viernes, 9 de marzo de 2018

Capítulo 11. Buscando alianzas.- 43. Una Suzuki como cebo



   Jaime Sierra ha estado meditando qué hacer para volver a hablar con Salazar y, como ya había pensado, se ratifica en que un buen medio puede ser trabar amistad con el hijo del exsindicalista que, por ahora, es el único que tiene franco acceso a la habitación donde Curro guarda reposo tras la paliza sufrida. Sin pensarlo más se desplaza hasta el Hotel Miramar de Torreblanca donde se aloja Francisco José. Tiene suerte, encuentra al joven tomándose una cerveza en la larga barra de la cafetería.
-¡Hombre, Jaime!, tú por aquí, que casualidad.
-De casualidad, nada. He venido a buscarte.
-¿A buscarme?
   Sierra ha planeado lo qué va a contarle al primogénito de Salazar y ha optado por ser sincero y explicarle la verdad sobre el motivo de su estancia en la Costa de Azahar. Comienza narrándole el papel que ha jugado su padre en el caso ERE y, más importante aún, el que puede jugar si se decide a declarar ante la juez de instrucción del caso cuanto sabe de la trama sobre los presuntamente ilícitos expedientes de regulación de empleo. Y como un grupo de imputados en el caso, entre los que él mismo se encuentra, han decidido hacerle una propuesta para que, en caso de ser apresado y llevado nuevamente ante la justicia, le cuente a la juez una versión cocinada sobre el desarrollo de los hechos. Si acepta, y como contrapartida, le ayudarán en todos los terrenos para que su probable condena sea lo más reducida posible. En esa contrapartida va incluida la ayuda a su familia mientras esté en prisión y se guarda para el final lo que supone que más impacto le causará al chico:
-… y además te buscaremos un empleo en el que tengas un sueldo digno, bastante más de lo que gana un mileurista.
-Ojú. Lo der trabajo me parese de perlas, pero lo der curro está mal en todas partes y en nuestra tierra ni te cuento. No sé cómo lo ibais a lograr. Además, no tengo estudios, solo saqué er graduado escolar y tampoco sé ningún ofisio.
-Eso no va a ser problema. Todavía tenemos muchos amigos. Te podríamos buscar un puesto de asesor en un Ayuntamiento de los nuestros, que para eso no hace falta ninguna clase de estudios ni títulos, solo un concejal que te proponga y un alcalde que firme el nombramiento.
-Ojú, pues si fuera así es como si me tocara er euromillones. Menudo alegrón se va a llevar la mama cuando se lo cuente. ¿Y mi padre qué ha dicho de esa proposisión?
-Se la está estudiando.
-¡Qué coño tiene que estudiar ese pijotero!, lo que tiene que desir es que adelante con los faroles. ¡Que sí, vamos, que sí!
   Aquí es donde Sierra ve la ocasión que esperaba para ahondar en sus intereses.
-¿Sabes qué es lo que hace que tu padre no vea nuestra propuesta tan clara como la ves tú? Cómo pudiste comprobar ayer, no soy la única persona que está pendiente de su salud. Allí estaban Pacheco, que trae una propuesta similar a la que te he contado y el tipo con pinta de jinete encima de un purasangre en el Real de la Feria, el tal Espinosa, que no sé quién es ni qué clase de negocios se trae con tu padre. Y eso, sin contar con la Rocío. Todo lo cual me hace pensar que es posible que alguno de ellos le haya hecho a tu padre una oferta mejor que la nuestra.
-No creo que haya una oferta más generosa que la vuestra. Lo que ocurre es que er chichirivaina de mi padre se cree más listo que nadie, pero muchas veses se porta como un aporlladao –Los andalucismos forman parte del lenguaje de Salazar junior.
-Es posible. Por eso, convendría que cuando hables con él trates de convencerle de que nuestra oferta es la mejor que le pueden hacer. Que nosotros vamos a hacer lo posible y hasta lo imposible para evitarle la trena y, en el peor de los casos, para que esté en ella el menor tiempo posible con la tranquilidad añadida de que tanto tu madre como tú y tus hermanos estaréis atendidos y ayudados. Eso no se lo va a ofrecer nadie.
