viernes, 12 de julio de 2019

112. He debido quedarme anósmico


   En cuanto Grandal termina la conversación con el Chato de Trebujena se reúne con Ponte.
-¿Qué tal ha ido? –pregunta el decano de la pandilla.
-Bien. De un plumazo he descartado a dos de los sospechosos de ser los actores activos de la muerte de Salazar.
-¿Cómo has llegado a esa conclusión?
   El excomisario le cuenta a su viejo amigo el contenido de la conversación con el antiguo púgil sin dejarse nada en el tintero, sabe que Ponte es muy discreto y que no revelará nada de lo que le cuente.
-Entonces, ¿solamente queda Pacheco como sospechoso? –deduce Ponte.
-De momento, solo Pacheco…, aunque no debemos descartar a su mujer pues estoy convencido de que también estuvo en la habitación de Salazar, probablemente acompañando a su marido, y de la que seguimos sin saber nada. Tampoco hay que descartar a otra u otras personas que pudieron haber entrado en la habitación del gaditano antes de que lo hicieran los Pacheco. Si lo que hubiese ocurrido fuera esto último, todo lo investigado hasta ahora no valdría ni un céntimo. Habría que recomenzar de cero.
-Pues si fuera así haríamos un pan como unas hostias –se lamenta Ponte.
-Bueno, en una investigación como esta hay que estar a las duras y a las maduras. Las cosas no siempre son como uno las había imaginado, ni mucho menos.
-¿Pero tu olfato qué te dice sobre quién fue el artífice de que Salazar pasara de estar como un pincel a que se pusiera en estado comatoso?
-Mi olfato me decía que quien probablemente puso en marcha ese cambio que resultó letal podía ser Sierra, del que solo sé lo que declaró ante la jueza del Valle, declaración en la que por cierto mostró ser más escurridizo que una anguila, pero me debo haber hecho viejo y he debido quedarme anósmico.
-¡Vaya palabreja!, es la primera vez que la oigo, ¿qué quiere decir?
-La anosmia es no tener sentido del olfato y anósmico el que no es capaz de oler. Algo que, por lo que parece, me está sucediendo.
-¿Entonces…?
-Entonces…, seguimos en las mismas. Por tanto, no queda más que wait and see, como dicen los británicos.
-Esperar y ver –traduce Ponte-, ¿pero y qué?
-Manolo, eres la caraba, ¿no te cansas de preguntar?
-Perdona, Jacinto. Tienes toda la razón, me estoy volviendo un cotilla, pero es que resulta todo tan apasionante… Es como una de esas películas de intriga en la que nunca llegas a imaginar cual va a ser el desenlace y en la que el asesino nunca es quien crees, sino el que parece más inofensivo o improbable y solo lo descubres en las últimas escenas.
   Grandal se acaba de acordar de algo. En vez de proseguir el viaje, y antes de meterse en la AP-7, aparca en un lateral de la nacional 340 y se detiene.
-Me había olvidado de que tengo que contarle a Bellido mi charla con el Chato, a ver si la jueza del Valle puede mañana apretarle las clavijas al bueno de Pepillo Jiménez. A ver si ella es capaz de sacarle quien fue la persona o personas que le pagaron para que le moliera las costillas al difunto Salazar.
-Si tú no has podido, ¿crees que una jueza novata será capaz?
-Lo dudo, pero ¿quién sabe?, a lo mejor el escenario de los juzgados le intimida y canta.
-Podría ser como aquello que decía Jorge Valdano sobre el miedo escénico que produce jugar en el Santiago Bernabeu.
-¿Valdano no es un tío que comenta partidos por la tele? –pregunta Grandal que siempre fue más taurino que futbolero.
-Sí, y antes fue jugador y entrenador. Al inventar esa frase se refería a que jugar en el estadio del Real Madrid impone a los equipos rivales.
   Mientras Ponte sigue pensando en lo que intimida jugar en el Bernabeu, Grandal está llamando al sargento de la Guardia Civil de Torreblanca.
-Bellido, ¿puedes hablar?
-Sí, comisario. Lo que son las cosas, en cinco minutos pensaba llamarle. Tengo noticias que contarle y son sabrosonas.
