viernes, 15 de marzo de 2019

95. No hay que vender la piel del oso antes de cazarlo


   Los amigos de Grandal se le han soliviantado cuando toma la decisión de informar sobre sus últimas investigaciones a la Guardia Civil de Torreblanca que actúa como policía judicial en el caso Pradera. La protesta la ha plasmado Álvarez al citar el viejo refrán de que unos cardan la lana y otros crían la fama, pues a menudo la recompensa y el crédito por un trabajo no se lo lleva quien en realidad lo realiza. Al ver que el enfado de sus amigos va in-crescendo, el excomisario opta por rebajar la tensión y la mejor manera es dándoles un hueso a roer.
-Bueno, chicos, no os amontonéis. Que pasemos información de lo descubierto a la Guardia Civil no quiere decir que nos vayamos a quedar mano sobre mano. Quedan flecos por investigar y eso es lo que vamos a hacer. Ahora bien, hay que ser realistas. No podemos investigar al Chato porque ni siquiera sabemos dónde vive, pero si sabemos que estuvo alojado en los apartamentos Jeremías de Alcossebre por lo que esa va a ser nuestra primera tarea. Hay otra investigación que considero todavía más importante. Los pichones nos han contado la existencia de un extranjero en el cuarto de Salazar que entró en la habitación para ayudarle, pero que se largó inmediatamente. Y, finalmente, habrá que hacer otra investigación sobre el hecho de que la tarde de autos varios testigos afirman haber visto en las cercanías del hostal a Alfonso Pacheco, acompañado posiblemente por su mujer, y a Jaime Sierra. Esa va a ser otra tarea importantísima.
-¿Y qué pasa con el guiri, qué hay que hacer? –pregunta Álvarez tan poco paciente como acostumbra.
-Eso es lo que hemos de averiguar. De él solo sabemos que es alto, recio, con el pelo negro y que se expresa mal en español. También sabemos que no era huésped del hostal según ha declarado la patrona. Tenemos que preguntar a todos los que están alojados en la primera planta del establecimiento si el día de la Asunción tuvieron la visita de una persona que responda a las características mencionadas. En el hostal solo hay registradas dos familias extranjeras, una inglesa y otra francesa, a ellas habrá que interrogar primero. Y luego preguntar a todo bicho viviente si la tarde de autos alguien vio a un tipo que pudiera parecerse a lo que sabemos de ese individuo. Y para facilitar la investigación sería la repera si encontráramos alguien que supiera dibujar medianamente bien y nos pudiera hacer un retrato robot. 
   Pedro Ramo alza la mano.
-Está pasando unos días conmigo mi hermano Chimo que dibuja muy bien. Se lo puedo pedir.
-¡Fenomenal! Ya tienes tarea, Pedro. Voy a llamar a Anca y a Rocío para que te acompañen y así tu hermano podrá realizar el boceto con los datos que le den.
-¿Para cuando quieres que lo hagamos?
-Para ayer. Espera, Pedro –Grandal llama a Anca a quien no localiza, pero sí a Rocío y le pide su colaboración que la andaluza ofrece inmediatamente. Solo tiene un problema, no tiene coche y por tanto no puede desplazarse.
-Que te dé su dirección e iré a recogerla –se ofrece Ramo- ¿Algo más, Jacinto?
-Nada más. En cuanto tu hermano haya hecho el retrato me lo traes ipso facto –responde Grandal.
-Pedro ya tiene curro, ¿y nosotros? -pregunta Ballarín.
-Vosotros tenéis dos importantes investigaciones que hacer. Una es iros a los apartamentos Jeremías y averiguar todo lo que podáis sobre la vida y milagros del Chato durante los días que pasó allí. La otra es preguntar a todo quisqui viviente en la playa si vieron el día de la Asunción a Pacheco, quizá acompañado de una mujer, y a Sierra. Como tenéis las fotos de ambos enseñarlas a todo el mundo a ver que conseguís sacar.
-¿Y tú qué vas a hacer, tocar el violón? –pregunta con su proverbial impertinencia Álvarez.
