viernes, 11 de octubre de 2019

Capítulo 30. La teoría de Grandal sobre el caso Pradera. Episodio 125. Entonces, ¿hay alguien a quién culpar?


   La mañana del 29 de agosto ha pasado y Grandal no ha podido terminar de contar a los amigos su teoría sobre lo que pudo ocurrir en la habitación donde Curro Salazar reposaba de su fractura de costillas, empeorada tras la caída que tuvo al discutir con Vicentín. Y por la tarde tampoco podrá porque el excomisario le ha prometido a Chelo llevarla a conocer Peñíscola. Ha quedado citado con los amigos para el día siguiente y les ha asegurado que, si no siguen interrumpiéndole, acabará de contarles lo que supone que ocurrió en las últimas horas de vida del exsindicalista.
   Amanece el día 30 con un sol radiante. Grandal madruga porque tiene dos citas ineludibles: una con el sargento Bellido para mantener una última charla sobre el caso Pradera, y otra con sus jubilados amigos para terminar su relato sobre lo que cree que ocurrió en la tarde del día de autos. Una vez más, la cita con el suboficial de la Guardia Civil tiene lugar en la cafetería del hotel de Marina d´Or donde suelen reunirse.
-Buenos días, comisario, ¿qué tal?
-Pues preparando las maletas, Bellido. Todo se acaba, hasta el veraneo.
-No puede imaginarse cuanto voy a sentir su marcha. Y tampoco tengo palabras para agradecerle su inestimable ayuda. Sin usted la muerte de Salazar posiblemente hubiera acabado en el archivo de los casos sin resolver. En cambio, ahora en la comandancia de Castellón están muy satisfechos con el trabajo de mi gente como policía judicial y la juez del Valle también me ha felicitado. Todo eso y más se lo debo a usted.
-No es para tanto, Hernando –Es la primera vez que el excomisario llama por su nombre al sargento-. El agradecido soy yo porque gracias a ti he pasado un mes de agosto mucho más entretenido de lo que en principio suponía. Aunque voy a irme con la impresión de que, como diría mi amigo Luis que es muy taurino, me va a faltar el rabo, no del toro sino del caso por desollar.
-Hay que darle tiempo al tiempo, comisario. La instrucción está dando sus últimas boqueadas, pero falta rematarla. Usando el lenguaje de su amigo se podría decir que hasta el rabo todo es toro.
-Es cierto, y ya que nos hemos puestos en plan taurino, coge el estoque, remata la faena y cuéntame las últimas noticias.
   El sargento le cuenta las últimas noticias sobre la instrucción del caso que se circunscriben a las resoluciones tomadas por la juez del Valle sobre los imputados. A Carlos Espinosa le ha dejado en libertad con cargos, le imputa el delito de la omisión del deber de socorro al no ayudar a otra persona (Salazar) que se encontraba desamparada y en peligro manifiesto y grave, cuando podía hacerlo sin ningún riesgo ni para sí mismo ni para terceros. Se trata de una infracción leve pues se castiga con la pena de multa de 3 a 12 meses. Al parecer, la jueza ha estado valorando si imputarlo también por homicidio en grado de tentativa, pero no lo hace al no estar plenamente acreditado que intentara envenenar al gaditano, y además el examen post mortem del cadáver ha revelado que la cantidad de raticida ingerida, suponiendo que se lo hubiera dado Espinosa, en ningún caso puso en peligro la vida de Salazar.
   A José Jiménez, alias el Chato de Trebujena, también le ha dejado en libertad con cargos, le imputa los delitos de la omisión del deber de socorro y el delito de lesiones que, de acuerdo a lo que establece el Código Penal, es el que por cualquier medio o procedimiento causare a otro una lesión que menoscabe su integridad corporal o su salud física o mental y que es castigado con la pena de prisión de tres meses a tres años, o también puede ser una multa de seis a doce meses, siempre que la lesión necesite tratamiento médico o quirúrgico tras la primera asistencia médica.
   A Jaime Sierra, le ha dejado igualmente en libertad con cargos, y solo le imputa el delito de la omisión del deber de socorro. En cuanto a Alfonso Pacheco, le ha dejado asimismo en libertad con cargos, le imputa los delitos de homicidio no intencional que el Código tipifica como causar la muerte de una persona por imprudencia grave, y que está castigado con una pena de uno a cuatro años de prisión, según establece el artículo 142.1., y el de la omisión del deber de socorro. Y a su mujer le imputa el delito de la omisión del deber de socorro.
-O sea, que el Chato y Pacheco son los que peor han salido librados, aunque tengo mis dudas de que el cargo de homicidio no intencional contra Pacheco vaya a prosperar. Ligar su empujón con la muerte de Salazar es discutible. Si el zahareño cuenta con una buena defensa quizá pueda librarse de esa acusación aunque nunca puede saberse como termina un juicio de lo penal –explica Grandal que a continuación pregunta- ¿Y con Grigol Pakelia, qué medida ha tomado?
-En principio, ninguna porque al parecer está en el extranjero y la orden de detención europea funciona como un procedimiento judicial simplificado y transfronterizo de entrega a efectos de enjuiciamiento, de ejecución de una pena o de una medida de seguridad privativas de libertad. Y ninguno de esos supuestos parece que es aplicable a Pakelia.
