viernes, 16 de febrero de 2018

40. Overbooking de visitantes



   Curro Salazar y Alfonso Pacheco regresan de Castellón adonde han ido a que le hagan un reconocimiento médico al primero para comprobar su estado tras la paliza que le dio el Chato de Trebujena. De camino a Torrenostra ven al hijo del exsindicalista que va andando por el arcén de la carretera. Paran el coche a la altura del joven.
-Francisco José, ¿dónde vas? –pregunta el padre.
-¿Adónde crees? A verte. Todavía estoy esperando a que me llames… ¡Joder, papa! –exclama el chico al ver el rostro de su padre-, si estás hecho un nasareno. ¿Qué coño te ha pasao?
-Sube y luego te cuento. No sé si conoces a Alfonso Pacheco, es un paisano de Zahara.
   En el hostal hay un auténtico overbooking de visitantes esperando a Curro. Sentada en una mesa de la cafetería está Rocío Molina. En la terraza ven a Carlos Espinosa paladeando un güisqui. Y en una esquina está Jaime Sierra tomándose un helado.
-¡Virgen de la Macarena!, ¿qué te ha pasao, mi arma? –pregunta Rocío al ver el rostro de Curro.
-¡Coño, Salazar!, si pareces el Cristo de la Buena Muerte, el que sacan en procesión los legionarios en Málaga –comenta Espinosa.
-¡Dios bendito, Curro!, pero si estás hecho un eccehomo –se lamenta Sierra.
   Alrededor del doliente exsindicalista, los visitantes han formado un corro al que se suman
algunas camareras, entre ellas Anca, y la patrona. Visto el estado de aturdimiento de su paisano y de que no parece capaz de manejar la situación, Pacheco decide tomar las riendas de la coyuntura y levantando la voz advierte:
-Señores, por favor, como ustedes vosotros podéis ver nuestro amigo el señor… -está a punto de llamarle Salazar, pero se contiene a tiempo- Martínez no está en condiciones de dar demasiadas explicaciones. Acabamos de llegar de Castellón donde le han hecho una exploración clínica. Tiene dos costillas fracturadas, magulladuras y algunas pequeñas heridas. Le han recetado analgésicos y, sobre todo, reposo. Por tanto, lo mejor es que os abstengáis de hacerle preguntas, vamos a dejarle en paz y que suba a su habitación a descansar. Yo me quedo con vosotros y gustosamente contestaré todas las preguntas en la medida que pueda.
   Salazar agradece con una mirada a Pacheco su intervención y sin decir ni media palabra y ayudado por Anca se encamina a su habitación. El ingeniero, autoerigido en cabecilla del informal grupo, sugiere:
-Si os parece, vamos a sentarnos en ese bar de ahí enfrente y hablamos.
   Así lo hacen. Pacheco y Sierra han hecho un pequeño aparte mientras cruzan la calle pues se conocen de los tiempos en que ambos ocupaban cargos públicos en el gobierno de la Junta de Andalucía.
-Coño, Alfonso, eres el último a quien esperaba ver. Supongo que también estás aquí para convencer a Curro de que mida sus palabras cuando le trinquen y tenga que declarar ante la jueza.
-Más o menos, Jaime. Luego echamos una parrafada. Ahora, a ver si nos quitamos de en medio a toda esa farfolla –dice señalando con un gesto al resto del grupo-. ¿Sabes quién es el petimetre? –pregunta refiriéndose a Espinosa-. Es el único que no conozco.
-Ni idea, es la primera vez que le veo.
   Una vez sentados, Pacheco retoma la palabra:
-Para los que no me conozcan, me llamo Alfonso Pacheco. Por causa de mi profesión, soy ingeniero forestal, estaba en Castellón y como sabía que mi paisano Curro, yo también soy de Zahara, se encontraba aquí, ayer decidí hacerle una visita pues hace tiempo que no nos veíamos. Llegué justo en el momento en el que un individuo, posiblemente un ladrón, –prefiere ocultar el nombre del Chato- le estaba golpeando. Mi intervención, que no fue nada heroica pues me limité a gritar que alguien llamara a la Guardia Civil, fue suficiente para que el maleante saliera por piernas. Esta mañana he llevado a Curro a un policlínico para que le hicieran una revisión pues él no está en condiciones de conducir. Y hasta aquí puedo contaros. Antes de contestar las preguntas que ustedes vosotros queráis hacerme  solo me resta una cuestión. Al joven Salazar lo acabo de conocer, a los demás os conozco a todos salvo a ti –dice dirigiéndose a Espinosa-. Te ruego que te presentes, pues me parece que el resto tampoco sabe quién eres.
