viernes, 16 de junio de 2017

Capítulo 2. Cambio de planes.- 5. Con lo grande que es España…



   Portugal tiene muchos y bellos parajes costeros, pese a ello no le resultó fácil a quién se hacía pasar por Francisco Martínez Galán encontrar un sitio en el que esconderse. Su búsqueda fue más complicada que con Alvito, el primer pueblo en el que se refugió. Navegando por la red se topó con un blog llamado “Sin parar de viajar”, y allí encontró lo que buscaba. Tras varios descartes, al final se quedó con dos candidaturas: Ilha de Tavira, una isla de arena de unos once kilómetros de largo sita en la costa de Algarve, al sur de la ciudad del mismo nombre, y Comporta ubicada cerca de Setúbal. Este último lugar reunía casi todos los requisitos que había preseleccionado: contaba con unas excelentes playas dentro de la Reserva Natural del Estuario de Sado, estaba bien dotado de establecimientos hoteleros y muy bien comunicado al estar relativamente cerca de la capital lisboeta. A la postre, lo que decantó su elección fue algo que era un obstáculo para la mayoría de viajeros, pero que consideró que para un fugitivo como él constituía una especie de cortafuegos para drenar el número de visitantes: a la Ilha solo se podía acceder por medio de un ferry que tenía dos rutas, la primera salía del centro de la ciudad de Tavira y la segunda del muelle de Quatro Aguas, a unos dos kilómetros del centro. La decepción llegó cuando buscó dónde alojarse. Se encontró con la sorpresa de que en la isla no había hoteles ni casas rurales, solo un camping. En su vida había sido campista, le parecía una excentricidad propia de los guiris y de la gente joven. Y no iba a empezar un nuevo tipo de vida cuando estaba a punto de alcanzar el medio siglo.
-Adiós a Ilha Tavira. Tendré que seguir buscando –dijo en voz alta.
   Al final, desistió de buscar otros lugares costeros y se decantó por lo más cercano que tenía, en vez de ir a la isla se quedaría en tierra firme, en Tavira. Wikipedia contaba de la ciudad que estaba situada en el distrito de Faro y a unos veinticinco kilómetros de la frontera española, a su vera corría el río Gilao que fluía hacia los escasamente profundos pantanos del Parque Nacional de la Ría Formosa, un seguro refugio para las aves migratorias. La ciudad estaba considerada como un excelente destino turístico dentro del Algarve, pero sin llegar a las concentraciones de veraneantes de otros lugares de la región tales como Albufeira, Vilamoura o Portimao. Le llamó especialmente la atención un párrafo en el que se decía que Tavira era adecuada para familias, pero no para grupos que buscasen la vida nocturna.
-Bueno –se dijo -. Serquita de España, buenas playas, exselente clima, de un tamaño asumible y recomendada para grupos familiares. Creo que es un buen sitio para esconderse y que el aburrimiento no acabe conmigo.
   No tuvo problemas para encontrar alojamiento, la ciudad tenía buena oferta hotelera. Tras mirar las diversas propuestas y comparar precios, todavía le quedaba la impronta de sus años de niño pobre, se decidió por los Apartamentos Turísticos Monte da Eira, en la llamada Quinta do Morgado. Era un establecimiento de tipo medio, discreto y barato, el precio medio por noche salía por cuarenta y cinco euros. Y lo que más le sedujo fue que estaba alejado del centro. Como le ocurrió en Alvito, cuando dijo que quería alquilar un apartamento, en principio para seis meses, y que prefería pagar en efectivo no le pusieron ningún problema en cuanto a la documentación, con el carnet de conducir les bastaba. En los primeros días se dedicó a recorrer la ciudad surcada de calles empedradas. Lo que vio le sorprendió, sobre todo el centro histórico repleto de monumentos, iglesias recargadas y casas con bonitas fachadas. Aunque no era un experto ni un amante de la arquitectura había aprendido lo suficiente como para distinguir lo elegante de lo vulgar y en el caso de la arquitectura portuguesa tradicional abundaba más lo primero que lo segundo.
