viernes, 6 de octubre de 2017

21. De postre, un beso y…



   La amplia carta de Can Roig se basa en platos tradicionales, entre ellos algunos marineros, con la especificación de que todos son elaborados con productos frescos de la zona. Curro le deja un tiempo a Anca para que la lea, luego le pregunta:
-¿Qué te apetece comer? Empecemos por los entrantes.
-¡Huy!, es que hay tantos platos que es difícil decidirse.
-¿Me dejas que pida yo? No es por fardar, pero estoy acostumbrado a comer en restoranes de esta clase e incluso de más postín.
   Curro le pide ayuda al maitre, que no le quita ojo de encima a un cliente tan rumboso, para escoger lo más selecto de la carta. El empleado, que a estas alturas ya sabe que a quien hay que bailarle el agua es a la joven, le pregunta con su tono más melifluo:
-La señorita, ¿qué prefiere?, ¿algún plato de los que hay para empezar?, ¿algún entrante de temporada?, ¿algo de los intocables de Can Roig?, ¿entrantes del mar?
-No sé, hay tanto para elegir.
-Si me lo permiten, yo les aconsejo que pidan un plato de cada apartado. Por ejemplo: del primero podrían probar un foie micuitte sobre un mosaico de sabores; del segundo un plato muy típico de la tierra, alcachofas de Cap i Corb, jamón de pato, tomate de colgar y AOVE Bardomus; de los intocables de la casa, escalibada con anchoas y queso fresco de Catí y del último apartado ortigas de mar en tempura.
-Sé que AOVE son las siglas de aceite de oliva virgen extra –puntualiza Curro dándoselas de gourmet-, pero no sé qué es Bardomus ni tampoco que es Cap i Corb.
- Bardomus es el nombre del aceite que producen los olivos cultivados entre los parques naturales de la Sierra de Irta, Prat de Cabanes-Torreblanca y el Mediterráneo. Tiene un aroma a aceitunas verdes y hierba de monte bajo y un sabor ligeramente amargo y picante como una mezcla de almendras verdes, hoja de tomatera, alcachofa y hojas de olivo. En cuanto a Cap i Corb es el nombre de una pedanía del municipio de Alcalá. Señorita –pregunta el maitre dirigiéndose otra vez a Anca- ¿qué le parece mi propuesta?
-¡Huy!, con eso que ha sugerido ya como.
-Le aseguro, señorita, que son platos tan ligeros que lo que harán será abrirle el apetito. Luego, de plat de résistance como diría un colega galo, ¿qué prefiere pescado, carne o arroces?
-Arroz no, estoy de paellas, del arroz a banda, del negro y de todos los demás hasta el moño. Prefiero pescado.
-Hoy tenemos un lenguado del país con salsa de erizos de mar que está para relamerse de gusto.
-Degustaremos su propuesta –acepta Curro haciendo gala de un falso cosmopolitismo- . Nos trae la carta de vinos, por favor.
   Tras el suculento almuerzo regado con vinos de la tierra les entra una ligera somnolencia, sobre todo a la muchacha poco acostumbrada a yantares tan copiosos.
-Lo que daría por echar una cabezadita –suspira Anca-. Hasta podría recostarme en el coche.
-¿No prefieres una buena cama en una habitación con aire acondicionado para descansar el rato que quieras? –pregunta Curro cuyas intenciones comienzan a traslucirse.
-Quita, quita, una habitación. Me vale con los asientos de atrás del coche.
-Lo que tú quieras, princesa.
   Curro busca una zona solitaria en las faldas de la Sierra de Irta y estaciona el coche debajo de unos pinos.
-Voy a mantener el aire acondicionado un ratito para que se refresque el interior y en cuanto tenga una temperatura adecuada lo apagaré para que no te moleste el zumbido. Ya verás lo bien que vas a estar.
-¡Qué bueno eres, Curro! Tú sí que sabes tratar a las mujeres y no como otros.
-Antes de la siesta querría pedirte algo, ¿puedo?
-Por pedir que no quede.
