viernes, 11 de agosto de 2017

Capítulo 4. Comienza el veraneo.- 13. Una playa sorprendentemente tranquila


  Hacia la media tarde del uno de agosto, Álvarez y Ponte abandonan la A-7 por la salida 44 por la que se accede a Torreblanca y Alcoceber como indica el correspondiente cartel indicador.
-Oye, Luis, si no recuerdo mal nos contaste que la población al norte de Torrenostra se llamaba Alcocebre y en el cartel pone Alcoceber, ¿cómo se llama realmente?
-Para mí es un misterio. He visto escrito su nombre de varias formas: Alcocebre, Alcosebre y Alcoceber, aunque por lo que me ha contado Nacho su nombre oficial es Alcossebre con dos eses.
   Álvarez interrumpe su explicación porque acaba de entrar en una gran rotonda a la que solo dan un tercio de vuelta hasta que cogen una salida señalada con un minúsculo indicador de color marrón que pone Torrenostra.
-¿No pasamos por el pueblo? –pregunta Ponte.
-No es necesario pasar por Torreblanca, esta ruta nos lleva directamente a la playa. El pueblo queda a nuestra derecha –responde Álvarez.
   Tras dar tres cuartos de vuelta a una pequeña rotonda cruzan un estrecho puente que salva el tendido del ferrocarril y se meten en una carretera que durante la noche, piensa Ponte, debe estar perfectamente iluminada dada la profusión de farolas que se alzan a ambos lados de la misma. Como si le hubiera leído el pensamiento, Álvarez le cuenta:
-Este camino se llama Carrassa de Mon Rossí y es, junto a la carretera de Torreblanca a Torrenostra, el mejor acceso para ir al mar. Y como puedes ver no escatimaron gastos a la hora de iluminarla. En la playa pasa tres cuartos de lo mismo, hay farolas a gogó.
   Atraviesan dos rotondas y cuando llegan a la tercera, que está inacabada, tuercen a la derecha. En esa zona es donde Ponte comienza a ver urbanizaciones sin grandes alardes de lujo y también algunas construcciones que únicamente tienen edificada la estructura y a las que años de abandono empiezan a pasarles factura. Según explica Álvarez a esa zona la gente del pueblo le llama Augimar, el nombre de la empresa que fue la promotora de la urbanización.
-¿Qué les pasó a esos bloques? –inquiere Ponte.
-Pues que la crisis del 2008 llegó cuando estaban levantándolos y de un día para otro no volvió a ponerse un ladrillo más. Desde entonces no ha vuelto a construirse nada. Que yo sepa solo se concluyó la tercera fase de El Palmeral que es la urba en la que tiene el apartamento mi hijo y adónde nos dirigimos.
   En cuanto dejan atrás la zona de Augimar y tras pasar otra inacabada rotonda entran en un sector que podría calificarse de urbano dados los edificios que se erigen hacia el lado de la costa. Al llegar a una transversal, Álvarez hace stop y comenta:
-Esta es la carretera que va a Torreblanca. Antes de que se remodelara la Carrassa de Mon Rossi era el único acceso decente para llegar a la playa.
-¿Es muy larga?
-Tres kilómetros. En cuanto pasas por debajo de un puente del ferrocarril ya estás en el pueblo.
   Nada más cruzar la carretera se tropiezan de frente con la urbanización a la que van.
-Esto es El Palmeral, en mi opinión la mejor urba de la playa. Aquí, en lo que se conoce como fase II, es donde tiene el apartamento Nacho. Ya verás cómo te gustará.
   En efecto, el lugar parece agradable y sobre todo es apacible y silencioso. Dejan el coche en una de las plazas de parking que hay en el interior de la urbanización y suben a la primera planta donde está el apartamento del hijo de Álvarez. Dispone de tres habitaciones, salón comedor con un sofá cama, cocina, dos baños completos y una coqueta terraza que da al jardín interior. Álvarez le explica que la urbanización, además de las zonas ajardinadas cuenta con piscinas y zonas deportivas comunes, entre ellas gimnasio, pistas de pádel, tenis, áreas de juegos y hasta un restaurante.