-Pero la llamada euroorden emitida por la autoridad judicial de cualquier país de la Unión Europea, ¿acaso no es válida en todo el territorio de la UE? –pregunta Grandal.
-Sí, pero como he dicho se trata de que se detenga en otro país a Pakelia y se le entregue aquí para su procesamiento o para la ejecución de una pena o de una medida de seguridad privativas de libertad y la juez argumenta que, en principio, solo es un testigo más y que no hay ningún indicio de que causara ninguna violencia a Salazar –reitera el sargento.
-Es decir, que el guiri de esta historia se va a ir de rositas.
-No hay pruebas contra él, comisario, y sabe mejor que yo que sin pruebas o indicios racionales de alguna acción contra el fallecido su señoría tiene las manos atadas.
-Sí, claro –admite Grandal muy a su pesar-, ¿y a la postre los pichones del maletín como han quedado?
-Como estaban. En libertad, con los cargos de los delitos[ZR1]  de la omisión del deber de socorro y el de hurto. Poca cosa, no entrarán en prisión.
-¿Y Francisco José, el hijo?
-Es el único que sale bien parado. Ni la fiscalía ni la señora jueza han presentado cargos contra él. Ayer hablé con el chico y está esperando que le entreguen el cadáver de su padre para volverse a Sevilla. Su madre quería enterrarlo allí, pero el transporte es demasiado caro para la familia y al final han optado porque descanse aquí. Mañana a primera hora será inhumado en una ceremonia privada en el cementerio de Torreblanca. Voy a asistir, y si quiere venir será un honor estar a su lado.
-Gracias por la invitación, Bellido, pero tenemos pensado salir cuanto antes, a ver si así nos ahorramos los atascos de la operación regreso.
-¿Le puedo hacer una pregunta, comisario?
-Dispara, sargento.
-De la instrucción se desprende que no hay un asesino al que culpar de la muerte de Salazar, es como si hubiese fallecido de muerte natural. La pregunta es: ¿cree que la instrucción se ha cerrado en falso; es decir, que no hay un asesino y qué por tanto no fue un asesinato o al menos un homicidio?
   Grandal se toma su tiempo para contestar a la pregunta de Bellido y cuando lo hace su voz suena como insegura.
-Esa es la pregunta del millón, como suelen decir en la tele. ¿Fue un asesinato y por ende hubo un asesino o no? Para responderte  antes he de hacer alguna explicación previa. Si no recuerdo mal mis estudios de Derecho Penal, se considera asesinato cuando una persona causa la muerte de otra y lo lleva a cabo con alguno de estos tres supuestos, o de los tres juntos, y que son: el de alevosía, cuando se realiza a traición y/o cuando se sabe que la víctima no va a poder defenderse; el de ensañamiento que es cuando se aumenta deliberada e inhumanamente el sufrimiento de la víctima y el de la concurrencia de precio, cuando se comete el crimen a cambio de una retribución económica o material.
-También he estudiado algo de Derecho Penal, comisario, pero no responde a mi pregunta.
-Lo haré ahora. Vamos por partes o, mejor dicho, por posibles asesinos y lo hago en el orden cronológico de los que visitaron a Salazar en la tarde de autos. Comencemos con Alfonso Pacheco, su empujón que fue el origen del drama no parece que se hizo con alevosía, ni hubo ensañamiento, ni fue retribuido por ello. Por tanto, descartado como posible asesino, aunque la jueza lo acuse de homicidio no intencional. En cuanto a su mujer parece que no hizo más que acompañarle. Seguimos con Jaime Sierra que según su testimonio no tocó a Salazar para nada, se limitó a irse de allí sin socorrerle. También descartado. Continuamos con el Chato, que sí le dio unos puñetazos a Salazar en los que puede admitirse que hubo alevosía, quizá ensañamiento y probablemente lo hizo por una retribución; sería el mejor candidato para ser acusado de asesinato si no fuera porque sus golpes no fueron suficientes para causar la muerte de Salazar. En consecuencia, también descartado. Proseguimos con Carlos Espinosa, le dio a beber un coñac en el que posiblemente, aunque no lo sabemos con certeza, había diluido un raticida. Aquí también hay alevosía, el ensañamiento puede ser calificado como dudoso, pero casi seguro que sí hay concurrencia de precio. Otro buen candidato para colgarle un asesinato si no fuera porque la dosis de matarratas encontrada en el cuerpo de Salazar no hubiese acabado ni con un ratón doméstico. Por tanto, hemos de descartarlo. Continuamos con los pichones que lo único que le hicieron a Salazar fue abandonarle a su suerte. Por consiguiente, igualmente descartados. El siguiente es Grigol Pakelia. Estoy convencido, aunque no puedo probarlo, que el georgiano fue a la habitación para acabar con Salazar y que la almohada que manejaba cuando fue sorprendido por los pichones era para ahogarlo. Como no llegó a realizar ningún acto criminal no se le puede acusar de nada. Otro descartado.
-Entonces, ¿hay alguien a quien culpar? –pregunta el desconcertado sargento.