-Espero que no lo tomes a mal. Desde que te vi no hago más que pensar que un beso tuyo tiene que saber a miel de azahar y romero. Quisiera que me dejaras besarte, para mí será el mejor postre que haya podido tomar en mi vida.
-¡Qué cosas dices! Un beso pedido con tanta finura no puede negarse.
   La joven apoya la cabeza en el respaldo de la butaca y vuelve su cara hacia Curro que, como un avezado donjuán, en lugar de besarle los labios empieza con los lóbulos de las orejas, sigue con los ojos para terminar posando sus labios sobre los de Anca. El exsindicalista no sabrá hacer otras cosas, pero vista la reacción de la muchacha parece que es todo un experto en jugar con los labios y la lengua. Al primer beso sigue otro y otro y otros más. Cuando Curro abre la blusa de Anca, le baja los tirantes del sujetador y comienza a acariciarle los pechos, la joven ya ha perdido el control del que hasta ahora ha hecho gala. El hombre abate los asientos y ambos se van desnudando con las mismas ansias. La muchacha ronronea como una gata en celo, ronroneos que se transforman en gemidos cuando Curro la penetra. Ambos se abrazan con toda la fuerza de que son capaces mientras se mueven frenéticamente. Cuando llegan al orgasmo siguen cogidos con más ahínco si cabe hasta que pasados unos minutos que les han parecido eternos deshacen su abrazo.
-Eres un león. No recuerdo haber gozado tanto. Y luego dirán que los hombres mayores ya no valéis para hacer feliz a una mujer.
-Te devuelvo el cumplido: jamás he conocido una mujer que fuera capaz de ponerme a mil como lo has hecho tú. Este ha sido el mejor polvo de mi vida.
   La pareja está un buen rato acariciándose hasta que Curro nota, no sin sorpresa, que su miembro vuelve a revivir. Da la impresión de que a la muchacha le pasa algo parecido. Cuando vuelven a abrazarse aparece inoportunamente un grupito de senderistas que, por la ruta que llevan, van a pasar muy cerquita del coche. Curro suelta un juramento:
-¡La leche que les dieron, ni en plena montaña puedes estar tranquilo!
   Se sube los pantalones y con un cabreo mayúsculo pone en marcha el vehículo. Se calma cuando la joven le dice en un susurro:
-Hay paradores de carretera que alquilan habitaciones por horas a los conductores para que echen un sueñecito.
-Es una magnífica idea, bonita.
   Y en el primer parador que ven en la nacional 340 entran y alquilan una habitación donde la pareja vuelve a hacer el amor, pero esta vez como debe ser. Se desnudan, ya sin prisa alguna, y copulan quizá sin las premuras del anterior enlace, pero con el sabor inigualable que da la ausencia de prisas. Cuando al caer la tarde dejan el parador no se sabe de ambos quién lleva pintada en la cara una sonrisa más amplia. Al llegar al pueblo, y a petición de la muchacha, Curro la deja en una de las solitarias calles que hay a la entrada.
   Anca había apagado el móvil, cuando lo enciende ve que tiene varias llamadas perdidas y algunos WhatsApp sin abrir. Las llamadas y mensajes tienen la misma procedencia: el teléfono de su novio. Le llama y le cuenta una milonga: ha estado con una amiga de compras por Alcossebre y cuando iban a volverse se toparon con una compatriota de Timisoara, la ciudad de la que procede su familia, y que se pusieron a preguntarle por la gente conocida que vive allí y entre unas cosas y otras se les fue la tarde. Que estaba cansada y que mañana se verían.
   Cuando la joven camarera llega a su casa ante el portal está esperándole Vicentín sentado en su coche. El joven está enfurruñado, basta con ver el gesto avinagrado que tiene.
-¿Por qué no has contestado a mis llamadas? –es lo primero que le espeta.
-Porque tenía el teléfono apagado.
-¿Y por qué lo has apagado?
   Anca, ahondando en su patraña, le cuenta que durante la primera media hora de compras le ha llamado un montón de gente y que así no había manera de centrarse en lo que querían ver, por eso ha apagado el móvil con la intención de volver a encenderlo, pero al encontrarse con su compatriota Raluca se le ha ido el santo al cielo y ya no se ha acordado de activarlo hasta llegar al pueblo.
