domingo, 26 de agosto de 2018

*** En verano hay gente que se cree inmortal, como algunos automovilistas


   Con este post termino la mini serie sobre la idea, cuestionable por supuesto, de que en verano hay gente que se cree inmortal. Hoy les toca a algunos automovilistas que, por como conducen, parecen pertenecer a esta especie de secta.
   No sé si hay estadísticas acerca de en que estación del año se producen más accidentes automovilísticos, supongo que sí aunque como digo lo desconozco, pero en mi opinión creo que los accidentes de tráfico se disparan en verano. En cierto modo es lógico porque los desplazamientos veraniegos se cuentan por millones y las operaciones de comienzo de las vacaciones y de los retornos ocasionan que las estadísticas de accidentes se disparen.
   Y una de las causas, poco o nada estudiada, que produce ese aumento de heridos y muertos es porque algunos conductores en verano se creen inmortales o poco menos. Relato a continuación algunas de las conductas irregulares y peligrosas de las que he sido testigo durante muchos años en la pequeña población en la que paso mis veranos.
   Como expliqué en mi post sobre los ciclistas, a mi casa veraniega solo se puede acceder a través de un camino rural pobremente asfaltado que se llama el Camí del Campàs y que une dos núcleos turísticos de cierta importancia, sobre todo el primero, Alcossebre y Torrenostra. Por ese camino, que es francamente estrecho, pasan diariamente en verano, como mínimo, un par de centenares de automóviles en ambas direcciones. La velocidad máxima permitida debe de ser de 60 kmh, pero algunos conductores rebasan con mucho esa limitación. No es la primera vez y supongo que no será la última que me he tenido que meter en un sembrado para no darme contra uno de esos pseudopilotos que deben creer que están corriendo por un circuito de Fórmula 1. ¿Deben suponer que por el hecho de que es verano son inmortales y por tanto pueden correr de forma tan temeraria? No lo sé, pero todo podría ser.
   Otra observación. Las contadas calles de Torrenostra que discurren paralelas al mar son relativamente largas y la mayoría de doble dirección. En cambio, las calles que las cruzan y que son perpendiculares al Mediterráneo son cortas, unos 50 ms. como mucho, y unidireccionales. De forma que para pasar a otra vía paralela al mar quizá tengas que recorrer dos y a veces tres manzanas para encontrar una calle por la que girar en la dirección correcta. Pues bien, en verano hay conductores que eso les debe parecer un trabajo ímprobo pues por el aquel de que las distancias son cortas se meten en contra dirección para evitarse un rodeo que en el peor de los casos les llevará tres minutos como mucho. Encontrarte un coche de cara, tanto si vas conduciendo como si vas en bici, supone un susto mayúsculo y sí solo es susto es lo de menos, el problema aparece si es algo más. Incluso he sido testigo del caso de dos coches, uno en dirección correcta y otro en la incorrecta en la que el conductor kamikaze se ha negado a hacer marcha atrás alegando que ya había hecho más de la mitad del recorrido. Sin comentarios. Esos automovilistas que probablemente sean unos habituales cumplidores de las normas de tráfico, ¿por qué se las saltan en verano?, ¿acaso creen que en el estío se vuelven inmortales?
   Y una última postal. Si no recuerdo mal, en los debidamente señalizados pasos cebra o de peatones son estos los que tienen prioridad de paso. Es así según el Reglamento General de Circulación, pero en verano hay conductores que se mofan del reglamento y parece importarles poco que un anciano, como el que esto escribe, se enfade cuando un coche casi se te echa encima en un paso cebra. Este verano no me ha ocurrido, pero sí el año pasado donde un coche a mayor velocidad de la permitida casi se me lleva por delante cuando cruzaba uno de esos pasos. ¿Acaso esos conductores son de los que creen que en verano la gente es inmortal? No lo sé, pero todo podría ser.
   Y aquí lo dejo. Sigan ustedes, a buen seguro que conocen muchas más historias.

