viernes, 2 de agosto de 2019

115. El que no se arriesga, no cruza el río


   Da la impresión de que tanto Pacheco como Sierra están dispuestos a prestar oídos a lo que pueda contarles el supuesto investigador, que como tal se ha presentado Grandal. Pese a ello los rostros contrariados y a la vez preocupados que muestran ambos es señal de que no todo va a ser coser y cantar. Antes de que se echen atrás, el excomisario se lanza a convencerlos con sus explicaciones.
-La situación es la siguiente. Comencemos por usted, Pacheco. En su primera deposición ante la jueza que instruye el caso Pradera, a la pregunta de sí estuvo viendo a Salazar la tarde del día 15, contestó negativamente.
-Y así fue –confirma Pacheco con voz que pretende ser rotunda.
-Ahí te duele, Alfonso –De pronto Grandal ha decidido pasar al tuteo como una manera de rebajar el tono aséptico que hasta el momento ha tenido la conversación-, porque ambos sabemos que eso no es verdad. Tengo a dos personas dispuestas a declarar que el día de la Asunción por la tarde te vieron bajar, en compañía de una mujer, de la primera planta del hostal donde residía Curro. Una simple rueda de identificación demostraría que la mujer en cuestión era tu esposa, Macarena Hernández, hija por cierto de un conocido constructor sevillano.
   Es oír la afirmación de Grandal y el rostro del ingeniero cambia de color, de blanco se torna pálido y un gesto de angustia se le pinta en el mismo. El expolicía no prosigue su explicación, prefiere dar tiempo a que el zahareño asimile el estoconazo que le acaba de dar. Puesto que Pacheco no responde es Sierra quien sale en su defensa.
-¿Y qué si le vieron bajando con su mujer? Eso no incrimina en nada ni a Alfonso ni a su esposa en el desgraciado fallecimiento de Curro.
-Hasta ahora no he dicho una sola palabra de incriminar a nadie, pero vayamos por partes. Si a su señoría le llega la información de que el matrimonio Pacheco estaba la tarde de autos en el hostal donde falleció Salazar se va a poner de uñas al constatar que el testimonio que dio Alfonso en su primera deposición fue una mentira flagrante. Como sabes muy bien, Jaime, el testigo que miente en un juicio recae en una conducta tipificada en el Código Penal, dentro del capítulo dedicado a los delitos contra la Administración de Justicia. Y el artículo 458 de dicho código castiga ese delito con penas de prisión y multa, agravándose la condena si es en un juicio penal como puede terminar siendo el caso. En otras palabras, aunque Alfonso y Macarena no hubiesen realizado nada punible, el mero hecho del falso testimonio va a poner a tu amigo en el disparadero de que entre en el juzgado como testigo y salga como imputado.
   La última intervención de Grandal provoca que Pacheco hunda la cabeza entre sus manos mesándose los cabellos y lanzando un apagado gemido. Parece que el ingeniero está seriamente tocado. El expolicía se dice que es llegado el momento de acoquinarlo del todo.
-A todo ello habrá que sumar la más que probable condena del telediario, una condena a veces más pesada que la impuesta por los jueces. Y no me estoy refiriendo solo a Alfonso, sino también a Macarena. Habrá que ver la revolera que se va a armar en Sevilla cuando vean en los informativos de Canal Sur a la distinguida señora Pacheco, de la muy ilustre familia de los Hernández, entrar y salir por la puerta de la Audiencia de Castellón para prestar testimonio sobre la muerte de Curro el Conseguidor. Y no digamos nada si también es imputada. Durante muchos días no se va a hablar de otra historia en los corrillos de la calle Sierpes donde la van a despellejar.
   La alusión a lo que le puede pasar a su mujer hace reaccionar a Pacheco. Mira con rabia contenida a Grandal y con voz que quiere ser dura, pero que le sale un tanto atiplada, pregunta:  
-¿Y qué es lo que quiere?