-Pues mira, ahora mismito me voy a verle y le estaré trabajando er hígado hasta que diga que sí a tu propuesta.
   Sierra se ofrece a llevarle en su coche, incluso le deja que lo conduzca. Una vez en la playa, le deja y se vuelve al hotel. Cuando está a punto de aparcar una idea le viene a la mente: “¿Por qué no hablo otra vez con Alfonso? Si unimos fuerzas lo que le propongamos a Curro nos va a salir más barato y al mismo tiempo puede ser más sugerente. Por lo que me contó nuestras ofertas son bastante parecidas”. Y sin pensarlo dos veces, enfila hacia Orpesa donde se aloja el matrimonio Pacheco. En recepción le indican que los señores Pacheco han ido a bañarse a la playa de la Concha. En un folleto que le dan se entera de que dicha playa es una pequeña bahía arenosa limitada al norte por la Punta de la Cueva y al sur por las calas de Orpesa la Vella. Tiene fama de ser una de las playas más bonitas de la provincia. Solo puede contemplar su hermoso trazo desde el coche porque lo que no encuentra es donde aparcar. Cansado de dar vueltas se vuelva a Marina d´Or. “Tendré que ponerme en contacto con Alfonso más tarde”, se dice.
   La pareja que no ha podido encontrar Sierra está cómodamente instalada en sendas tumbonas. Con la calorina del mediodía, a Alfonso Pacheco se le han debido ablandar las meninges y le ha explicado a su esposa la verdad sobre su encuentro con Salazar. Se lo cuenta todo: el encargo de su grupo de amigos y compañeros para convencer al exsindicalista de que lo mejor para todos es que se entregue a la justicia y que en sus declaraciones explique que la mayoría, sino todos, de los funcionarios imputados se limitaron a cumplir las normas de la Junta. El encontrarlo no fue una casualidad, iba buscándole. Y cuando lo encontró, lo que es el azar, le libró de una paliza de muerte que le estaba propinando un antiguo boxeador conocido como el Chato de Trebujena. Macarena no es tan comprensiva como su marido cree, más bien al contrario su réplica no puede ser más acerada:
-¿Y tú por qué te metes en camisas de onse varas? Lo que tendrías que haber hecho es dejar que aquel tipo terminase de rematarle. Y muerto el perro se acabó la rabia. El malaje de el Curro ya no tendría que declarar más.
-¡Macarena, por Dios, qué cosas dices! Comprendo que Salazar te caiga mal por lo de tu hermano Alberto, pero de ahí a desearle la muerte media un abismo.
-Alfonso, te quiero y te respeto, pero tengo que desirte que eres un blandengue. Si hubiera estado en tu lugar, por estas que son cruses –dice en tono amenazante al tiempo que hace dos cruces con el dedo pulgar e índice- que no hubiera movido ni una seja hasta verlo destripao.
   Pacheco, que sabe muy bien que cuando su mujer se pone brava lo mejor es no discutir con ella, opta por abandonar la conversación.
-Voy a darme un chapuzón. ¿Vienes?
   En el Grao de Castellón, Carlos Espinosa también reflexiona sobre el modo de poder contactar con Salazar. Analiza las contadas personas que tienen franco acceso a la habitación del postrado exsindicalista: su hijo, la camarera que arregla el cuarto, quizá otra u otras empleadas que le suban las comidas si no se decide a bajar al comedor. Y es posible que también le visite alguna vez Alfonso Pacheco por aquello de que son paisanos, y pare usted de contar. Conseguir la colaboración de alguna de las empleadas del hostal puede ser una empresa relativamente fácil, sus salarios son paupérrimos y se las podría comprar por poco dinero, pero la influencia que puedan tener sobre Curro eso es harina de otro costal. Solo hay una persona a la que el gaditano puede escuchar, su hijo. ¿Cómo hacerse con él?, ¿qué es lo que gusta a la mayoría de jóvenes? Un petardeo que se cuela por la abierta ventana de la habitación le da la solución: las motos. Y sin darle más vueltas, se mete en internet a buscar donde alquilan motocicletas en Castellón. Encuentra una web rentalmotorbike.com que alquila motos y scooters y que tiene hasta ocho modelos disponibles. Se acerca a la tienda y alquila la motocicleta más aparatosa que encuentra, una Suzuki 650 SX y dos cascos de motorista. No es que sea la mejor del mercado, pero es lo que hay. Ya tiene el cebo, ahora solo falta que pique el pez.