   Con el paso de los años y la sobreabundancia de dinero fácil se había acostumbrado a la buena mesa y fue otro de los encantos que le sedujeron de la ciudad. Había muchos y buenos restaurantes con precios más asequibles que los sevillanos. Además, como hijo de la mar que era, le gustaba especialmente el pescado y en Tavira había profusión del mismo recién sacado del Atlántico. Abundaba sobre todo el atún, el salmonete y el congrio que solía servirse con arroz, ensalada y patatas fritas. También le gustó sobremanera uno de los platos típicos de la región llamado cataplana que era un estofado de marisco servido en una olla de cobre. En cambio, los vinos no eran gran cosa. Un día que el maitre del restaurante en el que solía comer se le acercó para preguntarle si todo estaba a su gusto, le confesó que el menú era espléndido, pero que el vino no estaba a la misma altura. Sorprendentemente, el empleado le contestó en voz baja y en un correcto español:
-Estoy de acuerdo con usted, caballero. En Portugal, vino de calidad solo hay uno, el Oporto, los demás son para los extranjeros que no tienen cultura del vino como ustedes los españoles.
El que le hemos servido al lado de un Rioja, un Ribera del Duero o un Fino Jerezano no tiene color.
   ¡Vaya!, pensó Curro, ¿cómo habrá sabido que soy español? Claro, si es que no te esfuerzas en aprender portugués y todo lo pides en español, se increpó, pero tampoco pasa nada. En realidad, sí pasaba. Como pudo comprobar en los días siguientes, eran numerosos los españoles que, dada la cercanía, se desplazaban al Algarve incluso en viajes de veinticuatro horas. Las playas no estaban tan abarrotadas como en España, se comía estupendamente y los precios eran bastante más baratos. Igual no había sido muy feliz la idea de buscar un escondite tan cerca de la frontera española. Quizá tendría que haber optado por Comporta, pero lo hecho, hecho estaba. Esperaría a que se acabase la temporada veraniega y entonces vería.
   Pese a su infancia pasada en un pueblo cuyo mayor encanto eran sus extraordinarias playas, no era hombre playero. Se conformaba con un chapuzón a primera hora y luego pasear descalzo por donde morían las olas. Se retiraba a su aposento antes de que la playa se poblara de parasoles y sillas, de parejas jugando a las palas y niños correteando por todas partes. Paseos que le gustaba repetir con las últimas luces del día aprovechando que otra vez las playas se quedaban huérfanas de gente. Era en esos solitarios paseos cuando solía pensar en su vida y en porqué había llegado a Tavira, como antes lo hizo a Alvito. Recordaba su infancia en un hogar en el que no sobraba nada, aunque hambre, lo que se dice hambre, no llegó a pasar. Su padre, de profesión marinero, se empleaba en las almadrabas durante la temporada del atún en la que ganaba sus buenos duros. Y luego se enrolaba en un barco de artes menores de los que se dedicaban a la pesca de pargos, corvinas, caballas, jureles y demás especies que se daban en el Estrecho. Y su madre, en verano, se dedicaba a limpiar apartamentos turísticos de la costa. Y desde los diez años hasta él ganaba unas pesetas haciendo mandados en un chiringuito playero cuyo dueño era amigacho de su padre.
   No fueron malos tiempos los de su infancia, hasta que cumplidos los doce a sus padres se les metió en la cabeza que para hacerse un hombre tenía que estudiar y como entonces allí solo había escuelas primarias lo enviaron a Cádiz, a casa de una hermana de su madre. Aquello fue otro cantar. Sus tíos tenían dos chicos mayores que él y se las hicieron pasar canutas. Y además le tocó trabajar como un negro. Por las mañanas iba a una escuela de artes y oficios y por la tarde ayudaba en una tienda de alfombras de unos paquistaníes en la que le tocaba hacer de todo: barrer, ordenar las alfombras, hacer recados; en fin, lo que le mandaban.
