viernes, 8 de noviembre de 2019

Capítulo 31. Un final inesperado.-Episodio 129. Una configuración atípica


   La visita que Grandal y Ramo hacen al interior del hostal ha sido rápida, pues en poco más de quince minutos están de vuelta. La terna de jubilados les aguarda con expectación. Álvarez, el más impaciente de los tres, les pregunta en cuanto toman asiento.
-Bueno, ¿qué, has encontrado la respuesta a esa pieza del puzle que te falta, figura? –pregunta hecha con su proverbial ironía, ya que no pierde ocasión de meterle un puyazo al ego del excomisario, que a la pregunta contesta con otra.
-¿Vosotros conocéis bien el hostal?
-Claro, como que nos hemos tirado un montón de horas jugando aquí al dominó –responde Ponte.
-No me refiero a la terraza, sino a las habitaciones que están en la parte de atrás –precisa Grandal.
-Recuerdo que las dos veces que fuimos a ver a Curro accedimos a su habitación subiendo por una escalera que está en la parte trasera del edificio. Supongo que fuimos por ahí porque por alguna razón la entrada principal debía estar cerrada -recuerda Álvarez.
-No estaba cerrada, es que no existe. El único acceso a las habitaciones es por donde subisteis –informa Ramo que agrega-. Creo que Jacinto tiene una explicación que darnos sobre sobre la cuestión de por qué, siendo el hostal un establecimiento pequeño y habiendo un único acceso, no fueron vistos ninguno de los tipos que subieron a la habitación 16, el mismo día y en un intervalo corto de tiempo.
   A todo esto, Grandal está callado, escuchando el parloteo de sus amigos.
-Anda, figura, no te acules en tablas, ponte en el centro del albero y cita por derechas, que te estamos esperando como si fueras un sobrero –Álvarez tiene, como suele, el día taurino y así lo hace ver Ramo que ingenuamente entra al trapo de las provocaciones del madrileño.
-Luis, tú debes ser un aficionado a los toros como pocos. Nunca había oído a nadie hablar con una jerga taurina tan florida –comenta el torreblanquí.
-Pues tendrías que oírle cuando llega San Isidro y en la Ventas hay corrida todos los días, se pone tan taurino que para entenderle hay que ser un especialista en el Cossío –asegura Ponte.
-¿Qué es el Cossío? –pregunta Ramo, volviendo a picar en algo ajeno al tema sustancial. Quien le responde es Álvarez que se pone en modo didáctico.
-El Cossío, así conocido popularmente, es la enciclopedia taurina más famosa y completa que se ha publicado hasta la fecha. Se la conoce también como la Biblia del toro. Su título completo es Los Toros. Tratado técnico e histórico, y fue dirigida por el académico José María de Cossío que la publicó en 1943. Se le considera el tratado más extenso y documentado que existe sobre las corridas de toros, por lo que desde su aparición es la obra de referencia en el mundo de la tauromaquia. Hace un documentado recorrido, a través de la historia, de los personajes, los cosos, los reglamentos, las ganaderías, la técnica del toreo, el vocabulario, la influencia de la lidia en las artes y las letras e, incluso, en la historia del pensamiento antitaurino. Eso es el Cossío.
-¡Qué barbaridad!, y supongo que te lo habrás leído –apunta Ramo.
-¿Qué si se lo ha leído? Para mí que en párvulos en vez de cartilla usaba el Cossío –apunta con sorna Ponte.
-¡Bueno, muchachos, ya está bien! Dejaos de toros y todas esas mandangas y vamos a lo que importa que es terminar con los espacios en blanco que quedan del caso Pradera. Pedro ha dicho que Jacinto tiene una explicación que darnos sobre la cuestión de, por qué siendo un sitio pequeño el hostal y habiendo un único acceso, no fueron vistos ninguno de los fulanos que subieron a la habitación 16 el mismo día, y en un intervalo corto de tiempo. Tengo ganas de oírle porque no deja de tener su intríngulis –pide Ballarín.
   La petición del antiguo ferretero parece que suscita el interés general porque todos se callan y dirigen su mirada al excomisario. Grandal, vista la disposición a escucharle, se dispone a explicar su hipótesis sobre el misterio del acceso a las habitaciones del hostal.