-¿Y qué has comprado si se puede saber?, porque no veo que lleves ninguna bolsa.
-Es que realmente más que de compras íbamos a ver unas tiendas que estaban de rebajas, pero lo que saldaban o era morralla o más pasado de moda que Carracuca y al final no hemos comprado nada.
-¿Y con quién has ido a Alcossebre?
-Con Mihaela –contesta la joven, ha sido el primer nombre que le ha venido a la boca de entre sus amigas que tienen vehículo propio, y piensa que en cuanto suba a casa lo primero que tiene que hacer es llamar a Mihaela para prevenirla ante posibles indagaciones de Vicentín que cuando le entra el síndrome de los celos no se para en barras.
-Pues para un viaje de compras que te ha salido rana llevas una cara de estar más contenta que unas pascuas –Vicentín sigue martilleando en el yunque de sus sospechas.
-Ha sido el encuentro con Raluca lo que me ha puesto contenta. No puedes imaginar la de noticias que me ha contado de la familia de mi madre que vive en Timisoara y de gente que conocí cuando hace unos años mis padres me llevaron a visitar la ciudad. Y la que se va a poner más contenta todavía será mi madre cuando le cuente todo lo que me ha explicado Raluca.
   Anca se cansa del interrogatorio de Vicentín y sabe que solo hay un medio de que su novio se calme.
-Anda, llévame a dar una vuelta y verás lo que te hago.

PD.- Hasta el próximo viernes

viernes, 29 de septiembre de 2017

20. Curro, hoy te la pasas por la piedra



   Siguiendo con su inveterada costumbre, Ponte abre el ordenador y pincha El País. La noticia principal que el rotativo madrileño lleva a su portada es, como no podía ser de otro modo, la referida a las gestiones para la formación de un nuevo gobierno: Rajoy y Rivera abren una nueva fase de colaboración limitada. Estos políticos que tenemos, piensa el viejo, que mal llevan lo de pactar, se enrocan en sus posiciones de partida y así no hay forma de llegar a ningún acuerdo. También destaca el periódico una información internacional: Los desplantes de Trump sumen en una crisis al Partido Republicano. Ese tipo parece un broncas, se dice Ponte, ¿será posible que los norteamericanos le elijan presidente? Y no sigue leyendo más porque ni tiene ganas ni le interesa demasiado lo que puedan contar los medios. Se levanta para desayunar y en la cocina encuentra a Luis que se le ha adelantado.
-Buenos días, Manolo, he hecho unas tostadas por si te apetecen.
-Gracias. Cuando vea a Matilde le voy a decir que tiene un marido que como amo de casa vale un Potosí.
-Pues si lo haces se te va a reír en la cara porque repite a quien quiera oírla que soy el marido más inútil del mundo que, por no saber, no sabe ni freír un huevo –y cambiando de tema, pregunta-. ¿Te parece que estrenemos la temporada de baños? Con lo que calienta Lorenzo el agua debe de estar apetecible.
-Por mí, encantado. ¿Qué cojo para la playa?
-El pack playero al completo: toalla, crema solar, una botella de agua o de lo que bebas habitualmente, un gorro y en la terraza están las esterillas, las sillas plegables y la sombrilla.
-¿Voy a poder con tantos trastos? –pregunta con un punto de ironía Ponte.
-Tú puedes con lo que te echen, aunque sea ganado de tienta.
   Cargados con todos los bártulos los dos viejos se dirigen a la playa. La distancia es corta, debe de haber poco más de doscientos metros desde la urbanización a la playa que, según ha explicado Álvarez, es la que se denomina Torrenostra, la más extensa y antigua. Cuando llegan Ponte se sorprende al ver el panorama: prácticamente solo hay una primera fila de veraneantes tumbados en la arena, el resto del amplio arenal está vacío, lo que le lleva a preguntar:
-Oye, Luis, si el cuatro de agosto la ocupación es la que veo, ¿cómo estará esto en temporada baja?