-Yo voy a dormir en esta habitación que es de la mis hijos –informa Álvarez-, de las otras dos elige la que más te guste que para eso has llegado primero. Si me permites un consejo, la más fresca es la que da al este, la orientada a poniente por la tarde se pone como un horno. Ah, si quieres darte una ducha puedes usar este baño.
   Una vez que ambos amigos han deshecho las maletas y se han dado una refrescante ducha se reúnen en el salón. Álvarez se ha puesto unos shorts, una camiseta en la que campea el viejo lema de I love New York y calza unas zapatillas de esparto. Ponte, más comedido o menos acostumbrado a los usos playeros, lleva una holgada camisola, unos chinos y calza unas zapatillas de lona con suela de goma.
-¿Qué te apetece tomar?
-Algo fresco, pero sin alcohol.
-¿Tú eres de los que hace caso a los médicos? Lo digo porque en cuanto cumples los setenta te lo prohíben todo: el alcohol, el tabaco, las mujeres… No hay que hacerles caso, hay que exprimir los pocos veranos que nos quedan aunque sea con moderación. Yo me voy a tomar una cervecita, ¿te traigo otra?
-De acuerdo, pero si puede ser que sea sin alcohol –pide Ponte con una sonrisa.
   Álvarez sale cariacontecido de la cocina.
-Podía habérmelo figurado, no hay cerveza. Mi nuera ha dejado la nevera en cuadro, no hay más que un par de botellines de agua mineral y no vamos a celebrar nuestra llegada con agua. Mira, a doscientos metros hay un pequeño supermercado, de hecho es el único de la playa. Nos acercamos y compramos un pack de birras y alguna cosilla para picar.
-¿Solo hay un súper? –pregunta extrañado Ponte.
-Lo que te cuento. Aquí para comprar la cosa más insignificante has de subir al pueblo. Establecimientos comerciales, si exceptúas los bares y restoranes, yo solo conozco a este súper, a la sucursal que tiene en el norte del caserío y a un par de tiendas con artículos veraniegos. Esto es que es más pequeño de lo que parece. Nacho está convencido de que Torrenostra tiene un gran futuro, pero lo que es el presente lo tiene en formato mini.
-La verdad es que resulta sorprendente. Este lugar está bien comunicado, tiene acceso fácil e inmediato tanto a la 340 como a la A-7, cuenta con un aeropuerto a menos de quince kilómetros y está en medio de destinos turísticos tan populares como Benicásim, Oropesa del Mar, Marina d´Or, Alcossebre o Peñíscola. Y por lo que cuentas veo que es un lugar casi, casi desconocido –se asombra Ponte.
-Todo lo que has dicho es cierto con la salvedad de que el aeropuerto está comenzando a operar este año, hasta ahora solo ha servido de rechifla pública y poco más. Y volviendo a la escasa afluencia de veraneantes confieso que para mí también resulta un misterio el que sea una playa con tan poca gente. Nacho suele decir, no sé si en serio o de broma, que esta es una playa demasiado tranquila.
-Si lo es, a unos carrozones como nosotros nos va a venir como anillo al dedo. Y creo que para familias con niños pequeños también les vendrá de perlas. Se lo voy a comentar a Clarita, a lo mejor se anima y cambia Ribadesella por Torrenostra porque en el norte el sol nunca está garantizado.
   Una vez en el supermercado Ponte sugiere a su amigo:
-¿Por qué no compramos también algo para cenar?
-¿Pero tú sabes cocinar? –pregunta un tanto asombrado Álvarez.
-Lo cierto es que no. Bueno, sé preparar un bocata.
-De lo de comer un bocadillo, olvídate. No vamos a comenzar nuestras vacaciones cenando un miserable bocata. Tengo una propuesta mejor. ¿A ti te gusta la pizza?
-Si me hubieras hecho esa pregunta hace unos años la respuesta habría sido un rotundo no, pero desde que comencé a acompañar a mis nietos en sus salidas he tenido que acomodarme a sus gustos culinarios y ahora sí me gustan.