-Bien, comienzo yo porque dada la hora que es te vendrá muy justito para informar a la Jueza Instructora. Hace un rato he descubierto que fue el Chato de Trebujena quien el pasado 9 de agosto le pegó a Salazar. Y también te confirmo que el 15 estuvo en la habitación del exsindicalista y que le dio unos cuantos puñetazos, aunque el gaditano ya estaba grogui. Lo que quiere decir que el estado comatoso de Salazar fue provocado antes de las 17,30 que es la hora aproximada en que el de Trebujena entró en su habitación –En ese mismo momento, decide ocultar por ahora lo que sabe de Sierra, en su lugar habla de los actores encubiertos que forzosamente han de estar detrás del exboxeador-. Debes poner en tu informe que es del todo improbable que lo que el Chato le hizo a Salazar lo realizara por su cuenta. Para mí no hay ninguna duda de que fue un trabajo de encargo. La jueza debería presionarle para que el Chato revele quien o quienes fueron los que le pagaron para llevar a cabo lo que hizo. Los autores intelectuales de los que hablamos el otro día.
-A esta hora la juez ha debido de marcharse a casa y el Chato está citado a primera hora para declarar –explica el sargento.
-Envíale el informe por vía de urgencia. Le pones un fax y también se lo envías por mail. De ese modo cuando la jueza llegue por la mañana tendrá la información encima de la mesa y en el ordenador. Y ahora, dime lo que querías contarme.
-Básicamente, la declaración de Carlos Espinosa que ha resultado ser muy jugosa, por eso prefiero contársela personalmente. ¿Quedamos para mañana a primera hora?
-Mañana quiero ir a Castellón, todavía tengo que intentar hablar con Pacheco y Sierra.
-Vale, ¿dónde está ahora?
-A trescientos metros de la entrada del peaje de Castellón-norte de la AP-7. Voy a llevar a Torrenostra a un amigo que me acompaña y luego me vuelvo a Marina d´Or.
-Entonces, si no le parece mal, podemos quedar en el mismo sitio de siempre en Marina. Le espero como dentro de una hora. Le prometo que seré lo más breve posible.
   A Grandal maldita la gracia que le hace el tener un cara a cara con el sargento a estas horas, pero agosto se está terminando y no puede permitirse el lujo de desperdiciar ni una sola fecha por lo que, aunque a regañadientes, accede a la propuesta del guardia civil.
-¿Qué cuenta el del tricornio? –Efectivamente, Ponte se ha convertido en un fisgón.
-Que quiere contarme personalmente la declaración de hoy de Carlos Espinosa pues dice que es muy interesante. Te dejo en la playa, ¿no?
-Sí. Mientras charlabas con el sargento me ha llegado un WhatsApp de Luis diciéndome que están en la playa donde piensan cenar y luego subirse al pueblo porque quieren empaparse de los festejos que se celebran por la noche. Me esperan en un chiringuito que hay en la playa Norte que se llama La Tapilla.
-No sé dónde está eso.
-Yo te guio, de momento tira para Torreblanca.
   Grandal abandona la AP-7 por la salida de Torreblanca-Alcossebre e inmediatamente ingresa en una gran rotonda en la que no llega a dar media vuelta pues coge la salida que indica Torrenostra. Salva por un estrecho puente el tendido del ferrocarril y toma la amplia Carrassa de Mon Rossí que, como de costumbre, está libre de vehículos. En cuanto llega a Torrenostra atiende a las indicaciones de Ponte hasta que le deja donde le espera el resto de la cuadrilla. El excomisario se da la vuelta para Marina d´Or. El decano de los jubilados en cuanto ve a sus amigos piensa que deben de haberse excedido en las cervezas pues le reciben con inusitado alborozo.
-Manolo, majete, cuanto has tardado, ¿habéis echado un polvo? –Parece que Álvarez es el líder en la carrera de ver quién se pone antes moña.
-No me quiero meter en camisa de once varas, pero por lo que le conozco no creo que Manolo esté para muchos polvos –puntualiza Ramo a quien solamente el colorete de sus mejillas lo delata como otro de los que también ha empinado el codo.
-Manolo no ha ido a la capital a echar ningún polvo, sino a ayudar a Jacinto –rebate el siempre circunspecto Ballarín que parece ser el más sobrio.
-Ya lo sé, sabihondo, pero siempre es buena hora para darle una alegría al pajarito –alega Álvarez.
-Bueno, y aparte de trasegar mosto, ¿qué plan tenéis para esta noche? –con su pregunta Ponte intenta desviar la cantinela de Álvarez que suele tener un vino muy faltón.