-Eso mismo, voy a tocarlo al alimón con Bellido –contesta con retranca Grandal-, a ver si de una puñetera vez el sargento se pone las pilas.
   Grandal llama al sargento y quedan en la cafetería de Marina d´Or donde suelen citarse. Cuando le cuenta al guardia civil sus últimos descubrimientos, Bellido poco menos que baila de contento. ¡Ahí tiene lo que precisaba para darle un empujón a su estancada carrera en el Cuerpo! En cuanto el excomisario le enseña el último esquema de su bloc de notas en el que ha compendiado en siete puntos los aspectos más relevantes de lo que resta por investigar el suboficial se explaya:
-Comisario, no sé cómo decirle lo agradecido que le estoy por su trabajo. Estará jubilado pero sigue siendo un as de la investigación criminal. Ahora mismo me marcho al cuartel para redactar un informe para la Juez de Instrucción. Se va poner como unas castañuelas de contenta porque comenzaba a temer que hubiésemos llegado a un callejón sin salida.
-Te dije que te iba a ayudar y no he hecho más que cumplir la palabra dada. Y si me lo permites, Bellido, te sugeriría que, por ahora, no se lo cuentes todo a la jueza…
-No puedo hacer eso, iría contra reglamento –le corta el guardia.
-No, Bellido, no se trata de infringir el reglamento, sencillamente de lo que se trata es de preservar las pistas que faltan por investigar en el ámbito de tu zona de competencia para que nadie pueda contaminarlas. Te explico.
   Y Grandal le explica al sargento que debe informar a la jueza sobre el Chato de Trebujena, a quien la policía andaluza tendrá que localizar para poder ser citado a declarar. Igualmente, tendrá que volver a citar a Carlos Espinosa para esclarecer lo referente al episodio de la botella de coñac. En cambio, debe guardarse para sí, de momento, lo referente a la posible estancia de Alfonso Pacheco y Jaime Sierra la tarde de autos en Torrenostra. ¿Por qué?, porque al ser una investigación que ha de efectuarse sobre el terreno es conveniente que el hecho no llegue a propagarse para que los investigadores a pie de campo no se encuentren con posibles obstáculos añadidos. El sargento no acaba de entender muy bien la explicación de Grandal, pero dada la fe que tiene puesta en él termina aceptando su propuesta e incluso hace una sugerencia:
-Esa investigación a pie de campo en la playa podría realizarla la pareja de la UCO. Desde que no rascan bola no hacen más que darme la tabarra. Se han convertido en un verdadero incordio.
-Me parece una excelente idea, pero dame cuarenta y ocho horas para que termine de elaborar las líneas de la investigación y luego metes a los de la UCO.
   La petición tampoco termina de entenderla demasiado el sargento, pero se ve incapaz de negarle algo al hombre que está salvando su carrera.
   La titular del Juzgado de Instrucción número 4 de Castellón se pone, como previó el sargento Bellido, muy esperanzada al recibir el informe de la comandancia de Torreblanca. “No tenía demasiada confianza en él, pero este hombre se está portando” piensa la jueza que inmediatamente llama al cuartel.
-Sargento, permítame darle la enhorabuena, ha hecho un excelente trabajo y tanto usted como los hombres a su mando han demostrado una gran profesionalidad. Ya he puesto en marcha la orden de búsqueda de José Jiménez, alias el Chato de Trebujena, y he vuelto a citar a Carlos Espinosa. Por cierto, en un primer análisis los del laboratorio de toxicología han encontrado restos de un tóxico que han de volver a analizar para determinar con exactitud su composición y los efectos que haya podido causar en la víctima. El señor Espinosa tendrá mucho que explicar al respecto. En cuanto a Jiménez y a su antiguo oficio quizá tenga algo que ver con los golpes recibidos por la víctima poco antes de fallecer. Le repito mi enhorabuena. Estaremos en contacto.
   Al sargento, que ya se ve con un nuevo galón en la manga, le falta tiempo para informar a Grandal de cuanto le ha dicho su señoría.
