viernes, 2 de junio de 2017

3. Un fugitivo inexperto



   Curro, dada su inexperiencia como fugitivo, cometió su primer error en la elección del lugar donde esconderse para escapar de aquellos que podrían estar interesados en buscarle Dios sabe con qué intenciones. Pensó que lo mejor era encontrar un pueblo pequeño, escondido, apartado de las rutas turísticas, lo que eliminaba de un plumazo las bellas playas lusitanas que atraen a millones de veraneantes. Y busca, buscando por las regiones interiores de Portugal hasta que se topó con un topónimo que hizo que su memoria se activara: Alvito.
-¿De qué coño me suena ese nombre? -dijo en voz alta.
   Buceando en los recovecos de sus recuerdos lo encontró. Era un compañero de juegos de su infancia cuyo padre se llamaba Victoriano, nombre que puso a su hijo. La gente para no confundirle con el progenitor comenzó a llamar al chaval El Vito, apelativo que fue contrayéndose hasta convertirse en Elvito. De eso le sonaba: Alvito, Elvito, solo cambiaba una vocal. No supo decirse porqué, pero consideró un buen augurio toparse con dos palabas homófonas, una de las cuales le retrotraía a su niñez.
-No busco más, me refugiaré en Alvito –se dijo otra vez en voz alta.
   Aunque no era un experto internauta, se manejaba lo suficiente para navegar por la red y lo que decía la Wikipedia de Alvito le gustó. Un pueblo perdido en el interior del Alentejo, región del centro-sur de Portugal más conocida por sus dehesas de alcornoques, olivos y vides que por su afluencia de visitantes. Y el pueblo hacía honor a la región de la que formaba parte. Una pequeña localidad con poco más de mil habitantes, ubicada en una zona rural con escasos encantos. Además, y según como se desarrollaran los asuntos judiciales que dejaba atrás, volver a Sevilla sería solo cuestión de pocas horas. Parecía un lugar ideal para esconderse.
-¿Quién coño irá a buscarme en un lugarejo perdido del distrito de Beja? –se dijo.
   Sin panoramas espectaculares, sin playas, sin edificios monumentales; solo algunos bosques y chatas sierras como marcos del territorio. Por tanto, no abundarían los turistas, como mucho podría tropezarse con senderistas o buscadores de setas. Aquella parecía ser una región como las del interior de España, de las que duermen el sueño de los siglos. Por no tener, Alvito no tenía ni un hotel que mereciera la pena, lo mejor que ofrecían las webs que consultó eran casas rurales. Se decidió por una de ellas que en las fotos parecía confortable, Casa dos Pinheiros, por dos motivos: estaba como a un kilómetro y medio del centro del pueblo y solo contaba con dos habitaciones, por tanto no iba a tener demasiados vecinos. Y el alquiler era toda una ganga: cuarenta euros al día. Pensó en alquilar una de las habitaciones por internet, pero cuando vio que tenía que pagar con tarjeta de crédito se echó atrás. El viejo sindicalista que le aconsejó que se largara de Sevilla había insistido que cuantas menos pistas dejase, mejor.
-Bueno, Me voy p´allá y pago en metálico. A buen seguro que en cuanto vean los billetes no pondrán pegas. El parné es el parné, aquí y en Alvito –se dijo en voz alta -. Y si la casa de los Pinheiros está ocupada me busco otra y santas pascuas.
   Una vez que cruzó la frontera hispano-lusa por Vila Real de Santo Antonio, alquilo un coche. Un vehículo modesto, nada de llamar la atención. Como identificación presentó un carnet de conducir, más falso que Judas, a nombre de Francisco Martínez Galán. Se lo había agenciado un antiguo compañero del sindicato que tenía contactos en el proceloso mundo de la falsificación de documentos. Quiso conservar su mismo nombre, así sería más improbable que se equivocara al utilizarlo.
