viernes, 17 de mayo de 2019

Capítulo 25. ¿Y los autores intelectuales? .- 104. En la España profunda no hay fiesta sin toros

   A las diez y media del 25 de agosto, la cuadrilla de jubilados que están veraneando en Torrenostra se reúnen en el apartamento del hijo de Álvarez para que Jacinto Grandal les cuente lo que no le dio tiempo a explicarles la tarde anterior.
-Veréis, volvemos a estar en un pequeño impasse en la investigación. El estancamiento está producido porque seguimos sin saber qué pasó en la habitación de Curro Salazar entre las 15,30, en que Anca retiró la bandeja del almuerzo, y las 17.40, hora en que Rocío va a entrar en el cuarto y no lo hace al ver al Chato. En esas dos horas y pico está la clave de la muerte del gaditano. Y entre los individuos que le visitaban con cierta asiduidad, ¿de quiénes no sabemos nada de lo que hicieron el día de autos? Pues de Pacheco y de Sierra. Bueno, y también ignoramos qué hizo el Chato pues aún no ha declarado.
-Lo que dices no es ninguna novedad, llevas manteniendo esa teoría hace tiempo –recuerda Manolo Ponte.
-En efecto, pero los acontecimientos se están precipitando y el final de nuestras vacaciones está a la vuelta de la esquina. Y supongo que no querréis que nos vayamos de aquí sin desentrañar qué le pasó al pobre Salazar y quién o quiénes se lo cargaron.
-Bien supuesto, al menos por mí parte y supongo que por la de los demás –afirma Ponte que, como el más viejo del grupo, suele arrogarse la representación del resto.
-La Jueza de Instrucción ha citado a Pacheco y a Sierra, en una fecha que todavía desconozco, para que vuelvan a declarar basándose en nuestras investigaciones que han confirmado que ambos individuos fueron vistos en Torrenostra el día de autos. Algo que en su primera declaración negaron de forma tajante, al menos Pacheco. Sierra fue más hábil y esquivó la pregunta de la jueza. Si ambos estuvieron aquí el día de la Asunción hay más de un noventa y cinco por ciento de probabilidades de que también estuvieran en la habitación de Curro. ¿Por qué no les vio nadie en el hostal? No sé la respuesta, pero apostaría diez contra uno a que estar, estuvieron.
-¿Y por qué quieres hablar con ellos?, ¿eso a qué conduce? –pregunta Amadeo Ballarín.
-Conduce a que desconfío de la habilidad de la jueza para sacarles la verdad a dos individuos listos y con la suficiente mano izquierda como para torearla.
-¿Crees que la juez es de las moldeables? –pregunta con malicia Luis Álvarez.
-En principio, no. Por lo que sé de ella es honesta, competente y trabajadora, pero también es inexperta y eso es lo que me preocupa. Por eso me he propuesto hablar con Pacheco y Sierra de forma particular y, a ser posible, antes de que declaren en el Juzgado de Instrucción.
-¿Y eso es legal, puede hacerse? –inquiere Ballarín.
-Legal no es. Sobre si puede hacerse es lo que averiguaremos. Amadeo, tú fuiste quien fotografió a ambos la primera vez que declararon, ¿guardas alguna copia de esas fotos?
-Mejor que unas copias, en la memoria de mi cámara tengo las fotos originales –responde Ballarín.
-¿Puedes mandarlas a mi móvil?
-Lo hago ahora mismo. Bueno, lo haré en cuanto encuentre un cable para conectar la cámara con mi móvil o directamente con el tuyo.
-¿El cable ese lo tienes aquí?
-Creo que sí, suelo guardarlo en la bolsa de las cámaras. Voy a mi habitación a ver si lo encuentro.
-Me valen también las copias de papel que seguramente guardáis algunos de los que estuvisteis en aquella operación, y las quiero para no tener ningún problema en reconocerlos. Pienso ir a Castellón cuando lleguen esos pájaros y forzarles a que hablen conmigo antes de hacerlo con la jueza.