viernes, 24 de agosto de 2018

66. Te acompaño en el sentimiento.


   El comandante del puesto de la Guardia Civil de Torreblanca escucha atentamente las explicaciones que le da la patrona del hostal sobre lo que le ha ocurrido a don Francisco Martínez. Al oír cómo la dueña ha llamado a su padre, Francisco José Salazar, que sigue sin despegarse de ella, la corrige:
-Perdone, pero mi papa no se llama como usté dise, su nombre es Francisco Salazar Jiménez –El chico se ha esmerado en pronunciar bien las ces y zetas del nombre-, aunque en Sevilla to er mundo le conose como Curro.
-Pues en el hostal se inscribió como Francisco Martínez, el segundo apellido no llegó a dárnoslo –se apresura a puntualizar la señora Eulalia un tanto molesta de que la hayan pillado en una muestra de dejadez en el cumplimiento del deber de inscripción de huéspedes.
-¿Y usted, joven, quién es?– pregunta el sargento.
-Soy Francisco José Salazar, el hijo mayor del… -El chico no sabe qué decir, si del fallecido, del hombre del que están hablando o…- del hombre que esta señora conose como Martínes.
-¿Y estabas veraneando aquí con tu padre? –inquiere el guardia civil pasando al tuteo.
-No, yo… -El joven no sabe qué responder, sí contarle al sargento la verdad o mentirle, piensa que decirle el motivo real de su estancia allí solo servirá para complicar más la situación-…, yo había venío desde Sevilla a verle porque me tenía que dar unos dineros para mi mama.
-¿También te alojas en el hostal? –el guardia insiste en sus preguntas.
-No, estoy en el hotel Miramar, en el pueblo.
-Bien, dado que eres el pariente más cercano del… presunto fallecido te ruego que no te marches antes de que haya un diagnóstico médico y sepamos a qué atenernos. Y ahora, señora Eulalia, acompáñeme a la habitación del señor Martínez o, mejor dicho, del señor Salazar.
   Mientras la patrona acompaña al sargento a la habitación 16, la mayor parte de los comensales no han perdido detalle de la charla y entre ellos los cuatro jubilados, con Grandal al frente que no ha parado de darle vueltas al suceso. Acuciado por el despertar de su olfato de viejo policía decide pasar a la acción.
-Oye, Pedro, tú que eres de aquí, ¿conoces al sargento?
-No, ¿por qué lo preguntas?
-Me gustaría tener unas palabras con él, a lo mejor puedo echarles una mano en el caso de que Martínez no haya fallecido de muerte natural.
-No seas gafe, hombre, pero si tienes interés puedo pedirle a Eulalia que te lo presente. Déjalo de mi cuenta– y dicho esto Ramo se levanta y se dirige al interior del establecimiento.
   La patrona y el sargento han estado poco tiempo en la habitación de Curro. Al guardia civil le ha bastado con poner los dedos índice y medio por donde pasa la arteria carótida en el cuello para, al no sentir las ondas del pulso, saber que está ante un cadáver. No dice nada sobre ello porque no es cuestión de su competencia, pero a tenor de las informaciones que le ha dado la patrona sospecha que puede estar ante una defunción de causa dudosa. Ante dicha posibilidad lo que sí hace es alertar a la dueña para que no se contamine el escenario de un posible acto delictivo.
-Eulalia, cierre la habitación con llave y asegúrese de que no entre nadie hasta que llegue el médico de urgencias. Y recuérdele al hijo que no se vaya del hostal sin previo aviso. Ah, dígale al personal de servicio que posiblemente tendré que hablar con ellos, que tampoco se vayan, y tengo especial interés en hablar con la empleada que atiende esta habitación.
-Esa es otra, señor sargento, la habitación la atiende Anca, una chica rumana que lleva dos años trabajando conmigo y bien contenta que estoy con ella, pero que desde hace unas horas ha desaparecido y nadie sabe dónde ha podido meterse.
-Vaya, vaya. Supongo que se refiere a la novia de Vicentín Fabregat –Se ve que el sargento está al tanto de la vida y relaciones de sus conciudadanos-. Luego me dará la filiación completa de Anca. Haré que la busquen.
   Cuando vuelven a la planta baja les está esperando Pedro Ramo que en un aparte pregunta a la patrona si tiene inconveniente en presentar al sargento a un amigo suyo que es comisario de policía jubilado. La señora Eulalia traslada la petición al guardia civil que acepta el ofrecimiento, más por deferencia a la dueña que porque tenga interés en conocer a un policía retirado por muy comisario que sea. Ramo hace una seña a Grandal que inmediatamente se acerca.
-Sargento, será cuestión de un minuto. Soy Jacinto Grandal, comisario jubilado. Conocía a la persona que, según me cuentan, ha fallecido. Por eso y porque estuve muchos años en la brigada de homicidios si en algo puedo ayudarle, por supuesto extraoficialmente, cuente conmigo.
-¿Homicidios? ¿Acaso cree que estamos ante uno? –pregunta reticente el uniformado.
-No creo nada, sargento, sabe que en nuestro oficio no damos nada por sentado hasta tener pruebas concluyentes. Quizá no sea más que un resabio profesional, pero ayer estuve con mis amigos visitando al extinto y se estaba recuperando razonablemente bien de una fractura de costillas. Y de eso no muere nadie.