-Esta noche nos vamos de juerga a ver qué pescamos. Yo me pido una trucha con unas tetas bien gordas –a Álvarez la semitrompa que lleva le ha dado en plan erótico.
-¿Cenamos o picamos algo? –pregunta Ponte que no deja de sorprenderse de que ninguno le haya preguntado cómo les ha ido en su conversación con el Chato.
-He reservado mesa en el Mar Azul, el restorán de enfrente. Bueno, y estoy pensando que igual podemos cenar aquí, es el mismo negocio –explica Ramo.
   Cuando llega la hora del toro embolado los vejetes, que han seguido bebiendo incluso en el pueblo, están para todo menos para subir a un cadafal y ser espectadores  de una fiesta tan sosa como salvaje. Ramo se empeña en que, ya que han aguantado hasta la noche, tendrían que ver, aunque solo fuera echar un vistazo, el penúltimo festejo de la jornada: la verbena popular seguida de una fiesta ibicenca en la que los asistentes han de ir vestidos de blanco. Según detalla el programa de fiestas, el baile debería comenzar a las 00 horas, pero llegado y propasado con creces ese tiempo en el patio de las escuelas donde se celebra el bailongo apenas sí hay un grupito de personas, casi todas de mediana edad y hasta viejos como ellos.
-Son las doce, ¿por qué no comienza el baile? –pregunta Álvarez con su voz cada vez más estropajosa.
-Porque en las fiestas la puntualidad es la excepción y no la norma. No hay un solo festejo, a excepción de la entrá, que comience cuando debería. Y el baile no escapa a esa regla. Empezará a ponerse a tono a partir de la una o una y media de la madrugada –explica Ramo.
-¿Y cuándo acaba?
-Lo cierto es que no lo sé, supongo que cuando la orquesta se canse de tocar –vuelve a ser Ramo quien ofrece la repuesta.
-¡Virgen del Amor Hermoso!, no sé si ser joven sale tan a cuenta –exclama Ballarín.

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré, en el capítulo 27, Los últimos testimonios, el episodio 113. Antes se coge al mentiroso que al cojo

viernes, 5 de julio de 2019

111. El Chato se suelta la lengua


   En Castellón, Grandal y Ponte han esperado pacientemente a que se hagan las seis para ver si el Chato de Trebujena despierta de su interminable siesta. Hasta que sobre las seis y media le ven salir del hotel. El excomisario le ha dicho a Ponte que no es prudente abordarlo mientras vaya por la calle, salvo que se dedique a pasear y la noche se les eche encima.
-… aunque no lo creo, porque un hombre como él no será de mucho paseo. Manolo, tú le vas a seguir por la acera distinta de la que vaya. Si se para, haz lo mismo y te pones a mirar un escaparate, observa a ver si en el reflejo del cristal puedes verle. Yo, que estoy más acostumbrado al seguimiento, iré tras él por su propia acera. Si en algún momento, alguno de los dos tenemos la sospecha de que nos ha detectado, cosa que no creo pero que puede ocurrir, nos cambiaremos de acera. Estás precauciones son muy elementales, lo reconozco, pero estoy improvisando.
   Las rudimentarias cautelas de los dos seguidores del Chato son innecesarias porque el antiguo exboxeador en ningún momento de su paseo muestra el menor indicio de que ha detectado a sus sombras. El deambular del trebujenero le ha llevado, y también a sus acechantes, a una recoleta placita que está casi toda ocupada por las carpas de varios bares. En una de ellas se sienta el Chato que, cuando le atiende una joven camarera, pide una manzanilla y unas aceitunas rellenas. Es el momento en que Grandal decide atacar. Como previamente han quedado, solo se acerca él, Ponte queda en retaguardia por si hubiese algún imprevisto o fuese necesaria su presencia.
-Pepillo Jiménez, ¿verdad?, más conocido como el Chato de Trebujena, antiguo campeón de Andalucía de los semipesados. Si no hubiera sido por aquella lesión que tuviste en tu mano izquierda habrías llegado a ser campeón de España y, ¿quién sabe?, quizá de Europa.
   El antiguo púgil no reacciona ante la primera parrafada de Grandal. Lo que menos podía esperar es que, a setecientos quilómetros de Sevilla y con los muchos años que lleva alejado del mundo del ring, alguien le reconociera y hasta supiera su historia. Cuando se repone, balbucea:
-No le conosco de ná, ¿quién es usté?