-Como bien ha dicho Amadeo, a priori es algo incomprensible como el mismo día, y en unas pocas horas, hasta ocho personas diferentes entraron en la habitación de Salazar y sin embargo nadie o casi nadie les vio. Os confieso que ese enigma me ha tenido desvelado muchas horas y no he acabado de resolverlo hasta que, gracias a la ayuda de Pedro y aprovechando su buena amistad con la señora Eulalia, he podido visitar hasta el último rincón del establecimiento. Eso es lo que me ha hecho comprender que, aunque improbable, es posible que ocurriera lo que han declarado los visitantes de Curro en el día de autos: que entraron y salieron de la habitación del exsindicalista sin verse ni cruzarse con nadie en el pasillo, aunque eso es una verdad a medias…
-¡Joder, ya se ha vuelto a poner el figura en plan la Parrala! Unos decían que sí, otros decían que no –exclama Álvarez tan intemperante como de costumbre.
-Por favor, Luis, no seas insolente y deja que Jacinto acabe su explicación –le pide Ponte poniéndose serio.
   Grandal agradece con un gesto la intervención del decano del grupo y prosigue su relato.
-Es una verdad a medias porque casi todos los que esa tarde estuvieron en la habitación de Curro se vieron en algún momento, y subrayo lo de casi todos. Vamos uno a uno. El Chato de Trebujena fue visto por Jaime Sierra y por Rocío Molina. Carlos Espinosa coincidió en la habitación con Rocío, Anca y Vicentín, y los palomos también estuvieron con Grigol Pakelia. Realmente, solo tres personas entraron y salieron de la habitación sin verse con ninguno de los demás imputados, el matrimonio Pacheco-Hernández, y aún eso tampoco es cierto al cien por cien puesto que la rumana les vio, aunque en la parte exterior del hostal. El tercero que no vio a nadie fue Salazar junior. Por tanto, es cierto que esas ocho personas, nueve si contamos a la mujer de Pacheco, no se cruzaron en la única escalera por la que se accede a la planta superior, pero algunos de ellos sí se vieron en la habitación de Curro aunque fuera asomando la nariz por el quicio de la puerta. Con todo, resulta bastante inverosímil que, aunque no se cruzaran en la corta escalera, casi nadie más del hostal, empleados o clientes, les viera, y eso creo que tiene una explicación en la configuración atípica del hostal –Y hasta ahí llega la explicación de Grandal que vuelve a callarse.
-Como te gusta jugar con nuestra curiosidad, Jacinto, sabes perfectamente que todos estamos esperando que nos cuentes que es eso de la configuración atípica del hostal –le advierte Ponte.
-Lo que mandes, Manolo. Sabéis que en casi todos los hoteles, hostales, apartoteles, etcétera, nada más entrar te topas con la recepción y un hall del que parte la escalera y el ascensor, si son grandes eso hay que ponerlo en plural, que conducen a las plantas superiores, en caso de haberlas. Pues bien, en los Prados eso no es así… -Y Grandal explica el por qué. El hostal está ubicado en un edificio de apartamentos denominado Prados I, que por la parte delantera, la que mira al mar, da a la avenida Juan Carlos I, y por la parte trasera, la que mira a poniente, a la Avenida de Castellón. Por el lado norte limita con una corta calle llamada Xúquer, y por el sur con una zona de piscinas y jardines hasta un conjunto de chalés adosados. Lo más relevante del único establecimiento hotelero de Torrenostra es que tiene una configuración atípica, infrecuente en las construcciones hosteleras, al estar dividido en dos zonas distintas dentro del mismo edificio. En el lado este, el que da a la avenida Juan Carlos I, están los servicios centrales: restaurante, cafetería, terraza, cocina y la auténtica recepción. En el lado sur del edificio es donde se encuentra la puerta de acceso a las habitaciones sin tener ningún pasillo interior que enlace con la zona delantera, aunque si existe un estrecho pasillo exterior, única comunicación entre ambas zonas. La puerta de acceso a las habitaciones está a unos treinta o cuarenta metros de la zona delantera. Nada más entrar en el edificio, y en el lateral izquierdo, se puede ver un pequeño mostrador con un casillero para las llaves de las habitaciones; tendría que ser la recepción, pero nunca hay nadie, pues la auténtica recepción es la que hay en el comedor de la parte delantera. Tras entrar, a la izquierda hay una escalera de cuatro pequeños tramos que conduce a las quince habitaciones que hay en la primera planta. Enfrente del mostrador y a la derecha hay un salón de estar, y de ahí arranca un corto pasillo que conduce a las siete habitaciones de la planta baja. Al final de ese pasillo hay una puerta que da a la cara norte del edificio, la calle Xúquer, pero que, al parecer, está permanentemente cerrada… y termina su relato afirmando-. Pues bien, esa configuración o estructura atípica fue una importante causa de que la gente que fue a la habitación de Curro entrara y saliera sin que les viera nadie.