-Bien, pues te voy a llevar a la mejor pizzería de la playa. Bueno, también es la única, pero lo cierto es que hacen unas pizzas de lo mejorcito que he probado. Y como por la noche suele estar a tope voy a llamar para reservar o no tendremos mesa.
   Vuelven al apartamento, se toman unas cervezas y pican de una bolsita de anacardos que también han comprado. A la hora de inicio del telediario de la primera cadena, Álvarez propone:
-Es un buen momento para irnos a cenar. Si nos quedamos viendo el telediario, y como solo dan malas noticias, igual nos ponemos de mala leche. O sea, que arreando.
   La calorina diurna ha menguado notablemente y la humedad del mar hace que la noche sea muy agradable.
-La pizzería está al otro extremo de la playa, pero aquí las distancias son cortas –informa Álvarez-. Iremos andando por el paseo marítimo. 
   El llamado paseo marítimo solo es una amplia acera encajonada entre un murete que limita la playa y la calle principal del caserío. Está festoneado de palmeras y farolas y hay bastante gente pululando por el paseo.
-Oye, Luis, por la gente que pasea veo que hay veraneantes de todas clases. No solo se ven jubilados y familias con críos.
-Así es, año tras año, cada vez es más la gente que veranea aquí. Por eso dice Nacho que Torrenostra tiene un magro presente, pero un futuro espléndido y asegura que algún día esto se convertirá en un Benidorm en pequeño. Lo que no sabe es la fecha –remata Álvarez con una media sonrisa.
-Bueno, todo tiene su tiempo –sentencia Ponte.

viernes, 4 de agosto de 2017

12. En tránsito hacia la ciudad que fue El semáforo de Europa


   Tal y como habían quedado, el uno de agosto Luis Álvarez recoge a Manolo Ponte en la esquina de Hilarión Eslava con Joaquín María López.
-¿Listo para el viaje? –pregunta Álvarez.
-Listo. ¿Por dónde vas a ir para coger la nacional tres? –quiere saber Ponte.
-Manolo, hace mucho que dejó de ser la nacional tres, ahora se llama la A-3, Autovía del Este o del Mediterráneo –precisa Álvarez antes de contestar a la pregunta formulada-. Había pensado en ir por la M-30, pero mi hijo Nacho me ha recomendado que es mejor tomar los túneles del Manzanares que nos dejarán en el comienzo de la autovía.
-Nunca he sabido porqué a la carretera de Valencia, como antes se le llamaba, pasó a ser la A-3 –comenta Ponte.
-Hombre, Manolo, parece mentira que un tío tan leído como tú no sepas eso. Las antiguas carreteras nacionales radiales que partían de Madrid hacia las ciudades costeras son las que hace años se desdoblaron y se convirtieron en autovías. La primera es la A-1 o Autovía del Norte que enlaza Madrid con San Sebastián, luego la A-2 o Autovía del Nordeste que conecta Madrid con Barcelona, después la A-3 ya citada que une la capital con Valencia, después viene la A-4, Autovía del Sur o de Andalucía que enlaza Madrid con Sevilla, luego la A-5, Autovía del Suroeste o de Extremadura que va de Madrid a Badajoz y finalmente la A-6, Autovía del Noroeste que conecta la capital con La Coruña.
-Que ahora la llaman A Coruña –puntualiza Ponte apabullado por la erudición viaria de su compañero.
-Sí, se empeñaron los nacionalistas gallegos y lo consiguieron, y en efecto ahora se dice A Coruña, pero como yo no soy ni nacionalista ni gallego para mí será siempre La Coruña tal y como nos enseñaron en la escuela –afirma Álvarez.
   A todo eso, ya se han metido en los túneles de la M-30, lo que aprovecha Ponte para dar pie a que su amigo exhiba otra vez sus amplios conocimientos viarios.
-Luis, cuéntame la historia de estos túneles.