-Querer, lo que se dice querer, yo no quiero nada, pero mis patrocinadores están muy interesados en saber qué ocurrió en la habitación de Curro mientras tú y Macarena estuvisteis allí –Grandal está jugando de farol pues a ciencia cierta todavía no sabe si la pareja estuvo en la habitación 16, pero tiene poco que perder.
   Sierra que se acaba de dar cuenta de que la situación se puede volver peligrosa para el futuro procesal de Pacheco, e indirectamente también para el suyo y viendo que su colega se ha derrumbado, vuelve a intervenir.
-Alfonso, no digas ni una palabra más. Todo lo que ha contado este fulano huele a encerrona –y dirigiéndose a Grandal le conmina-. Esta conversación ha terminado. Vuélvase por dónde ha venido –al tiempo que hace el ademán de levantarse.
-No tan deprisa, Sierra, todavía no te he contado el marrón que también te puede caer en un par de horas. El 458 del Código Penal te concierne igualmente. ¿O es qué creías que solo había tela que cortar para tu amigo? Si hago llegar al juzgado lo que he descubierto sobre ti también tú vas a entrar como testigo y vas a salir como imputado. Si quieres te lo explico para que prepares tu testimonio lo mejor que sepas, ahora bien si quieres largarte eso es problema tuyo.
-A ver qué tiene que explicarme –pregunta Sierra mordiendo las palabras.
-Te voy a ser sincero porque me has caído bien –Grandal piensa que va a acometer una jugada peligrosa, es un farol que tanto puede salir bien como mal, pero tal y como está la situación no tiene mejores cartas que jugar. El mayor peligro que corre es el del factor tiempo, aún no sabe quien estuvo antes en la habitación de Salazar, también desconoce si el antiguo director de IDEA estuvo o no con Curro, pero se dice que el que no se arriesga, no cruza el río-. Verás… hasta que no has entrado en el comedor prácticamente no sabía nada de ti que pudiera relacionarte con la muerte de Salazar, pero eso ya no es así. ¿Ves a aquel señor mayor de allí con el que estaba sentado? –dice señalando dónde está Ponte que ha girado la cabeza al ver que le miran-. Si, el del pelo blanco y la perilla. Pues bien el señor Manuel, que así se llama mi acompañante, estaba la tarde autos sentado en la terraza de Los Prados haciendo tiempo mientras dos de sus nietos se estaban bañando en la piscina del hostal. Como se aburría, estaba más atento a lo que ocurría a su alrededor que a los chapuzones de sus nietos y una de las cosas que vio fue a una persona salir por la puerta que da a la piscina y por la que se accede a las habitaciones del hostal… –Lo que está contando Grandal no es cierto, pero juega con la presunción de que Sierra lo crea-. El señor Manuel, que es viejo pero que tiene una excelente vista y mejor memoria, cuando has aparecido te ha identificado sin duda alguna como la persona que vio salir por la puerta en cuestión. Podrías venir de otra habitación, pero creo que en el hostal solo conocías a Salazar.
   Sierra encaja el golpe mejor que lo hizo Pacheco, sin embargo su autocontrol ha quedado seriamente tocado. Trata de asimilar lo que acaba de oír. ¡Me caguen la Macarena!, maldice, al final me vieron. Ya me temía que era demasiada suerte que ningún paleto me hubiese calado. El cabrón del Curro hasta después de muerto es capaz de joderme. A ver como manejo este marrón, piensa. Su confusión se disipa como por encanto cuando recapacita que, como mucho, se le podrá acusar de la omisión del deber de socorro puesto que no le hizo nada al exsindicalista. Su mejor defensa puede ser decir la verdad. Y sin darle más vueltas, decide confesar.
-Le voy a contar lo que realmente pasó…
   Y Sierra le cuenta a Grandal, y al mismo tiempo a Pacheco que le escucha entre atónito y desconcertado, que había quedado citado con el ingeniero en visitar conjuntamente a Curro para pedirle que respondiera a su propuesta de que lo mejor para él era que se entregara a la justicia y que ellos le ayudarían buscándole un buen abogado. Al ver que su colega no aparecía y dado que estaba en un chiringuito cercano al hostal optó por visitar al exsindicalista para conocer su decisión al plan que le habían planteado. Nunca pudo imaginar lo que iba a encontrarse, a Curro medio caído en un sillón, respirando a duras penas, con el rostro demudado y farfullando palabras ininteligibles  de las que solo pudo entender: Me… dado… golpes… Bebe un sorbo y sigue.