-Of course –el CEO malagueño hace gala de su inglés-. Mi nombre es Carlos Espinosa y trabajo en el sector hotelero de la Costa del Sol. Estoy aquí para entrevistarme con el señor Salazar por negocios. Ya tuvimos una primera conversación hace dos días y nos habíamos dado un plazo de cuarenta y ocho horas para reflexionar sobre el asunto que estábamos tratando y del que, por el deber de confidencialidad con mi empresa, no puedo contar nada. En todo caso, estoy a vuestra disposición para responder a vuestras preguntas, pero como he dicho poco más puedo añadir. Ah, y lamento mucho lo que le ha pasado a nuestro amigo. Nunca pude imaginar que en un lugar tan pequeño y familiar como esta playa pudiese ocurrir algo así.
   Antes de que nadie pueda intervenir, es Rocío quien toma la palabra:
-Esto parese una sesión del parlamento andalú de lo redichos que sois. ¿No creéis que es mu raro que nos hayamos arrejuntao tantos en este lugar de mierda? ¿Y no es más raro todavía que tos nos encontremos aquí para ver a mi Curro?
   El joven Salazar interrumpe la exposición de la mujer con malos modos.
-Es la segunda ves en pocos minutos que oigo referirte a papa como mi Curro. Te prohíbo que lo vuelvas a haser. Ni es tuyo ni lo ha sio nunca, putana de mierda.
   Rocío se levanta como impulsada por un resorte y le da un bofetón al joven. La acción ha sido tan inesperada y rápida que nadie, ni siquiera el abofeteado, ha tenido los reflejos necesarios para detener la agresión. Es Sierra el primero que reacciona y atenaza a la mujer por detrás para que no siga pegando a Francisco José. A su vez Pacheco, que también se ha levantado, coge al chico, que se ha puesto de pie, y le conmina a sentarse al tiempo que amonesta a ambos contendientes.
-Rocío o te comportas como una señora o pensaré que el calificativo que, injusta y deplorablemente, te ha adjudicado Francisco José es el que mejor te sienta. Y tú, muchacho, compórtate como un hombre y no como un niñato. A ver si nos calmamos todos y no seguimos dando el espectáculo porque ya veis como nos está mirando la gente. Por favor.
   La intervención de Pacheco ha sido como un bálsamo y tanto la mujer como el chico se sientan sin decir nada, aunque sus rostros dejan ver que la procesión va por dentro.
-Pacheco, ya que parece que te has convertido en el lazarillo de Salazar, ¿podrías indicarnos cuando estará en condiciones de recibir visitas? Lo pregunto porque mi trabajo no me permite quedarme aquí muchos días –inquiere Espinosa.
-No lo sé, eso lo tendrán que decir los médicos. El traumatólogo habló de mes y medio de reposo, pero supongo que en unos días estará en condiciones de atender visitas y tratar de sus asuntos. Oye, y por pura curiosidad, ¿de qué negocios puedes tratar con alguien que está prácticamente prejubilado?
   Espinosa sonríe y mira burlonamente a Pacheco. Contesta pero dando una larga cambiada:
-Ya apunté cuando hice mi presentación que el principio de confidencialidad me prohíbe desvelar las conversaciones que tengo con mis clientes, incluso con los que aún lo son solo potenciales como es el caso del señor Salazar. Puedo añadir, para que todos os quedéis tranquilos, que le hice una propuesta absolutamente inocua y, por supuesto, legal. Propuesta que según me dijo estudiaría en los próximos días. Tan simple como eso.
   Pacheco, en vista de que del barbilindo no va a sacar nada en claro, opta por finiquitar la reunión.