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré el episodio 126. ¿A quién le amarga un dulce?

 [ZR1]oy

lunes, 7 de octubre de 2019

*** Post info 12. Geografía del Libro I de la próxima novela Los Carreño


   Comienza la narración del Libro I de la próxima novela Los Carreño en el marco de la zona noroeste de la provincia extremeña de Cáceres y cuyo accidente orográfico más importante es la Sierra de Gata, que a su vez forma parte del Sistema Central que parte en dos la Meseta Central de la Península Ibérica. La Sierra de Gata limita al norte con la provincia de Salamanca, al oeste con Portugal, al este con las comarcas cacereñas de Las Hurdes, de las Vegas del Alagón y de las Tierras de Granadilla, y al sur con la comarca de la Tierra de Alcántara.
   Las primeras localidades que sirven de escenario al Libro I, titulado Un mañego enamorado, de la novela son todas cacereñas. San Martín de Trevejo, pueblecito ubicado en el Valle de Jálama que en su extremo oeste limita con Portugal; Malpartida de Plasencia, pueblo ubicado al sudeste de Plasencia entre los valles de los ríos Jerte, al norte, y Tiétar, al sur, y Plasencia, en la ribera del Jerte, capital natural de la zona norte de Cáceres.
   Los gentilicios de esos pueblos son los siguientes. Mañego es el gentilicio de los naturales de San Martín de Trevejo y por eso a Julio Carreño, protagonista de la primera parte de la novela y que es oriundo de San Martín, se le alude frecuentemente como el mañego. Chinato es el gentilicio de los nacidos en Malpartida de Plasencia y por eso a Consuelo, novia de Julio, se le apela con frecuencia como la chinata pues es natural de Malpartida. Placentino o plasentino es el gentilicio de los oriundos de Plasencia. Los tres primeros municipios mencionados, San Martín, Malpartida y Plasencia, son el escenario en que se desarrollan los primeros episodios de la novela, Los Carreño, exactamente desde el primero al duodécimo. El resto de episodios que integran el Libro I de la novela, desde el decimotercero al quincuagésimo, se desarrollan en Palma de Mallorca.
   Palma de Mallorca es la ciudad en la que el mañego enamorado cumple el servicio militar pues, como estableció la Constitución de 1812, todo español está obligado a defender la Patria con las armas cuando sea llamado por la ley. Aunque la legislación que desarrolló esta obligación, en principio ineludible, dispuso una trampa: se permitía la redención en metálico del servicio, es decir, que el llamado a filas pagase a un sustituto, lo que implicaba que los ricos libraban a sus hijos de la mili y hasta había compañías de seguros que ofrecían a las familias una póliza para pagar uno de estos desdichados que sustituyeran a su hijo. El servicio militar, la mili como se la conocía coloquialmente, especialmente para los jóvenes de la España rural, era un hito importante en su vida. Para la inmensa mayoría de ellos constituía su primera oportunidad de salir de las lindes de su pueblo natal y conocer otros lugares, otras gentes y otras formas de vida. De tal manera que en la vida de los hombres de aquella época, su vida se ceñía a lo que vivieron antes de la mili y después de la mili.
   La ciudad de Palma de Mallorca era –y sigue siendo- la capital de la isla del mismo nombre y del archipiélago de las Baleares. Palmesano es el gentilicio de los naturales de Palma. La ciudad, debido a la influencia de la llegada de los primeros turistas extranjeros, era en aquellos tiempos una urbe mucho más moderna, abierta y adelantada en todos los sentidos que los pueblos extremeños conocidos por Julio Carreño. También era la ciudad más grande en la que había vivido con sus cerca de sesenta y cuatro mil habitantes censados en 1890. Cuando Julio Carreño dice adiós a la ciudad palmesana en el episodio 50, también se despide de la primera etapa de su vida y finaliza el Libro I o primera parte de la novela Los Carreño.