-Mi primer pensamiento, naturalmente, fue ayudarle. Le pregunté si quería agua o si prefería que le llevara a la cama, pero ni siquiera pudo contestarme. En aquel momento pensé que debía de haber sufrido algún tipo de síncope, quizá un infarto de miocardio o un ictus por lo que le dije que iba a bajar a recepción para que llamasen urgentemente a un médico y a una ambulancia y que volvería a subir. Hasta di un paso hacia la puerta cuando de pronto algo me hizo detenerme… Lo que me hizo mudar de opinión fue el recuerdo de las únicas palabras que había podido balbucir Curro: me… dado… golpes. Entonces no supe, y sigo sin saberlo, si se refería a que si se había dado un golpe o sí le habían dado golpes. El plural me indujo a deducir que lo que había ocurrido era lo último, que alguien le había golpeado…
   Sierra sigue contando a sus atentos oyentes que esa deducción provocó que las dudas se disparasen y pensase: si está así porque le han golpeado quizá puedan creer que he sido yo y solo será mi palabra de que no le he hecho nada contra… Vuelve a beber.
-Esa idea me llevó a dudar entre pedir ayuda o largarme de allí antes de que apareciera alguien y pudiera convertirme en sospechoso de agresión. Conocía, como media Sevilla, que entre la caterva de enemigos que tenía el Curro era muy posible que hubiera más de uno que no dudaría en llevárselo por delante… Estaba hecho un lío y cada vez más confuso. Mientras me debatía entre si ayudar a Curro, como había sido mi primera intención, o largarme de allí antes de que algún mal pensado pudiera achacarme ser el autor del estado del gaditano, ocurrió algo que disipó mis dudas.
   Sierra bebe otro sorbo, mira a sus interlocutores y se dice que debe rematar su confesión. Mientras Grandal piensa que es cierto el dicho popular: el que no se arriesga, no cruza el río.

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré el episodio 116. Alguien debe ser el chivo expiatorio

lunes, 29 de julio de 2019

*** Post info 2. Nueva novela basada en hechos reales


   Como decía en un post anterior, estoy trabajando en la fase de recopilación de material para una nueva novela. Para mí será nueva en varios sentidos, por citar uno: mi siguiente narración va a ser una historia basada en hechos reales. Eso ya la diferencia sustancialmente de las últimas novelas que he publicado, incluida la que aún estoy colgando en este blog, Una playa demasiado tranquila, que es de la cruz a la raya puramente imaginaria, salvo las localizaciones geográficas que son todas reales.
   Trabajar con hechos que han ocurrido y con personas que fueron de carne y hueso supone un importante reto para el novelista. Por un lado no tienes que exigirle tanto a tu inventiva, por otro te ves constreñido a ceñirte a lo que sabes e investigas de los personajes y de sus vidas. Por eso, en una novela basada en hechos reales la documentación es fundamental. Tienes la libertad de recrear diálogos, escenas, sucesos, actos pero siempre que nunca se aparten excesivamente de lo que realmente pasó. En definitiva, no debes falsear la historia. En el nuevo relato, todavía hay un formidable obstáculo añadido, y es que su inicio se remonta a 1889 para terminar en 1949. Sesenta años en los que en España, país en el que se desarrolla la historia, ocurrió de todo y ese entorno siempre efervescente condicionó sustancialmente a los personajes que vivieron en dicha época.