-¿Y cómo conseguirás que hablen contigo? –se interesa Ponte.
-Estoy ideando un plan del que todavía me faltan por perfilar algunos flecos, en cuanto lo tenga cerrado os lo contaré. Ah, para ese viaje a Castellón necesitaré a alguno de vosotros.
-Sabes que todos estamos a lo que digas; vamos, digo yo –afirma Ponte mirando al resto de sus camaradas cuyo asentimiento es general.
   Grandal cambia de registro y hace un comentario que no cuadra en absoluto con lo que estaba hablando hasta el momento.
-Me ha parecido notar que se ven menos coches y que también ha disminuido el número de gente en la playa, ¿es así o son figuraciones mías? Lo digo porque Marina d´Or sigue tan lleno como lo estaba en la primera quincena del mes.
   El que contesta es Pedro Ramo hasta ahora silente:
-Eres un buen observador, Jacinto. Aquí el pico de veraneantes se registra desde la segunda semana de julio hasta el veinte de agosto. A partir de esa fecha, los que son de aquí se suben al pueblo para no perderse las fiestas y el número de forasteros también decae. Esta playa, en cuanto concurrencia, no tiene nada que ver con Orpesa, Alcossebre o Benicàssim, donde el veraneo dura prácticamente tres meses o más. Es el mayor problema que tienen los negocios instalados en Torrenostra, que su temporada veraniega es mucho más corta que la habitual.
-Lo he traído a colación – se justifica Grandal- porque he pensado que al haber menos gente quizá el personal de bares, restoranes y chiringuitos tenga más tiempo para mirar con mayor atención las fotos de Pacheco y de Sierra, y si recuerdan haberles visto por aquí el día de la Asunción. Lo digo porque cuando hace unos días hicisteis la primera ronda de reconocimiento os quejasteis del poco caso que os hicieron camareras, empleados y demás personal. ¿Todavía guardáis copias de las fotos?
   La respuesta es negativa. En esas reaparece Ballarín luciendo en su mano el cable conector para pasar las fotos de su cámara al móvil de Grandal.
-Amadeo –le pide Grandal-, tendrás que subir al pueblo porque vamos a necesitar más copias en papel de los dos pájaros sevillanos. En cuanto las tengamos os vais a desplegar por todos los establecimientos de la playa enseñándolas, a ver si esta vez tenemos más fortuna.
-¿Cuándo hacemos la operación? –quiere saber Álvarez.
-Cuando podáis, pero hoy mejor que mañana. Nos quedan cinco días.
-Seis, agosto tiene 31 días –precisa Ballarín.
-Chelo quiere marcharse el 30, dice que el último día nos encontraremos con caravana y si algo le pone de los nervios son los atascos, por eso a mí me quedan cinco días. En cuanto al viaje a Castellón se trata de buscar a Pacheco y Sierra en el hotel en el que estuvieron hospedados. Es bastante probable que vuelvan al mismo. Necesito que uno de vosotros, el que quiera o pueda, me acompañe por si en algún momento tengo que dejar el coche y en la ciudad aparcar es un problema. ¿Algún voluntario?
   Todos, menos Ramo, levantan la mano.
-Gracias, pero no esperéis que elija yo. Todos me valéis, o sea que decidid vosotros.
   Tras un breve diálogo, al final deciden que sea Ballarín el acompañante por si acaso necesitara hacer más fotos. Los demás subirán al pueblo a hacer las copias y, de paso y a sugerencia de Ramo, este les enseñará cómo construyen la artesanal plaza de toros pues hoy comienza la tradición más arraigada de las fiestas: los toros. Mientras Grandal y Ballarín enfilan la AP-7 en dirección sur, camino de la capital de La Plana, Ponte, Ramo y Álvarez después de hacer las copias en una tienda de fotos se acercan a la Plaza Ramón y Cajal.
-Yo creía que se llamaba Plaza de la Iglesia.
-Y mucha gente sigue llamándola así. Otros la llaman la Plaza Mayor. Y ha tenido más nombres, pero su denominación oficial es la de Ramón y Cajal –explica Ramo.