-Pues verás, los túneles de la M-30, que es la carretera que constituye el primer anillo vial que circunvala Madrid, son un conjunto de cuatro túneles carreteros en doble tubo. Su longitud total es de algo más de cuarenta y tres kilómetros y forman la mayor red de túneles urbanos de Europa. Comenzaron las obras en 2004 y concluyeron en poco más de tres años. Y no te explico más porque podría contarte mil y una anécdotas de la construcción de esta obra que ha facilitado enormemente la circulación en la capital.
-¿Y cómo sabes tanto de los dichosos túneles?
-Ten en cuenta que para los que trabajábamos en el Canal, una obra de esas proporciones nos ocasionó múltiples quebraderos de cabeza. No puedes ni imaginarte la de cortes de agua, desvíos y nuevas canalizaciones que hubo que hacer. El día que se inauguraron los dichosos túneles respiramos.
   Cuando salen del último tramo del túnel, cogen una desviación que indica A-3 e inmediatamente desembocan en la autovía que muere en Valencia. El tráfico es denso y a la altura de Rivas-Vaciamadrid sufren la primera retención que continúa al llegar a Arganda del Rey y Perales de Tajuña y que solo se aminora a la altura de Villarejo de Salvanés, para finalmente casi diluirse tras pasar Fuentidueña de Tajo último pueblo de la Comunidad de Madrid. Después entran en la provincia de Cuenca en la que muchos de sus pueblos tienen nombres altisonantes en contraste con su exigua población: Villares del Saz, Cervera del Llano, Castillo de Garcimuñoz, Torrubia del Castillo o Atalaya del Cañavate, punto en el que la A-3 enlaza con la Autovía de Alicante.
-¿Dónde prefieres que paremos a almorzar? –pregunta Álvarez.
-Donde quieras, esta ruta la conoces mejor que yo.
-¿Te apetece que comamos en el Parador de Alarcón?    
-La verdad es que no lo conozco y los paradores tienen fama de que se come bien.
-Doy por afirmativa tu ambigua respuesta y vamos a Alarcón. Hay que desviarse unos pocos kilómetros de la autovía, pero vale la pena.
   A la altura de Honrubia toman la salida 166 y se adentran en la estrecha carretera que conduce al pueblo de Alarcón. Álvarez le cuenta a su amigo la historia del parador: el castillo de Alarcón en su origen fue una fortaleza medieval musulmana construida en el siglo VIII y que fue conquistada por el rey castellano Alfonso VIII a fines del siglo XII. El castillo se asienta sobre un promontorio rocoso que mira a  un meandro del río Júcar, cuyas aguas se represan en un cercano paraje formando el embalse de Alarcón. Desde sus almenas se divisa un vasto territorio hasta la linde con la provincia de Valencia. Tras siglos de abandono, en la década de los sesenta el castillo fue restaurado cuidadosamente y convertido en parador de turismo.
-Verás cómo te gustará –concluye Álvarez-. Es un lugar que te traslada a la Edad Media a través de su monumentalidad, de su torre del homenaje y hasta del peñasco en que está enclavado, el Pico de los Hidalgos. Y el propio pueblo de Alarcón, emplazado junto al parador, es un lugar que vale la pena visitarlo, prueba de ello es que ha sido declarado Conjunto Histórico Artístico por su belleza y armonía.
  A Ponte le gusta el Parador de Alarcón, pero todavía más su cocina. Ambos amigos optan por pedir los platos más típicos de la comarca e intercambiar raciones. Y así prueban el morteruelo conquense, el lomo de orza, la perdiz en escabeche y los duelos y quebrantos. Con este último plato ya no puede Ponte que se excusa:
-Esto de los duelos y quebrantos está muy rico, pero es para estómagos más jóvenes. ¿De qué están hechos?
-Es uno de los platos tradicionales de la cocina manchega. Sus principales ingredientes son huevo revuelto, chorizo y tocino de cerdo entreverado.
-¡Cómo se van a poner mis lípidos! –exclama jocosamente Ponte.
-¿No vas a probar los postres? Lo digo porque tienen un surtido de pastelillos de origen árabe que son la releche.
-No me tientes, Luis. No me cabe nada más.