   El pez está leyendo el periódico Marca en la cafetería de su hotel. Allí le sorprende Espinosa con una inesperada oferta:
-Francisco José, ¿te gustan las motos? –y sin esperar respuesta agrega-. Ahí fuera tengo una Suzuki que corre como un relámpago, coge los doscientos a poco que la pises. ¿Te gustaría probarla? Toma –le da las llaves y el casco- y pruébala. Mientras, yo tomaré unas birras.
   El chico no se lo piensa dos veces, le da las gracias y sale a por la motocicleta japonesa. Cuando regresa tras una media hora larga, Espinosa está entretenido operando su Vodafone 306 M1 by Samsung.
-Tenías rasón, Carlos, como corre la jodida.
-¿Te ha gustado?, pues te voy a alegrar el día. Puedes quedártela mientras estés aquí. Así no tendrás que coger el bus de la playa para ir a ver a tu padre. Por cierto, hablando de tu padre…

PD.- Hasta el próximo viernes

viernes, 2 de marzo de 2018

42. Timeout



   La agresión sufrida por Salazar a manos de el Chato de Trebujena desbarata los planes de los distintos enviados a negociar con él, al menos en lo referente al factor tiempo. Los efectos de la paliza por un lado y los analgésicos por otro han dejado sumido al exsindicalista en un estado en el que no está en condiciones para negociar nada. Todos han admitido que tendrán que darle unos días de tregua hasta que esté en situación de valorar sus distintas propuestas. La pregunta que se hacen es: ¿hasta cuándo durará el paréntesis? Al mismo tiempo, el hecho de que sean varios los que quieren negociar con él hace que cunda el nerviosismo entre ellos pues todos son conscientes de que el tiempo discurre en su contra. Alguno va más allá y piensa que quizá lo que hagan durante ese tiempo muerto puede cambiar el curso de los futuros acontecimientos.
   Uno de ellos, Alfonso Pacheco, tras dejar Torrenostra, regresa al hotel de Orpesa donde le está esperando su esposa. El ingeniero no ha contado a su mujer el verdadero motivo del viaje. Macarena sigue creyendo que anda estudiando sobre el terreno como se lleva a cabo el Plan de Prevención y Extinción de Incendios Forestales, que fue el pretexto dado para el desplazamiento a la provincia levantina. Y no se lo ha contado porque tiene buenas razones para ello. Al hermano predilecto de su esposa el caso ERE le ha arruinado la vida y no porque esté imputado en el mismo. Alberto, así se llama, trabajaba en una empresa consultora en la que a sus veintitantos años ya era director de recursos humanos. La empresa, una de las confabuladas en el fraude de las subvenciones ilegales, tuvo que presentar concurso de acreedores al ser acusados sus administradores de malversación, asociación ilícita, falsedad documental y delito contra la Hacienda Pública. En veinticuatro horas Alberto pasó de tener un brillante porvenir a la cola de los que buscan empleo. A Macarena es mentarle el caso ERE y se la llevan los demonios. El paréntesis impuesto por el estado de Salazar induce a Pacheco a contarle a su esposa la verdad aunque disfrazada de puro azar.
-Cariño, tengo dos noticias, una buena y otra mala. ¿Cuál te cuento antes?
-La buena.
-Nos tendremos que quedar algunos días más de los planeados. Y la mala: ayer, por pura chiripa me tropecé con Curro Salazar. Fue él quien primero me vio por lo que no pude zafarme. Ya sabes que somos paisanos. Y no hay más, pero quería que lo supieras.
-¿Curro Salasar?, ese malnasido es uno de los culpables de que Alberto esté en la calle. Así le dé un mal aire y la palme.