-Dama y caballeros, por mi parte no tengo más que decir ni preguntar. Tengo que volver a Orpesa donde me espera mi esposa. He quedado con la patrona del hostal que les llamaré para que me tengan al día de la recuperación de nuestro amigo. Os sugiero que hagáis algo parecido, aunque en el caso de Francisco José –se dirige al primogénito de Curro-, por tratarse de tu padre, tendrás que ser tú quien decidas lo qué hacer.
   Antes de que el joven pueda contestar, interviene Rocío.
-Yo me voy a quedar porque alguien tendrá que cuidar a Curro. Al fin y al cabo es mi novio.
   Pacheco vuelve a intervenir presto para que no se enzarzen otra vez el hijo y la exnovia.
-Que se quede quien quiera, pero pido por favor que no se vuelva a repetir la agarrada de antes. Que cada uno haga lo que estime conveniente, pero sin dar tres cuartos al pregonero. Jaime, puedo acercarte a tu hotel si quieres.
    Rocío, sin encomendarse a nadie, sube decidida a la habitación de Curro y entra sin llamar. Su examante está medio echado en la cama y una chica joven le está quitando los pantalones mientras dice algo que hace asomar una sonrisa en el rostro del dolorido gaditano. La sevillana no sabe si lo que ve es lo que parece o lo que imagina. En cualquier caso, dice con tono festivo:
-Currito, miarma, aquí estoy pa cuidarte.

PD.- Hasta el próximo viernes

viernes, 9 de febrero de 2018

Capítulo 10. Paréntesis.- 39. Blanco y en botella



   Al día siguiente de la agresión sufrida por Curro a manos de el Chato de Trebujena, Alfonso Pacheco, que inesperadamente fue quien le salvó, le recoge por la mañana para acompañarle a un hospital a que le hagan una exploración como le recomendaron en el consultorio médico de la playa. Pacheco pretende llevarle al Centro de la Seguridad Social de Torreblanca, que es el servicio sanitario más cercano. Curro no es que tenga gran amistad con el ingeniero, pero el mero hecho de que sean paisanos hace que le tenga más confianza que a los otros que han venido a verle, por eso y aunque todavía le cuesta hablar se sincera:
-Alfonso, no puedo ir a un centro en que me pidan papeles. Aquí soy Francisco Martínez y solo tengo con ese nombre un carné de conducir más falso que Judas. Además, por lo que me han contado soy lo que en la Seguridad Social llaman un desplazado al pertenecer a otra comunidad autónoma y mientras arreglan el papeleo necesario se nos iría la mañana. Llévame a una clínica privada donde solo tendré que enseñar el color de mi dinero.
   Atendiendo esa petición, Pacheco le lleva a Castellón a un centro médico que les ha recomendado la dueña del hostal, que asimismo les ha recordado que deberían denunciar la agresión a la Guardia Civil. En el policlínico le someten a diversas pruebas diagnósticas: análisis de sangre y orina, una ecografía, un TAC y una radiografía de tórax. El primer diagnóstico, a falta de confirmación por otras pruebas, es que además de las magulladuras, pequeños cortes y el labio partido tiene fracturadas dos costillas.
-¿Eso quiere decir que las tengo rotas? –pregunta alarmado Curro.
-No, lo que realmente se ha roto es el cartílago que une las costillas al esternón –le aclara el facultativo que le explora.
   Le curan las heridas, le aconsejan que visite a un odontólogo pues tiene un diente que se mueve, le recetan analgésicos para el dolor y ansiolíticos, pues también le han detectado un brote de neurosis fóbica, y sobre todo le recomiendan reposo que puede ser cosa de unas seis semanas. En el camino de vuelta a Torrenostra, Curro formula a su paisano la pregunta que se ha estado planteando desde el día anterior.
-¿Y se puede saber que coño haces aquí, tan lejos de nuestro pueblo?
   Pacheco es franco y le cuenta el porqué de su presencia en la Costa de Azahar. Forma parte de un grupo de funcionarios públicos que en su día desempeñaron cargos políticos y que capitanea el exconsejero Gabriel Salcedo. Pretenden que Curro, cuando declare, le cuente a la jueza de instrucción que ellos se limitaron a cumplir la ley y hacerla cumplir que es el primer deber de todo funcionario. Le ayudarán a pactar con la fiscalía para que su probable condena sea lo más suave posible. Calculan que en unos tres años podría estar fuera de la cárcel, a lo mejor incluso antes.