   En cuanto llegó a Alvito, por una carretera que dejaba mucho que desear, fue directamente a la casa rural que pensaba alquilar. No se molestó en chapurrear las cuatro frases que había aprendido de portugués ni en ocultar su acento. Tras enterarse de que las dos habitaciones estaban vacías alquiló una, en principio por tres meses, añadiendo que si no les importaba prefería pagar por adelantado y en cash. Usó el término inglés que entienden hasta los que desconocen la lengua de Shakespeare. Como había previsto, a partir de ahí todo fueron facilidades. Que no necesitaban el pasaporte. ¿Qué había olvidado el DNI?, que no se preocupara, con el carnet de conducir era más que suficiente.
   Los primeros días se dedicó a descansar y a seguir las noticias de España en la Rádio e Televisao de Portugal por alguno de sus dos canales generalistas. Respecto al caso de los Eres andaluces todo seguía más o menos igual: políticos y sindicalistas echando arena en los engranajes de la justicia y jueces y fiscales mareando la perdiz. Luego le dio por recorrer todos los rincones del pueblo y echarse unas interminables siestas. Lo de las comidas lo resolvió de la forma más simple. Se preparaba el desayuno en la minúscula cocina del apartamento: un café con leche y algún bollo. En el pueblo no había churros que era lo que le gustaba tomar por las mañanas. A mediodía almorzaba en una pousada del lugar y por la noche volvía a la posada o tomaba un ligero refrigerio en la habitación.
   Cuando se cansó de dar vueltas por las contadas calles del pueblo, se dedicó a visitar los alrededores. Estuvo en Viana do Alentejo, en Cuba –topónimo que le recordó su homónima caribeña, uno de los lugares a los que le hubiera encantado ir sino hubiese sido por la cuestión del pasaporte -, en Ferreira do Alentejo y en Alcacer do Sal, que era como la capital de la comarca. Lugares medio dejados de la mano de Dios y en los que los visitantes eran un producto escaso. Precisamente de ahí, de la escasez de forasteros le vino un problema con el que no había contado. Haber elegido un pueblo tan pequeño en el que los extraños constituían una rareza, hizo que en pocos días no hubiese un solo alvitense que no supiese que en Casa dos Pinheiros se albergaba un forastero, andaluz por más señas y que respondía al nombre de Francisco Martínez. El turista, como tal se presentó, iba a estar al menos tres meses y era hombre de pocas palabras. Durante el primer y único invierno que pasó en Alvito se convirtió en el forastero al que todos señalaban con el dedo y al que llamaban O espanhol. Por saber hasta sabían que le gustaba ver los noticiarios de la RTP. Y si no sabían más era porque no dio más información puesto que cuando le preguntaban procuraba con más o menos habilidad no dar respuestas concretas.
   En Alvito aprendió la primera lección de todo el que no quiere que le encuentren: que es mucho más fácil camuflarse entre la muchedumbre que pretender pasar desapercibido donde no hay gente. Se dijo que tenía que encontrar un refugio en el que fuera uno más entre el ir y el venir del gentío. Evidentemente, era poco probable que nadie le buscara allí, pero podía ocurrir que algún alvitense podía comentar, ¡Dios sabe dónde!, que en su pueblo residía un español que solo se dedicaba a pasear, sestear, ver la TV y poco más. ¿Qué hacía un tipo con un comportamiento tan extraño en un pueblo como Alvito? Y de ese débil cabo alguien que le estuviera buscando podía tirar del hilo.
   Los tres meses que en principio alquiló la casa rural se multiplicaron por casi tres, hasta que no pudo más. No solo era que todos le conocían, aunque fuera bajo una falsa identidad, sino que estaba hasta la coronilla de ver siempre las mismas caras y los mismos parajes, de escuchar el habla alentejana que no era precisamente el portugués más comprensible para un gaditano de Zahara de los Atunes, recriado en Cádiz y hecho hombre en Sevilla, de no tener con quien echar una parrafada o una partidita de dominó, uno de sus entretenimientos favoritos. Con la llegada de la primavera decidió que no aguantaba más y volvió a meterse en la red a ver dónde encontraba un  lugar en el que su fuga fuera más llevadera y en el que llamara menos la atención. Para no cometer el mismo error de Alvito confeccionó una lista de los rasgos que debería tener su nuevo escondite.