   Pacheco opta por la callada como respuesta. Es mejor no echar leña al fuego, sabe lo resentida que está su esposa con todo lo que se relacione con el caso ERE.
   A Jaime Sierra, en cambio, el paréntesis en su misión no le da ni frío ni calor. Sin empleo y sin grandes esperanzas de encontrarlo, por el momento se limita a trabajar en el paro, curiosa expresión que solo puede darse en un país con millones de desempleados y una Seguridad Social que los cubre al menos temporalmente. Como buen aficionado al baloncesto le parece que la situación actual es lo que en el deporte del que es un fan sería un timeout. Ese tiempo muerto tendrá que llenarlo de algún modo. “Quizá pueda hacerme con el chico de Curro, podría ser una manera de acercarme más a su padre. Me da que le gustan los coches, por ahí podría engatusarle. También tengo que trabajarme más a Alfonso, a los aliados hay que cuidarlos”, se dice.
   El que precisamente ha dejado al chico de Curro es Carlos Espinosa que vuelve a su alojamiento en el Grao de Castellón. Pensaba acercarse al Club de Golf Costa de Azahar que está cerca del hotel. Su plan se va al traste cuando el recepcionista le da una nota a su nombre: “Llamó su amigo Pako. Pregunta si van a cenar esta noche. Volverá a llamar”. El mensaje le deja pensativo. Sus patrones le indicaron que alguien le llamaría diariamente a mediodía para preguntarle si cenaban juntos. Tiene que responder que no mientras mantenga la esperanza de convencer a Salazar y sí cuando considere que no puede persuadirle. A Espinosa no le dieron más datos pero, como hombre inteligente que es, ha ido deduciendo más información. Quien le llama es un extranjero, habla bastante bien el español pero su acento lo delata. ¿Y por qué le llama diariamente? La respuesta no puede ser otra: debe ser la persona encargada de un plan B si su gestión fracasa. ¿Y cuál puede ser ese hipotético plan B? Conociendo a sus promotores sabe que son capaces de todo. Desde luego no será un plan para seguir negociando con Salazar, para eso lo tienen a él, será un plan para otro objeto y… teme lo peor. No es algo que le quite el sueño, lo que le fastidia es que si el supuesto plan B se activa eso querrá decir que ha fracasado en su gestión y la palabra fracaso no figura en su vocabulario. Tiene que convencer a Salazar como sea y si no tendrá que pensar en otro, por ahora indeterminado, plan B pero por su cuenta. Lo tendrá que meditar.
   El hijo de Salazar ha proyectado ir mañana y tarde a visitar a su padre. Sigue sintiendo por su progenitor los mismos rencorosos sentimientos que tenía antes, pero trata de disimularlos. Tiene una razón poderosa para ello: Curro todavía no le ha dado un euro ni le ha dicho como realizará los envíos de dinero en el futuro. Por otra parte le preocupa que tantas personas hayan venido a interesarse por el autor de sus días. “Eso no puede ser bueno y además puede interferir en la predisposisión de mi padre a fasilitarnos el dinero que tanto nesesitamos”. Por si faltaba algo, ya se ha cruzado varias veces en el hostal con Rocío, pero ya no la insulta, se limita a ignorarla.
   La exnovia de Curro también acude al hostal a preguntar por él. Puesto que la patrona le prohibió que subiera a la habitación se limita a preguntar en recepción cómo va la recuperación del señor Martínez. Ha estado pensando de qué manera podría enviarle algún mensaje a su examante y solo ve una vía, aunque es algo que le repatea, hacerse amiga de la camarera que se encarga de la habitación de Curro. “A ver cómo me hago con ella, tendré que haserme la encontradisa…”.
   Los que no han tenido ningún inconveniente para subir a ver al gaditano han sido sus viejos compañeros de dominó. Lo encuentran desmejorado y abatido, no es el hombre vital y desenvuelto que conocieron.
-Bueno, Martínez, ¿cómo va esa salud? –pegunta Álvarez.
-Yo te veo bien, estás mejorando a ojos vista –afirma Ballarín con la intención de animarle.
-Te echamos de menos en la partida. A ver si te recuperas pronto –le desea Ponte.