-Tendría que haber oído como se ha puesto la jueza, estaba más contenta que una niña con muñeca nueva.
-Me alegra mucho oír eso, Bellido.
-¿Cree, comisario, que podremos esclarecer el fallecimiento del extinto? –El adjetivo que el sargento convierte en sustantivo forma parte del peculiar vocabulario del suboficial.
-No hay que vender la piel del oso antes de cazarlo, pero podríamos decir que estamos viendo luz al final del túnel. Ah, Bellido, sobre la moratoria de cuarenta y ocho horas que te pedí, antes de que pusieras a tus lebreles y a los podencos de la UCO a investigar sobre la posible estadía de Pacheco y Sierra en Torrenostra el día de autos te pido que la respetes escrupulosamente para no interferir mis investigaciones, ¿de acuerdo?
-Lo que usted mande, comisario.
   En el entretanto, Ramo ha llevado a su villa a Rocío para que describa con la mayor precisión posible el rostro del extranjero a quien encontraron ayudando a Salazar. El hermano de Ramo ha cogido sus lápices y un folio en blanco y se ha puesto a pergeñar el boceto de lo que podrían ser los rasgos estructurales del desconocido extranjero. A todo eso, Grandal ha localizado a Anca y le ha pedido que se sume al grupo de Ramo por aquello de que dos pares de ojos ven más que uno.
-¿Y dónde vive el señor Ramo? –pregunta Anca.
-Su chalé está en el Camí del Campàs, sin número. Me han dado como referencia que son un grupo de cuatro casas junto al mar que están a continuación de la villa de Cardona.
   Se oye a Anca hablando a alguien.
-Me comenta Vicentín, que es quien me va a llevar, que son las que en el pueblo llaman las villas de Pifarré. Ahora mismo salimos para allá.
   Chimo, el hermano de Ramo, ha demostrado ser un verdadero artista pues ha hecho un retrato robot que al decir de Rocío y Anca se parece bastante al guiri que encontraron en la habitación de Salazar. Grandal le pide a Ramo que haga un montón de copias del dibujo para enseñarlas por la playa. Cuando los amigos del excomisario conocen la noticia la satisfacción es general y Álvarez es quien se muestra más optimista sobre la pronta solución del caso.
-Esto va a estar chupado. Resolveremos el caso en un plis plas.
   Grandal, recordando lo que le ha dicho al sargento, repite:
- Luis, no hay que vender la piel del oso antes de cazarlo.

PD.- Hasta el próximo viernes en que publicaré en el capítulo 23 el episodio 96. Mano de hierro en guante de terciopelo

viernes, 8 de marzo de 2019

94. Unos cardan la lana y otros crían la fama


   Grandal se ha reunido a los pichones para darles un ultimátum: o le cuentan todo, absolutamente todo cuanto saben de lo que ocurrió en la habitación donde falleció Curro Salazar o dejará de ayudarles. Y les recuerda los delitos de que pueden acusarles: falso testimonio en causa judicial, omisión del deber de socorro y hurto. Todo ello sumado puede suponer bastantes años de prisión. La realidad procesal no se ajusta a lo contado por el excomisario y él lo sabe, pero lo que intenta es atemorizar al trío para que de una vez revelen lo que sospecha que ocultan. Anca y Vicentín parece que han contado todo lo que sabían, ahora le ha llegado el turno a Rocío que antes de confesar ha preguntado si se podría negociar con la fiscalía para eludir los cargos que hay contra ella. Grandal ironiza sobre que la andaluza debe ver mucha televisión y le explica porque lo dice:
-Te he preguntado si veías muchas series de abogados porque la justicia española tiene poco que ver con la norteamericana. Aquí, antes de ser juzgado, quien tiene la última palabra en el proceso es la Jueza Instructora. Y es la que se está pensando cargaros la muerte de Salazar, por lo que el trullo lo tenéis asegurado. En consecuencia, Rocío, si tienes algo que contar ha llegado el momento, mañana posiblemente sea tarde.