viernes, 4 de octubre de 2019

124. En una hora no se ganó Zamora


   En el relato que Jacinto Grandal está haciendo a sus amigos sobre cómo ha podido ser la vida de Curro Salazar en Torrenostra ha llegado a la etapa de la convalecencia del gaditano, cuando tuvo que guardar reposo para sanar las costillas que le fracturó el Chato de Trebujena.
-El día trece, según se desprende de las declaraciones de Pacheco y Sierra, los dos andaluces acordaron aunar sus respectivas propuestas para Curro como si fueran una sola, dado que ambas eran bastante similares y de esa forma también abaratarían los costes –cuenta Grandal.
-De lo cual se deduce que los lobbys que representaban ambos emisarios eran de una economía más bien modesta –deduce Ponte.
-Supongo que sí, Manolo, debían de ser más modestos que potentes porque sus emisarios no tiraron cohetes precisamente. Y añado algo más: el grupo que respaldaba a Pacheco, por lo que ha contado, debía de estar integrado por funcionarios de alto rango que en su momento tuvieron cargos políticos de niveles intermedios y que resultaron pringados en el caso ERE. En cambio, la gente que estaba detrás de Sierra debía de estar formada por integrantes más políticos que técnicos y que también estaban imputados. El pacto Pacheco-Sierra tuvo otra consecuencia, a partir de ese momento ambos intentan convencer a Curro al alimón.
-Pues poco tiempo tuvieron para persuadirle porque si eso ocurrió el día trece cuarenta y ocho horas más tarde alguien se cargó a Salazar –apunta irónicamente Álvarez.
-Ese trece, Pacheco y Sierra van a visitar a Curro –sigue explicando Grandal-. La patrona del hostal, que se ha convertido en una celosa guardiana de su apaleado huésped, no pone ningún impedimento en que ambos andaluces suban a ver al gaditano pues reconoce a Pacheco como la persona que impidió con su aviso que siguieran golpeando al exsindicalista. En esa entrevista, de acuerdo con las declaraciones de ambos, le propusieron a Curro que se entregase a la justicia después de que la gente a la que representaban hubiera pactado con la fiscalía una rebaja de la posible pena. Y además, le comunicaron que contratarían al mejor bufete para su defensa, que le facilitarían el dinero que necesitase cuando la justicia confiscara sus bienes, que ayudarían a su familia y buscarían un buen trabajo para su primogénito.
-Y todo eso, ¿a cambio de qué?, lo digo porque nadie va por ahí regalando euros a cincuenta céntimos –objeta Ballarín.
-De las contrapartidas, que evidentemente debieron pedirle, no dijeron ni pío. Si han declarado que Curro les contestó que en esos momentos no tenía ni fuerzas ni cabeza para decidir nada y les emplazó a que volvieran en un par de días, y así le daban tiempo para pensárselo. Ese mismo día ocurrió otro episodio que pone por primera vez en el tablero del caso Pradera al escurridizo guiri que los pichones sorprendieron en la habitación de Curro. Pasado el mediodía un extranjero se presentó en el hostal para alquilar un dormitorio por un rato. La patrona, que era quien le atendió, le contestó que no alquilaban habitaciones por horas. La reacción del guiri fue que la alquilaba para toda la jornada, a lo que la patrona objetó que estaba todo ocupado. El extranjero insistió, incluso puso dinero encima del mostrador, pero la patrona no cambió de criterio y le remitió a la nacional 340 pues allí encontraría paradores de carretera que sí alquilaban cuartos por horas para los conductores. Cuando el sargento Bellido le mostró una foto, la patrona lo reconoció inmediatamente, el guiri de ese suceso era Grigol Pakelia.