-¿Y la gente del servicio, las camareras, los de la barra, etcétera, no les pudieron ver desde la parte delantera? –inquiere Ballarín.
-Poder verlos, podrían, de hecho Anca vio al matrimonio Pacheco, aunque ya fuera del recinto del hostal. Pero ver lo que ocurre detrás no es fácil, puesto que el servicio suele estar en la parte delantera que, naturalmente, es la zona donde hay más trabajo. Las empleadas, pues casi todas son mujeres, solo acuden a las habitaciones cuando hay que limpiarlas y cuando algún cliente requiere el servicio de habitaciones. Por consiguiente, esa configuración atípica del hostal es la que en buena parte explica porque los imputados en el caso Pradera subieron y bajaron sin que nadie les viera.
-¿Sabes qué, Jacinto?, tu explicación me ha convencido –se sincera Ballarín.
-Por lo que nos has contado esa configuración atípica del hostal más bien podría calificarse de sui generis –Ponte a veces se pone pedante.
-Sui generis o atípica, pero explica un enigma que nos tenía intrigados –sentencia Ramo.

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré el episodio 130. ¿Quién dijo que en este país la justicia es un cachondeo?

lunes, 4 de noviembre de 2019

*** El día de Todos los Santos, el de los Fieles Difuntos y Halloween


   Los días 1 y 2 de noviembre son fechas en que la gente se acuerda especialmente de sus muertos, pues el uno se celebra el día de Todos los Santos y el dos la conmemoración de los Fieles Difuntos. Así es al menos en los países en los que predomina la religión católica de rito latino, como es el caso de España.
   El día de Todos los Santos, la Iglesia Católica celebra una fiesta solemne por todos aquellos difuntos que, habiendo superado el purgatorio, se han santificado, han obtenido la visión beatífica y gozan de la vida eterna en presencia de Dios. De ahí que se le llame el “día de todos los santos”. Esta festividad no debe confundirse con la conmemoración de los Fieles Difuntos que se celebra el día dos. Dicha conmemoración, también llamada el Día de los Muertos o Día de los Difuntos, en el mundo católico tiene por objetivo orar por aquellos fieles que han fallecido y, especialmente, por los que se encuentran en el Purgatorio.
   En España, como en otros muchos países, en esas fechas se continúa con la tradición de visitar los cementerios para orar por los seres queridos fallecidos, recordarles y llevarles flores que se depositan en sus tumbas. En los ambientes más rurales hay la costumbre de que en la noche del 1 al 2 de noviembre se reúnen familiares y amigos para velar y recordar a sus difuntos. Se cuentan historias y se recuerdan anécdotas de los finados mientras se comen frutos típicos de la época tales como castañas, nueces, manzanas y dulces acompañados con anís, ron con miel o en su defecto otra bebida alcohólica. Con la acelerada desaparición del mundo rural esta tradición acabará por desaparecer.
   En los ambientes urbanos se limitan a asistir a los cementerios. Es lo que hice con el mis hijos y nietos. Fuimos al cuidado camposanto de Majadahonda donde está enterrada mi mujer y madre de mis hijos. Rezamos unas oraciones, al menos yo lo hice -de mis hijos no sabría decir-, y depositamos en su nicho un ramo de 56 margaritas, en recuerdo de los años que tenía cuando falleció. Aquí quería llegar. ¿Es que solamente hay que acordarse de los difuntos uno o dos días al año? Supongo que cada uno tendrá su propia respuesta a esa pregunta. Personalmente creo que uno se acuerda de los familiares, amigos o simples conocidos que ya no están con nosotros en la medida en que les echamos de menos, no importa en qué momento del año sea.