   Salazar, aunque parece estar escuchando a su paisano, realmente está volviendo a pensar en por qué el Chato le ha agredido. Recuerda que al presentarse le dijo que le traía un recado de parte de Juan Antonio Almagro y también le gritó que en su pueblo trataban así a los chivatos. “Blanco y en botella, el recado que me traía de parte del zoquete de Almagro era una paliza para que no hable”, y una sospecha más inquietante le invade: “¿Hasta cuándo me hubiera estado sacudiendo ese mala bestia si no llega a aparecer Alfonso?, ¿hasta dejarme baldado, hasta matarme?”. Pacheco que sigue con su relato tiene que cortarlo cuando el exsindicalista le pregunta de sopetón:
-Alfonso, ¿crees que hay gente en Sevilla que querría verme muerto antes de que declare otra vez?
   Al ingeniero la pregunta le coge con el paso cambiado. Lo piensa y de pronto ve que se le presenta una excepcional oportunidad para llevar el agua al molino de sus intereses.
-Pues si te he de ser sincero, no lo sé pero…
   La respuesta inconclusa de su paisano excita aún más el interés de Curro.
-¿Pero qué? Dime lo que piensas de verdad, Alfonso. Estamos hablando de mi pellejo no de algo sin importancia. 
-Verás. Sabes mejor que nadie el papel que has estado jugando estos años en todo el asunto de conseguir EREs más o menos ajustados a derecho. Por otra parte, se dice que guardas un montón de documentos que, en el supuesto de que se hicieran públicos, podrían llenar de mierda a un montón de gente que hasta ahora se ha ido de rositas. Y entre esa gente que se siente amenazada hay de toda clase de pelajes, desde los que te presionarán con toda suerte de ofrecimientos a los que intentarán intimidarte sin importarles mucho los medios. Lo del Chato puede pertenecer a este último grupo. Y dicho esto, respondo a tu pregunta: ¿hasta querer verte muerto? No lo sé pero… hay mucho malaje suelto, fulanos que no se paran en barras y que para defender sus intereses son capaces de todo. Precisamente por eso, nuestra propuesta es la más idónea para que puedas dormir tranquilo y no estar continuamente en vilo.
   Captado el interés de Salazar, Pacheco se explaya en lo que encierra la oferta de su grupo. Lo que primero habría que hacer es volver a desaparecer porque es indubitable que su actual escondite ha dejado de ser un secreto. Le ayudarían a buscar otro. Segundo, negociarían con la fiscalía su posterior entrega a la justicia con la condición de que ello y las pertinentes confesiones, que le ayudarían a preparar, serían a cambio de una reducción de la irremediable condena. Además,  exigirían que se le confinara en un módulo de seguridad de una cárcel a determinar. Allí estaría seguro de que ninguno de los que quisieran atentar contra él podría alcanzarlo. De momento, perdería la libertad, pero ganaría tranquilidad y aseguraría su vida.
-Blanco y en botella. Nadie te va a ofrecer un trato mejor –concluye Pacheco.
   Cuando oye esto último, Curro decide confesarle a su paisano todo lo que le ha pasado en los últimos días.
-La romería comenzó el día seis cuando apareció por aquí un figurín, lo digo porque el tipo iba de punta en blanco. Dijo que representaba a un grupo de empresarios andaluces a cuyos negocios les estaba perjudicando el caso ERE y que les perjudicaría todavía más si yo contara todo lo que sé. Me propuso que me fuera al extranjero hasta que se terminara el proceso, al país que yo quisiera siempre que no tuviera tratado de extradición con España. Que correrían con todos los gastos y que me pasarían una cantidad mensual para que pudiera vivir como un marqués.
-¿Y qué le contestaste? –quiere saber Pacheco.
-En concreto nada, quedamos en seguir hablando, pero para serte sincero te diré que es una oferta tentadora, cada día que pasa y cada nueva proposición que tengo la hace más atractiva.