   Tras el sabroso almuerzo, se toman un par de cafés en el bar del parador para estar más despejados y prosiguen el viaje pasando junto a las Hoces del Río Cabriel, afluente del Júcar, y de las que Álvarez le explica a su copiloto que dicha zona, por su dificultad orográfica y por la existencia de cierto tipo de fauna, retrasó considerablemente la construcción de la autovía. Al poco llegan al embalse de Contreras que represa las aguas de los ríos Cabriel y Guadazón y que constituye la frontera entre la Comunidad de Castilla-La Mancha y la Valenciana.
-¿Cuál es el primer pueblo de la Comunidad Valenciana que cruzaremos? –quiere saber Ponte.
-Utiel y luego viene Requena. Es la comarca vitivinícola más importante de Valencia. Por cierto que desde hace unos años elaboran un cava que es tan bueno como el catalán y bastante más barato.
-Recuerdo que en Iberdrola había un tío que era de un pueblecito al lado de Requena y que, curiosamente, no sabía ni papa de valenciano –rememora Ponte.
-Es natural. Desde Siete Aguas hasta el límite con Cuenca todos los pueblos de la zona son castellanohablantes.
   A medida que se acercan a la ciudad del Turia, el tráfico vuelve a crecer y los vehículos ralentizan su marcha, lo que le permite a Ponte recrearse en el paisaje y fijarse en detalles que a otra velocidad pasarían inadvertidos.
-¿Qué es esa megaconstrucción de la izquierda? –pregunta Ponte.
-Es la antigua Universidad Laboral de Cheste ahora reconvertida en centro educativo creo que de formación profesional –explica Álvarez-. Y cerca está el circuito de carreras en el que se celebra una de las pruebas puntuables para el Campeonato del Mundo de Motociclismo. Y en unos minutos, también a nuestra izquierda, estaremos junto al Aeropuerto de Valencia-Manises, pero que desde la autovía no se ve.
-¿Por dónde entraremos a Valencia?
-No entraremos. Antes de llegar a la ciudad cogeremos la autovía de circunvalación que pasa por encima del nuevo cauce del Turia y que tiene una triple desembocadura: la carretera nacional 340, la Autovía de La Plana y la Autopista del Mediterráneo o AP-7 que vale la pena cogerla, aunque sea de pago, por ser más segura. Mi hijo Nacho coge siempre la Autovía de La Plana y todo por ahorrarse unos euros pues es gratuita. Por cierto, ¿conoces la historia de la circunvalación de Valencia?, ¿no? Verás…
   Y Álvarez le cuenta a su amigo que durante muchos años se podía ir sin pararse en un semáforo desde Berlín a Valencia a través de la red de autopistas y autovías europeas, pero que al llegar a la ciudad levantina se terminaba esa red porque no estaba construida la circunvalación valenciana y para seguir camino hacia el sur había que adentrarse en la ciudad. Por eso irónicamente se le llamaba a Valencia El semáforo de Europa. Ello acabó cuando se construyó lo que se conoció como el by-pass o autovía de circunvalación.
-… y el anglicismo sigue usándose. Mira, ahí cogemos la A-7. En poco más de una horita estaremos en Torreblanca. La playa nos espera.

PD.- Hasta el próximo viernes

viernes, 28 de julio de 2017

11. Haciendo el equipaje para la playa



   Ponte está con la vista puesta en la maleta abierta que tiene encima de la cama mientras está pensando que parece mentira que a su edad todavía se arme un lío cuando se trata de hacer el equipaje. Siempre termina guardando prendas que luego no se pone y luego echa a faltar otras que debería haber empacado. En momentos así es cuando más echa de menos a su mujer que era la que se encargaba de hacer las maletas. Tendrá que esperar a que llegue Felisa, su asistenta, para que le eche una mano. Cuando encuentra los bañadores que buscaba se da cuenta de lo anticuado que ha quedado su vestuario, a buen seguro que esos Meybas del año de Marco Polo ya no los lleva nadie. Tendrá que acercarse al Corte Inglés y comprar algo que esté de moda.