   Pero lo que pone de malhumor a Curro es lo que le explica Grandal:
-Creo que sabes que fui policía. Pues bien, he estado hablando con el sargento del puesto de la Guardia Civil del pueblo sobre tu agresión. Me dice que no pueden abrir una investigación porque no hay ninguna denuncia interpuesta. Creo que deberías ponerla. Si quieres me ofrezco a acompañarte al cuartelillo para poner la denuncia, cuando te encuentres mejor, naturalmente.
-Gracias, Jacinto, pero creo que no lo voy a hacer. ¿Para qué? A estas horas el fulano que me golpeó vete a saber dónde estará. Por otra parte no me robó nada, como sabes la intervención de un amigo evitó que pudiera hacerlo –al ver el gesto de suspicacia de Grandal, matiza-. De todas formas, me lo pensaré.
   Cuando salen de visitar al baqueteado Curro, el excomisario verbaliza sus sospechas:
-Este fulano nunca me pareció trigo limpio y cuanto más le trato más me lo parece.
-Desde luego raro es, lo muelen a golpes y no quiere saber quién ni por qué –corrobora Álvarez.
-Quizá no ha denunciado la agresión porque sabe quién es el agresor y teme que si le denuncia le pueda volver a zurrar la badana –sugiere Ponte.
-Manolo, eso me recuerda lo del piensa mal y acertarás –sentencia Ballarín.
   La paliza sufrida por Curro y su posterior convalecencia han provocado la enésima pelotera entre Anca y Vicentín. El joven recrimina a su novia que se pasa demasiado tiempo en la habitación del convaleciente con el pretexto de que no tiene quien le cuide. Ella replica que al tener asignado su cuarto, tiene el compromiso laboral y hasta moral de atenderle. Al joven esos razonamientos le suenan más falsos que un billete de siete euros. Por mucho que Anca argumente su posición Vicentín no da su brazo a torcer.
-No me vengas con historias. Al final lo que cuenta es que pasáis mucho tiempo en la habitación los dos solos. ¿Qué crees que pensará la gente?, pues que me pones los cuernos. Y aunque no lo hagas, hay babosos que lo seguirán creyendo.
   Al infierno de los celos, Vicentín suma el surrealista mundo de las apariencias, del qué dirán,
cuestiones que tienen un sólido valor en las sociedades cerradas como la torreblanquina, donde lo que importa no es tanto lo que eres, sino lo que pareces ser. Y si se considera malo ser cornudo es mucho peor parecerlo.

PD.- Hasta el viernes próximo

viernes, 23 de febrero de 2018

41. Nunca terminas de conocer a las personas



   La inesperada irrupción de Rocío en la habitación de Curro, mientras Anca le ayuda a quitarse los pantalones, provoca que el exsindicalista reaccione como lo haría alguien pillado infraganti realizando una acción censurable. Se le ha borrado la sonrisa y se ha puesto nervioso.
-Rocío, ¿se puede saber qué haces aquí? –balbucea Curro con gesto enojado.
   Anca, en cambio, con toda naturalidad ha terminado de quitarle los pantalones, los pliega y los guarda en el pequeño armario ropero, luego se encara con la recién llegada.
-Señora, esta es la habitación del señor Martínez. Usted no puede estar aquí. O sea que puerta.
-Curro, miarma, ¿quién es esta descará que se atreve a echarme de la habitasión de mi novio?
-¿De verdad esta momia es su novia, señor Martínez? Creía que tenía mejor gusto –replica Anca insolentemente.
-Si me vuerves a llamar momia por mis muertos que te arranco los ojos, chochito de trementina. ¡Curro, échala!
   El gaditano hace un esfuerzo, se sobrepone al dolor y a los analgésicos que le tienen medio grogui e intenta concertar la paz entre ambas mujeres.
-Rocío, esta joven es la camarera de mi cuarto y me está ayudando a desvestirme –y dirigiéndose a Anca explica-. Rocío fue mi novia cuando estaba en Sevilla, pero ya no. Y ahora no me volváis loco, os lo pido por favor, dejarme solo que tengo que dormir un poco. Ya hablaremos en otro momento –y sin más, acaba de tenderse en la cama y cierra los ojos.