-Ya puedes imaginarlo. Una sombrilla aquí, unas toallas algunos metros más allá, otro grupito algo más alejado, una pareja en un rincón; en definitiva, unas pocas decenas de personas. Es uno de los misterios que según Nacho hace tan atractivo este lugar, que unas playas tan estupendas estén tan solitarias. Solo te voy a dar un dato: aquí hasta hace un par de años lo normal era que la gente plantase el parasol cuando llegaba y no lo recogía hasta el día de la partida. Siguen haciéndolo, pero ahora dos días a la semana hay que guardarlos para que las máquinas que limpian la playa no se los lleven por delante. Con eso está dicho todo.
-¿Hasta dónde se puede llegar sin que el agua te cubra? –pregunta Ponte puesto que, como hombre de secano, la natación no es su fuerte.
-Huy, para que te llegue el agua al cuello hay que entrar cincuenta o sesenta metros. El declive es muy suave.
-Vaya día luminoso y claro que hace.
-¡Me acabas de dar una idea! –exclama Álvarez-. Esta tarde, cuando acabemos la partida vamos a coger el coche y te voy a llevar un trecho por la carretera de Vilanova d´Alcolea que está detrás de la cadena de lomas del oeste y desde allí te enseñaré las Islas Columbretes.
-Vaya, no sabía que por aquí había unas islas.
-Bueno, más bien islotes. Son un conjunto de cuatro grupos de islas volcánicas que están a unos cincuenta y tantos kilómetros del Cabo de Oropesa. También existen numerosos escollos y bajos. Y están despobladas pues son muy pequeñas. En la isla más grande, llamada Illa Grossa, hay un faro. Y el entorno del archipiélago está declarado Reserva Natural Marina, creo que tiene una fauna marina espectacular.
   Mientras los dos vejetes se remojan y hasta dan unas brazadas en las tranquilas y cálidas aguas, el andaluz Salazar tiene un plan muy diferente. Hoy, después de repetidas intentonas, ha conseguido que Anca acepte su invitación para comer. Es el día en el que esta semana libra la camarera. Generalmente lo pasa con su novio, pero están de morros y ella ha decidido castigarlo. Curro ha quedado con la joven que la recogerá a la salida del pueblo porque ella prefiere que no la vean subirse en el coche de un forastero. Lo del foraster, según se dice en valenciano, es una de las peculiaridades lingüísticas locales, como ha podido detectar Curro, a los que no son del pueblo y aunque sean valencianos no suelen llamarles guiris, turistas, metecos o veraneantes, los engloban a todos con el mismo vocablo: forasteros. Cuando Curro ve acercarse a la muchacha nota como su virilidad se despabila pues la verdad es que la joven es un bocado más que apetitoso. El hombre, galantemente, le abre la puerta del coche.
-Buenos días, princesa, eres tan puntual que podrías pasar por inglesa. ¿Dónde quieres que te lleve a comer?
-Donde quieras, pero fuera del pueblo.
-Por supuesto. ¿En qué restorán te gustaría comer en el que no hayas estado nunca?
-Vicentín –así se llama su novio-, desde hace tiempo me tiene prometido llevarme a Can Roig, un restaurante que está en la Guía Michelín, pero hasta ahora, por unas cosas o por otras, no ha cumplido. Yo creo que porque tiene fama de ser el más caro de la zona, bastante más de los que me lleva habitualmente. Y me apetece mucho conocerlo y probar sus platos que dicen que son de categoría.
-Pues hoy, princesa, vas a comer en Can Roig y, como tú mereces lo mejor, vamos a pedir los platos más caros que haya en la carta. Que no se diga que Curro Martínez es un jodío rácano como el pobre Vicentín.
-Vicentín no es pobre, su familia es una de las más ricas del pueblo.
-Será como tú dices, princesa, pero si no te ha llevado a comer a un restorán que a ti te peta conocer es porque es más agarrao que un chotis. Vamos para allá, pero tendrás que indicarme el camino, porque aunque este coche lleva GPS no me fío un pelo de esos artilugios. Sé de un tío que, por fiarse del aparato, terminó estrellándose en el malecón del Arsenal de la Carraca cuando donde quería ir era a Puerto Real.