   Ante la admonición de Grandal las últimas defensas de la andaluza se desmoronan. “Marditos jueses y marditos maderos, ar final se salen siempre con la suya” se dice. Y se lanza a contar lo que sabe, y que ha ocultado hasta ahora, porque de lo que se trata es de eludir la trena.
-Verá, señor comisario. Como estos días lo he pasao tan mal, se me ha hecho un lío en la chola y me he embarullao con las cosas que vi o que dejé de ver, pero lo he estao recordando deteniamente y esto es lo que le puedo contar –hace un inciso para reordenar sus recuerdos y prosigue-. La primera ves que quise entrar en la habitasión der pobre Curro no lo hise porque dentro estaba er tipo que, como ya le conté, tenía mala jeta. Ar finá he recordao su nombre, era er Chato de Trebujena, un antiguo boxeador mu conosío en Andalusía y cuyo verdadero nombre es Pepillo Jiménes. Fue quien le pegó la palisa a mi Curro unos días antes de espicharla…
   A Grandal se le acelera un poco el pulso al oír la revelación de la andaluza y, pese a que sabe que no interrumpir y tener paciencia son dos reglas básicas en los interrogatorios, corta a Rocío para preguntarle:
-¿Y qué estaba haciendo ese individuo en la habitación de Salazar, acaso le volvía a golpear?
-No lo sé. Solo lo vi un segundo porque en cuanto me di cuenta de quién era serré de gorpe la puerta.
-¿Pero viste si le estaba golpeando? –insiste el expolicía.
-No sabría desirle, en er momento en que yo lo vi estaba plantao delante de Curro que estaba sentao en er sillón.
-Lo anoto como que no le estaba atizando. ¿Qué hiciste a continuación?
-Me fui a buscar a Anca pa contarle lo que había visto y pedirle que me acompañara a la habitasión de Curro.
-¿Y por qué razón buscaste a Anca?
   Rocío mira a la rumana y le hace un gesto como diciéndole: lo siento, hoy es día de desembucharlo todo.
-Sería mu largo de contar, pero en resumen…
-No hagas resúmenes, Rocío. Cuéntamelo todo sin preocuparte por el tiempo que te pueda llevar, tenemos todo el día por delante.
   La andaluza explica como la patrona del hostal se indispuso con ella y le prohibió que fuera a visitar a Salazar mientras estuviera enfermo. Como tenía necesidad de hablar con su novio, le suplicó a Anca, hablándole de mujer a mujer, que le metiera de tapadillo en la habitación de Curro a espaldas de la bruja de la patrona. Puesto que Anca ya confesó que la sobornó, Rocío admite que prometió a la rumana un dinero para que le introdujera dónde Curro.
-… por eso fui a buscar a Anca, era la única persona que conosía y esperaba que me respardara si er Chato se ponía violento y que me sirviera de testigo por lo que pudiera pasar. En ese momento Anca tenía mucho curro y no podía acompañarme por lo que me quedé en la cafetería desde donde pude ver salir ar Chato con paso presuroso y encaminarse ar Paseo Marítimo hasta que le perdí de vista.
-¿Cuánto tiempo transcurrió entre que dejaste la habitación y viste pasar al Chato?
-No sé, dies, quinse minutos má o meno.
-Continúa, por favor.
-En cuantito vi salir ar Chato pensé que era la mía pa subir, pero no lo hise porque entonses vi entrar en er hostal ar Espinosa. No había que ser mu lista pa pensar que er pisaverde iba a ver ar Curro por lo que vorví a sentarme. Ar cabo de un ratín aparesió Anca disiendo que tenía un hueco y que podía acompañarme. Subimos a la habitasión y fue cuando encontramos ar Espinosa dándole de beber coñá ar pobre Curro. Y digo pobre porque es cuando vimos lo chungo que estaba, que a mí me dio un pasmo y a Anca supongo que también. To lo que le cuento ahora se lo puede preguntar a Anca si fue así y verá como no miento en ná.
   La rumana hace un gesto de asentimiento en respuesta a la referencia que ha hecho de ella Rocío que prosigue.