   Curro le sigue contando que al día siguiente quien le sorprendió con su presencia fue el antiguo director de la Agencia de Innovación y Desarrollo de Andalucía, Jaime Sierra.
-Me hizo una oferta parecida a la tuya a la que añadía que atenderían a mi familia mientras estuviera en la trena y que le buscarían un curro al mayor de mis chicos. Por cierto, que Francisco José ha sido el tercero que ha aparecido por estos lares. ¡Y yo que creía que esta era una playa poco menos que desconocida y resulta que la conoce medio mundo!
-¿Tu hijo mayor también está aquí? –La noticia ha sorprendido al ingeniero-. ¿Y a que ha venido?
-A avisarme de que mi escondrijo ha sido descubierto y que me largue de aquí cuanto antes. Ah, y a pedirme pasta. Y no es el único, a las pocas horas la que llegó fue Rocío, mi antigua novia. Me contó lo mismo que Francisco José y terminó igual, pidiéndome guita. Y ayer fue cuando apareció el Chato de Trebujena. El resto ya lo sabes –concluye Salazar que agrega-. Si contamos al Chato son seis las personas que en tres días se han puesto en contacto conmigo.
   Entre confesiones y relatos cuando se dan cuenta ven el cartel que indica la salida 44 de la AP-7, Torreblanca-Alcossebre. Al ver el nombre del pueblo Curro se acuerda de que prometió telefonear a su hijo y de que Rocío también debe estar esperando a que le dé el dinero prometido.
-¿Sabes dónde está en Torreblanca el Hotel Miramar?, es donde está hospedado mi chico. Había quedado con él, pero con todo lo que me ha pasado me olvidé.
-Si tienes su móvil le llamamos ahora.
-No sé su número y me gustaría hablar con él personalmente.
-¿Has dicho Hotel Miramar? –pregunta Pacheco que ya está tecleando en el GPS del coche.
   La voz metálica del localizador les indica la ruta que han de seguir: “En la rotonda gire a la derecha y tome la salida que indica N-340-Torreblanca. A mil cuatrocientos cincuenta metros, a la izquierda está el Hotel Miramar”. En el hotel no está Francisco José, le dejan un recado y regresan a la playa. Cuando están a cien metros de la única rotonda que hay en la carretera a Torrenostra, Salazar ve a su hijo andando por el arcén izquierdo.
-Para, Alfonso, ese que va por ahí es mi chico. 

PD.- Hasta el próximo viernes


viernes, 2 de febrero de 2018

38. Algo más que palabras



   Curro Salazar ha replegado velas. La amenaza de su examante de delatarle, denunciando a la Guardia Civil su paradero, ha puesto coto a su intención de no soltarle ni un euro. Tiene que dar a Rocío explicaciones de por qué no puede facilitarle el dinero que le pide. Le cuenta que al ser un huido de la justicia no dispone de cuenta bancaria, solo tiene dinero en metálico, el suficiente para vivir sin apuros lo que queda de verano, pero sin mayores dispendios. Como mucho puede pagarle el hotel y el viaje de vuelta a Sevilla en AVE o en avión, lo que prefiera, y añadir una pequeña cantidad de dinero de bolsillo, pero nada más. Le da a entender que tiene más pasta, pero que ha de ir físicamente a por ella, sin indicarle un lugar concreto, y será entonces cuando podrá darle una cantidad mayor, sin especificar tampoco la cuantía. Rocío no acaba de creerse la historia, pero es consciente de que tampoco tiene muchas más armas contra Curro por lo que aunque de mala gana accede.
-Y el dinero de bolsillo, ¿me lo das ahora?
-Te lo puedo dar –Curro mira el reloj que hay en el comedor y al ver la hora algo le viene a la memoria-. ¡Joder, las cuatro y media! Había quedado con mi chico que nos veríamos a las cuatro. Tengo que dejarte, lo siento. Nos vemos a la hora de la cena, aquí mismo, y te daré la tela.