-Tendría que ser un lugar con la suficiente afluencia de forasteros para que uno más pasara desapercibido.
-Puesto que no podía usar pasaporte y visto que en Portugal eran bastante permisivos con el asunto de la documentación, debería ser nuevamente en territorio luso.
-Echaba de menos el mar. Algo natural, sus correrías de infancia habían tenido lugar en las playas de Zahara bañadas por el Atlántico. Buscaría un sitio en la costa. Entre veraneantes y turistas pasaría por uno más.
-Y que no fuera tan aburrido y solitario como Alvito que por no tener ni siquiera tenía con quien pegar la hebra.
   Establecidos los requisitos de su nuevo escondite, se metió en internet a encontrar un lugar que se adecuase a lo que buscaba.
-A ver si en esta ocasión no la cago –se dijo en voz alta.

PD.- Hasta el próximo viernes

viernes, 26 de mayo de 2017

2. No caerá esa breva



   A unos quinientos cincuenta quilómetros de Tavira donde Curro Salazar se aburre como un muermo, en la capital de la vecina España un grupo de viejos está matando el tiempo en la sala de juegos del Centro Municipal de Mayores “Infante Don Juan”, sito en el Paseo de Moret. A esos centros antes se les llamaba Hogar del Pensionista o del Jubilado, pero cuando a la sociedad le dio la fiebre del eufemismo y se puso de moda usar expresiones políticamente correctas, voces como jubilado o pensionista desaparecieron y fueron sustituidas por otras como gente de la tercera edad o mayores. A los que están enfrascados en sus partidas lo del cambio de vocablos se les da una higa. En una ocasión la redactora de un periódico gratuito elaboró una encuesta sobre el tema de cómo preferían que se les llamara. Hubo respuestas de todo tipo: desde el que contestó “por mi nombre”, pasando por el que dijo “como quieran, siempre que antepongan el don”, hasta quien dio por respuesta “menos cabrón consentido, como les salgan de las pelotas”.
   Los pensionistas juegan al mus, al dominó, al ajedrez o están de tertulia. Los más vocingleros son los de las cartas con sus envites, faroles y órdagos. Los ajedrecistas parece que ni respiran, tan concentrados están. En los grupos del dominó lo que más se oye es el golpeteo de las fichas contra las mesas. En una de ellas están cuatro jubilados que, junto al fugitivo que se muere de tedio en Tavira, serán protagonistas de esta historia, aunque en estos momentos no pueden imaginárselo. Los nexos que les unen es que son amigos, están jubilados y viven en las cercanías del centro. Sus nombres: Manuel Ponte (Manolo para los amigos pese a que es octogenario), exempleado de Iberdrola. Amadeo Ballarín, exferretero y septuagenario. Luis Álvarez, exempleado del Canal de Isabel II y que ya cumplió los setenta y Jacinto Grandal, excomisario de policía y el más joven del cuarteto. Amadeo y Luis siguen felizmente casados. Manuel es viudo y Jacinto se supone que está divorciado aunque esa cuestión es tabú, ninguno de sus amigos habla jamás del tema; también es el único que no tiene nietos, los otros tres son abuelos en ejercicio.
   Sus partidas de dominó llevan repitiéndolas dos veces por semana desde hace varios años. El ritual es siempre el mismo: primero se toman los preceptivos cafés en el bar del centro que, de momento, no pagan ni el camarero les reclama el importe porque sabe que cobrará cuando la pareja que haya perdido pase por la barra para abonar la cuenta. Eso es todo lo que se juegan: quién paga el café. No suelen tomar mucho más, una pensión española no da como para tirar cohetes. Tras coger caja donde se guardan las fichas, blancas por delante y negras por detrás, antes de sentarse sortean quienes van a jugar de pareja. Los dos que saquen las fichas más altas contra los que saquen las más bajas. En la caja también se guarda una hoja plegada en la que anotarán las puntuaciones del juego y un pequeño lápiz de los que se ofrecen en Ikea. Suelen jugar a treinta decenas y al mejor de tres partidas. Luego acostumbran a estar un rato de palique en el que hablan de todo un poco: del tiempo, los problemas de salud, de deporte, de política, de lo que han leído en los periódicos o han visto en la tele. También hablan de sus nietos pero sin pasarse, saben que a Grandal es un tema que le aburre. 