   Lo del conocido refrán de que el muerto al hoyo y el vivo al bollo, es tan real como despiadado. Supongo que debe ser una carga insoportable recordar continuamente a un ser querido extinto, pues la vida sigue y te impone que sigas su curso, pero como en todo hay notables diferencias. Hay muertos de los que te acuerdas la mayoría de los días, bien porque les quisiste con toda el alma, bien porque formaban parte indisoluble de tu vida, fuera familiar, profesional o simplemente social. Yo recuerdo a mi mujer con la frecuencia que impone el haber llevado más de treinta años de vida en común, con sus momentos buenos y malos, pero vividos a la par. Como evoco a un querido amigo de la infancia cada vez que mis recuerdos me retrotraen a mis tiempos mozos. Me ocurre lo mismo con un amigo de los tiempos maduros que acaba de fallecer y con el que convivía durante mis veranos en Torrenostra. Nuestra amistad fue corta y se centró sobre todo alrededor de las partidas de dominó que jugábamos cotidianamente. No es que dejara una especial huella en mí, pero no sé por qué su recuerdo es más constante que el de otras personas desaparecidas con la que conviví mucho más tiempo. Como diría Einstein, todo es relativo.
   Dedicar solo unas fechas para acordarse de los muertos es poca cosa. Siempre he creído que uno no se muere del todo mientras haya un solo vivo que se acuerde de él. Y eso no necesita de unos días especiales, cualquier fecha del calendario sirve.
   Ahora, con la imparable americanización de nuestras costumbres, se está propagando a la velocidad del rayo la fiesta de Halloween que, al parecer, significa “Víspera de Todos los Muertos” y que se celebra durante la noche del 31 de octubre, víspera del día de Todos los Santos. La práctica superposición de ambas festividades temo que va a terminar perjudicando a la más antigua y más europea. Si eso llegara a ocurrir, en vez de llamar europeos a quienes lo hayan consentido más bien deberían de llamarles preteeuropeos.
   Con o sin Halloween, permítanme un consejo: acuérdense de sus seres queridos fallecidos, sean familiares, amigos o simples conocidos; al hacerlo les reviven…, al menos en sus mentes. Y eso es impagable. Habrán muerto, pero de alguna manera siguen con nosotros.

viernes, 1 de noviembre de 2019

128. Todos se van a ir de rositas


   Después de la grata comida en el Forn de Tonico, invitados por Pedro Ramo, Jacinto y Chelo regresan a Marina d´Or. El excomisario descabeza un sueñecillo y, tras prometerle a su novia que volverá para cenar juntos, se dirige a Torrenostra donde le esperan sus amigos. Van a jugar la última partida de agosto, puesto que el treinta y uno -ha cambiado la fecha- Grandal tiene previsto regresar a Madrid. Aparca en el descampado donde comienza el Parque Natural del Prat de Cabanes-Torreblanca, y recorre andando los cien metros escasos que hay hasta la terraza del hostal. Están todos menos Ramo, por lo que hoy no tendrán que echar a suertes cuál de los cinco se queda sin jugar.
-¡Vaya, aquí tenemos al Sherlock Holmes español! –le saluda Ponte.
-Un respeto que es nuestro líder –reclama Ballarín.
-Y un aprendiz en lo tocante al dominó –afirma Álvarez que añade-. ¿Qué tal os ha tratado Pedro, os ha llevado a un buen pesebre u os ha invitado a un figón de tres al cuarto?
   Grandal les cuenta donde han estado, en qué ha consistido el menú, y se deshace en elogios sobre los diversos platos que han probado, especialmente el arròs al forn.
-No sirven mal rancho en Tonico, a mi hijo le peta un montón y me ha invitado algunas veces –confirma Álvarez.
-Me acuerdo que, cuando era niño, mi madre solía hacer arroz al horno de uvas a peras, pero no lo recuerdo como un plato excepcional –evoca Ponte.
-Dejaos de historias de arroces y vamos a echar fichas antes de que llegue Pedro, porque si no uno de los cuatro se quedará sin jugar y hoy es la última partida –recuerda Ballarín.
-¿Y por qué la última?, esta noche podríamos cenar juntos y echar una nocturna, ¿qué os parece? –propone Álvarez.
-Le he prometido a Chelo que como es la última noche la sacaría a cenar –indica Grandal.