-Espinosa, como le contamos, le estaba dando de beber de una botella de coñá que a mí me paresió que no era de prosedensia nasioná. Ar ver lo malito que paresía estar Curro, dijimos de llamar a un doctor, pero er malagueño dijo que de eso ya se encargaba él. Ah, antes de eso entre los tres pasamos a Curro der sillón a la cama. Y luego, Espinosa se marchó pa llamar a un médico y a una ambulansia. Nos quedamos solas y…
-En el momento en que Espinosa abandonó la habitación, ¿Salazar estaba vivo o muerto? –la interrumpe Grandal.
-Vivo, pero mu chungo, chunguísimo. No desía ná, paresía que tampoco oía y respiraba mu malamente, pero seguía vivo. Fue entonses cuando comprendí que había que llevarlo a un hospitá y también se me ocurrió que íbamos a nesesitar su tarjeta sanitaria pa ingresarlo. Rebuscamos entre sus cosas y no la encontramos, y lo único que no pudimos abrir fue er jodío maletín, por eso nos lo llevamos. Er resto de lo susedío ya lo sabe usté. To lo que acabo de contarle es la purita verdá, por estas que son cruses –y la andaluza hace el signo de la cruz con los dos índices.
-Gracias, Rocío, por sincerarte y gracias también a Anca y Vicente. Habéis dado un paso importante, quizá decisivo para que la jueza no os emplume. Ahora, tengo que pensar en todo lo que me habéis contado y como lo manejo para salvaguardar mejor vuestros intereses.
   Grandal comienza a formarse una idea global de lo que pudo pasar en la habitación 16 la tarde del día de la Asunción. De momento es más un boceto que una pintura con los trazos y el colorido bien definido porque hay varios flecos que tiene que investigarlos más a fondo para completar el cuadro. Abre un bloc de notas que ha comprado exprofeso porque la Moleskine que usaba en su vida policial activa debe estar en algún cajón de su casa de Madrid. En el cuaderno sintetiza los puntos a investigar:
1. ¿Qué pasó en la habitación 16 desde que Anca se llevó la bandeja del almuerzo, a las 15.45 horas, dejando a Salazar perfectamente y las 18.15 en que Rocío y Anca lo encontraron casi moribundo? Ese intervalo de algo más de 2 horas es crucial para esclarecer el fallecimiento de Salazar y es el que hay que investigar a fondo.
2. En ese intervalo, al menos, dos personas estuvieron en la habitación 16. Uno, Pepillo Jiménez, más conocido como el Chato de Trebujena, al que vio la Molina sobre las 17.45 h. Otro, el llamado Carlos Espinosa, al que Rocío y Anca encontraron dándole de beber coñac a Salazar. ¿Por qué dar de beber coñac a un hombre en estado semicomatoso? Investigarlo.
3. Asimismo, la autopsia ha revelado que Salazar ingirió algún tipo de veneno, ¿tendrá ello que ver con el coñac que le estaba dando a beber Carlos Espinosa? Una pista a investigar.
4. La autopsia ha revelado que Salazar fue golpeado en la cara pocas horas antes de morir, ¿tendrá que ver con ello el Chato de Trebujena? Otra pista a investigar.
5. Si los pichones no han mentido, y estoy seguro de ello, Jiménez y Espinosa pasan a ser los primeros sospechosos de por qué Salazar pasó de estar en perfecto estado a encontrarse moribundo. Cuestión a constatar.
6. ¿Pudo entrar en la habitación 16 otra u otras personas antes de las 17.45, hora en que Rocío vio al Chato? Es posible, pero no hay ningún indicio sobre ello. Una cuestión a investigar.
7. En la tarde del día de autos, varios testigos afirman haber visto en las cercanías del hostal a Alfonso Pacheco, acompañado posiblemente por su mujer, y a Jaime Sierra. ¿Estuvo alguno de ellos viendo a Salazar? No hay pruebas de momento, pero es otra pista a investigar.