   En la plaza hay un aparente caos de gente que se mueve alrededor de lo que van a ser los tendidos de la eventual plaza de toros. Ramo les cuenta que antiguamente la plaza se construía con los carros de los labradores encima de los cuales se asentaban unas tablas que hacían de basamento para las sillas traídas de casa y donde se aposentaban las mujeres. Los hombres estaban sentados en el borde de la tablazón mirando hacia el ruedo, en este caso un rectángulo, mientras los jóvenes estaban bajo en el coso.
-¿Y qué toreros actúan?, supongo que serán novilleros de los que empiezan la carrera –pregunta Ponte.
-¡Que va!, salvo en contadas ocasiones no vienen profesionales del toreo, los que torean a los astados, casi siempre una vaca o un torete de no demasiados kilos, son los jóvenes que gritan y hostigan al animal para que arranque contra ellos, entonces se refugian de un salto en las traviesas que forman la delantera de los carros mirando hacia la plaza o se meten entre los pivotes que ayudan a sostener la tablazón de los tendidos. Eso sí que no ha cambiado, ahora se hace igual que como se hacía medio siglo antes. Ah, y torean sin usar capotes, muletas y demás útiles propios del arte taurino, lo hacen a pecho descubierto. A todo eso, oficialmente estas actuaciones no son corridas ni siquiera novilladas, en lenguaje administrativo se le llama exhibición de toros y vacas, única forma de obtener los permisos necesarios. Forman parte de una tradición muy arraigada: bous al carrer o toros en la calle.
-Oye, Pedro, y esas construcciones más altas que hay en la zona que mira a la iglesia, ¿qué son? –inquiere Ponte.
-A eso se le llama cadafal, literalmente cadalso en castellano, unas plataformas que antes se hacía de madera y ahora con estructuras metálicas, y que en un coso convencional serían las gradas y andanadas.
-¿Y cuándo empiezan los toros?
-Esta misma tarde. A mí siempre me resultaron aburridos, de los toros lo único que me gustaba era la entrà i la eixida, que son una especie de encierros pamplonicas, salvando las distancias. A las doce se suelta la torada y los animales, por la calle San Antonio, recorren los trescientos metros desde un corral provisional hasta la plaza, es lo que se llama la entrà o entrada. Por la tarde, tras torear al último animal se les saca por el mismo recorrido, es lo que se llama la eixida o salida. Los mozos corren delante y detrás de la manada al estilo de los Sanfermines, pero poniendo más metros entre ellos y los astados.
-Eso se hace en muchos pueblos de España –asevera Álvarez.
-Por descontado. En la España profunda no hay fiesta sin toros –sentencia Ramo.

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré el episodio 105. ¿Y qué pasa con los autores intelectuales?

viernes, 10 de mayo de 2019

103. El Cristo del Calvario


   El sargento Bellido se debate entre acceder a la petición de Grandal que quiere hablar con Pacheco y Sierra sin que se entere la Jueza de Instrucción o negarse de plano. Las razones que le ha dado el excomisario parecen convincentes. El suboficial es consciente de que en las dos primeras horas de la tarde de la Asunción está la clave para desenmarañar el misterio de la muerte de Salazar. Y es muy probable que Pacheco y Sierra tengan algo que decir sobre ese lapso de tiempo. Pero lo que pide Grandal es arriesgado: nada menos que transgredir de plano la normativa de enjuiciamiento criminal. Si trasciende que él ha participado en semejante irregularidad su expulsión del Cuerpo puede ser fulminante, pero si no lo hace es muy posible que el caso Pradera vaya a parar al archivo de casos irresueltos... Al final, vence el miedo a perder lo que ya tiene.
-Comisario, entiendo sus razones y hasta las comparto, pero no cuente conmigo para lo que me pide. Es más, esta conversación no ha tenido lugar. Como cabeza de la policía judicial del caso Pradera soy el primero que ha de velar por el estricto cumplimiento de lo que dispone la Ley de Enjuiciamiento Criminal y demás disposiciones que la desarrollan. Por tanto, olvídese de que le ayude en lo que me pide.