-No eran mala gente aquellos paquis –se dijo en voz alta -; aunque eso sí, te hasían currar lo que no está en los escritos. En cambio, mis primos eran unos cabronsetes de mucho cuidao.
   Sus recuerdos terminan cuando decide que, puesto que el sol está declinando, es un buen momento para darse un garbeo por la playa más cercana que a estas horas supone vacía. Craso error, en su paseo está a punto de darse de bruces con una pareja que no está precisamente rezando el rosario. No llega a poder disculparse pues una tronante voz de macho ibérico con cerrado acento andaluz le espeta:
-¡Gilipollas, vete a pasear donde tu puta madre!
   Es incapaz de callarse:
-Gilipollas vosotros, con lo grande que es España y tenéis que venir a follar aquí.

PD.- Hasta el próximo viernes

viernes, 9 de junio de 2017

4. Mandar es cuestión de mujeres



   Los cuatro jubilados, después de terminar su partida de dominó y tras desollar hasta el rabo el tema de los resultados electorales, hacen una pausa en su charla hasta que vuelve a ser Grandal quien cambia el rumbo de la conversación.
-¿Qué planes tenéis para el verano?
-Yo lo pasaré donde todos los años –Ponte es el primero en responder -. En julio estaré unos días en Cintruénigo con mi primo Julián y luego dos semanas con Clarita y los nietos en Ribadesella, a ver si nos toca la lotería y tenemos sol muchos días que en el norte nunca se sabe. Y en agosto en Madrid que con eso de que queda medio desierto se pasa tan ricamente.
-Algo parecido es lo que voy a hacer –cuenta Ballarín -. En julio, en Jaca, en la casita de montaña que me deja mi cuñado y en agosto en el chalé de Boadilla, aunque algunos días vendré a Madrid.
-En lo que a mí respecta -anuncia Álvarez -, en julio aprovecharé el apartamento que mi hijo Nacho tiene en la playa. Y en agosto aquí, como Manolo y Amadeo. 
-Yo este verano tengo un plan nuevo y al revés que vosotros me quedaré en Madrid en julio. Una amiga de Chelo le presta para agosto un apartamento que ha comprado en Marina d´Or. Es una lástima, Luis, que no coincidamos en el mismo mes, lo digo porque la Marina creo que está al lado de donde veranea tu hijo. Es en Torreblanca, ¿no?
-Bueno, donde tiene el apartamento es en Torrenostra que es el barrio marítimo de Torreblanca. Y también siento no coincidir contigo porque por una vez podría tener allí de compañero de dominó a alguien que sabe lo que se lleva entre manos –comenta Álvarez.
   Tres días después algunos de los planes veraniegos del cuarteto cambian de la noche a la mañana. En el caso de Luis Álvarez cuando suena el teléfono de casa.
-Papá, soy Nacho
-Hola, hijo, ¿qué tal, cómo estáis?
-Todos, bien. Leito y la cría esperando las vacaciones. ¿Y vosotros cómo andáis? –y sin dar tiempo a la respuesta añade -. Te llamo sobre todo para daros lo que espero sea una buena noticia para vosotros, aunque no lo es tanto para mí. Si está mamá dile que se ponga, por favor.
-Matilde -llama Álvarez -, Nacho al teléfono.
   La conversación con Nacho no se prolonga mucho pues su esposa le pasa enseguida el teléfono.
-Escucha lo que cuenta nuestro hijo.
-Nacho, cuéntame.
-Verás, el nuevo consejero delegado se está especializando en tocarnos los cataplines a los departamentos técnicos. Este año se le ha ocurrido la brillante idea de cambiar los turnos de vacaciones. En vez de tomarlas en agosto, como hacemos desde siempre, este año las haremos en julio. Con lo cual, el apartamento de El Palmeral se va a quedar vacío en agosto. Si queréis pasar el mes allí lo tenéis a vuestra disposición. Solo os voy a pedir una cosa, que si podríais quedaros la niña con vosotros durante ese tiempo. Leito dice que en agosto hace demasiado calor en Madrid para la cría y que estará mejor en la playa. Ah, papá, entre nosotros: me da la impresión de que a mamá la oferta no le ha hecho mucha gracia porque tenía otros planes. A ver si la convences.