-Mi nombre no importa. Solo quiero tener una breve charla contigo, nada más –Grandal le tutea como una forma de acercamiento y al mismo tiempo de la superioridad de que suele hacer gala la policía.
-¿Y pa qué quiere hablar conmigo?
-Solamente quiero hacerte unas cuantas preguntas, luego me iré y dejaré que bebas tranquilamente tu manzanilla.
-Yo no hablo con desconosidos –Da la impresión de que el Chato se ha repuesto de su inicial sorpresa pues lo que a continuación agrega lo hace con aire amenazador-. O sea, que ya está ahuecando er ala o comprobará que la lesión de mi puño isquierdo es argo der pasao.
   Visto que el Chato se pone bravo, Grandal echa mano de su último recurso, saca el duplicado de su antigua placa de comisario y se la muestra en un visto y no visto al de Trebujena.
-Si no quieres hablar aquí tendrás que hacerlo en comisaria, ¿qué prefieres?
   Ver la ficticia placa y oír lo de la comisaria son suficientes para que la bravuconería del Chato se esfume como por encanto. Ni siquiera se le ocurre pensar el total contrasentido de que, a menos de veinticuatro horas de que tenga que declarar ante el Juzgado de Instrucción número 4 por la inexplicada muerte de Curro Salazar, un comisario de policía le esté interrogando.
-¿Qué…, qué quiere de mí? –pregunta visiblemente derrotado.
-Ya te lo he dicho, solo hacerte unas cuantas preguntas. Y para no perder el tiempo, la primera. Sobornaste a una camarera del hostal Los Prados de Torrenostra el 15 de agosto para que te introdujera a hurtadillas en la habitación de Curro Salazar, y allí le golpeaste en la cara, ¿qué más le hiciste?
   Lo que acaba de soltarle el presunto comisario ha sido como si le hubiesen cazado con un crochet en pleno mentón. De momento, el Chato es incapaz de reaccionar. Está perdido, si la policía sabe que estuvo en la habitación de Curro, el marrón que le puede caer puede ser de campeonato. No sabe cómo reaccionar, por lo que lo primero que se le ocurre es lo más fácil, negarlo.
-Yo…, yo no sé de qué me habla. No he estao nunca en ese pueblo que dise y no conosco a nadie que se llame Salasar.
-Mira, Pepillo, no me hagas perder el tiempo. Tienes tres opciones: o contestar a mis preguntas o seguir negándote o, lo que será peor, mentir. Si eliges la primera, charlaremos un ratito y esta noche podrás dormir en tu hotel; si eliges la segunda o la tercera esta noche dormirás en los calabozos de la comisaría como acusado del asesinato de Francisco Salazar, más conocido como Curro el Conseguidor en los ambientes sevillanos. Tú decides. Y resuélvelo pronto porque tengo que volver a comisaría.
   El Chato mira a su oponente con ojos turbios, su mente da mil vueltas, pero eso más que ayudarle todavía le confunde más. Nunca fue hombre de pensamiento, sino de acción. Lo que a continuación pregunta muestra que se ha puesto a la defensiva.
-Y si contesto a sus preguntas, luego ¿qué me pasará?
-Te lo repito: si tus respuestas me satisfacen, me iré por donde he venido, tú podrás acabar tranquilamente tu manzanilla, luego te irás donde te pete, esta noche dormirás tan ricamente en tu hotel y colorín, colorao esta historia se ha acabao. Eso es lo que te pasará. Nadie te va a ofrecer un mejor trato.
   El exboxeador vuelve a mirar al supuesto comisario, nunca fue un buen psicólogo pero aquellos ojos parecen decir la verdad y… ¿qué otras opciones tiene?
-¿Qué…, qué quiere saber?
    Grandal cambia el sentido de la primera pregunta que planteó al Chato.
-La tarde del 15 de agosto entraste en la habitación de Salazar, ¿cómo encontraste a Curro en ese momento?
-Ya lo sabe, le había dao unos eurillos a una camarera pa que…
-Sí, eso ya lo sé. Reformulo mi pregunta: ¿cómo estaba de salud Salazar cuándo entraste en la habitación?
   La pregunta parece tranquilizar al Chato que se apresura a contestar.
-Ah, eso. Pues estaba hecho unas bragas, quiero desir que estaba como sonao, como si le hubieran machacao y se hubiera quedao grogui, apenas si oía, no desía ni pío, vamos que estaba hecho una mierda.