-Aunque uno sea viejo tampoco es cuestión de hacer el ridículo –dice en voz alta.
   A Grandal le pasa con el equipaje todo lo contrario que a Ponte, es muy resolutivo haciendo las maletas, pero tampoco está muy al día de las últimas tendencias de la moda, por eso cuando llega Chelo y ve lo que ha guardado en la maleta se la vacía y vuelve a reordenarla. Le ha comprado unos conjuntos playeros que al excomisario le parecen escandalosamente juveniles, pero que la mujer le asegura que, además de que le sientan muy bien, estará muy cómodo con ellos y nadie le va a mirar como si fuera un bicho raro por ir vestido como hace veinte años.
   Álvarez y Ballarín tienen el problema del equipaje resuelto, están felizmente casados por lo que son sus esposas quienes se encargan de las maletas. El exferretero, que es más dado a la introspección que el exempleado del Canal de Isabel II, está convencido que a la mayoría de los españoles de su generación les pasa lo mismo que a él: el asunto de los equipajes es una de tantas actividades que los varones hispanos de más de sesenta años siempre han considerado que entra dentro del rol que desempeña la mujer en el matrimonio.
-Les tengo que preguntar a los chicos –dice refiriéndose a sus hijos varones– si a ellos les pasa lo mismo, que les tienen que hacer las maletas.
   A Curro Salazar, el fugitivo que ya está refugiado en Torrenostra, le pasaba algo parecido mientras vivió con su esposa, era ella la que se encargaba de prepararle la maleta cada vez que por motivo de sus tareas sindicales tenía que efectuar algún desplazamiento. Cuando se fue de la casa familiar, en el menester del equipaje la esposa fue sustituida por la amante, nada cambió. Desde que se ha convertido en un huido la situación ha cambiado radicalmente. Ahora no tiene nadie que le haga la maleta, ha tenido que aprender a hacérsela y hay que ver lo rápido que ha sido el aprendizaje. Hace el equipaje en un visto y no visto.
   Otra vivencia que sus andares como fugitivo le han enseñado a Curro es que cuando se está en tierra extraña una de las primeras acciones que hay que llevar a cabo es reconocer el terreno que se pisa. Se impone, pues, explorar el entorno de lo que va a ser su nuevo refugio durante no sabe cuánto tiempo, aunque por las confusas explicaciones que le ha ofrecido la patrona del hostal ha intuido que en invierno tendrá que buscarse un nuevo alojamiento. Ha empezado por inspeccionar lo que tiene más cerca: el barrio marítimo de Torrenostra. No ha invertido mucho tiempo pues el caserío no es demasiado extenso, solo hay dos filas de edificios paralelos a la costa más algunos conjuntos de casas en tercera y cuarta fila. En la oficina municipal de información, que responde al aparatoso nombre de Tourist Info Torreblanca Playa, la amable empleada que le atiende le ha facilitado algunos folletos informativos del pueblo y de otras comarcas de la provincia, así como sendos planos de Torreblanca y Torrenostra. De esta última comprueba que cuenta con dos calles principales paralelas a la playa, la de San Juan al sur y la Avenida Alcalde Benito Bayarri al norte, otras dos en la parte posterior de las anteriores, Cervantes y Blasco Ibáñez y otras dos en tercera fila, Avenida Castellón y Avenida Cap i Corp. Y luego una serie de cortas calles transversales que cruzan las anteriores. Algo que le ha llamado la atención ha sido que los rótulos están escritos en valenciano, así las calles son carrers y las avenidas avingudas. Detrás del núcleo anterior y principal existen varias urbanizaciones, unas con mejor facha que otras, pero que en conjunto no llegan a constituir una masa crítica lo suficientemente densa para que Torrenostra pueda ser considerada una meca del turismo. A ello se suma que en la zona norte junto a varios bloques terminados de apartamentos hay otros a medio construir que le hacen decir a Curro:
-A estos los pilló la puta crisis y así se han quedado, a medio vestir.