   Esta tarde juegan de parejas Álvarez-Ballarín contra Grandal-Ponte. Cada uno de los jugadores expresa en la forma de jugar su personalidad. Álvarez es posiblemente  el mejor jugador, le pierde que, como suele decir Ponte en tono jocoso, está poco menos que convencido de que el juego lo inventó él, lo que le lleva a estar regañando constantemente a su pareja de turno. Ballarín es el más sistemático, juega como si se tratara de una partida de ajedrez lo que le lleva a efectuar jugadas que los demás no acaban de entender; por fortuna no es de los que se enfadan fácilmente cuando ha de aguantar las chanzas de sus compañeros. Grandal es un buen jugador que sabe explotar su intuición en percibir los puntos débiles del contrario, como contrapartida se despista a menudo lo que hace que a veces cometa fallos de principiante, cuando eso ocurre se lo llevan los demonios porque es de los que quieren ganar hasta cuándo sueñan. Ponte es un jugador del montón, tiene a su favor que sigue poseyendo una excelente memoria por lo que, cuando presta atención algo que no siempre ocurre, es capaz de recordar las fichas jugadas por los demás; su punto flaco es que le da igual ganar que perder, por ello es frecuente que haya días que preste escasa atención al desarrollo del juego.
   Hoy, en el primer juego sale Álvarez porque tiene el seis doble, tras él juega Ponte que vocea uno de los aforismos del juego:
-La salida matarás tengas o no tengas más.
-Os recuerdo que, como suele decirse, el dominó lo inventó un mudo y que el reglamento de la Federación Española de Dominó dispone que debe salir el jugador que haya cogido la ficha de puntuación más alta sin que sea necesario salir con el seis doble. Además no se debe comentar nada hasta finalizar la partida –A Ballarín le gusta ponerse en plan ordenancista.
   A pesar de las advertencias del exferretero los jubilados trufan el juego con toda suerte de comentarios y sobre todo de los latiguillos del mismo: repetirás como un gallo hasta que te quedes fallo, la mano respetarás por siempre jamás, doblador de primera jugador de tercera, a blancas dice el refrán que el cierre a tu cuenta van, si la del contrario das es porque tú llevas más, ficha nueva no des que sufrirás un revés, si el dominó aseguras te dejarás de aventuras y así una larga retahíla.
   En uno de los juegos Ponte dice que pasa. Otro jubilado que está de mirón mete baza:
-No pasa, señor Ponte, tiene ficha para jugar.
-Los mirones callan e invitan a tabaco –apunta, sarcástico, Grandal dirigiéndose al mirón.
  -¿Quién sale?
   Esa es otra, a pesar de que se la dan todos de inmejorables jugadores, lo cierto es que con frecuencia nadie recuerda a quien le toca salir. Entonces el que lleva la cuenta del tanteo tiene que recurrir a contar el número de juegos realizados, comenzando por el que salió la primera vez que para eso está la inicial de su nombre al principio de la tabla de conteo. Cuando acaban la última partida recogen las fichas y las guardan en la caja.
-Os recuerdo que el próximo día no voy a poder venir. Como ya han comenzado las vacaciones escolares he de cuidar a los nietos –anuncia Ponte.
-Ídem del lienzo –corrobora Álvarez -, aunque en honor de la verdad he de decir que en mi caso quien se lleva el marrón de atender a los pequeñajos es la parienta.
-Veis. Esa es una de las ventajas de haberse casado joven, la de tener nietos pero ya crecidos a los que no solo no hay que cuidar sino que no quieren saber nada de los abuelos –confiesa Ballarín.
  Grandal, a quien aburren esas charlas de abuelos, cambia de tercio con una pregunta que sabe que va a tener eco:
-¿Qué os ha parecido el resultado de ayer? –Se refiere a las elecciones generales que, por segunda vez en seis meses, han hecho acudir a los españoles a las urnas.