   Al oír la respuesta del sargento la cara de Grandal refleja su contrariedad. Dado que Bellido no es la primera vez que vulnera el ordenamiento jurídico, ya lo hizo cuando le pidió su ayuda, estaba convencido de que le facilitaría lo pedido. El semblante que muestra Grandal, entre la decepción y el enojo, termina provocando que a su lógica decisión el propio sargento le abra un portillo para no contrariar al hombre que tanto le está ayudando.
-Naturalmente, si usted se entera por algún medio de cuándo llegan a Castellón Pacheco y Sierra y puede hablar con ellos, como yo lo voy a ignorar me va a resultar imposible impedir esa reunión, de la que en todo momento voy a estar al margen.
   A Grandal le cambia el semblante. A buen entendedor, pocas palabras bastan, se dice. Visto el desarrollo de la conversación con Bellido, opta por volver a Torrenostra, tiene que hablar con sus amigos y colaboradores pues le van a resultar imprescindibles para llevar a cabo lo que está comenzando a germinar en su mente. Antes de ponerse en camino llama a Álvarez para saber dónde está la cuadrilla de jubilados
-Pues estamos en el pueblo. Como no teníamos nada que hacer, Pedro nos ha propuesto que podíamos visitar la ermita del Cristo del Calvario y la Iglesia de San Francesc que según él son de los pocos lugares visitables del pueblo.
-¿Y dónde estáis ahora exactamente?
-Pues en els Cuatre Cantarons, es el cruce de las calles San Antonio y San Cristóbal y a menos de cien metros de la Plaza de la Iglesia.
-¿Y cómo llego ahí con el coche? Estoy parado a la altura del Hotel Miramar.
-Con el coche imposible llegar, está todo cortado por las fiestas. Haz una cosa, vuelve a meterte en la nacional 340, dirección norte, y a unos trescientos metros verás a tu derecha un pequeño otero poblado de pinos y cipreses. Al llegar a su altura, sal de la carretera, aparca el coche y yo mismo te recogeré.
   Así lo hace Grandal, pasado el pequeño montículo aparca el coche metiéndose en un pequeño descampado. Allí espera unos minutos hasta que aparece Álvarez.
-Que rápido has venido. Vamos, el resto nos espera a la puerta del calvario –indica Álvarez.
-¿Un calvario?… Recuerdo que en mis tiempos de seminarista, en Semana Santa solíamos ir a uno situado en una colina que había en un pueblo cercano. El camino hasta la cima, donde había una pequeña ermita, estaba jalonado por capillitas de piedra representando cada una de las estaciones para recordar el Vía Crucis de Jesús hasta el monte Gólgota.
-Siempre me impresiona que un tipo como tú sepa tanto de ceremonias religiosas –comenta Álvarez.
-Es natural, fui seminarista algunos años, y esas cosas, no sé por qué, no se suelen olvidar.
   Durante el breve recorrido hasta la puerta del calvario, Grandal le explica que en la mayoría de pueblos españoles se denomina calvario a todo recinto en que se desarrolla el Vía Crucis, que significa literalmente el camino de la cruz; es decir, el que recorrió Jesucristo cargado con la cruz después de la sentencia de Poncio Pilatos hasta el monte Calvario donde murió crucificado. Y le cuenta que catorce son las escenas que se representan en los calvarios y que las describe de corrido como si fuera una letanía. Primera: Jesús es condenado a muerte; segunda: Jesús con la cruz a cuestas; tercera: Jesús cae por primera vez; cuarta: Jesús se encuentra con su madre, la Virgen María; quinta: el Cirineo ayuda a Jesús a llevar la cruz; sexta: la Verónica le limpia el rostro; séptima: Jesús cae por segunda vez; octava: Jesús consuela a las piadosas mujeres que lloran por él; novena: Jesús cae por tercera vez; décima: le despojan de los vestidos; undécima: clavan a Jesús en la cruz; duodécima: Jesús muere en la cruz; decimotercera: descienden a Jesús de la cruz y su madre lo recibe en su regazo; decimocuarta: Jesús es sepultado.