  Tras haber explorado el caserío marítimo, Curro hace un primer recorrido por Torreblanca. Comprueba que es el clásico pueblo levantino, cuya base económica es o fue la agricultura, con edificios de dos y tres plantas en su mayoría casi todos bastante estrechos. La construcción de mayor porte es la iglesia parroquial sita en el mismo centro de la localidad. Por el oeste del pueblo pasa la nacional 340 y por el este el ferrocarril. Es bastante llano salvo un pequeño promontorio que linda con la 340  y que remata una ermita que según el folleto está consagrada al Cristo del Calvario. No hay mucho ajetreo por las calles, quizá por el fuerte calor que hace, algunos grados más que en la playa. Por el momento, le basta con esa primera visita. Parece que no hay mucho más que ver. Comienza a sospechar que se va a aburrir tanto como en Portugal.
-Desde luego, esto de ser un fugitivo tiene mala follá –se dice.
   Otro ardid que la experiencia de fugitivo le ha enseñado es que para detectar la clase de personas que viven o visitan un lugar un método tan simple como eficaz es ver la procedencia de la prensa que se vende. En el pueblo ha visitado los dos establecimientos que venden periódicos y no ha encontrado ninguno que procediera de Andalucía. En la playa solo hay un único puesto de periódicos y que es la típica tienda en que se vende de todo un poco, especialmente artículos playeros. Para su tranquilidad encuentra diarios de Valencia, Madrid, Barcelona, Bilbao, Pamplona y Castellón, pero no ve cabecera alguna de ninguna de las ocho provincias andaluzas. Piensa que ello en buena medida es lógico.
-Con la cantidad de kilómetros de costa que tenemos los andaluses a qué diablos van a venir mis paisanos a veranear a este rincón perdido –dice en voz alta-. Bueno, mejor que no haya paisanos. Alguno podría reconoserme.
   Los ratos después del almuerzo son en los que más se aburre Curro. Nunca fue partidario de las siestas, pese a la mala fama que tienen los andaluces de que les encanta echarse a la bartola tras la comida de mediodía. Lo que suele hacer es leer la prensa, pero en la mayoría de periódicos priman las noticias regionales y locales, ¡y qué diablos le importa lo que ocurra en Vitoria, Pamplona o Valencia! A ello se añade que nunca fue un apasionado lector, ni de prensa ni de literatura de ningún tipo, por lo que la lectura de los periódicos le dura un suspiro. No ha vuelto a acercarse a la tertulia en la que suele hablarse de política, mejor es no tentar al diablo. Al final lo que ha hecho ha sido arrimarse a la mesa donde juegan al dominó. En plan muy educado, antes de sentarse a mirar ha pedido permiso, sabe por propia experiencia que hay jugadores que soportan mal a los mirones.
-¿Les molesta que mire?
-De ninguna manera –responde uno de los jugadores aunque precisa-, ahora, eso sí, aquí decimos que los mirones callan e invitan a tabaco.
-Callao como si no tuviera lengua y en lo de invitar a tabaco, espero que les guste el que fumo –y saca una cajetilla de pitillos de la que solo se sirve el que le ha contestado. Los otros tres declinan la invitación.
-Gracias, no gasto.
-Lo dejé hace años.    
-Me lo tiene prohibido el médico.
   A Curro le ha bastado ver un par de partidas para comprobar que de los cuatro jugadores solo el fumador sabe lo que se lleva entre manos, lo demás son rematadamente malos.
-Curro, no vas a aprender más de lo que sabes mirando a estos palurdos -se dice.
   El segundo día que está de mirón, uno del cuarteto se marcha después de la segunda partida. El fumador, a quien Curro ha seguido invitando a tabaco pues ya ha visto que es un gorrón, le propone:
-Supongo que sabe jugar, ¿quiere acompañarnos?
-Hombre, no estoy a la altura de ustedes, pero mientras llega su compañero…
-No se preocupe, Silvanio ya no volverá. Su mujer está algo impedida y los días en que su asistenta se va a las cinco, tiene que irse antes.
   Bueno, piensa Curro, mis primeros contactos. Al menos aquí podré jugar al dominó. No todo va a ser malo.

PD. Hasta el próximo viernes