-Pues que punto arriba punto abajo ha vuelto a repetirse el resultado de la anterior elección –responde Ponte que añade sentencioso -. Para ese viaje no hacían falta alforjas.
-Con una salvedad: que los socialistas han registrado el peor resultado de su historia. Solo han sacado ochenta y cinco escaños –precisa Ballarín -. Hasta han perdido diputados en feudos tan suyos como Andalucía o Extremadura.
-A mí lo que me extraña es que no hayan perdido más votos, sobre todo en una comunidad como la andaluza en la que el partido está enfangado con el caso ERE que es un escándalo vergonzoso. Si hasta están imputados los dos últimos presidentes de la Junta y media docena de exconsejeros. Y eso si nos referimos a los cargos más destacados porque si contamos los personajes secundarios pringados el número se multiplica –comenta Álvarez.
-Precisamente algunos de esos personajillos son, por lo que se cuenta, los que más pasta se han llevado. Especialmente los que hacían de intermediarios en las jubilaciones presuntamente fraudulentas y las subvenciones a empresas que no estaban presentando un ERE –precisa Grandal.
-Os olvidáis de otro capítulo –recuerda Ponte -. La gente de las consultoras, de los bufetes de abogados y hasta de los sindicalistas, ¡lo que es el colmo!, que se han llevado una millonada cobrando comisiones muy por encima del valor de mercado intermediando entre la Junta y los trabajadores.
   Grandal vuelve a dar otro giro a la conversación:
-¿Sabéis la última de mis colegas del caso Inca? (*). Ayer me contó un amigacho que les han propuesto para otorgarles la Cruz con distintivo rojo de la Orden al Mérito Policial por haber resuelto el robo del Tesoro Quimbaya. El próximo tres de octubre, festividad de los Santos Ángeles Custodios que son los patronos de la policía, se las impondrán.
-Ya estamos como siempre, en lo de que unos cardan la lana y otros se llevan la fama. El robo del tesoro, prácticamente, lo resolvimos los mendas –afirma Álvarez, englobando en su mirada a los cuatro de la mesa –y no nos han puesto ninguna medalla ni nos han subido la pensión.
-Eso no va a ser así –replica Grandal -. Me ha soplado un pajarito que es posible que también nos impongan alguna condecoración.
-¡Ojalá nos saliera otro caso como el del robo del tesoro! –añora Ponte.
-No caerá esa breva –dice fervorosamente Ballarín como si fuera una jaculatoria.

(*)Caso Inca: vid. en este blog la novela “El robo del Tesoro Quimbaya”
PD.- Hasta el próximo viernes

viernes, 19 de mayo de 2017

Capítulo 1. Crónica de un fugitivo y cuatro jubilados.- 1. Todo empezó en Sevilla



   Anochece. El sol está en un tris de dejar a Europa sumida en las sombras e iluminar otro día más allá del horizonte atlántico. A su vez, el hombre de esta historia también dice adiós a una jornada que, como tantas, se le ha hecho interminable. Desde que vive solo, y va para cerca de dos años, cuando no hay gente a su alrededor tiene la costumbre de hablar en voz alta como si de esa forma espantara su tediosa soledad.
-¡Vaya diita y ensima s´a levantao el jodío poniente! Claro que peor hubiera sio si llega a soplar el levante –La vida le ha llevado a tener que pronunciar el español de forma correcta, pero cuando habla para sí le sale el acento y el seseo de su tierra gaditana.
   Piensa que lo mejor que puede hacer es dejar la revista porno que está ojeando y darse un garbeo por los alrededores ahora que Lorenzo ha dejado de apretar y los turistas habrán desaparecido de las playas. Si anda lo suficiente para cansarse quizá, solo quizá, pueda coger el sueño antes de lo que últimamente suele. Porque es que hasta duerme mal, ¡él, que siempre dormía como un niño chico! Al final, se decide y se lanza por las angostas calles de Tavira y luego por la playa. Anda varios kilómetros hasta que el cansancio pone plomo en sus piernas. Es momento de volver al modesto hotel en que se hospeda.