-Bueno, hijo, haré lo que esté en mis manos, pero ya sabes que a tu madre como se le atraviese una idea es más dura de pelar que una gallina vieja.
   A Álvarez, convencer a su mujer de que vayan a pasar todo agosto en la playa con la nieta le está costando Dios y ayuda. Ella tenía pensado estar dos semanas tomando las aguas termales en el Balneario de Alhama de Aragón y la propuesta de su hijo trastoca sus planes. Por otro lado, piensa que no puede dejar que su nieta tenga que sufrir el tórrido verano madrileño. La solución del dilema se la sirve en bandeja su marido.
-Matilde, he estado pensando una fórmula para que puedas estar tus dos semanas en los baños y, al mismo tiempo, que Candela pueda estar agosto en la playa. Tú te vas del uno al catorce a Alhama, como tenías previsto, y yo me llevo a nuestra nieta a la playa.
-Olvídate de eso, Luis. ¿Dónde vais a comer si no sabes hacer un huevo frito?
-Comeremos en alguno de los restaurantes de allí y por la noche iremos a la pizzería que ya sabes que le gustan mucho las pizzas.
-Quita, quita. Mi nieta comiendo fuera de casa durante dos semanas, van a creer que no tiene padres ni abuelos. Además, lo tengo solucionado. He llamado a la dirección del balneario y me han dicho que no hay problema de que me lleve a la niña, van a poner otra cama en mi habitación. El que tendrás que apañarte vas a ser tú, a ver cómo te las arreglas los días en que no voy a estar.
   A otro miembro del cuarteto, Amadeo Ballarín, también se le han truncado los planes estivales. Una de sus hijas, casada con un oscense y que vive en la ciudad de su marido, está teniendo un embarazo complicado, pese a que es el tercero. Su ginecólogo le ha recomendado que guarde reposo el mayor tiempo posible. Por eso ha pedido ayuda a su madre.
-Amadeo, se nos estropearon los planes para el verano –le anuncia su mujer -. Tendremos que ir a Huesca a echar una mano a la hija. Tiene que guardar cama la mayor parte del día y no va a tener tiempo ni fuerzas para llevar la casa ni cuidar a la familia. En cuanto a lo de contratar a una interna ya sabes que no andan muy boyantes.
-Lo que faltaba, pero haremos lo que haya que hacer. Todo sea por la nieta que viene –Amadeo no es del todo sincero, lo de pasarse todo el verano en Huesca no le hace ninguna ilusión, no por su hija ni por sus nietas sino por su yerno con el que se lleva a matar.
   En la última partida de la temporada, los cuatro amigos vuelven inevitablemente a hablar de lo que piensan hacer durante el inminente verano del dos mil dieciséis y de los cambios producidos. Grandal y Ponte mantienen sus planes, pero Álvarez y Ballarín los han cambiado. Precisamente, este último se lamenta de lo cuesta arriba que se le va a hacer pasarse un mes en Huesca, teniendo que soportar al inútil de su yerno. Al escuchar las quejas de su amigo a Álvarez se le ocurre algo.
-Oye, Amadeo, ¿y por qué no te vienes conmigo a la playa en la primera quincena de agosto? Voy a estar solo en un apartamento que es bastante grande y que está a cincuenta metros del mar. No pasarás el calor de Huesca, te olvidarás de tu yerno durante quince días y les enseñaremos a los palurdos de allí cómo se juega al dominó.
-¿Y cómo le sentará a tu hijo que le metas forasteros en casa? –apunta Ballarín, más por aquello de quedar bien que porque realmente sienta lo que dice.