-¡Dios bendito!, eres un meapilas, Jacinto –le jalea Álvarez ante la exhibición memorística del excomisario.
-No digas bobadas, eso fue en otra vida.
   Delante de la puerta del calvario encuentran a Ramo, Ponte y Ballarín. El primero, que hace de cicerone, está explicándoles lo que representa para el pueblo la existencia del calvario y, sobre todo, el hecho de que en su cumbre esté emplazada la capilla que guarda el Cristo del Calvario, la imagen religiosa más respetada y querida por los torreblanquinos.
-La capilla, junto a las estaciones y la iglesia de San Francesc, la primera que tuvo el pueblo, están reconocidos como Bienes de Interés Cultural desde 2007 en la categoría de monumento. Salvo la iglesia que es anterior, el resto se construyó en el siglo XVIII.
-¿Y por qué ese Cristo es la imagen más querida por la gente del pueblo? –quiere saber Ponte.
-Porque al finalizar la primera guerra mundial, Europa se vio asolada por una epidemia letal, la mal llamada gripe española. A Torreblanca también llegó, de forma que en 1918 las muertes se triplicaron. El párroco de entonces bajó la imagen del Cristo del Calvario a la iglesia del pueblo. Al poco tiempo, los fallecimientos cesaron y los enfermos sanaron. Desde entonces, el pueblo manifiesta su agradecimiento bajando al Cristo en Semana Santa durante cinco días a la iglesia parroquial. Es lo que llaman el Quinario que, como dijo un desconocido vate local, consiste en esto: El Quinario, cinco días de oraciones para el Cristo del Calvario.
   Escuchando las explicaciones de Ramo han llegado a la puerta de la modesta capilla en la que una lámpara votiva lanza una trémula luz que no puede rivalizar con el sol de agosto. Ramo les dice que el templo de San Francesc es más interesante que la capilla. Les cuenta que fue construido en el siglo XIV, y que a finales del mismo, exactamente en 1397, sufrió un asalto berberisco en el que robaron la custodia, lo que provocó una expedición cristiana para recuperarla, acción que se convirtió en la página histórica más importante de la villa.
-¿Y cuál es esa página tan importante? –inquiere Ponte que hoy tiene el día preguntón.
-Os la cuento en otra ocasión, dejadme ahora terminar con la iglesia de San Francesc. Cómo veis, es un templo del tipo de las iglesias de la Reconquista. Tenía una funcionalidad claramente defensiva, lo prueban las diversas aspilleras, la barbacana que protegía el acceso original y las almenas insinuadas en la parte superior de los muros. Con motivo de la concesión de la carta-puebla, que se le dio al pueblo en 1576, fue reformada. Durante siglos estuvo olvidada hasta que en los últimos treinta años las autoridades locales volvieron a ocuparse de ella y hasta intentaron recuperar los frescos originales. Y ahora vamos a salir, pero pasando por las capillas de las estaciones del Vía Crucis.
   El grupo, siguiendo al improvisado cicerone, va pasando por terrazas abancaladas en las que están las capillas del Vía Crucis y a las que acompañan como guardianes modestos cipreses. En cada una de las capillas una cerámica ilustra el paso que representa y siguen así hasta que vuelven al punto de partida, la puerta de entrada al recinto.
-Bueno, pues eso es todo –resume Ramo-. Estamos en la cota más alta del pueblo. Las calles que arrancan de aquí son las que formaron el núcleo original de la población. Recuerdo que mi padre, que conoció la guerra de África, a este barrio le llamaba el Gurugú, en recuerdo al monte del mismo nombre colindante con Melilla de triste recuerdo para los españoles de entonces.
-Después del empacho cultural que nos ha brindado, Pedro, creo que se impone hacer algo más cotidiano como tomarse unas birras bien fresquitas –dice Álvarez con su impenitente falta de tacto-. Además creo que aquí el boss tiene algo que contarnos.