   Grandal cierra su bloc, por el momento cree que ha condensado en siete puntos los hechos e interrogantes más relevantes referidos al caso Pradera. Piensa que investigar al Chato de Trebujena y a Carlos Espinosa, por ahora principales sospechosos, queda fuera de su alcance y del de sus amigos. Tendrá que ponerlo en manos de la Guardia Civil. Reúne a su cohorte de ayudantes y les explica lo descubierto hasta ahora.
-Macho, veo que no has perdido el oficio –afirma con su habitual desparpajo Álvarez.
-En esos puntos hay muchos hilos de los que tirar –observa Ponte.
-Esas dos horas que has mencionado son la clave del problema –comenta Ballarín.
-No sabía que un crimen se investigara así –se sorprende Ramo.
-Bueno, todavía no se puede hablar de crimen, aunque sí de una muerte sospechosa –precisa Grandal.
-¿Y ahora qué hacemos, a quién investigamos? –pregunta Álvarez.
-A quienes primero hay que investigar es a ese antiguo boxeador, el Chato de Trebujena, y a Carlos Espinosa y ambos están fuera de nuestras posibilidades porque no residen aquí. Esto es un trabajo de la policía; bueno, en este caso de la Guardia Civil. Voy a llamar al sargento Bellido y le voy a contar lo que acabo de referiros.
-Ya estamos como siempre: unos cardan la lana y otros crían la fama –protesta Álvarez.

PD.- Hasta el próximo viernes que publicaré el episodio 95, “No hay que vender la piel del oso antes de cazarlo”.

viernes, 1 de marzo de 2019

93. A mí es que la tele me come el coco


   Grandal encuentra sin problemas el bar La Torre ubicado junto a la única estación de servicio del pueblo y donde espera encontrarse con los pichones. Llega el primero lo que le da tiempo a seguir pensando en cómo puede apretarles las clavijas para que de una vez por todas suelten todo cuanto saben acerca de los sucesos del día de la Asunción. Se dice que meterles miedo puede ser el arma más eficaz para que canten hasta la Traviata.
   Entretanto el excomisario aguarda la llegada de los pichones, el sargento Bellido recibe una llamada de la señora Eulalia, la patrona del hostal. Ha recordado algo que no sabe si puede ser importante en relación al caso de la muerte del huésped. En cuanto oye hablar de que se trata de algo relacionado con el fallecimiento de Salazar el guardia civil no se lo piensa ni un segundo, le pide que no es necesario que suba al pueblo, será él quien baje a verla.
-Verá, señor sargento. Como en el pueblo todo se cotillea, me ha llegado el rumor, no sé si es cierto o es otro bulo de los muchos que corren por lo del fallecimiento del señor Martínez… ¡Ay!, nunca acabo de acordarme de llamarle por su nombre verdadero, me refiero a Salazar. Como le decía, corre el rumor de que la Anca, su novio y la chica andaluza encontraron a un extranjero en la habitación 16 intentando ayudar a mi huésped, que Dios tenga en su gloria. ¿Eso es así o es una de tantas trolas?
   El guardia civil no sabe si la señora Eulalia, que tiene más tiros pegados que un talibán en Afganistán, está buscando sonsacarle por lo que opta por lo más prudente: contestar a su pregunta con otra.
-Suponiendo que fuera así, ¿el día 15 alojó, registrado o sin registrar, a un extranjero?
-Sin registrar a nadie, de extranjeros solo tenía a los Dassault, una familia francesa que viene todos los años y a una pareja inglesa que también son viejos conocidos y todos estaban debidamente registrados.
-¿Y por qué me ha preguntado lo del extranjero? –la sigue interrogando el sargento.
-Verá, la pregunta viene a cuento porque he recordado que, unos días antes del triste suceso del día quince, una tarde vino un extranjero a alquilarme una habitación para un rato, supongo que para pegarse un revolcón con una furcia. Le respondí que mi hostal es una casa decente y que no alquilamos habitaciones por horas. Se puso muy pesado ofreciéndome el oro y el moro, hasta que me lo quité de encima indicándole que en la 340 hay paradores que si alquilan cuartos por horas para camioneros. Le cuento esto por si tuviera alguna relación con el extranjero que, según dicen, estaba en la habitación 16.