   El guardia civil, que hasta el momento ha estado tratando a Grandal con cortesía pero también con evidente frialdad, cambia de pronto de actitud, acaba de recordar algo.
-Perdone, ¿ha dicho que se apellida Grandal? ¿No será por casualidad el mismo comisario Grandal que resolvió el caso de la calle Leganitos de Madrid?
-De eso hace ya muchos años, a buen seguro que usted ni había ingresado en el Cuerpo.
-En el curso para suboficial estudiamos detenidamente aquel caso. Fue muy famoso en su tiempo.
   El diálogo entre el sargento, que se ha presentado como Hernando Bellido, y el excomisario se interrumpe al producirse un pequeño revuelo entre la gente, acaba de llegar la ambulancia medicalizada. El guardia civil se despide de Grandal diciéndole que ya hablarán y acude a recibir al médico y al técnico en emergencias sanitarias. Llama a la patrona y los cuatro suben a la habitación 16. Al galeno le ocurre lo que al sargento, le ha bastado una mirada para cerciorarse de que está ante un cuerpo sin vida, de hecho el rigor mortis comienza a iniciarse por lo que, en principio, calcula que el óbito ha debido producirse unas tres horas antes o sea sobre las veinte treinta. Mira al técnico sanitario y le hace un gesto negativo. Una exploración más detallada lleva al galeno a constatar la existencia de presuntos indicios de una muerte no natural y pregunta a la patrona sobre los síntomas presentados anteriormente por su huésped, su edad y si ha habido otras circunstancias relevantes. Todo ello le conduce a extraer unas primeras conclusiones un tanto inesperadas.
-El sujeto ha fallecido, posiblemente, por parada cardiorrespiratoria pero eso se tendrá que confirmar posteriormente. Además, hace unas horas ha sufrido golpes en el rostro y de su boca emana un olor penetrante de origen indeterminado –Y el galeno ahonda su explicación en plan académico-, por lo que estamos ante un fallecimiento que, aun pudiendo ser natural, presenta dudas. Por ello no puedo expedir el certificado médico de defunción y traslado el caso al juzgado de guardia. Sargento, de lo del juzgado ¿se encarga usted de avisarlos? –Petición que acoge el guardia con un asentimiento de cabeza, tras lo que el galeno concluye-. Esta habitación deberá permanecer cerrada y aislada hasta que llegue el juez de guardia. Señora –dice dirigiéndose a la patrona-, ¿hay algún sitio discreto donde redactar el informe clínico que he de presentar al juez y de paso poder tomarnos un cafelito? Lucas –añade mirando al técnico-, dile al conductor que esto va para largo, hemos de esperar a que se presente el juez. ¿Hay aquí algún pariente del fallecido?, querría ponerlo en antecedentes.
-Sí, doctor, hay un hijo del señor Martínez; bueno, o como se llame. Venga conmigo y se lo presentaré –se ofrece la patrona.
-En cuanto termine con el hijo –dice el sargento al médico- me lo pasa, tengo que interrogarle. Ahora voy a llamar al juzgado de guardia. Señora Eulalia, esta habitación queda precintada, y como ha dicho el doctor no debe entrar nadie hasta que llegue la autoridad judicial. Llamaré a un par de guardias para que bajen a echarnos una mano.
   La patrona presenta a Francisco José Salazar al médico y les deja solos.
-¿Así que tú eres hijo del fallecido?, te doy mi pésame –al ver cierto gesto de desconcierto del joven, el galeno precisa-. Tu padre ha fallecido hará poco más de tres horas y por el momento desconocemos las causas por lo cual habrá que practicarle la autopsia, aunque eso lo decidirá el juez.
-¿La autopsia?, ¿eso es lo de abrir a arguien en canal?
   El médico ha de contenerse para no esbozar una sonrisa de sorna. Lo que hace es soltarle al joven una breve explicación profesional.
-Una autopsia, también llamada examen post mortem, es un procedimiento médico que emplea la disección para obtener información anatómica sobre la causa, naturaleza, extensión y complicaciones de la enfermedad que sufrió en vida un sujeto fallecido y que permite formular un diagnóstico médico final para dar una explicación de las observaciones clínicas dudosas y evaluar el tratamiento dado.
-Yo no quiero que a mi papa le hagan la autopsia ni na, lo que quiero es que lo entierren cuanto antes y así podré vorver a Sevilla con mi mama y mis hermanos.
-Lo siento, joven. En estos casos, la familia del fallecido no puede oponerse a la práctica de la autopsia, esta debe realizarse obligatoriamente, siempre por orden expresa de la autoridad judicial.
-¿Y se la va a haser usté?
-No, la llevará a cabo un médico forense dependiente de la Administración de Justicia. En cuanto al enterramiento se producirá cuando lo decida el señor juez y nunca antes de las veinticuatro horas del óbito. Y si no tienes más preguntas, el sargento quiere hablar contigo –y termina con la fórmula de pésame más común en España-. Te acompaño en el sentimiento.