-Vamos a ir hasta Torrenostra y luego cogeremos el Camí del Campàs, a unos pocos kilómetros está el restorán, al ladito mismo del mar.
-Antes voy a repostar.
-Prefiero que no lo hagas en el pueblo, en la estación de servicio me conocen, casi todos los que trabajan allí son rumanos. Lo que haremos será cambiar de ruta. Coge la nacional trescientas cuarenta en dirección a Barcelona hasta la salida de Alcossebre, en esa carretera hay una estación de servicio, puedes repostar allí. Luego ya te indicaré.
   A pocos kilómetros de Torreblanca, Curro coge la salida señalada por la joven y, en efecto, a unos centenares de metros hay una gasolinera, llena el depósito y siguen. Inmediatamente pasan por debajo de un puente por encima del cual discurre la vía férrea. Enseguida aparece una pequeña rotonda en la que Anca le muestra la dirección a seguir. En cuanto llegan al núcleo urbano de Alcossebre, la joven le dirige hacia el sur.
-Por aquí cogemos la carretera que bordea el mar. No vayas muy aprisa, siempre hay gente andando por los arcenes.
   Curro coge la estrecha carretera con bastantes curvas pues se va plegando a los entrantes y salientes de las diversas caletas. Al poco tiempo y, tras una curva cerrada, cruzan lo que parece una rambla arenosa y se topan con un casal en cuyo tejado hay un rótulo que pone Can Roig. Delante del restorán se ven aparcados un buen número de coches.
-Esto parece que está hasta los topes.
-Tendríamos que haber llamado antes para reservar. Seguro que no hay sitio –se lamenta Anca.
-Tranqui, princesa, que vas al lado de un hombre de los de verdad, no de un pelagatos como tu Vicentín.
   La recepcionista que les atiende les dice, como sospechaba la joven, que no hay sitio, está todo reservado. Es el momento en que Curro despliega todo su savoir faire. Pide ver al maitre, le desliza discretamente en la mano un billete de cincuenta euros al tiempo que afirma con gran aplomo que es el señor Martínez de Torrenostra y que tiene reservada una mesa para dos en la terraza.
   Cuando se sientan en la mesa a la que les ha conducido personalmente el maitre, Anca no deja de mirar a Curro entre encandilada y emocionada pues ha visto la maniobra de su acompañante. Es la primera vez que alguien se gasta tanto dinero en ella simplemente para conseguir una mesa en un restorán. Desde ese instante mira al hombre con nuevos ojos, con otra mirada, como si fuera un extraño a quien terminase de conocer. Vista la reacción de la joven el prófugo, que no es precisamente un exquisito sino un machista a la vieja usanza, se dice:
-Curro, hoy te la pasas por la piedra.

PD.- Hasta el próximo viernes

viernes, 22 de septiembre de 2017

19. Está de toma pan y moja



   La parrafada de Grandal sobre federalismo ha sido tan rotunda que Salazar no ha querido rebatirla, no ha querido y en buena parte no ha podido. Le ha parecido más oportuno no dar muestras de su posicionamiento político teniendo en cuenta que, por lo que parece, sus compañeros de partida son más de derechas que los lectores del ABC. En su lugar, decide mostrarse rumboso porque lo es que es dinero no le falta.
-Bueno, ya que vosotros sois hoy los paganos –dice a Ponte y Álvarez que son los que han perdido la partida y por tanto han de abonar los cafés-, espero que me permitáis invitaros a una copa –y sin dar posibilidad de réplica, llama a la camarera-. Anca, por favor, a ver que quieren estos amigos.
   Cuando la camarera, una rubiales que no es de bote pues así lo certifica la albura de su piel y el dorado colorido de sus cejas, se vuelve a la barra para encargar la comanda, al pasar junto a Curro le guiña pícaramente un ojo. Grandal, al que no se le escapa una, es el único que se ha dado cuenta del gesto pero no lo comenta, lo que hace es preguntar:
-¿Qué nombre es ese de Anca?