-¿Recuerda cómo era ese extranjero del que me habla?
-Muy alto y muy fuerte, con mucho músculo, como esos que salían en la serie de la tele Los Vigilantes de la playa.
-Por su forma de hablar, ¿de dónde diría que procedía?
-Huy, eso no lo sé. Hablaba bastante bien el castellano, pero se le notaba un acento extranjero.
-¿Me puede dar más datos?
-Era moreno, tenía el pelo negro y unos ojos que miraban con descaro. Ah, también recuerdo que tenía unas manazas como las palas elevadoras de un tractor. Y siento si le hecho perder el tiempo contándole todo esto, pero hasta que no sepa si el pobre Salazar murió de enfermedad o fue de otra cosa no podré dormir tranquila.
   Mientras la señora Eulalia le cuenta al sargento lo que ha recordado de un guiri que le pidió una habitación, los pichones han llegado al bar La Torre donde les aguarda Grandal. Tal y como ha planeado lo primero que hace el expolicía es meterles el miedo en el cuerpo contándoles una patraña y aprovechándose de la ignorancia jurídica de los jóvenes.
-Tengo malas noticias. Me ha llegado información de buena fuente de que la Jueza de Instrucción que lleva vuestro caso está muy nerviosa porque el proceso se ha torcido y no hay forma de enderezarlo. Y como los tres, que se sepa, habéis sido de los últimos que vieron a Salazar con vida está muy cabreada con vosotros porque cree que no lo habéis contado todo. Según mi informante, un comisario amigo mío de Castellón, la jueza se está pensando acusaros de un delito de falso testimonio en causa judicial y eso no es ninguna broma. El artículo 458 del Código Penal castiga dicho delito con penas de prisión y multa. Lo de la multa es lo de menos, lo verdaderamente duro es que la pena de prisión puede ser de hasta tres años. Si a todo ello sumamos la pena que os puede caer por el delito de omisión del deber de socorro que oscila entre la multa de tres meses hasta la prisión por cuatro años, más lo que añadan por el robo del maletín vuestro futuro penal es más negro que el capacho de un carbonero. Me temo que si no hacemos algo, y hoy mejor que mañana, vais a terminar en la cárcel por un montón de años.
   Al escuchar la exposición de Grandal los tres jóvenes se ponen sumamente nerviosos y todos quieren hablar a la vez preguntando al excomisario qué se puede hacer para no terminar en prisión.
-No habléis todos al mismo tiempo porque así no hay manera de entenderse. Uno a uno, veamos Rocío ¿qué estabas diciendo?
-Que argo se podrá haser, señor comisario. Usté que es un entendío en estos asuntos argo se le ocurrirá. Y por mi parte, haré lo que sea, to antes que ir a la trena.
-Por supuesto, tampoco yo quiero que os metan en el trullo, pero no veo que se pueda hacer nada sino es calmando a la señora jueza. Y lo único que hará que se sosiegue es dándole algún dato más, alguna información, algún nombre que hasta el momento no haya aparecido en la instrucción.
-Pero, don Jacinto –Anca ya descubrió que Grandal prefiere que se le llame por su nombre o apellido y no por su pasado rango policial-, ya le contamos todo lo que sabíamos, ¿qué más podemos decirle a la jueza que no le hayamos dicho?
-Perdona, Anca, pero lo que dices no es verdad. A la señora jueza le habéis ocultado datos que posteriormente me contasteis a mí. Por poner un solo ejemplo: Rocío no le dijo a la jueza lo del tipo con mala jeta que vio en la habitación de Salazar. Y tú, la última vez que hablamos me dio la impresión de que me ocultaste algo referente al caso. Y así no vamos a ninguna parte. Me ofrecí a ayudaros gratis et amore, pero si persistís en no revelar todo, repito, todo lo que sepáis de lo que ocurrió en la habitación 16 y su entorno, mejor es que vayáis olvidándoos de mí. Hoy estamos a veintidós, me quedan ocho días para terminar las vacaciones. O antes de fin de agosto está cerrada la instrucción del caso Pradera o, como me llamo Jacinto, vais a ser carne de prisión con plena seguridad.