-Que la saques no es incompatible con que luego juguemos. Mira, la invitas a cenar en algún restorán de aquí, por ejemplo en la pizzería esa que tanto le gusta, y le pedimos a Pedro que luego la suba al pueblo para enseñarle la concentración de cuadrillas que hoy desfilan disfrazadas hasta que se van a la verbena. Con lo curiosona que es Chelo, estoy convencido de que toda esa movida le gustará cantidad –propone Álvarez.
-No me parece mal plan, pero no os prometo nada, se lo diré y a ver por dónde sale. Ya la conocéis, Chelo es imprevisible.
-¡Y qué mujer no lo es! –exclama Ponte.
-Dejaos de chácharas y a ver a quienes emparejan las fichas –urge Ballarín volcando la caja del dominó sobre la mesa, y en la que también guardan unas hojas de bloc para las puntuaciones y un pequeño lapicero de los que se facilitan en Ikea.
   Las fichas han emparejado a Álvarez-Ballarín y a Grandal-Ponte, con lo que el primero se tiene que cambiar de sitio para quedar frente al exferretero. Antes de comenzar el juego se intercambian las típicas pullas de los jugadores baqueteados.
-Os vamos a dar una somanta que vais a quedar para el arrastre –se jacta Álvarez.
-Menos fanfarria y más fijarte en el juego que hay días que te pasas de listo y no hueles una –le amonesta Ballarín.
-Oye, Jacinto, ¿y si en lugar de jugar ya les damos por ganadores? –pregunta de coña Ponte-, porque aún no hemos comenzado y ya están como una moto.
-Tranquilo, Manolo. Estos son de los que disparan con pólvora del rey. Al final, veras como nos los pasamos por la piedra –replica Grandal.
   La primera partida la gana la dupla Álvarez-Ballarín con lo que el primero, que es un fanfarrón empedernido, se guasea hasta de su sombra e intenta intimidar a sus rivales de que también les van a ganar la segunda. En esta el juego se equilibra y un increíble cierre que consigue Ponte de once tantos decanta el juego a favor de la pareja Grandal-Ponte. El interés del juego se centra en la tercera partida, la del desempate. A los jugadores se han unido un par de mirones, uno es Pedro Ramo que se ha echado una larga siesta después de la comida, y otro un cliente habitual del hostal también aficionado al juego de las 28 fichas. Tras diversas alternativas, la fortuna termina por inclinarse a favor del más viejo y el más joven del cuarteto, Ponte y Grandal. Tras las consabidas chanzas de los ganadores termina produciéndose una pausa que aprovecha Ballarín para insistir en un su monotema.
-Bueno, Jacinto, o terminas de contarnos lo que crees que ocurrió en las últimas horas de vida de Salazar o tendrás que hacerlo en Madrid. Porque ya no te queda tiempo.
-Os lo prometí ayer y voy a cumplirlo. Antes voy a tomar un whisky a ver si me entono.
   La demanda de bebidas se generaliza y en cuanto Grandal prueba el primer chupito se dispone a narrar el fin de Curro Salazar o, más bien, la reconstrucción que ha hecho de sus
postreras horas, de acuerdo con la información que ha ido recopilando.
-Vereis… -y Grandal cuenta a sus amigos lo que le explicó al sargento Bellido por la mañana. Que está convencido de que podría hablarse mejor de homicidio que de asesinato. Que el fallecimiento, en última instancia, fue debido a un proceso biológico natural, pero que como causa remota hubo un proceso exógeno, es decir de origen externo. Y ello lleva al homicidio, sea voluntario o involuntario, pero homicidio al fin y al cabo. Vuelve a recordar el corrido mejicano sobre la muerte de Lupita para hacer un paralelismo con la muerte de Curro, pues fueron siete las visitas que tuvo, de modo individual o grupal, y en todas y cada una de ellas sus visitantes, por acción u omisión, coadyuvaron a que muriera.
-Entonces, ¿todos pueden ser calificados como homicidas? –Ponte, sin saberlo, acaba de repetir casi literalmente la misma pregunta que hace unas horas hizo el sargento.
   La contestación de Grandal también es casi idéntica a la que le dio a Bellido.
-En mi opinión todos ellos, en mayor o menor medida, son coautores del homicidio.
-Entonces, ¿los van a enchiquerar a todos? –quiere saber Ballarín.
-No creo. Probablemente los absolverán a todos ellos del delito de homicidio involuntario. Como mucho, serán acusados de la omisión del deber de socorro, un delito menor y, si no tienen antecedentes, no pisaran la cárcel.