-Hombre, Amadeo, tú no eres un forastero para Nacho. Si no recuerdo mal estuviste en su boda. Estoy convencido de que no va a poner ningún pero –replica Álvarez.
-Y tu mujer, ¿qué va a decir de que te lleves a un carcamal de compañero? –repregunta Ballarín, pero ya a la defensiva porque la propuesta de Luis le ha ilusionado.
-Ya conoces a Matilde, al principio igual refunfuña un poco, pero cuando le recuerde lo bien que se te da la cocina no creo que ponga ninguna pega. Anda, hombre, anímate, me haces un favor.
-Se me acaba de ocurrir que, si Amadeo acepta el generoso ofrecimiento de Luis, seremos tres para el dominó. No olvidéis que en agosto voy a estar en Marina d´Or que está al ladito de Torrenostra –es Grandal el que ha metido baza.
-¡Vaya hatajo de membrillos que tengo por compañeros! –exclama Ponte con aire enfurruñado -. Estáis planeando veranear los tres juntos y a mí que me den morcilla. Con amigos así no es necesario tener enemigos.
-Hombre, Manolo, eso tiene fácil solución –ofrece Álvarez -, ¿por qué no te vienes también conmigo y con Amadeo a la playa? El apartamento de mi hijo cuenta con tres habitaciones, una para cada uno. Y si te animas a venir, ya tenemos el cuarto que nos falta para las partidas.
-Además, estoy pensando –tercia Ballarín – que si le digo a mi mujer que tú también vendrás, seguro que no pondrá ninguna pega a que vaya. Asun, no sé por qué, pero tiene de ti una gran opinión.
-Decídete, Manolo –le insta Álvarez -, entre quedarse en Madrid en pleno Ferragosto y estar a las orillas del Mediterráneo no hay color. Mira el plan que podemos hacer: por las mañanas, sin madrugones, nos damos un bañito corto, luego nos tomamos unas cañas. Después almorzamos en alguno de los restoranes que hay en primera línea de playa. Una siestecita y nos juntamos con Jacinto, que habrá llegado de Marina d´Or, para echarnos unas partiditas en alguna de las terrazas que estén pegaditas al mar y en las que corre una brisa que da gusto. Y después de jugar, hacemos otra ronda de cañas o vamos a pasear un ratito por el Paseo Marítimo. Y si la Chelo no le pone morritos a Jacinto por salir de noche, podemos hacer unas partidas nocturnas, que eso debe ser la releche.
-Es una idea cojonuda. Ahora solo falta que lo consultéis con el alto mando –remata Grandal medio en serio, medio en broma, porque es perfectamente consciente de que en los hogares españoles quienes llevan los pantalones son los hombres, pero mandar, lo que se dice mandar es cuestión de mujeres.

PD.- Hasta el próximo viernes

viernes, 2 de junio de 2017

3. Un fugitivo inexperto



   Curro, dada su inexperiencia como fugitivo, cometió su primer error en la elección del lugar donde esconderse para escapar de aquellos que podrían estar interesados en buscarle Dios sabe con qué intenciones. Pensó que lo mejor era encontrar un pueblo pequeño, escondido, apartado de las rutas turísticas, lo que eliminaba de un plumazo las bellas playas lusitanas que atraen a millones de veraneantes. Y busca, buscando por las regiones interiores de Portugal hasta que se topó con un topónimo que hizo que su memoria se activara: Alvito.
-¿De qué coño me suena ese nombre? -dijo en voz alta.
   Buceando en los recovecos de sus recuerdos lo encontró. Era un compañero de juegos de su infancia cuyo padre se llamaba Victoriano, nombre que puso a su hijo. La gente para no confundirle con el progenitor comenzó a llamar al chaval El Vito, apelativo que fue contrayéndose hasta convertirse en Elvito. De eso le sonaba: Alvito, Elvito, solo cambiaba una vocal. No supo decirse porqué, pero consideró un buen augurio toparse con dos palabas homófonas, una de las cuales le retrotraía a su niñez.