   No me habría atrevido a relatar la historia sino hubiera sido porque algunos de los familiares, de la tercera generación de la familia protagonista, me han ayudado muchísimo con la información que me han aportado, con el relato de sus recuerdos e incluso con los documentos y fotografías que me han hecho llegar. Y me guardo para el final el dato que más ha contribuido al conocimiento de los protagonistas de la historia: conocí y traté personalmente a toda la segunda generación de la familia, cuya vida novelaré, y que son los auténticos protagonistas de la segunda y tercera parte de la obra.
   Porque la novela, ya es momento de explicarlo, constará de tres partes o libros. En el primero narraré la vida de los padres que crean la saga familiar. Aparentemente, será la que tenga menos acción porque los años en que se desarrolla son relativamente tranquilos, aunque la vida de los protagonistas es de todo menos tranquila. En el segundo libro o parte, la acción se multiplica porque el entorno familiar se ve sacudido por una serie de sucesos de un país que se ha embarcado en un estado convulso y pseudorrevolucionario. En el tercer libro o parte, la vorágine de la desgarradora Guerra civil española, en la que por cierto hubo una importante participación italiana, genera que la acción se convierta en el elemento quizá más importante del relato.
   Desde que escribí y publiqué mis dos primeras novelas, Las dos guerras de Aurelio Ríos y La pertinaz sequía, ambas archivadas en este blog, no había vuelto a plantearme volver a narrar una historia basada en hechos reales y sospecho que en esta ocasión el empeño pueda ser superior a mis fuerzas ya menguadas por el peso de los años. Pero he decidido echarle valor y ampararme en lo que dice el refrán: el que no se moja, no cruza el río. Y estoy dispuesto a mojarme y a pasar el río para contar una historia tan sugestiva, única e irrepetible que estoy convencido de que el empeño valdrá la pena.

viernes, 26 de julio de 2019

114. Wait and see


   La mañana del domingo 28 de agosto, a tres días de que se acabe el mes y con ello las vacaciones de millones de españoles, en la Costa de Azahar el día amanece soleado y con un cielo raso como corresponde al pleno estío. Entre los que van a concluir su periplo veraniego se cuenta la cuadrilla de jubilados, que están veraneando en Torrenostra, y que no tienen ninguna prisa en levantarse después de que la noche anterior se acostaran a una hora desusadamente tardía para sus morigeradas costumbres. Al contrario, en Marina d´Or otro de los integrantes de la cuadrilla se ha levantado a primera hora pues tiene mucho tajo por delante. Grandal, mientras se está afeitando, piensa que va a ser un día que puede resultar determinante para cortar el nudo gordiano que mantiene sellado el misterio sobre el autor o autores  que propiciaron el fallecimiento de Curro Salazar. Eso, si sale bien la arriesgada apuesta que va a emprender, pues si resulta fallida el caso Pradera puede pasar al archivo de los casos irresueltos.
   Tras tomarse el desayuno, y dejar preparado el suyo a Chelo que sigue remoloneando en la cama, se guarda en un bolsillo de la veraniega camisa las fotos de Pacheco y Sierra y se dirige a Torrenostra donde ha de recoger a Manolo Ponte que, como el día anterior, le acompañará a Castellón. Ha estado cavilando en dónde abordar a los andaluces. Posiblemente, se dice, lo mejor sea ir al hotel donde se alojan y esperarles en el comedor donde se sirve el desayuno. Piensa que lo más eficaz sería hablar individualmente con cada uno de ellos, pero es algo que no está en su mano. También piensa que, puesto que se trata de individuos cultos, no debe utilizar el ardid de mostrar la falsa placa de comisario de policía, tendrá que ser una entrevista dando la cara y cogiendo al toro por los cuernos como diría un taurino. Por muchas vueltas que le da no acaba de encontrar un plan que le satisfaga. Como está llegando a Torrenostra, deja de cavilar en lo que le aguarda y, aunque no es que se maneje demasiado bien en inglés, exclama:
- Wait and see –y añade en un giro más propio de la fraseología española-, que sea lo que Dios quiera.