   Pues el Chato tampoco ha sido el actor activo del fallecimiento de Curro, se dice Grandal que sigue preguntando, pero ya más para satisfacer su curiosidad de viejo policía.
-Y si estaba como sonado, ¿por qué le pegaste, para dejarlo nocaut?
   ¿Cómo coño sabe este pedaso de cabrón que le atisé? se pregunta el Chato. Va a negarlo pero se lo repiensa. Mejor será desirle la verdá, este hijo puta parese que lo sabe to.
-Es verdá que le di un par de tortas, pero fue más que na pa ver si lo sacaba del shock.
-¿Cuánto tiempo estuviste en la habitación?
-Como un cuarto de hora ma o meno.
-¿Y todo ese tiempo te llevó atizarle un par de mamporros a Curro?
-Bueno, es que hasta que no me hise a la idea de que er Curro estaba grogui debieron pasar unos cuantos minutos, luego… -El Chato duda en si meter o no en el ajo a su paisana, pero visto que el cabrón del comisario parece saberlo todo se decide a contar lo de Rocío-. Es que cuando estaba dentro vi que se asomaba a la puerta una que fue quería der Curro, Rosío Molina, y eso también se debió llevar unos minutillos. Ah –Puestos a confesar se lanza a contar todo lo que sabe; bueno, casi todo-, y pa que vea que se lo cuento to. Hise un primer intento de entrar donde er Curro sobre las sinco y cuarto, pero no entré porque había un tío parao en medio de la habitasión.
   Grandal despliega todavía más sus antenas. El dato que acaba de contar el Chato puede ser una perla.
-¿Sabes quién era el tipo?
-Pues de momento, no, pero con er correr de los días y luego de darle mil vuertas a la chola ar final me vino a la cabesa esa cara. Era un fulano de esos que van de señorito en la Feria de Abril sin serlo y que estuvo de arto cargo en la Junta. Lo que no m´acuerdo es de su nombre, pero fijo que era er que le digo.
-¿Y ese fulano le estaba haciendo algo a Curro, discutía con él, se pegaban o qué?
-¡Quia!, estaba en medio der cuarto mirando ar Curro como si fuera un ánima en pena. 
-¿Eso qué quiere decir, que Salazar ya estaba sonado?
-¡Equilicuá!, er Curro estaba grogui, igualico que endespué.
   En ese momento recuerda Grandal que lleva encima las fotos de Pacheco y Sierra. Echa mano de ellas y se las enseña al Chato.
-Ese fulano del que hablas, ¿es alguno de estos?
   El exboxeador no duda, en cuanto ve el retrato de Sierra lo señala sin dudar.
-Es este.
-¿Seguro?
-Le juro por mis muertos que es er mismo que estaba en er cuarto der Curro.
   Vaya, otro que también se descarta como actor activo de la muerte de Salazar, solo queda Pacheco, ¿quién lo iba a decir?, piensa Grandal.
-Solo me quedan un par de preguntas y termino. El nuevo de agosto le pegaste una paliza a Curro Salazar ¿quién te pagó?
   El Chato no se esperaba la pregunta, pero ya no se extraña de nada, seguro que el cabrón del comisario sabe hasta el día que se hizo la primera paja, pero aquí ha pinchado en hueso, él puede ser muchas cosas y malas, pero lo que nunca ha sido ni será es un chivato.
-Eso no se lo puedo desir. Antes voy a la trena.
-Vale. Entonces contéstame a esto: ¿quién te pagó para que fueras a la habitación de Salazar el 15 de agosto?
-Juré por mis muertos que no diría na. Ya lo dije, prefiero a que me enchironen antes que ser un soplón.
   Grandal sopesa las palabras del Chato, está hablando en serio. Antes irá a la cárcel que soltará prenda sobre quienes han sido los que han movido los hilos. El pozo ha dejado de dar agua. Afortunadamente la que ha dado ha sido suficiente.
-Bien, Pepillo, como te dije al principio me voy por donde vine, puedes terminar tu manzanilla y tus aceitunas con toda tranquilidad. Ah, sí por un casual me vieras mañana en el juzgado haz como si no me hubieses visto en tu vida. Yo haré lo mismo. Que tengas una buena tarde. Adiós. 
   Al fin, el Chato se ha soltado la lengua, piensa Grandal.

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré el episodio 112. He debido quedarme anósmico