-Boa noite –le saluda el recepcionista y factótum de la pousada que añade -. Acalmou o vento.
-Boa noite –responde el hombre, usando una de las pocas frases en portugués que mejor pronuncia puesto que las demás solo las chapurrea en el mejor de los casos.
   Malditos tavirenses, piensa, más de la mitad de las cosas que dicen no las entiendo y eso que desde la otra ribera del Guadiana la lengua parecía fácil, pero con ese acento tan cerrado que tienen, ni flores. Otro punto más, se dice, a favor de que tiene que buscar otro escondite. Tendrá que estudiarlo con más cuidado que cuando buscó la opción de Tavira. Cometer un tercer error sería demasiado.
   Se echa en la cama e intenta dormir, casi ha cogido el sueño cuando el batir de una ventana entreabierta lo despeja otra vez. A falta de algo mejor, se pone a recordar. ¿Quién tiene la culpa de que me vea metido en este agujero?, se pregunta. ¿Mi mal fario, el azar, la juez Alaya, el cabrón que se volvió contra mí o la mala puta de mi mujer que para vengarse se fue de la lengua? Analizando los posibles culpables de pronto, y sin saber por qué, se acuerda de aquella frase que solía repetir su padre de que entre todos la mataron y ella solo se murió. Algo parecido le ha pasado, entre todos, cada uno a su modo y manera, lo convirtieron en lo que es hoy: un prófugo de la justicia, un personaje solitario, un trabajador sin trabajo, un sindicalista sin sindicato y un hombre de partido al que el suyo ha borrado de sus registros. Curro, se dice, eres un fenómeno, te has convertido en un fugitivo, como el de aquella serie de la tele de hace años. ¡Y encima has terminado metido en este hoyo! Tengo que salir de aquí, no aguanto más. Y vuelve a repetirse que no puede cometer un tercer error. Aunque hablando de errores, monologa, la madre de todos los errores, como decía de las batallas el bigotudo aquel de Irak que se cepillaron los yanquis, fue ignorar que una mujer que se siente engañada tiene más peligro que un grupo de legionarios hartos de vino. Por eso empezó todo en Sevilla, la ciudad que tiene un color especial como cantaban Los del Río. Luego tuvo la fatalidad de tropezarse con una jueza instructora como la Alaya. Lo demás vino rodado. También recuerda que cuando el abogado que le defendía, y al que conocía desde sus días en la directiva del Sindicato del Metal, se sinceró con él y le confesó que el suyo era un caso chungo, la tierra pareció abrirse bajo sus pies.
-En el proceso oral, como se tuerzan las cosas y tu mujer mantenga su testimonio, es posible que el fiscal pida cárcel y una elevada pena pecuniaria. Pero esa no será la última palabra, aún en el supuesto de que fueras condenado la sentencia no será firme mientras no concluyan todas las apelaciones hasta llegar al Supremo. Y si necesario fuera, en el bufete estamos preparados para llegar hasta el tribunal de La Haya. O sea, Curro, que no te preocupes, tenemos mucho tiempo por delante.
   Pero el hombre llamado Curro pensaba en otra película: se veía entrando y saliendo de los juzgados, sufriendo lo que ha dado en llamarse la pena de los telediarios y abandonado, cuando no despreciado y humillado, por todos aquellos que se decían sus amigos, sus conmilitones, sus camaradas sindicales. ¡Menudo futuro por delante!
-Oye, ¿y eso de la pena pecuniaria puede ser de mucho jurdó? –y antes de que el letrado conteste prosigue -A la trena no quiero volver, ya he tenido bastante con los dos años que me han tenido enjaulado con la provisional. ¿Y qué pasa si no me presento a juicio?
-No te lo aconsejo. Si no te presentas, el tribunal dictará una orden de busca y captura por incomparecencia y la policía acudirá a tu domicilio para proceder a tu detención.
-¿Y si ya no estuviera en casa o no me encontraran?