-Es rumano –responde Curro-. Creo que en español sería Ana. Por cierto, sus padres tuvieron buen ojo al ponerle el nombre porque vaya trasero respingón que gasta la moza. Un culo así vale más que todos los yates que atracan en Puerto Banús.
-Buen trasero tiene, sí señor –corrobora Álvarez al que lo de la palabra culo todavía le cuesta manejarla-, de los que le alegran a uno el día.
-Pues lo que son las cosas. Ahí donde la veis, con esa proa y esa popa –A Curro parece que algo le ha quedado del lenguaje marinero de su padre-, que son como para mear y no echar gota, tiene un novio que es más poquita cosa que un camarón. Y además de esaborío más atontolinao que el bobo de Coria.
-Alguna gracia oculta tendrá el gachó para llevarse a una mujer de bandera como esa; vamos, digo yo –comenta Ballarín.
-La gracia que supongo que tiene es que es hijo único, lo que aquí llaman el hereu, de una familia del pueblo propietaria de muchas fincas –explica Curro-. Y la chavala parese –de vez en cuando se le escapa el seseo- que se ha dicho aquello de que los duelos con pan son menos.
-Eso es un error –objeta Ponte-. Recuerdo que en una novela que leí, titulada “La pertinaz sequía”, uno de los protagonistas, hablando sobre las bodas de conveniencia, citaba un proverbio escocés: no te cases por dinero, puedes pedirlo prestado con menor interés. Alguien se lo tendría que decir a esa muchacha que tiene una carita atractiva y atesora más curvas que un circuito de fórmula uno. Una joven así podría emparejarse con quien quisiera.
-Es lo que le repito la mitad de los días, pero no está por la labor –explica Curro que para evitar malos entendidos añade-. Arregla mi habitación, por eso la veo diariamente y de vez en cuando echamos una parrafada.
-Y hay que ver lo bien que habla castellano –comenta Álvarez.
-Lleva ya bastantes años viviendo aquí –cuenta Salazar-. Me contó que sus padres vinieron a trabajar al pueblo a principios del dos mil, cuando el boom inmobiliario estaba por las nubes. Ella era una niña y, como todos los críos, aprendió el idioma rápidamente. Luego llego la puta crisis del dos mil ocho, al padre le echaron de la constructora en la que trabajaba de albañil, a la madre le afectó un ERE que hizo la cooperativa naranjera del pueblo y el resultado fue que tuvo que arrimar el hombro y ponerse a currar. Durante el verano trabaja en el hostal y cuando termina la temporada está de camarera en un parador de carretera que aquí hay varios.
-Con ese par de pitones que se gasta y ese pompis tan provocativo no le va a faltar curro –comenta jocosamente Álvarez.
-Por supuesto, pero ella a lo que aspira es a ser una señora. Por eso tiene el novio que tiene, para que la saque de pobre –sigue explicando Curro-. Y es posible que así sea, pero va a tener que soportar berrinches a tutiplén porque el fulano es más celoso que el Otelo ese del teatro y ensima tiene mala leche como para parar un tren.
-¿Aquí hay muchos guiris? –pregunta Ponte a quien la conversación sobre la camarera le aburre.
-Había –quien contesta es Álvarez-. Cuando el boom de la construcción esto se llenó de extranjeros que venían como las moscas a la miel. Especialmente de africanos y de gente del este de Europa: polacos, ucranianos, checos y sobre todo rumanos. Se calcula que llegaron a vivir más de dos mil, lo que para una localidad de poco más de cinco mil vecinos es una cifra astronómica. Luego, como ha contado Curro, llegó la crisis, se acabó el trabajo y la mayoría desapareció. Solo quedaron los que habían conseguido un trabajo estable y los que, de alguna manera, se habían enraizado en el pueblo. Ahora los guiris que más abundan son los turistas, en verano, claro, aunque esta playa sigue siendo feudo de los veraneantes nacionales.
-Debe ser así porque en el puesto de periódicos solo he visto prensa nacional, ningún diario extranjero. Y otro dato curioso, hay más cabeseras vascas y navarras que de otras regiones –observa Salazar.