PD.- Hasta el próximo viernes

domingo, 19 de agosto de 2018

*** En verano hay gente que se cree inmortal, como algunos ciclistas


   El ciclismo, tanto en su versión deportiva como en la meramente recreativa, es un deporte que tiene cientos miles de practicantes en España. De la afición masiva al deporte del pedal es buena prueba que la Vuelta a España sea, después del Tour y el Giro, la vuelta ciclista por etapas más importante del mundo. Este deporte vive en la época veraniega un repunte espectacular. Son cientos de miles los aficionados a la bicicleta que aprovechan sus vacaciones para practicar un deporte tan bonito como recomendable.
   Y ahora les cuento lo que llevo observando verano tras verano sobre algunos ciclistas. A mi casa veraniega (hablé de ella en otro post) solo se puede acceder a través de un camino rural pobremente asfaltado que se llama el Camí del Campàs y que une dos núcleos turísticos de cierta importancia, sobre todo el primero, Alcossebre y Torrenostra. Lo cuento porque por ese estrecho camino deben pasan diariamente en verano, sobre todo por la mañana, más de un millar de ciclistas que van de una población a otra o que llegan más allá. Otro dato que hay que hacer constar es que la inmensa mayoría de esa miríada de amantes de las bicis dan pedales por puro divertimento y supongo que de paso mantener la forma. Son los amantes de la modalidad del cicloturismo que creo que es como se llama.
   Esa legión de ciclistas son, mayormente, buenos deportistas y excelentes ciudadanos que cumplen escrupulosamente las normas viarias por la cuenta que les tiene pues sabido es que no todos los automovilistas respetan como es debido a los que van en bicicleta y, desgraciadamente, de vez en cuando los medios recogen muertes de ciclistas que nunca debieron producirse.
   Todo ello es como lo cuento, pero también es cierto que hay una parte de ese batallón de amantes del ciclismo, seguramente minoritaria, que en cuanto se suben a la bicicleta se convierten en ciclistas agresivos y que desprecian olímpicamente las normas de tráfico, poniendo en peligro su físico y el de los que se cruzan con ellos vayan a pie o en coche. Eso ocurre especialmente durante la época estival. Son los que supongo que forman parte de la gente que en verano se cree inmortal.
   En ese grupo que se cree imperecedero están los que van en grupo por un camino estrecho, como es el Camí del Campàs, y que aunque oigan un coche no se ponen en línea, por lo que cuando te cansas de ir a 20 kmh detrás de ellos has de tocar el claxon para que te dejen pasar. Cada vez que eso ocurre te ganas como poco los insultos de algunos o, al menos, sus miradas reprobatorias. También están los que circulan tan panchos en dirección contraria y como cometas la tontería de afearles su transgresión te llaman de todo menos bonito. Así mismo, en el pelotón de los inmortales figuran los que transitan por los carriles que están señalizados únicamente para peatones y ay de ti, pobre viandante, si te atreves a protestar por ello. Y otra muestra más del inmenso poder de la creencia en la inmortalidad: muchos de nuestros Ayuntamientos se han gastado sus buenos dineros en construir carriles solo para ciclistas, precisamente para que estén a salvo de los automóviles. Concretamente entre Torreblanca y Torrenostra hay dos carreteras que tienen, además de los viales para coches, otros dos, uno para peatones y otro para ciclistas; pues bien, los peatones suelen usar el suyo, pero son muchos los ciclistas que desprecian olímpicamente dichos carriles y corren tan ufanos por los viales de los coches. Y como pases a menos de 1,15 m. de ellos (creo que es la medida correcta para adelantar a un ciclista) te puede caer la del pulpo.
   Podría seguir contando más casos concretos de esos ciclistas que se creen inmortales, pero creo que con lo descrito es más que suficiente.
   Insisto que el pelotón del que hablo forma parte de un grupo minoritario de ciclistas, aunque me atrevo a decir que en verano sigue siendo minoritario pero no tanto como en el resto del año. ¿Por qué esa actitud que pone en riesgo su físico y el de muchos viandantes? Lo desconozco, solo puede suponer que son de la gente que en verano se cree inmortal.

PD.- El próximo post dominical irá sobre los conductores que en verano se creen inmortales.