   La parrafada de Grandal, dicha en un tono de voz duro como el pedernal, ha hecho mella en el ánimo de los jóvenes. Tanto es así que Anca se pone a llorar desconsoladamente. Vicentín está hecho un manojo de nervios y solo es capaz de pensar en el berrinche que se van a llevar sus padres si lo meten en la cárcel. Y hasta la baqueteada Rocío se ha puesto pálida y con la mirada perdida en el horizonte. El expolicía no dice nada, deja que se cuezan en su miedo ante la posibilidad de ir a la cárcel. Algo que, como sabe bien Grandal, es bastante improbable, pero que desconocen los pichones. Vicentín es el primero en reaccionar.
-Señor comisario, le juro por lo más sagrado que le he contado todo lo que sabía y todo lo que he recordado de esa tarde. Le doy mi palabra de… -el hereu no se atreve a decir de caballero ni mentar el honor-…, de hombre que no le he ocultado nada. Ni a usted ni a la jueza. Si hasta le conté lo del Volvo que era algo que se me había olvidado.
   Anca, que se está secando las lágrimas, levanta un dedo como si estuviera pidiendo permiso para ir al baño a la maestra de preescolar.
-Yo…, yo sí es verdad que hay algo que no le había dicho. No sé por qué, pero no se lo había contado –y antes de confesar Anca se dirige a Rocío con expresión compungida-. Perdóname, Rocío, pero si tenemos que contar todo lo que sabemos sobre la tarde del 15, también he de referir lo nuestro. Verá, don Jacinto, como la señora Eulalia había prohibido a Rocío que subiera a ver al señor Salazar, ella –dice señalando a la andaluza- vino a buscarme y me contó que tenía mucha necesidad de hablar con su novio por unos dineros que le debía y con los que quería pagar la hipoteca de su piso. Y me propuso que la metiera de tapadillo en la habitación. 
Como sé bien qué es la necesidad y además me ofreció un dinero que me hacía mucha falta, le dije que de acuerdo.
   Grandal no puede reprimir una mueca de desilusión, no es lo que esperaba, pero sigue presionando.
-Bueno…, y el hecho de que Rocío te sobornara ¿cambia algo todo lo demás que me has contado?
-No, señor comisario, se lo juro por mis padres. Todo lo demás que he contado es la pura verdad.
-Muy bien, Anca, pero necesito algo de más enjundia que darle a la señora jueza para que no terminéis con vuestros huesos en el trullo. Rocío, ¿tienes algo que contarnos?
   La cabeza de la andaluza es un torbellino, mientras han estado hablando Vicentín y Anca no ha hecho más que darle vueltas sobre decidir si cuenta todo lo que sabe, y que hasta ahora ha ocultado, o sigue guardándose lo que ella califica como sus comodines para negociar con la justicia si la situación se pone peligrosa para su libertad, pero… por lo que cuenta el viejo madero parece que ese momento ha llegado.
-Señor comisario, quiero haserle una preguntita: si yo supiera argo que fuera importante para aclarar lo de la muerte der Curro, ¿usté podría negosiar con la juesa o er fiscal para que no me pase na? –de pronto se da cuenta de que Anca y Vicentín la miran con ojos acusadores, por lo que añade-. Bueno, no solo a mí, también a mis dos amigos de desventuras.
-Tú debes de haber visto muchas series americanas de abogados, ¿verdad? –ironiza Grandal.
-Pues sí. Me gustaba mucho esa que se llamaba Daños y perjuisios. No sé porque dejaron de ponerla. A mí es que la tele me come el coco. ¿Por qué me lo pregunta?

PD.- Hasta el próximo viernes que publicaré el episodio 94. “Unos cardan la lana y otros crían la fama”.