   Rocío y Anca se miran retadoramente, pero acatan el ruego del doliente Curro y abandonan la habitación. Bajan a recepción donde la sevillana pide por la dueña del hostal.
-Me llamo Rosío Molina y soy la novia del señor Salasar…                                      
   La patrona le corta.
-Perdone, pero aquí no tenemos a ningún huésped que se apellide Salasar.
   Ahora la que se queda cortada es Rocío, pero rápida de reflejos se defiende.
-Me refiero ar señor que han dao una palisa. Como le digo, soy su novia y he venio a cuidarle. De ahora en adelante no es nesesario que le hagan la habitasión ni na, ya me encargo yo.
   Anca, que sigue presente, interviene:
-Señora Eulalia, tiene que saber que esta mujer ha entrado sin llamar en la habitación del señor Martínez cuando estaba ayudándole a acostarse. Es verdad que ha dicho que era su novia, como también lo es que el señor Martínez ha dicho que fueron novios en Sevilla, pero que ya no lo son.
   La patrona a quien no le ha gustado ni el desparpajo ni la pinta de la sevillana tira por la calle de en medio.
-Señora, es posible que usted diga la verdad, pero el hecho de que ni siquiera sepa el apellido de quien dice ser su novia, me obliga a dudar de esa relación. En cualquier caso, usted no es huésped del hotel y esta es una casa seria. Si mañana viene, daré orden en recepción de que le informen como está el señor Martínez pero no puede subir a su habitación sin más, es cuanto puedo hacer por usted. Ahora le tengo que pedir que se marche.
-Quiero una habitasión –es la inesperada respuesta de Rocío a la petición de la patrona.
-Lo siento, no tenemos habitaciones libres, está todo ocupado hasta final de temporada.
   Rocío, mordiendo las palabras, contesta en tono retador:
-Vorveré.
   Acabada la reunión con los otros emisarios que han venido para hablar con Curro, Pacheco y Sierra se sientan en un bar. Puesto que son viejos conocidos, y aunque sin ser amigos se llevan bien, ambos se sinceran. Sierra cuenta el motivo de su estancia en la Costa de Azahar y Pacheco hace lo propio. Ambos coinciden en que las propuestas que han planteado a Salazar son bastante parecidas, por eso lo más eficaz sería aunar fuerzas y fusionarlas en una sola. Y puestos en el camino de no ocultar nada, el ingeniero cuenta a Sierra la verdad sobre quien ha sido el agresor de Salazar.
-¿Te acuerdas de el Chato de Trebujena, el que fue campeón de Andalucía de los semipesados?
Pues es quien le ha pegado la paliza a Curro. Y no sé hasta dónde podría haber llegado si no aparezco yo.
-Y tanto que me acuerdo. Cuando comenzaba a apuntarme la barba, me dio la venada del boxeo y estuve una temporada entrenándome con El Bigotes en el Club Boxeo Sevillano, que está en el Barrio de Rochelambert. Allí vi al Chato en bastantes ocasiones aunque ya no se calzaba los guantes. Y hablando del fulano, ¿sabes por qué le zurró a Curro? –pregunta Sierra.
-La verdad es que no tengo ni idea –Pacheco prefiere guardarse parte de lo que sabe-, pero… no me extrañaría que la agresión de ese descerebrado tuviera algo que ver con las declaraciones que puede hacer Curro si le llevan al juzgado de instrucción. Alguien se ha propuesto intimidar a nuestro amigo –sugiere.
-Ese alguien podría ser Juan Antonio Almagro –apunta Sierra, que le cuenta a Pacheco la formación de su grupo y como el exconsejero defendió en todo momento que la mejor táctica para que Salazar no hablara era pegarle una paliza y además amenazarle con que si se iba de la lengua podía terminar con una cadena de ancla en el fondo del Guadalquivir-. Lo que no sé –añade- es que pintan aquí el chico de Curro y la arrabalera de su exnovia.