-¡Esa sí que es buena! –exclama Álvarez-. Eso quiere decir que el tal Pakelia ya rondaba por aquí.
-O sea que el georgiano sí estuvo dónde Salazar, ¿se sabe si habló con él o al menos le vio? –pregunta interesado Ponte.
-De acuerdo con la declaración de la patrona, Pakelia no habló con Curro y probablemente tampoco debió verle –aclara Grandal-. Este episodio es uno de los que más me ha confundido. Por lo que le contó la señora Eulalia al sargento parece que Pakelia, que estaba acompañado por una mujer también extranjera, solo quería una habitación para echar un polvo a su acompañante, pero lo extraño es que habiendo tantos hoteles y apartamentos de alquiler en la costa quisiera alquilar una habitación en el hostal donde se alojaba Curro. ¿Fue una casualidad o una acción premeditada? Ya sabéis que siempre repito que no creo en las casualidades por lo que infiero que la presencia de Pakelia fue algo planeado. De todas formas, o el georgiano es un genio de la mise en scène o en efecto fue un hecho fortuito. Puntualizo esto porque el andoba iba vestido con un bañador tipo tanga y apenas cubierto por una camisola veraniega. Este suceso quizá es el que más me ha desconcertado y todavía a estas alturas no acabo de explicármelo.
-Hablando del guiri, ¿hay alguna novedad sobre él? –pregunta Álvarez.
-No, siguen sin localizarle y la jueza del Valle continúa negándose a emitir una euroorden de busca y captura. A ese no le echa mano ni una rehala de podencos.
-¿Os acordáis cual fue el último día que visitamos a Salazar? –pregunta Álvarez sin venir a cuento.
-El día del que estamos hablando, el trece. Recuerdo que nos preguntó que cómo nos arreglaríamos para echar la partida cuando se fuese Amadeo –rememora Ponte-. Y también recuerdo que le conté que el cuarto jugador sería un vecino mío de Madrid que también veraneaba aquí, me refería a ti, Pedro.
-Y yo recuerdo que bromeé con él por la buena enfermera que se había echado con Anca –rememora Álvarez-, a lo que Salazar dijo que pocas bromas con la rumana porque tenía un novio que era más celoso que la leche.
-Hablando de celos. Anca me confesó –les cuenta Grandal- que uno de los días de la convalecencia, posiblemente el mismo en que le visitamos nosotros, subió su novio a la habitación y tuvo un agarrón con Curro por los celos enfermizos que le tenía. El chico se calentó y amenazó a la muchacha con sacarla de allí a guantazo limpio. Entonces Curro se interpuso entre la pareja y conminó a Vicentín con darle una mano de hostias si ponía un dedo encima de la joven. Al oír eso el chico le dio a Curro un empellón que le hizo caer hacia atrás chocando contra un sillón y que le dejó sin poder respirar por unos momentos. Anca se asustó tanto que pensó que habría que llamar a un médico y le pidió a Curro que no contara lo que había ocurrido porque la echarían, que dijera que había resbalado y se había caído. Más tarde llegó una doctora del Centro de Salud del pueblo que, tras descartar que Curro sufriera un neumotórax, diagnosticó que probablemente se había resentido de la fractura de costillas, que debería guardar un riguroso reposo durante al menos cuarenta y ocho horas y que el martes volvería a visitarle.