-Desde luego, Luis, tú eres de los que toca las cubiertas de un libro de arte y te coges tal empacho que tienen que darte ricino –le recrimina Ponte.
-Déjalo, Manolo, igual Luis tiene razón y se me ha ido la mano al contaros historias de mi pueblo. Lo único que puedo alegar en mi descargo es que tengo tan pocas ocasiones de hacerlo que cuando se me presenta una me desfogo –se excusa Ramo en una elegante respuesta a la salida de tono de Álvarez.
-Una cosa, Pedro, no creas que me olvidaré de que has prometido contarnos en otro momento esa página histórica a la que has calificado antes como la más importante de tu pueblo –recuerda Ponte.
-Pues yo tengo otra petición: que nos cuentes qué es eso de la carta-puebla, tengo curiosidad –se apunta Ballarín.
-Oye, Jacinto, ¿tú no querías contarnos algo? –pregunta Álvarez cambiando de tema.
-Es muy tarde y le he prometido a Chelo que saldríamos a dar una vuelta antes de cenar. Mañana, a las diez y media nos vemos todos en el apartamento de Álvarez. Si alguno no puede venir está disculpado. ¿Dónde queréis que tomemos esas cervezas?

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré en el capítulo 25, el episodio 104. En la España más profunda, decir fiesta es decir toros

viernes, 3 de mayo de 2019

102. Entre la espada y la pared


   Tras zamparse la paella, los jubilados se quedan El Perero para jugar unas partidas de dominó. Precavidamente, tanto Álvarez como Ballarín siempre llevan una caja del juego en el maletero de sus coches. Como al ser cinco hay uno que sobra, echan a suertes quien no va a jugar que luego se reenganchará en la siguiente partida; le toca a Ponte.
-Siempre me toca bailar con la más fea –se lamenta Ponte.
-Desgraciado en el juego, afortunado en amores –le consuela Álvarez.
-Sí, anda, como que estoy yo para muchos amores –se burla Ponte pensando en sus muchos años y achaques.
-Menos cháchara y más atención al juego que luego pasa lo que pasa –les reconviene Ballarín.
   Mediada la segunda partida, Grandal recibe una llamada del sargento Bellido. Le informa que la policía de Sevilla ha localizado el domicilio del Chato de Trebujena y ya se le ha remitido, por correo certificado urgente, una citación judicial emitida por el Juzgado de Instrucción número 4 de Castellón para que se persone en dicho juzgado en el día y hora señalados en la precitada comunicación. El suboficial agrega que le gustaría hablar con él al atardecer en el sitio de costumbre.
   A Grandal le falta tiempo para comunicar a sus amigos la noticia sobre el Chato.
-¿Y qué pasa si el Chato se pasa la citación por el forro de los cojones? –pregunta Álvarez que a veces le gusta exhibir un lenguaje barriobajero.
-Las citaciones judiciales son órdenes de obligado cumplimiento para todo aquel que las recibe, ya sea como investigado, querellante o testigo, como es el caso del Chato, para que preste una primera declaración ante la Jueza Instructora –explica Grandal.
-Y en concreto, ¿qué es una citación, qué contiene? –quiere saber Ballarín tan amigo de los detalles como siempre.
   A Grandal de vez en cuando le gusta ponerse en modo didáctico.
-Contiene la expresión del juez o tribunal al que debemos acudir. También el número del procedimiento y la fecha y clase de resolución en la que se acuerda la citación. Asimismo, el nombre, apellidos y domicilio del citado. Igualmente, el motivo de la citación que consistirá en la necesidad de declarar, en este caso como testigo. Por supuesto, el lugar, día y hora en que se tenga que concurrir al juzgado. Y finalmente, la advertencia de la obligación de concurrir, así como las consecuencias de no hacerlo.
-¿Y cuáles son esas consecuencias? –vuelve a preguntar Ballarín.