-Eso también tiene su explicación –dice Álvarez que es quien mejor conoce el pueblo-. Aquí parece que desde antiguo, hay una amplia colonia de veraneantes vascos y navarros. Muchos de los chalés de las callejuelas que lindan con El Palmeral son propiedad de gente de esas comunidades. Y es que a los del norte, como a todo hijo de vecino, les gusta lo que no tienen, en este caso el sol y en cuanto tienen la menor oportunidad salen disparados a buscarlo.
-¿Y de qué otras regiones hay veraneantes? –pregunta Ponte.
-Hay bastantes aragoneses, madrileños, de ambas Castillas, de otras partes de la Comunidad Valenciana y algún que otro catalán. En cambio –añade Álvarez dirigiéndose a Curro-, no hay andaluces, al menos yo no he conocido ninguno desde que veraneo aquí, tú eres el primero.
   Y espero que el único, se dice Salazar, que lo justifica.
-Es natural que no haya paisanos, esto queda bastante lejos de Andalucía que, por otra parte, tiene muchos quilómetros de playas a las que acudir. Y si yo estoy aquí es más por una casualidad que por otra razón y porque me gusta visitar lugares para mí desconosidos.
-¿Una casualidad…? – inquiere Álvarez tan indiscreto como suele.
-Es una forma de hablar. Por sierto –Curro da un quiebro a la conversación llevando a la práctica el principio de si no quieres que te pregunten, pregunta tú antes-, Luis, tú que conoces mejor esta zona ¿qué lugares cercanos me recomiendas para visitar?
-Pues mira, para empezar te recomiendo los sitios más cercanos, Oropesa del Mar al sur y Alcossebre, que es la playa de Alcalà de Xivert, al norte –y Álvarez hace una sucinta descripción de ambos lugares-. Oropesa, Orpesa en valenciano, cuenta con excelentes playas entre las que destaca la de La Concha, aunque su paraje más publicitado es Marina d´Or. En cuanto a Alcossebre tiene cinco grandes playas, en una de ellas, Las Fuentes, existen varios manantiales de agua dulce que nacen dentro del mar.
   Luego Álvarez le recomienda que también debe visitar Peñíscola, que se asienta sobre una península rocosa, con el famoso castillo del Papa Luna, unas excelentes playas y una de las sierras costeras más vírgenes de la costa valenciana, la Sierra de Irta. Y en el interior de la provincia no debe dejar de visitar la ciudad de Morella, que tiene preciosos monumentos como la Iglesia Arciprestal y, especialmente, el castillo que corona el pueblo y las murallas medievales que están muy bien conservadas.
   Con tantas explicaciones, la tarde ha comenzado a declinar y Salazar es el primero en despedirse.
-Bueno, ya es hora de irme –dice Curro-. Ahora que no pega tanto el sol y en la playa comiensa a clarear la gente voy a dar un paseo. Mañana será otro día y a ver si esta noche repasáis el manual –sugiere con una sonrisa burlona dedicada a Ponte y Álvarez que han sido los perdedores de la partida de dominó.
   Grandal vuelve a ser el único que se da cuenta de que al salir de la terraza y pasar al lado de Anca, Curro le ha dado un leve azote en el trasero que tiene por respuesta una sonrisa maliciosa de la muchacha.
-Este fulano –dice el expolicía-, o se ha tirado a la tal Anca o está en camino de hacerlo. Y tiene buen gusto el jodío porque la muchacha está de toma pan y moja.
¿Tú crees? –pregunta Ballarín que en asuntos de sexo es el más cándido.
-Yo no sé si se la tira, pero lo que os aseguro es que el tal Curro miente sin venir a cuento –afirma Álvarez-. Esta mañana hemos estado tomando unas cervezas y le he pillado en un renuncio de lo más tonto. Me estaba hablando de una novia que tiene en Sevilla y luego me cuenta que donde está es en Marbella.
-Hombre, puede que sea así –justifica Ponte.
-No lo es. Tal y como lo ha contado lo de Marbella solo ha sido un pegote para despistar.
-A mí me da en la pituitaria –opina Grandal- que este fulano no es trigo limpio.

PD.- Hasta el próximo viernes