su izquierda se coloca el sargento y unos pasos más atrás la cuadrilla de jubilados.
La comitiva se detiene cuando llega a donde está el nicho en el que reposará el cuerpo del difunto. Allí, y a una distancia de respeto, aguardan dos personas en traje de faena. Los sepultureros, piensa Ponte, siempre son los últimos que se suman al final de la aventura de la vida. El sacerdote reza sus preces y al terminar es el primero en dar el pésame al hijo del difunto. Le sigue el sargento y tras él los cinco jubilados. Grandal se despide del sargento y del párroco y se abraza con cada uno de sus amigos.
-¿Te volveremos a ver el próximo verano? –pregunta Álvarez.
   Grandal, por toda respuesta, se encoge de hombros, y va a entrar en el coche cuando de improviso se gira y encarándose con sus amigos les espeta con toda la ironía de que es capaz:
-¿Quién dijo que Torrenostra era una playa demasiado tranquila?

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré el episodio 132. Epílogo, último de la novela
Una playa demasiado tranquila.

viernes, 15 de noviembre de 2019

130. Dos varas de medir


   Los amigos de Grandal se han quedado un tanto desencantados después de que les haya contado su recreación de las últimas horas de vida de Curro Salazar. El hecho de que haya calificado la muerte del zahareño como un homicidio involuntario, y de que todos los que le visitaron la tarde de autos podrían ser, por activa o por pasiva, calificados como coautores del homicidio, les ha dejado aplanados. Más mustios se ponen al oír que probablemente todos ellos se irán de rositas, como suele decirse coloquialmente cuando alguien sale libre de culpa de un asunto en el que debería hacer frente a algún tipo de responsabilidades.
-¿Y de verdad nadie va a ser condenado? –inquiere Ponte que no acaba de creérselo.
-Del delito de homicidio ya he dicho que no creo, pero es posible que sí haya condenas por delitos menores –aclara Grandal.
-Explica eso de los delitos menores –requiere Ballarín, tan amigo como siempre de las precisiones.
-Pues quizá sean condenados por el delito de omisión del deber de socorro, de hecho la Jueza Instructora los ha imputado a todos por ello, incluida la esposa de Pacheco. Y además, a este le ha imputado por homicidio involuntario, al Chato del delito de lesiones y a los pichones del delito de hurto. Menos la acusación de homicidio, los demás son delitos menores.
-Y el delito de omisión del deber de socorro, ¿en qué consiste? –pregunta Ramo.
-Creo que ya os lo dije en una ocasión, pero lo repetiré. Incurre en ese delito –Grandal se pone profesoral- la persona que no ayuda a otra que se encuentra desamparada y en peligro manifiesto y grave, cuando pudiera hacerlo sin ningún riesgo ni para sí mismo ni para terceros. La infracción se castiga con la pena de multa de 3 a 12 meses, según establece el Código Penal.
-¿Qué es la pena de multa? –quiere saber Ballarín.
-Es una sanción de carácter pecuniario –continúa explicando Grandal- que tiene dos modalidades: el sistema de días-multa y la multa proporcional. Cuando se trata de personas físicas, como es el caso, la multa tendrá una duración mínima de 10 días y máxima de 2 años. En cuanto a lo que hay que pagar, el mínimo será de 2 euros al día y el máximo de 400 euros diarios.
-¿Y esa diferencia tan grande entre 2 y 400 euros quién la determina? –inquiere Ponte.
-El juez, naturalmente, que de acuerdo con su criterio es quien dispone lo que ha de abonar el condenado en función de su capacidad económica.
-¿Y qué pasa si no se paga la multa porque no se puede o no se quiere? –insiste Ponte.
-Si el condenado no abona la multa queda sujeto a una responsabilidad personal subsidiaria de un día de prisión por cada dos cuotas de multa no satisfecha.
   Ponte, que tiene el día preguntón, aborda la imputación de Pacheco por homicidio involuntario.
-¿Y qué le puede pasar a Pacheco?, ¿será el único que cargue con la muerte de Salazar?
-Si cuando llegue el juicio oral le condenan como culpable de homicidio involuntario, sí, será el único sobre el que recaerá la pena más dura.
   Álvarez se interesa por lo que le pueda pasar al Chato de Trebujena
-Has dicho que al Chato también se le acusa del delito de lesiones, explícanos con más detalle de qué va eso.
   Grandal, como si fuera un opositor a judicatura, recita lo que recoge el Código Penal sobre el delito de lesiones.
-El que, por cualquier medio o procedimiento, cause a otro una lesión que menoscabe su integridad corporal o su salud física o mental será castigado, como reo del delito de lesiones, con la pena de prisión de un mes a tres años o multa de seis a doce meses, siempre que la lesión requiera objetivamente para su tratamiento de una primera asistencia facultativa, tratamiento médico o quirúrgico. Aunque no me ha quedado claro si imputan al Chato por la paliza o por los puñetazos del día de autos.
-Me reafirmo en lo dicho –afirma Ballarín-. Nadie va a pagar por la muerte de Salazar, se van a ir todos de rositas.
-Oye, Jacinto, y a Espinosa que parece que quiso envenenar a Salazar, ¿no le van a condenar por eso? –pregunta Ponte.
-Por lo que me ha contado Bellido, parece que la Jueza Instructora estuvo sopesando si imputarle el delito de intento de homicidio, pero al final desistió de ello. En mi opinión estuvo acertada porque en derecho lo único que vale son las pruebas y no hubo forma de probar que el coñac que Espinosa le dio a beber a Salazar tuviera diluido un raticida. Por lo cual el zamorano se libró de esa acusación. Personalmente opino que los leves rastros de matarratas que el análisis toxicológico encontró en el cuerpo de Curro procedían de ese coñac, pero como digo, al no poder probarse se desechó esa imputación.