-No me vas a dejar aquí tirada. Como supongo que tendrás coche llévame hasta mi hotel, tengo que darme una ducha, con este calor tan húmedo no hago más que sudar. Y mejor…
   La presencia de alguien que se ha situado junto a la mesa hace que Rocío no termine la frase.
-Soy un tontolaba de cojones. Yo esperándote en el restorán como habíamos quedao y tú pelando la pava con este putón verbenero –El tono de Francisco José no puede ser más hiriente,
-¡El putón verbenero lo será tu madre, comemierdas! –salta Rocío como una leona.
-¡A mi madre ni mentarla o te parto la cara a hostias!
   El altercado entre hijo y examante ha motivado que los escasos clientes que restan en el comedor hayan puesto sus miradas en la mesa en la que Curro intenta vanamente poner paz entre ambos antagonistas.
-¡Me cago en todo lo cagable! A ver si os calláis de una puta vez que aquí me conocen todos. Y no me cabreéis más de lo que estoy porque si no se va a armar la de Dios es Cristo. Ahora os tranquilizáis y lo que tenga que hablar con cada uno lo hablaremos mañana, a ver si para entonces se os ha pasao el arrechucho. Francisco José, coge el bus, te subes al pueblo y ya te llamaré. Y tú, Rocío, te vienes conmigo y te dejo en Alcossebre. ¡Y no quiero oír ni una palabra más!
   El chico da media vuelta y sin decir ni pío se marcha. Casi pisándole los talones salen Rocío y Curro. En la terraza del hostal, los cuatro jubilados se disponen a comenzar su cotidiana partida. Al ver a Curro con una acompañante desconocida los comentarios son forzados.
-Mirad al andaluz, hoy lleva compañía nueva.
-Y pierde en el cambio. La moza no está mal, pero acabará poniéndose jamona. La rumana está mucho mejor.
-Hombre, para unas prisas…
   Curro deja a Rocío en su hotel y se vuelve a Torrenostra. Al llegar al hostal le aguarda la enésima sorpresa del día. Un nuevo y desconocido visitante le espera.
-Aquel señor de allí ha preguntado por usted –le dice la recepcionista.
   Su primera intención es irse a su habitación sin acercarse al forastero, tras subir unos peldaños piensa que será mejor saber para qué le busca el desconocido que especular sobre los motivos. Desanda lo subido y se acerca al hombre que ha preguntado por él.
-¿Preguntaba por mí? –Al encararse con el visitante, Salazar se dice que esa cara la ha visto en alguna parte aunque no consigue recordar dónde.
-Zeñor Curro Zalazar, le eztaba ezperando. ¿Dónde podemoz hablar que no haya mozcaz cojoneraz pegando la oreja? –pregunta el desconocido con un cerrado ceceo.
-Veo que me conoce, pero yo no tengo el gusto.
-Zoy Pepe Jiménez y traigo un recao pa uzté de parte de Juan Antonio Almagro. Zabrá de quién eztoy hablando.
   “Si este tío viene en nombre del melón de Almagro es que me va a proponer algo sobre lo de los EREs. Casi estoy por mandarle a hacer puñetas, pero…, bueno, veamos…”. En ese preciso momento, Curro recuerda de qué le suena la cara del forastero. “Este tío fue un boxeador de cierta fama, ¿cómo se llamaba?... Ah, sí, el Chato de Trebujena. Esto no me huele nada bien”, pero vence sus temores y le invita a ir con él por el paseo marítimo.
-Mucha gente hay por ahí –objeta el Chato-. Zerá mejor que pazeemoz por un lugar menoz concurrido. He vizto que por ahí detráz, junto a las piztaz deportivaz, hay una espezie de pequeño parque, allí eztaremoz mejor.
   El Chato ha explorado previamente el terreno que circunda el hostal y ha visto que la zona contigua más solitaria es la que está en su parte trasera. Hacia allí se dirigen. A estas horas de la tarde en las que el sol todavía pega de lleno, las canchas deportivas están desiertas. El espacio al que se dirigen tiene unas estrechos caminitos de hormigón que delimitan lo que debió planearse como un recinto con plantas y flores, pero en el que solo hay malas hierbas y guijarros. En el centro se erige una especie de cobertizo tejado y que es donde, sin mediar palabra, el Chato empieza a golpear a Curro violentamente. Los puñetazos son secos y precisos. Parece que al de Trebujena no se le ha olvidado el arte de las doce cuerdas. Al exsindicalista el ataque le ha cogido tan de sorpresa que al pronto ni siquiera es capaz de defenderse. Solo al partirle el labio un crochet es cuando comienza a gritar pidiendo ayuda.