   Tras recoger a Ponte, al que ha tenido que sacar de la cama y no le ha dado tiempo ni a desayunar, toman la AP-7 en dirección sur. Durante el trayecto el excomisario le cuenta a su octogenario amigo sus dudas sobre cómo plantear la conversación con Pacheco y Sierra, teniendo en cuenta que se puede dar el caso de que uno o ambos se nieguen en redondo a dialogar con él.
-Se me ocurre que quizá lo mejor sea decirles algo de entrada que les pueda interesar –sugiere Ponte-. Yo les lanzaría una especie de señuelo, algo que les induzca a concederte el beneficio de la duda y a prestarte atención al menos en los primeros cinco minutos. Y dado que en unas horas van a volver a prestar declaración ante la jueza del caso, ese cebo debería estar relacionado con ello. Aunque si te soy sincero, yo no me preocuparía tanto, tú eres hombre de muchos recursos y largas horas de vuelo y a buen seguro que llegado el momento se te ocurrirá alguna idea que les induzca a escucharte.
-Me sobrevaloras, Manolo, horas de vuelo sí tengo, pero recursos ya no tantos. Los años que llevo de jubilado no han pasado en balde y me he oxidado mucho por decirlo de forma piadosa.
-Bueno, Jacinto, como siempre repetía uno de mis compañeros de Iberdrola ante casos así, lo que hay que hacer es esperar y ver qué pasa.
-¡Qué curioso!, eso mismo me he dicho cuando venía a recogerte, wait and see –comenta Grandal y traduce-, esperar y ver.
-Ya sabes que el inglés no es mi fuerte, en mis años mozos la lengua que estudiábamos era el francés y en ella sería attendre et voir –recuerda Ponte.
-Estamos hechos unos políglotas, pero lo digamos como lo digamos la pelota sigue en el tejado de los andaluces; como se nieguen en redondo a hablar o salgan por peteneras habremos hecho el viaje en vano.
-Te veo hoy muy pesimista y es raro porque tú eres de los que suelen ver el vaso medio lleno –matiza Ponte.
-Ya sabes lo que se dice: un pesimista es un optimista bien informado y como solo me faltan un par de piezas para completar el rompecabezas de la muerte de Salazar me entra la desazón de que si no consigo encontrarlas el puzle se va a quedar incompleto. Y eso me hace ser pesimista.
-¿Has pensado en cómo presentarte?
-Le he dado muchas vueltas. Creo que lo menos malo será hacerlo como un investigador contratado por un grupo de empresarios andaluces que están interesados en que el caso Pradera no se desmadre porque indirectamente podría salpicarles.
-¿Por qué un investigador?, ¿no sería mejor decirles que eres un detective? –sugiere Ponte.
-No, los detectives tienen un carné que los acredita como tal y podrían pedírmelo. En cambio lo de investigador es más laxo al no estar regulado ni hacer falta ningún tipo de carné.
-Tengo otra pregunta, ¿y por qué mezclar a empresarios?
-Porque es un mundo al que tanto Pacheco como Sierra son bastante ajenos. El primero se mueve preferentemente en el ámbito funcionarial, en cuanto al segundo, aunque trató con empresarios en los años que dirigió la Agencia de Innovación y Desarrollo de Andalucía, su entorno habitual es el político. Por consiguiente, el mundo empresarial no es algo que conozcan a fondo. Y así mi coartada puede que funcione mejor.
-Y volviendo a la carnaza para que piquen, ¿has pensado en lo que te he dicho? –insiste Ponte.
-Sí. Creo que voy a cebar el anzuelo contándoles que conozco a unos testigos que me han contado hechos que la Guardia Civil del pueblo, que es la que actúa de policía judicial en el caso, desconoce. Puedo retener esa información si ambos colaboran conmigo, si no lo hacen…, pues que se atengan a las consecuencias. Por ejemplo, sé que hay testigos que vieron a los Pacheco, la tarde de autos, bajando de la primera planta del hostal y ahí entra la esposa del ingeniero que no aparece en ningún papel, ni siquiera ha sido llamada a prestar testimonio ante el juzgado. Nadie asegura que estuvieran con Salazar, ¿pero de dónde podían venir sino de la habitación 16? En cuanto a Sierra el cebo será parecido: tengo testigos que vieron su descapotable en las cercanías del hostal. Si su coche estaba allí, él no podía andar muy lejos.