-No busco más, me refugiaré en Alvito –se dijo otra vez en voz alta.
   Aunque no era un experto internauta, se manejaba lo suficiente para navegar por la red y lo que decía la Wikipedia de Alvito le gustó. Un pueblo perdido en el interior del Alentejo, región del centro-sur de Portugal más conocida por sus dehesas de alcornoques, olivos y vides que por su afluencia de visitantes. Y el pueblo hacía honor a la región de la que formaba parte. Una pequeña localidad con poco más de mil habitantes, ubicada en una zona rural con escasos encantos. Además, y según como se desarrollaran los asuntos judiciales que dejaba atrás, volver a Sevilla sería solo cuestión de pocas horas. Parecía un lugar ideal para esconderse.
-¿Quién coño irá a buscarme en un lugarejo perdido del distrito de Beja? –se dijo.
   Sin panoramas espectaculares, sin playas, sin edificios monumentales; solo algunos bosques y chatas sierras como marcos del territorio. Por tanto, no abundarían los turistas, como mucho podría tropezarse con senderistas o buscadores de setas. Aquella parecía ser una región como las del interior de España, de las que duermen el sueño de los siglos. Por no tener, Alvito no tenía ni un hotel que mereciera la pena, lo mejor que ofrecían las webs que consultó eran casas rurales. Se decidió por una de ellas que en las fotos parecía confortable, Casa dos Pinheiros, por dos motivos: estaba como a un kilómetro y medio del centro del pueblo y solo contaba con dos habitaciones, por tanto no iba a tener demasiados vecinos. Y el alquiler era toda una ganga: cuarenta euros al día. Pensó en alquilar una de las habitaciones por internet, pero cuando vio que tenía que pagar con tarjeta de crédito se echó atrás. El viejo sindicalista que le aconsejó que se largara de Sevilla había insistido que cuantas menos pistas dejase, mejor.
-Bueno, Me voy p´allá y pago en metálico. A buen seguro que en cuanto vean los billetes no pondrán pegas. El parné es el parné, aquí y en Alvito –se dijo en voz alta -. Y si la casa de los Pinheiros está ocupada me busco otra y santas pascuas.
   Una vez que cruzó la frontera hispano-lusa por Vila Real de Santo Antonio, alquilo un coche. Un vehículo modesto, nada de llamar la atención. Como identificación presentó un carnet de conducir, más falso que Judas, a nombre de Francisco Martínez Galán. Se lo había agenciado un antiguo compañero del sindicato que tenía contactos en el proceloso mundo de la falsificación de documentos. Quiso conservar su mismo nombre, así sería más improbable que se equivocara al utilizarlo.
   En cuanto llegó a Alvito, por una carretera que dejaba mucho que desear, fue directamente a la casa rural que pensaba alquilar. No se molestó en chapurrear las cuatro frases que había aprendido de portugués ni en ocultar su acento. Tras enterarse de que las dos habitaciones estaban vacías alquiló una, en principio por tres meses, añadiendo que si no les importaba prefería pagar por adelantado y en cash. Usó el término inglés que entienden hasta los que desconocen la lengua de Shakespeare. Como había previsto, a partir de ahí todo fueron facilidades. Que no necesitaban el pasaporte. ¿Qué había olvidado el DNI?, que no se preocupara, con el carnet de conducir era más que suficiente.
   Los primeros días se dedicó a descansar y a seguir las noticias de España en la Rádio e Televisao de Portugal por alguno de sus dos canales generalistas. Respecto al caso de los Eres andaluces todo seguía más o menos igual: políticos y sindicalistas echando arena en los engranajes de la justicia y jueces y fiscales mareando la perdiz. Luego le dio por recorrer todos los rincones del pueblo y echarse unas interminables siestas. Lo de las comidas lo resolvió de la forma más simple. Se preparaba el desayuno en la minúscula cocina del apartamento: un café con leche y algún bollo. En el pueblo no había churros que era lo que le gustaba tomar por las mañanas. A mediodía almorzaba en una pousada del lugar y por la noche volvía a la posada o tomaba un ligero refrigerio en la habitación.