-¡Socorro, auxilio, ayuda…! –no puede decir mucho más pues el Chato le acaba de soltar un directo al plexo solar que le ha mandado al suelo.   
   Al verlo a sus pies el expugilista le grita:
-En mi pueblo ezto ez lo que hazemoz con loz chivatoz.
   Y comienza a atizarle brutales patadas que, al ir calzado con botas, dejan a Curro medio grogui. Cuando el Chato se cansa de patearlo le levanta y le dice con voz apagada por el sofoco:
-El recao que traigo, pedazo de mierda ez…
   Justo en ese momento alguien grita:
-¡Llamad a la Guardia Civil, hay un maleante que está pegando a un tío!
   Es oír lo de la Guardia Civil y el Chato, como en un acto reflejo, deja de zurrar a Curro y se marcha presuroso y sin volver la vista. En cuanto desaparece el agresor, el hombre que ha dado la voz de alarma se acerca a Curro y le ayuda a levantarse. El exsindicalista está hecho un guiñapo, lleno de heridas y magulladuras por todas partes.
-Coño, Curro. Si no llego a intervenir te muele a golpes. Te ha dejado como un eccehomo.
   Cuando el gaditano consigue sobreponerse y fija su vista en quien ha acudido en su auxilio le reconoce pero, como tiene tumefactos los labios, solo es capaz de farfullar:
-Paisano, ¿eres tú?
-El mismo, pero mejor que no hables. Te llevaré a que te vea un médico y que te ponga algo para restañar esas heridas. Luego ya me lo cuentas todo.
   Antes de entrar en el hostal, Salazar aún tiene la lucidez de avisar a su inesperado cirineo:
-Me conocen como Martínez.
   Alfonso Pacheco, pues de él se trata, se inventa una historia sobre la marcha: alguien ha intentado robar al señor Martínez que se defendió como pudo. Cuando el ladrón oyó que llamaban a la Guardia Civil huyó. Ahora lo que importa es curarle. Le llevan al puesto de socorro de la playa, donde una auxiliar sanitaria le cura las contusiones y heridas y le advierte que, dado que se queja del pecho, debería verle un médico por si hubiera alguna lesión interna. También le sugiere que debe denunciar la agresión a la Guardia Civil. Al ver la mirada alarmada de Curro al oír mencionar a la Benemérita, Pacheco improvisa:
-No creo que sea necesario, señora, esto ha sido una pelea entre amigos que mañana estarán tomando unas copas juntos. Dejemos en paz a los del tricornio que tienen asuntos más graves de los que ocuparse.
   Curro hace un gesto de agradecimiento a su paisano. Apenas puede hablar pues se le ha hinchado el labio partido y se siente como si le hubiera pasado por encima una apisonadora. Mientras vuelven al hostal, el exsindicalista va pensando en la inesperada agresión que acaba de sufrir. Que el Chato de Trebujena, con quien nunca ha cruzado palabra, le haya agredido sin más no tiene sentido hasta que recuerda que al presentarse le dijo que tenía que darle un mensaje de parte del exconsejero Juan Antonio Almagro y luego le acusó de chivato. Sabe que el exconsejero es uno más de los imputados en el caso ERE y comienza a atar cabos. “¿Será posible que el cabrón de Almagro haya mandado a esa mala bestia para darme una paliza? Y que manera de golpearme, si no llega a aparecer Alfonso me mata”. Y el mentar a Pacheco hace que se pregunte: “¿Y qué coño hace aquí Alfonso?, seguro que también quiere convencerme de que no me vaya de la lengua si me trinca la pasma”. Un espasmo de dolor le vuelve a llevar a pensar en la agresión­: “Esto ha sido algo más que palabras”. Un escalofrío de miedo le estremece.

PD.- Hasta el próximo viernes