-Esos dos están aquí para alertar a Curro de que su escondite ha dejado de ser un secreto. Esa es su versión, en realidad a lo que han venido es a pedirle dinero. Al menos, eso es lo que me ha contado mi paisano –explica Pacheco que agrega-. A mí quien me preocupa es el pisaverde del Espinosa, ¿qué impresión te ha causado?
-Más o menos la que a ti, que es un lobo con piel de cordero. Muy fino, muy buenas maneras, con una apariencia impecable, pero tiene más peligro que un morlaco placeado. En cuanto a los hipotéticos negocios que tiene con Curro no me los creo. Te apuesto un fino y tapa de jamón que está aquí por idéntica causa que nosotros, para convencer a Curro de algo relativo al caso ERE –afirma Sierra.
-No has perdido el olfato, Jaime. Me ha contado Curro que le ha ofrecido que huya al extranjero y que su gente le financiará el viaje y la estancia en el país que elija –relata Pacheco.
-¡Ojú!, eso puede suponer un pastón. Lo que significa que quienes están detrás del figurín es gente de mucha tela. ¿Quiénes podrían ser? –se pregunta Sierra.
-A ciencia cierta no lo sé. Nadie de los imputados hasta ahora en el caso tiene tanta guita como para permitirse ese gasto. Ni siquiera aunque se aliaran varios. Lo que me lleva a deducir que solo pueden ser empresarios, gente de negocios que todavía no ha aparecido en la instrucción del caso y que al parecer está dispuesta a no hacerlo –aventura Pacheco.
-¿Sabes qué? Empiezo a compadecer al pobre Curro –se apiada Sierra.
   A todo eso, el Chato de Trebujena está en su hotel dilucidando en si regresar o no a Sevilla. Por un lado, ha cumplido la primera parte del encargo que le dio Juan Antonio Almagro, darle una buena paliza a Salazar; por otro, la inesperada aparición de un desconocido le impidió cumplir con la segunda que era dejarle bien clarito al exsindicalista lo que le podía pasar si se iba de la lengua. Se dice que un encargo hecho a medias es algo propio de un aficionado y él se considera todo un profesional; por tanto, no puede volverse sin cumplir lo encargado al cien por cien. Piensa que ahora acercarse a Curro será más problemático, tendrá que esperar unos días hasta que las aguas hayan vuelto a su cauce.
   En el entretanto, el hijo de Salazar está en la parada del bus que hace el trayecto hasta Torreblanca. Espinosa que ha aparcado su coche cerca de allí piensa al verle que el joven puede ser un buen camino para llevarle hasta el padre. “¿Cómo coño se llama este chico? Ah, sí”. Acaba de recordar su nombre. Se detiene y le llama:
-Francisco José, ¿esperas el bus?, te llevo, ¿dónde vas?
   El primogénito de Curro no se lo piensa y monta en el coche.
-Un buen buga este.
   El ingenuo comentario le sugiere una idea a Espinosa.
-¿Te gustaría pilotarlo? Si tienes tiempo podemos buscar algún tramo de vial que tenga escaso tráfico y te dejo que lo lleves.
   La cara ilusionada del joven vale mil afirmaciones.
    Esa tarde, cuando van a jugar su cotidiana partida de dominó, el cuarteto de jubilados se entera por el camarero que les sirve de lo que le ha ocurrido al señor Martínez por quien se han interesado varias personas que han venido a verle.
-¿Y dices que le han dado una paliza? –pregunta Álvarez con cierto asombro-. Es la primera vez que oigo que ocurre aquí algo semejante. Si esta playa es de lo más tranquilo, una balsa de aceite, vamos.
-Hombre, Luis, gente con mala hostia la hay en todas partes, lo que resulta más raro es que no le robaran nada –comenta Grandal.
-Algo debió hacer o decir –apunta Ballarín-, a uno no le pegan porque sí.
-Pues lo que son las cosas, de todo lo que nos han contado, ¿sabéis que es lo que encuentro más chocante? –Ponte no espera respuesta-. Pues que haya venido gente a interesarse por su estado. Estaba convencido que aquí, salvo la gente del hostal y nosotros, no le conocía nadie. Con razón decía mi santa madre que nunca terminas de conocer a las personas.

PD.- Hasta el próximo viernes