-Y del guiri, nada –acusa Álvarez.
-De Pakelia es como si no hubiera estado jamás en la habitación 16. Al menos, mientras no se le localice y pueda ser interrogado –explica Grandal-. Si no hay testigos y no hay pruebas, no hay nada que hacer.
-A ese ya le pueden echar un galgo –comenta sarcásticamente Ballarín.
-Lo del guiri me recuerda el título de una película que vi siendo niño: El hombre que nunca existió –evoca Ramo-, porque es como si Pakelia no hubiese existido.
-Los pichones, como tú les llamas, también están acusados de hurto, ¿qué pena les puede caer por ese delito? –pregunta Ponte.
   El excomisario vuelve a ponerse en modo opositor.
-El artículo 234 del Código Penal recoge que aquel que con ánimo de lucrarse tomare las cosas muebles ajenas, cuyo valor exceda de 400 euros y sin la voluntad de su dueño, será castigado por un delito de hurto con la pena de prisión de 6 a 18 meses. La pena que les puede caer dependerá de que se pruebe la acusación de hurto, y luego de cuanto valore el juez el contenido del maletín. Si la cuantía de lo hurtado no excede de 400 euros, que es lo lógico, se les puede imponer una pena de multa de uno a tres meses.
-Bueno, si se suma lo que les puede caer a los pichones por el delito de la omisión del deber de socorro y por el de hurto pueden pasarse una temporadita entre rejas –Se ve que Ballarín ha echado las cuentas.
-Lo dudo. Si la pena es menor de dos años no se entra en prisión -afirma Álvarez con tono de quien habla ex cathedra porque está absolutamente seguro de lo que dice.
-Estás en un error, Luis –le corta Grandal que sigue en modo opositor-. Aun siendo cierto que las penas inferiores a dos años pueden ser suspendidas, y subrayo lo de pueden, lo cierto es que para que esa suspensión se conceda han de darse tres requisitos. El primero es que el condenado haya delinquido por primera vez. El segundo que la pena impuesta, o la suma de todas si son varias, no superen los dos años. Y el tercero que se haya abonado el total de la responsabilidad civil. Si se dan esos requisitos, los jueces pueden dejar en suspenso la ejecución de la pena privativa de libertad, cuando sea razonable esperar que la ejecución de la pena no sea necesaria para evitar la comisión futura por el penado de nuevos delitos. Para adoptar esa resolución el juez valorará las circunstancias del delito cometido, las particularidades personales del penado, su conducta posterior al hecho, y los efectos que quepa esperar de la propia suspensión de la ejecución, y del cumplimiento de las medidas que fueren impuestas. En síntesis, que si te condenan a menos de dos años de prisión no es automático que no ingreses en la trena.
-Ves, yo creía lo mismo que Luis. Como decía mi santa madre: nunca te acostarás sin saber una cosa más –afirma Ballarín que agrega-. Oye Jacinto, y eso de la responsabilidad civil ¿qué es?
-La responsabilidad civil es la obligación de responder pecuniariamente de los actos realizados personalmente o por otra persona, indemnizando al efecto los daños y perjuicios producidos a un tercero. O dicho de manera más simple: el deber de indemnizar por los daños causados. Y, por favor, no más preguntas jurídicas. No seáis pesados y cambiar de tercio.
-Recojo el guante y cambio de tercio –dice Ponte-. Pedro, ¿qué se cuenta en los mentideros locales sobre la instrucción del caso?
-Mis paisanos ahora solo piensan en las fiestas, que por cierto acaban mañana. El asunto de la muerte de Salazar ha pasado a un segundo plano.
-¿Pero no hay ningún rumor, ningún bulo o chisme que nos puedas contar? –insiste Ponte.
-Haber, alguno hay, pero como diría un periodista no son noticias de primera plana sino que vienen en páginas interiores.
-Anda, Pedro, no te hagas de rogar y suelta los rumores que se cuentan en el pueblo –pide Álvarez.
-Pues sin ir más lejos, ayer me encontré con la Espardenyera y estuvimos un ratito de palique. Me contó el último rumor que corre por el pueblo. Se dice que la instrucción del caso Pradera no irá a ninguna parte, que todo está amañado y que al final si alguien paga el pato será algún pelagatos. Parece que mis paisanos, al menos la mayoría, están convencidos de que lo de Salazar ha sido un asesinato en toda regla, que se lo han cargado para taparle la boca y que no pudiera testificar en el caso ERE. También cuentan que los encausados en el caso son un hatajo de pinchaúvas, y que el verdadero asesino es alguien que vino de Sevilla, se cargó a Salazar y se volvió sin que nadie de la policía o de la justicia hiciera algo por detenerle. Que todo es un chanchullo entre políticos y grandes empresarios.
-Que poco se fían tus paisanos de la justicia –comenta Ballarín.
-Poco sería decir algo. No se fían ni un pelo. Están convencidos de que la justicia tiene dos varas de medir, una para los poderosos y los políticos, y otra para el pueblo llano. Y que además de injusta es lenta y cara. Por otra parte, como vemos frecuentemente en la tele, el cumplimiento efectivo de las condenas tiene poco que ver con las penas impuestas. Gente que es condenada a cientos de años de cárcel, por ejemplo los terroristas, a los cuatro días ya están en la calle. Eso hace que gente como mis paisanos, que en general son poco cultos, desconfíen todavía más de la justicia por sus dos varas de medir.
-Pues lo de las dos varas de medir si viene al pelo en este caso –sentencia Ballarín.

PD.- Hasta el próximo viernes que publicaré el episodio 131. ¿Quién me dijo que Torrenostra era una playa demasiado tranquila?