   Cuando se cansó de dar vueltas por las contadas calles del pueblo, se dedicó a visitar los alrededores. Estuvo en Viana do Alentejo, en Cuba –topónimo que le recordó su homónima caribeña, uno de los lugares a los que le hubiera encantado ir sino hubiese sido por la cuestión del pasaporte -, en Ferreira do Alentejo y en Alcacer do Sal, que era como la capital de la comarca. Lugares medio dejados de la mano de Dios y en los que los visitantes eran un producto escaso. Precisamente de ahí, de la escasez de forasteros le vino un problema con el que no había contado. Haber elegido un pueblo tan pequeño en el que los extraños constituían una rareza, hizo que en pocos días no hubiese un solo alvitense que no supiese que en Casa dos Pinheiros se albergaba un forastero, andaluz por más señas y que respondía al nombre de Francisco Martínez. El turista, como tal se presentó, iba a estar al menos tres meses y era hombre de pocas palabras. Durante el primer y único invierno que pasó en Alvito se convirtió en el forastero al que todos señalaban con el dedo y al que llamaban O espanhol. Por saber hasta sabían que le gustaba ver los noticiarios de la RTP. Y si no sabían más era porque no dio más información puesto que cuando le preguntaban procuraba con más o menos habilidad no dar respuestas concretas.
   En Alvito aprendió la primera lección de todo el que no quiere que le encuentren: que es mucho más fácil camuflarse entre la muchedumbre que pretender pasar desapercibido donde no hay gente. Se dijo que tenía que encontrar un refugio en el que fuera uno más entre el ir y el venir del gentío. Evidentemente, era poco probable que nadie le buscara allí, pero podía ocurrir que algún alvitense podía comentar, ¡Dios sabe dónde!, que en su pueblo residía un español que solo se dedicaba a pasear, sestear, ver la TV y poco más. ¿Qué hacía un tipo con un comportamiento tan extraño en un pueblo como Alvito? Y de ese débil cabo alguien que le estuviera buscando podía tirar del hilo.
   Los tres meses que en principio alquiló la casa rural se multiplicaron por casi tres, hasta que no pudo más. No solo era que todos le conocían, aunque fuera bajo una falsa identidad, sino que estaba hasta la coronilla de ver siempre las mismas caras y los mismos parajes, de escuchar el habla alentejana que no era precisamente el portugués más comprensible para un gaditano de Zahara de los Atunes, recriado en Cádiz y hecho hombre en Sevilla, de no tener con quien echar una parrafada o una partidita de dominó, uno de sus entretenimientos favoritos. Con la llegada de la primavera decidió que no aguantaba más y volvió a meterse en la red a ver dónde encontraba un  lugar en el que su fuga fuera más llevadera y en el que llamara menos la atención. Para no cometer el mismo error de Alvito confeccionó una lista de los rasgos que debería tener su nuevo escondite.
-Tendría que ser un lugar con la suficiente afluencia de forasteros para que uno más pasara desapercibido.
-Puesto que no podía usar pasaporte y visto que en Portugal eran bastante permisivos con el asunto de la documentación, debería ser nuevamente en territorio luso.
-Echaba de menos el mar. Algo natural, sus correrías de infancia habían tenido lugar en las playas de Zahara bañadas por el Atlántico. Buscaría un sitio en la costa. Entre veraneantes y turistas pasaría por uno más.
-Y que no fuera tan aburrido y solitario como Alvito que por no tener ni siquiera tenía con quien pegar la hebra.
   Establecidos los requisitos de su nuevo escondite, se metió en internet a encontrar un lugar que se adecuase a lo que buscaba.
-A ver si en esta ocasión no la cago –se dijo en voz alta.

PD.- Hasta el próximo viernes