-Hablando de recuerdos –interviene Ramo-. La noche de ese mismo día recordaréis que jugamos una partida nocturna en la terraza de El Perero. Fue allí cuando os referí que una doctora había visitado a Salazar pues se encontraba mal, algo que en ese momento no sabíais que hubiera ocurrido.
-Lo recuerdo, así como también que cuando Luis te preguntó cómo te habías enterado nos soltaste un rollo sobre que en un sitio pequeño como este es raro que algo fuera de lo habitual pase inadvertido. Y que ese es uno de los rasgos que forman parte esencial de la vida de las comunidades pequeñas en las que lo que más importa son las noticias locales que se analizan del derecho y del revés y se diseccionan de arriba abajo –comenta Ponte.
-Hablando en plata, Pedro, lo que ocurre es que tus paisanos son una panda de cotillas –dice Álvarez tirando de ironía.
-Todas las sociedades cerradas lo son –Grandal sale en defensa de los paisanos de Ramo-, recordad que en el Centro de Moncloa una de las conversaciones preferidas de nuestros colegas es cotillear y contar rumores sobre lo que le ha ocurrido a fulano o a mengano. Bueno, creo que os he contado cuanto sabemos de lo que ocurrió el día trece en el entorno de Curro, es hora de centrarnos en el día siguiente, el catorce.
-La madrugada de ese día fue cuando me fui a Lérida –recuerda Ballarín.
-Ese día nosotros nos juntamos para echar la partida en la terraza del hostal después de comer –precisa Grandal.
-Sí, y recuerdo que después de la partida os conté como era la festividad del día siguiente – rememora Ramo-, a la que aquí se la llama la festa de la Mare de Deu d´Agost, y que era uno de los contados días en los que la gente del pueblo bajábamos a bañarnos, algo que como recordaréis os sorprendió muchísimo.
-¿Cómo no iba a sorprendernos que viviendo al ladito del mar solo vinierais a la playa media docena de días al año? –justifica Álvarez.
-Eso ha cambiado totalmente. Podríamos decir que mis paisanos han redescubierto el Mediterráneo, ahora ya no creen, como creían antaño, que lo de veranear y bañarse sea una costumbre de señoritos y de gente de la ciudad.
-El recuerdo más vívido que tengo de aquella charla fue lo que nos contaste del pasodoble de Paquito el Chocolatero –evoca Grandal-, que por cierto es la música que más tocan las charangas que animan las fiestas del pueblo. Hablando de fiestas, ¿cuándo acaban?
-Pasado mañana, domingo. Alrededor de las nueve y media de la noche dispararán un castillo de fuegos artificiales que supone el broche final de las fiestas.
-Hablando más de fiestas, ¿hoy que toca además de la fiesta de las paellas? –quiere saber Álvarez.
-Esta tarde se corren vaquillas con las puntas enfundadas y por la noche hay un espectáculo de variedades –cuenta Ramo.
-Dejaros de historias porque a este paso llegaremos al tercer milenio y Jacinto no habrá terminado de contarnos su hipótesis sobre cómo la palmó el pobre Salazar –exige Ballarín. 
-Amadeo, no te pongas pesado, en una hora no se ganó Zamora –reprocha Ponte al impaciente exferretero haciendo alusión al asedio de la ciudad española de Zamora en el siglo XI, que duró siete meses y encima sin éxito.

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré, en el capítulo 30, el episodio 125. Entonces, ¿queda alguien a quién culpar?