-¡Cuánta razón tenía aquel alcalde de Jerez al decir que en España la justicia es un cachondeo! –rememora Álvarez.
-De todas maneras, sea o no un homicidio con varios coautores, en este caso hay muchos aspectos que siguen sin estar claros –plantea Ponte-. Por citar solo uno, ¿alguien puede creerse que en un local tan pequeño como es el hostal, y en el espacio de unas pocas horas, siete personas visitarán a Salazar y que a la mayoría de ellos nadie les viera entrar ni salir de la habitación? Una habitación que casi se convierte en la antítesis del camarote de los hermanos Marx, pues todos entraban pero nadie se quedaba.
-Hombre, no había caído en eso, pero lo que dice Manolo es cierto –secunda Ballarín-. No sé si era lo contrario del camarote de los Marx, pero al menos si un cuarto de una comedia de enredo en el que todo el mundo entra y sale y nadie se tropieza con el anterior o el siguiente.
-A ver, figura –Álvarez se pone en plan provocativo mirando a Grandal-, lo que preguntan aquí los colegas, ¿has llegado a planteártelo y, si es así, cómo lo explicas?
-Habéis puesto el dedo en la llaga. Es uno de los muchos aspectos incomprensibles del caso y que me ha tenido desvelado más horas. Como todavía no lo he resuelto, creo que debería conocer el hostal por dentro, porque la verdad es que no he pasado más allá de la terraza. Bueno, también conozco la habitación de Curro, de las dos veces que fuimos a verle cuando estuvo convaleciente –y dirigiéndose a Ramo le pregunta-. Oye, Pedro, creo que tienes buena relación con la patrona, ¿es así?
-Sí, la tengo aunque un poco indirecta. La relación viene porque la señora Eulalia es cuñada de un primo mío, pero sí, me llevo bien con ella.
-Entonces, me harás el favor de pedirle que me deje curiosear por el interior. Procuraré no molestar ni interferir el trabajo de los empleados. En cuanto a la hora, cuando ella crea más oportuno pero con la fecha no puedo dejarla a su albur, tendría que ser esta misma tarde. Sé que es muy precipitado, pero mañana me marcho. O es ahora o el enigma de que varias personas, en un corto espacio de tiempo y de lugar, se movieran sin ser detectadas quedará irresuelto. ¿Lo puedes intentar?
-Intentarlo, por supuesto, otra cuestión es que pueda conseguirlo –y levantándose añade-. Voy a buscar a la Eulalia y le expondré tu petición. ¿Quieres que te acompañe alguien en tu visita?
-No estaría de más que me acompañara alguien de la casa, así tendría a quien preguntar si veo algo que me resulte incomprensible…, pero si no puede prescindir de alguien del servicio, dile que haré la visita solo y procuraré no tocar ni romper nada. Ah, y añade que no necesito entrar en ninguna habitación por lo que no molestaré a los huéspedes.
   Ramo entra en la cafetería y habla con una camarera. La conversación es breve porque vuelve a salir enseguida.
-Me ha dicho la camarera que Eulalia está en su casa, voy a verla.
-Si tienes que subir al pueblo, buscarla, hablar con ella y luego bajar, no sé si me dará tiempo a esperarte, pues he quedado con Chelo –se lamenta Grandal.
-Nada de subir al pueblo, vive aquí al lado en uno de esos chalés pareados. En un plisplás estoy de vuelta.
   Y en efecto, a los pocos minutos vuelve Ramo.
-Dice la Eulalia que puedes mirar lo que quieras y que yo te acompañe por si tienes alguna pregunta, pero que tendrá que ser ahora. Enseguida van a comenzar los preparativos para la cena. Ah, y que es mejor que no pasemos por la cocina, podríamos molestar a los que trabajan allí.
-Pues como dicen aquí, pensat i fet. Vamos allá y tú delante, por favor.
   En cuanto el trío de jubilados se queda solo, Ballarín hace su particular resumen de lo que les ha contado Grandal.
-Resumiendo, que entre todos lo mataron y él solito se murió.
-Sí y, al parecer, nadie va a pagar por ello, todos se van a ir de rositas –remacha Álvarez.
  
PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré, dentro del capítulo 31 y último, el episodio 129. Una configuración atípica