-Amadeo, ¿no te cansas de preguntar tanto?, que pesadito te pones a veces –le afea Álvarez.
-Mira quien fue a hablar le dijo la sartén al cazo –protesta Ballarín que dirigiéndose a Grandal reitera-. Es mi última pregunta, Jacinto. ¿Cuáles son las consecuencias?
-Según la Ley de Enjuiciamiento Criminal, el testigo que pudiendo acudir al primer llamamiento judicial no concurriese incurrirá en una multa de 200 a 5.000 euros, aunque en la práctica la mayoría de juzgados suelen limitarse a dar una advertencia. Si citado de nuevo el testigo no comparece, será conducido a presencia del juez por los agentes de la autoridad por el delito de obstrucción a la justicia. Si una vez ante el juez también se niega a declarar, se le imputará un delito de desobediencia grave a la autoridad que se castiga con penas de seis meses a un año de prisión. O sea, que pocas bromas con los de las togas.
   Después de la segunda partida, Grandal les deja para acudir a la cita con Bellido, y como siempre tiene que desplazarse al hotel Marina d´Or Gran Duque donde habitualmente se reúnen.
-Tengo dos noticias, una buena y otra mala –le dice el sargento de entrada-. ¿Cuál le cuento primero?
-La buena, por supuesto.
-Pues la buena ya se la he contado, la policía de Sevilla ha localizado a José Jiménez, o sea al Chato de Trebujena, y ha sido citado para que comparezca ante la juez del Valle. En cuanto a la mala es que su señoría considera que no hay suficientes elementos de prueba para citar como testigo a Grigol Pakelia. Hasta ahora solo tenemos las declaraciones de testigos que han visto yendo de camino a Torrenostra, e incluso comiendo allí, a una persona que tanto puede ser Pakelia como no. La señora juez me pide que aporte pruebas más fehacientes para citarle como testigo. Dice que tratándose de un extranjero hay que extremar las cautelas y cuidarse mucho de no traspasar ni un pelo lo que establecen la LEC y la legislación que la desarrolla –concluye el sargento con tono abatido.
-Me da la impresión de que su señoría pertenece a los jueces que se la cogen con papel de fumar. En mi carrera he tenido que lidiar con muchos de esa especie y desde luego son una pejiguera para los que nos pateamos las calles y a veces nos tenemos que jugar el tipo. Ellos, arrellenados en sus butacones, solo se atienen a la literalidad de las normas, pero…, tranquilo, Bellido, esa traba la solucionaremos en cuanto puedas conseguir la foto de Pakelia para mostrársela a las personas que vieron a un guiri que podría ser él –le anima Grandal.
-Ya he pedido a Dirección General de Tráfico que me remita la foto de su carné de conducir y al Ministerio del Interior la foto de la Tarjeta de Identidad de Extranjero.
-Pues en cuanto las tengamos podrás ponerle los puntos sobre las íes a su señoría, metafóricamente hablando claro. Otra cuestión, ¿ha mandado las citaciones a Pacheco y Sierra para que vuelvan a declarar?
-Sí, eso he conseguido arrancárselo y no puede imaginarse lo que me ha costado. Me da en la nariz que su señoría debe estar sufriendo presiones de alguna clase para dar carpetazo al caso.
-No me extrañaría. Por mucho que la Constitución diga que la justicia es independiente de los demás poderes del Estado, lo cierto es que el ejecutivo tiene una sombra muy alargada y los jueces suelen percibirla muy bien. Unos se resisten como jabatos y otros, más moldeables, se pliegan a lo que les llega desde arriba. Siempre ha sido así y siempre será. Es un problema que tendrás que aprender a lidiar, querido Bellido, pero también te digo que con el tiempo llegas a saber decir: a sus órdenes señoría, y en cuanto te das media vuelta hacer de tu capa un sayo –le ilustra Grandal.
-Ah, se me olvidaba. La señora juez también se niega en redondo a citar a la esposa de Alfonso Pacheco. Dice que no hay ni una sola prueba que le ligue a Salazar, ni siquiera que estuviera en Torrenostra el día de autos.