-Te declararán prófugo aunque no se haya celebrado el juicio oral ni dictado sentencia firme. Y cuando la policía te eche el guante tendrás un delito más que penar. Repito, no te lo aconsejo, pero… tú verás.
   Lo de tú verás le llevó a una nueva consulta fuera del cauce jurídico. No tenía muchas opciones para pedir consejo. Acabó por preguntar a un viejo jubilado, conocido como Pepote el Salvaculos, que fue jefe suyo en el sindicato, pero que seguía siendo un lince en esquivar toda suerte de batallas legales, habilidad que le valió su remoquete. Su recomendación, dicha con su seseante acento sevillano, fue tajante.
-Pueden pasar tantas cosas que, si te vas, quisá cuando regreses haya dado la vuelta la tortilla y los que ahora quieren llevarte al trullo acaben poniéndote una medalla. Tú habrás guardao guita, ¿verdad? Pues entonses, coge unos buenos fajos de billetes y desaparese de Sevilla y, si me apuras, de España. Ah, y no te despidas de nadie, ni siquiera de la Rosío –El viejo zorro tocó la fibra que más le iba a doler, al citar a su amante y compañera de chanchullos de los últimos años.
   El Salvaculos se lo dejó claro, solo tenía una salida: irse de najas, tomar las de Villadiego, darse el piro… largarse de Sevilla y del país. En principio, pensó en dos posibles destinos: Cuba y Nueva York. Ya se veía tomando el sol en Varadero al lado de una mulata de turgentes pechos y prietas nalgas o paseando por la Quinta Avenida neoyorquina. En cualquiera de ambos sitios, ¿quién iba a conocer a Francisco Salazar Jiménez?, más conocido familiarmente por Curro, y que con el correr de los años había formado parte del llamado Trío de los Conseguidores que eran los que manejaban las subvenciones de la Junta de Andalucía para los falsos ERES que allí proliferaban. Fue a una agencia de viajes a informarse sobre ambos destinos y en algún momento de la charla la empleada que le atendía aludió a la cuestión de los visados.
-¡Cómo!, ¿es que hace falta visado para esos países? –preguntó Curro en una demostración palmaria de lo poco viajado que estaba.
   La muchacha se quedó mirando al potencial cliente sin saber si lo preguntaba en serio o le estaba vacilando. Eligió la primera opción.
-Naturalmente, señor. El visado es el complemento indispensable del pasaporte. Los norteamericanos son sumamente intransigentes en esa cuestión y los cubanos, por aquello de la peculiar política de la isla, también hay veces que se ponen quisquillosos.
   En ese momento, el bueno de Curro se cayó del guindo al darse cuenta de que no podía viajar a ninguno de ambos países por mucho que le apeteciera, ni a ningún otro sitio donde necesitara exhibir el pasaporte. Si le declaraban prófugo, como dijo el abogado, seguirle el rastro sería cosa de coser y cantar. Le quedaban los países de la Unión Europea, donde le bastaba el DNI, pero ir mostrando el documento nacional de identidad también sería dejar una pista fácilmente detectable. Entonces fue cuando tuvo la idea de un nuevo destino: se iría a Portugal, el único país extranjero que conocía y en el que se encontró cómodo; la gente era amable, la vida barata, el clima estupendo y su lengua creía que medio podía entenderla, al menos se veía capaz de leer los periódicos.
   Y esa fue la opción que escogió. No se despediría de nadie, ni de los compañeros de partido que cuando se tropezaban con él en la calle cambiaban de acera para no saludarle, ni de los camaradas del sindicato que le tildaban de chivato, ni de su mujer e hijos a los que había abandonado cuando comenzó a ganar tanto dinero que guardaba los billetes en bolsas de basura, ni siquiera de Rocío. Se iría escaso de equipaje, pero forrado de pasta. Si todo empezó en Sevilla, se dijo, en algún lugar de la tierra lusitana iba a encontrar donde hacer un paréntesis en su nueva vida de fugitivo. Ahora solo faltaba encontrar el sitio adecuado.

PD.- Hasta el próximo viernes