   En cuanto llegan a la capital de La Plana se dirigen al hotel donde se hospedaron ambos andaluces en su comparecencia anterior ante el Juzgado de Instrucción, y donde se hospedan ahora como verificó días antes Grandal. Echan una ojeada al comedor donde está el buffet para el desayuno y no ven a ninguno. Puesto que es allí donde han decidido abordarles, aprovechan la ocasión y se sientan a desayunar. Grandal solo se sirve un café con una nube de leche. A Ponte le da tiempo a servirse un copioso desayuno continental. Está terminando el mismo, cuando Grandal da un leve respingo, acaban de entrar en el salón los tipos que aguarda. Les da tiempo para que se sirvan del aparador lo que les apetezca y que es bastante parco: unas tostadas y café. La pareja desayuna en silencio hasta que uno de ellos dice algo que el otro replica en tono agrio, a lo que sigue un tenso y crispado diálogo pero sin perder las formas. El excomisario aguarda hasta que se produce una pausa en la charla de ambos hombres, momento en el que con paso decidido se acerca a la mesa de los andaluces. Mientras, Ponte dice por lo bajini: que Dios reparta suerte, la frase más castiza y dicha con más fervor en el patio de cuadrillas antes de que los toreros pisen la arena del albero.
-Señores Pacheco y Sierra, buenos días. Me llamo Jacinto Grandal y he de hablar con ustedes antes de que declaren ante el Juzgado de Instrucción número 4. Tranquilos –agrega al ver el respingo que ha dado Pacheco-, no soy periodista, ni policía, ni abogado, solo un investigador privado contratado por un grupo empresarial de su tierra que no quiere que el caso ERE se desmadre más de lo que está. Y para ello es imprescindible que hable con ustedes antes de que depongan ante la Jueza de Instrucción. Se trata de que salgan ustedes del caso Pradera lo más indemnes posibles y yo cuento con información que, en el supuesto de que llegara a manos de la jueza del Valle, les podría en el disparadero de ser acusados de intento de homicidio. Si eso llegara a ocurrir podrían tener la tentación de negociar con la fiscalía una rebaja de la acusación a cambio de información sobre el caso ERE y eso es algo que a mis patrocinadores no les gustaría un pelo.
   La parrafada de Grandal ha dejado a los andaluces tan perplejos como preocupados. En principio no dicen nada, parece que necesitan tiempo para procesar lo que les acaba de soltar el supuesto investigador. Su desconcierto dura poco, el primero que reacciona es Sierra que, con tono duro y voz un tanto crispada, pregunta:
-¿A qué clase de información se refiere?
   Es escuchar la pregunta y Grandal se dice: funcionó el cebo, ahora solo será cuestión de tensar el sedal y cobrarlo poco a poco.
-Llevo investigando el fallecimiento de Curro Salazar desde que se convirtió en el caso Pradera. En mis indagaciones he averiguado algunos hechos que, al menos hasta el día de hoy, no han sido descubiertos por la Guardia Civil de Torreblanca, que es la que actúa como policía judicial del caso. Ya pueden imaginarse que unos guardias de pueblo no están muy preparados en técnicas criminalísticas. Si el caso lo hubiese investigado el grupo de homicidios de cualquier comisaría o la UCO de la Benemérita otro gallo hubiera cantado. Pues bien, de eso es de lo que quiero hablar con ustedes, de que debemos aprovechar la oportunidad que nos brinda la falta de pericia y experiencia de los guardias de la comandancia local para que ustedes no se dejen muchos pelos en la gatera.
-¿Y todo eso en qué se traduce? –inquiere Pacheco que hasta el momento no ha dicho esa boca es mía.
   Esto va a resultar más fácil de lo que suponía, se dice Grandal. Es hora de comenzar la función. A ver si hay suerte.

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré el episodio 115. El que no se arriesga, no cruza el río