   En ese momento, Grandal tiene una idea que, en principio, le parece descabellada pero que a medida que la repiensa comienza a valorar el gran potencial que puede tener. No le da más vueltas y la verbaliza.
-Se me acaba de ocurrir algo, Bellido. Necesito que me avises cuando Pacheco y Sierra lleguen a Castellón para volver a declarar.
-¿Puedo preguntar para qué, comisario? –inquiere receloso el sargento.
-Para tener una pequeña y amistosa charla con ellos.
-¡Pero eso va contra el ordenamiento, comisario! Y si la juez llega a enterarse me puede costar un expediente y hasta la carrera –dice Bellido escandalizado y levantando la voz.
-Tranquilo, Bellido, que sé lo que me hago. Si tú no lo cuentas por mí nadie lo sabrá, por tanto la jueza no podrá enterarse. Tú quedas excluido de este affaire, si hay consecuencias las sufriré yo. Y a mi edad poco pueden hacerme. Como te digo, solo quiero hablar con ellos, mejor separados que juntos, aunque si no hay posibilidad de separarlos me enfrentaré a ambos. Y te prometo que, por la cuenta que les tiene, de lo que hablemos no dirán ni palabra. Es más, jurarán sobre los Evangelios que no me han visto en su vida. Admito que es una jugada un tanto arriesgada, una especie de tiro al aire pero me he jurado que no me voy de esta tierra sin que ambos consigamos resolver el caso Pradera. Y soy muy consecuente con mis juramentos.
   Pese a la explicación del excomisario, al sargento le sigue pareciendo una barbaridad lo que le pide. No solo es alegal sino que puede resultar sumamente peligroso porque hablar con dos testigos del caso antes de que declaren puede contaminar toda la instrucción del mismo y cualquier tribunal la declararía nula. Además, no está totalmente seguro de que, a pesar de sus cautelas, alguien haya podido verle entrevistándose con el expolicía y eso podría acarrearle la incoación de un expediente disciplinario que podría concluir con una sanción y hasta con su expulsión del Cuerpo.
-Perdone, comisario, pero no acabo de ver el porqué de su interés en hablar con los dos andaluces. Es algo muy arriesgado. Si no me lo razona mejor… -El sargento deja la frase sin terminar, piensa que a buen entendedor, pocas palabras bastan.
-Vamos a ver, Bellido, ¿qué nos falta para esclarecer la muerte de Salazar? Te lo diré: nos falta saber qué pasó en su habitación entre las 15,30 aproximadamente, en que Anca retiró la bandeja del almuerzo dejándole viendo la tele, y las 17.40, hora en que Rocío va a entrar en el cuarto y no lo hace al ver al Chato dentro. En esas dos horas está la clave de la muerte de Salazar. Y entre los que le visitaban asiduamente, ¿de quiénes no sabemos nada de lo que hicieron el día de autos? Pues de Pacheco y de Sierra. Me jugaría la paga extra de Navidad que esa pareja tiene mucho que contar sobre esas dos horas.
-Pero la jueza los va a volver a interrogar y lo primero que les preguntará será eso, porque negaron que estuvieron en Torrenostra el día 15 cuando hay testigos que los sitúan en dicho lugar el día de autos –argumenta el sargento.
-Ahí le duele, Bellido. La jueza les preguntará, pero permíteme que dude de la habilidad de su señoría para sacarles la verdad. Por lo que me has contado, la del Valle tiene buena voluntad y es muy trabajadora, pero está muy verde en interrogatorios y este es su primer caso penal de cierta importancia. En cambio, yo tengo el culo pelado de interrogar a toda clase de individuos y huelo enseguida cuando mienten.
   El sargento se limpia el sudor que le perla la frente. Está entre la espada de poder resolver el caso y la pared de que como salga mal lo que pretende el excomisario se puede ver fuera del Cuerpo. ¿Qué hacer?

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré el episodio 103. El Cristo del Calvario